Capítulo 8: NO HAY VUELTA ATRÁS
Un sonoro ¡PLIN! dio la bienvenida después de mucho tiempo a dos jóvenes brujas a la Madriguera Weasley.
Cuya apariencia daba a entender como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse de pie por arte de magia. Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado.
Igual que como en aquellos tiempos donde pasaban juntos las vacaciones…
La rubia fue la primera en emprender la marcha no sin antes recibir el apremiante apretón en la cintura por parte de su acompañante: Terry Boot.
La castaña sin embargo se quedó mirando un par de segundos más la casa; tantos recuerdos llegaron a su mente como si recién acabara de vivirlos. Will, a su lado, la tomó de la mano y la alentó a avanzar.
— Todo estará bien — le susurró cuando emprendieron camino colina abajo.
Hermione no estaba muy segura de eso. Sus piernas temblorosas sólo hacían aumentar la agitación de su corazón pensando que en cualquier momento perdería el poco control que tenía y terminaría rodando colina abajo haciendo una patética entrada en la morada.
Luna se detuvo a medio camino haciendo detener a su vez a Terry y soltó un suspiro para luego mirar sobre su hombro usando como excusa a sus amigos para ya no avanzar. El rubio meneó la cabeza y cruzó su brazo sobre el suyo.
— Vamos, — le sonrió tranquilizador — te sentirás mejor.
Ojalá fuera así, deseó la rubia. La opresión en el estómago no la dejaba siquiera respirar, todo le daba vértigo. Y el acercarse cada vez más a su destino no mitigaba la sensación, únicamente la volvía más intensa.
Al fin, llegaron a la entrada. Sólo un par de metros los separaban de la puerta…
— No me dejarás sola ¿verdad? — le preguntó por lo bajo Hermione a Luna.
— Sólo si así lo quieres — acordó. Una mirada de la castaña le bastó para negar.
— ¿Y si…?
— Hermione… — la interrumpió — ya llegamos hasta aquí. Hagamos que valga ¿no crees? — la animó.
— Pero es que… — las manos empezaron a transpirarle. Un calor conocido les subió a las mejillas.
— Vamos chicas; ya es tiempo — las alentó Will. Terry asintió.
Hermione pasó saliva con dificultad al advertir lo que vendría; sus amigos avanzaron, mas, los pasos de la castaña inmediatamente emprendieron la marcha de regreso…
— Hermione Granger, más vale que vengas aquí — le ordenó Luna mirándola ceñuda.
La castaña se detuvo. Tomó aire tratando de armarse de valor. Merlín, ¿a dónde había ido a parar la valiente Gryffindor que se suponía que era?; bueno, obviamente muy lejos de ahí.
Una parte de ella quería correr para alejarse de ahí, pero otra se quería quedar. Ya estaba ahí. Quería verlos. Extrañaba a cada uno de los habitantes de ésa casa; sin embargo, el recuerdo aún estaba muy presente en su mente y corazón. Tenía la certeza que ésa noche no sólo estarían los Weasley y eso es lo que más le atemorizaba.
Harry estaría ahí.
— Recuerda, no lo haces por ellos. Sino por ti. Ya va siendo hora de recuperar nuestras vidas. No más escondites, no más mentiras — volvió a decirle Luna.
Soltó el aire que había estado reteniendo. Luna tenía razón. Todo era por ella. No por él. Únicamente ella.
No obstante, aunque se negara a admitirlo, en ésos últimos días había estado pensando más que nunca en Harry, y en la posibilidad de que no estuviera solo románticamente. Después de todo, habían pasado ya seis años.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Hermione y se sintió empequeñecerse conforme se daba media vuelta y se acercaban a la puerta.
— Respira Herm, todo saldrá bien — la animó Luna al notar la palidez excesiva de su amiga. Ésta asintió apenas perceptiblemente; mas su rostro no recuperó color alguno mientras Luna prácticamente la arrastraba los dos metros que restaban para La Madriguera.
Terry fue quien tocó a la puerta al ver la indecisión de las chicas.
Mientras tanto en el patio trasero, ajeno a la llegaba de ellos, Harry tomaba una cerveza de mantequilla junto a Neville, escuchando sus odiseas como nuevo profesor de Herbología en Hogwarts ahora que la profesora Sprout se había dedicado únicamente a ser Jefa de casa.
—… los de primero y segundo son fáciles de llevar; — decía el joven Longbottom — pero lo que son de tercero hasta séptimo, son un verdadero tormento. ¿Nosotros éramos así?… — le preguntó arrugando el entrecejo. Harry abrió la boca para decir algo mas éste no lo notó, demasiado extasiado recordando una reciente anécdota acontecida aquella semana, que no dudó en contársela — Como el miércoles: resulta que fuimos al invernadero tres y un Hufflepuff de quinto, ¡por Merlín, de sólo recordarlo…!… En fin, que el pobre confundió una flor del Amazonas con una carnívora; ya te imaginaras la que tuve que pasar. No, pero el problema no fue en si el chico, sino lo que hizo con la flor: se la dio a una chica de coletas, Abbie; bueno, sólo te puedo decir que la pobre no podrá hacerse coletas como aquellas en un muy buen tiempo… — meneó la cabeza lamentando el asunto.
Fred y George, que paseaban por ahí y escucharon el relato, se acercaron a ellos mostrándose interesados.
— ¿Has dicho invernadero tres, cuñadito? — le preguntó Fred con los ojos brillando de malicia.
— Eh, sí. ¿Por qué chicos? — titubeó. Aun después de tantos años, los gemelos seguían siendo de armas temer. Un descuido y ¡adiós!
— No, por nada — le restó importancia George compartiendo una mirada con su hermano.
El brillo pícaro de sus ojos no pasó desapercibido para Harry, y mucho menos para Neville quien pasó saliva con desconfianza.
— Chicos, en serio; ¿qué traman? — les insistió.
— ¿Nosotros?, ¿cómo crees que tramamos algo, Neville?, ¡nos ofendes! — dramatizó Fred poniéndose una mano en el pecho.
— Si, ¡estamos indignadísimos! — secundó George.
— Muchachos, en serio…
— No, no, no. Que ultraje ¿no es así, George?; nuestra familia, ¡nuestra propia familia!, pensando mal de nosotros…
—… nosotros que apoyamos desde siempre la relación con nuestra hermana pequeña…
— ¡La única hermana! — puntualizó Fred.
—… pensando semejantes cosas. ¡Es indignante!, — se escandalizó George — después de que no decíamos nada a nuestros padres de ésas "clases privadas" de "Herbología" … — señaló entre comillas con los dedos.
— De los encuentros en la Universidad…
— Oh, porque si Longbottom, tenemos ojos en todos lados — murmuraron con tono sombrío.
Las mejillas de Neville se tiñeron de un rojo intenso. Harry suprimió la risa.
— Pero por si acaso, y pensando en nuestros futuros sobrinos, la próxima clase que tengas en el invernadero tres; procura no acercarte mucho a las plantas de la salida este. Ya sabes, si no quieres quedar sin descendencia — comentó como sin querer la cosa George con un tono malicioso.
— ¡Fred!
— ¡George! — los amonestaron dos voces a sus espaldas.
— ¿Si, cariño? — sonrieron inocentemente girándose hacia sus parejas. Angelina y Katie los miraban con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
Harry meneó la cabeza con una sonrisa burlona al verlos alejarse con sus novias. Soltó un suspiro luego de darle otro trago a su cerveza y dirigió la mirada al estrellado cielo preguntándose si Hermione asistiría ésa noche. Se le hizo un nudo en la boca del estómago al pensar en ella.
Pasaron unos segundos de espera en los que la ansiedad de Hermione aumentó hasta su límite, que sus manos, hasta en ése entonces quietas, empezaron a jugar con su bolso; y mientras su mirada iba de la puerta frente a ellos, a su vestimenta, no pudo evitar preguntarse en silencio si había hecho bien en elegir ése atuendo para ésa noche. El vestido azul que llevaba, con escote en V, se ceñía perfectamente hasta su cadera para luego caer hasta el suelo; y de accesorios finas joyas de plata; no se había maquillado mucho, únicamente algo de sombra, rímel, y un delicado brillo labial. ¿Sería suficiente?, ¿o es que iba muy formal?; ¿o muy muggle?
Observó a Luna a su lado, quien había decidido ponerse su vestido dorado, con un largo escote en su espalda y descubierto de los hombros, lo cual hacía lucir su cabello rubio, recogido en una coleta baja, con unos aretes y gargantilla de oro; maquillada casi igual que ella, exceptuando que ahora ya no necesitaba ponerse rubor pues su piel estaba más bronceada.
Luego observó a William, el cual se había preparado meticulosamente para ésa noche; con su traje negro, camisa blanca, corbata y zapatos negros, combinó todo muy bien con su cabello pulcramente peinado, lo que lo hacían ver como todo un galán.
Terry, no obstante, había preferido ir un poco más informal al irse con un pantalón de vestir negro, una camiseta blanca y un abrigo estilo gabardina de color negro que le llegaba hasta las rodillas, y el cabello desordenado haciendo resaltar perfectamente el conjunto.
Bueno, al menos estaban para la ocasión, pensó lanzando un suspiro. Sólo esperaban que sus atuendos no fueran muy… extraños para los demás invitados. Después de todo, llevaba ya muchos años vistiendo como muggle.
Tan absortos como estaban, casi pegaron un respingo cuando, con la letanía de una escena de película de terror, la puerta comenzó a abrirse con un chirrido mientras poco a poco la luz se colaba hacia el exterior y la figura de una pequeña niña rubia, de no más de cuatro años, muy hermosa, se asomaba sonriendo con algo de timidez.
— ¿Si? — preguntó con un dulce tono de voz. Victoire, pensó Hermione mirando con reconocimiento a la niña. Recordándola de algunas fotos en la oficina de Percy. Era la hija de Bill y Fleur.
— Ah… hola… — balbuceó Luna recibiendo de inmediato la mirada de la pequeña — ¿Están… ah… hay, hay alguien en casa? — algo cohibida, se pasó una mano por el vestido tratando de alisar una arruga inexistente. Los ojos azules de la pequeña la analizaron un segundo más con interés hasta que se giró hacia el interior y gritó a todo pulmón:
— ¡ABUELITA MOLLY!, ¡LLEGARON VISITAS!… — el ligero acento francés en su voz no pasó desapercibido para ninguno. Definitivamente en el influía la familia materna.
— ¡Hazlos pasar Victoire!, ¡ahora voy! — exclamó la señora Weasley desde algún lugar dentro la casa.
Hermione pasó saliva.
— Pasen — señaló la niña agitando su largo cabello rubio.
— Veela tenía que ser, ¡hasta olvidé mi nombre! — escuchó murmurar a Luna por lo bajo cuando se adentraron a la casa y Victoire se alejó, perdiéndose en la puerta que conducía a la cocina.
Harry aún conservaba la sonrisa en sus labios luego de la escena de Neville con los gemelos; y no pudo evitar compadecerse de su amigo. La que se le venía ahora que contrajera nupcias con Ginny. No solamente se unía a ella de por vida, sino a ése par, pensó con humor.
Al recordar los años de antaño, en los que la joven pelirroja creía estar enamorada de él, sintió una punzada de incomodidad y cierta añoranza en el pecho; por aquel entonces sus sentimientos eran dirigidos exclusivamente a Hermione por lo cual jamás notó el sufrimiento de Ginny. Quizás si hubiera sido más perceptivo, tal vez…
Meneó la cabeza dándole al whiskey, que le había llevado hacia un momento Bill, un trago. Querer a Ginny de una forma romántica era como si de pronto se sintiera atraído por Ron. ¡Agh!, se estremecía simplemente de imaginarlo. Ella siempre sería su hermanita pequeña. Una muy buena amiga y confidente. Nada más.
Se alegraba de sobremanera el que Neville fuera su futuro esposo, no había persona más buena que él para merecerla.
La vida parecía sonreírles.
No así a él; o al menos, no tanto como quisiera.
Hacia unas semanas Ginny había hablado con él, informándole que había encontrado a Luna, y por consiguiente a Hermione. Harry había pegado tal salto de alegría que hasta él mismo se sorprendió de su euforia; pero no era menos. Después, cuando Ginny le contó de su plan para traerla de vuelta, casi la hubiera besado, mas, se conformó con estrecharla en sus brazos como si la vida se le fuera en ello. Por eso la pelirroja había organizado ésa fiesta de compromiso, para anunciar la fecha de su matrimonio con Neville, y para traerla a ella.
Había pasado ya tanto tiempo desde la última vez que la vio y la extrañaba demasiado; añoraba las pláticas, las risas, las aventuras… su olor, su mirada, su sonrisa… la extrañaba a ella, a la que siempre estuvo ahí para y con él, y que muchas veces no pudo apreciarla como se merecía. Demasiado tarde se dio cuenta de cuanto habían cambiado sus sentimientos; muy lento se vio a confesárselos pues apenas tomó valor ella ya se había marchado de su lado.
Soltó un suspiro y miró con cierta nostalgia los terrenos que se extendían desde donde estaba sentado. Cada rincón estaba enlazado a un recuerdo compartido con ella.
¿Cómo se vería ahora?; no había duda de que siguiera igual de hermosa que en sus años en Hogwarts. Incluso más. Ahora ya tenía 24 años. Era una mujer. Una que merecía todo.
Se miró otra vez esperando lucir lo mejor presentable posible, pero nuevamente se sintió extraño, odiaba verse así; aunque tuviera que admitir que su vista estaba excelente luego de su operación, echaba de menos sus anteojos redondos; aquellos que tantas veces Hermione reparó. Y ahora sin lentes, con el cabello un poco más ordenado, una fina barba y bigote, pantalón negro y camisa azul, se sentía como un completo desconocido.
¿Y si no le gustaba a Hermione?, ¿si lo prefería como antes?
Sabía que a muchas mujeres les atraía, se le insinuaban con demasiada frecuencia para su desagrado; no obstante, eso únicamente aumentaba su incertidumbre. ¿Sería así con Hermione?… Bueno, en el caso de que se presentara, claro está.
Levantó la copa dispuesto a darle un trago, pero ésta quedó a medio camino hacia su boca cuando el grito de Victoire anunciaba la llegada de invitados.
— ¡Hermione! — murmuró ahogadamente, saltando por dentro.
Se levantó de un brinco y entró apresuradamente a la casa con el corazón en un puño, esperando encontrarse con ella cuanto antes.
Una mujer gordita, con un rostro cariñoso, engalanada con un vestido marrón salió a recibir a las visitas; sus castaños ojos se iluminaron de inmediato al ver quiénes eran los recién llegados, paradas en el recibidor de su casa.
— ¡Hermione!, ¡Luna!, ¡mis muchachas! — exclamó con los ojos anegados en lágrimas, prácticamente corriendo para abrazarlas al muy estilo Molly Weasley.
— Hola señora Weasley — la saludaron conmovidas por su reacción, dándole un beso en la mejilla a la menuda señora.
— ¡Años sin venir a verme, niñas ingratas!… — les reprendió mientras las soltaba, pasándose distraídamente una mano por los ojos, borrando el rastro de lágrimas — ¡Ay!, ¡pero cuanto han crecido!… — chilló emocionada — ¡Y están más hermosas que nunca! — les pellizcó las mejillas cariñosamente.
— Usted también está muy bien señora Weasley. Los años no le pasan — la halagó Hermione.
— Sigue igual que siempre — secundó Luna.
— Oh, basta ya — las censuró con las mejillas sonrojadas. Y dirigió su mirada a los dos hombres tras Hermione y Luna. Las dos amigas tomaron del brazo a su acompañante, sonriendo.
Ronald Weasley se encontraba tirado en el que alguna vez fuera su cuarto en la Madriguera, sus piernas se salían de la cama por los centímetros que había crecido en ésos años y los dejaba reposar sin gracia alguna sobre el piso; su miraba ceñuda dirigida hacia el techo, muestra innegable de su mal humor.
Menudo espectáculo el que hacían abajo. Mira que celebrar que Ginny se casara. ¡Ja!; era aún demasiado pequeña. Por Merlín, si parecía que apenas ayer había aprendido a atarse las agujetas. ¡Y se comprometía con Neville!, pensaba resollando con enojo.
— Mugroso traidor — masculló en un bufido.
No quería bajar para estar presente en, la que él consideraba que era, la mayor estupidez en la vida de su hermana y en la que, para rematar, lo harían tomar parte. Si hubiera sabido hace un par de años que el que él creyó era su amigo se robaría a su hermana, le hubiera partido la cara entonces.
Aunque pensándolo bien, ¿por qué no ahora?; sonrió con malicia. Ginny se lo perdonaría, después de todo, era su hermano. Eso valía más… ¿verdad?
Un prometido menos, sí, pero un hermano con el cual contar, se envalentonó.
No obstante, antes de llevar a cabo su cometido, torció el gesto al escuchar los inconfundibles pasos de la susodicha en la habitación.
— Vamos Ron, no seas malo, aun no es la boda… — le pidió por décima vez en ése día Ginny.
Ron bufó al escuchar la palabra "Boda" y le dio la espalda a su hermana.
— No pienso bajar. Vaya disparate el que cometiste ésta vez — gruñó con reprimenda.
— ¡Ronald!… — le censuró indignada.
Su hermano rumió algo entre dientes que no llegó a comprender. Por suerte para el pelirrojo.
— Mira, me voy a casar; así que hazte a la idea porque esto va ser de por vida.
— "De por vida", — repitió Ron con sarcasmo — entonces sí que será una "boda" larguísima. Si va durar toda la vida — se mofó.
— No intentes ser payaso porque lo único que consigues es comportarte como un cretino — le escupió sin miramientos.
— ¡Ah, encima me insultas! — se sentó, volteando a verla.
— Si el saco te queda… — insinuó con ponzoña.
Ron le entrecerró los ojos.
— Ya decía yo que ése Neville no traería nada bueno. Siempre con su carita de "no rompo un plato". Con su carácter "dócil" … — ironizó — No me quiero ni imaginar que tan lejos llegó a estar… — se estremeció. Las mejillas de Ginny se sonrojaron de indignación — ¡Ja!, no fue un plato, ¡toda la vajilla fue lo que se llevó!; menudo hijo de su…
— ¡Ron, basta ya!… — se le acercó iracunda, dándole un buen y merecido coscorrón en la cabeza. El pelirrojo soltó un gemido adolorido, llevándose las manos a la zona herida, contemplándola con indignación. Su hermana lo acribilló con la mirada — Amo a Neville, y él a mí. Si de verdad quieres mi bienestar como tanto dices, entonces acéptalo de una buena vez, porque en lo que a mí respecta, Nev siempre estará un paso por delante de cualquiera — le espetó cruzándose de brazos.
Ron apretó los músculos de su quijada, desviando la mirada a la pared opuesta.
— Tú tienes la culpa de esto — le espetó, volviendo a dejarse caer en la cama.
Ginny resopló exasperada, rodando los ojos.
— ¿Y ahora qué? — inquirió con poca paciencia.
— No es sólo por tu boda, — confesó a regañadientes — es… lo otro — replicó luego de una pausa.
Su hermana no necesitó que le explicara de qué hablaba. El tema había sido discutido durante toda la pasada semana; luego de que ella le comunicara a su familia acerca de su encuentro con Luna, y como existía la posibilidad de que ella y Hermione regresaran a sus vidas.
— Ya lo sé, y por eso mismo debes bajar.
— ¿Para qué?, ¿para ver cómo se marcha de nuevo?, no gracias. Ya pasé por eso — ironizó.
— Harry y tú necesitan hablar con ella… — le señaló.
— ¡Que lo haga él!, yo no quiero verla — repuso con gesto molesto.
— Sabes que eso es mentira… — se sentó a su lado — Ella es tu amiga — le recordó.
— Las amigas no te abandonan de buenas a primeras sin ninguna explicación — replicó dolido.
— ¿Y nunca te has preguntado por qué lo hizo?… — le preguntó.
— ¿Qué crees que he hecho estos malditos seis años?, ¿sentarme a tejer? — le espetó sin miramientos, sin dejar de contemplar el techo de su habitación.
— El punto aquí Ronald, es que ambos sabemos que las cosas deben arreglarse. Y más con Harry. ¡Debes bajar y apoyarlo! — rebatió testarudamente, incorporándose bruscamente y tirándolo de la cama.
— ¡Oye!… — se quejó levantándose y sobándose la cabeza — ¡Demonios Ginny!, ¿qué te ha hecho mi pobre cabeza eh?… — Ginny lo miró con los brazos cruzados — De acuerdo, de acuerdo, bajaré… Pero no prometo nada — agregó al ver el brillo de malicia en los ojos de su hermana.
Ginny sólo le sonrió y lo empujó hacia la puerta.
— Nadie te pide nada. Deja que las cosas se den.
— Oh, y Ginny… — se paró en seco en el marco de la puerta, mirándola inseguro — Umh… ehh… ¿Vendrá, tú sabes, vendrá Luna? — quiso saber.
Con una sonrisa risueña en los labios, Ginny lo jaló hacia abajo sin responderle. Ron volvió a resollar, ésta vez de impaciencia.
Harry estaba por doblar el pasillo que conducía hacia la estancia y se encontraría frente a frente con Hermione, su corazón palpitaba furiosamente en su pecho y su mano sudaba mientras sostenía el vaso que, sin darse cuenta, había traído con él. Inconscientemente su otra mano se fue a su cabello aplastándolo más. Y suspiró…
— Señora Weasley, le presento a William, mi novio — un sonido como de vidrio al romperse se escuchó cerca de donde estaban seguido de una puerta abrirse y cerrarse delicadamente, pero nadie le prestó atención a aquel hecho.
— Un placer.
Will le tendió la mano a la señora Weasley. Ésta lo contempló con cierta duda, pero no dijo nada, le dedicó una titubeante sonrisa.
— Y él es Terry, un amigo… — indicó Luna al rubio — Tal vez lo haya visto alguna vez en Hogwarts, estuvimos en la misma casa — Terry estrechó la mano de la señora Weasley, y ella le sonrió al joven mostrando un poco más de confianza hacia él.
— ¿Y de donde se conocen ustedes? — les preguntó suspicazmente a William y Hermione.
— Pues… — titubeó Hermione con una sonrisa nerviosa — es una larga historia — zanjó.
Will le rodeó la cintura, sonriendo encantador.
— ¡Hermione!, ¡Luna!, ¡si vinieron! — exclamó en ése momento Ginny bajando los escalones de dos en dos y lanzándose a sus brazos. Luna correspondió a su abrazo sonriendo feliz, mas Hermione no hizo ni el más mínimo intento de regresarle el gesto. Si Ginny se dio cuenta, no lo demostró.
Una vez desecho el abrazo las miró embargada de felicidad. Luna le sonrió, mas su sonrisa se mostró forzada al ver de reojo a Hermione, quien se limitó a mirar a quien venía detrás de Ginny. Y Luna, al captar quien estaba al pie de las escaleras y se acercaba lentamente hacia ellas, no pudo evitar que la sonrisa se borrara por completo de sus labios, su rostro palideció.
Ron se acercó cautelosamente hasta ellas sin saber que decir o hacer.
— Hola Ginny… — la saludó Luna captando su mirada por un segundo para después fijarse nuevamente en el pelirrojo — Ronald — dijo sin más, su voz escuchándose forzada. Ron se quedó parado al lado de Ginny sin decir nada, sólo mirando a las recién llegadas, en especial a Hermione.
— Hasta que te dignas a bajar Ronald, tu padre ya estaba por ir a buscarte — amonestó la señora Weasley a su hijo.
— ¿Terry?, — la pelirroja había captado apenas a los acompañantes de sus amigas — hola, ¿cómo has estado?… — lo saludó estrechándole la mano al rubio, éste le sonrió en forma de saludo. Aparentemente nadie se daba cuenta de la tensión del ambiente — Hola… — titubeó al ver a William.
— William, mucho gusto. Ginny, ¿cierto? — se presentó con una sonrisa.
— Así es, mucho gusto William, y… — seguía confundida.
— Soy el novio de Hermione — aclaró al ver su desconcierto.
Fue todo lo que Ron necesitó escuchar para marcharse del lugar, no sin antes lanzarle una fría mirada a Hermione y una de recelo al pelinegro.
— Ronald, no has… — la amonestación de la señora Weasley se perdió junto a Ron cuando éste desapareció al final del pasillo.
En definitiva, la fiesta había empezado, fue el pensamiento sarcástico que tuvo Hermione mientras veía marcharse al que una vez consideró su mejor amigo.
Harry se recargó en la puerta del estudio del señor Weasley y se dejó caer lentamente hasta el suelo, su mirada perdida en un punto muerto.
"Señora Weasley, le presento a William, mi novio", ésa frase hacía eco en su cabeza.
— Su novio — repitió con dolor pasándose una mano por el cabello. Estúpido lento, y tú pensando que todo volvería a ser como antes, suspiró sintiendo una opresión en la garganta.
— Hey Ron — saludó Neville al pelirrojo cuando éste apareció en el patio.
— Hola… — masculló secamente buscando a alguien con la mirada. Se inquietó al no encontrarlo — ¿Y Harry? — se dirigió a su cuñado.
— Adentro — se limitó a decir encogiéndose de hombros.
Abriendo los ojos con alarma; e ignorando el llamado de su sobrina Victoire para que fuera a jugar con ella y Teddy Lupin; dio media vuelta sobre sus propios talones y entró de nuevo a la casa como una exhalación; dejando a Neville también con la palabra en la boca.
— Vengan, los demás están afuera — les pidió Ginny a los recién llegados guiándolos hacia el jardín. Sin dejar de sonreírles a sus amigas.
Hermione suspiró pesadamente, siguiéndolos ligeramente rezagada del grupo.
— Tranquila, pronto acabará — le susurró Will a Hermione, entrelazando sus dedos en una muestra de apoyo.
— Te equivocas, — le dijo en respuesta, su mirada extrañamente serena. Will le enarcó una ceja — esto apenas comienza — manifestó con voz de ultratumba.
— ¿Harry?, ¿estás ahí, hermano? — preguntó una voz al otro lado de la puerta, tocando dos veces. El aludido se levantó de donde estaba, permitiéndole el paso a su amigo.
La puerta se abrió lentamente y el pelirrojo entró cerrándola tras de sí.
— ¿Viste a Hermione?… — fue lo primero que preguntó Harry al verlo, sintiendo un nudo en la garganta mientras se sentaba en un sillón. Ron asintió sin saber que decir — Tiene novio, ¿sabes? — hizo una mueca, cual recibiera un golpe.
— ¿Los viste? — le cuestionó preocupado.
— No, únicamente escuché cuando lo decía; no la he visto… — expresó con amargura. Ron se sentó frente a él — ¿Cómo está ella?… — le preguntó con interés. El pelirrojo se encogió de hombros restándole importancia.
— ¿Estarás bien?; si quieres nos podemos ir y… — lo miró con inquietud.
— No, — negó débilmente con la cabeza — yo estaré bien, de verdad. Quiero verla. Además, es la fiesta de tu hermana, no se la podemos estropear — se aclaró la garganta, levantándose.
— Pues por mí no hay problema si la estropeamos — masculló Ron con desdén antes de salir.
Todos platicaban alegremente con Hermione y Luna. Todos los Weasley, Neville, Fleur, Angelina, Katie y Penelope las habían saludado efusivamente después de tanto tiempo sin verlas; aunque Percy tuvo que simular la sorpresa pues nadie sabía (a excepción de Ginny) que trabajaba junto a Hermione y a veces también veía a Luna. Otros que también tuvieron que simular fueron Remus, Nymphadora y el pequeño Teddy; con el cual se vieron en ligeros problemas pues apenas las vio aparecer quiso correr hacia ellas; si no fuera por su padre, quien pacientemente le explicó entre susurros que no podía hacer eso, el pequeño hubiera delatado a su familia. La abuela de Neville, quien también estaba ahí, se limitó a saludarlas con algo de formalidad muy propia de ella.
Luego de los respectivos saludos, y una que otra pregunta indiscreta por parte, obviamente, de los gemelos. Éstos mismos hicieron bromas referentes a que William y Terry no las querían compartir y era por eso que no las veían. Todos habían reído, aun cuando la señora Weasley fulminó con la mirada a sus hijos por semejante comentario.
Se "enteraron" también de lo que había sido de ellos:
Fred y George seguían con su tienda de sortilegios, ahora por toda Inglaterra; sus novias habían jugado Quidditch unos años más hasta que finalmente se decidieron por la Medimagia.
Fleur mejoró su inglés y trabajaba, cuando tenía tiempo; pues prefería estar con su hija y esposo; en una nueva librería en el Callejón Diagon, una pequeña franquicia francesa, donde su idioma bilingüe le ayudaba mucho.
Charlie seguía en Rumania trabajando con dragones, sin compromisos; "casado con su vocación"; como él mismo manifestó con solemnidad.
El señor Weasley trabajaba aun en el Ministerio, sólo que ésta vez como jefe de su departamento.
Neville como profesor en Hogwarts.
Nymphadora era ama de casa; Remus reconocido miembro del cuartel de Aurores y maestro de temporadas en Hogwarts.
Y Ginny dueña de su propia tienda de Herbología en el callejón Diagon, además de un invernadero que junto a Neville habían construido ahí en La Madriguera.
Luna y Hermione se limitaban a reír y hacer comentarios de vez en cuando, pero cuando Ginny se acercaba y quería entablar conversación con la castaña, ésta la evadía preguntando sobre cualquier cosa a los demás o alejándose disimuladamente de ahí. Ocasionando el desconcierto y tristeza de la pelirroja.
No obstante; si bien reía, sonreía y platicaba alegremente con los que una vez fueron como su segunda familia, Hermione no podía negar que, aunque la alegría se reflejaba en su rostro, ésta jamás llegaba a sus ojos y corazón. Una parte de ella estaba encantada de estar ahí nuevamente, pero la otra solamente quería salir corriendo y gritar de impotencia. Sus ojos una y otra vez se dirigieron hacia los extensos jardines, a la puerta de La Madriguera, incluso al cielo estrellado, sin embargo, por ningún lado encontraba lo que tanto tiempo había estado perdido para su corazón… el amor.
No podía negarlo más. Al diablo con todo. ¡Lo extrañaba!… ¡y cuanto lo…!
— Pero faltan algunos… — comentó Bill de pronto mirando a todos lados, trayéndola a la realidad — ¿Dónde están Harry y Ron?
— Aquí vamos, aquí vamos — se escuchó Ron a su espalda, con voz de aburrimiento.
— ¿Y Harry? — interrogó el señor Weasley, girándose a verlo.
— Aquí estoy.
El mundo se paralizó.
El viento, que hasta hacia unos segundos agitaba su cabello con una suave brisa, dejó de correr; el sonido de algunas aves nocturnas se extinguió; los quejidos de algunos gnomos renuentes de irse aun a su madriguera callaron. La llegada de Harry detuvo el universo de Hermione.
La castaña se sintió desvanecer al escuchar aquella voz; sus rodillas se sintieron de pronto cada vez más débiles, como si se hubieran hecho de gelatina; un nudo se formó en su garganta y los ojos se le pusieron cristalinos por las lágrimas que, sin darse cuenta, había reprimido. Sentía que todo se le estaba viniendo encima.
El brazo que rodeaba hasta ése entonces su cintura cayó inerte a un lado. O quizás fue ella quien lo apartó. No lo sabía. Simplemente lo sintió de pronto como una prisión, una que la dejaba libre de pronto.
Libre para su huida.
No podía con esto, no quería quedarse, quería irse, desaparecer como hacía seis años, pero su cuerpo no reaccionaba. ¿Por qué rayos no hacía algo?, pensaba desesperada, queriendo gritar. ¡Jamás debió haber aceptado ir!… Era obvio que sus sentimientos no habían cambiado. Lo seguía amando… y se odiaba por eso.
— Hola… Hermione — la saludó Harry a su espalda con voz añorante.
Con un gran esfuerzo, la castaña se giró a encararlo; todas las miradas puestas sobre ellos.
¿Qué se suponía que debía decir después de seis años?; no podía siquiera encontrar su voz. El mundo le daba vueltas, y el molesto martilleo en su oído causado por su corazón frenético la enojaba de sobremanera. Traidor, lo acusó.
— Hola Harry — respondió gélidamente, sin dignarse a verlo a la cara.
Todos se quedaron de una pieza al escuchar el tono de la castaña. Harry arrugó el entrecejo, desconcertado; miró a Ron a su lado, mas, el gesto adusto de su amigo lo inquietó más.
— Bueno chicos, es hora de servir la cena — llamó la señora Weasley sumamente incómoda. Todos entendieron la indirecta y disimuladamente se fueron alejando, dejando únicamente al que una vez fue el trío dorado. Terry y Luna habían jalado a Will para que dejara a Hermione con Ron y Harry.
— Que gusto verte Herm — comentó con sarcasmo Ron.
— Ronald — se limitó a decir la castaña.
— Creo que tenemos que cosas de que hablar, Granger — sentenció despectivamente el pelirrojo; y antes de poder replicar algo, Hermione se vio arrastrada hacia el interior de la casa por una mano de Ron firmemente aferrada a su brazo. Harry los seguía de cerca, casi custodiándolos.
William avanzó un paso al advertir que se llevaban a Hermione, mas Luna lo detuvo a tiempo.
— Estará bien, no le harán daño…
— Dijiste que no la dejarías sola. ¡Yo también se lo prometí! — rebatió.
— Lo sé. Pero a diferencia de ti, yo mentí — confesó sin vergüenza alguna.
— ¿Qué? — la miró de golpe.
— Will, entiende. Hermione no será Hermione hasta que su corazón esté tranquilo. Y eso no será hasta que hable con ellos — le hizo razonar.
— Hablar, claro. ¡Tú misma viste como la tomó ése imbécil! — masculló con los dientes apretados, evitando gritar de furia.
Terry le puso una mano en el hombro tratando de tranquilizarlo, pero éste se la sacudió con brusquedad.
Los demás los veían con algo de recelo. No así los gemelos que se secreteaban algo sonriendo burlones.
— No la dañarán Will — señaló Terry.
— ¡Ja!, ¡cómo si pudieran hacerlo más! — espetó con resentimiento. Luna colocó una mano en su hombro dándole una sonrisa tranquilizadora.
— Deben hablar William — sentenció en tono suave.
Will apretó la mandíbula. Maldita la hora en la que la convencí de venir. ¡Maldita sea!, blasfemó para sus adentros.
— ¡Suéltame Ron!, ¡puedo caminar sola! — se quejó Hermione liberándose del agarre del pelirrojo con brusquedad. Éste no intentó sujetarla de nuevo, se limitó a señalarse con la cabeza hacia el interior del despacho de su padre con una dura mirada en el rostro. Con un pequeño sonido de resignación y frustración, la castaña entró.
Harry y Ron la siguieron en silencio. El pelirrojo con las orejas rojas de coraje y el pelinegro con el semblante alicaído.
Ron cerró la puerta tras ellos bloqueándole la única salida a la castaña por si quería huir de nuevo.
En todo ése tiempo Hermione había evitado cruzar miradas con Harry, pero ahora, literalmente encerrada con ellos en ése pequeña habitación, le fue simplemente imposible hacerlo.
Había cambiado, fue su primer pensamiento al verlo. Su rostro, sus lentes ya no los usaba, tenía barba, era incluso más alto y fornido, y su cabello antes rebelde ahora casi perfectamente peinado… ¡Por Merlín, se veía tan guapo!, que se sintió repentinamente cohibida por la mirada que le dirigió él, mirándola de pies a cabeza y perdiéndose en sus ojos.
Desvió la mirada inmediatamente y pudo apreciar a Ron, con su cabello largo hasta las orejas, una camiseta blanca con estampado rojo, pantalones de mezclilla negro, un saco negro y unos tenis deportivos, se veía muchísimo más alto y atlético; pero lo que más le llamo la atención fue su mirada, ésos ojos azules siempre risueños ahora estaban oscurecidos por el resentimiento.
— ¿Qué es lo que quieren? — les preguntó secamente Hermione, cruzaba de brazos y viendo a otro lado.
— ¡Tu explicación al porque te fuiste sin decir nada y desapareciendo de nuestras vidas, así como así! — sentenció Ron a quemarropa. Hermione suspiró, paseando la mirada por la habitación.
— Me fui porque ya no tenía nada que me atara a Hogwarts…
— ¿Atara? — le preguntó Harry en voz alta, más desconcertado aún.
—… y no me comuniqué con ustedes porque estuve muy ocupada — se defendió, sorprendiéndose a sí misma por tener aun la capacidad de hablar y mentir frente a ellos.
— No tuviste tiempo… — satirizó Ron soltando una lacerante carcajada — ¿Escuchaste Harry?, no tuvo tiempo, ¡pobre!… — ironizó — ¡MIENTRAS NOSOTROS SI PERDÍAMOS EL NUESTRO ESCRIBIENDO Y ESCRIBIENDO COMO IDIOTAS! — vociferó perdiendo momentáneamente el control; algo muy propio de él.
— No me grites, Ronald Weasley — le amonestó indignada.
— Y tú no mientas, Hermione Granger. No somos tan idiotas como piensas.
— Bueno, al menos aceptan que lo son — golpe bajo de Hermione. Un músculo de la mandíbula de Ron se tensó adquiriendo un tic de enojo y sus ojos chispearon indignación.
— ¡Se están tardando! — se quejó William con ansiedad. Luna negó con la cabeza exasperada por su comportamiento.
— Es natural, tienen mucho de qué hablar.
— Tranquilo Will. Conozco a ése par, no matarían ni a una mosca. Además, siempre la han querido demasiado como para siquiera pensar en hacerle daño — le habló Terry.
— Chicos, ¿cenan?; creo que los demás se tardarán un poco — los llamó la señora Weasley indicándoles que tomaran asiento.
Luna y Terry compartieron una mirada con Will. Éste los miró asintiendo, aunque por dentro quería correr a donde estaba Hermione y darle su merecido a ése tal Potter.
— ¡Dinos Hermione!… — pidió Harry; casi suplicó — ¡Merecemos una explicación después de seis años sin noticias tuyas!
— ¡Ya les dije!… — exclamó con fastidio, mirándolos apenas un segundo y desviando inmediatamente la mirada hacia otro lado. Cosa que estaba exasperando a Ron — Nada me ataba a Hogwarts y estuve ocupada durante éste tiempo; así que ¡déjenme en paz! — pidió entre dientes.
— Pero si tuviste tiempo para tu noviecito ¿no? — ironizó el moreno sin poder contener el tono de celos en su voz.
— ¡Eso no te incumbe! — le espetó Hermione. Si creían que los dejaría meterse con Will, estaban muy equivocados.
Era inaudito. Años sin verse; de querer olvidar; de mentirle a su corazón diciéndole que nada la unía a ellos excepto su conexión con el mundo mágico; de repetirse noche tras noche, lágrima tras lágrima, que ellos jamás se interesaron en ella. Y ahora fingían preocupación. ¡Por favor!
Siempre fueron así, pero demasiado tarde se dio cuenta que solamente la usaban. Porque si de verdad la conocían tanto como manifestaron en el pasado, se hubieran dado cuenta de lo que le pasaba, pero no fue así. Al contrario.
Harry tuvo el descaro de…
Bajó la mirada. No podía con esto. Era demasiado.
¿Dónde estaba Will en éstos momentos?, ¿a dónde se había ido?, lo quería con ella; a él que fue su pilar del cual sostenerse cuando se sintió caer; a él que fue su hombro en el cual se desahogó cuando no podía con el dolor; a él que fue su aliento cuando quería renunciar a todo. Pero, sobre todo, a él que fue su única fuerza para seguir adelante.
— Vieras que si… — siguió Harry, sin dejarse amedrentar por su mirada molesta — ¿De dónde es?, ¿qué hace?, ¿dónde lo conociste?, ¿por qué sales con él?; ¿es mago al menos? — bombardeó de preguntas acercándose más a ella.
— No tengo porque contestar tus estúpidas preguntas — zanjó Hermione, alejándose los pasos que Harry había avanzado.
— ¡Estábamos preocupados por ti! — se exasperó Ron, acercándose también.
— ¡Ja!, preocupados, — satirizó atreviéndose a mirarlos de frente — ¡pues no lo noté luego de que dejaron de buscarme! — les comentó dolida.
— ¡Ahora resulta!… — se desesperó Ron dejando salir un sonidito de incredulidad — Primero dices que no nos escribías porque no tenías tiempo, luego nos llamas idiotas por escribirte, ¡y ahora te molestas porque lo dejamos de hacer!… — señaló con los dedos — ¡¿QUÉ DEMONIOS QUERÍAS EH?! — inquirió, acercándose cada vez más. La tenían acorralada contra la pared, sin permitirle alguna salida.
Hermione les sostuvo la mirada, y antes de saber de dónde sacaba el coraje, soltó lo primero que pensó y sintió…
— ¡QUE ME PIDIERAN QUE VOLVIERA!, ¡QUE ME BUSCARAN SIN DESCANSO!, — exclamó, al fin sacando algo de verdad — ¡QUE ME TRAJERAS DE VUELTA! — le gritó a Harry en la cara.
Sus palabras hicieron eco en las cuatro paredes; mas, cuando Harry y Ron pudieron reaccionar, Hermione ya había abandonado la habitación aprovechando sus lapsus de inconciencia.
Sentía como si sus pulmones no recibieran oxígeno, como si el mismo aire fuera tóxico, la garganta le escocía al igual que una fuerte presión en el estómago y pecho la obligaban a caminar un tanto encorvada. Años sin saber de ellos, sin verlos. Y ahora esto, pensó con dolor la castaña.
Caminó como pudo hasta las escaleras y se dejó caer en ellas respirando pesadamente. Y nuevamente el hueco que había en su corazón se abrió, una lágrima vino y luego otra, y otra. No supo en que momento su cuerpo empezó a convulsionarse por los sollozos que se negaba a dejar escapar. Ni cuando se abrazó a si misma deseando que sus brazos fueran los de él. O cuando lo llamó en susurros. Sólo fue consciente que nuevamente su corazón había abierto su herida, la cual duró seis años en cicatrizar.
En definitiva, las cosas apenas empezaban, y sabía que, a partir de ése día, seguirían muchos más de lágrimas y heridas lacerantes.
— Harry… — lo llamó titubeante Ron luego de unos minutos.
El moreno negó con la cabeza y se dejó caer en el sofá, tomándose la cabeza entre las manos.
— Debí… debí intentar… No debí darme por vencido tan fácil… Debí intentar más… Yo… — la voz se le quebró mientras las lágrimas inundaban sus ojos — Fui tan ciego Ron.
La había perdido, a su amiga, a la chica… a Hermione.
Rencor fue lo único que sintió en cada palabra dirigida hacia él… Y luego cuando dijo que quería que la trajera de vuelta.
Pero no, le había fallado, le falló a la familia Weasley, a Ron, a él, pero sobre todo a ella. Ella que siempre estuvo ahí para él; que lo encontraba en los momentos difíciles. Sólo necesitaba que él la encontrara una vez. Una sola. Y él le había fallado miserablemente.
Un fuerte suspiro salió de sus labios mientras trataba de retener el llanto y miraba el suelo a través de sus manos.
El peor error no había sido ser tan lento, ahora lo sabía. Fue su ceguera. Aquella que no le permitió abrir los ojos antes y darse cuenta que la amaba. Aquella que la dejó ir.
— Nunca es demasiado tarde… — le llegó la voz de su amigo — Tú la amas. Demuéstraselo. ¡Lucha por ella! — lo alentó, palmeándole el hombro.
— Nunca es demasiado tarde… — se repitió Harry. Recordando que había vuelto a su vida. Eso debía ser una señal, pensó. Una oportunidad de la vida — Nunca es demasiado tarde…
Se levantó, se restregó los ojos y salió del despacho apresurado; dejando ahí a un esperanzado y sonriente Ron.
— ¿Por qué tardaste tanto?, ya sirvieron la cena… — inquirió William apenas vio a Hermione salir y apresurándose a llegar junto a ella — ¡¿Estás bien?! — agregó con preocupación.
— Estoy bien — disimuladamente se secó una lágrima.
— ¡Tenía tanto miedo de que te hiciera algo! — confesó, estrechándola fuertemente entre sus brazos. La castaña se dejó llevar por ésa sensación de paz que su amigo siempre le transmitía. Era lo único que necesitaba en ése momento.
Harry, quien acababa de salir, se detuvo en seco al ver a la pareja abrazada, con un único pensamiento en la cabeza: Tal vez si es demasiado tarde.
Mas dejó de pensar en ello cuando sintió una suave palmada en el hombro por parte de su mejor amigo. Quien lo alentaba a unirse a los demás.
Todos reían, platicaban, celebraban, felicitaban a Ginny y Neville por su recién anunciado compromiso… Todos, excepto cuatro personas. Hermione, Harry, Ron y William se encontraban lanzándose dagas por los ojos; bueno, más bien eran Hermione contra Ron; y William contra Harry.
¿Qué se cree ése tipo pomposo?, ¿un súper modelo?, ¡estúpido!, pensaba Harry con celos.
¿Qué puedes tener para que Hermione sufra tanto por ti?, ¡eres sólo un tonto queriendo jugar al héroe cuando destruyes a la única persona que dio todo por ti!, pensaba William mirándolo con ganas de estrangularlo.
No tienen ningún derecho de reclamarme nada, pudieron ir fácilmente al Ministerio de Magia y en cosa de minutos les habrían dicho dónde estaba, pensaba Hermione mirando ceñuda a Ron.
Se va por años y sólo regresa para insultarnos y restregarnos en la cara lo feliz que es con ése imbécil. ¡Si supiera!… pensaba Ron fulminando a Hermione con la mirada.
Ya eran las 2 de la mañana y sólo quedaban los señores Weasley, los novios, Harry, Ron, Hermione, Luna, William y Terry.
Casi todos estaban hablando sentados en la sala exceptuando a dos jóvenes que paseaban por el inmenso patio de La Madriguera y otro que había salido a hurtadillas de la casa.
— Deberíamos irnos, esto sólo te hace daño. Fue una pésima idea aceptar venir… — opinó William observando como Hermione se recargaba en la cerca y se quedaba viendo el firmamento — Lamento tanto haberte motivado a hacer esto.
— Me hará daño a donde quiera que vaya — suspiró. El pelinegro se acercó a la castaña y la abrazó delicadamente, apoyando su barbilla en su hombro, para poder ver su triste pero hermoso rostro.
Harry caminó sigilosamente hasta el patio tratando de buscar a Hermione y su novio. Aunque luchara contra sí mismo, algo dentro de él lo jalaba hacia donde estaba la castaña, seguramente bien cariñosa con el tal William. Vislumbró a lo lejos a los susodichos y algo caliente corrió por sus venas al verla abrazada de aquel hombre. Se acercó discretamente.
— Gracias por estar aquí Will — le agradeció la castaña dándose media vuelta para verlo.
— Siempre estaré aquí para ti — le susurró en respuesta.
Y antes de poder hacer algo para impedirlo o querer hacerlo, William tomó el rostro de Hermione entre sus manos y unió sus labios a los suyos; la castaña, sin saber de dónde había nacido ése gesto de su mejor amigo, se encontró a si misma cerrando los ojos. Queriendo borrar con ése beso el amor hacia alguien que no lo merecía.
Mientras a unos metros más allá, Harry se quedaba estático al ver la escena frente a sus verdes ojos. Algo dentro de él se rompió y una lágrima corrió por su mejilla.
