Era temprano en la tarde, cuando juntos subieron las escaleras que los conducirían al interior del edificio de la Universidad de Londres; pilares griegos se elevaban encima de ellos. John podía ver las huellas dejadas por la guerra civil, agujeros de bala, manchas ennegrecidas sobre la piedra (en donde las bombas o granadas habían estallado) y sombras oscuras en el suelo de mármol debajo de sus zapatos, lugares en donde la gente se desangró y las manchas no se habían lavado completamente.

Su objetivo, Claire Caroll, profesora de Literatura Inglesa. Por suerte, la encontraron en su oficina mientras ella estaba guardando unos papeles de trabajo y un ordenador portátil, presumiblemente para su próxima clase.

Hablando objetivamente, John podía describirla como hermosa, con su cabello largo, enmarcando un rostro completamente delicado, con pómulos altos.

Sherlock golpeó sus nudillos contra el marco de la puerta, lo que la hizo observar hacia arriba. Sus ojos se dilataron en cuanto les vio, y John suspiró por dentro. Era muy probable que una profesora universitaria, cuyos estudiantes habían desempeñado un papel sumamente importante en la revolución les reconociera.

—¿Puedo ayudarles? —les preguntó ella, deslizando el cierre de su bolso.

—Yo soy Sherlock Holmes, y éste, es John Watson.

—¡Es un placer! ¿Qué puedo hacer por ustedes?

—Necesitamos información sobre Edgar Allan Poe, sus obras, símbolos y teoría literaria.

La pregunta, obviamente, le sobresalto, pero ella se recuperó rápidamente.

—Bueno, entonces supongo que tienes al profesor equivocado.

—Lo siento, pero usted es la profesora Caroll, ¿no es así? —le preguntó John, un poco confundido.

Ella asintió con la cabeza, sonriendo.

—Lo soy; también enseño Literatura Inglesa, pero, no soy una experta en Poe, ése es mi marido.

—Oh, bueno, ¿puede decirnos en dónde podríamos encontrarle? —preguntó Sherlock con su tono más cortés.

—Los lunes se encuentra con un colega para tomar café después del almuerzo, en una pequeña cafetería que está cruzando el campus. Ustedes todavía pueden cogerle, le reconocerán por su chaqueta de tweed.

Sherlock ya estaba dándose la vuelta y saliendo de la oficina, pero John le dio una sonrisa y un "gracias" sincero, antes de apresurarse detrás del detective.

Cuando él le dio alcance a Sherlock, le observó pensativo. John conocía esa expresión; una teoría se estaba formando.

—¿Qué es?

—Su marido. Un hombre. ¿Quién es el experto en Edgar Allan Poe?

—¿Qué estás diciendo?

—Eso, nosotros estamos por reunirnos con nuestro nuevo sospechoso.

El Profesor Caroll, un hombre de estos tiempos, probablemente de unos treinta años, con el pelo castaño y corto, una barba de tres días y una chaqueta de tweed color beige. Él estaba saliendo de la cafetería al mismo tiempo que Sherlock y John llegaban, y casi chocaron entre ellos en el umbral.

—Perdón —dijo Caroll y se dio la vuelta para irse.

—¿Profesor Caroll? —le preguntó John, porque Sherlock no daba ninguna señal de hablar pronto. Sus ojos estaban centrados sobre el hombre, en la ajustada correa del bolso en el hombro.

—Ese soy yo.

—Su esposa dijo que lo íbamos a encontrar aquí, yo soy…

—John Watson, es un honor —Caroll extendió su mano y John la sacudió, tomando nota de la firmeza en su agarre—. Y, Sherlock Holmes. Soy un gran fan tuyo.

Sherlock levantó una ceja, pero no extendió su mano para coger la que Caroll ofrecía. Caroll la dejó caer, sin mostrarse demasiado afectado.

—¿De veras?

—Sí, sigo su blog, Sr. Watson, desde que se unió a las fuerzas Reformistas.

—Me alegra oír eso.

—Así que, ¿a qué se debe esta visita? ¿Usted dijo que mi esposa le ha enviado?

—Sí —empezó John—. Nosotros estamos esperando recolectar de su cerebro algo sobre Edgar Allan Poe.

El rostro de Caroll se dividió en una enorme sonrisa.

—¡Por supuesto! Me entusiasma la oportunidad. Pero, si empiezo ahora, voy a hablar sin parar y, por desgracia, tengo un compromiso previo. ¿Para qué es esto?

—La investigación de un asesinato —dijo John, observando de cerca la cara del hombre, pero éste no reaccionó de ninguna manera sospechosa.

—Oh, sí. Los asesinatos. He leído de ellos en los periódicos; pobres niñas. Bueno, yo estaría encantado de ayudar a los grandiosos Sherlock Holmes y John Watson. ¿Por qué no se vienen a tomar una copa ésta noche? Doy clases hasta las seis, pero después de eso estoy libre.

John y Sherlock intercambiaron una mirada y John asintió con la cabeza.

—¿Tiene una tarjeta?

—Por supuesto, espere... —Caroll hurgó en los bolsillos de la chaqueta y extrajo una pequeña caja plateada en donde guardaba las tarjetas de visita y le dio una a John—. Llámame cuando estén a punto de llegar y yo les daré la dirección.

—Gracias —John aceptó la tarjeta y Caroll agitó su brazo, mientras cruzaba la calle con un ritmo constante.

John le dirigió una mirada inquisitiva a Sherlock, como preguntando si ése hombre era un asesino en serie.

Sherlock miró detrás de él, con los ojos entrecerrados.

—Es interesante —Fue todo lo que dijo.

John tenía un plan: Investigar a David Caroll por Internet en el preciso momento en que llegará a casa. Sherlock y él, sin embargo, ni siquiera habían colgado sus abrigos cuando Greg los llamó.

—¿Alguna pista? —La voz de Greg era hermética; la cuestión se le estaba precipitando.

—Quizás. Hemos quedado con el experto en Poe ésta noche, después que termine con sus clases —dijo John, con una sensación incómoda instalándose en su estómago—. ¿Alguna noticia de tú parte?

—Hemos encontrado otro cuerpo.

Una mirada hacia Sherlock fue suficiente para que el detective recuperara su abrigo y liderara el camino para salir de la vivienda.

Otro Omega, otro par de ojos arrancados, otro montón de intestinos cubriendo a la víctima.

Veronica Martin, en ésta ocasión estaba tumbada sobre el suelo, sin embargo, la cabeza estaba vuelta hacia la pared que sostenía una estantería. Por supuesto, se encontraron con una de las publicaciones de Poe.

—Algo está mal —anunció Sherlock tan pronto como entró en la escena del crimen. El hecho que el asesino, no se esperaba ni la más lejana posibilidad que alguien más viera la respuesta, le dijo lo desesperado que se encontraba.

—En primer lugar, se encuentra en el piso, cada una de las otras víctimas estaba ya sea sentada o acostada, en algo. En segundo lugar, está señalando la estantería que contiene una obra de Edgar Allan Poe, y, en tercer lugar, éste libro ha sido colocado aquí por el asesino. Él está confirmando nuestra teoría. Él sabe cuál es el camino que la investigación está siguiendo y se congratula de ello.

—¿Cómo sabes que el libro fue plantado? —pidió Greg, acercándose a la estantería.

—La capa de polvo en los libros restantes es más gruesa que en la copia de Poe. El polvo no miente, el polvo es poético.

Sherlock les permitió asimilar la información, mientras él se ponía de cuclillas junto al cuerpo de Verónica.

—Ella tomaba clases nocturnas en la misma universidad que Louise Mead, pero eran de cursos completamente diferentes. Aparte de eso, no hay conexiones evidentes entre ella y las otras víctimas.

Algo llamó la atención de John, una contusión en el brazo izquierdo de Veronica, probablemente dejada por la mano del asesino, cuando éste la agarró con demasiada fuerza.

—Nuestro asesino se está descuidando —dijo John, inmediatamente captó la atención de todos—. Hay un moretón. Manejó a todas las otras víctimas con una gran cantidad de atención, cada asesinato había sido muy sofisticado, pero esta vez, dejó un moretón.

Sherlock le sonrío y John sintió una repentina oleada de orgullo.

Llamaron a David Caroll alrededor de las siete, después que descartaron varias pistas, ya que resultaron ser callejones sin salida, después de todo.

—Así que, ¿qué tal si tú lo tratas como a un sospechoso y yo lo trato como a un informante? —sugirió John a medida que salían de la cabina, frente al edificio de apartamentos de Caroll.

Sherlock levantó una ceja.

—Supongo que eso aremos —John pudo ver la mandíbula de Sherlock trabajar, aunque el detective no dijo nada más.

—¿Qué?

—Bueno, creo que vamos a pasar un momento espléndido, con el profesor Caroll. No dejes que tú juicio se nuble.

—No lo haré.

Con una mirada claramente dudosa, Sherlock tocó el timbre. Caroll traqueteó hasta ellos y les dio la bienvenida en su puerta del segundo piso; llevaba puesto unos pantalones de algodón. John pudo ver la chaqueta tweet colgada en el perchero de la entrada.

—Me alegro de verles, vengan, entren —Caroll los llevó a la sala, que era una extraña mezcla de libros y juguetes para niños—. Esta noche, sólo seremos ustedes y yo, Claire está con el pequeño. ¿Puedo ofrecerles algo de beber?

—No, yo estoy bien —respondió Sherlock.

—Bueno, si tú ofreces —John observó cómo los labios de Sherlock se crisparon.

Caroll obtuvo las cervezas para ellos, mientras que Sherlock desplegaba las fotos de la escena del crimen sobre la mesa de la sala de estar.

Caroll observó, con los ojos muy abiertos y tragó saliva.

—Oh, Dios mío. Éste es el momento en que todo se vuelve demasiado real.

Sherlock entornó los ojos ante el profesor.

—Su esposa mencionó que usted es un experto en Edgar Allan Poe.

Caroll estaba bastante pálido cuando finalmente logró apartar sus ojos de las imágenes.

—Sí. Pero, ¿qué te hace pensar que tú asesino tiene un gran propósito literario?

—La sofisticación de los asesinatos, la forma en que los cuerpos se manejan y se muestran, hay un... romance en ello —dijo Sherlock, con voz suave y a la expectativa, esperando una reacción. John dudaba que Caroll pudiera percibir que Sherlock estaba sospechando de él, por la forma en que el hombre parecía afectado por el derramamiento de sangre y la violencia.

Caroll cerró los ojos un instante y se sacudió un poco.

—La alegoría del ojo de Poe, sin duda alguna, encaja. Usted podrá encontrar su simbolismo lleno de romance... —observó él a su alrededor, ubicando un libro sobre una de las estanterías que rodeaba la mesa, lo alcanzó y lo extendió hacia ellos—. Aquí.

Para asombró de John, Sherlock lo aceptó.

—Muy bien, muchas gracias. Se lo traeré de vuelta.

—Oh no, no te atrevas, esto es para ti. Es un regalo para mí. Ayudar al gran Sherlock Holmes y el capitán John Watson. Ahora, por favor, ¿puedo ofrecerles una copa?

—Está bien, lo que usted esté bebiendo —Sólo John pudo ver el cálculo en los ojos de Sherlock.

Caroll consiguió otra cerveza para Sherlock, entonces pareció que un pensamiento lo golpeaba.

—Un momento, tengo algo más para ti.

Caroll desapareció por una puerta, mientras que John intercambia una mirada un poco preocupada con Sherlock. La mano de John se disparó como un dardo hacia su arma escondida debajo de la chaqueta.

Sin embargo, Caroll no regresó con un cuchillo, sino con un libro.

—También, soy un autor. Esto fue inspirado por el trabajo inconcluso de Poe: La Casa de la Luz. Espere. Voy a firmar para usted.

John se las arregló para atrapar el título: El Mar Gótico. Él nunca había oído hablar de ese libro, sin embargo, tampoco había estado siguiendo estrechamente las listas de libros más vendidos.

Sherlock sonrío, con lo que John identificó como, falsa gratitud.

—Muchas gracias, voy a leerlo de inmediato.

—No dude en odiarlo. Todo el mundo lo hace.

—¿La venta no va bien? —cuestionó John.

—En realidad ése es el tercer ejemplar —explicó Caroll con un aire de amargura.

—¿Podríamos darle un billete de veinte o algo así? —sugirió John para hace reír al profesor.

Cayeron en una pequeña charla cómoda. Sherlock tenía razón; John en realidad pasó un buen momento hablando con Caroll.

—Por favor, llámame David —Mientras que Sherlock se deslizaba a través de las páginas de El Mar Gótico.

—¿Cuántas clases da a la semana? —le preguntó John en un momento, y la sonrisa jugando alrededor de los labios de Sherlock, le dijo que el detective, sabía que John le estaba pidiendo una coartada.

David les ofreció toda su agenda que, desgraciadamente, le dio la coartada para la mayoría de los asesinatos, especialmente el de su último caso, ya que Caroll enseñaba los lunes, desde las diez de la mañana hasta doce del mediodía, la hora exacta en que, Veronica Martin, fue asesinada.

—Realmente apreciamos su ayuda, David —dijo John, cuando ellos decidieron concluir con la velada.

—Sí, nada mejor que una buena cerveza.

—Es una cerveza muy buena —reconoció John, encogiéndose de hombros y añadió: —. Hemos estado trabajando sin parar en el caso. Nosotros a veces nos olvidamos de descansar y desconectarnos durante un par de horas.

John podía no ser capaz de ver las expresiones de Sherlock, pero estaba seguro que el detective había rodado los ojos, después de todo Sherlock no olvidaba. Él simplemente nunca lo hacía.

—Si yo fuera tú, no podría aguantarlo —suspiró Caroll—. Debe ser duro. Al menos están trabajando juntos, por lo que consigue mucho más que estando separados. Aunque, el pago en compensación. Ayudar a tanta gente, salvar vidas… Creo que lo que ustedes hacen es admirable.

John sonrió en respuesta, en forma amplia y genuina.

—Gracias. Es agradable ser apreciado.

—Tengan cuidado.

Sherlock asintió y siguió a John fuera del piso y hacia la calle.

—Así que, ¿cuál es tú veredicto? —se aventuró John, con una mirada hacia el detective.

—Parece demasiado fascinado con el período Romántico y, sobre todo, con Poe. Voy a saber más una vez que le dé una mirada más cercana a su libro. La manera de escribir de una persona, te puede dar una gran comprensión de su mente.

Sonriendo, John levantó una ceja.

—¿Analizas mi blog de la misma forma?

—Quizás —El tono de Sherlock fue ligero, por lo que comprendió que todo lo que él deducía del estilo de John, no le decía nada que ya no supiera.

En Baker Street, Sherlock envío a John a la cama solo. Sherlock nunca dormía mucho durante un caso y, nunca mientras hubiera un asesino en serie suelto, al que podría estar a centímetros de la captura.

Él se acurrucó sobre el sofá, permitiendo que el aroma del piso lo ahogara con su comodidad, dejando de analizar todas sus acciones, además, él estaba ocupado leyendo "la obra maestra" de Caroll.

No hacía falta ser Sherlock, con sólo cinco páginas, uno sabía exactamente por qué el libro fracasó.

Además, que su estilo de escritura era pésimo, también interpretaba mal a Poe. Sin embargo, Sherlock logró terminar la mayor parte del libro, antes que su cuerpo comenzara a reclamarle y se dejara llevar por un sueño profundo, a pesar de su nerviosismo.

El olor del desayuno lo despertó.

—Buenos días, bella durmiente —bromeó John desde la puerta de la cocina—. Me alegra ver que leer el libro de David, tuvo un efecto positivo en ti. Aunque dudo que tengas algo bueno que decir a favor de la obra.

—Tienes toda la razón en ese sentido.

Sherlock se estiró y trató de aflojar la rigidez de su cuello. Deambuló por la cocina, en donde John lo empujó, intencionalmente, pero con suavidad, hacia una silla enfrente de la mesa, en donde una taza de té caliente ya lo estaba esperando.

—Come —le ordenó John, y su voz sonó tan parecida a la que utilizaba como el Capitán Watson, que envío un escalofrío por la espalda de Sherlock.

Mierda. Su calor debía estar cerca.

Una razón más para resolver ese crimen lo más pronto posible.

—Así que, ¿qué es lo que El Mar Gótico nos dice? —preguntó John, después de guardar los platos.

—Precisamente éso, que Caroll no debería enseñar acerca de las cosas que él no tiene ni idea.

—Critica de experto, ¿verdad?

—Por favor. Tuve una educación clásica, pasamos semanas con Poe y en ninguna parte dijo algo sobre la locura del arte, o que el arte tenía que ser sentido por el artista, o cualquier cosa que la basura de los estudios de Caroll menciona.

John ni siquiera le respondió, sólo lo miró de una manera que le recordó a Sherlock que no todo el mundo compartía su intelecto, y en éste caso, su formación académica.

—La escritura de Poe era complejo, cuidadosamente elaborado, de ninguna manera loca. Sí, los ojos y los jacuzzis eran símbolos que utilizaba, pero, nuestro asesino en serie tratá a su violencia como una obra de arte en sí misma. Como argumenta Caroll, el asesino cree que hay locura en el arte y su propia forma de expresión artística se centra en la depravación y la violencia libre. Poe creía que el arte podía elevar el alma y sí, él escribió acerca de las mujeres y las niñas muertas, pero, ¡uno tiene que tomar en cuenta su historia de vida! —John aún lo estaba escuchando, así que Sherlock, permitió que toda su molestia se derramará en su voz—. La madre de Poe murió cuando él tenía dos años y diez meses de edad; la madre de su mejor amigo murió cuando él tenía 12 años, desde la edad de 33 a 38, estuvo viendo a su esposa morir lentamente de tuberculosis. Soportar muerte tras muerte de las mujeres que amaba, era un hecho en la vida de Poe, su arte era una forma de honrar la pena y el dolor que venía con su pérdida. Caroll entendió todo mal.

John se le quedó mirando con la boca abierta, durante medio minuto.

—¿Por qué sabes cosas como éstas?

—Yo hago mis deberes para saber todo lo que importa.

El Alfa sonrío ante eso.

—Entonces dime, ¿la tierra se mueve alrededor del Sol o viceversa?

Sherlock gimió y se levantó de la silla para escapar hacia la sala de estar. Ése maldito argumento sobre el sistema solar. Ése tipo de cosas no eran importantes para él, ¿por qué John tenía que hacer tanto escándalo por las constelaciones planetarias?

—Está bien, lo siento, eso fue malvado —se disculpó John, siguiéndolo—. Así que, ¿estás diciendo que Caroll es nuestro loco con ideas obsesivas sobre la Literatura Romántica?

—Obvio.

—Él tiene una coartada para la mitad de los asesinatos. E, incluso, puedo deducir que nuestro asesino en serie no está trabajando con un cómplice.

Ah, sí. El tema de las coartadas. Tenía que haber una forma de evitarlas.

—Estoy trabajando en ello.

Exactamente en ese momento su teléfono sonó móvil. El identificador de llamadas decía: "Lestrade".

La escena del crimen de la octava y novena víctima era todo un desastre; John había visto zonas de guerra que estaban en mejores condiciones.

Al parecer, alguien había avisado a la prensa, la que se estaba haciendo una fiesta, ya que había un asesino en serie dando vueltas y ahora estaban amontonados delante la cinta azul y blanca de uno de los complejos de edificios Omegas.

John sacó el teléfono de Sherlock de la chaqueta y marcó el número de Greg.

El ID atendió a la segunda llamada.

—¿Todavía están ahí?

—Sí, pero no podemos cruzar a través de los periodistas. Supongo que no quieres que nos vean.

Greg suspiró en el otro extremo.

—Hay una entrada trasera. Voy a buscarles.

—¿Preocupado que Donovan no nos deje a pasar?

—Tú podrías entrar, pero Sherlock, definitivamente tendría que quedarse afuera.

John se río y le dijo a Sherlock acerca de su cambio de planes. De nuevo en la entrada, Greg los esperaba y los guardias les dejaron entrar sin problemas.

—Dime —ordenó Sherlock, entrando en sintonía con el ID.

—Cordelia Gabriels, 26, Omega. Asistía al Imperial College con una beca como Molly Lipton, pero no compartían muchas clases. La evidencia en la habitación de Cordelia Gabriels, sugiere que quería ser una "veterinaria".

—¿Forzaron la entrada? —le preguntó John, aunque ya temía saber la respuesta.

—Igual que siempre, sabía del atacante. Eso es parte de la razón, todo el mundo está dando vuelta en la curva. Si se tratá de alguien que conoces, entonces, ¿quién puede decir que no era tú mejor amigo?

Ellos habían llegado a la pequeña habitación que Cordelia Gabriels ocupaba, justo al lado de los baños públicos del piso.

—¿Hay testigos?

Greg negó con la cabeza, mientras sus ojos siguieron a Sherlock que ya estaba inspeccionando la habitación, dejando a John examinando el cuerpo.

—Ella no lleva muerta mucho tiempo.

—Estimamos que el tiempo de la muerte fue alrededor de las ocho de la mañana —les informó Anderson de manera cortante.

John y Sherlock intercambiaron una mirada significativa. David Caroll, daba conferencias los martes por la mañana de ocho a doce y era siempre media hora antes.

Sin nada más que hacer, John inspeccionó cada centímetro del cuerpo de la víctima. Él vio marcas de quemaduras en sus antebrazos, probablemente dejadas por un Alfa cruel. Parecían ser de cigarros.

Cordelia llevaba una falda corta y una blusa cuyos tres botones de arriba estaban abiertos, exponiendo más que su escote, John no lo consideraría apropiado para una estudiante universitaria con una beca. Sus piernas extendidas, sus medias negras rasgadas en algunos los lugares, dejando al descubierto la piel llena de cicatrices debajo. Toda la escena tenía un matiz verdaderamente sexual y hacía temblar a John, incómodo.

La mayor parte de su torso estaba cubierto de sangre por la herida abdominal, pero algo le llamó la atención.

Una pequeña herida punzante en el hueco de su codo, como si se tratara de una aguja. Había una sola, lo que sugería que no era una adicta de algún tipo.

—Sherlock —le llamó y un momento más tarde, el Omega estaba de pie junto a él—Esto, se parece a la marca que deja una inyección.

—Interesante.

Cuando Sherlock se quedó en silencio, John levantó la vista y encontró al detective mirando hacia la nada, agitando las manos con movimientos espasmódicos, murmurando entre dientes. Su palacio mental.

John sabía que no debía moverse o rompería su concentración, de forma que inspeccionó más al cadáver. Su cuello, era lo único que no estaba cubierto de la sangre, pero sí tenía cicatrices, así que, ella probablemente había estado usando un collar de muy baja calidad. Si uno tiraba demasiado duro, demasiado a menudo, cortaría la carne en varias ocasiones y las malas condiciones sanitarias que la mayoría de los Omegas habían tenido que soportar durante la esclavitud, habían hecho el resto para evitar que las heridas cicatrizasen.

—Proferroxin.

Sobresaltado, John se levantó de su posición agachada para disparar a su compañero de piso una mirada inquisitiva.

Sherlock suspiró cuando se enfrentó a demasiadas expresiones sin comprenderlo y a continuación, explicó: —Proferroxin es un medicamento que se usa en la taxidermia, el arte de la preparación de los animales muertos, para preservar sus cuerpos. Proferroxin retrasa los síntomas de descomposición. Queda expresamente prohibida su utilización en los cuerpos humanos, obvio, pero tiene un efecto similar.

El alcance del descubrimiento golpeó John como un arma contundente en la cabeza.

—¿Quieres decir que el asesino pudo haber matado a sus víctimas antes de la hora oficial de la muerte?

Sherlock asintió.

—Tenemos que probar a todas las víctimas con el medicamento de inmediato —le dijo a Lestrade y se dirigió hacia la salida, casi chocando contra el ID.

—¿A dónde vas? —Greg se veía mucho más que sólo un poco abrumado. John lo sentía por él, pero sabía que ahora ellos necesitaban moverse de inmediato.

—Estamos encima a un sospechoso —le explicó y se apresuró a ponerse al día con su compañero de piso—. Vamos a seguir a David Caroll, ¿no es cierto?

—Obvio.

—Brillante. Debido a que las rondas de vigilancias, suelen ser tan emocionantes.

Pues resulto que John estaba en lo correcta. Vigilar a David Caroll tenía que ser la tarea más tediosa que alguna vez jamás haya emprendido, incluyendo la ronda de una torre de observación en Afganistán. Ahí por lo menos se le permitía disparar a los escorpiones.

Ellos tomaron "prestado" el coche de Greg; es decir, Sherlock robó las llaves cuando salió de la escena del crimen, por lo que John le envió un mensaje de texto disculpándose al ID cuando se enteró.

Su misión se convirtió en la imagen nada agradable de un martes; estar sentado dentro del coche durante tanto tiempo, sólo hacía que John sintiera comezón. Así que él no tardó en siempre salir corriendo para traer té y comida, o simplemente para estirar las piernas.

Esperaba atrapar a Caroll pronto, él realmente quería regresar a la formación de Lubitsch y el resto de sus antiguos soldados; un trabajo que Bhabha lo persuadió para cumplir con la frecuencia que él pudiera acomodar entre los casos. John no se quejaba. Eso le permitía mantenerse en contacto con sus compañeros y mantener un cuerpo en forma.

Ahora que, ese era el único beneficio, incluso Sherlock lo valoraba.

John regresó de su carrera por café alrededor de las once y media de la noche. La luz del apartamento de Carol todavía estaba encendida.

—No hay nada de importancia para reportar —le dijo Sherlock, obviamente aburrido. Él ya había inspeccionado la guantera de Greg y realizado una serie de deducciones que, John prefería morir antes que revelar al ID. Aparte de eso, no había nada que hacer y Sherlock no lidiaba bien con el aburrimiento.

Él entonces pasó por todos los detalles de cada escena del crimen con la esperanza de descubrir algo que hubiese perdido previamente.

Alrededor de las siete, Greg los había llamado para confirmar el uso de Proferroxin en cinco de las nueve víctimas.

—Podríamos tratar de dormir, dudo que cometerá algún crimen antes de 06 a.m. ya que dijo que el fármaco sólo retrasa la muerte por dos o tres horas.

—No estoy cansado.

—Haz lo que quieras —dijo John con profundo cariño en la voz, mientras trataba de ponerse cómodo en el asiento del pasajero.

Un olor tentador lo despertó y una mirada al reloj le dijo que había dormido durante aproximadamente una hora. Inhaló profundamente, no tuvo problemas para identificar el olor dulce y picante en el aire.

Probablemente, sintiendo que John ya estaba despierto, Sherlock se removió en el asiento del conductor.

—Esto no tiene sentido —se quejó él—, ¡mi calor no se aparecería hasta la semana que viene!

El detective sonaba muy molesto y John lo podía entender. Hasta ahora, los calores de Sherlock nunca habían coincidido con el pico de una de sus investigaciones.

—El estrés extremo puede hacer que el ciclo inicie antes de tiempo —le explicó John, moviendo su cuerpo, para quedar frente a Sherlock—. ¿Cómo te puedo ayudar?

—No habrá ayuda John, estamos en medio de un caso.

—Estamos en una aburrida vigilancia, en donde lo más interesante que está sucediendo es que un vecino pasea a su perro. Caroll está dormido.

—Pero no podemos perdernos cuando salga de la casa. ¿Podrías vivir contigo mismo a sabiendas que otra mujer murió?

John no podía, pero resopló ante eso.

—No pretendas que se tratá de las víctimas. Lo único que tú quieres atraparlo.

—Tú también lo haces.

—Sí, pero no vamos a hacerlo, si no puedes pensar con claridad porque toda tú sangre ha dejado tú cerebro en favor de tú ingle —John miraba fijamente el bulto en los pantalones de Sherlock.

—No es necesario.

John suspiró. Él sabía que era una batalla perdida en cuanto le vio y, de cualquier forma, Sherlock se daría vuelta en cuanto su biología se hiciera cargo de la mayoría de sus funciones cerebrales superiores, en cuyo caso John estaría allí para él, para todo lo que Sherlock quisiera.

Él no tuvo que esperar mucho tiempo. Treinta minutos más tarde, Sherlock no podía mantenerse quieto a pesar que trataba de forzar a su cuerpo para que le obedeciera y, por el modo en que se retorcía sobre el asiento del coche, probablemente ya estaba todo mojado, completamente sucio y no podía moverse, John estaba en igualdad de condiciones.

El olor de la excitación del Alfa fue demasiado y con un gemido, Sherlock volvió la cabeza para mirar a los ojos de John.

—Que sea rápido.

John lo tomó como un reto, diciéndole a Sherlock que se subiera al asiento trasero del coche, para tener más espacio; no particularmente mucho, pero lo iban a poder hacer.

Rápidamente, John abrió la bragueta de Sherlock y le bajo los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto, la dura y goteante polla de Sherlock. John no esperó más de un segundo antes de cerrar su boca sobre el glande y chupa fuerte y rápido, manteniendo un ritmó implacable. Renunciando a las bolas de Sherlock, utilizó la mano que no sostenía su eje para rodear el agujero de Sherlock, que ya estaba mojado, como John lo había predicho.

Ellos no habían tenido relaciones sexuales desde que los asesinatos habían comenzado, así que John empezó con dos dedos y rápidamente tuvo a Sherlock listo para tomar otro. Él los metía y sacaba, alternativamente, acariciando su próstata y empujando sobre ésta mientras tragaba todo lo que podía manejar de la polla de Sherlock.

Sherlock se retorcía, mordiéndose la mano para amortiguar los sonidos que se derramaban de su garganta. Sin embargo, cuando John lo tragó profundamente dentro de la garganta, Sherlock gritó agudamente antes de lograr apretar sus dos manos sobre su boca.

John estaría sonriendo maliciosamente, si él no tuviera la boca llena por la polla de Sherlock. Él quería poner a prueba las restricciones de Sherlock, por lo que envolvió de nuevo su longitud hasta que pudo sentir la punta del glande golpear la parte trasera de su garganta, pero él todavía podía tragar aún más a Sherlock.

John tragó más profundo en el momento exacto que sus dedos apretaron la próstata de Sherlock. Sherlock meneó una, dos veces sus caderas hacia arriba y luego estuvo gritando el nombre de John, viniéndose, literalmente, dentro de su garganta.

Los minutos pasaron, con sólo su agitada respiración inundo el coche. La propia erección de John era casi dolorosa debajo de la tela de sus pantalones, pero eso podía esperar. Más sabiendo que Sherlock necesitaría al menos dos rondas más, antes de saciar su calor.

Ni siquiera diez minutos pasaron antes que él sintiera la mano de Sherlock sobre su bragueta, abriéndola y tirando de la tela.

Una mirada le confirmó que Sherlock estaba duro de nuevo y, empujaba los pantalones y calzoncillos de John hacia abajo, hasta llegar a sus tobillos, quitarle los zapatos y tirar de ellos por completo.

Cuando él se enfocó en Sherlock de nuevo, el Omega se encontraba sobre sus cuatro patas, probablemente ni siquiera era consiente que estaba presentando su culo con el perineo reluciendo, a la luz de una lámpara de la calle que entraba por la ventanilla del coche.

John ahogó un gemido y tomó la invitación, deslizándose con un movimiento rápido.

Sherlock empujó hacia atrás, animándolo e informándole que, hacerlo lo más rápido posible, seguía siendo su mayor prioridad.

Así que John masturbo la polla de Sherlock con una mano mientras le follaba duro, sobre el asiento del coche a un paso que los tenía a ambos jadeando y sudando.

Justo a tiempo, John recordó que ellos estaban dentro del coche de Greg, y alcanzó la única cosa que pudo encontrar (la bufanda de Sherlock) para cubrir la tela del asiento trasero antes que Sherlock acabara y esparciera líquido blanquecino por todas partes.

Los músculos de la polla de John se retrajeron justo a tiempo ante de convulsionar y enviarlo encima del borde con un gemido ahogado.

—¡¿Esa es mi bufanda?! —preguntó Sherlock alarmado unos minutos más tarde, ya que, como la experiencia le había enseñado a John, el cerebro de Sherlock rebotaba mucho más rápido después de tener un orgasmo.

—Era eso o explicarle lo de las manchas a Greg.

Sherlock se estremeció ante la idea, colocando la bufanda manchada detrás del apoya cabeza, mirando hacia fuera al mismo tiempo.

—Su piso todavía está oscuro.

—Y lo que tú necesitas es al menos una ronda —comentó John, dejando que su voz cayera una octava más bajo de lo habitual.

Habiéndose, obviamente, resignado a la biología de su cuerpo, Sherlock eligió gatear en medio de John y el respaldo, estirándose a sí mismo por encima en el proceso, en esa posición podía mantenerse al corriente con la ventana.

John lo besaba sin aliento, dejando un rastro por la mandíbula de Sherlock con la lengua, deslizándose hacia abajo hasta que pudo morder el punto del pulso de Sherlock, lo que tuvo al Omega duro en muy poco tiempo otra vez.

John quiso inclinarse hacia arriba, pero una mano sobre su pecho lo detuvo. Sonriendo, Sherlock al fin se desenredo de sus zapatos y pantalones para luego, balancear una pierna sobre John para quedar montando a horcajadas sus caderas, Sherlock cepilló su erección contra la polla media-dura de John, deliciosamente.

Sherlock se deslizó hacia abajo, y con una mano agarró firmemente a John, antes de dejar una línea húmeda a lo largo de su eje. John mantuvo su boca cerrada para contener los sonidos porque, francamente, Sherlock daba unas mamadas increíbles.

Aunque en ésta ocasión, Sherlock sólo quería dejarlo completamente duro, porque él se apartó demasiado pronto y John se quejó por la pérdida del tibio calor húmedo de la boca de Sherlock.

Él no tuvo que esperar mucho tiempo. Con un movimiento fluido y elegante que nunca dejaba de sorprender a John, no importaba cuántas veces lo observara, Sherlock se empaló en la polla de John. Una vez que estuvo completamente enfundado, Sherlock giró sus caderas pecaminosamente lento, y John tuvo que utilizar cada onza de autocontrol que le quedaba para mantener las caderas en su lugar.

Sherlock era hermoso así, con su cuerpo esbelto reluciente por el sudor y los pezones duros. John estiró sus manos para enredar sus dedos dentro de su pelo. Eso era malo y él lo sabía, porque esa era una de las múltiples zonas erógenas de Sherlock, y dentro de sólo unos minutos, se estaría moliendo hacia abajo a un ritmo tan fuerte, con un moviendo de caderas tan justo.

La tención de sostener ambos cuerpos hacia arriba se volvió demasiada y, entonces John se desplomó sobre el asiento de nuevo. Ajustando sus caderas un poco, rozando la próstata de Sherlock. Y Sherlock, inmediatamente se cubrió la boca con una mano.

John tuvo que cerrar los ojos, la fricción aumentaba a medida que los movimientos de Sherlock se volvían inestables y, John tuvo que morderse el interior de la mejilla para no gemir mientras él sentía un calor muy familiar inundar su ingle.

Necesitó mucho esfuerzo para retener su nudo en aquel momento; el Alfa en él, detectaba que su Omega estaba en celo y quería unir sus cuerpos, pero, John únicamente se podía imaginar la manera en que Sherlock se estaría quejando.

La pequeña distracción transformó su orgasmo en una sorpresa, y se vino tan fuerte, que su visión se tornó borrosa por un momento. Sherlock le cabalgó a través de las réplicas, trabajándose a sí mismo duro sobre la polla de John, hasta que se deslizó por el borde, pintando el pecho de John con largos chorros blancos.

Sherlock casi se derrumbó encima de él. Como siempre, su cuerpo se amoldó a un costado de John, esta vez tratando de evitar el lío sobre sus estómagos y el pecho de John.

—Tenemos que conseguir un coche —dijo Sherlock, algo "non sequitur".

—No necesitamos un coche —John levantó una ceja, pero, la expresión inteligente de Sherlock fue suficiente para hacer que él caiga. John se río—. No, nosotros no vamos a comprar un coche sólo para tener sexo dentro de él.

—Entonces tenemos que pedir prestado éste más a menudo.

—Greg va a envenenar mi cerveza la próxima vez que estemos en el pub.

—No, si él nunca se entera.

—¿Estamos hablando aquí del mismo Greg Lestrade? ¿El Inspector Detective?

—Por favor, como no podías engañarlo.

—Vamos a salir de esta idea hipotética.

—Una idea siempre es hipotética.

—La gente no debería ser tan inteligente después del coito.

—Yo no soy como los demás.

— No lo eres —John sonrío y suavemente tiro de la cabeza de Sherlock atrás para un beso pausado, revolcándose, en el olor del sexo y la satisfacción.

Sherlock lo sacudió para que se despertará eso de las seis y media de la mañana.

— Caroll está en movimiento —Fue todo lo que le dijo antes de encender el coche. John se alegraba de haber hecho el esfuerzo de vestirse en algún momento de la noche.

Él pudo distinguir la figura del profesor a la distancia, mientras el hombre se metía en su coche. Sherlock le siguió a una distancia segura, navegando con brillantes atravesó del tráfico y Caroll parecía no sospechar mientras atravesaban Londres.

Pero, algo era seguro, ellos no se dirigían a la Universidad.

Sherlock y John intercambiaron una mirada significativa cuando Caroll se detuvo en la playa de estacionamiento del alojamiento del campus de la Universidad del Rey. John hurgó en la guantera y tiró el permiso de estacionamiento del Met de Greg detrás del parabrisas y siguió a Sherlock fuera del coche.

La mano de John inmediatamente se clavó en su arma y se quedó allí, porque no quería arriesgarse a que Caroll les hubiera detectado y decidiera tenderles una trampa.

Sherlock levantó el puño antes de girar en una esquina y, por reflejo, John se detuvo.

—Entró en un piso. Tenemos que esperar una señal que está perjudicando realmente a alguien, o va a ser capaz de encontrar una manera de salir de esto.

John asintió y procedió hacia la puerta del piso 2-41, atento al sonido más pequeño.

Sherlock realmente tenía su oreja pegada contra la puerta.

— Están hablando. Hay tres voces. Su víctima tiene un compañero de cuarto.

Un momento tranquilo pasó, a continuación, un grito agudo perforó el silencio y Sherlock intentó girar la perilla de la puerta, pero está no cedía.

—¡Aléjate! —gritó John y su pie golpeó la puerta, al segundo Sherlock estaba fuera de su camino. La puerta no se rompió con el primer intento y, Sherlock se deslizó dentro del piso antes que John pudiera entrar, empuñando su arma.

John vio a Sherlock mirando a la mujer Beta morena, que se encontraba en el suelo del salón, eviscerada con mucha más fuerza que las víctimas anteriores, pero el detective siguió los sonidos de la lucha en la cocina.

Una revisión rápida confirmó que el corazón de la Beta había dejado de latir, entonces John procedió a la cocina en donde Sherlock estaba tironeándole a David Caroll una mujer rubia que se aferraba su brazo, ensangrentado.

Caroll tenía un cuchillo con el que intentaba hacerle daño a Sherlock, sin embargo, y por suerte, Sherlock estaba versado en el combate mano-a-mano y logró desviar cada puñalada. La espalda de Sherlock dio hacia John, por lo que éste no pudo conseguir un ángulo claro para dispararle a Caroll, pero en una fracción de segundo, Caroll rodó alrededor de Sherlock, levantando el cuchillo.

Sherlock recuperó el equilibrio, pero, ese fue el momento justo que necesito para recuperar el equilibrio, fue suficiente para que Caroll le hundiera el cuchillo en su costado derecho.

John apretó el gatillo en el primer segundo que pudo, pero ya era demasiado tarde.

Caroll gritó de dolor y luego se derrumbó en el suelo, revelando a Sherlock apoyado en la encimera de la cocina, con el cuchillo clavado en la parte inferior de su torso.

John golpeó a Caroll en la cabeza con la culata de la pistola dejándolo inconsciente antes que él pudiera llegar al lado de Sherlock que tambaleaba, aun intentando capturarlo, amenazando con caerse.

—Ya te tengo.

—Tengo esperanza de que no lo hayas matado.

—No, Sherlock, me aseguré que pudieras interrogarlo. Jesús, ¿me estás escuchando? ¡Tienes un cuchillo clavado en el cuerpo, maldita sea!

—La herida no es mortal y lo sabes.

—Por la forma en que estás sangrando, el cuchillo golpeó tus riñones, es necesario que te acuestes.

John reprimió sus impulsos Alfa y se dirigió a la rubia, que amenazaba con entrar en shock en cualquier momento.

—Señorita, ¿cómo se llama? —Luego, más fuerte—. ¿Señorita?

Ella se sobresaltó, y parpadeando, centrando su mirada en John.

—Sarah. Sarah Fuller.

—Sarah, soy John. Éste es Sherlock. Diste una buena pelea. Ahora, ¿puedes ir hacia el teléfono y llamar a una ambulancia?

Ella simplemente lo miró por un momento, sin embargo, cuando ella captó las palabras, salió corriendo de la cocina.

John guío a Sherlock hacia la sala de estar y le acostó entre el sofá y la televisión, lo suficientemente lejos del cuerpo de la morena como le fue posible. John tiró de la mesa de café más cerca y puso los pies de Sherlock hacia arriba.

—Quédate quieto, voy a buscar un botiquín de primeros auxilios.

Él cruzó a Sarah en el pasillo mientras ella colgaba el teléfono.

—¿Botiquín de primeros auxilios?

—Cuarto de baño —respondió ella, se apresuró a través de una puerta y luego volvió a salir con una pequeña caja.

John la aceptó y se apresuró de nuevo hacia donde Sherlock estaba derramando sangre por toda la alfombra. Sacó el teléfono de la chaqueta de Sherlock y se lo ofreció a Sarah quien lo tomó con manos temblorosas.

—Muy bien, necesito que vayas a la lista de llamadas y selecciones, Lestrade —le dijo John mientras se ponía los guantes y sacaba el mayor número de compresas que pudo encontrar—. Llámalo, dile que estás con John y Sherlock. Dale tú dirección y dile que cogimos al asesino. ¿Puedes hacer eso?

Ella asintió, presionando la pantalla y acercando el iPhone a su cara.

John agudizó el oído mientras él movía las manos de Sherlock para que ejerciera presión sobre los apósitos.

—Él está en camino.

—Bueno. ¿Puedes sentarte y tomar las tijeras del botiquín de primeros auxilios? Cortá las mangas de la camisa para que pueda atender a la herida.

Ella asintió otra vez con la cabeza y John regresó su atención al detective en el suelo, quien se estaba poniendo cada vez más pálido.

—Sherlock, has tenido suerte. El cuchillo aparentemente perforó tú riñón y se perdió en el hígado. Necesitarás una operación en el hospital, pero te mejoraras, ¿de acuerdo? Presiona la herida, no juegues con el cuchillo. Voy a vendar la herida de Sarah.

Sherlock contestó con un asentimiento tan pequeño que John apenas lo vio.

Cuando volteó, se encontró con Sarah sentada, la herida de la manga de la camiseta libre, mirando a la joven morena en el suelo.

—Sarah, ¿puedes mirarme? —le preguntó John en voz baja, y se alegró cuando los ojos de Sarah se encontraron con los suyo—. Siento mucho lo de tú amiga. Pero tú sobreviviste, lo hiciste bien. Ahora voy a curarte, estás sangrando un poco.

Ella asintió con la cabeza y le permitió utilizar el último vendaje sobre su herida. Ya se podía escuchar que las ambulancias se acercaban, así como la sirena de la policía y finalmente el alivio inunda su cuerpo, ahora que la herida de Sherlock estaba tendida y el espíritu de Sarah se había largado de parranda.

Cuando "Accidentes y Emergencias" llegó, todo se le pasó muy rápido. John les estaba informando a los médicos acerca de las condiciones de los tres pacientes cuando Greg se le arrimó.

—¿Cómo está Sherlock?

—Sangrando, pero sobrevivirá.

Greg asintió y siguió los ojos de John, hacia donde estaba Sherlock rodaba afuera de la vivienda sobre una camilla.

—Ve con él. Te encontraré en el hospital.

John le sonrío brevemente con gratitud, entonces rompió en una carrera para seguir a Sherlock dentro de la ambulancia.

Tan pronto como ellos llegaron al hospital, Sherlock se precipitó hacia cirugía, al igual que David Caroll ya que la bala aparentemente estaba alojada entre sus costillas.

Greg se encontró con John en la sala de espera, cerca de la Sala de Operaciones.

—¿Estás preparado para dar tú declaración?

John se encogió de hombros.

—El tiempo corre.

—Él va a estar bien, ¿no es así?

—Sí. Pero, aun así, si hubiese tenido una oportunidad más clara antes de…

—¿Por qué no me dices lo que pasó? Estoy seguro que no había nada que pudieras haber hecho para que esto ocurriera de otra manera. Además, le salvaste la vida a Sarah Fuller.

—¿Dónde está?

—Con un médico. Donovan se entrevistará con ella.

—Bueno, entonces —suspiró John, pasándose una mano por la cara antes de dar su testimonio.

—Lo has hecho bien, John —le dijo Greg una vez que él hubiese acabado, palmeándole el hombro—. ¿Quién sabe cuántas chicas Caroll habría matado antes de detenerse si se le hubiera dejado?

John no respondió; todo lo que le venía a la mente eran frases vacías.

—Hay algo más —continúo Greg y la cabeza de John no lo dejó escapar—. De alguna manera, la prensa se ha enterado que teníamos una dirección, pequeños bichos deben haber estado escuchando nuestra radio. De todos modos, unos pocos periodistas estaban afuera cuando transportaban a Sherlock en la ambulancia. Puede ser que consigas un poco más de atención que antes a partir de ahora.

John se quejó; la prensa detrás de cada uno de sus movimientos, no era algo que él quisiera que ocurriera.

—Bueno, yo me encargo de los buitres. Saluda a Sherlock por mí. Más tarde iré a visitarlo para tomarle su declaración.

John asintió, pero a mitad del pasillo, Greg se detuvo.

—Por casualidad, no tienes las llaves de mi coche, ¿verdad?

Él negó con la cabeza.

—Están en el bolsillo del abrigo de Sherlock. Estoy seguro que te las darán a si las pides con dulzura.

—Está bien, voy a encantar a las enfermeras.

—¡Ten cuidado de no mencionárselo a Judy!

La risa de Greg hizo eco en el pasillo.

Sherlock estuvo fuera de cirugía en poco más de tres horas. "Lo cual es una buena señal", pensó John. Él tenía que esperar hasta que Sherlock estuviera afuera de la sala de recuperación, pero, pronto se le permitiría volver a verlo.

La bata de hospital no le daba una buena imagen al detective y la intravenosa mucho menos, pero al menos Sherlock estaba vivo.

La enfermera le dijo que pasaría un rato más antes que Sherlock se despertara, así que John decidió echarle un vistazo a su informe médico.

Cuando la recepcionista resulto ser una joven mujer Omega, John no pudo creer su suerte. Le resulto bastante fácil persuadirla para que le entregara al capitán John Watson, el informe médico para un rápido vistazo. Como él predijo, el cuchillo se había perdido en el hígado, pero perforó el riñón, sin embargo, los cirujanos fueron capaces de reparar el daño.

John agradeció a la mujer y le regresó el archivo, y luego se apresuró de nuevo a la habitación privada de Sherlock con las manos en la espalda. Era muy probable que tuviera que agradecerle a Greg por eso, e incluso después que ellos le habían robado el auto.

Sherlock se deslizó de regreso a la conciencia, adaptándose lentamente sus ojos a la luz y la topografía de la habitación.

Él guio su mano hasta su estómago, probablemente palpando las vendas debajo de la bata. Observando inquisitivamente a John en la silla a su lado.

—Tienes una nefrectomía. Pasaste tres horas en cirugía, pero se espera una recuperación completa.

—¿Caroll?

—Tuvo que pasar por el quirófano para recuperar la bala. Él saldrá de aquí y estará dentro de la celda de alguna prisión en poco tiempo.

Sherlock sonrío triunfante.

—Ya me enteré por qué no podíamos discernir si el asesino era Alfa, Beta u Omega. Él puede cambiar, al igual que la mujer ésa, Adler.

—Genial, como siempre.

—Bueno, aprehender a Caroll habría sido difícil sin respaldo.

—¿Esa es tú forma de darme las gracias por salvarte la vida?

—Me conoces demasiado bien.

John se rió, la calidez se extendiendo a través su pecho y se inclinó para dejar un suave beso contra los labios de Sherlock.

Tarde se acordó que él nunca tuvo "aquella charla" con Sherlock, tal como le había prometido a Greg. Esa noche en el pub parecía que hubiera ocurrido hace una eternidad.

—¿No puedes besarme correctamente?

—Te estás recuperando de una cirugía de trauma. Ninguna actividad física extenuante; órdenes del médico.

Sherlock gimió y echó la cabeza sobre la almohada.

—Entonces, ¿hasta cuándo van a retenerme aquí?

—De diez a doce días.

Los ojos de Sherlock se ensancharon por un segundo, antes de aclararse la garganta y empezar a hablar a gran velocidad.

—Entonces necesito que vuelvas al apartamento y recojas los libros de la mesita de café, así como mi portátil. Luego necesito que etiquetes placas de Petri en la cocina y me digas los colores. El color exacto, no sólo alguna aproximación que tú cerebro haya creado. Mejor aún, tómales una foto, de esta manera podemos evitar silencios incómodos. Ilumina bien, por favor.

—¿Algo más?

—Mi violín.

John se levantó de la silla con una sonrisa.

—Por supuesto —John contempló a Sherlock por un momento y luego, impulsivamente, se inclinó de nuevo para darle a Sherlock un beso sobre el cabello—. Por cierto, te amo.

El rostro de Sherlock se aflojó, ya que la noticia lo había tomado por sorpresa, y tal vez sólo era eso, el concepto de amor, nunca se había deslizado por la brillante mente de Sherlock.

—Nos veremos más tarde —dijo John, aclarando, que él no esperaba una respuesta de algún tipo, entonces salió de la habitación para ir en búsqueda de todo lo Sherlock le ordenó.