Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.

Capítulo 12

«Desearía que volviese a hacerlo.»

Sesshomaru permaneció inmóvil, en silencio, con la tentación rodeándolo como una fuerza tangible. Veía en la oscuridad con los ojos y el corazón; era capaz de cerrar los ojos y sentir las lágrimas que ella derramaba.

No sabía por qué estaba llorando. Pensó, en aquel momento, que no era consciente de nada que no fuese el deseo de contestarle. «Desearía…» había dicho ella, y la sólida tierra se había hundido; el suelo bajo sus pies se había resquebrajado.

Rin se sentó de súbito en la cama, asustada; se oyó el crujido de las sábanas.

— ¿Señor Sesshomaru?

Él echó atrás la cabeza. ¿Cómo podía pensar que ella no iba a sentir su presencia? Emanaba deseo. Se consumía. Como una antorcha invisible en la oscuridad de la medianoche.

Ella se sorbió las lágrimas rápidamente con un sonido sordo, intentando ocultarlo.

—Sé que está aquí.

—Sí —dijo él.

Rin dejó escapar un pequeño grito, sorprendida pese a todo al oír su voz. Oyó su respiración rápida y suave.

— ¿Por qué? —Apenas vocalizó la pregunta, que quedó en suspenso, entre susurros, en la inmovilidad del aire.

Samuel cerró los ojos.

—No lo sé.

Pero sí que lo sabía.

—Ay —En la voz de la joven se oyó un ligero temblor—. Imagino que llevará algún tiempo aquí. Imagino que me habrá estado escuchando. Qué vergüenza más espantosa.

Allí, en la oscuridad, casi logró hacerlo sonreír.

Hizo que se muriese de ganas de extender la mano hacia ella, de enredar sus cabellos entre los dedos.

Pero, no… no lo haría. Contendría aquella oscura llamarada que le corría por las venas, que lo avergonzaba y lo consumía.

De la cama le llegó el sonido de movimiento. Los pies de ella tocaron el suelo, y más que oírlo sintió la vibración.

—Si lo que quiere es conversar, será mejor me ponga presentable.

Al erguirse Rin, el cabello le cayó como una cascada y Sesshomaru percibió el intenso aroma del sueño, la calidez de un cuerpo de mujer bajo las sábanas. Podría haberla evitado. Pero su voluntad y sus actos tomaron caminos diferentes. Permaneció inmóvil mientras una vida entera de resistencia se hacía añicos a su alrededor, y permitió que la joven fuese directamente hacia él.

A pesar de la mano con la que buscaba a tientas el camino en la oscuridad, Rin tropezó con el pecho de Sesshomaru como si se hubiese dado contra un muro. Él la cogió del brazo para que no perdiese el equilibrio.

—No quiero mantener una conversación.

Su voz era grave y ronca. En su interior reinaba la anarquía.

—Ah —dijo Rin, inmovilizada por su brazo—. ¿Qué desea, entonces?

—Lo mismo que tú. Lo que tú dijiste.

Ella alzó el rostro.

— ¿Los peces de colores?

— ¡Maldición! —Rodeó con las manos las mejillas de la joven e inclinó el rostro hasta alcanzar su boca—. Esto. Esto es lo que deseo.

Rozó con los labios los de ella. Sintió un gran peso sobre él, una presión desbordante. Inojuye. Era Inojuye, era todo aquello que había forjado con su mente y su cuerpo. No podía hacer aquello. Significaba la destrucción.

No sabía besar a una mujer. Pensó que tenía que presionar la boca cerrada contra la de ella, pero el contacto lo desarmó, la suavidad de sus mejillas hizo que sacudidas de placer inaudibles recorriesen su cuerpo. Abrió la boca e inhaló la esencia que ella desprendía hasta lo más profundo de su ser, mientras saboreaba las comisuras de sus labios con la lengua.

El cuerpo de la joven tembló. Sesshomaru percibió un rubor en ella, un calor que se extendía más allá de lo que su vista alcanzaba en la oscuridad. Rin levantó las manos y las interpuso entre los dos.

—Imagino… imagino que debe de estar disgustado por la acogida de su regalo.

Ah, él el medallón le traía sin cuidado. No le parecía más que otro paso en el camino que se sentía impulsado a recorrer.

—Me atrevería a decir que esa es la razón de su presencia aquí. —La voz de Rin sonaba débil y entrecortada—. Yo habría querido que ella entendiera… ay, señor Sesshomaru.

¿Cómo podía imaginar que aquella fuese la razón que lo había llevado hasta allí? Continuó abrazándola, saboreándola, consciente de la agitación que ella sentía, sabiéndose parte de las sombras. Dudó que ella pudiese verlo, frotó una mano contra la otra y en su palma apareció una luz, fría y azul, como la fosforescencia del mar, que iluminó el rostro sorprendido de la joven y su ropa interior.

Se sintió en suspenso al ofrecerse abiertamente, sin el escondrijo de la oscuridad.

Rin miró un instante hacia aquella esfera de luz que él sostenía en la palma, y a continuación elevó los ojos hacia él. Bajo aquella luz etérea parecía confundida, y más bella de lo que él podía haber imaginado. El brillo de su cabello suelto y la aterciopelada curva de su cuello, todas las fantasías prohibidas para él cobraron cuerpo. Se arrepintió al instante de haber conjurado aquella luz; aquel guerrero surgido de la noche como por encanto la asustaría con sus deseos tan inconfundibles, sin disfraces ni disimulos.

—Ah —dijo ella con voz baja y quejumbrosa—. No debería estar usted aquí. Me temo que esto sea una tontería muy grande, señor Sesshomaru. Es de lo más desaconsejable…

Sesshomaru cerró los ojos y apretó la piedra en el puño.

—Déjame yacer contigo —susurró.

—No creo… no me parece que eso sea… no puede ser… —Se la oía aturdida—. ¿Conmigo?

El alargó la mano cerrada en un puño y le acarició la mejilla con el dorso. La luz era apenas visible entre sus dedos.

—Aquí. Ahora.

Rin titubeó, como si no alcanzase a comprenderlo.

—Me atrevería a decir que se siente exhausto, pero…

Él le tomó la barbilla y la alzó sobre su puño.

—No estoy exhausto.

—Ah. —Rin lo miró a los ojos—. Ah… querido señor, ¿es que se siente solo? ¿Quiere que tomemos un té?

¿Solo? Ardiendo de deseo. Abrió la mano y, por un instante, la fantasmagórica luz iluminó a la joven en todo su colorido mientras él recorría con los labios su cuello. La fragancia que ella desprendía olía a prístinas cosas femeninas, a flores y polvos, y el calor que aquel cuerpo albergaba, profundo y provocador, era como una llama velada que se encendiese de repente y ardiese en sus entrañas.

—No, no debería. —La voz de Rin expresó lo que él sabía; sus manos estaban un tanto temblorosas cuando trató de empujarlo por los hombros sin éxito—. Esto no es… apropiado.

Claro que no era apropiado. Era una locura. Pero no la soltó. Le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo hacia sí. Dejó caer la esfera de luz al suelo cuando el cabello de ella se deslizó con toda su espesura y le cubrió las manos. La excitación lo inundó. Así era como lo había imaginado.

Ejerció una suave presión y la obligó a acercarse de espaldas a la cama. Ella cedió, presa de la duda y fácil de controlar, y aquella falta de resistencia le confirmó que la joven ni siquiera reconocía la naturaleza de la fuerza que la empujaba.

Una vez al borde del lecho, la habilidad de Sesshomaru llegó a su fin. No así su apetito, ni sus imaginaciones, ni la sensación de tenerla entre su cuerpo y la cama. La respiración de él era profunda y entrecortada, sin control a causa de aquel acto físico, al borde de precipitarse a un abismo feroz y destructivo. Recuperó el control con un esfuerzo sobrehumano y apoyó la frente en la hendidura de su cuello.

—No voy a hacerte daño —le susurró.

—No —dijo Rin—. Claro que no me lo va a hacer.

Aquella total confianza lo hizo añicos. No podía confiar en él; le estaba mintiendo, sabía que así era, pero no podía impedirlo. Renunció toda su disciplina, cuando se arrodilló lentamente ante ella y la atrajo hacia sí. Apretó la boca abierta contra el cuerpo de ella y se encontró con la curva de sus senos. La tela guardaba su olor y su calor, se deslizaba sobre la piel bajo su lengua, con una sedosa promesa bajo ella.

—Ay… señor Sesshomaru. —La protesta de Rin no fue sino una cálida llamarada en el aire de la noche.

—Dijiste que lo deseabas.

Sesshomaru deslizó las manos y le ciñó con ellas la cintura. Eso era lo que él había soñado; lo había soñado durante miles de años.

La voz de la joven mostró una velada sorpresa.

—Imagino que… como mi madre era… recolectora de flores…

La mano de ella descansaba sobre su cabello. Él volvió la cabeza y le besó la palma. La joven la cerró, y Sesshomaru le besó el dorso de los dedos.

Sintió que la joven se quedaba inmóvil. Y después, lentamente… con suavidad, cogió un mechón de cabello entre los dedos.

Controlar el impulso en su interior requirió de toda la fuerza de la que era dueño. La acarició como si estuviese a punto de esfumarse entre sus manos, apenas un leve contacto cuando lo que deseaba era estrecharla contra él, una caricia con los dedos siguiendo la forma de su cuerpo, las curvas bajo los senos, la redondez de las caderas. Se sentía tan lleno de calor y tan erecto que tuvo miedo de aterrorizarla si no contenía sus movimientos.

Jamás en su vida había acariciado a una mujer durante tanto tiempo hasta ese momento. Su vida había consistido en los rápidos roces de Rin cuando era niña, o cuando la llevaba en brazos. La dulzura de este otro abrazo lo maravilló; se sintió absurdamente al borde de las lágrimas al sentir la calidez de la joven en su rostro, su olor intimo en la nariz y bajo sus manos.

Quiso decírselo, pero no encontró las palabras para hacerlo. Quería decirle: «Cálida, delicada, suave; tu cabello, tu hermoso cabello suelto, tus manos, tu cintura… ¿lo comprendes? No te haré daño. No quiero hacerte daño. Me estoy muriendo».

La mano de Rin reposó tras el cuello de Sesshomaru. Él la sentía respirar, sentía sus senos alzarse y descender contra su mejilla.

—Me temo que somos muy imprudentes. —Rin apretó la mano ligeramente. Cogió un mechón de pelo de Sesshomaru entre los dedos, lo acarició y lo puso de nuevo en su sitio—. Pero… mi querido señor… yo también he estado un poco sola.

—Rin. —Solo fue capaz de pronunciar su nombre en un susurro como toda respuesta.

Lentamente, muy lentamente, para no asustarla, se puso de pie. El metió el dedo índice en la lazada de su ropa y la deshizo.

El cuerpo de Rin se quedó rígido. Sesshomaru detuvo la mano; su puño se cerró sobre la tela.

—No tengas miedo de mí —dijo él con vehemencia.

Sus propios músculos estaban en tensión; su cuerpo era un desconocido para él, se movía como si estuviese cubierto por una pesada armadura.

Rin levantó los ojos hasta él. Vio cómo se reflejaba en ellos la desesperación y comprendió que hasta aquel preciso instante no había entendido lo que él quería, que, de alguna forma, no se lo esperaba, que lo obligaría a detenerse, que las palabras para impedir que él siguiese adelante estaban a punto de salir de sus labios.

No se lo permitiría. Le cubrió la boca con la suya en un beso implacable para detener aquellas palabras, y la atrajo hacia sí con la mano extendida sobre su cabello. Rompió su promesa de inmediato, pues aquel beso le hizo daño a la joven. Sesshomaru sabía que era así porque la violencia con que se lo dio había lastimado su propia boca. Se convirtió en un catalizador, desplegó todo su influjo y, con una fuerza controlada que hizo que la joven perdiese el equilibrio, la hizo caer sobre la cama cuan larga era arrastrándola con él.

El cabello le cubrió el rostro. Rin trató de oponer resistencia apoyando las manos en los hombros de Sesshomaru, que se cernía sobre ella respirando fuerte, empujado por el instinto, los recuerdos y el deseo. Su cuerpo se incrustó en el de la joven con una sensación exquisita, muy cerca de la explosión, las piernas de ella bajo las suyas con tan solo una capa de fino tejido entre los dos.

La esfera luminosa lanzaba rayos apenas perceptibles en la oscuridad de la habitación. Rin yacía con los ojos abiertos de par en par bajo la sombra del cuerpo del hombre, tratando de apartarlo.

Él habría podido acabar con su resistencia en un instante, y ambos lo sabían. Pero ella lo miró con expresión de dignidad desesperada, confusa y grave a la vez.

—Estoy segura… amo… de que lamentaría comportarse de forma deshonrosa.

Sesshomaru podría haber soltado una carcajada ante aquella llamada al honor en un momento así. Pero su rostro… En su rostro vio la duda y la fe, la sinceridad y una dependencia absoluta de él… y una valentía dulce e imposible: el heroísmo de los seres pequeños e indefensos al enfrentarse al peligro.

Con su debilidad, lo venció. No podía seguir adelante, y no podía soltarla.

Se dejó caer con los brazos rodeando el cuerpo de la joven, preso de estremecimientos, y hundió el rostro junto a su oído.