Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.

Capítulo 7

«Sueños de un demonio»

Sesshomaru soñó con mujeres. Cuando dormía. Aquellas pocas veces que necesitaba descansar, soñaba con ellas casi todas esas noches, algo que le parecía tan patético que nunca lo admitiría ante nadie.

Trató de impedirlo, pero le resultó imposible. Durante el día podía centrar la mente en su objetivo, la conquista y la grandeza o entrenarse exigentemente; llegar al límite de sus fuerzas y de su equilibrio hasta ser lo bastante bueno para derrotar a todos sus enemigos. Pero al llegar la noche, seguía soñando con cosas que hacían que despreciase su mente cuando pensaba en ellas; que lo hacían sentirse acalorado y horrorizado por lo que guardaba en su fuero íntimo.

Pero no siempre era así, algunas veces, mientras dormía escuchaba a Rin cantando, cantando su nombre y lejos de hacerlo sentir avergonzado le parecía que estaba bien. Él era su protector.

No tenía amigos. No quería amigos; prefería batallar y conquistar.

No buscaba felicidad.

Después de viajar durante 2 días, Rin fue informada que su destino era palacio de Irasue la madre del amo Sesshomaru, donde también vivía Inojuye. Mientras se desplazaban Rin miro de reojo a su amo. Poseía una belleza auténtica y llena de fuerza, algo que Rin nunca había conocido en un hombre, ni en ningún otro ser; solo en él. En alguna ocasión había visto caballeros a los que se podría describir como «apuestos», o incluso como de «muy buena apariencia»; pero uno no solía tropezarse con alguien que era como si le hubiera robado toda la belleza a la luna.

Mientras Rin le miraba, él frunció el ceño, como si la joven lo hubiese molestado, y dirigió la mirada a Inojuye.

A la mañana siguiente, llegaron al palacio de Irasue.

Esta les recibió con una fingida alegría por ver a su hijo – Veo que la pequeña humana ya no es pequeña- y después se dedicó a mirar al horizonte.

Rin se dirigió a la habitación que le asignaron para luego caer en cuenta que no tenía nada que hacer, pues no tenía ninguno objeto personal con ella.

Horas más tarde fue abordada por Jaken quien le anunciaba que su amo esperaba verla en el salón. Cuando siguió al pequeño demonio no resistió la tentación de tomarle del pelo, aprovechando la altura que ahora le aventajaba le hizo cosquillas en la verde cabeza con la punta de su propio cabello causando que Jaken se golpeara en la cabeza con su propio báculo.

Riendo como una niña se topó con la mirada de Sesshomaru que en un principio no dio muestras de percatarse de lo que Rin había hecho, pero mirándolo fijamente detecto una leve curvatura en sus labios, su joven corazón se estremeció de emoción, decidió que cambiaría con gusto todas las sonrisas del mundo por ese breve y sutil atisbo de sonrisa en los labios de su amo.

Esa niña

Cuando Rin tenía 12 años observo pasar una caravana que trasportaba a una de las concubinas del emperador de Japon, vestida como una princesa con finas sedas y con un porte regio, desde ese día decidió que caminaría, se sentaría y se movería como una dama ya mayor. Así que, un día divirtió a su amo cuando la vio caminando con pasos lentos y hablando mesuradamente en lugar de saltar y gritar.

Sesshomaru no despreciaba a Rin por ser humana, de hecho nunca pensaba en ella como una humana, para el ella era solo Rin. Dejarla vivir en la aldea fue lo más parecido a un acto desinteresado que el habría hecho jamás. Pero siempre estuvo seguro que cuando tuviera edad suficiente, que según la ridícula anciana serian 17 años, ella volvería con él.

Podía esperar a Rin. Estaba decidido a hacerlo. Porque nadie la protegería como el, porque el salvo su vida por lo tanto era su deber guardarla.

Se mantuvo puro, alejaba de sí los sueños y pensamientos que lo distraían, controlaba su cuerpo.

Era un alivio estar con Rin; nunca se sentía a su lado como cuando veía a otras hembras, con los pies descalzos y el pelo suelto, cayéndole sobre la espalda en ondas que atormentaban sus días y sus noches.

Las visiones parecían brotar de las paredes, del aire y del cielo; fantasías de mujeres que abrían los brazos y las piernas, retazos de cosas que recordaba, de curvas de mujer, de piel de mujer.

Hasta aquella vez cuando Rin tenía 18 años, la última vez que fue a visitarla.

Ella salió muy alegre a saludarlo con toda la efusividad de una criatura pura olvidando su porte de dama. Rin no le temía al demonio blanco. Pero Sesshomaru percibió su aroma: un olor íntimo, secreto y explícito que invadió su mente.

Se quedó paralizado. Conocía aquel aroma; vio la cabeza de Rin recostada en una almohada, el rostro enrojecido y los senos arqueados. Su cuerpo se vio anegado por el calor, el apetito y la vergüenza. No podía soportar verla. Se dio la vuelta y se imaginó apoyando la cabeza en aquel vientre y respirando aquel aroma salado y penetrante, desesperado por saborearlo hasta que aquello lo hiciera estallar.

Las cosas que imaginaba lo dejaban espantado. Quería decirle a gritos a aquella niña tonta que se fuese, se diese un baño y lo dejase en paz.

Se despidió apresuradamente luego recordó que no le había entregado su regalo, se volvió y prácticamente se lo aventó para luego despegar el vuelo sin mirar atrás.

Respirando profundamente. Sin esperar Jaken se alejó para no volver.

Rin era suya. Él la protegía. Iba a asegurarse de que la vida de aquella niña fuese como debía ser. Nada iba a hacerle daño nunca, ni a asustarla, ni a hacerla llorar de verdad. Se dio cuenta que en adelante debía protegerla de sí mismo.

Por alguna razón Rin se despertó pensando es su señor, el día anterior, su amo le informo que estarían allí dos días más y la despidió con su silencio, esta mañana la llamo nuevamente a su presencia.

—Le gustas a Inojuye —dijo él.

Rin sintió que el ánimo del nuevo día esfumaba rápidamente.

— ¿A Lady Inojuye? —Sonrió por cortesía—. Me honra que usted lo crea así.

—Les gusta a todos.

—Eso es de lo más gratificante —dijo ella.

Él asintió con lentitud, como si en realidad no pensase en la respuesta de ella. Después de un momento dijo:

—Ella proviene de un linaje puro.

— ¿Ah, sí? —Dijo Rin, ya que él pareció hacer una pausa para recibir algún tipo de respuesta—. Es verdaderamente preciosa.-

Desapareció el aire pensativo del rostro de él; sus ojos se encontraron con los de Rin.

Voy a unirme a Inojuye-

Rin parpadeó. Luego apretó las manos, deseando poder controlar el latido de su corazón, o poder cortarle la cabeza a su amo para que no escuchara como golpeaba su pecho.

—Perdone, señor, pero no creo que le haya entendido correctamente.

Él la miró directamente a los ojos.

—Sí me has entendido.

—Pero está claro que… es un asunto absolutamente privado.

—Debes saberlo porque vivirás conmigo y con ella.

La espalda de Rin estaba más tiesa que un palo.

—Creo que se está burlando de mí, amo Sesshomaru.

El giró la cabeza y dirigió la mirada más allá de las hileras de plantas y flores del jardín. Cuando volvió de nuevo la cabeza, su mirada era fría e intensa.

—No estoy burlándome de ti.

Aquel aire sombrío y concentrado resultaba desconcertante. Era como ser observada por una estatua de ojos dorados que hubiese cobrado vida

—De verdad, señor Sesshomaru —dijo sin poder contenerse—. No soy capaz de imaginar porque ha me ha traído con usted si va a unirse a esa mujer.

Él la miró con tal violencia en los ojos que la voz de Rin se apagó.

—Eso no es de tu incumbencia —

—Últimamente nada es de mi incumbencia— murmuro rencorosa.

Se sentía de lo más cohibida y a la vez asombrada por su propia impertinencia y los dedos le temblaban.

Se hizo un silencio muy cargado entre ellos. Luego sacando valor Rin agrego:

¿Es de mi incumbencia saber qué posición ocupare en su hogar?-

¿Qué posición esperas?

Rin parpadeó rápidamente. El rostro avergonzado del joven Sinji, enrojecido, triste e impotente, se dibujó ante sus ojos.

—Espero no ser abandonada al desprecio —dijo—. Me gustaría… que me defendiesen.

Notó que el señor Sesshomaru la miraba. Lo sintió, porque era incapaz de levantar la cabeza, especialmente después de decir algo tan ridículo.

—Ya veo —repuso él lentamente.

—Lo siento. ¿No se trata de eso, verdad? —Enderezó la columna, tratando con mucho esfuerzo de mostrarse indiferente. — Creo que lo más correcto es que la señora Inojuye decida eso.

—Tu seguirás siendo Rin- se puso de pie y se volvió para marcharse.

Rin contempló su espalda, su cabellera, sus anchos hombros y la fortaleza de sus manos. Recordó su rostro cuando de niña la protegía: severo y hermoso. Entendió lo que quiso decir Tu seguirás siendo Rin quería decir que seguiría siendo su protegida, y esa muestra de lealtad le provoco un vuleco en el corazón.

El señor Sesshomaru se detuvo y la miró a los ojos en ese momento, con una intimidad y una complicidad que Rin sintió en todo su cuerpo con una sacudida de doloroso placer.

«Ojalá», pensó, permitiéndose una flaqueza que desde hacia mucho tiempo había tenido mucho cuidado en evitar.

«Ay, ojalá…»

Hoja de corazón

Las mujeres adormecen los sentidos. Sesshomaru repetía mentalmente, lo que sabía tras toda una vida de aprendizaje En general, lo mejor es evitarlas, así los sentidos se agudizan; eso lo tenía claro. Sabía que un guerrero percibe a una mujer desde lejos, sin tan siquiera verla u oírla. Pero las mujeres son deseables, ¿no es cierto?, Un guerrero debe conocer sus propias debilidades. ¡No! Yo no tengo debilidades. Pero los cuerpos de las mujeres son bellos, se mueven con gracia, sus pechos son redondos… y su piel dulce y suave al tacto.

Sesshomaru abrió los ojos. No sabía de donde venía ese último pensamiento. Solo tenía imágenes que lo asediaban hasta la desesperación, y, de súbito, para espanto suyo, no pudo controlar la reacción que en él provocaban. Sesshomaru estaba asqueado. Sumido en la más intolerable de las humillaciones mientras se traicionaba a sí mismo como no lo había hecho desde que era un cachorro.

Tu cuerpo responde a tus apetitos incluso mientras los niegas se reprendía.

Sintió que la sangre le pesaba en las venas. Mantuvo los ojos abiertos, mirando al espacio. Inhaló. Exhaló. Era como si se estuviese ahogando.

Ruborizarse por una mujer. Que patético. Las mujeres distraen. Pero, gracias a la pasión que el hombre siente por la mujer, la fuerza universal de la vida, el ki, se transforma en algo concreto, y se crea nueva vida. Es una cuestión delicada. No es algo malo que un guerrero yazca con una mujer, pero sabía que, por muchas razones, es mejor no hacerlo. Y mucho menos con una humana, aunque esta fuera Rin. No hay que rendirse a las flaquezas personales como había hecho su padre con aquella humana. Hay que mantener en el interior los principios esenciales: el valor, el coraje y el honor. Era su deber conservar la pureza de su sangre.

Sesshomaru mantenía la aterradora fuerza de sus apetitos escondida. No había honor, ni coraje. Solo un profundo temor a perderse, a caer, caer, caer en un pozo sin fondo.

En su lugar, debía coger esa energía y utilízala en las artes de guerra.

No debía desperdiciar su energía vital en las mujeres.

Eres un guerrero. Tu corazón es la hoja de la espada.