Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 6.
Rin se descubrió mirando con sospecha todos los aldeanos, esperando en empezaran a tirarle piedras y a llamarla de todas esas formas horribles que la llamo la señora Tositivo.
Hacia el medio día había sido interceptada por Jaken quien le había informado que su amo esperaría a que recogiera sus pertenencias y se encontrara con el cerca al poso devorador de huesos, aprovecho para recalcarle que era un gran honor que su amo se tomara tantas molestias por una humana, así que no debía poner a prueba su paciencia.
Aunque Rin nunca había accedido a partir con él.
Ahora, cuando ya habían transcurrido todo un día y parte de la noche desde su partida, Rin no estaba tranquila. Se preguntaba si de verdad la estaría esperando y sobretodo se preguntaba porque dudaba en ir a el encuentro de su amo, cuando un día antes habría llorado de alegría si él hubiera venido a buscarla.
No tenía recursos, no tenía familia, ni perspectivas matrimoniales reales. Él es mi amo pensó¿entonces porque no voy corriendo hacia el?.
Siguió caminando sin rumbo. Se vería obligada a vender el Kimono de seda negra que llevaba puesto, el último regalo de su amo antes de dejar de visitarla. Y, en tal caso, ¿qué se iba a poner para conocer a su prometido?
Todavía le quedaban el espejo y el cepillo de plata de la anciana Kaede. Quizá hubiese llegado el momento de venderlos. O… puede que el joven Sinji estuviese de verdad interesado en ella, y que superase su timidez, pensó con más optimismo. Nunca la había visto con el Kimono de seda negra que llevaba en esos momentos.
Cuando Rin llegó a la posada, ellos estaban allí, bebiendo unas tazas de té que acababa de servirles una joven dama cubierta por vestiduras sencillas—Esta debe de ser ella—dijo la joven en tono poco amistoso mientras ambos hombres se ponían en pie de un salto.
La cara del joven Sinji se puso roja como un tomate; e hizo una rígida inclinación, sonriendo a Rin con aire contrito.
—Sí, esta es la señorita Rin —confirmó el joven—. Señorita, esta es… es mi hermana. —Miró a la otra mujer e hizo un gesto torpe con la mano—. La señorita Sayuri Yamasaki.
Rin vio al instante cuál era la situación. La que supuro era la mayor de las señoritas Yamasaki la miró con el aire reprobatorio.
—Señorita Rin, la que camina con los demonios —dijo, no hizo reverencia—. Mi hermano me ha hablado de usted con tanta frecuencia que espere aquí para verla con mis propios ojos.
Los términos de aquel comentario eran tan claramente impertinentes que Rin hizo caso omiso y forzó una sonrisa educada.
—Estoy encantada de conocerla, señorita Yamasaki. Hace un día precioso para salir—
—Mi hermano piensa que salir a pasear es propio de la gente indeseable. Me atrevería a decir que ya está de lo más acostumbrada a esas cosas.
— ¿Le apetece una taza de té, señorita? —dijo rápidamente el joven Sinji, mientras el señor Jamasaki le dirigía una seca sonrisa.
—Gracias —dijo Rin
Rin les dirigió a todos una sonrisa, pero se le había caído el alma a los pies. Estaba perfectamente claro que la señorita Jamasaki no tenía la más mínima intención de que una don nadie le arrebatase a su hermano.
Tras un momento de silencio mientras bebían el té, el joven Sinji dijo sin pensar:
—Lleva usted un traje muy bonito, señorita.
—Gracias —dijo Rin. Dio otro sorbito al té y preguntó con aire de curiosidad inocente—: ¿Han dicho algo más sobre quien robo la espada?
—No, lo más mínimo. — Dijo el padre, pero era evidente que la señorita Sayuri no aprobaba el tema de conversación. —Deberían cortarle la cabeza al culpable —opinó la hija del posadero—. Se merece que lo descuarticen cuando lo encuentren. Es asqueroso.
—Bueno, no lo sé —dijo el hombre mayor—. Solo espero que no traiga problemas a esta aldea.
—Lo que me admira –dijo Sayuri con desprecio- es que la señorita Rin sienta interés por semejante asquerosidad.
El joven Sinji guardó silencio, con la vista siempre clavada en el suelo.
Una sacudida de ira recorrió el cuerpo de Rin. Estaba claro que no iba a obtener la aprobación de la señorita Sayuri. Y una malevolencia que no sabía que guardaba en su interior la impulsó a decir:
—Claro, siento un ávido interés por el asunto. Es mi afición. Por eso vengo aquí, todos los rumores llegan primero a la posada.
El joven la miró atónito.
—No me sorprende usted en absoluto, señorita Rin —dijo la hermana—. Le he dicho que usted no es lo que parece; que al venir aquí todos los días debíamos desconfiar de usted, que su esperanza era engañar a un hombre decente y convencerlo de que usted era una dama.
El joven Sinji se puso en pie y, avergonzado, murmuró una inaudible protesta ante las palabras de su hermana, pero ella se soltó de la mano que le agarraba el codo.
—No voy a permitir que te engatusen, Sinji. Estaba segura de que esta mujer no era más que una cualquiera muy astuta, pero ahora veo que es todavía peor de lo que había sospechado.
—Por supuesto —dijo Rin poniéndose en pie—. Estoy segura de que es muchísimo peor. —Miró una vez a Sinji, pero él esquivó la mirada, lo que le dejó claro todo lo que tenía que saber—. Que tengan un buen día.…
Sin dirigirle a Sinji ni el más mínimo gesto cuando él trastabilló para abrirle la puerta.
—Señorita… —dijo este al pasar Rin, pero ella hizo caso omiso de él y tomo rumbo a su hogar, mientras contenía, con enorme esfuerzo, la amenaza de lágrimas de furia y mortificación.
Cuando alcanzó su cabaña, no se sentía con ánimos para aguantar a la señora Tositivo, que al parecer siempre iba pasando por allí en los momentos mas inoportunos, pero no llevaba ni tan siquiera diez minutos en su habitación ni había recuperado el control de su acelerada respiración para poder pensar con claridad, cuando la patrona llamó con fuerza a su puerta.
—Un caballero quiere verla, señorita —gritó la señora Tositivo.
Rin miró a su alrededor, a la sórdida habitación, con la ira ahogándola. ¿Conque había ido tras ella a rogarle y suplicarle? Después de no pronunciar palabra para enfrentarse a su hermana, ni un murmullo coherente en defensa de Rin…
¿Pero porque esa horrible mujer recibe personas en mi propio hogar?
—En la salita —dijo la patrona, refiriéndose al espacio separado de la habitación donde Rin dormía.
—Aquí la tiene, señor Kinomoto, bella como una perla, como puede ver. Una jovencita preciosa, señor, lo bastante mayor para saber cómo complacerlo, y lo suficientemente joven para estar fresca como una flor silvestre.
Rin se detuvo. Había esperado encontrarse con el joven Sinji. En su lugar estaba un desconocido que ya había pasado los cincuenta. Miró a Rin y, a continuación, asintió sonriente.
—Muy bonita —dijo con educación- He esperado mucho por ella-.
Por un instante, su finura la distrajo. La ira se convirtió en asombro, y de pronto cayó en la cuenta.
El hombre se adelantó y se acercó a ella. A Rin le llegó el aroma a humo de sus ropas y se sintió mareada; señor Kinomoto mareada, humillada, desesperada y presa del terror. Su hogar, su cabaña, había constituido su último refugio: era suya, y tenía un cerrojo en la puerta que le permitía aislarse de la realidad. El hombre intentó cogerle la mano. Ella le apartó el brazo y salió disparada el camino, con la señora Tositivo a sus espaldas dando chillidos de indignación y pidiendo disculpas al hombre a la vez.
Rin camino sin pausa. Los pies le dolían. Estaba fatigada y hambrienta, mientras trataba con todas sus fuerzas de decidir cuál era el camino que debía seguir: qué habría hecho la anciana Kaede si alguna vez en una situación similar. Fue andando hasta el prado —no estaba más que a unos pasos de distancia—, tan cerca…
En medio de la creciente oscuridad, lograba distinguir el poso, pero no vio al amo Sesshomaru.
Apesadumbrada pensó en dar media vuelta, pero no podía irse a su casa, y le horrorizaba ir con Kagome y contarle lo sucedido, así que, sumida en un mar de dudas, se quedó al borde del claro, con la mano apoyada en un árbol. Llegó hasta ella un murmullo y en el siguiente momento distinguió a Jaken que se acercaba a ella refunfuñando y más allá, detrás de él, aparecieron en el claro Sesshomary y la demonio Inojuye.
Otra vez Rin pensó en el parecido de esta con la madre de su amo, cubría los hombros con un chal blanco que la hacía ver más pálida, pero llevaba como complemento un precioso abanico de plumas de color crema que no dejaba de agitar bajo la barbilla, como si la sensación fuese muy placentera cuando vio a Rin.
— ¡Vaya, al fin estás aquí, Rin —gritó para auténtica sorpresa de Rin—. Ya era hora, estábamos a punto de que la preocupación pudiese con todos nosotros.- prosiguió con un gesto teatral- Sesshomaru, préstame atención. —Se volvió hacia él, riéndose—Rin ha venido con nosotros por fin.
El murmullo indignado de Jaken continuo. Pero Sesshomaru no demostró reacción alguna. — ¡Rin! Muchachita insolente, como te atreves a hacer esperar al amo—
—Eso quiere decir «bienvenida». —Inojuye salió al encuentro de Rin y esbozo una sonrisa que nunca toco sus ojos—Ahora seremos una familia feliz.
—Ah… pero… ¿Amo Sesshomaru?-Murmuro desconcertada.
Este no dijo nada, solo se volvió y por encima del hombro les envió una mirada de advertencia a todos los presentes.
Rin se vio empujada por Jaken que la apremiaba a caminar y no importunar a su amo.
Sentada sobre Ah-un Rin pensaba en que solo hacia un día vivía sola en su cabaña y estaba pensando en casarse con un aldeano, ahora viajaba en compañía de tres Youkai. En ese momento mientras viajaban (andando) los último casi 14 años de su vida en la aldea parecían distantes. En apariencia todo era como cuando era niña y seguía a Sesshomaru por todas partes. Solo que por un millón de cosas todo era muy diferente.
Lo único que lamentaba por el momento era darse cuenta de que había abandonado el cepillo y el espejo de plata de la anciana Kaede en la cabaña. Ahora no tenía manera de recuperarlos, y no le cabía duda de que la señora Tositivo los tomaría.
Pese al hambre que sentía, Rin no dijo nada, no se quejó aun cuando sabía que los demonios podrían escuchar claramente el ruido de su estómago. Pasaron la noche en un claro y al despertar se encontró con los ojos de su amo sobre ella, de pie a unos metros de distancia- Debes conseguir tu propia comida- se volvió y no le dedico una segunda mirada.
