Capítulo 2: TRABAJO Y MÁS TRABAJO

Lunes 9 de octubre. Un día común y corriente. Los niños iban a las escuelas. Las personas al trabajo. Pero hoy, especialmente hoy, era un día muy importante para Hermione.

¿El motivo?, bueno, si tenía suerte, cerraría un significativo trato con el Ministro de Magia Francés y la P.E.D.D.O. rompería con las fronteras, extendiéndose hacia Francia. Algo por lo que había luchado muchos años, aproximadamente nueve, pues fue cuando tenía solamente 15 años que la había creado; y ahora, siendo oficial en Inglaterra, era algo increíble.

No podía creer que al fin su sueño estuviera volviéndose realidad. Era simplemente alucinante.

Y ahora, sentada tras su escritorio, con una montaña de pergaminos desplegados sobre el mueble, cualquiera pensaría al verla con ése desorden que indudablemente estaba trabajando en algo muy importante. Bueno, que errados estaban.

— ¿Dónde?, ¿dónde? — se preguntaba desesperadamente Hermione mientras intentaba inútilmente dar con el paradero de una importante nota que le habían entregado ésa misma mañana.

Aunque ella tenía la culpa de no encontrarla; si no hubiera estado leyendo su libro favorito de Aritmancia en el momento en que le llegó aquel Memorando Interdepartamental, recordaría ahora donde lo había colocado sin siquiera prestarle la más mínima atención.

Merlín, si no la encontraba pronto terminaría volviéndose loca. ¿Cómo pudo ser tan descuidada?, se reprochó.

El sonido de unos suaves golpes a su puerta la distrajeron por un segundo, haciéndola bufar exasperada.

— Adelante — replicó sin ánimos.

— Buenos días — la saludó una voz formal.

— Buenos… — empezó a decir levantando la mirada. Su semblante cambió al mirar al recién llegado — Ah, ¡hola Percy!, no te reconocí. Tú y tus modales — le sonrió cálidamente indicándole con gesto de la mano que tomara asiento, y regresando su atención a lo que hacía antes.

— La oficina es la oficina… — respondió diplomático el hombre Weasley rechazando amablemente su invitación. Seguía siendo aquel alto pelirrojo de gafas que había visto infinidad de veces en el colegio y en la Madriguera, con la única diferencia de que ahora era unos años mayor — En fin, ¿recibiste mi nota? — la miró con detenimiento, sabiendo su respuesta de antemano.

Hermione asintió con la cabeza algo apenada y se mordió el labio con gesto desesperado.

— La perdiste otra vez — apuntó Percy con muy buen acierto y cierto tono de cansancio.

— Lo siento… — hizo una mueca como sonrisa la castaña, abandonando sus fallidos intentos de encontrarla — Es sólo que estaba en otras cosas cuando llegó y ahora no sé dónde la puse… — se excusó — ¿Qué decía? — quiso saber.

— "Dice", — la corrigió Percy, extendiendo su mano para tomar un sobre de color gris — que hay junta a las 11. Y creo, que ésta es mi nota — se lo tendió.

— ¿Si?… — le preguntó insegura, recibiéndolo — ¡Si, ésta es!… — exclamó al ver su contenido — Gracias Percy — murmuró, leyendo la nota.

— Por nada. Me retiro, tengo que terminar de organizar unas últimas cosas… — anunció Percy acercándose de nuevo a la puerta — Y no llegues tarde, últimamente se te hace costumbre. Recuerda que esto te concierne más a ti que a nadie — le reprendió con seriedad. Hermione asintió algo avergonzada y miró como el pelirrojo abandonaba de su oficina.

Suspiró con nostalgia al observar la puerta por la cual había salido Percy y se dejó caer en la silla, con la nota sujeta aun en su mano.

Percy era el único de los Weasley con el cual tenía contacto; por obvias razones, se había alejado de ellos; más en sus planes jamás estuvo toparse con Percy en el Ministerio; si bien sabía que había una posibilidad de que eso sucediera, jamás imaginó que fuera precisamente él quien la buscara.

Aunque, tenía que admitir que siempre se había llevado bien con él, su añoranza por conocimientos, su entusiasmo por el cumplimiento de las reglas, fueron lo que la unieron más a él. Y ahora era su mano derecha.

La ayudó tanto, y le debía tanto, que ni una vida bastaría para pagárselo.

Muy pocos sabían que ella trabajaba en el Ministerio y eso era gracias a que Percy la protegía; ya que cuando sabía que Harry y Ron estaban ahí, le decía sutilmente a Hermione que no necesitaba ir ése día, podía hacer el trabajo en la comodidad de su casa. Lo que nunca notó es que la castaña lo conocía tan bien que sabía de antemano porque no quería que fuera, e interiormente se lo agradecía enormemente.

No obstante, también había otra cosa que le facilitaba que nadie supiera que trabajaba ahí y es que casi no salía de su oficina, y cuando lo hacía era únicamente para tener juntas con algunos miembros importantes en el Ministerio. Además, eran contadas las ocasiones en que tenía que usar el ascensor o las chimeneas del Atrio, así que todo eso disminuyó mucho las posibilidades de toparse algún día con… Bueno, con el pasado.

Tampoco se relacionaba con muchas personas del Ministerio, salvo algunos ex compañeros que se afiliaron al movimiento de la P.E.D.D.O.

El recibir visitas de algún otro Weasley era algo que tampoco la preocupaba. No cuando le había pedido estrictamente a Percy, hacia años, que no le dijera a nadie de su familia que la veía y sabía en donde estaba; y si por algún motivo le llegaban a preguntar el cómo se promulgó la P.E.D.D.O. hacia el Ministerio, contestara que lo había hecho un amigo cercano de ella, pues él era el que se encargaba de todos los asuntos de ella. El joven Weasley nunca preguntó el porqué de aquella decisión, o hizo comentario alguno; pero Hermione sabía que Percy siempre se cuestionó que era lo que había pasado entre el famoso trío dorado para que su amistad terminara de ésa manera tan fría.

Sin embargo, la castaña jamás mencionó nada al respecto. Y Percy respetaba su decisión; por algo se había ganado su confianza.

Además, sin todo el apoyo que recibió por parte de Percy a lo largo de ésos seis largos años, ella no sería la persona que era ahora. Y mucho menos, la P.E.D.D.O. hubiera visto la luz en Inglaterra. Si, en definitiva, Percy había sido un gran amigo.

Mas, las cosas se le estaban saliendo de las manos y Hermione lo sabía; ahora no solamente Percy sabía que trabajaba ahí, sino una docena de personas, y por desgracia, eran cercanas a Harry y Ron. Sólo rogaba porque cumplieran su palabra y nadie, aparte de los miembros de la P.E.D.D.O., conociera su ubicación.


Tiempo después, su escritorio estaba ordenado impecablemente y ella se dirigía hacia sala de juntas del Ministro. Salió de la oficina y en cuestión de segundos se encontraba frente a las puertas que limitaban el pasillo de la sala de juntas en donde tendría, quizás, la reunión más importante hasta ahora. Suspiró con aplomo y abrió…

— Buenos días — saludó Hermione apenas entró.

— Buenos días, señorita Granger — se limitaron a decir algunos.

— Hola Hermione — la saludaron otros con más confianza.

Con una sonrisa de cortesía, Hermione se dirigió hacia una de las sillas situadas cerca del extremo de la mesa y se ubicó frente a Percy. El pelirrojo apenas la vio por el rabillo del ojo cuando tomó asiento, estaba sumergido en la lectura de los papeles frente a él al igual que la mayoría de las personas en la sala.

Apenas se sentó la castaña, la taza que se encontraba frente a ella se llenó con cerveza de mantequilla muy ligera (la que siempre pedía), y una carpeta se abrió dejando ver unas palabras resaltando:

"Junta número 53 con motivo a la prolongación de la P.E.D.D.O. hacia Francia"

"Hermione Jean Granger. Directora de la organización y miembro honorario del Winzegamot"

Una pequeña sonrisa se apoderó del rostro de la castaña y se enderezó en la silla, orgullosa de que la P.E.D.D.O. estuviera a punto de romper una frontera hacia otro país y deseando que, de ser así, le fuera tan bien como en Inglaterra. Aunque tenía que admitir que al principio los elfos tomaron como un insulto todo lo impuesto por la Ley; luego de un tiempo, ellos mismos buscaron un líder para hacer válidos sus derechos y poner a alguien en el Ministerio.

Esto sin duda había alegrado mucho a Hermione y a los miembros de la P.E.D.D.O.; pues al fin, luego de siglos de esclavitud contra los elfos, éstos tendrían un muy merecido lugar en la comunidad mágica.

La silla junto a la de ella se movió emitiendo un rechinido al sentarse una persona. Hermione salió de su estupor, centrándose de nuevo en los miembros que estaban en la sala.

— ¡Hola Hermione! — la saludó alegremente su ex compañera de colegio, Hannah Abbott, luciendo algo agitada. Vistiendo una túnica turquesa.

— ¿Cómo estás, Hannah? — le sonrió la castaña a modo de saludo.

— Creí que no llegaba… — suspiró, tomando un poco de agua de su taza — Déjame contarte porque… — le empezó a parlotear, antes de darle tiempo a Hermione de decir algo — Imagínate que hace un par de días nos enteramos de un contrabando de billywigs que venían desde Australia a Inglaterra y pensaban venderlos en el callejón Knockturn para no sé qué cosa, pero pudimos impedirlo y los tenemos ahora en nuestro departamento… Son como una docena. En fin… — le restó importancia al dato.

Hermione la escuchó con atención.

— Pues resulta que el nuevo chico que está en el Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas no sabía nada de los billywigs, y quien sabe porque o cómo, pero se le escapó uno de las cajas contenedoras que íbamos a regresar justo HOY, ya que aquí no es su habitad natural… — tomó aire — Bueno, el caso es que el chico no sé cómo le hizo, pero logró enojar al pobre billywig, ¡y el bicho ése terminó picando como a SIETE personas!… — subrayó realmente escandalizada — Tuvimos que esperar a que se les pasaran los efectos y bajaran del techo… — expresó malhumorada — Y el colmo es que los del Departamento de Uso Indebido de la Magia quien sabe cómo se enteraron y se empezó un súper debate de que, si se iba a tratar como una sanción al uso indebido de la magia, o simplemente no contaban los efectos de la picadura del billywig… — suspiró cansada.

Hermione sólo pudo fruncir el ceño, como meditando el asunto seriamente.

— Por suerte llegó Luna. ¡Ay Luna!, ¡le debo la vida! — declaró Hannah con gesto dramático, realmente agradecida.

— ¿Por qué? — quiso saber Hermione, mirándola con una sonrisa risueña.

— Es que si la hubieras visto… — le brillaron los ojos de emoción. Hermione se mordió los labios para no reír al ver la cara de Hannah — Nunca en la vida había escuchado a Luna ejercer su poder y capacidad de palabra tan… tan… ¡maravilloso!… — expresó conmovida — Ya no hay nada de aquella Lunática Lovegood de la que todos se burlaban. ¡Fue fantástico!, no se dejó ni una vez… ¡fue simplemente…!

— Luna — concluyó Hermione, sonriendo orgullosa.

— ¡Si! — estuvo de acuerdo Hannah al quedarse sin palabras.

— ¿Y cuándo fue eso? — le preguntó la castaña.

— Como a las 9.

— ¿Nueve?… — repitió Hermione confundida. Hannah asintió — ¿y se tardaron tanto en bajarlos…?

— Oh, no, eso fue sencillo… — confesó. Luego le indicó con un gesto de la mano que se acercara más a ella para contarle algo confidencial. Hermione lo hizo — La verdad es que no me quise venir antes porque la pelea de Luna con Susan estuvo… — sonrió, visiblemente emocionada de sólo recordarla.

Hermione asintió comprensiva al motivo de su tardanza. Ella también hubiera querido estar ahí. Luego de que las cosas entre ella y Luna hubieran quedado más que establecidas en que la rubia jamás la haría cambiar de parecer acerca de sus "seres fantásticos"; Luna había desarrollado una enemistad con Susan y su departamento del Uso Indebido de la Magia, alegando que su corrupto y mezquino departamento le había privado los mejores años de su vida al no permitirle usar magia fuera del colegio hasta ser mayor de edad. Obviamente, al principio Susan intentó por todos los medios explicarle que ella no tenía nada que ver en el asunto, y a todo el mundo le hicieron lo mismo; pero ya dicen por ahí: "Convences más fácil a un gato de meterse al agua, que a Luna tratar de hacerla razonar".

Hermione no pudo evitar sonreír con humor segundos después.

— Suerte que aún no llega el Ministro — comentó por lo bajo Hannah mirando las tres sillas vacías que faltaban. Hermione asintió en acuerdo.

La castaña volvió a centrar su atención en la sala y pudo observar a sus compañeros de trabajo, distinguiendo inmediatamente a otros dos ex compañeros del colegio: Ernie Macmillan y Cormac McLaggen, los cuales trabajaban en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional junto con Percy. Ernie le dirigió una pequeña sonrisa y un gesto de mano al captar su mirada a lo cual Hermione correspondió con otra sonrisa, pero Cormac le guiñó un ojo sonriendo atrevidamente.

La castaña se estremeció y prefirió mirar al otro extremo de la mesa. Cormac y sus "sutilezas", pensó con desagrado.

Un elfo algo viejo y con una pequeña túnica verde muy parecida a un suéter de niño, estaba sentado en una enorme silla justo en la cabecera de la mesa, aquel elfo se llamaba "Legolas"; justamente el encargado de hacer valer los derechos de los elfos; es decir, el Ministro de los elfos… o algo por el estilo. Generalmente era un poco seco y, hasta cierto punto, receloso con los magos, por el terrible pasado de su vida. Legolas había sido torturado y esclavizado muchísimo peor que lo fue Dobby cuando trabajaba con los Malfoy; la única, y estremecedora excepción, fue que él jamás consiguió su libertad, sino que tuvo que huir, castigándose por años hasta que conoció a Hermione. Su salvadora. Hermione al conocer la historia del elfo visitó a la familia a la que debería servirle, más se enteró que los amos de Legolas ya habían muerto y sólo quedaba el hijo pequeño, el cual por suerte era el único con sentido común en aquella sanguinaria familia, y accedió sin protestar a concederle la libertad al elfo.

En fin, Legolas era muy cariñoso con Hermione ya que estaba realmente agradecido por lo que hizo para devolverle su libertad. Sin duda alguna la quería mucho, y Hermione a él. Lo que los hizo formar una fuerte amistad.

— ¡Señorita Granger!, ¡hola señorita! — la saludó el elfo sonriéndole feliz, moviendo la mano enérgicamente desde su asiento, casi parándose sobre éste para que Hermione pudiera verlo.

Hermione sonrió para sí, incorporándose de su asiento para sentarse junto a él y poder platicar en lo que iniciaba la reunión.

— Hola Legolas… — lo saludó cariñosamente — ¿Cómo está? — se sentó a su lado.

— Con mucho trabajo… — le contó sonriente — Varios elfos han venido a visitarme en éstos días. Dobby, por ejemplo, dijo algo sobre que quería tener un au… un au… — se enredó con las palabras — una cosa de ésas con ruedas que conducen los muggles — hizo un gesto desdeñoso.

— ¡¿Un auto?! — respingó Hermione sorprendida.

— ¡Si, un auto!… — afirmó, agitando las orejas — Pero cuando Legolas fue a ver el auto que quería Dobby, Legolas se fue para atrás. Dobby no quería un auto, señorita, Dobby quería un TANQUE… — enfatizó con gesto aterrado. Hermione rio — "No, no, no", le dije a Dobby. "Puedes matar a alguien", le volví a decir al ver que Dobby no quería hacer caso.

— Fue muy sabio de tu parte no habérselo conseguido. Pudo haber sido muy peligroso para él mismo, como para los demás — lo apoyó Hermione.

— Si, Dobby también lo aceptó, aunque parecía triste… — Hermione asintió, entendiendo por qué — Pero Legolas hizo algo por él, señorita. Algo bueno — sonrió.

Hermione arrugó el entrecejo, intrigada.

— ¿Qué cosa? — le preguntó.

— Legolas le dio uno de esos que usan los muggles jóvenes… — expresó orgulloso de su brillante idea — Dobby se puso muy feliz y ha encantado el auto de juguete. Pero ahora causa muchos problemas en Hogwarts. Legolas empieza a preguntarse si hizo bien — reprobó por último el comportamiento del elfo.

Hermione rio al imaginarse a Dobby conduciendo por los pasillos de Hogwarts con Filch y la señora Norris en pos de él.

— ¡Creo que fue una brillante idea! — le dijo al elfo.

— ¡Gracias! — le sonrió radiante.

La puerta se abrió bruscamente en aquel momento, ocasionando que todos pegaran un brinco y dirigieran su atención hacia la entrada, únicamente para ver a un encapuchado ingresando y respirando entrecortadamente.

— No llegue tarde, ¿o sí? — cuestionó agarrándose un costado, tratando de recuperar el aliento.

Hermione sonrió ampliamente al reconocer a aquel hombre, y sin pensarlo dos veces se levantó rápidamente y lo abrazó, sus ex compañeros del colegio también se acercaron a saludarlo; llevaba semanas sin verlo y lo extrañaba demasiado. Los otros se limitaron a estrecharle la mano, sonriendo alegremente.

— ¡Que gusto que esté de vuelta, profesor Lupin! — exclamó la castaña al soltarlo.

— ¿Profesor?, vamos Hermione, hace años que dejé de ser tu profesor, dime Remus — le contestó con jovialidad Remus John Lupin, su ex profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts.

Sin duda la convivencia con Tonks y Teddy lo había influenciado de muy buena manera, pues desde que se había casado con Nymphadora y habían tenido un hijo se había vuelto más risueño y desenvuelto. Incluso se veía más joven y feliz de lo que jamás había estado.

— Siempre le voy a decir profesor — repuso Hermione con una sonrisa. Lupin negó con una sonrisa mientras se encaminaban nuevamente a sus asientos.

— Bueno, está bien, — aceptó sentándose a su lado derecho — creo que nunca perderás la costumbre — quiso agregar algo más, pero prefirió callar.

— ¿Y cómo están Tonks y Teddy?, hace mucho que no voy a visitarlos — se lamentó Hermione.

— Extrañándote. En especial Teddy, creo que pregunta al menos una vez al día cuando irá a verlo su madrina — le sonrió.

Hermione se mordió el labio, enternecida.

Remus Lupin era otro personaje al que sin duda le debía mucho. Gracias a él… Bueno, ¿qué podía decir al respecto?; gracias a él era la bruja que era hoy. Gracias a él, jamás dejó de luchar. Lo quería como a un padre, fue por eso que cuando se casó con Nymphadora y formaron una familia, ella había sido la persona más feliz por haber sido escogida como la madrina de su primogénito: Teddy. Ése pequeño, tan parecido a sus padres, era alguien muy especial para ella. Para todos. Era el símbolo de cómo el amor puede romper fronteras… miedos.

Y fue aún mayor la alegría de todos al saber que Teddy sólo había heredado de su padre la astucia e inteligencia, pues la habilidad metamorfomaga de su madre, era lo que lo definía.

— Dile que prometo ir a verlo éste fin de semana y llevarlo al parque como la otra vez — le dijo, sacándole una sonrisa a Lupin.

Minutos después la conversación fue rota por el sonido de la puerta abriéndose.

— Buenos días. Lamento la demora, asuntos con el Departamento de Aurores — se disculpó una profunda voz mientras ingresaba a la sala junto con otra persona. Todos se levantaron a modo de respeto y el Ministro avanzó junto con el otro hombre a ocupar su lugar.

— Buenos días — saludó el otro individuo. Un señor de aproximadamente 50 años, cabello castaño opaco, ojos celestes y un bigote largo y curveado.

— Buenos días Ministro Shacklebolt, Ministro Anderson — saludaron los presentes.

Kingsley Shacklebolt se sentó al frente la mesa y a su derecha se sentó el Ministro de Francia. Los demás tomaron asiento inmediatamente.

Kingsley se aclaró un poco la garganta y tomó la carpeta frente a él antes de hablar.

— Junta número 52 con motivo a la prolongación de la P.E.D.D.O. hacia Francia. Ministro de Magia Ingles: Kingsley Shacklebolt. Ministro de Magia Francés: August Anderson. Directora de la Organización y miembro honorario del Wizengamot: Hermione Jean Granger. Representante del sindicato de elfos: Legolas. Subdirector de la Organización y Jefe del Departamento de Cooperación Mágica Internacional: Percival Ignatius Weasley. Demás miembros. Como ya todos saben… — empezó la reunión.


La reunión ya llevaba más de dos horas y las cosas marchaban bien. El Ministro Anderson asentía a cada palabra que le decían los miembros de la P.E.D.D.O., y se mostraba muy de acuerdo con las proclamaciones de dicha Ley. Sin embargo, sólo faltaba que diera el visto bueno.

Todos y cada uno de los presentes ya habían hablado en más de una ocasión, cada quien dando su punto de vista de acuerdo a los Departamentos en los que trabajaban; resaltando cuán grande era el beneficio que podían sacar de esto no sólo elfos, sino también los magos. Pero sin duda la que más hablaba, y con una desenvoltura, sabiduría y formalidad innata, era Hermione. Estaba esmerándose por convencer al Ministro, pero sobre todo a ella misma, de que la P.E.D.D.O. podía romper las fronteras de Inglaterra y llegar a Francia, sólo necesitaba un poco de apoyo.

— Entonces… — finalizó Hermione casi sin aliento, viendo al Ministro Anderson.

— Estaremos en contacto… — concedió el señor, cerrando la carpeta — Y sinceramente, puedo decir que esto está ya casi cerrado — manifestó poniéndose de pie. El grupo sonrió ampliamente, y con un saludo de mano a todos, el Ministro francés abandonó la oficina.

Una vez cerrada la puerta, todos estallaron en risas y gritos de júbilo.

— ¡Esto merece una celebración! — convino alegremente Kingsley.

Con un movimiento de varita hizo aparecer una botella de whiskey de fuego y la repartió entre los presentes.

Uniéndose en un brindis en celebración de la P.E.D.D.O., los elfos domésticos, Hermione Granger, y hasta por el Ministro de Francia. Después de eso cada quien se entabló en una conversación hablando de cosas triviales o simplemente del trabajo.

Hermione hablaba con Hannah y Lupin; mientras Cormac, Ernie y Percy hablaban muy cerca de ellos. Los demás miembros ya se habían marchado por la falta de tiempo, sólo habían tomado una que otra copa.


Riendo aun por un comentario de Hannah, Hermione dirigió la mirada a donde se encontraban los demás, captando inmediatamente los fallidos intentos de "coqueteo" de Cormac. Éste, cual, si fuera un donjuán, tomó la copa de whiskey y, sin quitarle los ojos de encima a la castaña, deslizó suavemente el trago por sus labios, dedicándole una mirada atrevida. Hermione reprimió un escalofrío de repulsión al ver aquello.

— McLaggen — volvió a llamarlo Percy.

Cormac lo ignoró, siguiendo con su papel de "Sex Symbol", tratando de cautivar a Hermione sin prestar atención al pelirrojo. Guiñándole el ojo. Mandándole miradas atrevidas. Humedeciéndose los labios con el whiskey y luego eliminándolo con la lengua.

Y Hermione juraba por Merlín que si veía otro gesto de ésos volvería no sólo su desayuno, sino todo el aparato digestivo.

— ¡McLaggen! — exclamó Percy, ya harto.

Al ex Gryffindor lo tomaron por sorpresa y la copa se le resbaló de la mano, vertiéndose el frío whiskey en el pantalón; y salió disparado de la mesa para sacudirse, abandonando por completo aquella postura relajada de antes.

Mientras Hannah y Ernie rompían en carcajadas al verlo. Y Hermione se bebía rápidamente lo que quedaba en su copa para tratar de contener la risa.

— A ver si con eso se enfría "el pequeño Cormac", ¿verdad Hermione? — le preguntó con doble sentido Hannah a la castaña, haciéndola sonrojarse sin querer.

Ernie, que la había escuchado, escupió el whiskey que apenas se acababa de llevar a la boca y se carcajeó de nueva cuenta. Cormac secó su pantalón y se volvió para mirar a Hermione entre avergonzado e inseguro. Mientras Remus veía la escena con recelo. Y Percy negaba con la cabeza, rodando los ojos.

— ¡Aunque francamente lo dudo! — se carcajeó Hannah sin disimular nada su diversión.

Hermione no hizo comentario alguno pues trataba por todos los medios no reír y dañar el "ego" de McLaggen. Aunque dudaba existiera algo humanamente posible para lograr aquello, pensó con ironía.

— ¿Estás bien Hermione? — le interrogó Remus, dándose cuenta de todo.

— Si, sí, estoy bien… — se mordió el labio, las mejillas se le habían teñido de un color carmín por el esfuerzo que hacía para no reír — ¿Qué decías hace un momento, Hannah? — le preguntó a la ex Hufflepuff tratando de regresar al tema anterior.

— ¿Qué?, — preguntó la chica aun riendo — ¡Oh, si…!


Tiempo después todos se dirigieron a sus oficinas. Lupin al Cuartel de Aurores, no sin antes recordarle a Hermione de su promesa. Hannah al Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, todavía riendo al recordar el incidente de McLaggen; y prometiéndose a sí misma, en silencio, contárselo a todo el mundo apenas tuviera oportunidad. Percy, Ernie y Cormac al Departamento de Cooperación Mágica Internacional; aunque éste último se rezagó un poco tratando de quedarse a solas con cierta castaña, ésta lo evadió astutamente cuando se escurrió fuera de la oficina antes que nadie.

Rezando porque a Cormac no se le ocurriera ir a buscarla a su oficina, Hermione recogió de carrera su gabardina y Desapareció al instante con destino a su casa, no sin antes mandar una carta a la oficina de Confederación Internacional de Magos, Sede Británica. Y permitiéndose reír por primera vez, del comentario de Hannah.

Honestamente, ella tampoco pensaba que ése pequeño incidente con el whiskey bastara para que Cormac la dejara tranquila.