Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 2
Rin se había quedado mirándolo.
Se dio cuenta de que lo estaba haciendo, pero no antes de que Sesshomaru le dirigiese una mirada directa, y de que por un instante sus miradas se cruzasen: la de ella paralizada, la de él dorada, ardiente y maravillosa, absolutamente deslumbrante en aquel rostro masculino de una perfección sin tacha, inhumana… perfecto… perfecto, con una perfección más allá de la meramente artística de un rostro dibujado por un artista, más allá de todo, solo alcanzable en sueños.
Fue un momento de lo más extraño. Miró a Rin como si la hubiese visto el día anterior. Pero habían pasado 4 años desde la última vez que lo había visto. Desde que tenía 18 años.
La mirada se apartó de ella. Inouye se le acercaba, hablándole con voz tranquila y familiar. Los labios del hombre se curvaron ligeramente, sin llegar a dibujar por completo una sonrisa ante Inouye, pero de repente Rin pensó: «La quiere».
Claro. Formaban una pareja que casi tentaba al destino, de tan bien que encajaban. Ella de una belleza perfecta y dorada y un dios radiante que brillaba como la luna. Estaban hechos el uno para el otro.
Ah, bien.
—Rin- se dirigió a ella sin mirarla Rin era consiente que ese era todo un reconocimiento.
La señora Kai se apresuró a reverenciar y adular a los Youkai. Inouye solo se limitó a confirmar que había hecho su elección mientras Sesshomaru se volvía para salir del taller.
Rin bajó la vista e hizo como si se ocupase de las sedas. Cuando miró por debajo de las pestañas, vio que él no había salido sino que estaba contemplándola.
No era capaz de comprender lo que aquel rostro mostraba. En el momento en que lo descubrió mirándola, él se dio la vuelta, y Rin no pudo decidir si aquel interés era solo producto de su imaginación esperanzada. No era que quisiese que él mostrase interés (ella lo conocía suficiente para no esperar eso). No era más que una fantasía por su parte. La belleza de su amo era tan impresionante… Un auténtico regalo para la vista que no podía sino admirar.
Pero… era curioso. Recordó de repente la sensación de no estar sola en su habitación y en cierta forma, aquella presencia le parecía similar a la de su amo. Familiar. Y, sin embargo, no podía ser; la forma de moverse de su amo era algo único, con aquella gracia controlada y concentrada que exhibía, enfundado en su atuendo usual. Sus anchas espaldas, su alta figura, aquellas impresionantes pestañas plateadas y los ojos color dorado ya habían quedado grabados de forma indeleble en la memoria de Rin. No podía ser, si su amo hubiese entrado en su cabaña ella no lo habría notado a menos que el quisiera. Lo único que se le ocurría era que tal vez, en alguna ocasión, hubiese soñado con un héroe resplandeciente, y mente confundida quería pensar que era su amo que venía por ella.
Estaba tan absorta en contemplarlo con disimulo que pegó un respingo cuando el lacayo le murmuró algo al oído. Bajó la mirada y vio en la mano un pergamino sellada con la figura de un lobo.
—Para Rin. —Y el criado se la entregó.
Todos la miraron excepto la señora Kai, que continuó hablando sin pausa. Rin sintió que el rubor le inundaba las mejillas. Tomó el pergamino de manos del criado y la escondió a sus espaldas, desesperada al no tener donde esconderlo.
La voz de la señora Kai no se detenía, pero, de súbito, levantó la vista y miró directamente hacia Rin durante unos instantes. Rin dejó caer rollo al suelo y la cubrió con sus ropas. Tragó saliva, bajó la mirada y con manos torpes se ocupó de la seda.
No necesitaba abrir la misiva. Carecía de importancia la identidad del dueño del sello: una nota de esas características solo podía significar una cosa, y tener un único fin.
Eso era lo que la señora Kai había tenido en mente cuando dijo aquello de «veré lo que se puede hacer». Rin se sintió horrorizada y humillada, furiosa con la señora Kai, y a continuación llena de disgusto al pensar que quizá era eso lo que su jefa había pensado que le estaba pidiendo. Muchas de las jóvenes empleadas salían con hombres… pero no… Aquella no era forma de hacer las cosas, delante del resto de las chicas y de su señor.
La habían etiquetado en público, su posición había quedado al descubierto. La habían vendido por el precio del uniforme de seda verde y una cinta.
A su alrededor el trabajo seguía su curso. Cuando reunió fuerzas suficientes para levantar la vista, las damas ocupaban la misma posición. En medio de todo, el señor Sesshomaru seguía mirando al exterior como si se dispusiera a salir. Él también habría visto la carta, estaba segura. Todos la habían visto, pero por supuesto nadie prestaba atención a los asuntos de una mujer aprendiz de modista.
Las damas se levantaron para marcharse. Rin no tuvo elección; se vio obligada a apartarse del lugar en el que había tirado la carta con tanto ímpetu para despedirse. El señor Sesshomaru había empezado a caminar hacia el exterior. Antes de que Rin pudiese coger la carta de forma discreta, Inouye la llamó por su nombre, porque había decidido escoger otra seda. Rin acababa de presentarle una de color violeta, cuando el Youkai regresó.
—Ven y dinos, Sesshomaru. —Inouye se colocó la seda alrededor del cuello y adoptó una actitud coqueta—. ¿Cómo ve esto tu fantasía masculina?
Para cruzar la estancia él tuvo que pasar por donde se encontraba la carta, pero no miró hacia ella ni hacia Rin.
Más, justo en aquel momento, Inouye descubrió la misiva y se la señaló sin aparente intensión.
—Me parece que a la señorita Rin se le ha caído su nota. —Al parecer con inocencia—. ¿Por qué no se la recoges?
Por supuesto él no lo hizo. Llena de horror, Rin aceptó el rollo de mano de Jaken, al tiempo que este murmuraba su indignación. El sello había estado visible en el lugar donde había caído la carta.
No fue capaz ni de darle las gracias. Le era imposible levantar la mirada. Cuando Inouye reclamó alegremente que el volviese a prestar atención a ella Rin deseó estar muerta y a salvo de la humillación, escondida bajo una lápida sin nombre en un recóndito cementerio a millas de distancia.
Escuchó con atención el monologo de Inouye y descubrió que su expresión estoica inicial escondía una actitud muy parecida a la de la madre de Sesshomaru, con sus falsas emociones y sus expresiones teatrales. Sin embargo era obvio que se conocían entre ellos igual de bien que los miembros de cualquier familia y al observar como su amo soportaba aquel despliegue entendió.
«Están enamorados —pensó Rin—. Por supuesto. ¿Por qué no iban a estarlo?»
Justo cuando pensó que se marchaban Inouye se demoró un instante, poso su mirada en Rin y dijo:
—Yo siempre he dicho que los humanos son bueno haciendo sedas.
Rin hizo un gesto de asentimiento y esbozó una sonrisa forzada, desconcertada sin entender como tomarse esas palabras, supuso que Inouye creería que eso era un halago. Sesshomaru salió sin dirigir otra palabra a Rin, pero ella no se extrañó en lo más mínimo.
Rin agarró el rollo y salió disparada hacia el desierto pasillo de los dormitorios antes de detenerse, jadeante, y rasgarlo hasta abrirlo.
Mí querida Rin:
El pasado martes la admiré desde lejos, mientras se ocupaba junto a la señora Kai de hacer los ajustes a los trajes de las damas. Pero soy de la opinión de que alguien como usted debería contar con un bonito atuendo propio, y me sentiría muy honrado de poder proporcionárselo personalmente, por medio de un Kimono a tono con su persona. Quedo devotamente a sus órdenes.
Kinomoto
Rin apretó la nota entre los puños. Por aquello no pasaba; no permitiría que la insultasen así… «La admiré desde lejos». ¡Semejante indecencia! Ni siquiera sabía quién podía ser el tal «Kinomoto», y por supuesto no sentía el más mínimo deseo de que se lo presentasen. Qué cosa más horrible y más vulgar que se la comiesen con los ojos como si de una… una mujer innombrable.
Debería haberse ido con su señor. La anciana Kaede y la sacerdotisa Kagome opinaban que su lugar era en una aldea donde tuviera perspectivas matrimoniales. Pero seguro que al lado de su señor no se vería obligada a soportar algo así.
¡Admirada desde lejos, sí hombre! ¡Menuda desfachatez! tiró los pedazos de papel por una ventana abierta. Ya en el cuarto de atrás, se arrancó la cinta del pelo y casi se disloca un brazo con la prisa despojarse del odioso kimono.
Cubierta ya con las vestimentas propias, se dirigió con paso firme al salón a plantarle cara a la señora Kai, aquella descarada falsa y repugnante, y a arrasar con todo a su paso.
Camino hasta su cabaña. Aunque en un principio había creído que podría seguir con su vida normal tras la muerte de la anciana Kaede, le había tomado poco tiempo descubrir que para una huérfana de dudoso origen que además era la "protegida" de un Youkai era muy difícil sobrevivir sola. Necesitaría encontrar otra ocupación pronto porque se negaba a ser una carga para la sacerdotisa Kagome que le había ofrecido un lugar junto a su familia.
Aquella situación no iba a durar mucho, por supuesto que no. Rin iría a visitar a la sacerdotisa y ella le proporcionaría el respaldo y la respetabilidad necesaria para no ser una simple huérfana.
Como era temprano camino disfrutando de los olores y sonidos de la aldea, escuchando retazos de conversaciones en voz baja, sobre noticias que traían los forasteros, noticias de guerras, saqueos y violencia. Ella sabía de primera mano los que resultaba de todo aquello… Muerte y soledad.
Pero no en su aldea. Aquí no, aquí estamos en paz pensó mientras continuaba su camino.
Cuando pasó ante la posada de la aldea, se detuvo para desearle buenas noches al dueño. Pero no estaba así que encargó al joven hijo (un joven de su edad) que allí se encontraba que le transmitiese sus saludos, y el inclino en gesto de respeto y le aseguró que así lo haría.
Continuó su camino hasta que se topó con la esposa del terrateniente.
—Vaya, ¿y esto qué es? —Miró a Rin con sus ojos saltones de color azul pálido, que mostraban el mismo movimiento lento y mecánico que los de una muñeca—. Ha salido temprano, señorita.
La señora Tositivo siempre trataba a Rin con deferencia, pero tenía una forma de mirarla de reojo cuando bajaba la vista que resultaba de lo más desagradable.
—Sí —contestó Rin—, un poco temprano.
Hizo una reverencia y luego sigui caminando.
— ¿Se ha olvidado la cesta —preguntó la Tositivo—, la cesta con las bonitas sedas?
Rin se detuvo y giró la cabeza.
—Buenas noches.
— ¿No hay cesta? —La voz de la patrona adquirió un tono agudo—. No la habrán despedido, ¿verdad?
—Claro que no, señora Tositivo. Le deseo buenas noches.
Y, tras repetir el saludo, se apresuró seguida del tembloroso murmullo de la patrona. Aquello no podía funcionar. La señora Tositivo sabía todo de todos, pronto todos hablarían de Rin la que no sirve para nada, Rin la que no se casara, la que pasea con los demonios, la que no tiene a nadie. Rin se recogió la falda y se mordió los labios. Al llegar su cabaña, abrió con llave la puerta de su habitación, entró y cerró tras de sí.
Era su único hogar, que pasaría cuando los aldeanos empezaran a inquietarse por su falta de recursos propios. Antes la anciana Kaede había sido su respaldo, pero ahora no tenía a nadie y no se humillaría dejando que la sacerdotisa Kagome la mantuviera. Tendría que buscar un esposo. Por lo pronto quería dormir y olvidarlo todo.
Al cerrar los ojos, pensó en Inouye y en la madre de Sesshomaru, y en cómo siempre tendrían alhajas que ponerse para resaltar el color de la piel y en los palacios con sirvientes en los que vivían. Tras flotar entre imágenes vagas y fantásticas, en un torbellino de sedas y voces, despertó con un sobresalto y se encontró con la estancia sumida en la oscuridad. Por un momento, se adueñó de ella la confusión, ya que tenía la impresión de haber dormido apenas unos minutos, no de que hubiesen transcurrido horas.
El corazón le latía de nuevo con fuerza y resonaba en sus oídos en medio del silencio circundante..
Los ojos se le cerraron aunque intentó mantenerlos abiertos. De algún lugar le llegó la sonrisa de Inouye, fría y bella, mientras posaba la mirada en Rin. La anciana Kaede la urgía a despertar. Despierta, despierta, despierta, pero era incapaz de abrir los ojos. Se sentía tan cansada… Tendría que dormir en la calle, pero no importaba. Se inclinó para tomar el bastón… y la mano de un hombre se interpuso. Estaba allí, allí de verdad, en su propia habitación. Tenía que despertarse… tenía que hacerlo… tenía que hacerlo…
En el sueño, él la agarró de la muñeca, la atrajo hacia sí y la ciñó contra el pecho. No sintió miedo. No lo veía, pues no podía entreabrir los pesados párpados. Pero se sentía tan segura, rodeada por sus brazos, tan segura y cómoda… Completamente a salvo.
