Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 8
Después de su extraña reunión con Sesshomaru, Rin se dedicó a pasear por el palacio con la libertad que le daba el saber que nadie lo consideraría impropio pues los Youkai no se regían por las mismas normas de conducta que los humanos.
Estaba tan concentrada admirando un jarrón fuera del salón principal que se sorprendió cuando escucho la monótona voz de Irasue hablando con Jaken.
— ¿Que ha hecho qué? —preguntó la dama, como si no hubiese oído bien a su informador.
—Me ha informado que va a unirse a la señora Inojuye, su sobrina, mi señora.-
Así que son de la misma familia, pensó Rin angustiada, con razón dijo aquello sobre su linaje puro.
—Ay. Sabía que iba a suceder —dijo Irasue con falso dramatismo—. Hace años que lo veo venir.
— ¿No le agrada? —La voz del sirviente sonó más suave y un tanto sorprendida. — No me imaginé que pondría objeciones.
Rin giró la cabeza. A través la puerta entre abierta alcanzo a ver a Irasue tendida sobre si majestuoso asiento, fingiendo sufrir mucho. Se había llevado la mano a la frente, como si quisiese frenar un dolor. Cuando el pequeño Jaken alargó el brazo y le puso la mano en el hombro, ella se recuperó se su crisis y en menos de dos segundos el demonio cara de sapo ostentaba un nuevo golpe en su cabeza. Rin observo divertida la escena hasta que de nuevo Irasue se tendió a fingir sollozar.
Sabía que su deber era irse de allí. Que aquello no debía escucharlo.
Pero continuó allí en silencio.
—No sabía que se iba a sentir así —murmuró Jaken—. Es porque están emparentados.
Irasue negó con la cabeza.
— ¡No! —Movió la cabeza con más vehemencia todavía—. ¡No! ¿Es que no está claro que arruinara a Inojuye?
Sin entender lo que quería decir Rin continúo espiando
En la voz de Irasue había una nota de pánico que parecía real.- No funcionara, mi hijo tiene las mismas costumbres extrañas de su padre, será el fin de nuestro linaje-
Todavía estaba allí, desplomada en el suelo y con la mano sobre la boca, cuando apareció el señor Sesshomaru.
Se enderezó de golpe y saltó del suelo con aire culpable.
Sabía que su rostro estaba de color escarlata.
-Voy a tener que marcharme.-
Rin levantó los ojos de repente.
— ¿Es sobre la espada? ¿Es por eso por lo que tiene que marcharse?
—Sí, es sobre la espada. —Su voz era tranquila y sin alteración alguna, pero Rin se sorprendió de ser informada.
El corazón de Rin pegó un salto. — ¿Quiere que lo acompañe?
— Puedes quedarte aquí, o venir conmigo
— ¿Aquí? ¿En esta palacio?
Rin recordó las voces en el salón
—Estarás segura-
—Ah —dijo Rin. Consiente que por primera vez su amo le daba oportunidad de escoger—Me complacerá ir con usted serle útil en lo que pueda-
Él la miró con los ojos entrecerrados. Su mirada brillante hizo que Rin se arrepintiese de inmediato de haber hablado tan alegremente—. Hay cierto objeto que tengo que recoger de tu antigua habitación—murmuró—tu y yo iremos a buscarlo.
El camino de regreso a la aldea fue mucho más rápido, solo les tomo un día llegar allí, pues fueron volando en lugar de andando. El señor Sesshomaru la observaba. Ella veía su rostro, perfilado por la débil luz de la tarde
—No te agrada volver—dijo él, rompiendo el silencio en el que estaban sumidos.
Rin miro las puntas de sus dedos.
—La verdad es que no.
Él giró la cabeza. La luz caía de pleno sobre su rostro, y lo iluminaba con llamaradas etéreas de gélido fuego.
—Podías quedarte —dijo él—.
A Rin no le importaba tanto su propia comodidad. Prefería con mucho que tuviese necesidad de ella.
Él tiró de la correa de Ah-un para empezar a descender. Cuando se fijó donde había aterrizado se paralizo.
— ¿Rin? —preguntó él.
— ¿Qué debo hacer?
—No se te ocurra desmayarte —dijo él—, y obedéceme.
—Pero seguramente… —Rin abrió las manos, nerviosa, y las volvió a cerrar.
—Dijiste que querías ser útil —dijo él.
—El amo Sesshomaru —susurró Rin—, está usted más loco que una cabra.
Ella deseó que hubiese elegido otro lugar para dejarse ver. Pero no era propio del demonio pedir excusas ni ofrecer explicaciones. Si a él lo que le apetecía era estar en aquel lugar lo haría.
Sin embargo, se quedó horrorizada cuando Ah-un hizo tanto ruido que llamo la atención de algunos aldeanos en especial del señor Yamasaki y el joven Sinji ya que habían aterrizado justo afuera de la posada. Ella había alimentado la esperanza de poder marcharse sin ser vista, pero, al levantar la vista, se encontró ante el rostro atónito del joven hijo del posadero.
— ¡Señorita! —Exclamó, mientras se aproximaba con aparente intención de alejarla de la bestia—. ¡Ay, señorita, qué alegría verla! Nos temíamos que usted… —Se interrumpió, y la sorpresa y el alivio dieron paso a un instante de perplejidad. Soltó el brazo de Rin como si le quemase.
—Es mi amo, el señor Sesshomaru —dijo Rin al instante.—yo soy su protegida —añadió Rin, ansiosa de que Sinji no se formase una idea equivocada.
Pero, de cualquier forma, él dio la impresión de que sí que se la formaba. Rin vio cómo su rostro mudaba de color y unas pecas se hacían más evidentes en su piel.
—Protegida —repitió el joven en tono helado, sin apartar la vista del demonio—. Ha sabido usted hacer muy bien las cosas.
Aquellas palabras podrían haber sido agradables, pero el tono en que las pronunció hizo que resultase todo lo contrario. Rin tragó aire disgustada; pero, antes de que pudiese decir nada, el señor Sesshomaru comenzó a andar y ella no tuvo más remedio que seguirlo.
—Vinimos a recoger tus cosas, Rin-.
Era obvio que aquello no hacía más que confirmar las sospechas de Sinji. Casi llegó a pensar que su indignación lo empujaría a atacar físicamente al señor Sesshomaru.
Pero las grandes manos del joven solo se movieron para agarrarse la una a la otra en su espalda.
— ¡Cree que estoy mintiendo! —exclamó la joven, llena de vergüenza y desesperación.
—No tiene que preocuparte, ¿no? —fue el comentario del señor sin detenerse a esperarle.
—Pero cree…
—Mejor así. Que lo crea.
— ¡Oh! —dijo Rin con horror al ver que el señor Yamasaki la seguía.
— ¡Señorita Rin!.. Señorita, esta situación no me parece del todo respetable —le dijo al oído—. ¿Está segura de lo que hace?
—Soy la protegida del amo Sesshomaru —replicó ella a la defensiva—.
El hombre mayor le lanzo una mirada al demonio.
—Sin lugar a dudas, es un demonio apuesto. —Sacudió la cabeza—. Lo siento por el pobre Sinji, aunque me atrevería a decir que se lo merece, por la forma en que se quedó sentado como un saco y permitió que la bruja de su hermana le echase a usted toda aquella porquería encima, y así se lo he dicho. Lleva fuera de sí desde que usted desapareció.
—No creo que preocuparse por mi bienestar sea asunto que concierna al joven Sinji—dijo Rin, empujada a la altivez por la mención de la horrible señorita Sayuri.
—Bueno, ya ha pagado por no haberlo hecho. Solo quiero que tenga cuidado, señorita. Yo sé que usted es alguien de calidad. No haga ninguna tontería. ¿Qué clase de demonio se hace cargo de una joven hermosa?
—Mi señor, Sesshomaru. —Rin empezaba a estar harta de tanta sospecha.
—Claro debe ser muy especial—dijo el hombre, como si aquello demostrase que estaba en lo cierto—. Claro que muchos no lo harían. Perdone que sea tan directo, señorita. Nunca le habría hablado así si no pensase que era importante, pero no se sorprenda si intenta engatusarla. Lo veo muy probable, si es que aún no lo ha hecho.
Rin se indignó.
—Pues yo, muy por el contrario, no soy capaz de imaginar nada más improbable —dijo entre dientes—. De verdad, señor, no entiendo cómo puede decir una vileza así. Le aseguro que mi amo, que siente verdadera devoción por una hermosa Youkai de linaje puro. Están a punto de unirse, y dudo mucho que albergue pensamientos tan sucios en su mente como muchos en esta aldea, que parecen completamente obsesionados por esas cosas. —Echó a andar y, al momento, se dio la vuelta y le soltó—: ¡Además, soy su protegida!
—Eso no supone ningún problema para un hombre que esté decidido —repuso el señor Yamasaki, con la seguridad de alguien que sabe bien de qué está hablando.
—Buenas tardes —dijo Rin con firmeza, y se giró para dirigirse a su cabaña alcanzando a su señor.
Cuando Rin entro a su cabaña encontró que el joven Sinji había seguido de cerca a Sesshomaru y ambos se encontraban dentro. No tenía idea de lo que se esperar.
— ¡Conque ha vuelto! —En ese momento se escuchó la voz de la patrona llegando tambaleante a la puerta de la casa—. Pensé que lo haría, señorita engreída… y se ha traído al señor con usted. Buenas tardes, señor mío. —Su amabilidad desapareció bruscamente al ver que el joven Sinji también estaba presente—. Bueno, ¿a qué viene esto?
Sinji sombrío dirigía miradas acusadoras a Rin por el rabillo del ojo. Ella no le prestó atención. Él no era mejor que su hermana, dispuesto a sacar las conclusiones más despreciables a la primera. Rin se consideró afortunada por haber visto cómo era en realidad.
Pero, de cualquier forma, era humillante. La señora Tositivo no había dicho explícitamente que el señor Sesshomaru la había visitado en su habitación, pero Rin temía que resultaba de lo más obvio.
—Rin haz lo que tienes que hacer-.
Sesshomaru dejo claro que tanto alboroto lo repugnaba, lo que hizo que el humor de Rin mejorase un tanto.
Vine a recoger mis cosas-
— ¡Sus cosas! —La señora Tositivo se llevó la mano al pecho—. Pues bien, lo siento mucho, pero la señorita Rin cogió, se marchó de aquí y punto final. A mí no me dijo ni palabra sobre sus cosas. Se las llevó todas con ella.
— ¡Eso no es cierto! —Exclamó Rin—. ¡No me llevé nada!
—En tal caso, ¿por qué está la habitación más vacía que la despensa de una viuda? Le aseguro que yo no las he cogido.
—Esta es mi casa —gritó Rin.
— ¿Le dijo a alguien que cuidara sus cosas? —preguntó la señora Tositivo.
— ¡Nadie tenía derecho de entrar aquí!
—Por supuesto que no. Señorita presumida. Debería haberme dado cuenta desde el primer momento de que usted no era más que escoria. Si hubiese dejado algo, creo que los aldeanos estarían en su derecho de recuperar todo lo que usted nos ha costado. ¿No es cierto, joven Yamasaki?
Sinji se encogió de hombros.
—Depende.
—Pero ¿ha vendido el espejo y el cepillo? —Preguntó Rin con inquietud—. Solo quiero los objetos de la anciana Kaede, con eso me…
— Yo no sé nada de un juego de tocador de plata. —gruñó la señora Tositivo.
— Lo robó- sentencio Sesshomaru.
— ¡Robarlo! ¡No diga semejante cosa! Lo único que sé es que la chica se fue. Y me debía mucho por todo el tiempo que vivió en una aldea respetable, aprovechándose de nosotros.-
La señora Tositivo se inclinó hacia él Sesshomaru.
—Para una dama que entretiene a sus pretendientes…. No sé cómo puede compensar a la gente decente, mi señor-
— ¡Nunca he entretenido a ningún pretendiente!
—Vamos, señorita, con mis propios ojos…
El señor Sesshomaru interrumpió a la patrona.
—Ya ha tomado el juego de tocador, están a mano.
La doble papada de la señora Tositivo tembló cuando se disponía a hablar y, al instante, titubeó. Cualquiera podía ver que quería pedir algo al demonio. Cuando su mirada se cruzó con la del demonio, pareció perder un poco de su audacia.
—Así es —murmuró la mujer.— aunque no eran más que baratijas —dijo ella, mirando como si estuviese hipnotizada—. Nada de plata auténtica.
Él miró en dirección a Rin. —Apresúrate—y salió seguido por la patrona que aun parecía atontada.
Rin miró al señor Sesshomaru con impotencia, pero el siguió su camino al parecer sin percatarse que el joven Sinji se había quedado en el interior de la cabaña.
—Señorita —dijo el hombre de forma cortante, y se aproximó tanto a su espalda que ella sintió su aliento en la nuca.
¿Y ahora qué? Se fijó en su habitación. Había desaparecido su ropa, su cesto de costura; nada de eso tenía importancia, pero perder el espejo y el cepillo de la anciana Kaede…
¿Y por qué en nombre de todo el fuego del infierno su amo la había llevado de vuelta allí? ¿Qué estaba haciendo allí? Había supuesto que él tenía sus propias razones para querer ir en persona a su habitación, pero no se había esforzado mucho en hacerlo.
—No puedo creerlo, señorita —dijo el Sinji con voz tensa.
Ella se dio la vuelta hacia él.
—Yo tampoco. ¡Todas mis cosas!
—Me importan una mier… —La cogió del brazo—. ¡Me importa un bledo sus cosas! No puedo creer que mi hermana estuviese en lo cierto.
—Su hermana —repitió Rin, apartándose todo lo que la mano de él le permitía.
—Yo creí que usted era maravillosa; creí que era una joven honesta. —Tenía el rostro acalorado y la voz llena de pasión—. Yo esperé. La traté con respeto. ¡Quería casarme con usted!
Ella tiró del brazo hasta soltarse.
—Yo soy completamente honesta, señor. Y me gustaría que no hablase de esas cosas conmigo.
Él la asió de ambos brazos; sus manos la apretaban con tanta fuerza que le hacían daño.
— ¿Es esta la primera vez? ¿Ha ido con ese demonio antes?
— ¡Suélteme!
Sentía la sangre latir en las yemas de los dedos por la forma en que la apretaba. Se retorció intentando liberarse, pero no lo logró.
—Sayuri me lo advirtió. Me advirtió que usted no era todo lo buena que debería ser. Pero hasta que lo he visto con mis propios ojos…
— ¡Contrólese! —gritó Rin.
Le dio un empujón, pero solo sirvió para que él la ciñese con más fuerza. El joven acercó el rostro al de ella, y Rin se echó hacia atrás, presa del pánico. Podría haber gritado; pensó que debía hacerlo, pero se dedicó a empujar con todas sus fuerzas y trató de soltarse, mientras que él la apretaba cada vez con más fuerza y la acercaba más hacia sí.
— ¡Joven Yamasaki! —Rin estaba jadeante, resistiéndose y apartándose todo lo posible de él—. ¡Déjeme ir!
— ¡Que la deje ir! Para que pueda marcharse con él porque es un demonio más guapo que el pecado, e igual de malvado. Yo conozco a los de su clase. ¡Y a las mujeres como usted! A las de su clase no les importan los sentimientos de un hombre feo, ¿verdad que no? —La sacudió con fuerza—. Lo único que les importa, como dijo Sayuri, es lo que pueden sacar de beneficio.
— ¡Señor Yamasaki! —Rin se removió hasta soltarse.
Vio al señor Sesshomaru en el umbral, y dio un grito ahogado, mezcla de alivio y de vergüenza.
Él no dijo nada; se limitó a observar al joven con mirada desapasionada.
—Conque quiere pelea, ¿no? —gritó el hombrecito fuera de sí. Dio un paso en dirección al señor Sesshomaru, cerrando los puños—. Pues la va a tener, me da igual que esté sea un asqueroso demonio. ¿Es eso lo que quiere?
—En realidad, no —murmuró el señor Sesshomaru con aire aburrido.
Rin vio con mucha claridad la bestia en su mirada tranquila y alerta. Sintió un poco de temor por el joven Sinji, que, ignorante del peligro, se abalanzó sobre el señor Sesshomaru y le lanzó un puñetazo.
Dio la impresión de que el demonio lo único que hizo fue echarse a un lado. Por un instante, los dos estuvieron juntos en el umbral, y al momento el hombrecito se tambaleó hacia atrás y tuvo que agarrarse a la barandilla para no precipitarse de nariz al suelo. El señor Sesshomaru se dio la vuelta y se quedó allí, entre ella y el hombre.
Rin oyó que volvía el joven, y percibió su respiración agitada. Se frotó los doloridos brazos con las manos y miró más allá del señor Sesshomaru.
— ¡Yo me habría casado con usted! —murmuró el—. ¡En contra de Sayuri, y pese a todo! ¡Pregúntele a él qué le ofrece!
Rin sintió que le temblaba la boca con una mezcla de desilusión, lágrimas y nervios.
—No, no lo habría hecho —dijo en voz baja—. Ni siquiera me defendió ante su hermana. ¡Quiero que se vaya de aquí!
— ¡Esa bestia no es más que escoria! ¡Mírelo, señorita! A los de esta clase se los distingue a kilómetros de distancia. Mírelo. Todo lo que es rastrero y vergonzoso, eso es lo propio de los de su clase. Usted piensa que es muy apuesto, pero es pura basura. Ya descubrirá qué quiere de usted. —Se agarró al marco de la puerta y se soltó de golpe—. ¡Maldita sea usted, señorita! ¡Malditos sean los dos! —Se dio la vuelta y empezó a bajar por la escalera.
El ruido de sus pasos resonó en el silencio que dejó tras él. El demonio permaneció inmóvil, todavía de cara a la puerta, mientras los pasos del joven se oían cada vez más lejanos. Cuando el golpe de la puerta de entrada al cerrarse hizo temblar el aire con una ligera vibración, se dio la vuelta. Tenía una mirada extraña, perdida, como si por un instante no la reconociese.
Su expresión cambió en un abrir y cerrar de ojos. Se elevó al techo y descendió con un movimiento rápido y ágil. Rin vio que llevaba en la mano algo alargado y estrecho que le resultó horriblemente familiar. Se lo quedó mirando, pero él no le dejó tiempo para pensar.
—Es hora de irnos —.
— ¿Qué?
Pegó un respingo, consternada. ¿Cómo era posible que estuviese todo el tiempo allí?
— ¿Qué vamos a hacer con ella?
No respondió. Parecía remoto, muy distante de ella en sus pensamientos, pese a encontrarse a apenas unos centímetros de distancia frente a ella.
Rin dio un leve gemido y se presionó con las yemas de los dedos el tabique nasal. Su amo era realmente difícil.
Llegaron al día siguiente al palacio de Irasue, al llegar a la habitación que le habían asignado, Rin encontró dos nuevo kimonos: uno negro con flores rojas y el otro de un azul muy oscuro, totalmente digno de una princesa. Junto a la ropa había otro regalo, un anillo, un sencillo aro de plata sin ningún tipo de imperfección. Su joven corazón se aceleró al saber que su señor había dispuesto regalos para ella.
Cuando llego al salón principal se encontraban allí Irasue sentada cual emperatriz en un trono y a su derecha Inojuye. Ambas formaban una estampa admirable de etérea belleza inhumana.
Inojuye la miro.
—Es irritante —dijo sin ninguna emoción—. Sesshomaru se marchara nuevamente.
Rin no respondió, pues sabía que nadie esperaba que lo hiciera. Bebió té mientras pensaba en el regalo de su amo. El anillo, un círculo perfecto maru significaba «círculo, realización completa», y a veces era un sufijo afectuoso para cosas como hojas de espada de calidad.
«Hombres», pensó con ironía, mientras cerraba los ojos para darles un momento de descanso. Reflexionó sobre el término para círculo, y sobre el anillo de plata, y adormilada pensó: «Sé lo que el círculo significa: realización. Significa que volverá».
Aquella noche, se enderezó asustada en la cama. Por un momento se sintió confundida. Entrecerró los ojos, tratando de librarse del sueño que se apoderaba de ellos.
Él debía de haber estado allí ya y haberse marchado, lo sabía.
— ¿Estás despierta?
La voz de él le llegó suave; salió de la oscuridad y debería haberle provocado un susto, pero en lugar de eso tuvo un efecto balsámico, al resultarle familiar al instante.
—Ah —susurró, llevándose la mano al cuello—. Todavía está usted aquí.
Lo localizó cuando se movió; había estado bastante cerca, pero cruzó sin ruido hasta la ventana, y Rin pudo ver su rostro bajo la fría luz.
Mientras ella lo observaba, se dio cuenta que el llevaba en su mano la espada maldita, la levantó de manera que la empuñadura dorada y la hoja laqueada resplandecieron en la oscuridad, y las borlas de bronce le cayeron sobre la mano.
—Ven a verla —la invitó.
Rin se acercó a la ventana, atraída por el silencio de la noche y el resplandor perlado de la espada. Bajo la empuñadura, la guarnición relucía con incrustaciones de oro: remolinos de nubes entre los que aparecían la faz de un león o la de un perro.
—Yo puedo sentir su poder —aseguro él en voz baja—. Es un poder antiguo que desea la guerra.
Era preciosa.
Él tocó la empuñadura.
—Debería tener una hoja forjada por un maestro.
Leda levantó la vista hacia él. Él asió la empuñadura y la vaina y las separó.
Apareció un trozo de burdo hierro, de un palmo y medio de longitud, unido a la empuñadura como un muñón de un brazo cortado.
— ¿Qué le ha pasado? —preguntó Rin con sorpresa.
—Eso es lo que debo averiguar. —Deslizó la empuñadura en su sitio y la examinó. Las sombras y la plata le dividían el rostro en distintos planos—. Todo ese oro por fuera. Y hierro doblado a martillazos en el interior. —Repasó con el dedo la vaina laqueada—. ¿Crees que aquel humano tenía razón?
— ¿Razón? ¿Con respecto a qué?
Él se limitó a mirar hacia la noche.
—El joven Yamasaki es un impertinente y tiene muy malos modales —dijo Rin—. Y la próxima vez que lo vea, le negaré el saludo. En sus conjeturas sobre mí está completamente equivocado.
— ¿Y qué hay de sus conjeturas con respecto a mí?
— Está claro que es un hombre bastante estúpido-.
Él la miró a los ojos.
—Rin, sabes que volveré a marcharme ¿hay algo que quieras de mi antes de partir?
La súbita profundidad que mostraron sus ojos hizo que Rin se sintiese cohibida.
—Creo que debería ser justo al revés. Usted es mi amo.
— ¿Quieres volver a la aldea?¿Quieres que les deje claro que no voy a tolerar que te traten de modo impropio?
— ¡No! —Rin sacudió la cabeza con fuerza—. No, mi lugar está a su lado. Aunque quizá…
-¿Qué quieres, Rin?-
-Me hubiera gustado despedirme de la sacerdotisa Kagome y el señor Inuyasha-
Sesshomaru hizo un gesto desdeñoso.
—Me esperaras aquí, Rin- fue todo cuando dijo el demonio.
De repente Rin se sintió un tanto torpe. Sin entender porque resultaba increíblemente difícil decir adiós a su amo esta vez. Impulsivamente, alargó la mano y la posó sobre la de el—. Por favor vuelva pronto mi señor.
El aire pareció pararse y la miró con tal severidad y de forma tan intensa que la atravesó como el brillo de la luna hace con el agua y el acero. La mano se movió bajo la suya. Solo eso.
Solo eso, y sin embargo ella percibió un cambio radical en todo, y oyó los latidos de su propio corazón en los oídos.
«Ya descubrirá lo que él quiere de usted.»
No sabía qué era; no era capaz de expresarlo, pero había tal gélida energía en él, en los ojos que recorrían su rostro, en la mano inmóvil, en su quietud absoluta…
Rin bajó los ojos. En el mismo instante él le asió la mano y depositó un trocito de tela enrollada en ella.
—Buenas noches, Rin.
Se apartó de ella y de la ventana, y se internó en las sombras de la habitación. Rin no oyó nada, ni siquiera el chasquido de la puerta, pero supo que se había ido.
Se acercó a la ventana. La tela sobre su mano se desenrolló y vio que era un lazo de seda oscura. No podía distinguir el verdadero color con la luz exterior, pero una moneda brillaba en el centro.
Una única moneda.
Una moneda, como el anillo de plata.
«Un trozo de tela enrollado es señal de respeto, símbolo de la amistad.»
Rin enrolló la moneda en la seda con los dedos, y se llevó el envoltorio a los labios hasta que adquirió la misma calidez que sus propias manos.
