Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 4
— ¡La espada maldita esta en nuestra aldea!
La señora Tositivo tenía el rostro arrebolado por el entusiasmo cuando salió al encuentro de Rin en la oscuridad.
—Nadie dice nada pero yo lo sé. —
Rin había escuchado lo del robo, pero creía que sus propios asuntos eran más importantes en ese momento.
—Qué interesante —dijo sin mucho entusiasmo para que la señora Tositivo la dejase pasar sin más. —. Buenas noches, señora.
Una mano rápida le asió el vestido para detenerla.
—En esta aldea nadie vive de la caridad.
—Yo estoy de acuerdo con usted —fue la respuesta de Rin—.
La señora Tositivo soltó una risilla sin la más mínima muestra de embarazo.
—Quería recordárselo, señorita.
En su habitación Miró por la ventana hacia la húmeda oscuridad circundante, parecía tirar de ella, como si tratase de arrastrarla hacia el interior de sus fauces abiertas para devorarla.
No se atrevía a pensar en cuánto iba a durar aquella comedia. De los cuatro atuendos que poseía, había decidido que solo eran absolutamente necesarios dos. Quería conservar el mejor en caso de una boda apresurada.
Entre tantos problemas e incertidumbre, el único refugio seguro le parecía la posada de la aldea, pese a que su ambiente fuese un tanto más masculino que aquel al que ella estaba acostumbrada. El señor Yamasaki parecía aceptar la presencia constante de Rin con suficiente alegría, y su hijo Sinji en particular se mostraba de lo más agradable y atento, aunque Rin tenía algo de miedo a que se creyese que estaba tratando de atraer su atención.
Daba la impresión de que ella le gustaba. La anciana Kaede se habría quedado horrorizada. Un posadero después de todo. No era precisamente lo que podría denominarse un partido deseable, pero el hombre era muy afable. En realidad, Rin pensaba que tal vez la idea no estuviese tan mal. El joven
Sinji compartía casa con su familia, y Rin estaba bastante dispuesta a adaptarse a la situación, en caso de que él pensase que contaba con los medios suficientes para mantener a una esposa. Las otras hijas del posadero aún podrían casarse con lo que solo quedarían ellos y el amable señor Jamasaki, pensó juiciosamente.
Pensó por un momento en el asunto de la espada maldita, según se decía podía controlar el corazón de los hombre, haciéndolos marchar a la guerra según el deseo del amo de la espada, pero dudaba que el joven Sinji se viera provocado a tales cosas. Aun así, amenazaba con convertirse en un desastre de dimensiones incalculables.
No eran más que exageraciones.
Pese al cansancio que sentía, no era capaz de dormir. Antes de irse a la cama, ordenó las cosas un poco y, entre jadeos, empujó la mesa hasta el centro de la habitación y, a continuación, al reorganizar las cosas, se vio obligada a mover la cama, y decidió que podía aprovechar y fregar el suelo a la vez, así que empujó hasta situarlo debajo de la ventana, se despojó de su ropa, y se puso manos a la obra en ropa interior. Cuando las cosas estuvieron todo lo limpias y relucientes que podía conseguir con un trapo y el extracto de jasmin, dejó la cama junto a la ventana, ya que le pareció que allí hacía más fresco, apagó de un soplo la vela para ahorrar cera.
Tendida en la cama, siguió despierta pensando, con la mirada perdida, mientras la cabeza le daba vueltas en torno a ideas de espadas, dinero y matrimonios. Todo ello quedó en su interior, y dio paso a un sopor ligero e inquieto en el que no hubo sueños. Cuando algo le dio en una pierna, se sentó en la cama al instante, completamente despierta y con el corazón palpitándole con fuerza en la garganta.
Era tal su conmoción que el latido de la sangre le impedía oír nada. La estancia estaba sumida en la oscuridad; no había tan siquiera un rayo de luna ni el reflejo de una nube que proyectase una sombra o diese consistencia a algo. Allá fuera, un gato maullaba y daba bufidos. Rin se llevó la mano al cuello y respiró profundamente. Claro, un gato había entrado por la ventana. Lo que le había rozado era algo pesado, con demasiada fuerza para tratarse de un bicho, pensó, al tiempo que se estremecía al venirle a la memoria una antigua historia de ratas del tamaño de gatos.
— ¡Fuera! —Susurró mientras sacudía la ropa de la cama—. ¿Estás aquí todavía, bestia horrible? ¡Fuera ahora mismo, minino!
Se levantó y tropezó con la mesa, que había cambiado de lugar. Con un grito de dolor se agarró el dedo del pie en el que se había dado el golpe, y se cayó de espaldas sobre la cama…
Y sobre un bulto de gran tamaño con vida y movimiento propios.
Fue tal la impresión que no pudo ni gritar, y de repente aquello ya no estaba allí, aquella cosa… aquella persona… Era un hombre… en su habitación. El terror la impulsó a alejarse de un salto de la cama. No veía nada… el bastón… un hombre… en su habitación… que alguien la ayudase… Intentó dar un grito, pero descubrió que tenía la garganta cerrada y que la dominaba el pánico. De espaldas, retrocedió hacia la puerta, chocó de nuevo con la mesa y la volcó junto con un pesado jarrón que estaba encima. Sonó un golpe y, a la vez, otro sonido: un extraño gruñido sordo.
Se quedó helada y escuchó.
Con suavidad, algo arañó el suelo, y de súbito el ruido hizo que todo pareciese real y aún más espantoso. Había alguien allí, no era un sueño; le había tirado el jarrón encima y él estaba apartándolo a empujones. Volvió a oír el sonido de la madera arañada, leve pero innegable. Lágrimas de miedo empezaron a brotar de sus ojos.
— ¡No me toque! —gritó con una voz que sonó de lo más temblorosa—. ¡Tengo el bastón en la mano!
Él no respondió. Una quietud horrible y densa pareció descender sobre la estancia. Si el hombre hizo algún movimiento, lo realizó en el más absoluto de los silencios. Rin pensó que tenía cerrada la vía de escape, ya que el hombre estaba entre ella y la puerta; paralizada, ahogó en unos gritillos los sollozos que amenazaban con escapársele de la garganta.
—Váyase —dijo con aquella voz quebrada e irreconocible—. No haré ningún alboroto.
El silencio se prolongó. Rin tragó saliva, y después le pareció oírlo —muy, muy suavemente—, oyó un susurro, como si tomase aliento. Estaba segura de que todavía se encontraba allí, junto a la puerta: si su intención era marcharse sin hacerle daño, ya podría haberlo hecho. Lo habría oído girar la llave y abrir la puerta. Estaba todavía allí; no había terminado lo que quería hacer, ¿qué buscaba?
Con movimientos muy lentos, Rin se agachó y tanteó el suelo buscando el bastón al lado de la cama. Sus dedos tropezaron con un objeto de metal, curvado y liso; apartó la mano, sobresaltada, y luego volvió a palparlo y siguió el contorno de una hoja larga. Aquello era duro y pesado; lo suficientemente pesado para blandirlo en defensa propia. Lo asió con ambas manos y comenzó a enderezarse.
Al instante se encontró en el suelo. Era como si se le hubiesen doblado las rodillas; el estómago le dio un vuelco y sintió que le faltaba claridad mental, que no tenía certeza de lo que había estado haciendo. Pensó, sumida en la confusión, que había recibido un golpe, que era por la mañana, que fuera en la calle resonaban los truenos.
Sus dedos se cerraron en torno al arma. Oyó el ruido de unos pasos, y ni siquiera fue capaz de apartarse de él; era tal el temblor que la sacudía que sus miembros se negaban a obedecerla.
—Entrégamela-.
Aquella voz profunda la hizo agitarse como una marioneta sin voluntad. Llegaba de un punto más cercano de lo que ella pensaba; el hombre estaba en pie, a tan solo unos centímetros de distancia.
—No tengo intención de causarte ningún daño —dijo el hombre en la oscuridad.
Rin tuvo la impresión de que algo le había sucedido a su mente en aquel momento de desmayo. Entre los estremecimientos y la confusión, centró el pensamiento en una sola cosa: con intensidad sobrenatural se concentró en él, en sus palabras, en su voz, en el calor que desprendía. Lo conocía. Pese al débil murmullo; le era familiar, la pronunciación inconfundible de las vocales.
El corazón comenzó a latirle con fuerza, al tiempo que el reconocimiento se abría paso entre la bruma de su mente. Se rodeó el cuerpo con los brazos, presa de la náusea.
— ¡Amo Sesshomaru! —musitó.
Y se desmayó.
Recobró el sentido en la oscuridad, todavía débil y desconcertada. Un momento después de abrir los ojos, notó en la nariz el olor agrio del fuego. Hubo una llamarada de luz que proyectó sombras alocadas en las paredes.
No era capaz de pensar con cordura. Algo oscuro se cernía sobre ella: levantó la vista y vio la blanca figura que empuñaba una espada. Como en un sueño malévolo Él… aquello… acercó la llama a la vela y se volvió para mirarla.
Rin emitió un sonido ahogado, incapaz de pronunciar palabra.
La siniestra figura se movió, como si fuese a inclinarse sobre ella, y Rin, se hizo un ovillo y comenzó a llorar. Él se detuvo.
La cabellera plateada resplandeció a la luz de la vela. Sin hacer movimiento alguno, se quedó mirándola con un brillo frío y acerado en los ojos.
—Amo Sesshomaru —susurró Rin atontada.
La joven intentó sentarse pero solo consiguió que los músculos se moviesen de manera espasmódica.
—Túmbate y no te muevas —dijo él
Rin apoyó la cabeza en el duro suelo, incapaz de hacer otra cosa que no fuese obedecer. Sin cruzar palabra, contempló cómo él depositaba la espada en el suelo, doblaba una rodilla y dejaba caer el peso sobre una mano apoyada con firmeza en el camastro.
—No vuelvas a desmayarte —dijo.
Rin emitió un sonido, una especie de risilla histérica. El estómago se le estremeció con incómodas arcadas y la risa se tornó gemido.
Él hizo un movimiento negativo con la cabeza.
Rin tragó una bocanada.
—Está bien —continuó él— desmáyate si quieres. —Sostuvo su mirada con aquellos ojos dorados—.
Rin se sintió flotar, descender por una larga pendiente. El aliento salió de su cuerpo en una exhalación sin fin; el aire fluía y fluía hasta que se dejó atrapar por aquella mirada, por la autoridad silenciosa que de ella emanaba, y tomó aire de nuevo.
Las fuerzas volvieron poco a poco a sus miembros. Pero él seguía dominándola con su mirada firme, y de nuevo exhaló el aire poco a poco, lo sintió en su interior, hasta dejarla completamente vacía y darle la sensación de que flotaba sobre el suelo. Y después inundó sus pulmones una vez más, devolviéndole fuerzas y calor. Utilizó la energía que de él se desprendía para encontrar la suya propia y, con cada respiración, se fue relajando cada vez más, hasta que por fin fue lo bastante racional para darse cuenta de lo descabellado que era todo aquello.
— ¿Qué está haciendo usted? —preguntó débilmente—. ¿Qué ha pasado?
El utilizó el brazo apoyado en la cama para ponerse en pie, y después, con lentitud, se sentó en el borde, con una pierna extendida.
—He estado a punto de matarte —dijo con sequedad. Tenía los labios tensos, casi en una mueca—.
No parecía contrito en absoluto. De hecho, sonaba brusco, como si tuviese cosas más importantes en la cabeza.
—Pero… ¿por qué? —preguntó la joven en tono lastimero.
Durante largo rato, él la examinó.
Rin se incorporó hasta sentarse, todavía sumida en la confusión.
— ¿Me ha golpeado usted?
—No. —La boca se curvó en un gesto grave—. Puede que hubiese sido mejor que lo hubiese hecho.
A Rin le dolía la cabeza. Se dejó caer hacia delante y apoyó la frente en las manos.
—Es imposible. ¿Por qué está usted en mi habitación? Usted es mi amo y señor. No…
Sus ojos se posaron en la espada. Vio la preciosa funda curvada, esmaltada en oro rojizo con incrustaciones de nácar en forma de grullas; la empuñadura también de oro en forma de ave encrestada. De la funda colgaban dos borlas de bronce trenzado. La parte inferior estaba adornada con un calado de oro, formado por hojas y diminutas flores, embellecido por esmaltes de colores que refulgían en todo su esplendor a la luz de la vela. Poco a poco, fue dejando caer la mano hasta cubrirse la boca con ella.
—Ay, mi señor —dijo entre susurros—
Levantó la cabeza. El Demonio seguía sentado, mirándola sin expresión alguna en el rostro.
El corazón de Rin empezó a latir con más terror que antes. De que podía matarla si así lo deseaba, no le quedaba la menor duda; en aquel rostro perfecto no había rastro de humanidad ni de compasión, ni sombra de clemencia. La joven comenzó a encontrarse mal de nuevo.
—No lo hagas —le ordenó él con suavidad.
Rin tragó saliva y dejó que el aire saliese de los pulmones, sin apartar la mirada de él.
—Ya basta—fueron sus palabras—. No tengo intención de asesinarte. Esta noche…. No era mi propósito causarte daño.
—Esto es una auténtica locura —dijo ella sin fuerzas—. ¿Por qué está usted en mi habitación?
—En este momento me encuentro en tu habitación, Rin, porque me has roto la pierna.
—Que yo le he roto la… Pero yo… ¡Ay, señor mío!
—Sí, resulta un tanto inconveniente.
—Le he roto la pierna —repitió Rin con desesperación—. ¡Eso es imposible! ¡Hace un momento estaba de pie!
—Si —respondió él—. Me tiraste ese jarrón, no lo esperaba. —Miró hacia el objeto que yacía en el suelo.
Rin retorció con los dedos el tejido de su prenda interior y frunció el ceño al mirar la pierna extendida. Aquella tela la cubría con holgura, excepto al llegar a la pantorrilla, donde la prenda estaba ajustada por unos cordones de color oscuro y permitía ver el calzado. Todas las prendas que vestía eran tan majestuosas como siempre.
—Estaré bien —dijo él con tono tranquilo. Su mirada se cruzó con la mirada de perplejidad de Rin- ¿Debo suponer que parezco tan débil, para que una niña crea que me hirió?-.
-¿Una niña?.. Pero... Es que no puedo… Jamás lo habría sospechado… ¡señor Sesshomaru! Usted es mi amor y señor. Usted…y Inojuye-sama… usted no debe entrar a mi habitación de noche… ¡Es completamente absurdo que sea usted! La… —Se interrumpió cuando estaba a punto de decir: «La gente murmura».
Con voz suave y firme declaró:
—Inojuye, por supuesto, no tiene nada que ver con este asunto.
Rin bajó los ojos.
— ¡No, no! Claro que no —dijo con rapidez.
Hubo un largo silencio. Rin se sentía débil y la incertidumbre le producía náuseas. Le dolía la pierna allí donde se había dado contra la mesa. Las paredes de la estancia empezaron a girar a su alrededor.
—Te vas a desmayar —le llegaron las palabras del hombre a través de la oscuridad envolvente—. Preferiría que no te murieses.
—Ay, sí —dijo temblorosa—. Gracias. —Y continuó con la mirada en el suelo mientras los pensamientos seguían un ritmo desenfrenado.
—Deberías tumbarte de nuevo.
—No—repuso ella.
Era increíble encontrarse sentada en el suelo de su propia habitación en compañía de su señor Sesshomaru. Si alguien se enteraba lo pasaría mal. Ya no era una niña y ya había escuchado de muchas mujeres caídas en desgracia por ser encontradas en esa misma situación.
Pero algo tenía que hacer; gritar, dar golpes en la pared o lo que fuese no era una opción. Como tampoco decirle que se fuera. ¿Cómo era posible que nadie hubiese oído la caída de la mesa?
Pero no hizo nada. Miró hacia él y lo vio allí sentado al borde de la cama sin dar muestra alguna de emoción alguna, simplemente con la pierna estirada, y sintió miedo de él.
-No debes decirle a nadie que estuve aquí-.
Rin cerró los ojos.
