Gendry asintió, y ambos fueron a una de las infinitas salas del castillo, donde encontraron a Jon Nieve mirando al mapa del Norte, con figuras con forma de estandartes, esparcidos alrededor de Invernalia. Jon, pensativo y cansado, empezó a hablar a la sala hasta que Gendry se enteró de que Sansa también estaba, junto con el hermano pequeño Stark, Bran.
No se dieron cuenta de que estaban Arya y Gendry en la puerta, ya que los tres estaban hablando sobre matrimonios y candidatos. Se fijó en el actual Señor de Invernalia. De casi trece años de edad, Bran parecía mayor de lo que era a pesar de que no podía caminar. Al igual que se hermana Sansa, tenía los ojos claros, pero estos eran tristes y melancólicos.
—…Entonces Lady Sansa se casará con Lord Harrdying —dijo el hombre que se llamaba Petyr Baelish, que también estaba en la sala. Era un aliado de Lady Sansa, aunque Arya nunca confió en él. 'Actúa raro alrededor de Sansa', dijo ella cuando lo vio por primera vez, 'está enamorado de ella, pero no es un buen hombre'—. Y Lady Arya podría casarse con Trystane Martell, hijo del Príncipe Doran Martell, ya que el anterior compromiso con la hija de Cersei fue anulado por la muerte de ésta.
Gendry y Arya se miraron con rostro preocupado. Pues claro que se tiene que comprometer, es hija de una Casa importante. Aún así… Ella no es una dama tradicional, y se negaría a casarse aunque la obligaran. No, no puede casarse, no con un dorniense. Recordaba a Edric Dayne y se imaginaba un muchacho de ojos negros y pelo oscuro llamado Trystane, dulce como el verano, y apretó los puños. No puede casarse. Arya debió de pensar lo mismo.
—No me voy a casar con Trystane Martell —entró una Arya enfadada entró por la puerta—. No me voy a casar con un estúpido Lord sólo porque vosotros lo digáis.
—Lady Arya —dijo calmadamente Lord Baelish—, ha vuelto con sus hermanos y ha vuelto a ser Lady Stark. Una guerra se acerca, y necesitamos alianzas. Todas las Casas están contribuyendo a mejorar Invernalia y el Norte, y tras la guerra, vamos a necesitar alianzas para asegurar las diversas Casas que estarán en el borde de la extinción —sonrió petulante—. Por lo que he oído, Príncipe Trystane es un chico amable y dulce, además de inteligente. No va a ser un fracaso para vos.
—Pero no quiero a Trystane —Arya exasperó—. No quiero casarme, y no lo haré —miró a sus hermanos—. Creía que estábais de mi parte.
Jon suspiró y miró a Sansa. —Lord Baelish, si Arya no quiere casarse con el chico Martell, no hay nada más de lo que se pueda hablar —Sansa y Bran afirmaron con la cabeza—.
—Lady Arya, si me permite decirle —empezó Meñique, lo que le llamaban a sus espaldas—, vos sois una dama, lo queráis o no, y tarde o temprano, como toda mujer, tendrá que casarse y tener una familia. Ha tenido la suerte de nacer bajo el estandarte del lobo, de los más importantes del Reino. Vos sois una joya irremplazable, y más aún después de que ganéis. Su hermana se casará con el heredero de la Casa Arryn, y vos tendría que dejar de actuar como si aún estuviera en el bosque y empezar a ser más como su madre quería que vos fuera —dicho esto, Petyr Baelish salió de la sala—.
—Sansa, no sé por qué nos está ayudando —dijo Jon—.
—Sólo quiere lo mejor para nuestra Casa —lo defendió Sansa, aunque dubitativa—. No podemos confiar en él, pero quizás escuchar lo que de vez en cuando dice.
—No me casaré con nadie, y si lo hago, será con quién yo quiera —Arya terminó, dándose cuenta de forma abrumadora que hay más personas en la sala de las que deberían—.
Arya no quería que Gendry estuviera ahí, y él tampoco quería. Ella es más que una pieza con la que intercambiar matrimonio. Arya lo miró, triste pero siempre con la cabeza alta. Esta chica nunca se romperá.
—Parece que has traído a Gendry —dijo Jon, cambiando de tema—. Tengo que hablar contigo —se puso en pie e indicó a al herrero la salida y fueron lejos de la sala—.
—Siempre he querido a Arya y es mi favorita de todos her- primos, aunque creo que a veces tiene más valentía que yo —parecían no caminar sin rumbo; Jon le llevaba sutilmente a una parte del castillo—. Sigue siendo testaruda sobre el entrenamiento y luchar en la guerra.
—Creo que debería hacerlo, Lord Nieve —dijo Gendry, un poco desafiante pero más bien educado—. Tiene más habilidad con la espada que la mayoría de hombres de aquí.
—Sí, y vaya destreza —esmeró—, pero es una niña, y menor de la edad requerida —aunque Gendry sabía que no era la razón principal. Era la misma que tenía él mismo en mente siempre cuando la veía luchando—.
—Y es tu prima, antes hermana —terminó Gendry, cansado de tantas cortesías—. La quieres demasiado, y aunque sea casi una mujer, la sigues viendo como la niña rebelde que jugaba contigo. No terminas de verla como alguien mayor a pesar de que casi te gana en una pelea —nadie olvidó la pelea entre ellos, llamándola 'la pelea de los lobos'—. La quieres demasiado, y tras encontrarla después de tantos años quieres encerrarla en el castillo para que no salga jamás. Pero ahora es una luchadora experimentada, y la he visto. Puede matarte con cualquier cosa que tenga en mano, y eso es bastante útil para la guerra que nos acecha.
Jon lo miró raro y suspiró. —Tienes razón. Mi hermana ha crecido y tengo que aceptarlo de una vez. Me lo tendré que pensar.
El primo de Arya lo observó durante un instante y terminó de juzgarle. —La conoces bastante —dijo sospechosamente—. Os he visto cerca desde que Arya llegó —abrió la boca para decir algo, pero la cerró y cambió de tema—. El próximo entrenamiento lo harás conmigo. Y ten cuidado con mi prima. Para mí sigue siendo mi hermana, y cómo se te ocurra hacerle algo, estaré ahí para asegurarme de que sufrirás lentamente.
—No lo decepcionaré, m'lord —dijo el herrero nervioso. ¿No lo decepcionarás? ¿Acaso Arya es un encargo de la herrería?
—Va a ser difícil estar con ella —aceptó el primo de Arya—. Nunca se sintió a gusto consigo misma, y los demás tampoco la ayudaban. Ha visto a sus padres muertos, y le cuesta aceptarnos. No está acostumbrada a ser querida y ser bien tratada —resumió Jon—. No aceptará sus sentimientos tan fácilmente ni lo dirá en voz alta, pero debes de ayudarla, y en ese entonces todo irá más fluido.
Jon se paró en una de las puertas del largo pasillo del castillo e invitó a Gendry a entrar. La habitación, minúscula, sólo contenía un baúl alargado, de madera de roble y pintado de color negro, casi invisible en la oscuridad. Jon encendió una antorcha y abrió el baúl. Entiendo por qué me ha traído aquí.
—Arya me comentó que eras aprendiz de herrero, uno especial de Desembarco del Rey —empezó Jon—. ¿Puedes con esto?
Gendry no estaba tan seguro. Había hecho muchas cosas, pero quizás esto… Observó el metal, cómo brillaba ante la luz de la antorcha, como jugaba con los colores de la luz como un baile armónico. —¿Esto es-
—Sí —espetó Lord Nieve—. Quiero construirlo de nuevo a como era antes, y para eso necesitamos las dos —el herrero le miró extrañado pero Jon continuó—. Sí, así era antes. Pero quiero una pequeña parte guardada, para ella. ¿Entendido? —el herrero asintió con la cabeza—. Quiero total discreción, quiero que sea una sorpresa. ¿Podrás?
Tobho Mott le había enseñado suficiente para tratar con ese tipo de metal, aunque él nunca lo había hecho antes —Creo que sí, pero necesitaré tiempo.
—Bien, Gendry —terminó Jon—. No me falles con esto.
Había pasado casi un mes desde que su Jon por fin dejó a Arya entrenar, pero sólo como ayudante. Pero ella quería demostrarle que era perfectamente capaz de combatir. Siempre daba en el blanco de la diana con el arco y las flechas, la lanza, e incluso lo hizo con el hacha. Era de los mejores espadachines y podía ganarle a la mayoría de combatienes con cualquier cosa que tuviera en mano. Jon estaba orgulloso de ella pero no quería reconcerlo abiertamente; quería que ella siguiera a salvo con su hermana la Reina Daenerys cuando llegue el momento. 'No es la guerra entre lords, es nuestra guerra, eso es lo que tú mismo dijiste', defendió Arya, 'si es tu guerra es la mía también'. Desde el día que pelearon, Jon no volvió a retar a Arya como él había dicho.
Con Gendry era diferente. Estaban en el mismo grupo de entrenamiento, y aunque a ambos nunca les tocó luchar uno contra uno por lo menos pasaban más tiempo juntos. Gendry era bastante bueno con la espada, aunque era impacable con el martillo. Sus golpes siempre acaban rompiendo al monigote de madera, e incluso derribó la cabeza de uno de los espectros de hierro, dejando la marca bien hundida en el cráneo. Era rápido también con el arma y podía parar golpes con el mismo martillo. Arya podía quedarse mirando cómo golpeaba los muñecos de forma tan brusca, tan varonil, como Sansa habría dicho. Ha buscado una nueva pasión a parte de golpear el metal, y un nuevo uso al martillo. A veces se podía quedarse hasta tarde entrenando solo, en el bosque de los Dioses, donde no molestaba a nadie. Un día que Arya le meditaba y entrenaba con su capacidad de warg, pudo escuchar los golpes de un monigote siendo abatido. Era bastante tarde, el sol se había puesto hace horas, pero el herrero continuaba con su entrenamiento, sin parecer cansarse en ningún momento. Arya se movió entre la oscuridad para encontrarlo con su querido martillo, el mismo que utilizaba para la herrería.
—¿Cuándo te cansarás? —dejó caer Arya mientras se apoyaba en un árbol—.
—Creo que estoy mejor solo —no se sorprendió verla; estaba acostumbrado a que ella llegara de la nada—. Los reclutas me distraen demasiado.
—¿Por qué? —le parecía extraño el motivo. Los reclutas, como él, entrenaban, no se paraban a hablar.
—¿No te has dado cuenta de que llamas demasiado la atención? —el pelo negro sudado le caía por la frente, pero sus ojos azules salían ilesos del esfuerzo—. No sólo porque eres habilidosa, sino porque eres chica —se pasó una mano por el pelo, desordenándoselo—; habilidosa y chica.
—¿Y eso qué tiene que ver con que te distraen los reclutas?
—Muchos hombres se te quedan mirando cuando pasas, con una cara de admiración o envidia. Algunos dicen que eres un chico en realidad que le gusta vestirse de chica y otros dicen que las mujeres como tú no deberían luchar y deberían encerrarse en una torre de lo peligrosas que son. Muchos otros directamente intentan meterse en tus aposentos para acostarse contigo, y otros simplemente suspiran cuando pasas de largo —Gendry atizó un golpe final al muñeco, cayendo de inmediato junto con el martillo—. Te has vuelto muy popular entre los hombres.
Si me pudiera haber dicho con eso cuando tenía ocho años, quizás hubiera sido más feliz. Pero no le importaba esas cosas a ella; sería algo de esperar de Sansa. No, de Sansa no. Ha crecido y ya no es la niña que yo tanto enviadaba.
—Tienes que dejar de ser tan celoso, Gendry —soltó ella sin tapujos—. Sé enfrentarme a ellos yo sola.
Eso le pareció molestar aún más. —No estoy celoso, Arya —defendió él—. Mira con tus ojos. Pueden ser peligrosos para-
—Si lo son, yo lo seré aún más —se acercó más a él, saliendo de la sombra nocturna del árbol. No sé cómo te pondrás cuando me comprometa —susurró ella sin pensarlo—.
—¿Al final te vas a compremeter? —los ojos del herrero se abrieron instantáneamente y su mandíbula tembló de la fuerza con la que lo estaba presionando.
—Pues claro que no, estúpido —ladeó la cabeza y puso los ojos en blanco—. No me voy a casar jamás, no soy de ese tipo de damas.
—¿Y de qué tipo de dama eres tú? —burló desafiante su amigo—.
—Del peor tipo —Arya se permitió enseñar una media sonrisa y levantó las cejas—. ¿Quieres pelear?
Gendry lo captó a la primera. Cogió el martillo y puso una pose defensiva. —Te puedo hacer daño —dijo como si fuera una obra de teatro, y ellos los protagonistas—.
—No me harás daño —Arya sacó a Aguja y puso su pose de danzarina del agua, de costado—.
—No sabes lo fuerte que soy.
—Y tú no lo sabes lo veloz que soy yo —eso lo hizo divertir a Arya, recordando cuando era un niño con Yoren, de camino al Muro. Ahí es cuando conoció al Toro, un muchacho de la misma edad de ella ahora, y él estaba ahí, delante suya con un martillo dispuesto a ganar—.
—Tú te lo has buscado, Arya —aseguró el martillo en su mano derecha—.
—¿Me prometes que no llorarás si te corto? —dijo ella, imitando su voz grave cuando se lo dijo en el Camino Real, y aseguró también su agarre con su mano izquierda con Aguja—.
—Lo prometo si tú lo prometes —Gendry avanzó con el martillo y al primer golpe que lanzó, Arya pudo detenerlo con su espada con facilidad—.
El siguiente golpe lo dio Arya y Gendry lo paró como si estuviera calculado con el hacha. Es como si fuera parte de su brazo. Eso es lo que le había dicho Syrio Forel, hace cientos de años cuando ella vivía en Desembarco del Rey, la hija de la Mano del Rey. 'Si se te cae, se cae parte de tu brazo'. No se lo dejaré tan fácil. Los movimientos del herrero eran difíciles de parar con la fuerza que contenían, pero nunca le daba tiempo de parar los golpes de ella, disparando como flechas. Intercambiaban golpes predecibles con sus armas, pegando saltos y riendo como si fueran niños, hasta que finalmente Arya pudo coger el martillo con una mano y le hizo la zancadilla con el pie y cayeron en el suelo, Gendry de espaldas y Arya encima de su barriga, y se puso de rodillas en el suelo, con su cuerpo encima de su amigo y cuatro manos sostenían el martillo mientras que Aguja estaba tendida sola en el suelo. El martillo estaba por encima de la cabeza de Gendry, sus manos agarrándola con todas sus fuerzas, mientras que Arya también la sujetaba con sus pequeñas manos, testaruda de no soltarla. Tenía que estirarse para que sus manos llegasen, y su rostro estaba a la altura de la cara de Gendry, aunque el pelo de ella tapaba la visión de él los pocos indicios de luna que había esa noche. Ambos seguían sonriendo hasta que Arya movió la cabeza hacia un lado y sonrió una victoria.
—¿Qué pasa? —burló ella, clausurando el acto que habían actuado tan bien.
Arya y Gendry se observaron por una eternidad, ella fijándose en lo puro que su mirada parecía, sus ojos tan claros que Arya se permitió ahogarse en ellos. No lo sabe, pero es muy apuesto. Su corazón empezó a acelerar y sintió su pulso en su cuello, gritando como campanas tañir en el silencio del cielo. Bésalo, es lo único que podía pensar. Bésalo de una vez y no seas estúpida. El rostro de él, mirándola con casi incredulidad y alegría, pronto se escondió tras un rostro de tristeza.
—No quiero que te cases con algún Lord importante —susurró él, mirando fugazmente a los dos ojos de ella a la vez.
—No lo haré —en algún momento de la conversación, ninguna mano ya sujetaba el martillo y las manos de Arya recorrían el pecho del herrero mientras las manos de Gendry tendían en el suelo, espectadores de su presencia.
El chico levantó la espalda y se sentó, y Arya seguía encima de él. Ahora las manos de él recorrían la espalda de Arya, y decidió cerrar los ojs y echar su cabeza para atrás. Las manos de ella subieron hasta el cuello del chico y los brazos de ella rodearon su cuello y sus hombros, abrazándose cada vez más cerca, presionando sus cuerpos con fuerza. Cuando estaban lo suficientemente juntos, el corazón bombardeaba emoción y sintió un tirón, unos pellizcos fuertes muy debajo de su ombligo, que no hacían todo lo contrario al dolor y los quería más fuerte.
—Es muy tarde —susurró Gendry en su oído, sin necesidad de hablar en voz alta ya que estaban bastante cerca el uno del otro—. Deberíamos volver, o si no nos preguntarán qué hace un herrero de baja cuna y Arya Stark en el Bosque de los Dioses por la noche.
Decepcionada y cansada, Arya rodó por el suelo hasta ponerse en pie y desapareció entre los árboles de los bosques.
Al día siguiente, en los entrenamientos, Jon fue muy severo con Gendry. Corregía cada ligero error que cometía y lo hacía repetir, pero el herrero, en vez de exasperar y rendirse, no le quería dar el gusto a Lord Nieve. Cada vez que Jon le corregía, Gendry lo hacía más fuerte y mejor; ambos iban a estrellarse contra un techo que no veían. Cuando el entrenamiento terminó y todos los reclutas se iban hacia el descanso, Jon le tiró una espada de madera de Gendry y le desafió a un combate.
Gendry echó hacia un lado la espada y cogió su martillo, a lo que Jon Nieve cogió una espada de acero barato, y se pusieron en pose defensiva para empezar la pelea, y Gendry fue el primero en atacar. Jon paró su golpe y en menos de un segundo, su espada caía sobre la mano de Gendry, pero éste giró de forma torpe y logró esquivarlo sin problemas. El siguiente golpe de martillo acabaría en las costillas de Jon sino fuera porque pegó un salto en el instante que vio las intenciones de Gendry. La pelea había atraído atención de los otros reclutas y se acercaron para crear un gran corro de personas, en el que otros campesinos y lords vieron cómo Jon Nieve y el novato Gendry se centraron en el combate. En un momento dado, Gendry logró hacer una zancadilla con su pie, la misma zancadilla que ella le había hecho la noche anterior. Jon se desequilibró y Gendry lanzó un golpe final sobre su cara, sabiendo que Jon saltaría de inmediato para evitarlo y cayó al suelo, todo el mundo observando con expectación, mientras algunos ya se iban, dado el combate por concluido. Pero Jon miró en ese momento entre la multitud y vio a Arya. Una mueca pasó fugazmente por su cara y se puso de pie con la ayuda de la espada.
—No hemos terminado —gritó Jon a las espaldas de Gendry, ya que se dirigía al castillo—.
Gendry se giró y sonrió, poniendo el martillo en el aire, y continuaron su lucha. Esta vez no era una típica de entrenamiento, ya que los golpes eran más brutos y reales, y Arya se dio cuenta de la situación. Se están peleando por mí. Ninguno de ellos querían perder delante de Arya y luchaban como si fueran de verdad enemigos. A otra le habría parecido tan heroico y romántico, pero ella sólo lo veía estúpido. Están poniendo su salud a juego sólo por su orgullo. No podía decidirse quién era el tonto y el tontuelo de los dos.
Cuando llevaban diez minutos luchando intensamente, el cansancio brotaba de su frente en forma de sudor, y en el momento en que Jon iba a lanzar su espada sobre la mano que sostenía el martillo mientras el otro levantó el martillo para darle en la cabeza, una flecha con punta de madera y redonda llegó a la mano que agarraba la espada de acero valyrio de Jon y por el dolor instantáneo, Jon dejó caer la espada al instante. Dos segundos después, unas cadenas dispararon en dirección al mango del martillo y lo abrazaron con sus cadenas de hierro y una dirección hacia el suelo hizo caer el martillo al suelo, y Arya salió en escena, con un arco en su mano izquierda y las cadenas en su mano derecha. Los dos miraron a Arya, perplejos del final de la batalla y los susurros comenzaron. Se miraron entre ellos y después la observaron por menos de minuto, para al final levantarse y se fueron a sus respectivas alcobas. No hablaron con Arya el resto del día.
A la noche, Arya estaba en sus aposentos, tumbada en su cama mirando al techo y pensando lo idiotas que eran Jon y Gendry. Se creen mejores que nadie por luchar bien. Al final no demostraron quién era el mejor, ambos envidiosos por la relación del otro con ella. Sus pensamientos desaparecieron como el viento cuando alguien llamó a la puerta. Arya rodó la cama hasta caer en cuclillas en el suelo y se puso de pie. Pegó el oído en la puerta y escuchó la respiración de su primo al otro lado y abrió la puerta.
—Tengo que darte algo —saludó. Llevaba algo muy alargado y fino, envuelto en unas pieles, escondiendo su identidad—.
—Al final te has dignado a hablarme otra vez —levantó las cejas y retorció sus labios—.
—Cállate o no me arrepentiré de habértelo dado —dejó el objeto en la cama y Arya se acercó, curiosa y maravillada por el regalo misterioso de su hermana.
—¿Darme qué? —dijo ella mientras su casi hermano desenvolvía las pieles—.
—Esto —la luz se reflejaba en el metal como si fuera un espejo. Arya abrió los ojos para que la emoción entrase de nuevo en ella. Una espada se tendía en su cama, tan hermosa que hacía llorar los ojos. El pomo tenía una rosa azul de piedra tallada y el agarre parecía cómodo. La espada era más gruesa y grande que Aguja, pero no demasiado para que Arya pudiera moverlo con facilidad. Lo mejor era el metal. Un arcoiris de luz se brillaba en el metal de una forma casi mágica.
—Es… —Arya no podía terminar la frase de la emoción—.
—Sí, primita mía, es acero valyrio —respondió orgulloso Jon—. Pensé que como habías mejorado bastante con tu habilidad como espadachina y has crecido bastante, pensé que Aguja se te había quedado corta.
—Pero… pero… —tartamudaba ella, incrédula de ser dueña de una espada de acero valyrio, tan pocas y poco comunes que muchas Casas del Reino pagarían todo lo que tendrían para tener una en su legado familiar—.
—Nos trajeron dos espadas que antes eran Hielo —Jon miró hacia otra dirección, su rostro amargado—. Tywin Lannister lo había fundido para hacer dos espadas para sus familiares, y cuando la Casa Lannister cayó, Lady Brienne nos dio ambas; una que ella utilizaba y otra que cayó en manos de Joffrey. Las he vuelto a unir, pero he pedido que guardasen una parte para hacerte una a ti, ya que la espada iba a ser gigantesca de todas formas.
—¿Dónde está la otra?
—Está guardada para el próximo Lord de Invernalia, lo cual caerá probablemente en manos de Bran. Pero quería que una espada valyria sea para alguien que sea un guerrero, o en esta ocasión, una guerrera —Jon sonrió a su prima—.
—¿Eso significa que lucharé en la guerra? —dijo entusiasmada—.
—No me queda otra, eres más voluntariosa que la mayoría de hombres que lucharán —suspiró él—. Si tuviera cien como tú en vez de todos esos soldados, la guerra la ganaríamos sin problemas. Necesito una espada de acero valyrio para los espectros.
—Pero, ¿quién ha unido las dos espadas? —Arya había escuchado lo difícil que era siquiera moldear el acero valyrio y sólo un puñado de herreros eran capaces de controlar la magia que desprendía el acero—.
Jon sonrió de nuevo, aunque tristemente. —Tu querido amigo Gendry —Jon exasperó, admitiendo la derrota del chico—. Era aprendiz de un herrero que sabía sobre acero valyrio, así que accedió sin problema alguno para crear las dos espadas —Jon hizo que Arya cogiese la espada, sintiendo su encanto recorrer por sus dedos, como el aire bailaba con la figura de la larga cuchilla como si fueran amantes—. ¿Qué nombre recibirá esta vez la gran espada?
—Nieve —Arya meditó—. Tuvimos a Hielo, y ahora tenemos a Nieve.
Jon parecía satisfecho de que haya nombrado la espada en su nombre. —Una espada bastarda —comentó en tono burlón—.
—Hecha por bastardos —sonrió ella dulcemente—. ¿Cuál es la segunda lección?
—Dímela tú, pequeña asesina —le atusó el pelo como solía hacer cuando eran niños, hace tantos años en esa misma habitación.
—Apunta siempre al corazón —Sandor Clegane le enseñó esa lección—.
—Buena lección, pero a veces tienes que tener otro objetivo si el corazón está protegido —¿está el tuyo? Arya quería decirle a Jon. El chico se acercó a besarla en la frente y se dirigió a la puerta—.
Jon dejó a Arya para que pudiera disfrutar de su espada y utilizar sin su consemiento conscientemente, pero Arya sólo se dedicó a observar la belleza del acero, más un monumento que un arma. Se la había traído Jon, pero sólo podía pensar en Gendry. Ambos hicieron la espada para mí. Gendry, su fiel compañero de viajes y su indudable amigo, ha estado con ella en todo momento y ahora la espada… Su cabeza se sentía ligera y podía sentir el corazón tamboreando una melodía que ella desconocía. Amor.
