Capítulo 15: NO PRETENDO QUE ME PERDONES

Luna ni siquiera se había dado cuenta que Hermione estaba encerrada en su habitación desahogándose en los brazos de William, de hecho, apenas sabía algo de su castaña amiga desde la mañana, cuando se despidió de ella para irse a pasear con Ronald.

Era una suerte que no era día festivo, por lo cual Ron y Luna pudieron ir al recién inaugurado parque de diversiones de la ciudad; y del cual se enteraron por un par de empleados del hotel, mencionándoselos como un punto turístico de Perth. Tenían planeado subirse a todos los juegos y comer en todos los puestos… o al menos en los que pudieran. En resumen, pasar todo el día en ése lugar.

Pagando un par de libras en la entrada, pudieron acceder a las instalaciones. Familias, grupos de adultos o adolescentes, amigos, parejas. Había de todo miraran donde miraran. Y ellos casi brincaron de alegría al notar que las filas para los juegos eran moderadamente cortas, lo que facilitaría realizar un recorrido antes. Así que, sin perder tiempo, empezaron…

— Entonces, ¿a dónde vamos primero? — le preguntó Ron, viendo alrededor a los múltiples juegos y puestos de comida. En su rostro casi podía leerse el signo de interrogación junto a uno de exclamación al ver todos ésos "aparatejos poseídos".

— Mmm… — Luna lo pensó unos momentos observando a su alrededor, en eso localizó la montaña rusa — ¡ahí! — exclamó sin dudar, apuntando con el dedo.

— De acuerdo — Ron se encogió de hombros, dejándose guiar por la rubia.

Alrededor de 15 minutos después, por fin pudieron estar en un carrito los dos, con las barras de seguridad bien colocadas.

— ¿Y ahora? — le preguntó Ron algo impaciente, intentando aflojar un poco la presión de la barra sobre su pecho y estómago.

Su respuesta la recibió al instante al sentir y ver como el juego avanzaba lentamente en forma ascendente.

— ¡Uy! — dejó salir Luna con emoción contenida.

Pero pasaron los segundos y Ron se empezó a aburrir.

— Luna, esto no es divertido, sólo sube y sube, ¡demasiado lento! — se quejó.

— Espera — señaló Luna: la vía de pronto dejó de verse.

— Luna, ¿dónde está la…?… — musitó temeroso el pelirrojo — ¡VIIIIIIIIIIIIIIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!… — gritó a todo pulmón, aterrorizado, mientras a su lado Luna chillaba de emoción y se deslizaban rápidamente hacia abajo, formando espirales que los volteaban de cabeza, pasando curvas tan rápido que Ron crispada los puños con fuerza alrededor de la barra de seguridad, subían y bajaban a toda velocidad; todo el tiempo el pelirrojo gritando despavorido y la rubia a su vez chillando alegre.


Nunca en la vida Ron recordaba un momento tan seguro y feliz como el instante en que sus temblorosas piernas tocaron tierra firme. Con el rostro más pálido de lo habitual, los ojos azules cristalinos, y el pelo más revuelto que si se hubiera enfrentado a un grupo de chicas locas en la fila por llegar hacia su grupo musical favorito; el joven Weasley trataba de recobrar la estabilidad y la respiración.

— ¿Estás bien? — le preguntó cautelosa Luna al verlo así.

— Mmmff — apenas y musitó su acompañante; su rostro recobraba el color, pero era casi un verde grisáceo.

— ¿Ronald?

¡GLUP!, fue el sonido que hizo Ron antes de encorvarse sobre un bote de basura y volver el estómago.

Con los ojos cristalinos, el rostro sudoroso y ligeramente pálido por el esfuerzo, se enderezó un par de minutos después, dejando salir un ligero eructo.

— ¿Mejor? — Luna se acercó a él acariciándole la espalda para reconfortarlo. Ron se limpió la boca con el dorso de la mano.

— Mejor — asintió.

— ¿Quieres comer algo? — sugirió.

— Creo que si — se sentía débil aun, pero la náusea ya se le había quitado.

— Genial, bueno, ¿qué quieres? — lo tomó del brazo y empezaron a caminar en dirección de los puestos de comida.

Después de todo, si valió la pena el haberme subido a ése estúpido juego, pensó Ron con optimismo y suprimiendo una sonrisa, dejándose guiar por la rubia colgada de su brazo.

Tiempo después, o, mejor dicho, cinco hot-dogs, una soda de litro y un trozo de pastel de chocolate después, Ron Weasley salía en compañía de Luna de uno de los tantos puestos de comida en aquel parque de diversiones muggle.

— ¿Y ahora a dónde vamos? — cuestionó un entusiasta Ron.

No hay duda, estómago lleno, corazón contento, pensó Luna con humor.

— Bueno, pues descartemos por lo pronto los juegos de alturas o velocidades fuertes… — comentó más para sí continuando la marcha. Por favor, pensó el pelirrojo con ironía — mmm… — se tomó el mentón con aire pensativo — ¿sabes conducir? — una sonrisa traviesa en su rostro.

— Creo — musitó el pelirrojo. De pronto ésa sonrisa de Luna no le agradaba mucho.

— ¡Pues vamos! — lo volvió a tomar del brazo.

— Luna, ¿a dónde…?

— ¡Carritos chocones!, ¡te van a encantar! — le contestó entusiasmada.

— ¿Chocones? — balbuceó Ron, sintiendo como algo pesado bajaba a su estómago. Los peores pensamientos formándose en su cabeza.


— ¡Me pido el azul! — manifestó Luna apenas llegaron, corriendo inmediatamente al carrito azul con el número 15 y sentándose aferrando el volante, sonriendo con excitación.

— Luna, ¿qué…? — Ron se quedó parado en la entrada, viendo como las personas se subían a los coches.

— ¿Va a subirse? — le preguntó un muchacho de no más de 19 años.

— Eso creo — lo miró receloso.

— El número 23 está desocupado — le señaló.

— Emh… si, gracias.

Caminó hacia el carro con el número 23, uno de color naranja. Grandioso, pensó con sorna. Aparte de "chocones", tenía que ser de éste tonto color, con lo que me gusta. Se acomodó en el carro y tomó el volante.

— ¡¿Listo?! — le preguntó en voz alta Luna, unos metros más allá.

El pelirrojo asintió un tanto desconcertado aún. Los últimos que faltaban en ocupar carros se situaron en uno, y al final el mismo chico que orientó a Ron, cerró la reja en donde se encontraban los carros e inició el juego…

Un segundo después Ron era envestido por detrás.

— ¡Qué demonios…!… — otro golpe, ésta vez por enfrente — ¡pero que rayos…! — otro golpe, y una conocida risa: Luna.

— ¿Por qué no te mueves? — le preguntó sonriente, un tanto confundida.

— ¿A dónde?, ¡si me están golpeando por todos lados! — se quejó, aferrándose al volante en el momento en que un niño como de 15 años lo golpeaba en un costado y se iba sonriendo triunfante.

— ¡Pues de eso se trata!, — rodó los ojos Luna, señalando con gesto obvio — "carros chocones" ¿recuerdas?, ¡chocones! — enfatizó.

— ¿Entonces se trata de golpearnos unos a otros? — abrió los ojos como platos.

— ¡Si! — levantó los brazos al cielo, al fin lo había entendido.

— Pero… ¿no es… peligroso? — vaciló.

— Por supuesto que no; — negó con la cabeza, volviendo a tomar el volante — anda, vamos, démosles una paliza a… los muggles — agregó en un susurro, apenas moviendo los labios.

— Pues si de eso se trata.

¡Crash!, embistió a Luna por un costado. Riendo, la rubia se escabulló en reversa con Ron siguiéndola de cerca; y en un movimiento rápido, giró completamente el volante y pisó a fondo el pedal, empezando a girar como loca, golpeando incontables de veces a Ron. Sus risas resonando entre el estruendo.


— Pues vaya con el ingenio de los muggles, ¡me divertí mucho! — exclamó Ron una vez estuvieron sobre sus pies de nuevo.

— ¿Verdad que sí?, recuerdo la primera vez que fui a un parque de diversiones; Herm, William y yo; ¡me subí como tres veces a la rueda de la fortuna!, ¡cinco a la montaña rusa!… claro, después de haber vomitado en la primera, — le contó entre risas Luna — ¡pero estuvo genial!

— ¿Salen mucho a éstos lugares tú, Hermione y el tal William? — quiso saber Ron.

— No tanto como quisiera, pero cuando lo hacemos nos divertimos por montones… — contestó — y lo mejor, ¡Will paga todo! — confesó con una gran sonrisa.

— Así que… ¿a dónde vamos ahora? — se metió las manos en los bolsillos, mientras andaban.

— Mmm, no sé… ¿a dónde quieres ir? — lo miró de soslayo.

— Pues… — miró alrededor — ¿qué es eso? — se detuvo en seco, viendo a unos muggles jugando a tirar una pelota en una canasta de baloncesto.

— Ah, "eso", se trata de meter tres veces seguidas la pelota ésa en la cosa aquella, y te dan un premio… — lo instruyó — Yo lo he intentado tantas veces, y nunca he podido ganarme el oso enorme que tienen ahí colgado — señaló con gesto abatido.

Ron sonrió para sí.

— ¿Es algo así como en el Quidditch?, ¿lo que hacen los cazadores?… — especificó. Luna asintió — ¿Vamos? — le propuso.

— Si quieres — se encogió de hombros sin mucho ánimo.

— ¿Cuántos? — preguntó el encargado cuando llegaron.

— ¿Juegas?, — le preguntó Ron a Luna. Ésta negó amablemente — sólo uno.

— Aquí tienes, amigo; — le arrojó la pelota. Ron la atrapó sin problemas — tienes tres tiros, si aciertas uno recibes uno de éstos paquetes de tarjetas de recuerdo; si aciertas dos, puedes escoger entre uno de éstos peluches y un cuadro con un paisaje de Sydney o cualquier lugar de Australia; y si aciertas los tres puedes llevarte el oso — señaló con un gesto de cabeza, el enorme oso de un metro de altura, cruzándose de brazos al decirlo.

Luna, a su lado, soltó un suspiro de añoranza.

— De acuerdo — asintió el pelirrojo.

Vamos Ron, respira, tú puedes, sólo tienes que meterlas y ya, le das a Luna el oso… no importa que nunca hayas jugado… o que siempre que arrojas un pergamino hecho bola al cesto de basura nunca caiga… Sólo, sólo hazlo bien ésta vez. Por Luna; se animaba Ron, moviendo la pelota entre sus manos. Respiró hondo, aguantó la respiración y tiró.

— ¡Si! — exclamó con alegría: había acertado.

Vas bien, sólo dos más. Vamos, vamos, por Luna.

Respiró hondo, retuvo el aliento… y…

— ¡Ahh! — falló.

— No te preocupes Ron, te queda uno más — lo animó Luna.

Pero ya no consigo el oso, pensó abatido.

Volvió a tirar.

— Bien, dos de tres, ¿peluche o cuadro? — preguntó el encargado.

— Nada.

— ¿Qué? — preguntaron a la vez Luna y el señor.

— Deme otro, quiero el oso — pidió. Su semblante decidido.

— Como quieras, amigo — le dio de nuevo la pelota. Luna lo observaba desconcertada.

Concéntrate Weasley, esto no es un juego, sabes que puedes hacerlo, recuerda, es por Luna.

— Uno de tres.

Y no quieres que el tonto de Boot se quede con ella ¿o sí?

— Dos de tres.

Demuéstrale que eres mejor que él, que puedes hacer lo que sea sólo por complacerla en lo que quiera… no importa si es únicamente por un oso de peluche o por encontrar a los snorkack de cuerno torcido.

Tiró…


Tiempo después una sonriente Luna salía con un enorme oso en los brazos acompañada de un pelirrojo con sonrisa de autosuficiencia plasmada en el rostro.

— No sé porque sonríes tanto si perdiste como 20 libras en ése tonto juego, además del soborno que le diste para que te vendiera el oso — comentó la rubia sonriendo divertida.

— Porque te di lo que querías, no me importaría ni, aunque me hubiera gastado 100 o 1000 galeones, te hice feliz — le sonrió, viéndola radiante.

— ¡Gracias Ronald! — susurró la rubia, sintiéndose sonrojar.

— Lo que sea por ti, Luna — se atrevió a descansar una mano en su espalda, caminando más juntos.

Dieron otro par de vueltas por el lugar, sólo viendo, concentrándose más en la agradable compañía del otro. Parecía una utopía lo que vivían juntos. Años sin verse y todo era tan… perfecto. Si, perfecto, no había otra cosa que describiera la situación.

Con Ron sosteniendo a Luna suavemente de la espalda, una sonrisa en sus rostros, y un enorme oso de felpa en los brazos de la rubia. Tenían tantas emociones placenteras en sus corazones, que ni les importó parecer un par de tontos al ir riendo de quien sabe qué cosa mientras caminaban.

Pero tal vez eso eran… un par de tontos… un par de tontos perdidamente enamorados desde hacía más de seis años.

— ¡Mira eso!, — exclamó de pronto Luna al ver una cabina de fotos — ¡vamos!, hace años que no entro en ninguno — y haló al pelirrojo hacia el aparato, sujetando fuertemente al oso para no dejarlo caer.

Ron la siguió sin chistar, pero cuando captó que la rubia los metió dentro de aquel pequeño cuartito con un asiento, y unas cortinas corredizas, las cuales Luna colocó; empezó a sentirse nervioso.

— ¿Qué… que hacemos exactamente? — tartamudeó, sintiendo un calorcillo correrle en las mejillas.

— ¡Muecas graciosas! — aplaudió la rubia, metiéndose la mano en un bolsillo y extrayendo un par de monedas para colocarlas en la ranura del aparato.

— ¿Eh? — se le quedó viendo confundido. Yo pensé que me iba a be…

— Si Ronald; mira, — se sentó a su lado, jugando con las monedas en una mano y sujetando con la otra el oso — eso que ves aquí — señaló al frente, a una especie de lente — nos tomará seis fotos en aproximadamente 15 o 20 segundos, así que en ése tiempo podemos hacer lo que queramos.

— ¿Lo que queramos? — una idea atravesando por su cabeza.

— Aja, — se limitó a asentir la rubia, sonriendo con anticipación al imaginarse los gestos graciosos que haría — ¡en éste caso vamos a hacer muecas!… — expresó entusiasta, introduciendo las monedas — ¿Listo? — lo regresó a ver, sonriente.

— Listo — asintió el pelirrojo, empezando a contagiarse de su entusiasmo.

20 segundos después unos risueños Ron y Luna salieron de la cabina de fotos; la rubia las tomó de inmediato de la ranura que tenía enfrente la máquina, riéndose nuevamente al ver "su obra de arte" ya terminada.

— Mira tu cara — se rio Ron al observar la primera en la que Luna se estiraba los párpados hacia los lados y sacaba la lengua.

— Mira la tuya — se rio Luna. Ron se había jalado el pelo hacia arriba y enseñaba los dientes, como un auténtico paciente de psiquiátrico.

Luego de reír de sus gestos en las primeras 5 fotos ambos se le quedaron viendo a la sexta.

— Me gusta más ésta — expresaron al unísono, sonriendo. En ella Luna se había recargado en el pecho de Ron sonriendo, mientras el pelirrojo cruzaba un brazo sobre sus hombros, y dejada descansar su mejilla en la cabeza de la rubia, con una sonrisa plasmada en su rostro. El oso cargado por los dos.

Luna carraspeó nerviosa al darse cuenta que se perdía en sus pensamientos, sin darse cuenta que Ron estaba igual.

— ¿Compramos un helado? — sugirió. Ron asintió, ligeramente aturdido aún.

Sin más, se dirigieron al pequeño establecimiento al lado del señor de los algodones de azúcar.

Ron pidió uno doble de napolitano y Luna uno sencillo de vainilla, ambos servidos en conos. Decidieron sentarse en las bancas que había alrededor del lugar.

Mientras degustaban el cono Ron no pudo evitar quedársele viendo a Luna, la conocía desde que tenían casi 15 años, y ya habían pasado casi 9 años de aquello; era admirable lo hermosa que se había convertido, más de lo que ya era antes. Parecía como si de su persona irradiara una luz especial, una que no sólo él podía notar. Y es que ésos ojos azules podían hechizar a cualquier persona. Ése carisma con que se desenvolvía, embelesaba hasta al más amargado ser en la tierra. Y su sonrisa. Merlín, Ron se preguntaba si el helado había penetrado su sabor a vainilla en aquellos rosados labios. Era desquiciante. Tenerla tan cerca, pero tan lejos a la vez. Lo estaba volviendo loco.

Más de lo que su enamorado corazón podía soportar.

— ¿Qué tanto me miras? — le cuestionó Luna con una risa nerviosa.

— ¿Eh? — murmuró ido.

— Hace rato que no dejas de verme, ¿qué pasa? — lo miró seria.

— Nada — se sumergió rápidamente en su helado. Luna lo vio con sospecha, pero con un brillo de que tramaba algo.

— Tienes helado, ¿sabías? — comentó como sin querer la cosa, una sonrisa maliciosa en sus labios.

— ¿Dónde? — la regresó a ver.

— ¡Aquí! — y acto seguido le untó la nariz del cremoso helado de vainilla, para después reírse de su travesura.

— ¡Oye! — se quejó el pelirrojo, limpiándose con una servilleta, pero sonreía al verla feliz.

— ¡El último en llegar al carrusel es el hijo de Snape y Trelawney! — lo retó Luna, y salió disparada hacia el juego, sin darle tiempo de vengarse.

— ¡Iugh! — haciendo una mueca de solamente imaginar aquella posibilidad, Ron la siguió, agarrando en el proceso el oso.


Sin aire en los pulmones después de perseguirla, el pelirrojo llegó junto a ella, sosteniendo el oso y agarrándose un costado, tratando de recuperar el aliento.

— Olvidaste a nuestro hijo — musitó con la voz entrecortada.

— ¡¿Hijo?! — respingó la rubia, sus mejillas pálidas.

— Aja, — asintió sacudiendo el oso en el aire — ¿lo olvidas? — señaló.

— ¡Ah!, — suspiró aliviada, tomándolo de sus manos — gracias — le sonrió nerviosa.

— ¿Suben? — los llamó una muchacha.

— Si — Luna se colocó sobre un caballo blanco y Ron lo hizo sobre uno café que había a su lado.

— Así que, ¿es nuestro hijo? — comentó como sin querer la cosa Luna, aferrando el oso entre su cuerpo y el caballo mecánico.

— Si, — asintió Ron con una sonrisa — ya que no tiene dueño previo, y yo lo gané, pero te lo obsequié, creo que le puedo llamar nuestro hijo, ¿no crees? — expresó como si fuera lo más obvio.

— Y… ¿le pondremos nombre? — el juego empezó a moverse emitiendo una contagiosa tonada festiva.

— Seguro. ¿Cuál te gusta? — le preguntó Ron; se movía arriba abajo conforme el carrusel giraba.

— Pues no sé… mmm… — meditó — puede ser una combinación de nuestros nombres ¿no?, — propuso. Ron le sonrió emocionado — para…

— Simbolizar nuestra unión — terminó el pelirrojo por ella, sus ojos mirándola significativamente.

— Si… — concordó Luna, una sonrisa jugando en sus labios — aunque será difícil mezclarlos, mejor uno que le quede más a su personalidad. ¿Cuál crees que le queda? — volvió la cabeza para mirar el oso con gesto crítico.

— Mmm… — Ron también miró al oso. Panda cabe mencionar, con una mancha negra rodeándole un ojo y con un cuerpo sumamente rechoncho — puede ser… ¿Bodoque? — bromeó.

— ¡Oye!, — rio Luna, pero luego se puso seria — no quiero decirle a nuestro hijo "Bodoque" cada vez que le hable. No, debe ser algo con significado — Ron rio al ver lo en serio que tomaba el asunto, pero sintió un calorcito muy agradable recorrerle el pecho.

— Bueno, tiene un ojo pintado, tal vez…

— Pirata tampoco — zanjó Luna antes de que terminara.

— Está bien, está bien. No soy bueno con los nombres Luna, elígelo tú — la miró condescendiente.

— Que conste… — le advirtió volteando a verlo, un brillo pícaro en sus ojos — quiero que se llame Ronald.

— ¡Cómo yo! — se quejó más que preguntó.

— Aja; — asintió la rubia, contemplando a "Ronald" — quiero que el nombre tenga significado, y en éste caso lleva el nombre de alguien a quien yo valoro y quiero mucho; así será un eterno recordatorio de lo grande de mi cariño hacia él… y que todo es posible si sólo perseveras — añadió, casi sin ser consciente.

Ron se tuvo que sostener fuertemente del caballo al sentir que todas sus fuerzas se iban a su pecho, donde su corazón latía frenético, sintiendo recorrer la sangre por sus venas tan rápido como fuegos artificiales.

— Y también Moony; — añadió Ronald, mirando a Luna — porque es lo que representa el cariño puro y desinteresado de las personas, siempre dispuestas a brindarte su amistad… enseñándote que no importa cuántos años pasen, siempre habrá algo que te atraiga más a ella. Como es el caso de la Luna, que es el satélite de la Tierra y lo atrae por su fuerza de gravedad… Ella es la que siempre te conquista con su presencia.

"Moony Ronald". La perfecta unión.


Como si hubiera subido mil veces a la montaña rusa, así es cómo se sentía Luna mientras regresaban al hotel. Su corazón era un mar de emociones y su cabeza un océano de confusiones. Se sentía feliz y consternada al mismo tiempo. ¿Cómo podía ser posible que aquel insensible chico de 16 años del que se había enamorado cambiara tanto en un dos por tres?

Dejó de ser aquel chico para convertirse en el hombre que ahora era. Y eso no era todo… porque ahora, seis años después desde aquella trágica separación, se daba cuenta que podría tener sentimientos hacia ella. Y eso le atormentaba.

Y no sabía por qué.

¿Por qué había cambiado para con ella?…

¿Quizás lástima?

¿Tal vez cariño?

¿O posiblemente por pena?

¡Pero ¿a qué?!… ¿a qué todas aquellas posibilidades?

Merlín, ¿ahora entendían porque estaba confundida?

¡Por no saber nada!

Soltó un suspiro mientras se encaminaban al ascensor.

Se sentía como la chica del cuento infantil que le había contado una vez Hermione en una de sus tantas conversaciones… ¿Cuál era su nombre?, oh si: Cenicienta.

Salvo que ahora se sentía como se sintió aquella muchacha después del baile con su príncipe, cuando la magia se había acabado y tenía que volver a su hogar, con sus horribles hermanastras, y sin su amor. Esperando porque algún día se fijará en ella por cómo era realmente.

Bueno, pues la entendía. Irónicamente, la entendía.

Ron había sido durante todo el día su príncipe de brillante armadura y corcel blanco. Pero ahora que volvían, seguramente volvería a verla como Cenicienta. La muchacha sin suerte y gracia.

Oprimió el botón de su piso. Las puertas se cerraron y empezaron a subir.

Tenía que saber, tenía que enterarse del porqué del cambio del pelirrojo. Y lo tenía que saber YA. Antes de que la incertidumbre la doblegara. Sin pensarlo un segundo más se giró hacia el pelirrojo, el cual al parecer llevaba rato observándola.

— Ronald… — empezó nerviosa, sosteniendo más fuerte a "Moony Ronald".

— Dime.

— Mira, me la he pasado muy bien hoy contigo, pero… — se colocó un rebelde mechón de cabello tras la oreja — no puedo evitar preguntarme por qué has actuado así conmigo… — Ron la miró sin entender — Es decir, — se aclaró la garganta — has sido tan… atento y amable…

— ¿Te molesta? — se desconcertó.

— No, no, para nada… — negó inmediatamente — Es sólo que si te comparo a hace algunos años cuando estábamos en el colegio… bueno, puedes hacerte una idea de porque me desconcierta tu cambio de actitud para conmigo — volteó a otro lado.

— Luna, sé que durante nuestra estancia en el colegio me comporté como un patán insensible, pero ya no soy aquel niño inmaduro y cruel. He cambiado — le aseguró, acercándose a ella.

— Y con ése "he cambiado" quieres decir que sólo hiciste esto para tratar de disculparte por todo lo que me hiciste, ¿verdad? — sonrió irónica de su suerte.

— No, por supuesto que no… — negó, tomando su barbilla para hacer que lo mirara — No pretendo que me perdones por todo el daño que te he causado Luna, porque sé que será casi imposible.

— ¿Entonces? — lo miró confundida.

— Pretendo hacerte olvidar los malos ratos que te hice pasar con buenos días como el de hoy… — tomó el panda y lo puso a un lado. Luna lo miraba atentamente — Pretendo volver a ser tu amigo, o ser el amigo que en verdad necesitaste… — se acercó un poco más, su mano acariciando su mejilla — Pretendo recuperar todo lo que habíamos perdido… — suspiró — Pero sobre todo…

— ¿Qué? — musitó en un hilito de voz Luna, sus ojos cristalinos por la emoción.

— Pretendo que me ames… — sus ojos también cristalinos — al igual que yo te amo a ti — confesó. Y acto seguido, colocó un brazo en su cintura y la mano que estaba en su mejilla se deslizó a su nuca, halándola hacía él y la besó.

— Ronald… — lo separó Luna apenas un segundo. Ron no tardó en volver a unir sus labios, y ella se olvidó de todo dejándose llevar por el momento. Entrelazó sus brazos en el cuello del pelirrojo, mientras éste suspiraba emocionado sobre sus labios sintiendo como si probara agua después de haber estado sediento por años. Seis largos e interminables años.

— Lamento interrumpir — aquella voz llena de ironía y celos los trajo de golpe a la tierra. El ascensor había llegado a su piso y un ceñudo Terry Boot los veía seriamente.