Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 11
Rin se quedó paralizada sentada ante el espejo. Desde lo que parecía ser un punto muy lejano, escucho la voz de Jaken llamándola para que fuera a cenar.
Era consciente de que la puerta a sus espaldas estaba abierta. El collar relucía sobre su cuello con un resplandor de otro mundo. La imagen empezó a desdibujarse ante sus ojos. Con manos torpes buscó el cierre, no lo encontró y rompió a llorar sin control.
«Mi madre era una tonta que hacia guirnaldas de flores —pensó—. Por eso soy una frívola. Una desvergonzada. Soy feliz.»
«No puedo ser feliz.»
Él está aquí con el propósito de cortejar a Inojuye
Contempló su imagen borrosa en el espejo. En su pecho sentía una mezcla de humillación y triste gozo.
No podía estar feliz. Era indecente sentir felicidad. Había sido objeto de una afrenta terrible y profunda. Él se había comportado con el más burdo de los descaros. Era un insulto a la señora Inojuye. Era imperdonable.
Ella no tenía perdón, ya que las lágrimas que derramaba no eran de remordimiento. No había manera de quitarse el collar. Peleó con él, oyó pasos y procedentes del corredor, y, presa del pánico, forzó el cierre hasta abrirlo. Agarró el estuche y se metió en la zona oscura de la habitación. De un momento a otro Jaken aparecería y empezaría a regañarla por esperar y a quejarse por tener que ocuparse por las necesidades de Rin.
Ahora, tras meses de cenar alegremente bajo la mirada del pequeño demonio, la sola idea la llenaba de pánico. Temía que se le notara lo que había pasado.
Más tarde en el salón él se encontraba sentado junto a su madre, al parecer ignorando a todos a su alrededor. Ella lo miro y horrorizada noto los latidos de su propio corazón. Y, por un momento, las sensaciones recordadas de sus dedos cogiéndola por los hombros, de sus manos rodeándole el rostro, le resultaron completamente reales, cosa que no le había sucedido cuando las había experimentado. Cada uno de aquellos detalles adquirió vida plena: la calidez del collar sobre la piel, las yemas de los dedos recorriéndole las mejillas, el roce de la estola en su espina dorsal. Rin entró al salón invadida por la desagradable verdad de que el ser que estaba allí, con aquel perfil perfecto y frío, rebosante de fuerza sutil y dorado con aquella indumentaria elegante, la había acariciado íntimamente, con decisión; que solo le había faltado abrazarla.
Pero sí que lo había hecho. Sería hilar muy fino afirmar que no había sido así, fingir que se había limitado a rozarle la mano al pasar. Recorrer con los dedos la curva desnuda de su cuello no podía considerarse otra cosa que una inmoralidad absoluta. ¡Y acariciarle el rostro!
No sabía si se lo estaba imaginando, pero le pareció que las dos Youkai se estaban comportando con altivez en ese momento.
Pero no era capaz de pensar en esas cosas en aquel momento. El señor Sesshomaru la había acariciado. El mismo señor Sesshomaru que estaba enamorado de señora Inojuye. El que no dirigía una sola palabra ni a Rin ni a nadie.
Demasiado disgustada dejo de intentar pensar.
—Sesshomaru— la señora Inojuye interrumpió el silencio del señor Sesshomaru con voz arterialmente alegre—. No nos has contado el motivo de tu regreso-
-Pronto-
Rin sonrió con esfuerzo.
— ¿Tiene que ver con eso que traías en tus manos? —preguntó Inojuye.
El no respondió. Ninguno de los dos volvió a hablar en lo que restaba de ese día.
El señor Sesshomaru deseaba casarse con lady Inojuye. La madre de Rin había sido una mujer tonta que jugaba con flores, lady Inojuye venia de un linaje Youkai puro, Rin era decididamente humana. Pero a juzgar por todo lo que sabía a algunos de los grandiosos señores Youkai les resultaba difícil controlar sus instintos animales cuando de simples humanas se trataba. La anciana Kaede siempre lo había asegurado.
Y eso era todo lo que había. Los impulsos básicos del señor Sesshomaru se habían impuesto a su mente por un momento. Estaba claro que se sentía disgustado por aquel desliz, y que al parecer la culpaba a ella.
Oía con claridad lo que la anciana Kaede habría dicho con respecto al incidente y, de repente, entendió por qué la sabia anciana había puesto tanto empeño en instruirla sobre cuál era la conducta adecuada, y por qué le había hablado con tanta frecuencia de las imprudencias de las jóvenes y, en particular, en lo que respecta a demonios brillantes como la luna. Y es que Rin tenía la humillante sensación de que, por muy absurdo que fuese, se había enamorado del señor Sesshomaru.
Y el amor, como siempre había dicho la anciana Kaede, era un potente estimulante para las mentes carentes de sabiduría, que uno tenía que saborear con extrema prudencia, con sorbos pequeños y refinados, igual que el licor de cerezas.
Sesshomaru intento acordar su unión con Inojuye. Lo intentó. No era que Inojuye no estuviera dispuesta. Aunque no había hablado de ello, ella también sabía cuál era su deber. La relación entre ambos era como siempre. Igual que siempre. Pero tenía la inquietante sensación que ella sabía lo que el planeaba, pero no esperaba que lo hiciera.
Incluso su madre le parecía más distante pero expectante. A veces era consciente de la atención silenciosa que le prestaba. Y eso, más que otra cosa, hizo que su inquietud se afianzase y estuviese al borde de transformarse en alarma.
«Te preocupas demasiado —se dijo a si mismo
Llevaba una semana entrando y saliendo del palacio de su madre, aun sin rastro de Totosai, pero más que nada para evitar a Rin, aunque ya no pensaba en ella con ese nombre, ni siquiera cuando aparecía con aquellos cuellos tan discretos que solía llevar. Ahora, en sus pensamientos, la Rin era «ella»: calor, suavidad y deseo.
Ella y Inojuye se sentaban juntas en el salón, y sorprendido percibió que su prima en verdad se divertía con la compañía de Rin.
Incluso entonces, enfrentándose a ella, la deseaba a Ella. Entre ellos había una conexión que no era solo fruto de la casualidad. No se sentía equilibrado.
Mientras la observaba supo que huía de sí mismo a causa del pánico. Y supo, asimismo, que hasta que se atreviese a enfrentarse con la causa de sus temores, todas aquellas intenciones suyas no serían otra cosa que humo y sueños.
La habitación de Rin solo estaba iluminada por la luz de la luna, a unas diminutas líneas de luz plateada. Sesshomaru pasó por delante de la ventana y se apartó de allí, pese a saber que ella estaba dormida y no vería su silueta ante aquel resplandor.
La estancia daba la sensación de estar invadida de aroma y presencia femeninas. Ella dormía tranquila, con respiración pausada que los sueños no alteraban. Aquel sueño pacífico hizo que algo en lo más profundo de su ser se sintiese gratificado. Ella se sentía segura allí, y era él quien la había llevado; estaba unida a él de forma sutil por aquella paz además de por la necesidad.
Se situó en el rincón más oscuro de la habitación y la contempló, aunque no había nada que ver. Escuchó, pese a que no había nada que oír. Esperó sin imaginarse nada, sin hacer nada, sin pensar en nada, sin sentir nada.
Y, pese a todo, el sentimiento estaba allí. Era consciente de cada curva del cuerpo de la joven. El recuerdo alteró la superficie en calma de su concentración; la piel de ella bajo sus dedos, la forma del rostro entre sus manos.
«Apártalo de ti.» Estaba allí para enfrentarse a aquel sentimiento y liberarse de él. Pero había contradicciones, paradojas; al tratar de liberarse se aferraba a él con más fuerza. Se había disciplinado a sí mismo. Aquel apetito del que quería deshacerse estaba tan arraigado en el núcleo de su ser que parecía ser él. Si lo apartaba, si lo extirpaba, no quedaría nada.
Se imaginó yaciendo al lado de ella, encima de ella; cosas que sabía y que, sin embargo, desconocía. Había soñado y había visto a otros, no distinguía una cosa de otra y nunca se rebajaría a hacer preguntas.
No se imaginaba haciendo nada de eso con Inojuye. Aunque fuese un beso ligero, juguetón como una vez había visto a Inuyasha y la mujer Kagome. Él no era Inuyasha. ¡Maldición!. En aquellos sueños y recuerdos había demasiada vergüenza, entremezclada y confundida con el placer. Solo un roce, y no sabía lo que podría pasar.
Pero tenía intención de tener descendencia con Inojuye. Tendría que tocarla.
No era el deseo de Inojuye lo que lo consumía.
Miró a la oscuridad. Unió las manos en el gesto de kuji, formando el complejo entrelazado de dedos que tenía como fin guiar y centrar su voluntad, convertir la intención en acción, dirigir la mente y la fuerza hacia su objetivo. Pero no logró la concentración, ni la unidad ni liberarse de las ataduras. Su cuerpo se moría por lo que su mente despreciaba. Más allá de eso, no tenía fuerza para nada.
La dejó durmiendo en paz y se adentró en la vasta y fría noche. Se sintió un extraño, un fantasma negro bajo la silente luz de la luna.
Finalmente llego el día que Sesshomaru decidió entregar el medallón a Inojuye e informarle que la llevaría a su palacio como su señora. No había encontrado señal de Totosai ni información alguna sobre la maldita espada. Estaba irritado y eso no le gustaba. Entro al salón donde se encontraban las tres hembras y se dispuso a presentar su oferta. Únicamente Rin, sabía lo que él se disponía a hacer.
Rin dio golpecitos nerviosos con el dedo sobre su regazo. El señor Sesshomaru se acercó a Inojuye con el estuche en sus manos y lo depositó en la mano que su prima le extendió.
— ¡Esto no es nada divertido! —La joven dama hizo un mohín con los labios que cambió al momento por una amplia sonrisa—. Si íbamos a sorprendernos con regalos debiste avisarnos a todas.
Lo levantó, moviendo abriendo el estuche para que todos lo vieran. Rin cerró los ojos un instante. Volvió a abrirlos, presa de una ansiedad desmedida para aquella situación.
El señor Sesshomaru se quedó al lado de lady Inojuye. Ante la expectación de todos los presentes, excepto claro Irasue que parecía más aburrida que de costumbre y una expresión de divertida exasperación se dibujó en su precioso rostro.
— ¡Qué diablos! —Echó la cabeza hacia atrás y bajó los hombros—. ¡Qué cosa más absurda! Eres un desastre absoluto para escoger regalos, pobrecito mío. Y yo me pregunto: como se te ocurrió que esto combinaría con mis ojos—
Y después reinó un silencio hondo y colectivo.
Rin pensó—. «Es todavía peor de lo que yo me había temido. Ella no le quiere»
La mayoría de los presentes supo, o adivinó al momento, lo que el señor Sesshomaru quería decir con aquello.
—Querido. —Lady Inojuye le dio guiño un ojo—. No tienes ni idea, ¿no?
El señor Sesshomaru no pronunció palabra ni dio muestra alguna de sentirse ofendido, pero cuando lady Inojuye se acercó a Rin con el medallón en la mano, se lo puso delante del cuello y comentó lo bien que le quedaría a ella, su mirada silenciosa se alejó de ellas.
-Es para protección- Dijo el señor Sesshomaru. Sin signos exteriores de frustración.
-Mejor aún, ¿quién necesita mas protección que tu pequeña humana?- replico Lady Inojuye con tono cantarín.
El Señor Sesshomaru no dijo nada cuando Lady Inojuye le puso el medallón a Rin. Ella miró a su amo y apretó el jade con la mano, con el corazón encogido por él, y por ella.
—Licor de cereza— Ordeno Irasue en tono suave pero imperioso. Y así sin más paso el momento.
Rin declino el ofrecimiento del licor, por temor a despertar la ira de su amo. Por un momento pensó que el señor Sesshomaru se marcharía, pero no lo hizo. Sentía la necesidad más espantosa de echarse a llorar, por quién, no tenía idea. Pero cuando se presentó el primer pretexto para excusarse y retirarse a su habitación, lo aprovechó con una celeridad muy poco elegante.
Estuvo levantada hasta tarde dando vueltas en su dormitorio, tratando de pensar que podría hacer ella para ayudar a su señor.
En cierto momento, ya en la oscuridad, mucho después de acostarse, fue consciente de la presencia de él en la habitación. No hubo ni un sonido que lo demostrase, ni un leve movimiento que ella pudiese ver. Simplemente, tuvo la sensación de que él se encontraba allí.
—Señor Sesshomaru —dijo incorporándose en la cama.
No obtuvo respuesta.
Era un tanto extraño estar hablando cuando lo más probable era que la estancia estuviese vacía; pero, ya que nadie podía oírla, habló de nuevo.
—Espero que no se sienta muy decepcionado con lady Inojuye.
Nadie respondió tampoco a aquellas palabras. Rin se sentó en su futón. La oscuridad más absoluta reinaba en la habitación.
—Me gustaría regalarle unos peces de colores. —Resultaba muy agradable hablarle a la oscuridad e imaginar que él estaba allí. Decir cosas que jamás habría tenido valor de decirle en persona—. No creo que lady Inojuye pensase jamás en regalarle unos peces de colores de largas colas. Son preciosos.
Flexionó las piernas y las rodeó con los brazos, apoyó las mejillas en las rodillas y se dispuso a construir castillos en el aire.
—Lo que de verdad me gustaría sería tener mi propio jardín, con un estanque lleno de peces de colores con colas como la seda. ¿Piensa alguna vez en cosas así, señor Sesshomaru? ¿En qué piensan señores como usted, me pregunto? —Reflexionó sobre aquella cuestión y se respondió a sí misma—: En sus batallas, imagino. Debe de ser muy cansado y muy aburrido ser un gran guerrero.
Miró hacia la penumbra. Sabía que el sexo masculino podía resultar útil en ciertos momentos, principalmente para cargarla o rescatarla, o para reparar la causa de unas goteras en el techo, pero todas la anciana Kaede le habían hecho advertencias en contra de permitir la presencia de un hombre en la casa. Había que esperar siempre las huellas que dejaría en el suelo, ya que se le olvidaría quitarse el calzado, pese a todos los intentos por enseñarle.
Los hombres eran un misterio: temibles y reconfortantes, esquivos y directos, rebosantes de extrañas pasiones y recovecos.
—Señor Sesshomaru… —dijo entre susurros, temerosa de preguntarlo en voz alta pese a estar sola en la oscuridad—. ¿Por qué me acarició? ¿Por qué me miró de aquella forma en el espejo?
Pensó en todas las cosas contra las que la había prevenido la anciana Kaede. No creía que ella hubiese tenido nunca ocasión de conocer a un señor que se pareciese remotamente al señor Sesshomaru. Juntó las manos y reconoció ante el imaginario hombre entre las sombras lo que ni siquiera había reconocido ante ella misma.
—Desearía que volviese a hacerlo.
Asustada, se cubrió la boca con las manos. Pero aquel deseo era real, muy real, una vez que puso nombre al nerviosismo y la angustia que había en su interior, a la emoción que parecía mantener siempre las risas y las lágrimas tan al alcance que nunca sabía cuál de ellas se desbordaría ante cualquier crisis sin importancia. No solo estaba tontamente enamorada del señor Sesshomaru, sino que se moría por una caricia suya.
Aquella le parecía una situación tan estúpida y humillante, que abrazó la almohada contra sí y sintió las lágrimas ardientes que se deslizaban por sus mejillas. Qué solitaria debía de resultarle la vida a una mujer educada y respetable, pero sin familia conocida. Siguiendo a su amo a todas partes. A una mujer que en realidad no pertenecía a ningún sitio.
N/A: Muchas gracias a Miara Makisan, Tonari-chan y a las otras personas que han mostrado apoyo por este fic. En me he divertido mucho haciendo esta adaptación, asi que me alegra compartirlo con alguien.
