Arya se despertó en una habitación que no conocía. Esto me es familiar. Pero la habitación no se parecía a la de la posada; era grande con suelo de piedra, una chimenea, y las paredes de piedra pulida y pintada de un azul oscuro, la cama estaba hecha de plumas y con sábanas tan suaves como el pelaje de Nymeria, tenía una mesa ancha de ébano y una silla que le acompañaba, con tela azul acolchada. En la pared colgaba un gran cristal reflector, donde Arya podía ver una habitación gemela en ese cristal. Un mueble enorme la aguardaba, esperando a no ser tan vacía. Estoy en un castillo. Encima de la preciosa mesa de ébano estaba todas sus armas; su espada Aguja, dos dagas de medianto tamaño, tres cuchillos de varios tamaños, un pequeño saco lleno de los peores venenos que el hombre ha creado jamás y sus tres dragones de oro en otro pequeño saco, pero ni rastro de su ropa. No era ropa, eran trapos en sus peores condiciones. Las armas eran valiosas y por eso se lo han dejado; la ropa no. No se han quedado con las armas, pensó Arya. Encima de la silla aguardaba unos calzones de ropa interior, medias gruesas de lana de color negro, un corsé de color crema, una falda larga con un vestido gris oscuro con brocado azul alrededor de las mangas con encaje azul oscuro por todo el vestido, todo doblado minuciosamente. También se encontraba un peine, un pasador de perlas y varias cuerdas pequeñas para recogerse el pelo, además de un pequeño barril con agua. En el suelo estaba unas botas de color negras, delicadas para una princesa.

Arya salió de la cama en un fino camisón y sintió vendas agarradas fuertemente sobre su abdomen. No siento la herida. Se levantó la falda del camisón y vio las vendas inmaculadas de sangre. Se dio cuenta de que ya no le dolía la cabeza ni los pies, ni se sentía mareada, como estaba ella la última vez que se vio. Arya en ese momente recordó. Gendry me llevó hasta aquí. Debo encontrarlo para irnos. Se quitó su camisón y desnuda, se lavó la cara con el agua del barril y después se puso los calzones, pero el problema fue el corsé; cuando era una dama, hermana de Sansa, era demasiado joven como para llevar un corsé y camisas eran más que suficientes. Pero ahora, ella siendo mujer, debía de llevar un corsé, algo que no estaba acostumbrada ni quería. Era tan apretado que le costó meter la cabeza, y tenía que apretarse con fuerza las cuerdas que sostenían la prenda para que se sujete al cuerpo. Creía que le iba a hacer daño con las vendas ya en su torso pero fue al contrario; estaban aún más rígidas. Aunque no podía respirar mucho, ni moverse. Esto va a ser un problema si tengo que luchar con alguien. Cuando terminó con esa prenda demoníaca, se puso la falda y sintió su cintura más pequeña de lo normal. Se puso encima el vestido y se abrochó los diferentes botones de alrededor de su cintura e hizo un nudo final del que consistía un cinturón de tela. Miró al peine y de repente, quería volver a ser un niño. Los niños no se preocupan ni de corsés ni de peinarse. Hacía tanto tiempo que no se peinaba que temía pasarse el resto del día desenredando nudos. Pasó de raíz a punta sin problema. Pues claro estúpida, te peinaron el matojo de pelo que tienes. Cogió un cuerda y se hizo una trenza simple como su madre le enseñó cuando era una niña. Preparada para salir, abrió la puerta para descubrir ese castillo tan desconocido que ella habitaba.

Como su habitación, las paredes de los largos pasillos del castillo estaban esculpidos de piedra de gris oscura, cuidadosamente pulida. Los pasillos eran oscuros, con pequeñas antorchas que iluminaban el camino. No era muy difícil el sistema de habitaciones del castillo; siempre girabas a la derecha y te encontrabas finalmente la sala principal. Por el camino, encontró a cuatro o cinco doncellas que ni la miraban al pasar, pero no encontró guardias. Cuando llegó a la sala principal, había dos guardias vigilando la puerta que daba al exterior, pero las dos sillas de la sala de los lords del castillo estaban desocupados. Parece un castillo fantasma. De nuevo, los guardias ni miraron con el rabillo del ojos cuando Arya salió al exterior.

Era un día nublado; un sol demasiado tímido no aparecía, y las nubes se aglomeraban juntas , grises como las piedras de las paredes. Arya encontró una larga calle con varias tiendas y dos o tres casas después de ellas. Es un pueblo bastante pequeño. Pero a diferencia del castillo, la calle estaba abarrotada de personas; mujeres en los puestos eligiendo frutas y discutiendo con el vendedor, eligiendo la carne más sangrienta; niños corriendo por los puestos como pequeños ratones y comprando pan, cola de mujeres en un puesto de vestidos, discutiendo sobre sus ocupadas vidas. Por cada siete mujeres que veo, aparece un hombre. Había más mujeres que animales, cogiendo a sus niños de la mano, hablando de forma chillona mientras andaban y llevando enormes cestas llenas de comida. Incluso la mayoría de mercaderes eran mujeres. Arya miró alrededor del pueblo; no veía ningún ruido o pastos para el ganado o tierras para cultivar; solo bosque. Están aisladas de la guerra. Las mujeres que pasaban a su lado la miraban con sospecha y envidia; las ropas que ella llevaba eran ricas y bonitas, pero las suyas no. Al final de la calle, encontró una pequeña casa atestado de mujeres jóvenes, mirando hacia dentro como si estuvieran hechizadas por una bruja. Y en entonces Arya escuchó los llantos del metal al estar siendo deformado. La herrería.

El entrar fue duro. Las mujeres estaban tanto de pie como sentadas, y no dejaban pasar tan fácilmente. A base de empujones, Arya por fin pudo estar en la herrería sólo para ver tanto revuelo. Si sólo es Gendry. Todas las mujeres observaban cómo el joven golpeaba el hierro en rojo vivo con un mazo, sus músculos jugando con la sintonía de los golpes. Como siempre, su torso estaba desnudo y sudoroso, mostrando su cuerpo, típico de un herrero. Su pelo negro brillaba como el azabache y sus ojos, siempre azules, resaltaban en la calidez del fuego. Arya veía las miradas de las mujeres y veía nada; no pensaban en nada, sólo dejaban su deseo actuar, creando miles de historias en su mente con su cuerpo. Se imaginan que él es un príncipe escondido de herrero y las va a rescatar del infierno de su rutina llamado vida. Y ahí estaba él, tan concentrado golpeando con fuerza el metal, puliendo su potencial, que parecía no darse cuenta del espectáculo que él solo habría creado. Gendry no es un trozo de carne, pensó molesta Arya. Quería hablar con él pero no sabía cómo atraer su atención; llamarle no resultaría con el sonido del metal siendo golpeado, pero no era la única en ese lugar, así que se acercó y le tocó ligeramente en la espalda. Su amigo dejó el metal que se enfriase para ver quién se ha atrevido a interrumpirle ahora, pero ve que es ella. Sorprendido, intenta hablar con ella.

—Tengo que hablar contigo —Arya miró a la multitud de mujeres—. A solas.

Su amigo la llevó a la parte trasera de la herrería, donde salieron fuera y no había nadie más excepto un público constituido de árboles. Los dos, impacientes, preguntaron a la vez.

—¿Estás bien? —preguntó Gendry—.

—¿Te has dado cuenta de la cantidad de mujeres que te observan? —preguntó molesta—.

Gendry la ignoró. —¿Estás bien? —repitió testarudamente—.

—Sí —suspiró ella—. No me siento mareada, y apenas siento la herida ahora. Estoy muchísimo mejor, viva otra vez.

Él parecía aliviado. En ese momento pareció apreciar los ropajes que ella llevaba, y le recordó cuando ambos estaban en Torreón Bellota, llevando un vestido de bellotas y jugando como niños que eran. Sabía que Gendry quería decirle algo bonito a ella, pero no le salían las palabras, aunque su rostro ya lo expresaba.

—Debemos de irnos —Arya fue al grano—. No podemos atrasar el viaje más.

—No podemos irnos aún —al ver la expresión de Arya, él continuó—. Espera, antes de apuñalarme con una de tus dagas. Quieren invitarnos a un Festín que van a organizar en unos días, y se espera que vayamos.

—No voy a atrasar el reencuentro con mis hermanos por un festín —dijo ella decidida—. ¿Qué pasa si no voy?

Gendry puso su cara de dolor al pensar. —Arya, debemos de ir. Cuando llegué al pueblo porque te estabas muriendo, tuve que decir quién eres realmente, o si no te hubieran abandonado al merced del destino —la miró con esos claro ojos en los que a veces Arya se perdía—. Si hubiera sido yo, hubiera muerto, pero no podían dejar a Arya de la Casa Stark, hija de la Mano del Rey morir. Tuvimos suerte de encontrar unos simpatizantes de tu Casa aquí, tras la Boda Roja. Te cuidaron y te cosieron cuando estuviste muy rota, te devolvieron a la vida, y no me pidieron nada a pesar de estar en época de guerra. Sólo me pidieron que aceptase la invitación del festín. Tras la guerra, las personas buscan entretenimiento, y un festín es una buena distracción. El Lord del pueblo va a invitar a todos los habitantes y a los pueblos vecinos, y vendrán mercaderes ricos y personas de casas menores. Pero si escuchan que una Stark acudirá la fiesta, correrán al festín. Casi nadie de las Tierras de los Ríos apoyan a los Lannister, y tras la llega de la Reina Dragón y su alianza con tus hermanos, sólo piensan en la gloria de los Siete Reinos antes de la Rebelión de Robert. No será tan malo, sólo te han pedido que vayas a un festín, e incluso nos van a proporcionar caballos y guarniciones para el viaje.

Tiene razón. Odia cuando Gendry es el razonable y es el quien tiene la razón.

—Vale —suspiró Arya de nuevo—. Entonces habrá que ir a ese estúpido festín y jugar a la fantástica vida de Lady que tengo.

—Bien —siguió Gendry—. Entonces supongo que mandarán a medirte para crearte un vestido o algo así. A mí me lo hicieron en su momento.

—¿Por qué? —Nadie le mide a un herrero para crearle un traje—.

—Tuve que mentir sobre quién soy —sus ojos se dispararon a una esquina de la habitación—. Si revelaba que era un simple herrero, podían haber pensado que te había violado o intentado matarte, o en el mejor de los casos, era un simple muchacho de baja cuna que quería ayudarte y probablemente eso hubiera sido lo último que hubiera sabido de ti, ya que eres demasiado noble para mí —habló con cierta amargura—.

—¿Y quién dijiste quien eras entonces?

—Dije que era un escudero de tu padre antes de muriese —Arya le miró raro—. Claro que se nota que no soy del Norte, así que le dije un poco de la verdad. Le dije al Lord que era un escudero en el torneo de Desembarco del Rey. Te conocí en el Torneo y nos hicimos amigos. Cuando ejecutaron a tu padre, huí contigo con la Guardia de la Noche con Yoren, y no me he separado de ti en ese entonces. Cuando recibiste la herida tras un ataque con los Lannister, intenté curarte, pero no lo mejoré y busqué desesperadamente alguien que pudiera salvar a m'lady—.

Es bastante inteligente y creíble, a decir verdad. Pero Gendry nunca fue muy estúpido, sólo a veces. —¿Y te hicieron el traje? —cambió repentinamente de tema. Arya tenía curiosidad de ver al Toro vestido como un Lord. En ese momento se echó a reír—.

—¿De qué te ríes? —la miró con su ojos testarudos—. Pues, no, no me han enseñado el traje, pero las costureras me prometieron que…

—¿Ah, así que fueron las costureras? —Puedo entender entonces por qué. Las mujeres están desesperadas por tener la atención de los hombres—. Puedo adivinar que posaste desnudo ante ellas verdad —la mirada vergonzosa del herrero lo delató—. ¿No te das cuenta de que hay demasiadas mujeres en esta villa?

—Me pusieron un paño para taparme lo esencial —quería informarle a su amiga, para que él no quedase tan mal—. Sí, yo también me lo pregunté. Después uno de los pocos hombres que viven aquí me dijo que estas mujeres son hermanas, esposas o hijas de los hombres que partieron a la guerra a luchar para tu hermano y no volvieron jamás—.

—Y están desesperadas —murmuró ella por lo bajo—. No te acerques a ellas o se abalanzarán sobre ti —al parecer a él no molestaba este tipo de atención. Normal, es un chico, y hay muchas otras mujeres muy atractivas que darían lo que fuera para pasar un tiempo con él. Eso le hizo enfadar aún más—.

Ella dio un paso para irse de la herrería, molesta, hasta que los dos escucharon pasos rápidos que venían hacia ellos. Gendry, intentando ser un caballero, se puso delante de ella y cogió la primera espada que encontró, pero como siempre, Arya se le adelantó y a sus dagas cada una en una mano, escondidas en los muslos, justo escondido por los volantes del vestido. Finalmente los correderos se soldados (los mismos que estaban en la puerta principal) corriendo hacia ella, preocupados por su propia piel.

—Lady Arya, debe de volver al castillo —dijo uno de los soldados. Se le hacía raro a Arya escuchar Lady delante de su nombre. ¿Desde hace cuánto no he sido una dama?—. Estos lugares no son apropiados para una dama como usted —aunque luego miró las dagas en sus manos y se lo pensó mejor—.

Los hombres se apresuraron a llevarla y sólo pudo encontrar en los ojos de Gendry su despedida. Nos vemos luego.

En el taller de las costureras, todas conocían al herrero y todas conocían la relación cercana que tenía con Arya, y como ella sabía, no les gustaba. Mientras posaba desnuda, no como le prometieron a Gendry con su pequeño trapo, intentaron sacar el último secreto de su cuerpo para juzgarla. Intentaban esconder sus juicios con el silencio, pero los susurros chillaban a sus oídos.

—Está muy delgada —decía una de las ocho costureras, vestidas igual y casi indistinguibles con las demás—, parece un saco de huesos.

—A los hombres le gustan con más curvas, no este esqueleto a quien tenemos que medir —dijo otra—. Seguro que ni las telas pueden medir algo tan delgado.

—¿Habéis visto sus muslos y su torso? Están musculosos, propio de un hombre. A los hombres les gustan femeninas e inocentes como una dama, y a ésta le falta una polla para parecer hombre.

—Tiene pechos pequeños y tiene muy poco pelo en el cuerpo —dijo la más mayor de todas—. Seguro que aún no ha sangrado.

—Tiene una cintura demasiado estrecha, y eso será un problema cuando tenga un hijo en su barriga —habló una mujer bastante enérgetica y se temor a tocarle—. Si alguien quiere tener hijos con ella, porque con ese rostro alargado y sus ojos grises no van a ayudar mucho—.

Y así fue toda la noche. Arya estaba acostumbrada a ser golpeada y dañada; pero hacía tanto tiempo que no era Arya Caracaballo, objeto de burla de Jeyne Poole y de vez en cuando Sansa. No le molestó los comentarios, pensando que quizás ella haría lo mismo, pero en realidad a ella nunca le importó cuán atractivo fuera una persona, y no podía evitar sentir las imperfecciones de su cuerpo abalanzándose sobre ella. Se le subieron los colores a la cara, y por primera vez, sentía vergüenza por su desnuda realidad.