Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece. La serie y sus personajes son propiedad de Akira Toriyama.
Una Razón
XI
Si veo rodar la vida tan solo esperando
su estúpida detención
Si creo que la única forma
de flotar es caer
entiende, fue solo estupidez
tenlo claro, que fue solo estupidez.
(Lucybell, Flotar es Caer)
Se quitó los tacones y subió los pies en su escritorio. Aún tenía el tobillo vendado, pero ya casi no le dolía, y podía caminar sin cojear. Había pasado dos días sin ir al laboratorio, pero se había aburrido demasiado pese a tener libros para leer y robots de entrenamiento para arreglar, además estaba comiendo demasiado, tanto que ya se sentía con un par de kilos de más, y no permitiría que eso sucediera. Debía moverse más y cerrar la boca un rato, porque definitivamente no haría ejercicio para bajar de peso, jamás lo había hecho y jamás lo haría.
Miró la comida sobre el escritorio: carne, quesos, pan y frutas, lo que había estado comiendo de sobra las últimas semanas. Ahí estaban las malditas calorías tentándola con su aroma exquisito y maravilloso sabor. Estiró la mano para tomar un trozo de queso, lo acercó a su rostro y observó como si éste pudiera entender sus palabras.
—Te odio tanto. —Cuando lo tuvo más cerca pudo olerlo, entonces el aroma de la comida que tanto había disfrutado, ahora le produjo nauseas que apenas pudo controlar. Cubrió la boca con la mano y no dudó en arrojar el queso al basurero. Aprovechó el impulso e hizo lo mismo con la carne y el pan, solo la fruta se salvó. Bebió abundante agua y se sentó derecha para respirar con calma y esperar a que la molestia cesara.
De pronto el malestar aumentó, pero no las náuseas, sino que una presión en el pecho al recordar algo que había dejado de lado por los últimos acontecimientos. Nerviosa, abrió uno de los cajones y sacó su agenda. Ya que el calendario de este planeta era diferente al de la Tierra, adecuó las fechas para llevar un registro de su periodo; en un comienzo lo hizo para distraerse en algo, recordar algo de su vida pasada y no volverse loca con su "nueva vida" como esclava pero con el tiempo lo olvidó, debido a su nula vida sexual. Luego, cuando la retomó con Vegeta, debió conseguir pastillas en el mercado para cuidarse. Era increíble el nulo control de natalidad de los saiyajin, y más sorprendente aún era que lo que no encontró en el laboratorio, pudo hallarlo en el mercado negro donde era posible hallar de todo lo que uno quisiera, si sabe buscar bien.
Se mordió el labio al ver hace cuanto no llegaba su periodo, y lo peor de todo, no recordaba si había olvidado anotarlo o simplemente no lo había tenido. Era tan despistada cuando algo lo consideraba sin importancia y ella nunca había sido muy regular.
—Maldición —susurró y bebió más agua para sentirse mejor. No estaba en sus planes embarazarse ahora, o en un futuro. Definitivamente no quería traer un hijo en este planeta. Había presenciado lo mucho que sufrió Milk con su hijo y Kakarotto, y no quería eso para ella. Por otro lado, Vegeta era diferente, era el príncipe y su hijo no pasaría por lo mismo que Gohan, pero tener un hijo era una responsabilidad demasiado grande y no sabía si estaba preparada.
Debía confirmar si estaba embarazada o no, pero no podía hacerse un examen en el laboratorio. La noticia llegaría de inmediato a Vegeta y era algo que quería manejar ella.
—¡Raditz! —No estaba segura que estuviera cerca, pero siempre aparecía cuando lo llamaba, era como magia.
La puerta se abrió y el guerrero entró. Bulma se puso los zapatos de tacón y levantó.
—Señora.
—Acompáñame, tengo que ir al mercado. —No lo esperó y salió de su oficina. Raditz la siguió sin dudarlo.
—Pero no podemos ir para allá, el príncipe ordenó que…
—El príncipe no está aquí, y ya estoy cansada que tengamos esta conversación cada vez que quiero salir, a no ser que quieras que vaya sola.
—Por supuesto que no.
—Solo necesito conseguir algo pequeño. Será rápido, sé dónde encontrarlo.
—Está bien, pero no se aleje de mí.
—Preocúpate de sacarme sin que los otros soldados lo vean.
—Por aquí, señora. —Le indicó otra dirección. Bulma lo siguió enseguida.
Una vez en el mercado, Bulma disfrutó del poco sol que calentaba en la tarde. Las calles de tierra estaban repletas de saiyajin y otras razas que trabajaban, buscaban alimento, o lo que necesitaran. Desde partes de nave, hasta los circuitos necesarios para construir un tanque de recuperación.
La mujer sintió la mirada de algunos habitantes, ya era conocida como la mujer del príncipe, y llamaba mucho más la atención al ir escoltada por un guerrero tan imponente como Raditz. El lugar no solía ser visitado por soldados poderosos o parte de la realeza, y eso hacía que las miradas se fuesen hacia ellos cada vez más.
Más de algún saiyajin débil o habitante de otro planeta que Bulma no supo reconocer, se acercó para hablarle. El que fuese una mujer sin poder alguno los hizo no temerle como a toda la familia real, pero Raditz se encargó de alejarlos, además la mujer no estaba con ánimos de hablar con nadie, tenía la cabeza en otro lado y todo lo que quería era encontrar un test de embarazo, aunque ahora ya no sabía si buscarlo o no, ya que todo el mundo estaba pendiente de lo qué hacía.
—¿Qué es lo que busca exactamente? Puedo ayudarla para que volvamos pronto.
—Aunque te diga no entenderías.
—No, pero sé cómo está distribuido este lugar.
Uno de los puestos, llamó su atención. Se acercó a paso rápido y abrió paso entre la gente para poder acercarse. Raditz fue tras ella.
—¡Siempre quise uno de estos! —exclamó contenta. Había encontrado un puesto de aparatos electrónicos completos o por partes, que le hubiese hecho de mucha utilidad cuando vivía con Milk y tenía que robar en el laboratorio.
Reconocía muchas de las cosas sobre el mesón de madera, pero también había objetos que miraba por primera vez y estaba encantada. Cómo le gustaría salir a otros planetas para empaparse de su tecnología.
Tomó un panel muy parecido a lo que había hecho en una nave hace unos meses atrás. Era una copia interesante, no le extrañaría que alguien usara su propia creación y tratara de imitarla. Mientras tanto, el hombre que atendía el puesto, comenzó a hablarle sin parar con tal de venderle algo, hablaba tan rápido que no tardó en aburrirla, sobretodo porque la mitad de lo que decía Bulma lo sabía y la otra, era mentira.
Intentó centrar su atención en los demás objetos. Ya que estaba ahí, aprovecharía de llevar un par de cosas para trabajar y tal vez hacer robots nuevos para Vegeta, tenía algo en mente, y justo estaba lo que necesitaba. Y el saiyajin continuaba hablando.
Sintió algo raro en el pecho. Dos punzadas como aguijones, que no le prestó atención por mirar al anciano en frente suyo. Por alguna razón dejó de hablar, y eso fue bueno, porque ya la estaba mareando, y ella sabía perfectamente bien para qué servía cada aparato a la venta. Se asustó al ver la camiseta del viejo marcharse de rojo, justo donde estaba su corazón. Alcanzaron a mirarse a los ojos por un segundo antes que los de él se pusieran blancos y cayera de espaldas, bañado en su propia sangre.
Bulma escuchó gritos y vio gente correr asustada para refugiarse y no ser la próxima víctima de algún guerrero loco que atacaba por mero gusto. Sintió la mano de Raditz sobre su hombro y entonces dejó caer el aparato que llevaba en sus manos. Como si el tiempo se aletargara, la joven observó el objeto que en el suelo, luego la mirada asustada de su guardaespaldas, y después sus manos temblorosas y débiles. De un momento a otro se le dificultó respirar y la vista se nubló, pero pudo distinguir el nuevo color que había adoptado su ropa: un rojo potente que se expandía a cada forzada respiración que daba. Levantó una mano para tocar su pecho y entender lo que le sucedía, pero por alguna razón su cabeza no pudo trabajar tan rápido como solía. La ropa estaba mojada y el rojo se extendía más y más. Escuchó a Raditz gritar algo, pero no pudo entender, ni siquiera los gritos de la gente eran descifrables. Su boca se llenó de sangre al mismo tiempo que todo dio vueltas, y pronto sus piernas no fueron capaces de soportar su peso.
Para cuando Raditz la atrapara, justo al momento de desplomarse al suelo, Bulma ya había perdido el conocimiento.
(…)
—Infórmenme —ordenó calmado, totalmente controlado, con la mirada perdida en el tanque de recuperación. El dolor que sentía en todo el cuerpo a causa de su entrenamiento extremo había pasado a último plano. Ahora, toda la molestia se concentraba en su pecho, al momento de respirar. La angustia era tan grande, que una vez más comenzaba a experimentar nuevos sentimientos, y como siempre, ella era la culpable.
La mujer estaba dentro del tanque, vestida y con dos agujeros en la ropa: uno en el centro del pecho y otro a la altura de su pulmón derecho. La mascarilla la ayudaba a respirar, tenía más cables de lo normal en su cuerpo para monitorear sus signos vitales, y el agua azul estaba turbia por la sangre.
Vegeta no entendió por qué continuaba saliendo sangre de las heridas de su mujer. Para esta altura ya deberían haber cerrado.
—Verá, señor… —El doctor, un hombre bajito parecido a un lagarto, hizo una pequeña pausa antes de hablar—. La señora fue atacada por la espalda, dos rayos atravesaron su pecho y pulmón. La atendimos en cuanto su guardaespaldas la trajo, y la dejamos en el tanque…
—Sigue sangrando —mencionó sin dejar de mirar a su mujer. La observó dormir tantas veces, pero ahora detestó ver sus ojos cerrados, parecía muerta.
—Príncipe, el tanque de recuperación fue creado para sanar a guerreros, gente poderosa que además tienen habilidades de recuperación. La señora no cuenta con eso, es una humana frágil, por eso todo funciona más lento y menos eficiente. —Cada vez se le hacía más difícil hablar. Tenía miedo que en cualquier momento le cortara la garganta por no darle las respuestas deseadas.
—Termina de decir todo, no me hagas perder el tiempo —levantó un poco la voz.
—Sí, lo siento… —carraspeó un poco antes de seguir—. La señora se encuentra en estado grave. Sus signos vitales son débiles, pero la monitorearemos constantemente. No la dejaremos sola y tendremos a tres doctores más para vigilar su evolución y la de su hijo.
—¿Qué? — No pudo evitar moverse un poco para mirarlo.
El científico limpió el sudor de sus manos en su bata blanca.
—La… La señora presenta un embarazo de dos meses, su majestad.
—¿Cuál es el estado de mi hijo? —Volvió a mirar a Bulma dentro del tanque. Su corazón se aceleró más y deseó sacarla de ese lugar para limpiar la sangre de su rostro.
—De cuidado, igual que la madre, pero como le mencioné, estaremos trabajando en ellos día y noche, no los dejaremos solos.
Vegeta la observó un rato más en silencio. Apretó los puños, pero los relajó antes de hablar.
—Los quiero aquí todo el tiempo. Tienen que salvarlos, a los dos, o yo mismo me encargaré de torturarlos hasta la muerte, a ti, y los otros doctores que ya deberían estar aquí.
—Sí, su majestad, como diga —respondió asustado, mirando el suelo.
Miró a Bulma una vez más y abandonó la habitación. Junto a la puerta, encontró a Raditz de pie y con la armadura y manos manchadas de sangre. No se había apartado del lugar, pero cuando Vegeta llegó, no notó su presencia, hasta ahora.
—Quiero veinte soldados custodiando el lugar. Manda a llamar a los más leales de mi escuadrón. Nadie más además de los doctores puede entrar. Si alguien lo intenta, lo matan, sea quien sea. —No esperó respuesta, y caminó.
—Príncipe, Vegeta. Atrapamos a quien intentó matar a la señora.
Vegeta se detuvo y lo miró a la espera de los detalles
Unos soldados merodeaban el lugar cuando sucedió el ataque. Ellos se encargaron de atraparlo y ahora lo tienen resguardado en una celda.
—Bien. Cuando mi mujer se recupere hablaremos de tu paupérrimo desempeño resguardándola y por qué estaba en ese lugar cuando tiene prohibido salir a otro lugar no sea el palacio o el laboratorio. —Continuó caminando para ir a la sección de las celdas, pero se detuvo cuando Raditz continuó hablando.
—Su alteza. El prisionero no está en la sección de celdas regulares.
—¿Por qué no?
El guerrero tragó saliva antes de responder.
Vegeta bajó las escaleras hasta llegar a la sección reservada para prisioneros especiales, aquellos que no se desea que el resto sepa de su paradero por su importancia y peligrosidad, y en aquel lugar, terminarían sus días encerrados o eliminados en poco tiempo, luego de conseguir lo que deseaban de ellos. Hacía mucho tiempo que no bajaba, ya casi no recordaba la humedad ni el frío del lugar que lograba penetrar su ropa de material especial.
Caminó por los oscuros pasillos, e ignoró por completo los cadáveres y algunos moribundos que habitaban en las celdas. No habían soldados resguardando a los pocos sobrevivientes, pues la poca energía que les quedaba solo era para respirar con dificultad y esperar la muerte segura.
Cuando llegó a su destino, los dos soldados que Raditz mencionó, saludaron con una reverencia al príncipe. Uno de ellos no tardó en relatar lo sucedido, casi lo mismo que ya había escuchado, pero Vegeta estaba muy atento mirando al saiyajin encerrado. No lo conocía, pero por su aspecto limpio y ordenado, no fue necesario buscar la insignia del ejército real en la armadura que vestía. Sus ojos se mantuvieron todo el tiempo en los del maldito que se atrevió a atacar a su mujer. Quería trasmitirle, sin hablar, lo que le sucedería por haber cometido tal acto de traición.
El soldado de elite, mantuvo la mirada en alto más tiempo de lo que ningún enemigo en cautiverio lo había logrado con el príncipe, pero después de la eternidad que sintió transcurrir, terminó perdiendo y bajando los ojos al suelo. En ese momento Vegeta sonrió a gusto, con sed de sangre y venganza. Con suma tranquilidad abrió la puerta y entró al mismo espacio reducido, ya casi podía oler su miedo. Lo haría hablar con tanta facilidad, que se volvería aburrido.
Los soldados reales tenían la orden de no dejar entrar a nadie al cuarto del rey. Estaba sumamente ocupado y ya sabían cuál era el castigo por desobedecer sus órdenes. Durante todo el día, solo un hombre de confianza había intentado hablar con él, pero las indicaciones habían sido claras y no pudo ni siquiera acercarse a la puerta de su habitación. Para los soldados era más entretenido estar en misiones o haciendo cualquier otra cosa que incluyera moverse. Esta era la parte más aburrida de su trabajo, pero todos tenían que pasar por eso alguna vez. Lo único que los ayudaba a salir del letargo, era ver a las preciosas mujeres del rey, entrar y salir del cuarto para divertir al monarca. Sí, de eso se trataba su reunión tan importante, pero al menos se distraían y no tenían que ver más guerreros viejos y aburridos como en otras ocasiones. Definitivamente, una vez que acabara su turno, varios irían a prostíbulos para sacarse las ganas de ver y escuchar los gritos de tantas mujeres, las más hermosas que habían visto en toda su vida.
La tarde seguía sin ninguna novedad. Hace un rato dos concubinas nuevas ingresaron al cuarto, para reemplazar a la que se marchaba. Siempre acompañadas por una guardia que se encargaba de escoltarlas para que nadie intentara tocarlas o evitar una posible fuga. Nunca se sabía lo que podía suceder por los pasillos donde los hombres abundaban. Nadie podía tocar la propiedad del rey.
Los catorce soldados; dos filas de siete hombres mirándose frente a frente, se irguieron en señal de respeto cuando vieron llegar al príncipe. Él tampoco tenía permitida la entrada al cuarto de su padre, pero debían saludarlo como correspondía.
—Que nadie nos interrumpa —ordenó el hombre sin tomarse la molestia de mirarlos. Su objetivo era más grande y poderoso.
Uno de los soldados quiso intervenir. Detenerlo, o al menos informarle de las órdenes del rey, pero su compañero lo tomó del brazo para impedírselo. Con una disimulada seña, le indicó que mirara la mano derecha del príncipe.
Era difícil no apreciar la cabeza de hombre que traía agarrada del cabello y goteaba sangre desde el mal corte hecho en el cuello. Nadie reconoció al pobre estúpido que hizo enojar al príncipe, pero los ojos abiertos y la lengua colgando desde una boca desfigurada, eran evidencia que fue brutalmente torturado antes de ser asesinado. Los guantes blancos que acostumbraba usar estaban completamente manchados de sangre fresca, al igual que su camiseta azul, lo que indicaba que era mejor no dirigirle la palabra. Conocida era la forma elegante y limpia de matar del hijo del rey, lo que significaba que algo muy grave había sucedido para tenerlo con ese aspecto.
Ninguno se movió ni abrió la boca para detenerlo. Paralizados en su lugar, y con la mirada al frente, escucharon la puerta azotar luego que el príncipe entrara.
—Afuera, ahora —dijo Vegeta a las mujeres desnudas sobre la cama de su padre. Al notar que lo miraron asustadas, pero no hicieron nada, lanzó la cabeza justo al lado de ellas. La sangre les salpicó su preciosa piel y rostros—. ¡SALGAN! —No volvería a repetirlo.
Desnudas y sin detenerse a buscar sus vestimentas, las concubinas del rey abandonaron el cuarto en medio de gritos y llantos asustados. Inmediatamente el monarca salió del baño, y cuando vio la cabeza en medio de su cama, se giró para mirar a su hijo.
—¿Creíste que no me enteraría? —Se contuvo para no estallar en ese mismo lugar. Su padre se veía calmado, y él no sería menos. ¡Jamás! —Que no se te olvide, padre, que no solo tú tienes hombre leales.
—Mi intención no era esa, Vegeta. Por supuesto que deducirías que yo ordené el ataque a tu mujercita. —Se puso su bata antes de ir hasta la licorera y se sirvió lo mismo que tomaba todo el tiempo en un vaso de cristal y con un par de hielos.
—¿Qué pretendes con esto? ¿Quieres que te rete? ¿Es eso lo que quieres? Lo acabo de decir. Tú tienes tu ejército de hombres, pero el mío es más grande y poderoso. Si quieres ver un rio de sangre es lo que tendrás. —No perdió el control en ningún momento, pero sus palabras denotaban el estado en que se encontraba. No estaba pensando con claridad y su padre podría aprovecharse de eso.
—¿Realmente harías eso por una mujer? —dijo con tono despectivo, mirando a su hijo de pies a cabeza, sin reconocer a quien tenía en frente suyo, al guerrero perfecto que se había encargado de criar y moldear a su imagen y semejanza.
—Pasaste a llevar un mandato mío. Le ordenaste a un soldado que pasara por alto una orden que yo di. Me has desautorizado y humillado ante todo el planeta. Esto va mucho más allá de una mujer.
—¿Se te olvida quién es el rey, quien manda aquí?
—Soy quien más victorias le ha dado al planeta desde que tú te dedicaste a hacer tratados, ir a reuniones a comer y acostarte con putas. Soy el príncipe de este planeta, no soy Paragus ni ninguno de tus hombres de confianza que te sonríen y dicen sí a todo. —Continuaba calmado, pero la boca la tenía tensa y debía resistirse para no hacer rechinar los dientes.
—Queda un mes para el torneo. ¿Ya escogiste una guerrera de elite? Quiero que la embaraces enseguida. Cuando tenía tu edad, tu madre ya estaba embarazada de Tarble. Espero que tu descendencia sea mejor, y todo depende de la mujer que escojas, yo fui estúpido y me encandilé con tu madre, pese a haber guerreras más poderosas, pero ella era lista y supo engañarme, aunque eso no te ocurrirá a ti. —Hizo como que no escuchó el discurso de su hijo y se sentó en su asiento, disfrutando de su trago.
—Pese a tus intentos, no está muerta. —Ya que su padre lo ignoraba, él haría lo mismo.
—¿Acaso crees que mi hombre falló? ¿Piensas que sobrevivió por un error mío?
—¿A qué te refieres? —Frunció más el ceño.
—Aunque no lo creas, Vegeta, te respeto como guerrero, reconozco todas tus victorias y sé perfectamente bien que eres el príncipe. Es por eso que no di la orden para matarla. Eres mi hijo, y esa mujer te pertenece a ti, por lo tanto, es tu trabajo deshacerte de ella, no el mío. —Dejó el vaso en su escritorio cuando terminó de beber.
—¡Tú no decides que…!
—¡Yo decido todo porque soy el rey! —Gritó por sobre su hijo. Se puso de pie y acercó para encararlo—. ¡Escúchame bien, Vegeta! ¡El torneo es en un mes y quiero que en los próximos días me hagas llegar el nombre de la guerrera que será tu mujer! ¡No quiero a esa humana en Vegetasei o en ningún planeta que me pertenezca! ¡De ti depende, deshazte de ella de inmediato! ¡Ni siquiera la acepto en tu harén, te di tiempo y tú lo desperdiciaste! Y no pienses en irte con ella como lo hiciste la otra vez, Vegeta, porque te aseguro que los buscaré por todo el maldito universo, y cuando los encuentre, haré que todos mis hombres la violen y luego yo mismo la mataré ante tus ojos ¡¿Entendido?!
Vegeta no habló. Simplemente miró a su padre con odio infinito en sus ojos, e ira recorriendo todo su ser. De haber tenido un scouter en ese momento, hubiese estallado. Su padre pudo escuchar el material de los guantes doblarse cuando empuñó los puños, pero no los levantó contra él.
—Con cualquier otro hubiera actuado sin advertencia, Vegeta —dijo más calmado—. Solo porque eres tú, te doy una oportunidad más. Después con la cabeza y el cuerpo frío me lo agradecerás. —Le dio una palmada en el hombro, igual a la de ese día en el salón, y justo como aquella vez, el príncipe la detestó.
La conversación había acabado.
(…)
Los tres días siguientes fueron monótonos. Los veinte guerreros de confianza de Vegeta resguardaban el lugar y alrededores mientras el príncipe estaba en el cuarto con su mujer. Cuando se ausentaba, Raditz y otros cuatro saiyajin entraban para quedarse con la mujer y los doctores. La mayor parte del tiempo estaba presente custodiando para que nadie ajeno fuese a hacerle una visita de advertencia.
Para el cuarto día el tanque ya había cumplido su trabajo, pero Bulma continuaba demasiado débil e inconsciente, por lo que la trasladaron a la habitación del príncipe. Ahí debieron conectarla a todo lo necesario para que ella y su hijo no se debilitaran por la falta de agua y alimentos. Afortunadamente, podía respirar por sí sola, lo cual era una buena señal.
Nadie, además de los doctores y Vegeta, estaba enterado del embarazo de Bulma. Vegeta había sido muy claros con ellos, y si su padre podía hacerlos pasar un mal rato para sacarles información, él era capaz multiplicar el dolor antes de matarlos.
Ya era tarde, a punto de cumplirse siete días durmiendo, y como cada noche, desde que su mujer ocupaba su cama, él hacía guardia en el sofá que compartieron tantas veces. Desde donde estaba le daba la espalda, pero estaba atento todo el tiempo. No puso un pie en la cámara de gravedad, no se atrevía a dejarla sola por temor a que alguien entrara para asesinarla, y pese a tener un pequeño ejército resguardando los pasillos, no durmió para cuidarla. Algo dentro de él lo motivaba a permanecer a su lado para ser la primera persona que viera cuando despertara, tal y como ella lo hizo con él cuando estuvo en el tanque de recuperación.
Escuchó la puerta abrir, pero no se movió de su lugar, ni intentó mirar. Sabía que era la persona con su cena. Siempre entraba a la misma hora y conocía sus pasos de memoria. Nunca había visto su cara, no estaba seguro si se trataba de un hombre o una mujer, un saiyajin o de otra raza, pero como siempre, aparentando ser un fantasma que no se hace escuchar, dejó el carrito repleto de comida junto a la licorera. Luego de eso, más pasos y la puerta cerrando con suavidad.
Vegeta observó las cacris azules, o uvas, como Bulma solía llamarlas. Se puso de pie y fue a la cama para estar a su lado.
Esa noche la observó dormir durante horas. Notó que tenía sueños, incluso la escuchó hablar dormida. Eso era muy bueno, las noches anteriores había sido como ver un cadáver sobre su cama, incluso ahora tenía un poco más de color en sus mejillas y parecía simplemente estar dormida luego de un duro día de trabajo. Seguramente pronto despertaría y eso lo tranquilizaba un poco. A un par de habitaciones dormía el médico, para atenderla a la hora que fuese.
Curioso, retiró las cobijas y levantó la parte de arriba del pijama para observar su vientre. Efectivamente estaba algo abultado. No entendía cómo no se había dado cuenta cuando estuvo desnuda, tuvo cientos de ocasiones para notar los cambios en sus curvas, sobretodo porque siempre le gustó el tipo de cuerpo de Bulma.
Antes de salir el sol, Vegeta ya había tomado una decisión sobre lo que haría. Ahora solo quedaba esperar que Bulma despertara para informarle.
Cuando menos lo esperaba, Bulma abrió los ojos. Estuvo un par de minutos mirando a la nada, como si todo se tratara de un sueño y no lograra reconocer dónde estaba, e incluso quien era, o si seguía soñando o no, pero cuando logró distinguir al hombre, sus ojos exhaustos brillaron un poco, incluso sonrió. Estaba demasiado cansada para hablar, pero no le quitó la vista de encima.
Vegeta le sonrió de vuelta, y estiró la mano para acariciar su rostro y su labio con el pulgar. Ya lo peor había pasado, su mujer estaba de regreso.
Era el momento de actuar.
Continuará…
Dejaré una nota de autor corta, porque no tengo nada de tiempo. En resumen: la U me tiene colapsada con tantos trabajos, pruebas y disertaciones para la próxima semana y seguirá así por todo lo que queda de mes y al menos la mitad del siguiente. Pero me tomé unas horas para relajarme y terminar el capítulo. Nuevamente no alcancé a dejarlo hasta donde quería, así que se extenderá otro más, pero era publicar ahora o para el fin de semana siguiente y no quiero dejar tanto tiempo sin actualizar.
Siento no poder agradecer a cada una de las chicas que dejó comentario, pero tengo mucho por hacer y ya es hora de desaparecer. Espero que les guste y nos estamos viendo.
Con cariño,
Dev.
20/08/2016.
