Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 10
Rin sentía un desagradable martilleo en la cabeza cuando despertó. Tampoco sus entrañas parecían estar muy bien, y había una imagen persistente en los límites de su conciencia que tenía la impresión de no tener el más mínimo deseo de recordar.
Se dio la vuelta y se hundió todavía más en la almohada al oír el suave roce en la puerta. Pero, de cualquier forma, una sirvienta entró susurrando:
—El amo Sesshomaru dice que tiene presentarse ante el, señorita.
—El amo Sesshomaru-. El recuerdo que se negaba a reconocer se abrió paso sin obstáculos en su mente.
Rin gimió y se enterró todavía más.
—No puedo. —Las palabras fueron apenas un balbuceo—. Creo que no me encuentro bien.
—Lo ha ordenado el amo-
Necesitaba un te…. Pero enfrentarse al su señor, ordenar sus desordenados pensamientos, tragarse la bilis que le subía a la garganta y, de hecho, voluntariamente, sin que la arrastrasen encadenada poderosas bestias, presentarse ante él… No, no se veía capaz de hacerlo.
La sirvienta, sin embargo, no solo lo veía posible, sino imprescindible.
Con el pelo peinado en un apretado lazo alto, Rin avanzo por un largo pasillo siguiendo a la sirvienta de Irasue. Por necesidad, agarró la pared con mano firme para tener apoyo. Al llegar al umbral, sintió un breve instante de nervios y rebeldía en su interior, pero un sirviente ya le abría la puerta. Su señor se limitó a decirle que volvía a partir.
Sesshomaru tenía miedo. Era consciente que lo invadía. Era consciente de la enorme brecha que se había abierto en sus propósitos. Permanecía bajo la lluvia y pensaba en cosas elementales. Fuego. Agua. Viento. Pensaba en la disciplina. La voluntad que se pone en acción sin pausa.
Rin pensó que sus recientes encuentros con su señor no habían sido del todo satisfactorios. Sentía la necesidad acuciante de encontrarse con él en una situación en la que ella tuviese el papel dominante, para demostrarle lo controlada y sobria que era, y que, por norma, no tenía tendencia alguna a excederse con el licor de cerezas ni a apoyar la espalda en nadie.
Sin embargo, su amo se ausento por un mes entero y el día que decidió volver él consiguió asustarla y hacerle perder la compostura, al aparecer mojado y con parte de una hoja muerta pegada al brillante pelo, justo en el momento en que ella salía hacia el jardín
— ¿Dónde está Inojuye?
Ni un saludo, tan solo aquella pregunta brusca, como si ella fuese uno de los sirvientes. Sus ojos dorados se cruzaron con los de ella apenas un instante.
Rin bajo los ojos.
—En el salon de la señora Irasue.
—Rin que quede claro que no voy a tolerar ningún comportamiento impropio de tu parte.
—Sin duda. —Rin se tragó la angustia—. Pero…
Él se giró y se dirigió hacia el salón.
—En adelante te mantendrás alejada de cualquier sustancia que altere tu mente.
Rin alzó la cabeza, indignada por que él pareciese pensar que era una impresentable.
—Está muy claro, amo Sesshomaru.
Su dignidad ofendida no pareció hacer mella en él. Se dedicó a mirar hacia el frente, como si prefiriese mirar cualquier cosa antes que a ella.
—Si mi madre e Inojuye quieren probar cualquier sustancia, recuerda que me obedeces a mí.
—Solo nos divertíamos.
—Tú no estás aquí para divertirte.
—La señora Inojuye cree que estoy aquí para divertirla a ella.
Por fin, él se dio la vuelta y la miró. Podía estar furioso, pero no tenía un pelo de tonto.
—Si quiere que viva con ustedes, es bueno que la señora me acepte.
Parecía que la noticia, en lugar de agradarle, lo había dejado confundido. Tras unos instantes, sus labios se curvaron con algo de humor.
— ¿Y qué si es así? No me importa si ella se divierte.
—En mi opinión ese debería ser el principal propósito de su matrimonio, ser felices y tener bebes ¿o es que me equivoco?
Sesshomaru entrecerró los ojos
— ¿Que puedes saber tú?
Ella, ya antes de que él hablase, estaba ruborizándose intensamente. Su impertinencia era imperdonable. Agachó la cabeza.
—Soy una impertinente redomada y no tengo excusa.
—Lo eres —Él habló dirigiéndose al techo, en un tono terriblemente frío- He traído un presente para Inojuye. Pretendo concretar los detalles de nuestra unión hoy mismo. Ven conmigo, quiero que lo veas.
Mientras con Rin siguiéndole los pasos, Sesshomaru se sintió absurdamente nervioso. La guio a un pequeño salón donde sabía que no los molestarían. Había traído consigo un medallón de jade, que había conseguido al derrotar a un demonio del norte. Un medallón tallado por los ancestros demonios, contenía almas de demonios antiguos que protegerían a su portadora.
Dentro de un estuche de madera, su tesoro yacía sobre un lecho de seda roja. Que la opinión de ella le importase era una especie de debilidad, pero no se resistió a la idea. Era mejor utilizar la fuerza de sus impulsos libres, dirigirla y proyectarla, y convertirla así en inesperada energía. Había cosas que necesitaba entender; ella era una fuente de cierto tipo de verdad, de una verdad femenina confusa, nebulosa y siempre cambiante que escapaba incluso a lo que el sabia.
Nunca, hasta ese día, se había enfrentado cara a cara con lo que aquello implicaba.
Ni la propia Rin sabía lo que eso significaba, de eso estaba seguro. No podía saberlo. Si lo supiese, sería distinta, no sería tan alegre ni tan abierta, no se dirigiría ni a él ni a nadie más con tanta libertad, con miradas y roces que eran como los que da una niña, limpios y llenos de candidez.
Por lo menos, los de una niña como ella había sido. Él no quería que ella cambiase. No quería que se uniese a alguien. No quería que nadie descubriese sus secretos. Lo único que sí quería, siempre, era proteger a Rin de lo que él sabía.
De lo que él era. De la diferencia entre lo correcto y lo que había recorrido su cuerpo el día que Rin había apoyado su cuerpo en el de él. De todas las cosas que tenía claras, la más meridiana era que no quería herir a Rin jamás. El haría que estuviera salvo.
Su vida entera se resumía en dos objetivos: unirse con Inojuye, y en que Rin estuviese a salvo. Estarían todos protegidos. Él estaría completo.
Pero era posible que Rin ya conociese ciertos secretos. Ya no corría hacia el con la misma total confianza, sobria o bebida. Ahora Rin hacía gala de su recato como si estuviese cubierta de espinas, excepto cuando se encontraba ebria de licor de cerezas. Ella guardaba las distancias… quizá sí que lo entendiese… quizá sintiese lo mismo que él y luchase por controlarlo.
Sería un alivio, pensó. Un alivio oscuro y deseado, yacer con ella y saciar su apetito.
Supo que ella lo estaba mirando. Siempre la percibía con claridad; era una sensación especialmente viva. Su olor, sus pasos, su aliento suave, el frufrú de la tela de su ropa; todas esas eran características suyas que él, por supuesto, conocía, pero había otras cosas que estaban más allá del umbral de percepción normal, y que resultaban claras, transparentes para la conciencia profunda que existía en lo más recóndito de su ser. La conocía desde que era una niña. La reconocería en cualquier lugar.
Su esencia era puramente femenina. Le parecía más femenina, más opuesta a él, más escondida entre las brumas de lo que cualquier hembra le había parecido nunca. La parte débil de su ser la añoraba.
«Tienes que ser fuerte —se había dicho a menudo—. Pensar que la debilidad es únicamente un defecto es poner límites a los propósitos. Enfréntate a la verdad, y después utilízala para tus propios fines.»
Pero aquella debilidad suya era de una clase que él no quería utilizar. Para potenciar la debilidad tenía que conocer antes sus dimensiones, y eso no lo sabía ni quería saberlo.
Ella olía a flores silvestres, a brisa fresca en la árida calidez de la estancia.
Vestía un atuendo verde, su regalo más reciente, pero ahora se fijó en su escote pronunciado, con sombras color esmeralda. ¿Había escogido él algo tan atrevido a propósito? La piel y el cuello sin adornos eran como el pálido resplandor blanco de las flores que se abren en la noche.
Sesshomaru se sintió ingrávido, como si hubiese saltado de una roca. Durante meses se había mantenido a distancia, viajando e interrogando a toda clase de seres. Casi se podría decir que había sido un monje, en lo que al contacto con las mujeres se refiere. Si evitarlas había aguzado sus sentidos hacia aquello de lo que se había apartado, ahora cada una de sus sensaciones y facultades estaba inundada de ella.
Había visto escotes más reveladores en muchas Youkai. Pese a todo, aquel hecho lo confundía. Nunca había visto a Rin vestida de otra forma que con cuellos altos de lo más modestos, a no ser por aquella imagen que se apoderaba de él de sus pechos, su espalda y sus hombros mientras se cepillaba el pelo en su dormitorio.
Toda aquella mata de pelo caoba, aquel pelo que le había acariciado la mandíbula con la suavidad de las plumas, se lo había recogido en alto en un peinado suelto. No tenía unas facciones tan clásicas como las de Inojuye. El rostro de la Rin, como mucho, podía describirse como bonito; los ojos eran marrones, y la barbilla tenía forma de corazón. La boca tenía una línea agradable incluso cuando no estaba sonriente. Qué bien la conocía, tras momentos robados de observarla. Al lado de Inojuye, parecía incluso que podría pasar inadvertida, pero no para él.
Ahora no lo miraba. Estaba en pie y mantenía las manos a su espalda.
— ¿No tienes curiosidad?—dijo él refugiándose en la ironía, irritado ante la incomodidad de ella y la suya propia—.
—Por supuesto. —Lo miró e hizo un gesto vago indicando el pasillo—. Pero la señora Irasue está en el salón junto con la señora Inojuye.
Parecía pensar que la explicación le sería de alguna utilidad a él, pero no fue así.
-Acostumbro unirme a ellas en el salón-
-¿Eso significa que ahora eres su protegida?-Ella se mordió los labios. ¿Habría preferido que fuese así?, pero pasó a su lado y se dio la vuelta, moviendo la falda al hacerlo.
—Estoy completamente a su servicio, por supuesto. Pero me desagradaría mucho que hubiese algo que molestara a su señora Inojuye.
—Me da igual. —La leve irritación que sentía aumentó. Posó la mano sobre el estuche—. ¿Quieres ver?
—Sí. Claro que sí.
Abrió el estuche y lo inclinó en dirección a la joven.
La luz de las velas iluminó las piedras preciosas con toda intensidad. Sesshomaru miró a la Rin. Observó cómo tragaba aire, una larga bocanada seguida de una pausa mientras su piel se sonrojaba. Rin cerró los ojos y después los abrió de nuevo, de par en par.
—Válgame el cielo. —Exhaló todo el aire de una vez.
El collar era una gargantilla con un gran medallón de jade, que colgaba de una serie de perlas perfectas ensartadas en una cinta de seda.
Sesshomaru espero. Al final, no tuvo más remedio que preguntarle directamente:
— ¿Te gusta?
Ella se llevó el puño a los labios y sacudió la cabeza.
Sesshomaru bajó el estuche y lo depositó sobre una mesa. Era extraño, pero se sentía como si lo hubiese rechazado personalmente. Era un tesoro, habían pensado que era adecuado. Tal vez no lo era.
—Le daré otra cosa. —Mantuvo la voz firme, por miedo a que ella se diese cuenta de su desilusión.
— ¡No! —La joven bajó la mano—. No. Es magnífico. Lo siento, pero por un momento me quedé anonadada.
Sesshomaru levantó los ojos hacia ella.
Rin echó la cabeza atrás y soltó una breve risa.
—Qué afortunada es la señora Inojuye. —Parpadeó un par de veces—. Y qué tonta soy yo. Ha hecho que se me llenen los ojos de lágrimas, amo Sesshomaru.
Hizo un gesto contenido con el pañuelo que había sacado de la manga.
— ¿Es apropiado?
Rin soltó una nueva risilla extraña.
—Le aseguro que tiene usted un gusto digno de alabanza. Sin embargo… —Levantó la cabeza y tomó aire en profundidad mientras volvía a meter el pañuelo en el puño y se alisaba la manga—. Creo que tal vez deba hablar con ella primero, mi señor.
Pese a que su voz era firme, todavía flotaba en sus ojos un poco de la luz de la vela, y en su boca —en aquella boca dulce y curvada— había un leve temblor inquieto.
— ¿Te gustaría probártelo?
Sesshomaru se oyó a sí mismo hacer la pregunta. De nuevo aquella sensación de ingravidez se había adueñado de él; se sintió arrastrado por las mareas, empujado hacia una naciente tormenta.
—No, no. No podría.
—Me gustaría verlo en un cuello. —Trató de mostrarse despreocupado. El fingido encogimiento de hombros hizo crujir su ropa—. O tendrá que hacerlo Jaken.
—Deberíamos ir al salón. Estarán reuniéndose allí.
Él tomó el collar de su lecho de seda y se acercó al espejo.
—Ven aquí Rin.
Con los labios fruncidos, Rin agachó la cabeza y se acercó a donde él aguardaba. Sesshomaru la hizo sentarse ante el espejo y ella lo hizo con las manos unidas en el regazo y dándole la espalda.
Él deslizó el collar de jade en torno a su cuello sin rozarla. Pero la joya estaba hecha para ceñirse al cuello, y el diminuto y escondido cierre le obligó a usar los dedos sobre la nuca de la joven.
Un ligero mechón de pelo en la base del peinado le rozó el dedo. Era cálido y su piel fresca. Samuel levantó la mirada hasta el espejo.
Ella miraba el medallón, y lo miraba a él.
Su intención era apartar las manos. Soltó el cierre de la gargantilla y levantó los dedos demasiado aprisa. El collar relucía sobre su pecho. Ella y aquellas piedras emanaban luz en medio de la oscuridad circundante: él mismo no era más que oscuridad… y caía… caía…
No debería haber hecho aquello. El collar tendría que haberse quedado guardado sin peligro en su estuche. No necesitaba saber la opinión de ella sobre la joya, no había convertido su flaqueza en fortaleza, no había hecho otra cosa que dejar que lo consumiese.
La vela arrancó oscuros reflejos del pelo de la joven. Él lo tocó. Bajó la mirada y vio cómo su mano jugueteaba con un mechón entre los dedos, con el puño apoyado en el hombro de ella. Era como si sus actos fuesen ajenos a él, pero no era así: sentía cada textura, cada delicado pelo del mechón, cada respiración suave de ella.
Deslizó los nudillos con la suavidad de una pluma cuello arriba, por encima del collar, hasta llegar a un punto junto a su oreja que era pura seda, con una sensación que jamás antes en su vida había conocido.
Permaneció en silencio, tocándola. Era superior a él, superior por completo; no podía alejarse por su propia voluntad.
«Detenme —pensó—. No me lo permitas.» Era incapaz de retirar la mano, incapaz de hablar. Cuando movió los labios, no salió de ellos ningún sonido.
Ella solo lo miraba en el espejo, los ojos muy abiertos y oscuros. En los meses que él había estado fuera, sus pómulos habían dejado de estar tan marcados; su rostro estaba más lleno, tenía más dulzura. Sabía que había pasado hambre, que había vivido al borde de la indigencia; había utilizado aquella desesperación para atarla a él, le había puesto un lazo tras otro para sujetarla, para que le resultase imposible alejarse de él.
No había entendido hasta ese momento lo mucho que le molestaba que ella hubiera decidido vivir en esa asquerosa aldea.
Rin parecía inmensamente vulnerable, y su quietud bajo la mano de él era un acto de infinita confianza.
Con los dedos era capaz de partir un enemigo en dos… y capaz de sentir las leves pulsaciones del corazón en el cuello de ella, ligeras y rápidas. Sesshomaru levantó la otra mano y le rodeó el rostro.
Pequeño. Delicado. Como si tuviese entre sus manos la vida de un pajarillo. El deseo lo invadió. Lo que él quería… lo que él quería…
Pensó en Inojuye, en sus planes, en el palacio que esperaba por su señora. Todo aquello pertenecía a otro universo, un universo de fantasía y brumas, y nunca se había sentido tan vivo como en aquel momento.
Abrió las manos, rozó con los pulgares la piel bajo el lóbulo de las orejas, apoyó las yemas de los dedos en las sienes, apenas rozándole las mejillas. Ella continuaba sin hacer otra cosa que mirarlo en el espejo. Qué ojos más bonitos tenía, con las pestañas tan largas que sintió su roce en los dedos.
Se quedó allí tocándola, imaginando su cabello cubriéndolo todo en ondas, imaginando su cuerpo: el aroma voluptuoso, los sonidos. Su propia garganta se tensó para acallar un gemido. Solo quería abrazarla, levantarla y acunarla entre los brazos contra sí… y quería dominarla. Dentro de él había una violencia terrible. Todo lo que sabía, todo lo que había aprendido en la vida era destrucción. El control de la voluntad y la humillación, pero la voluntad le había fallado.
«Recuerda esto —a su mente vinieron palabras sin saber de dónde—. Esa pasión desbordada, ese corazón que se suma con tanto ímpetu al tumulto del cuerpo y encuentra tanto gozo en él, se convertirán en un bosque de espadas que cortarán tu espíritu en mil pedazos.»
Era preciso que lo recordara.
Fue solo la vergüenza, una inmensa vergüenza, y el deseo de no ser como su padre, lo que finalmente lo impelió a abrir las manos y soltarla, y a salir mudo y ciego de la estancia.
