Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 5
Al alba escucho canto de aves. Rin se dio la vuelta, rígida, con la cadera y el hombro doloridos de estar apoyados en el duro suelo. Abrió los ojos, y se incorporó como movida por un resorte.
Él estaba todavía allí.
Seguía sentado inmóvil. Las pestañas le cubrían los ojos y tenía los dedos entrelazados sin fuerza.
Rin recordaba aquellas manos la habían traído de la muerte, la habían rescatado de toda clase de peligros,… le habían entregado ese horrible pergamino indecente. Eran manos de guerrero, fuertes y bien formadas.
Se cubrió los ojos con las manos y, cuando las retiró, él continuaba allí de verdad.
«Que el cielo me proteja.»
No era un sueño. Aquel demonio estaba allí, en su habitación, sentado en su cama, mientras que ella había estado durmiendo profundamente en el suelo, junto a una espada maldita, como si no tuviese la más mínima preocupación.
El inclinó la cabeza y le dirigió una mirada de soslayo bajo las pestañas, silencioso y bello con la luz del amanecer tras de su cabeza.
—Rin.
Ella no supo que decir, por primera vez en lo que recordaba no sabía que esperaba su amo de ella y eso la llenaba de angustia.
— ¿Vas a volver a desmayarte? —le preguntó él.
Los pies descalzos de la joven asomaban por debajo de su ropa de dormir. Rin se puso en pie, cogió su kimono y se envolvió en él. Al hacerlo, se dio cuenta de que era ridículo, era su amo el que estaba con ella, no un hombre abominable como ese tal Kinomoto. Estaba adolorida por haber dormido en el suelo duro.
De repente le volvieron los nervios, su señor estaba en su habitación con una espada maldita y ella le había roto la pierna. De repente se le ocurrió ir por agua y vendas... o cualquier cosas que sirviera para curarlo y salió corriendo.
Cuando regreso a su habitación dispuesta a hacer todo lo posible por ayudar a su señor la estancia estaba vacío.
Asió la puerta y, todavía tras ella, escudriñó la habitación. La espada había desaparecido. Él había desaparecido. Vio la ventana abierta y corrió hacia ella, subió de un salto a la cama y trato de asomarse pero no alcanzo.
-Se ha ido- suspiro.
Él le había advertido que no le dijera a nadie que estuvo allí, pero quería salir y asegurarse que nadie lo hubiera visto rondar su hogar durante la noche, así que encendió el fuego, hizo el té y, tras quitarse el kimono y quedar solo con la prenda interior se la subió hasta las rodillas, se acomodó con las piernas cruzadas en la cama y se dispuso a comer los bollos, ya duros, que había guardado el día anterior.
La mente no cesaba de darle vueltas en torno al señor Sesshomaru. Era increíble. Debía de haberlo soñado. Estiró las desnudas piernas y movió los dedos de los pies en una y otra dirección. Se le ocurrió que tenía unos tobillos agradables, esbeltos, níveos y refinados. Él los habría visto. Se cubrió la boca con los dedos y se ruborizó, al tiempo que escondía los pies bajo el camisón y adoptaba una postura más decorosa para una joven dama.
Las manos todavía le temblaban con la reacción.
Hizo un lío con ellos para lavarlos y, con el camisón a medio sacar, se sentó con la ligera ropa enrollada a la cintura. El cabello le cubrió los desnudos hombros mientras lo cepillaba, cien veces en cada lado, y trataba de recobrar la calma con el rutinario gesto.
Pero la cabeza le daba vueltas y se distraía de la manera más tonta, incapaz de concentrarse en los problemas más próximos. Distraída, se recogió el pelo y lo sujetó antes de ponerse la ropa, después trató de verse en el espejo de mano de la anciana Kaede para asegurarse de que nadie adivinaría que, bajo dichas prendas, iba completamente desnuda.
Cuando estuvo lista, era aún muy temprano. Por lo tanto, volvió a sentarse de nuevo en la cama y sacó la cajita del dinero para hacer una vez más las cuentas, aunque sabía perfectamente bien cuál era su verdadera situación.
Todavía contaba con el cepillo y el espejo de plata de la anciana Kaede. Pero no quería echar mano de ellos todavía. No iba a separarse de ellos aún. Cogió el espejo con cariño, y lo hizo girar una y otra vez entre sus manos.
Se detuvo, y volvió a hacer un medio giro con él, con la vista fija en lo allí reflejado.
Con un grito ahogado, dejó caer el espejo y se subió a la cama de un salto, se apoyó en la pared y miró hacia arriba. Allí, entre las sombras que la primera luz de la mañana proyectaba sobre el techo en pico, estaba él sobre la viga como una sombra, completamente inmóvil y al acecho.
Rin empezó a tragar aire con rapidez y ahogarse. El demonio se movió y se descolgó de lo alto de la viga sin perder la elegancia.
— ¿Vas a desmayarte? —le recordó con brusquedad.
Y Rin cerró los ojos y reguló la respiración.
Durante un breve instante.
— ¡Villano! —Gritó Rin tras recuperar el aliento—. ¡Es usted un… un mirón! ¿Qué estaba haciendo ahí arriba? ¡En mi habitación! ¡Me estaba mirando! Y yo estaba… Ay, que alguien me ayude, yo estaba…
La horrible certeza de lo que él debía de haber visto le cortó la respiración una vez más; tuvo que hacer una pausa y controlar la inhalación de aire, que mostraba una alarmante tendencia a superar la capacidad de sus pulmones. Agarró el cepillo y se lo tiró. Con un movimiento apenas perceptible, él lo evitó, y Rin se puso a buscar el bastón por el suelo, desesperada. Con él en la mano se abalanzó sin pensar sobre el demonio; el bastón le pasó rozando la nariz y ella lo intentó de nuevo, pero Sesshomaru se limitó a cambiar de postura, sin ceder terreno.
— ¡Fuera, fuera, fuera!
Rin estaba ahora tan cerca que tontamente creyó que podría hacerlo pedazos; levantó el bastón por encima de la cabeza y lo dejó caer con toda la fuerza de la que era capaz.
Él ni parpadeó; levantó las manos con un movimiento que dio la impresión de ser extrañamente lento y atrapó entre ellas el bastón en descenso, frenándolo antes de que alcanzase su cabeza. Durante un momento, miró hacia Rin con los brazos levantados, como preguntándole si había terminado.
— ¡Fuera de aquí!
Sin pararse a pensarlo, con toda la furia de su indignado pudor Rin tiró del bastón para arrancarlo de las manos de él e hizo uso de todo su peso para vencer su resistencia. Él lo asió con fuerza pero sin que le costase. Con un grito de furia, Rin trató de recuperar el control del arma, consiguió ganar unos centímetros y redobló sus esfuerzos.
De repente, él lo soltó. Rin se tambaleó hacia atrás con el impulso de su propio tirón y cayó al suelo, dándose un fuerte golpe en la ya dolorida cadera. Sin saber cómo, el bastón había acabado en las manos de él, en lugar de estar en las de Rin. Levantó la mirada hacia su señor que, en silencio, se cernía sobre ella y se hizo un ovillo allí sentada en el suelo, llorando de furia e impotencia.
— ¿Cómo ha podido? ¿Cómo lo ha hecho? Es una bestia… ¡No es usted más que un malvado, un canalla! ¡Monstruo! —Sepultó el rostro entre las rodillas—. ¡Váyase! ¡Fuera de…!
En medio de aquella diatriba, fue consciente de la voz de la señora Tositivo en fuera de la puerta.
— ¿Qué sucede? —Preguntó la patrona desde el otro lado de la puerta—. ¿Quién está ahí con usted?
El amo Sesshomaru cambió de postura. Se inclinó hacia la cama de Rin.
— ¡Abra ahora mismo! —El cerrojo se movió—. ¡Está recibiendo visitas masculinas, señorita Rin! ¡No en esta aldea! ¡Abra esta puerta!
Antes de que Rin tuviese tiempo para ordenar sus pensamientos, oyó el ruido. La puerta se abrió de golpe.
La señora Tositivo frenó en seco y miró furibunda al Sesshomaru, que tenía la mano en abertura de su vestidura, como si lo estuviese cerrando a toda prisa. Después, la patrona se giró hacia Rin, con sus ojos saltones de muñeca parpadeando sin parar.
— ¡En los días de mi vida! —exclamó—. Vaya putilla; menuda mosquita muerta, ¿eh? Que si era respetable, dijo. Que si era una dama, dijo. Que si no tenía pretendientes. Ya me olía yo algo cuando vi con qué misterio entraba y salía, ¡y sin cestilla! O sea que se ha dedicado a recibirlos aquí a escondidas, ¿eh?—Cogió la ropa sucia que estaba hecha un lío y la blandió en gesto de amenaza hacia Rin—. Ninguna vagabunda se burla de la gente decente de esta aldea. Qué prenda más delicada, propia de una dama, señorita Mujerzuela-le lanzo la prenda- ¡Y ya veremos si no la pongo de patitas en la calle por desvergonzada!
— ¡No! ¡Por favor! —Rin agarró la prenda, hizo una bola con ella y la apretó contra el pecho—. Señora Tositivo, no es…
Pero la patrona ya no la miraba. Tenía los ojos clavados en el demonio que la miraba con mirada fría que conseguía ser amenazadora a la vez.
La señora Tositivo se inclinó hacia él. Sus protuberantes mejillas palidecieron.
— ¡Ay, señor! —Su actitud cambió y se volvió servil—.No sabía que era usted, ¿desea que mande a traer alimentos para desayunar?—No —fue la respuesta.
—Muy bien, en ese caso me voy. Estaré atenta con un criado a su disposición en caso de que necesite cualquier cosa. —Se dirigió hacia la puerta—. La señorita no tiene más que avisar.
—Limítese a dejarla en paz —fue la fría respuesta del demonio.
—Claro, por supuesto. —La señora Tositivo se detuvo—. Pero la señorita es una joven soltera que no debe recibir visitas de noche, los aldeanos se enteraran tarde o temprano, escuche lo que le digo.
Hizo una humilde inclinación con la cabeza y abrió la puerta.
Rin no abrió la boca, porque sabía muy bien que no serviría de nada. La señora Tositivo no creería ni media palabra de lo que ahora le contase. Al cerrarse la puerta, Rin apretó el rostro contra las rodillas.
—Mire lo que ha hecho —dijo entre gemidos—. Mire, lo que ha hecho.
—Podría haber hecho algo peor —dijo él—. ¡Qué mujer más desagradable!
Leda levantó la vista. Él movió una mano y se oyó un fuerte golpe en la puerta. Rin miró hacia allí, esperando de nuevo a la señora Tositivo, pero en su lugar vio las marcas de las garras de su señor en la madera.
Rin se puso en pie, apoyándose en la pared, con un brazo a la espalda y apretando con el otro la camisola contra el pecho.
— ¿Qué es lo que quiere? —gritó—. ¿Por qué no le dijo que olvidara lo que ha visto o la mataría?
— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó el hombre con la misma calma que si ella no hubiese dicho nada.
— ¿Eso qué quiere decir? ¡Aquí vivo! —dijo acongojada—.
Él le dedico una larga mirada
Rin, de repente llena de cautela, lo miró.
—Vivir en una aldea humana es de lo más desagradable-.
Cogió el espejo, le dio la vuelta y lo sostuvo tal como Rin había hecho cuando lo descubrió.
—Este no es lugar para ti —afirmó él, sin dejar de mirar en el espejo. Después lo dejó.
-Es esa la espada maldita ¿cierto? ¿Mi señor fue quien la tomo?-
—No es asunto tuyo, pero no fui yo, encontré esta espada en el bosque a las afueras de una aldea humana—espetó Sesshomaru.
Rin guardo un silencio dolido, antes no le hablaba así, o quizá antes ella no se fijaba en que tono usaba su señor.
—Por lo menos dígame porque entro así de noche—
—Rin, he estado en esta habitación todas las noches desde hace más de una semana.
— ¿Qué? —La voz de Rin se elevó en un chillido impropio de una dama—. ¿Lleva una semana viniendo a mi habitación?
—Y no te has enterado. Hasta que te impregnaste y a toda la habitación con ese olor asqueroso.
— ¿Qué tiene que ver el olor con esto?
—Apesta.
—No apesta —protestó Rin indignada—. Huele a jazmín.
—Pues apesta —insistió él
—Por supuesto que es culpa suya. ¡No va a ser mía! Tengo todo el derecho del usar los olores que quiera, sin que venga usted a quejarse. Y… y encima, va y se cuelga de las vigas como un horrible vampiro. —Rin sintió que se ruborizaba—. ¡Jamás lo perdonaré por eso, amo Sesshomaru ! ¡Jamás! Podría haber dicho algo al ver que volvía. Podría haber hecho notar su presencia.
Él apartó los ojos. Por primera vez, pareció sentir algo de... ¿culpa?
—Mire en la situación que me ha puesto
—Eso no es asunto mío.
—Qué mala suerte —murmuro para si con desánimo—. Ahora que pensara el joven Sinji de mí.
— ¿Es un amigo especial?
Rin lo miró con gesto de marcado malhumor.
—Mis amigos, especiales o no, no son de su incumbencia- luego sorprendida por su propia creciente insolencia, añadió en voz baja- Amo Sesshomaru.
El la miro sin inmutarse.
— ¿Qué ha sido de aquel humano que te envía recados?
—No sé de qué me habla. —Rin se dio cuenta de que se ruborizaba.
Para alivio suyo, él no insistió en el asunto; la miró un momento y después bajó la vista a su pierna que ya evidenciaba curación.
-Vendrás conmigo esta vez- sentencio y se fue dejando a una Rin completamente desconcertada.
