Arya aguantó la respiración para ajustar el corsé de su vestido. Le rodearon el cinturón en su espalda y lo apretaron fuerte también. Me pregunto qué pensaría Madre si me viera ahora. Llevaba el pelo recogido con trenzas pero también llevaba una parte del pelo suelto, siendo el recogido su corona de color marrón. Su vestido, blanco con brocado plateado imitando a los copos de nieve, colores de la Casa Stark, y el plateado se iba intensificando hasta las faldas del vestido donde barría levemente el suelo. Su escote era meramente pronunciado, o lo más pronunciado que ella jamás se había vestido. Aunque en estos últimos cinco años sólo has vestido como un chico. Se miró en el espejo y sus ojos plateados saltaban a la vista; incluso su pelo, normalmente poco brillante, parecía bonito y liso. No parezco Arya Caracaballo sino una tímida dama.

—Lady Stark, luce preciosa —dijo la más mayor de todas, una mujer de apenas cincuenta años—. No quisiera ser impertinente, pero fui doncella en el castillo donde vivió una vez su señora madre, y he de decir que hoy vos es un reflejo de ella de ojos grises. No hay dama más hermosa que la que está frente mía.

Pero no es todo oro lo que reluce. Las mujeres que la ayudaron con el vestido no la dejaron llevar ninguna de sus dagas ni cuchillos, pretendiendo que fuera desarmada. 'Es un festín, Lady Stark', decía una de ellas, 'ni los peores enemigos atacan en festines'. Pero aún así mi señora madre y mi hermano murieron en una boda. Decidió ir a la alcoba de Gendry; seguro que él tendría algo. Mientras iba caminando por los pasillos, se sentía completamente desnuda sin su daga; si alguien fuera a matarla, ella tendría que confiar totalmente en su capacidad física para sobrevivir.

Llegó a la puerta de la alcoba y tocó dos veces. Gendry, aún con las ropas desde que lo vio por primera vez, apareció en la sombra de la puerta. Cuando vio a su amiga vestida y peinada, en vez de reírse como la última vez que la vio así en Salón Bellota, no pudo esconder su gesto de sorpresa y la miraba de arriba a abajo.

—¿Tienes alguna arma? —Arya carraspeó—.

—¿Qué? —Gendry miraba como un estúpido, como si le estuviera hablando en un idioma totalmente desconocido para él—.

—Dagas, cuchillos, espadas, aunque sería difícil esconderlas pero acepto cualquiero cosa.

—¿Para qué los quieres? —parecía que toda la inteligencia de Gendry había desaparecido y es lento como una mula—.

—Si me atacan, tengo que atacar de vuelta —respondió ella, señalando lo obvio—. Nunca sabes cuándo será tu próximo paso a la muerte. ¿Tienes armas o no?

—No, de la herrería nunca me traigo nada —la siguió contemplando—. No te termino de verte así de vestida, a decir verdad —una sonrisa se dibujaba en las comisuras de sus labios—. Pareces una dama de verdad.

—Y yo tampoco me acostumbro a tu fea cara. Debo de volver a mi alcoba, así que cuando estés listo, ve ahí y nos vamos juntos al festín.

Arya volvió a su alcoba y se encontró sin ninguna de las mujeres que antes estaban ahí; pero tampoco estaban sus armas. Se los han llevado para asegurarse de que no los voy a llevar. Arya sólo pudo tirarse a su cama y pensar en su rezo. Pero ya no tengo rezo; todos han muerto. Los Lannister cayeron el día en que Daenerys Targaryen pisó Poniente; león y dragón bailaron la muerte hasta que finalmente el león se cayó, tropezando con su propio orgullo. La reina Cersei fue matada por el Matarreyes y la Reina Daenerys se encargó de matar al Matarreyes, y todas las ratas de Cersei cayeron con ella también; Dunsen, la Montaña, Ser Ilyn. Ella se encargó de matar a Ser Meryn, a parte de Raff el Dulce, pero eso fue Mercy en Braavos. Ahora sólo queda Tyrion Lannister como cabeza de su Casa; aliado de Daenerys, utilizará lo restante de su oro para recomponer los Siete Reinos como su padre hizo casi veinte años atrás.

Las horas pasaron y Arya seguía en los rincones de su mente, tirada en su cama, cuando escuchó dos golpes contra su puerta y la voz de Gendry resonó. 'Soy yo'. Se levantó de su cama, su vestido milagrosamente no estaba arrugado y fue a abrir la puerta para encontrarse al herrero, pero vio otra persona.

Su pelo estaba peinado por primera vez en años; de hecho era la primera que le veía peinado y recogido, donde sus mechones negros se repartían por su cuello, ahora recogido discretamente, no sin brillar como el azabache, tan grueso y espléndido. Su piel era enviadiablemente impecable y limpia, e incluso ya no llevaba esa barba que escondía medio rostro; ahora estaba su cuadrada mandíbula. Llevaba una túnica de color azul oscuro como el vestido de Arya de día y llevaba botas negras. Le estaba estrecho, siendo heredado de algún hijo del Lord, y con lo alto y grande que es, le favorecía lo ajustado que le quedaba; resaltaba aún más sus músculos, gastados por la herrería. Sus ojos, resplandecían como estrellas de hielo ante la oscuridad de su alcoba. Nadie diría que es un herrero. Parece más bien el hijo de un rey, o un importante joven Lord. Lo observó como él la observaba horas antes y pensó que su familia se hubiera creído perfectamente que tiene sangre noble corriendo por sus venas. Un príncipe azul.

—Nunca me he vestido con telas tan ricas —Gendry resopló, poco convencido de lo que llevaba—.

—No vas mal, si es eso lo que te preocupa —Arya decidió esconder su asombro—. Aunque hay algo que falla —Gendry, desconcertado, la miró con sus ojos tan azules que se ahogaría en ellos—. Tu cara.

Gendry sonrió y la insultó. Ambos, satisfechos del momento, deciden encaminar hacia el enorme festín que les aguardaba. No fue largo el camino hasta el gran salón, pero fue silencioso e incómodo; ellos nunca se hartaban de hablar con la una del otro pero esta vez parecía que no había nada que decir a la vez todo. Sentían el calor en sus mejillas y la presión de la compañía del otra persona. Cuando el sonido de la música y la gente bailar y hablar, Arya se detuvo un momento, agobiada.

—Debemos ir cogidos del brazo —intentó retrasar el momento lo más que podía ella—.

—¿Son reglas de la corte de m'lady? —preguntó él, burlón—.

—No, estúpido, pero la gente espera que lo hagas si eras el escudero de mi padre —ambos se cogieron del brazo y juntos, andaron hacia el gran festín que ocurría delante suya—.

Gendry estaba sorprendido de la fiesta en sí; la gente aparecía de todas partes y la música resonaba hasta en los más oscuros rincones, la comida no acababa y la felicidad menos. La madera y la belleza del castillo resaltaba esta noche; era cierto lo que Gendry decía. Cuando la desesperación por el entretenimiento está presente, cualquier castillo parece la gloria de la Fortaleza Roja. Por supuesto, había más mujeres que hombres, pero eso no importaba; todo el mundo se decidió esa noche por bailar hasta morir de agotamiento. Viejos, niños, ricos y pobres; todo el mundo bailaban al son de las canciones conocidas y cantadas con gritos y orgullo. Arya se permitió sonreír un poco y dejar llevarse por la emoción.

—Deberíamos bailar —lo miró y recobró su compostura—. Es decir, todo el mundo está bailando. Llamaremos la atención si somos lo único en no hacerlo.

—Eso es lo esperado en m'lady en una noche como esta, pero debo recordarte que he sido herrero toda mi vida y no príncipe, así que nunca he bailado —dijo solemne—.

—Yo te enseño —Arya se acercó más a las personas que se movían con agilidad gracias a la música—. Yo tampoco soy buena bailarina, pero ellos tampoco han estado en la Corte y saben danzar.

Arya guió su cuerpo con el de Gendry para enseñarle el difícil arte de mover seguido por un ritmo de pasos al son de una música fácil de seguir. Se puso en frente de él, siendo ella tan pequeña comparada a él y le indicó dónde dejar sus manos en el cuerpo de ella. 'Una mano debe de estar con la mía y la otra en lo bajo de mi espalda. Atrévete ir más allá de eso y te aseguro que será la última noche en la que vivirás'. Juntos e incómodos por la corta distancia que los separaba, Gendry seguía torpemente los pasos de ella hasta que dos o tres canciones más no lo necesitaba. Gendry resultaba ser un buen bailarín; algo extraño en él, sabiendo lo serio que es. Lo hacía con grácilmente y con carisma, y ambos siguieron viviendo el momento y borrachos del ambiente, empezaron a sonreír y a reír, olvidándose de sus problemas y sus pasados. Sólo ellos y la música existían en ese momento. Sonrojados y sin aliento, ambos no evitaban la sonrisa que salían de los rincones de sus bocas al verse la una con el otro. Un baile vino tras otro, y la noción del tiempo fue sustuido por genuina felicidad. Hasta que sintió Arya que alguien le tocó ligeramente el hombro. Se giró y encontró a un joven de pelo rubio oscuro y enormes ojos marrones, y una sonrisa tan encantadora que Arya no pudo evitar relajarse de nuevo.

—Lady Stark, no sabía que se encontraba ya en el festín —le sonrió de forma acogedora—. Creo que debería ir a presentarle a personas que le correspondía más a tu rango. Todo el mundo sabe que las damas no bailan con simples escuderos de la capital —miró solemnemente a Gendry, éste le devolvió la mirada—.

El joven y encantador Lord la apartó de su amigo y se presentó.

—Soy Erdwyn, hijo mayor del Lord de este pueblo —dijo sin parar de mirarla—. Mi madre me pidió a buscarle y la verdad, no esperaba encontrarme una belleza tan sorprendente como la suya —sus palabras parecían veneno para sus oídos, pero ella se sonrojó grácilmente para darle el gusto—. Por favor, Lady Stark, déjame que la invite a una bebida tan humilde para el rango de una Princesa del Norte —se acercó a la mesa y cogió dos jarras pequeñas de vino dorado que a la luz de la noche parecía oro fundido—. No sea tímida, no somos un pueblo importante pero sí orgulloso.

Arya olió la bebida y ningún hedor salía de la bebida. Sus años en Braavos la enseñaron a oler cualquier bebida para reconocer algún veneno en él, pero éste no desprendía ningún olor. Me han acogido y cuidado cuando estaba al borde de la muerte; dudo mucho que ahora quieran matarme. Además, sospecharía si rechazase la bebida. Cogió la jarra pequeña y bebió de ella con ganas; tuvo que tener cuidado para que no se le derramase por la barbilla y perder toda la elegancia de una dama que hasta ahora tanto le costaba.

—Espero que le haya gustado, mi señora —la condujo hasta un grupo de mujeres jóvenes con ropajes igual de ricos y coloridos que los suyos—. Mis padres no se encuentran en el festín pues son demasiado mayores para esto, pero le quiero presentar a mis hermana. Estoy seguro que le resultarán encantador al igual que ellas le encontrarán a vos —el apuesto lord introdujo a Arya en el pequeño corro de las jóvenes damas—.

Cada una se presentó con nombres que luego a Arya le resultó difícil recordar, y cada una era más molesta que la anterior; eran niñas lloricas que sólo hablaban de ropas y de apuestos hombres que aparecían en sus sueños. Hasta Sansa en sus peores momentos era preferible a esa banda de desesperadas. Arya tuvo que fingir interés y asentir como una de ellas hasta que no lo aguantaba más; tenía jaquecas y se afilaban como cuchillos cada vez que sus chillonas voces hablaban y se sentía mareada y cansada. No era una sensación nueva para ella; había días en las que ella podía pasar sin comer, pero cuando sangraba esos días podía sentir los mareos jugar con su mente. Esta vez era diferente; no era ese momento del ciclo lunar. A lo mejor acabo de sangrar. Sería una buena excusa para salir de ese infierno de cotorras. Además estaba cansada. Quizás no debería de irme tan temprano. Miró a los alrededores para que encontrar a Gendry y no pudo; su alta figura de pelo negro había desaparecido. Habrá vuelto a su alcoba ya. Arya se disculpó con las chicas, y más reacias que el fuego con el agua, se despidieron de ella tristemente. Ya, como si fuera a echarme de menos. En cuanto se giró, ya escuchaba los susurros en su contra, criticándola.

Cada vez el mareo era más fuerte; tuvo que dejar la mano pasar por la pared para mantener el equilibrio y su mirada se nublaba cada vez más, muerta del cansancio. En un momento dado, se tropezó con el otro pie e iba a aterrizar en el suelo si no fuera porque unos brazos fuertes la cogieron.

—Lady Stark —Lord Erdwyn la miraba con su encantadora sonrisa, aunque sus ojos describían cierta oscuridad—. No debería encontrarse sola a estas horas y sitios tan oscuros; alguien podría hacerle algo horrible con su bonita cara.

No va solo, Arya se acababa de dar cuenta. Un grupo de tres o cuatro chicos estaban tras él; no podía reconocerlos mejor por su horrible y nublada vista. Algo va mal. Miraban a Arya con lujuria y cierta malicia, y sabían que ellos estaban en ventaja mientras Arya estaba prácticamente vulnerable, mareada y sin sus armas. Malditas doncellas.

—Debo de dirigirme a mi alcoba —le costaba pronunciar las palabras, como si nunca hubiera hablado en su vida—. Me encuentro mal y debo dormir.

Lord Erdwyn no se apartó de su camino.

—Seguro que sí, Lady Arya —se iba acercando hacia ella—. ¿Por qué no le llevo a mi habitación y nos relajamos un poco? Puedo ayudarla con sus jaquecas.

—O que vaya a la mía y follármela bien —dijo uno de sus amigos, más sincero—.

El vino, pensó en ese momento, ha echado algo en el vino para que yo acabe así a propósito. Su decepción era mayor, corroborando que todos los hombres sólo piensan en sexo.

—No lo entiendo, Lord Erdwyn —preguntó Arya para distaerle—. Tiene muchísimas mujeres en este pueblo y se dedica a emborrachar otras para luego violarlas.

—No creas que me vas a engañar para dar tiempo a tu grande amigo para que venga aquí y te salve —él empezó—. Estará rodeado de mujeres mientras todas están mojadas por romperle su túnica y besarlo en la boca, si no se estará follando una o varias ya —percibió el brillo de la furia de Arya en sus ojos y aprovechó—. Además, nunca me he follado una Stark hasta esta noche —miró a sus amigos y fueron a por ella—.

Arya intentó defenderse, pero era demasiado lenta comparada con ellos. Y eran cuatro hombres mayores que ella, y con bastante facilidad, cada uno la tenían agarrada de un extremo y Lord Erdwyn sacó un cuchillo para romper parte de su bonito vestido para cortar gran parte de su falda hasta por muy encima de la rodilla, rajada por un muslo, dejando sólo a la vista unos calzones ceñidos y sus zapatos grusos marrones y se adelantó a abrirle más el escote.

—Veremos a ver esta noche si eres doncella o no, niña —dijo él, hambriento de su deseo carnal—. Si no lo eres, tu decepción conmigo será mayor que yo contigo.

Apuesto a que no. Decidida a no dejarse violar, le dio una patada en la entrepierna a uno y cuando se dobló, muerto de dolor, aprovechó su pierna libre para atornillar el otro que tenía su otra pierna contra el suelo. Aprovechó el único segundo de asombro de uno de los que sujetaba su brazo para morderlo con todas sus fuerzas cuando se acercó lo suficiente mientras intentaba esquivar los violentos movimientos del cuchillo hacia su piel. Dichos hombres, medio borrachos y verdes por nunca luchar en una batalla, la liberaron de sus cadenas de carne para liberar un tornado de puñetazos y patadas en la entrepierna hasta finalmente escapar rápidamente, en dirección contraria a sus aposentos. Tengo que encontrar un refugio, sólo para esconderme. A pesar de su poca agilidad, era más rápida que ellos pero sus pasos se sentían cada vez más a la vez que su respiración. Debo de encontrarlo ya.


Hacía horas que no había visto a Arya en el festín. Cuando el Lord imbécil los separó, siguió a su amiga con la mirada, desconfiado de ese hombre, hasta que la dejó con un grupo de niñas de vestidos brillantes y pudo respirar por fin. Al menos está a salvo. Por su parte, más mujeres se le acercaba con cualquier excusa; desde derrame de vino hasta la más descarada, insinuándole pasar una noche con ella. Él vergonzoso, siempre rechazaba de forma gentil. Sería más rudo si no fuera por Arya. Si él haría algo malo, ella sería la que tendría la mancha de su reputación.

Tras hartarse de rechazar doncellas y no tan doncellas, empezó a buscar a su amiga con la mirada, pero no la encontraba. Se acercó al grupo de niñas que antes estaban con ella y preguntó por ella y les respondieron que se había vuelto a su alcoba, mirando de forma extraña. A pesar de las indicaciones, él presentía que algo iba mal y fue directamente a su alcoba, pero tras girar izquierda siete veces para llegar hasta ella, encontró la puerta medio abierta. Al principio quería creer que no era la habitación correcta, pero vio su vestido azul encima de su cama el día que fue a verle tras su recuperación y encima de la mesa todas sus armas. Todas las cosas de Arya estaba en su alcoba excepto ella. Gendry se preocupó. No puedo ir gritando su nombre a estas horas de la noche porque todo el mundo está durmiendo y probablemente casi todas las velas de los pasillos estén apagados. Era como encontrar una aguja en un pajar, pero ella le había salvado tantas veces. Empezó a andar por la derecha de nuevo para volver al festín para buscarla de nuevo, pero tras haber recorrido la mitad del trayecto, escuchó a las cortinas reír su nombre.

—Creía que te había perdido, Gendry, pero al final has vuelto a mí —reía una de las largas y altas cortinas, escondiendo la brillante luna de las paredes del castillo—.

Gendry se acercó, reconociendo la voz y cuando apartó la cortina, encontró a la joven Stark sentada en el suelo. Tenía el pelo suelto con ondas desordenadas y no ordenadamente recogido como antes, y estaba sentada como una pequeña bola, mimetizada en la larga cortina.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él enfadado—. ¿No sabes que en la cama se duerme mejor o te creías un pequeño animal?

Arya lo miró con la mirada perdida y sonrió de forma atípica para ella.

—¿Te has emborrachado? —Gendry estaba más preocupado que antes. Ella nunca se dejaría llevar tanto por el festín, es demasiado lista que eso—.

—Deja de preguntarme, gruñón —su mirada inestable delataba su estado actual—. No estoy borracha, pero me han puesto algo en el vino que me sintiese que estuviera peor que borracha y antes de que puedas preguntar de nuevo —dijo ante los ojos desconcertantes de Gendry—, fue el gilipollas de Lord Erdwyn. Nunca se había acostado con una loba y tenía esperanzas de hacerlo esta noche—.

Si hubiera estado en ese momento con ella… —Vamos a tu alcoba, o enfermarás de nuevo —dijo decididamente—.

Arya intentó ponerse de pie, pero sus piernas la traicionaron y se hubiera caído si no fuera por la rápida reacción de Gendry. En ese momento la vio mejor; su falda se había acortado hasta por los muslos para mostrar unas delgadas piernas con calzones puestos y zapatos marrones, y su escote era tan pronunciado que un pecho estaba en peligro de salir a la luz. Debería decirle que se tapara, pensó vergonzosamente.

—¿Pero qué…

—El gilipollas de Erdwyn había traído a unos amigos para jugar conmigo —intentó recobrar su postura para relajarlo—. No me hicieron nada, si eso es lo que quieres saber. Antes de que ese cerdo me tocase, me pude escapar y me escondí tras estas cortinas antes de quedarme dormida hasta que me desperté escuchando tus pasos. Estaba soñando que era Nymeria y volaba con mis alas, pero estoy acostumbrada a tus pasos y los reconocí al instante—.

Gendry no sabía qué hacer más que sentirse mal. Ella, siempre es la que lucha para sobrevivir mientras yo siempre me escaqueo.

—Pues volvamos a tu habitación ya que creo yo que no están —miró al estado miserable de su amiga—. ¿Puedes ponerte de pie otra vez? ¿Puedes siquiera andar?

—Ji, ji, ji, vas a tener que llevarme como si fuera una dama que se acaba de desmayar —por alguna razón, Arya encontraba la situación divertida. Esta no es ella—.

Como ella dijo, la tuvo que coger en brazos para llevarla a su alcoba. No pesaba apenas nada y aunque no lo podía evitar, podía permitirse observarla sin temor a que ella le descubriese. Ella no lo sabe, pero es muy guapa. Su pelo desordenado y su rostro inocente deslumbraba una cierta belleza que él no podía descubrir y se complementaba perfectamente con su sensualidad; su cuerpo delgado pero con curvas propias de mujer, y en el ángulo en que la miraba, sus pechos se asomaban con timidez. Cuando la observa de esa manera, sobrepasa la simple intuición animal que le desorbita; no era deseo hacia ella, sino admiración hacia su belleza. Pero ella tampoco lo ayudaba a abstenerse de esos pensamientos; durante el camino demostró ser bastante juguetona, algo muy propio de la Arya borracha y no la Arya habitual. Para incómoda comonidad de Gendry, Arya empezó a acariciar la mejilla de él.

—No puedes aparecer más atractivo esta noche —empezó ella, sin rodeos—. Bueno, mejor dicho, eres muy apuesto. Pareces alguien importante, con esos ropajes de persona importante —recorrió su mano por sus brazos—, resaltando lo musculoso que eres y llevas el pelo recogido, para variar. Aunque debo de decir que me gusta más que lo llevas suelto. Oh, si estás rojo como un tomate ¿También te emborracharon? —preguntó inocentemente—.

Él, utilizando el silencio como arma en contra de la timidez, podía sentir su pecho a punto de estallar y el ardor de sus mejillas era agobiante. Parece que yo soy la dama, en vez de ella. Pero ella, totalmente ajena a lo que él sentía, continuó.

—Incluso te han quitado esa barba que tenías —dijo, recorriendo su dedo por su mandíbula—. Me gustas más así, ¿sabes? Sin esa barba fea y con tu perfecta mandíbula. Pero lo que más me gusta sin duda son los ojos —su dedo subió hasta sus labios, donde los acarició con delicadeza—. Son tan intensamente azules… ¿Estás seguro de que no has nacido de un príncipe? —el tono en que lo dijo era tristón—. A veces… A veces temo que me abandones porque has encontrado a una chica más femenina y más guapa, siendo sensanto y alejándote de mí, que lo único que hago es causarte problemas—.

¿Eso es lo que siente? Estaba decepcionado, e incluso un poco molesto. ¿Se cree que soy un mujeriego que la abandonará a la primera de cambio? ¿Tanto tiempo sufriendo juntos para luego pensar en eso?

Hemos llegado a tu alcoba —dijo Gendry con frialdad, aterrizando delicadamente su amiga lo mejor que podía—. Duerme y descansa, e intenta no empeorar. Si te sientes mal, llama a alguna de tus doncellas o lo que sea. Yo me regresaré a mi alcoba. La noche ya ha sido bastante para mí—.

Arya, aún agarrada a él, desconfiada de tenerse a pie ella sola, le rodea con sus brazos el cuello y ella se acerca a su oído y débilmente susurra, ajena aún de lo provocativa que parece.

—Desnúdame —sus labios desearon—.

En ese momento su corazón aceleró y empezó a recordar el mojado cuerpo de su amiga en el río; protagonista de sus últimos sueños húmedos. Su hombría se endureció como una piedra y se alejó bruscamente de ella.

—No voy a ser capaz de quitarme toda esta ropa yo sola —explicó ella fríamente—, y si me duermo con esto tan apretado, mañana amaneceré muerta y morada. No tengo a nadie más excepto a ti.

Gendry la miró para aceptar su culpabilidad y entró a su habitación. Si alguien nos viera, seguro que los rumores serían bastantes sucios. Dentro de su cálida alcoba en comparación de la suya, Gendry se permitió respirar profundamente intentando escapar de su dureza cuando encuentra a su amiga dando vueltas sobre sí misma con los brazos hacia atrás intentando llegar a su espalda. Gendry no pudo evitar sonreír un poco.

—¿De qué te ríes? —preguntó ella tontamente. Es realmente inocente cuando está borracha—.

Gendry se acercó a su espalda y con sus enormes manos intentó quitar los pequeños botones del vestido, sin éxito. Ella, impaciente de librarse de ese incómodo vestido, se dio la vuelta para enfrentarse a la incompetencia del herrero al desabrochar botones.

—No es tan difícil —se acercó a él para empezar a desabrochar los botones de su túnica—. Tienes que hacerlo como los botones del tuyo, de esta forma, y después así y así… —y se entretuvo un buen rato hasta desabrocharle la túnica, interrumpiendo a Gendry cada vez que le dijera que se diera la vuelta para continuar—.

Cuando por fin quitó el vestido con sus arduos botones, vio la horrible corraza que llevan las mujeres; estaba tan prieto que embutían la poca carne que tenía Arya hasta hacerle una cintura minúscula. Seguro que puedo tocarme la punta de los dedos si rodease su cintura con mis manos. Los lacos eran más fáciles de deshacer; siendo bastante rápido con ello. Cuando se aflojó, podía ver el cuerpo de Arya relajarse para respirar profundamente, algo que no ha hecho en horas. Gendry terminó de quitarle el corsé a Arya hasta que él se dio cuenta de la situación; su túnica estaba desaborchada y Arya iba desnuda de torso. Los colores se le subieron y le pareció de repente muy interesante la chimenea de su alcoba. Arya, cómoda en su propia piel se puso el camisón por encima y terminó de quitarse los calzones y botas. Muerta de sueño, se acercó a la cama y se dejó caer. Torpemente, característica rara en ella, se metió entre las sábanas y cerró los ojos. Gendry dio por terminado su trabajo. Se acercó a la puerta y cuando iba a abrirla, escuchó un pequeño gemido.

—Gendry —susurró Arya entre sus sueños—. Gracias.

Gendry salió de la habitación por alguna razón satisfecho. Después de toda la noche, puedo decir que lo que más me ha impactado de ella es sus palabras de agradeciemiento.