Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.

Capítulo 3.

Deberías estar casada—dijo a Rin la sacerdotisa Kagome. Que si bien venia de otro tiempo, entendía que en aquella época era lo correcto a la avanzada edad de 22 que tenía Rin.

Desgraciadamente, la mujer de más edad no se extendió en explicaciones de cómo alcanzar aquel objetivo deseado, sino que continuó sentada.

—No me agrada que vivas sola —continuó mientras unía con delicadeza los—. Piensa en los peligros si fuéramos atacados.

—Eso no pasara —dijo Rin tensa—Además ya sobreviví una vez.

-Qué hay de los hijos, ¿no quieres tener hijos?

Rin guardo silencio, por supuesto que quería, pero por el momento le preocupaba más alimentarse.

—Puede que acepte una proposición si recibo una- La sacerdotisa no contestó, siguió asintiendo con la misma lentitud.

—Me llena de tristeza —dijo de repente— imaginarte sola en esa cabaña. Me gustaría que lo meditases, Rin. Puede que a la anciana Kaede no le hubiese gustado, ¿no crees?

Aquella referencia, hecha con tono de tierno reproche, hirió a Rin en lo más profundo. No había duda de que a la anciana Kaede la idea no le habría gustado en absoluto. Rin inclinó la cabeza y, presa de la desesperación, dijo:

—Por lo pronto deseo ser útil en la aldea.

—Eso es muy poco probable que encuentres otra ocupación—respondió Kagome sus gestos de asentimiento cobraron más énfasis—. De lo más improbable. ¿Te importaría servir el té?

Rin se levantó, consciente del honor que aquella petición entrañaba. Mientras comían bebían te aparecieron Sango y su marido. Ambos saludaron a Rin y le aseguraron que se interesaban por su bienestar.

Fue como un regreso a los viejos tiempos.

La conversación entonces se desvió a la visita de Sesshomaru y su acompañante y lo mucho que estos incomodaban a Inuyasha. Luego de un par de bromas a costa de este Rin se despidió pensando en lo que se decía que no debía pensar.

Rin se pasó el resto del día sentada en la antesala de la casamentera de la aldea, desde el momento en que aquella supo que Rin no tenía familia y que sus orígenes dudosos no se podían rastrear supo que era un caso imposible. Los matrimonios respetables se celebraban entre personas en igualdad de condiciones, quiso que Rin lo entendiese bien. Sin tan siquiera ancestros honorables conocidos… La señora Donjun dio golpecitos con su pluma en el lateral del tintero y adoptó un aire grave.

Rin le habló de sus amistades con la sacerdotisa Kagome.

—La sacerdotisa Kagome- repitió en toco reflexivo- ¿Son parientes? —dijo la señora Donjun, lo que la desanimó todavía más

—No —dijo Rin ocultando la desesperación—. Pero han sido mis amigos desde que era una niña

—Vaya. ¿Y usted no es pariente suya?

Rin bajó la mirada.

—No, señora —dijo entre murmullos.

—Ah. Pensé que quizá un parentesco ancestral sería la explicación de su cercanía.

—No, señora —repitió Rin, y guardó silencio.

— ¿Cuáles son sus orígenes, entonces? En un caso como el suyo, sin familia y a su edad-

—No lo sé, señora —dijo Rin.

— ¿De verdad que no? —La Donjun enarcó las finas cejas y la miró con aire de auténtica sorpresa—. No estará mal de la cabeza.

—Se quienes fueron mis padres, pero se fueron antes de enseñarme sobre nuestro pasado, señora—respondió Rin sin inmutarse.

— ¿Puede darme más detalles, señorita Rin? ¿Cuándo y cómo llegó esta aldea?

Rin empezó a encontrar un tanto irrespirable el aire del pequeño salón.

—Me temo que no esté muy segura de eso.

—Parece usted saber más de la vida de la sacerdotisa que de la suya propia.

—Mis padres fueron asesinados por villanos cuando era una niña, y un tiempo después llegue a esta aldea y viví con la anciana Kaede hasta su muerte.

— ¿Y llego andando sola?

Rin, llena de impotencia, guardó silencio.

La otra mujer dio síntomas de impacientarse.

—No puedo decir que sus orígenes sean muy prometedores, señorita Rin. Puede que fuese mejor que le buscásemos una ocupación… que no exija unos requisitos tan estrictos. ¿Ha pensado en el comercio?

Rin extendió las manos.

—Preferiría no dedicarme al comercio, señora, si es usted tan amable.

—Vamos, no sea tan delicada. ¿No creerá que su educación la coloca en un plano superior?

—Preferiría algo más respetable que un comercio, señora —insistió Rin con terquedad—. Lo que de verdad quiero es casarme.

—En tal caso, tendrá que ser paciente.

—Sí, señora.

La señora Donjun se puso a tomar notas.

—Si he entendido bien usted es la protegida de ese Joukai blanco tan aterrador-

Rin guardo silencio.

La mujer cerró el cuaderno y depositó la pluma sobre la mesa—. Es usted un verdadero caso, señorita Rin. Resulta de lo más extraño que una joven sensata busque algo por encima de su categoría-.

Rin, tenía dolor de cabeza. Salió del lugar sumida en la depresión. Tendría que buscar la forma de encontrar a un esposo por si sola.

Ya había oscurecido cuando se acercaba a su hogar. El dueño de la posada se encontraba a la vista.

—Llega pronto de nuevo, señorita. Me he enterado de que ayer también pasó temprano por aquí.

— ¿Cómo está usted, señor Yamasaki? ¿Le han dejado todo en orden?

—Claro que sí, señorita. Faltaría más.

Esa parte de la conversación era un ritual para ellos. Rin se interesó por su esposa e hijos y por lo que había cenado, y se ofreció a pasarle la receta de la anciana Kaede para preparar la lengua de buey.

—Le agradezco su amabilidad, señorita. entre conmigo si puede, y la anotaré, si es que no tiene prisa.

Rin lo siguió al interios del salón hasta donde era decoroso acompañarlo estando ella sola, se econtro con la presencia del hijo del señor que parecio de repente cohibido cuando su padre que quejo del sabor del te.

Leda dejó a un lado el cuaderno.

—Permítame que le haga yo el té, señor. Tengo bastante práctica.

— ¡Vaya! Es muy amable de su parte, señorita. —El señor Yamasaki se acarició el bigote y sonrió—. Le estaré muy agradecido, se lo aseguro. No hay nada como el toque de una dama.

Leda cruzó la desnuda estancia y se ocupó del hervidor y el fuego. Por el rabillo del ojo, vio que los hombres intercambiaban miradas que no supo comprender.

—Sinji deja eso y ven a sentarte—gritó con fuerza el señor a su hijo que estaba muy ocupado al parecer abriendo y cerrando una puerta. Qué tipo más tímido. —El señor dirigió una sonrisilla a Rin—. Usted le gusta, señorita. Pregunta todos los días por usted. Casi no podía contenerse cuando usted le habló anoche. —

Rin se esforzó en continuar con su tarea sin demostrar que se había conmocionado pero dentro de ella la esperanza empezó a agitarse.

Mientras bebían su te en un ambiente amigable se oyó un murmullo creciente en la aldea, el señor Tokin, consejero del terrateniente se acercó a la posada con su aire imperioso levando las ultimas noticias.

Ha habido un robo en otra aldea, al parecer una espada maldita que se encontraba al cuidado de unos monjes. Una espada temida por el poder que tenía sobre el corazón de los hombres, rumoreaba que la habían traído a su aldea. Se decía que la había robado un Youkai