Un periódico fue deslizado sobre la mesa y colocado junto al codo de Mycroft. Una mirada, fue suficiente para distinguir la imagen de su hermano saturando la primera página.

—Sabe promocionar su nombre —comentó Yuri Kapov. Kapov estaba a cargo del bloque de la prisión en la que se encontraba Mycroft y por suerte era un tradicionalista encubierto. Si no fuera por ese hombre, Mycroft habría tenido que soportar el verdadero trabajo de la clase baja, en lugar de uno tranquilo en la biblioteca.

—¿Qué ha hecho ésta vez? ¿Salvar a otro millonario? —le preguntó Mycroft, su era voz deliberadamente aburrida. En realidad, él estaba contento con que Kapov se dedicara a mantenerlo informado. La carrera que su hermano había lograba tener con la ayuda de John Watson era bastante transcendental.

—No. Encontraron una pintura antigua. Es importante que lo leas.

Intrigado, Mycroft desplegó el periódico, escaneando el artículo. Yuri por lo general nunca le aconseja leer nada.

Él desglosó el artículo, la nota señalaba cómo la prensa pomposamente hablaba de su hermano ("El héroe naciente", le llamaban), y procedió a la página cuatro, donde el mismo continuaba. Allí, en la parte inferior de la página, había un notorio garabato hecho por Yuri. Con lápiz, fácil de borrar.

Mycroft leyó la frase y su ritmó cardíaco aumentó. Le entregó a Pakov el periódico con una sonrisa, luego éste salió de la biblioteca y le permitió Mycroft regresar a su trabajo.

Él no podía entender lo que estaba sucediendo. Meses de planificación, y finalmente, un signo de esperanza.

Me comuniqué con mi amigo.Él está dispuesto a ayudarnos.

El miércoles por la mañana (bien, está bien, era medio día) Lubitsch se despertó con un infernal dolor de cabeza y una resaca. Él aún tenía otro día de licencia antes de informarse en la oficina y él supo exactamente cómo gastarlo.

Utilizó cada base de datos a su disposición en el MI5, llamó a algunos contactos y para el final del día, se reunió con la suficiente información para qué a su jefe pudiera considerarlo como un caso de fiar.

Sr. Mulcahy levantó una ceja cuando encontró Lubitsch en su oficina, pero no dijo nada. Mulcahy dirigió las tropas Reformistas a la batalla en la guerra civil y luchó al lado de Lubitsch en muchas ocasiones durante la captura del capitán Watson. A diferencia del médico, Mulcahy no rechazó una promoción para operar el S.I.S. (y ahora estaba al mando del MI5), junto a Lubitsch.

—Te ves como un hombre en una misión operativa.

—Sí señor. Encontré algo, un caso convincente —explicó él, de la forma más concisa posible las pautas que recibió y su investigación, exigiendo la constitución de un grupo de trabajo bajo el mando del capitán Watson para recuperar a su hermana y liberar a cualquier otra víctima que se presentara para rescate.

Mulcahy sabia tan bien como Lubitsch que una vez que John oyera el nombre de su hermana se embarcaría, no importaba lo que su compañero y él hicieran.

—Si Watson está de acuerdo, la misión es su oportunidad. Sin embargo, una palabra a la prensa y estarás manejando un escritorio durante un mes, Lubitsch.

—Gracias, señor —Él asintió con la cabeza y se apresuró a salir de la oficina y a buscar un taxi que lo llevara con el capitán Watson.

—¿Sherlock, realmente crees que es una buena idea hachear los servidores S.I.S.?

—Por favor. Necesitamos información y la necesitamos rápido. El camino por los medios tradicionales es tedioso.

John quiso desesperadamente objetar, pero sabía que sus quejas caerían en saco roto, por lo que bajo su mano a medio levantar y se fue a tomar té en la cocina.

El timbre sonó cuando él estaba vertiendo el agua. John se precipitó hacia abajo, ya que Sherlock ni siquiera se molestaba en abrir la puerta, menos cuando estaba pirateando alguno sitio del gobierno.

La imagen de un tal Richard Lubitsch, vestido con un traje impecable y años más viejo que quien le había buscado cuando lucharon uno al lado del otro, fue una completa sorpresa.

—John —lo saludó, sus labios no parecían muy sonrientes. Algo malo debía de estar pasando o de lo contrario Lubitsch no aparecería en su puerta en mitad de la mañana.

—Rick, que inesperado. Entra.

Ellos subieron las escaleras. Sherlock giró su silla hacia el mostrador de la sala de estar cuando ellos entraron.

—Sherlock, recuerdas al sargento Lubitsch. Aunque, es un agente ahora, ¿verdad?

El exsoldado asintió y sonrío agradablemente hacia Sherlock

—Es bueno verle de nuevo, señor.

Sherlock simplemente entornó los ojos, haciendo caso omiso a la sutileza social.

—¿Qué pasó?

John suspiró y le disparó a Lubitsch una mirada de disculpa.

—¿Puedo ofrecerte una taza de té?

—Gracias, pero esto es bastante urgente.

Los músculos de John se tensaron de inmediato y sus manos se contrajeron directo a su pistola, la cual no estaba en su espalda, pero seguro estaba sobre la repisa de la chimenea.

John se deslizó hacia el sofá y Lubitsch pasó por detrás de él. John permaneció al borde del asiento, intrigado por el aire misterioso que manaba el proyecto de Lubitsch.

—Recibí una pista sobre el paradero de tú hermana, John.

Su corazón se paró. Literalmente perdió el ritmo por un segundo y luego saltó hacia su garganta.

—¿Harry?

Habían pasado muchos años, incluso décadas, y una parte de él siempre había temido que ella hubiese muerto desde hacía mucho tiempo.

—Sí. El hombre me dijo que la podrías rastrear en la Guarida de la Desigualdad en Peckham. Pero... que no la podrías contactar nunca más.

John espiró, supuestamente para calmarse, sin embargo, su ritmo cardíaco no decayó.

—¿Supongo que hiciste una investigación sobre el asunto? —Su voz era firme, por lo cuan John extrañamente se enorgulleció.

Lubitsch asintió con la cabeza.

—La Guarida de la Desigualdad, es el nombre de un anillo de burdeles ilegales. Por lo que pude deducir han surgido tras la guerra civil, cuando se impulsó la prohibición de la prostitución y, especialmente, la prohibición de convertir a Omegas en esclavos sexuales.

John pudo sentir como su estómago pesaba. Harry. Una esclava sexual.

Él tragó duro.

—¿No tenemos confirmado su paradero?

—No señor. Los Den's son increíblemente difíciles de encontrar, ya que funcionan como sociedades secreta. Sin embargo, tengo un contacto que puede meter a dos agentes encubierto para explorar el lugar y averiguar si su hermana de verdad es retenida en Peckham.

—¿Tienes tiempo libre?

—Sí. Si está a la cabeza del grupo de trabajo, yo lo contactaré hoy. Podemos reunirnos a más tardar ésta noche. Mulcahy le dio el visto bueno a la misión, bajo la condición que usted la lleve a cabo.

John se puso de pie en menos de un segundo y tuvo su arma en la mano tras otro.

—Bien. Dame unos minutos para hacer las maletas y podremos marcharnos en éste mismo momento.

—¿Qué? —La voz de Sherlock le llegó desde la mesa y John se dio cuenta que casi se había olvidado que su pareja estaba ahí—. ¿Ya te vas?

—Sí.

—¡Pero tenemos un caso! —Sherlock soltó un sonido de incredulidad, genuinamente horrorizado por el giró de los acontecimientos.

John sólo pudo observarlo, con la incomprensión claramente dibujada en su rostro.

—No te puedes marchar ahora, no hemos encontrado al asesino —afirmó Sherlock, levantándose de la silla. Sin llamar la atención, Lubitsch dio unos pasos hacia atrás.

—Sherlock, es mi hermana.

El detective se encogió de hombros.

—Si ella es una prostituta en una guarida, entonces todavía estará ahí para que puedas rescatarla después que hayamos resuelto el caso de la esterlina. El informe no tiene una fecha de entrega límite, ¿verdad? —Él se giró hacia Lubitsch quien sacudió la cabeza con rapidez, pero optó por quedarse fuera de la conversación.

John podía sentir como la ira crecía dentro de su pecho; una especie de rabia que nunca había sentido antes y toda estaba dirigida hacia el Omega frente suyo.

—¿Estás diciendo que esperas que yo te haga compañía mientras pirateas los servidores del S.I.S. para seguir las pistas de un hombre que ya está muerto, en vez de ir por mi hermana a quien no he visto desde hace años?

—No hay ninguna razón para ponerse emocional, John… —comenzó Sherlock, pero John no lo dejó terminar.

—¡Oh, sí que lo es! ¿En qué infiernos estás pensando? ¡Se tratá de salvar una vida!

—Sí, sí, establecer un contacto. Ir en secreto. Averiguar si Harry está ahí, crear un estrago en el lugar y recuperarla; increíblemente aburrido, ¿no te parece? ¡Tenemos otros asuntos urgentes en los cuales centrarnos!

—¡No lo haremos, Sherlock! La investigación ni siquiera está en los registros, ¡por Dios! —La voz de John se elevó involuntariamente, sin embargo, él no se encontraba en sus cabales para cuidar de ello.

Sherlock lo consideró por un momento.

—Realmente pretenden salir en éste momento.

—Sí. Brillante deducción, detective. Brillante como siempre. Ahora, puedes venir conmigo allá arriba y preparar un bolso, o te puedes callar y concentrarte en tú asunto tan urgente —John escupió las tres últimas silabas con suficiente veneno como para infectar a una serpiente.

Los ojos de Sherlock se ensancharon por un segundo, pero antes que John pudiera ver su reacciona, éste ya había atravesado la puerta y se había encaminado a su dormitorio. En cuestión de minutos, él tuvo un bolso listo y volvió a entrar, en el lugar reinaba un silencio incómodo.

Sherlock no se había movido del lugar y John no podía creer que su pareja fuera tan insensible cuando se trataba de la familia de John.

—Estás siendo completamente irracional, John —dijo Sherlock—. No me puedes dejar en medio de un caso.

John se le quedó mirando.

—Contrarió a algunas personas. Yo tengo corazón —Él tomó su abrigo, asintiendo con la cabeza hacia Lubitsch y se marchó hecho una tormenta sin dedicarle otra mirada, no perdonaría Sherlock.

Su corazón se apretó mientras se deslizaba dentro del taxi que Lubitsch había pedido les esperará. Él nunca pensó que Sherlock lo dejaría hacer algo como aquello a él solo.

John pensó que Sherlock le cuidaría con tanta devoción como él lo hacía con Sherlock.

Después de todo, tal vez él estaba demasiado seguro de sí mismo.

El interior de John todavía estaba hirviendo cuando ellos llegaron a la sede del MI5, donde el resto del equipo ya se había reunido.

—Sargento Wilder —saludó John a su exsoldado con una sonrisa—. Qué bueno verle de nuevo.

—El placer es mío, señor.

Dos agentes más irían con ellos, John los recordó del entrenamiento. Karl y Brady eran jóvenes y rápidos, aptos para el combate cuerpo a cuerpo.

Lubitsch establecería contacto con su informante. John y Wilder se dedicarían a escudriñar el burdel; ya que John era el único capaz de identificar a Harry y Wilder era quien tenía más experiencia en misiones encubiertas.

John se tiño el pelo de negro y se colocó un bigote en verdad horrible para ocultar su identidad, mientras que Wilder se afeitó la barba. Ambos eran Alfas cerca de los cuarenta, socios de negocios que buscaban un acalorado Omega para follar. Ellos tenían el prestigio necesario para ser admitidos en el establecimiento y el dinero suficiente para pagar por sus servicios.

La primera reunión con los nuevos clientes, de acuerdo a la fuente de Lubitsch, siempre era sólo una conversación donde el dueño del burdel les explicaba los procedimientos que habrían de seguirse para asegurar la privacidad del lugar y evitar una detención.

John y Wilder encontraron la Den's con facilidad, una vez que les hubieran dicho dónde buscar y fueran recibidos por un hombre que se parecía más a un contador que un criminal; pelo corto oscuro, de corte tradicional, una estatura promedio, con características físicas no muy llamativas. Un Alfa en sus treinta y tantos años.

—Buenas noches, caballeros.

El hombre, Sebastian Wilkes, los llevó dentro del edificio, haciendo gestos con las manos mientras hablaba. Las habitaciones estaban desnudas, como si nadie viviera en aquel lugar, como si nada visible estuviera pasando ahí.

—Éste es el lugar donde todos sus sueños se hacen realidad, señores. Éstas habitaciones son sólo para exponer; la verdadera diversión comienza aquí.

Wilkes se detuvo encima una alfombra persa que estaba contra una la decoración al estilo Espartano y tiró de ella, dejando al descubierto una trampilla. Wilkes les permitió pasar primero, y después de atravesar a través otro pasillo, llegaron a un club de strippers.

La habitación era sorprendentemente inmensa; dos bares estaban al lado de la sala, varias mesas pequeñas se centraban dispersas por el club, mujeres y hombres apenas vestidos, obviamente Omegas, estaban bailando en los postes.

—Bienvenidos a la verdadera Guarida de la Desigualdad —les informó Wilkes—. Ésta es la sala principal; solamente se puede ver. Si quieren un baile privado, deberán llevara a uno de nuestros esclavos a las habitaciones privadas —Wilkes apunto hacia una puerta a su derecho, donde había un tío apoyado en la pared, vigilando—. Ustedes le pagan el grandote por el servicio del Omega. Ahora… —Wilkes les hizo avanzar por el lado derecho hasta que llegaron a una escalera que conducía hacia abajo—. Esto nos lleva a nuestras ofertas especiales. Si quieren más que un baile, lo encontraran aquí abajo. Podrán ver a los esclavos, elegir uno y reservar una habitación por la cantidad de tiempo que ustedes deseen. Sin marcas permanentes o lesiones; si le hacen daño a un esclavo tanto como para que éste no sea capaz de brindar servicio a otros clientes, deberán pagar por el tiempo que esté ausente.

John trató de mantener distancia de lo que ese hombre les estaba diciendo, sin embargo, por un minuto sintió náuseas. Además, el lugar olía tanto a feromonas que no podía pensar con racionalidad.

—¿No hay alguna posibilidad que nosotros tengamos suerte esta noche? —le preguntó John, intentando parecer ansiosos.

Wilkes sonrió con falsa dulzura.

—No. Lo siento. Antes tenemos que corroborar la información de su contacto, ejecutar algunos controles sobre sus antecedentes, y ver si ustedes son dignos de nuestro servicio. Estoy seguro que me entienden.

—Por supuesto, usted tiene que hacer lo que debe hacer —dijo sin rodeos Wilder. Y Wilkes les invitó una copa en el bar más alejado de la escalera que conducía al lugar donde, presumiblemente, Harriet era retenida.

El jefe les había proporcionado identidades falsas (ambas con historias a prueba de balas que convencieron a Wilkes que ellos eran de fiar), y Wilkes los involucró en una pequeña charla intima, explicándoles que ser contador (John apenas se contuvo de soltar un resoplido) en la vida real era más que una profesión, era su pasión.

Después que ellos se marcharon, y estuvieron a una considerable distancia del lugar, John vomitó detrás de un arbusto.

—Vamos, señor. Pensé que había visto cosas mucho peores.

John escupió el suelo, haciendo una mueca por el asido sabor.

—Esa fue la guerra. Esto es... Y pensar que mi hermana... ¡Dios! —Él agarró un cubo de basura cerca suyo y lo arrojó con tanta fuerza que se estrelló contra la pared de una casa.

—Ahora nos encontramos en una, señor. No se preocupe, la encontraremos sana y salva y mientras estemos ahí atraparemos a esos imbéciles.

John forzó una sonrisa, luego siguió caminando en dirección a su punto de encuentro con Lubitsch y los demás.

John se alojaría en la casa de Lubitsch durante el tiempo que les llevara la misión. Y no tenía nada que ver con su pelea con Sherlock, John se aseguró a sí mismo, todo aquello era para mantener su cuartada encubierta. Ellos no podían estar seguros que el propietario del Den's no les estuviera siguiendo.

Pero, por las dudas, John y Wilder se reunieron para el almuerzo aquel día y hablaron de negocios inexistentes. John debía admitir que todo aquello era divertido, incluso si la perspectiva de encontrar a Harry le dejaba un gusto amargo en la boca.

Durante el trascurso del día, John observó a cada rato su móvil con la esperanza que, tal vez, Sherlock le llamara; ya sea para informarle sobre su progreso del caso o para… ¿pedirle disculpas? Incluso para John la idea sonaba ridícula.

El teléfono de John sonó cerca de las siete de la noche, mientras que su grupo de trabajo del MI5 se reunía en el piso de soltero de Lubitsch.

—¿Sr. Cummings? Usted ha sido aprobado —le informó la voz de Sebastian Wilkes.

—Muchas gracias. Estoy deseando que la noche llegue.

Wilder recibió la misma llamada a los pocos minutos y un humor jovial corrió a través del cable, mientras ellos se preparaban para la siguiente fase del plan.

John necesitó de todo su característico autocontrol mientras se deslizaba a través de las filas y filas de jaulas, básicamente, cada uno de ellas demasiado pequeña para albergar a un ser humano, pero el lugar no parecía para nada un burdel. El olor era increíblemente atractivo, a la forma puramente Omega; un aroma que John probablemente hubiese tenido problemas de soportar si no estuviera tan acostumbrado a la marca de olor de Sherlock.

—¿Qué pasa si quiero coger un Omega en celo? —preguntó Wilder, abriéndose camino poco a poco a través de las filas.

—No hay problema, señor —respondió sin problemas Wilkes—. Tenemos el medicamento apropiado para eso; la mayoría de nuestros esclavos están constantemente en celo.

John se estremeció involuntariamente. La medicina sólo dejaba daños permanentes en el cuerpo de un Omega si el tratamiento se mantenía durante un largo período de tiempo. John lo había visto de primera mano mientras liberaba esclavos sexuales y no era algo que él quisiera recordar.

Un olor en particular golpeó la nariz de John. Él dio una olfateada imperceptible y trató de determinar la ubicación. Apenás pudo dar un pasó cerca de la jaula cuando Wilkes notó la intención de John y lo detuvo.

—Oh sí, ¿no es exquisito? Según nuestro registro, ésta Omega ha sido una esclava sexual desde que tenía doce años. ¿Se imaginan todo lo que puede hacer para complacerte?

John gruñó. No porque encontrara la idea particularmente atractiva; esa mujer desnuda le olía familiar. Era Harry, era su hermana.

—Caramba, no estemos tan ansiosos. Ella cuesta 100 libras la hora, pero vale la pena.

John lo analizó y su expresión se giró hacia Wilkes.

—La compro. Voy a llevármela hora. ¿Estoy seguro que, si la esclava me agrada, podemos arreglar por un poco más de tiempo?

—Por supuesto, señor Cummings.

Wilkes llamó a un guardia que arrastró a la Omega (Harry) fuera de la jaula. Por lo que John pudo ver, ella estaba en buen estado.

—Disfrute —Wilkes sonrío maliciosamente y se llevó a Wilder más abajo del pasillo; sus miradas se encontraron y John intentó buscar algo de consuelo en sus ojos, y luego meneó la cabeza de forma afirmativa hacia el guardia para que guiara el camino hacia la habitación.

La habitación parecía la de un motel cualquiera. Estaba apenas decorada con los accesorios básicos; una cama, un pequeño cuarto de baño a la izquierda, un armario, probablemente llenó de juguetes, restricciones y demás.

—Le avisaré cuando la hora haya terminado —le informó el guardia, y a continuación se alejó, dejando a John con la mujer que se había sentado al borde del colchón.

John se acercó sutilmente, la mujer tenía su olor, cada célula de su cuerpo le gritaba que se trataba de ella, era su hermana, era la misma Harriet que él no había visto por veintidós años, desde que había sido secuestrada cuando apenas tenía doce años y John dieciséis.

—¿Cuál es tú nombre? —le preguntó él con voz temblorosa.

—Harriet, señor —Ella mantenía la cabeza baja y no lo miraba a los ojos.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—No sé, señor. Tal vez más de un año. Pero antes he servido a un montón de Alfas. Tengo experiencia, señor. No lo decepcionaré.

Ella estiró las piernas, dejándolas caer abiertas de forma deliberada. Estaba desnuda, al igual que todos los otros esclavos que John había visto en las jaulas y su cuerpo estaba un poco sucio.

—¿Cómo me quiere, señor?

A John le rompió el corazón por la falta de vida en la voz de Harry. Él se acercó, y se sentó junto a ella, pero dejó suficiente espacio entre sus cuerpos. Harry no le tocó; al parecer ella necesitaba que él le diera su consentimiento para hacerlo.

—¿Puedes mirarme? —le preguntó él y ella obedeció al instante, sus ojos de color azul oscuro estaban opacos, no brillaban con la vida que John recordaba. Él deseó quitarse el bigote que se había puesto para que ella pudiera ver su rostro con más claridad, pero no podía hacerlo.

Harry lo observaba, aunque sus ojos no estaban centrados. Probablemente ella había sido entrenada para mantener la cabeza lejos durante el procedimiento, o quizás ella misma se había adaptado para eso.

John intentó de nuevo.

—Por favor mírame. Realmente mirame, Harry.

El apodo provocó una reacción; ella parpadeó, y sus ojos de repente parecieron más nítidos cuando se encontraron con los suyos.

—¿John?

—Sí, ven aquí —Pero él se detuvo cuando Harry comenzó a sacudir la cabeza con vehemencia, de repente tiritando.

—No, no, tú no eres real, otra vez estoy soñando. Estoy soñando. No seas tan estúpida, Harry —murmuró ella, una y otra vez, con todo el cuerpo temblando y John no tuvo idea de cómo reaccionar, o de cómo calmarla.

Él extendió la mano y la colocó sobre su hombro, ella se estremeció violentamente.

—Lo siento, señor. Lo siento —repitió ella, con pánico en la voz.

John sabía que debía improvisar y rápido.

—Ponte de pie, esclava —Él demandó, sin idea alguna de cómo sacar a Harry de su digresión. Su cuerpo se puso rígido, y dos segundos después, ella obedeció.

—Siéntate a mi lado. Quiero abrazarte.

Harry siguió sus órdenes y le permitió poner los brazos alrededor de ella, arrimándola. Él esperó que su aroma le dijera que ella no estaba alucinando, que él era real.

Pero, ¿por qué habría de hacerlo? Ella había sido una esclava más tiempo del que había sido una niña y John nunca había ido a salvarla. ¿Ella fantaseaba sobre aquello? ¿Tenía sueños en donde John la encontraba y la rescataba?

John sintió como las lágrimas querían caer de sus ojos. Él cuidaba de ella. Apenas tenía dieciséis años y no tenía idea de lo que le esperaba en el afuera, después que lo golpearan en un callejón sin salida, casi fue apuñalado tratando de obtener información sobre Harry, y cuando cumplió dieciocho años, él se dio por vencido. Y llorando a su hermana se unió al ejército.

Ahora tenía una segunda oportunidad y no la desperdiciaría.

Él se pasó la hora entera abrazando a Harry, le dijo que se relajara, le prometía que no dormiría con ella esa noche y como siempre, ella obedeció. Ella sólo enterró la cara en su cuello y dolorosamente le recordó a Sherlock.

¿Él permitiría que John regresara de nuevo a su piso? ¿O John regresaría a casa con las maletas hechas y la señora Hudson lo esperaría para recuperar la llave?

John abrazó a Harry más cerca. No quería que la hora terminara.

—Esperó que la experiencia haya sido, ¿satisfactoria? —soltó Wilkes mientras se deslizaba en la silla junto a la de John en el bar.

—Mucho. Usted se ha ganado un nuevo cliente, señor Wilkes —John sonrío—. ¿Mi colega sigue disfrutando?

—No va a tardar. Eligió a una bella esclava unos minutos después que usted; carne fresca. Apenas entrando a la pubertad.

John resistió las ganas de vomitar. O Wilkes lo apuntaría. Sabía que Wilder había optado por la más joven porque ella era quien le podía dar más información, pero la imagen todavía se apreciaba incómoda en su mente.

Pronto Wilder se unió a ellos, sonriendo ampliamente. Wilkes les invitó a una copa para celebrar, pero después de aquello se excusó para ir a atender a un nuevo cliente.

La barra estaba demasiado llena para que John y Wilder participar de una verdadera conversación, por lo que acabaron rápido sus bebidas y se marcharon; a la salida llamarón un taxi y volvieron al punto de encuentro en el piso de Lubitsch.

—Es Harry —Fue la declaración inicial de John—. Sin embargo, dudo que ella venga con nosotros de buenas a primeras.

—¿Por qué? —Lubitsch levantó la vista del tablero de ajedrez, en donde parecía que Karl le estaba dando una paliza épica.

—Ella pensó que yo era una alucinación. Ha sido muy bien entrenada. No va a ser fácil.

—La mayoría de ellos actúan de esa manera —añadió Wilder—. Hablé con una adolescente; ni siquiera tenía catorce años —Él hizo un ruido enojado—, y ella me dijo que ya todos estaban capacitados cuando llegaban allí. Y que terminaban de ceder por las medicaciones.

—¿Qué les dan? —le pidió Karl, con el rostro contraído por el disgusto.

—Estímulos ilegales para mantenerlos constantemente en calor —explicó Wilder—, anticonceptivos. Y algunos medicamentos que los ponen más flexibles y dispuestos.

—¿Cuál será nuestro plan? —Brady se levantó de su silla—. ¿Suponiendo que tengamos uno?

John asintió con la cabeza.

—Wilder y yo regresaremos mañana por la noche. Todos ustedes se colocarán afuera y cuando reciban nuestra señal, barrerán el Den´s. Mi prioridad será sacar a Harry de allí; pero tenemos que acabar con Wilkes y sus empleados, así liberaremos al resto. Va a ser complicado y peligroso. No he visto ninguna arma, pero dudo que estén desarmados.

—Suena bien. Vamos a aclarar los detalles —Lubitsch apartó con rapidez el tablero de ajedrez demasiado ansioso por destruir la evidencia de su descomunal fracaso, para diversión de Karl; todos ellos se sentaron a idear una estrategia.

Sherlock vomito su única taza de té y su cuerpo se retorció de dolor. El Omega dentro de él anhelaba a su Alfa, a John, pero él hacia todo lo posible por ignorarlo. Él tenía que concentrarse en el caso; esa era, esa es su prioridad.

El piso se sentía vacío y Sherlock había pasado las pocas horas de sueño que su cuerpo había conseguido sobre el sofá en lugar de su habitación, en donde todo olía aún más a John.

Los pasos de Greg se oyeron por la escalera y él volteó otra página del informe de la misión.

—¿Qué es tan importante que no podía esperar hasta mañana? —preguntó Greg, dando unos pasos más cerca.

—Tengo un sospechoso. Pensé que tal vez lo quería saber. Recuerdo que me dijiste que te mantuviera informado.

Sherlock no tuvo que mirar hacia arriba para saber que el ID estaba estrechando los ojos.

—Le dije a John que "él" me debía mantener informado. De todos modos, ¿dónde está John?

Sherlock optó por el silencio.

—¿Sherlock? ¿Dónde está John?

—En una misión.

—¿Qué misión?

—Una para encontrar a su hermana.

—¿Harry? —Entonces se hizo una pausa sorprendente—. ¿Y por qué estás aquí y no con él?

Al final, Sherlock decidió mirar hacia arriba, levantando una ceja.

—Tengo un caso.

Greg lo miró, parpadeó una vez y luego dos veces más.

—¿Dejaste que John fuera a buscar a su hermana solo, mientras te quedas aquí para resolver un caso confidencial que nadie sabe si alguna vez será resuelto?

—Sí.

Renunciando a mantener la calma, el detective simplemente explotó.

—¡Maldita sea Sherlock! ¡Eres el genio más tonto que conocí! ¿Cómo puedes permanecer aquí por un caso en lugar de ir con John? Él podría necesitar tú ayuda para encontrar a la hermana que no ve desde hace más de veinte años, ¡por un maldito demonio!

Sherlock quiso darle a Greg la misma respuesta que le había dado a John, que él tenía un caso y que no podía simplemente abandonarlo, pero ésta vez, su razonamiento le sonó más como una excusa a la que le faltaba contundencia.

—Eso es lo que pensé —Los comentarios del ID llevaban ahora las riendas—. Sabes Sherlock, cuando conocí a John, pensé que ustedes dos sólo eran el resultado de las feromonas esparcidas por todo el lugar. Pero, después de un tiempo, cuando él se quedó; fue brillante. Un tipo que aguantaba a diario todas tus peculiaridades, que soportaba los cuerpos desmembrados en la nevera, los experimentos extraños, tus caóticos estados de ánimo, y que aun así te amara tanto que podría morir por ti y… —Greg apuntó un dedo acusador hacia Sherlock—, ¿tú no puedes decir ni tres simples palabras para hacerlo feliz? ¿Y tampoco puedes dejar de lado un acertijo que no tiene ninguna consecuencia en la seguridad nacional o en sus miembros, para estar con tú pareja cuando más te necesita?

—No estamos acoplados —aclaró Sherlock. Compañeros significa para siempre, y Sherlock no creían en el para siempre. Era un concepto completamente ilógico.

Greg simplemente resopló.

—Sigue diciéndote eso Sherlock. Pero no por mucho tiempo; incluso dudo que la paciencia de John sea infinita. Y tú no quieres perder a éste tío, créanme.

—Gracias por éste discurso apasionado; ahora, ¿podemos echar un vistazo a mi principal sospechoso? —Sherlock desvío la mirada, luchando contra el impulso de correr, literalmente, lejos de donde la conversación se había desplazado.

Greg negó con la cabeza.

—Olvídalo. No te voy a ayudarte en una investigación para la que, de todos modos, no tengo lugar, en vez de hacer bien las cosas con John.

El ID giró sobre sus talones y salió por la puerta en menos de un segundo, dejando a Sherlock atrás, contemplándolo.

John lo sabía, lo entendía; él era el único que lo había comprendido. Sherlock no tenía que decir aquellas tres palabras por las que Greg estaba aparentemente obsesionado (y que probablemente se debía a que muy pronto se enfrentaría de nuevo su exmujer por el divorcio) porque John sabía cómo él se sentía. Las palabras no eran necesarias.

John debería comprender que Sherlock quería terminar el caso. Tal vez, no eran tan compatibles como Sherlock había pensado.

El pensamiento le dolió y su lado Omega protestó, pero a pesar de sus protestas, Sherlock lo descartó, atribuyendo la respuesta biológica a la ausencia del Alfa con el que compartía sus calores.

Maldita sea, él no había dormido más de cinco horas en las pasadas dos noches, y no podía recordar la última vez que había comido; no estaba en condiciones de reflexionar sobre aquello.

Sherlock se pasó la mano por la cara con un gemido, y trató de enfocarse en los archivos de su principal sospechoso.

Yuri Kapov caminó lentamente hacia el lugar de trabajo de Mycroft, con el mismo ritmo que normalmente cuidaba a de todos los internos. Sin embargo, esta vez, cuando llegó junto a la silla de Mycroft, deslizó una llave sobre la mesa.

Diez minutos más tarde, Mycroft golpeó para tomar un descanso de cigarrillo (en su caso, más que una ronda de cigarrillos) aunque en lugar de abrir la puerta de la sala de descanso de la biblioteca, se la saltaron y ambos enfilaron hacia el armario de suministros.

Las luces de las cámaras de vigilancia en el pasillo estaban parpadeando con un color rojo; un oportuno mal funcionamiento.

Mycroft dio un resoplido mental y se deslizó al interior del armario de suministros, desbloqueándolo. Él encontró un uniforme de guardia que incluía una identificación y rápidamente se cambió de ropa.

Él iba a salir de la prisión de Belmarsh sin problemas, y finalmente, respiraría el fresco aire de la libertad.

El reloj de la repisa de la chimenea golpeó a las diez de la mañana, cuando Sherlock finalmente había rotó los servidores del S.I.S. para obtener la información que necesitaba sobre Freja Holgersson para resolver el caso.

Ayer, Sherlock se encontró con Richard Sterling para extraer a un general sueco corrupto en una misión durante la cual se suponía que Godmar Holgersson, quien le disparó a Sterling después de la misión había escapado hacia el sur, en lugar de salvarlo. Sherlock no tenía toda la información necesaria para reconstruir lo que exactamente había ocurrido en Suecia, aunque estaba seguro que la hija de Holgersson sólo necesitaría el nombre del hombre que mató a su padre.

Pequeña vengativa. Freja podría no ser el único con motivos, pero sí era el único sospechoso de ser un cirujano entrenado y que podría haber sido capaz de torturar y despellejar la piel de forma en que el Met lo había encontrado.

Ansioso, Sherlock abrió el archivo de Freja Holgersson y se deslizó hasta que llegó al final.

Se suicidó después de la muerte de su padre en julio de 2011. Constatado, reclamado e identificado por el gobierno sueco.

Sherlock se levantó y empujó su silla con frustración. Si Freja había muerto en julio de 2011, no podía haber despellejado a Richard Sterling en mayo de 2012.

Él tomó su violín, su mente comenzó a hilar. Había pasado por todos los sospechosos, cada ángulo, cada posibilidad, aunque remota, y nada; ningún punto lo llevaba con el asesino de Sterling.

Sherlock estaba a medio camino de la Sonata No. 3 en Do mayor de Bach cuando la realidad le golpeó como un balde de agua helada y sus rodillas casi se aflojan.

Era una trampa.

John y Wilder se abrieron camino por la planta baja, sin la interferencia de Wilkes. El pasillo en donde estaban las jaulas tenía forma de U, vigilado por cuatro guardias. John avanzó al otro extremo de la habitación, mirando su reloj.

Diez segundos más tarde.

Él se detuvo frente a un Omega, fingiendo interés.

Cinco segundos.

Los guardias fueron puestos en aviso. Venían en camino.

Tres.

Dos.

Uno.

John se movió con la velocidad de un rayo, alimentado por la adrenalina pura, él cortó el cuello del guardia con una navaja. John lo atrapó y lo colocó en el suelo con cuidado.

Él oye el segundo grito de algún guardia, seguido de unos pasos que se acercaban rápidamente.

John sacó su pistola y disparó con precisión mortal, agradecido por el silenciador. El hombre cayó al suelo y John dio vuelta en la esquina, esperando ver Wilder y a Harry en su jaula.

En su lugar, había cinco guardias más bloqueando su camino y John patinó contra la pared cuando las primeras balas volaron delante suyo, rosándole por meras pulgadas.

Se produjo una pequeña escala de explosivos por parte de Curtesy del MI5, que lo empujó tan cerca de la pared opuesta a las jaulas. La explosión fue fuerte e iba a alertar a los clientes del piso arriba de ellos, pero eso casi no le preocupo a John. El MI5 había sido notificado; tenían una copia de seguridad para atrapar a cualquiera que intentase escapar.

John se lanzó de vuelta, levantando la pistola. Le tiró a un guardia en el pecho, esquivó a último momento una bala que casi le dio el pie y ya estaba a la altura de los pies del hombre. Dos tiros rápidos a través de la mira lo arrojaron al suelo, llorando de dolor. John quitó el arma de las manos que la agarraban y lo dejó inconsciente.

Una mirada al otro hombre le indicó que ya estaba sangrando. Los otros tres guardias habían sido víctimas del artefacto explosivo y por un segundo, la mente de John parpadeó de nuevo hacia Sherlock cuando vio los pedazos de intestinos del hombre esparcidos por el suelo.

John redondeó la segunda esquina con cuidado, levantando la pistola.

Lo que vio lo obligó a soltar el aire de sus pulmones. Wilkes tenia a Harry apretada, cerca de su cuerpo, apuntando una pistola contra cabeza.

—Capitán Watson, es tan agradable que se una a nosotros. No esperaba que cinco guardias fueran un obstáculo para usted.

—¿Qué quieres? —John con el arma todavía en la mano, apretó el cabo.

—Dele el arma a mi cómplice, y luego sígueme. Se alegrará de saber que ninguno de sus hombres fue asesinado; simplemente lesionados.

John vaciló, pensando rápidamente, aunque no le sirvió de nada. Él no podía atacar a Wilkes sin lastimar a su hermana.

Así que John renunció a su arma entregándosela al tío que él reconoció como el que vigilaba las habitaciones privadas de los bailarines y siguió Wilkes por las escaleras.

John tomaría su oportunidad cuando él estuviera en último momento. Podía ser un acto de desesperación, pero era su única opción.

Con dos golpes rápidos él recuperó el control de su arma y golpeó el sujeto, entonces soltó dos disparos más a los dos hombres turnándose para cuidar a sus colegas consolidados, y finalmente, tenía como objetivo la pistola en Wilkes, que se veía aturdido y aún seguía sonriendo débilmente.

—¿Usted piensa que va a cambiar algo, capitán Watson? —Él ajustó su agarre en Harry, tirando de ella delante de su torso, usándola como un escudo.

—¿Qué quieres? —ladró John, sintiendo que el pánico en su pecho aumentaba. Harry se veía tan asustada y confundida.

—Por qué no se saca el bigote, ¿ah? Mostrémosle a su hermana, quien es responsable de su muerte.

John gruñó, pero se arrancó la barba falsa, buscando captar la mirada de Harry y ver su reacción. Ella se puso rígida de repente en los brazos de Wilkes.

—Así es, mascota. Tú hermano. El héroe de la revolución; sólo que no podía molestarse por usted, ¿o él podía?

—¿Qué quieres? —John volvió a preguntar, con más urgencia esta vez—. No te atrevas a matarla.

Wilkes se río en voz alta, un extraño sonido en la barra vacía. ¿Matarla a ella? Ella ya está muerta por dentro. No John, esto no se tratá de ella. Esto se tratá de ti.

—¡Entonces dejala ir!

—No debería apuntarme con esa arma o puede ser que mi dedo se deslice...

Con un gruñido salvaje, John lanzó su arma al suelo, mirando a Wilkes. El arma se deslizó un poco por el suelo, deteniéndose cerca de los pies de Wilkes.

—Déjala marcharse.

—Así que, ¿crees que puedes amenazarme y salir sin nada más que unos rasguños? No lo creo.

John permanece en silencio, mirando a Wilkes, esperando a que continúe o disparé, pero nada ocurrió.

—Mirá John, estoy bajo órdenes. Moriarty te dice: Hola.

Y antes que John pudiera procesar el significado de las palabras de Wilkes, el Alfa que apuntaba el arma hacia él, apretó el gatillo.