Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 13
Rin yacía sin protestar bajo aquel abrazo. El peso y la solidez de aquel cuerpo eran considerables, y la apretaba con bastante fuerza, pero, de alguna manera, aquello más que incómodo le resultaba reconfortante. Tras largo rato, notó cómo decrecía poco a poco la tensión que había en los brazos de él; el amo Sesshomaru cambió de postura y se hizo a un lado, sin dejar de abrazarla, pero no con tanta fuerza. Ninguno de los dos pronunció palabra.
Por fin, ella cayó a ratos en un extraño sopor, del que volvía a salir para sentirse constantemente sorprendida de la presencia de él, constantemente encantada y confundida por ella. Era algo tan extraordinario, tan maravilloso, en realidad…
Medio somnolienta, lo entendió; le había pedido yacer con ella, ¿y quién hubiese pensado que aquello era algo más que un extraño capricho? ¿Quién iba a imaginar que fuese algo tan gratificante? Estaba acostada en un ángulo extraño, atravesada en el futón, sin almohada, y, al despertar, se descubría acurrucada junto a aquella calidez, y se sobresaltaba ante la fuerte presión de aquel brazo bajo su cabeza. Cada vez que empezaba a despertarse de aquella forma, él movía la mano y le retiraba el cabello hacia atrás con gesto tranquilizador, y parecía lo más natural del mundo refugiarse entre sus brazos, junto a su cuerpo, y volver a dormirse.
La esfera había perdido el fulgor hacía ya tiempo, y le pareció estar en un sueño cuando el primer rayo gris del alba dio un poco de color a la estancia.
Al despertar en aquel momento de un sueño profundo, su primera impresión medio dormida fue que había una sombra negra a su lado, demasiado oscura para distinguir forma o detalle alguno. Después descubrió una silueta, fue consciente de la línea de la pierna, de la longitud del torso, del brazo que se curvaba sobre ella. Rin entrecerró los ojos, para a continuación abrirlos por completo.
Él la observaba. A solo unos centímetros de distancia, vio sus largas pestañas. Los ojos eran de un dorado maravilloso. El hecho de que estuviese despierto, la forma en que estaba protegida y a salvo del frío gracias a su cuerpo, le indicaron, con toda claridad, que él no se había dejado vencer por el sueño en ningún momento.
Una repentina consternación se apoderó de Rin. Recordó algo que había sucedido tiempo atrás en la aldea: una doncella y un pretendiente ilícito, algo que una anciana mujer le había contado entre susurros a otra. «Duerme con él —había musitado—. No crea que no lo hace esa descarriada.» Y, poco después, la doncella había sido repudiada por su padre, en extrañas circunstancias que la anciana Kaede nunca tuvo a bien explicarle.
Rin miró aquellos ojos dorados.
Había dormido con él.
Durante la noche había tenido la sensación de salvarse de algo, pero con la llegada del día tuvo la certeza de que había caído mucho más bajo de lo que la anciana Kaede le había advertido que era posible caer. Él estaba en su dormitorio. La había acariciado. La había desvestido. La había besado como ningún hombre habría besado a una mujer respetable. Había dormido con él.
Empezó a temblar de forma convulsiva. Él tenía el brazo apoyado en su hombro; durante un instante apretó la mano contra su cuello, después abrió los dedos y los deslizó entre el cabello de Rin. Los mechones color caoba se deslizaron por su mano. Él se levantó, apoyándose en un brazo.
Que el cielo la amparara. Ya no tenía remedio, ¡y qué poco le parecía! Había dormido con él. Y no se sentía distinta en absoluto; ni mejor, ni peor, ni tan siquiera se avergonzaba de haberlo hecho, no en el fondo de su corazón.
Con retraso, porque él ya se alejaba de su lado, se dio cuenta de que tenía la intención de marcharse. Sin razón alguna, sin que un pensamiento sensato le cruzase la mente, Rin alargó el brazo y lo cogió por la muñeca.
Él la miró con una intensidad tremenda, y se quedó inmóvil bajo la débil luz de la mañana. Se incorporó en la cama, con la mano sobre aquel rígido brazo, sin saber qué decir.
La voz del hombre tenía un tono de dureza—. Te quedaste dormida.
El fajín que sujetaba su vestidura se había soltado. Rin vio el nacimiento del cuello y la curva de su torso. Algo brilló entre los pliegues ocultos de la oscura tela. Un arma: violencia y elegancia; era todo un maestro en ambas cosas y, de alguna forma, la invadió el deseo de alargar los brazos, apretarlo entre ellos, y abrazarlo junto a su corazón.
—Usted no durmió —dijo.
Él alzo una ceja con ironía y miró hacia otro lado.
—No.
No quería que él se marchase. La mañana estaba próxima, pero tampoco quería que llegase. Qué iba a hacer ahora, qué iba a decir, cómo iba a cambiar su vida… Todavía le parecía imposible. Había dormido con su amo. Él la había besado.
No se sentía tan culpable como debía. Se sentía… femenina. Un poco tímida y nerviosa.
— ¿Tiene que irse?
Él la miró a los ojos.
— ¿Debería quedarme?
La brusquedad de su voz la dejó perpleja. Era como si la acusase de algo. Se humedeció los labios y extendió la mano sobre el antebrazo de él, deslizando los dedos sobre la tela, sintiendo la fuerza que estaba oculta bajo ella.
Sesshomaru flexionó el músculo bajo su mano.
—Di sí o no.
—Sí —dijo Rin—. Quédese.
Él ni se acercó ni se alejó de ella.
—Anoche… dijiste que sí. Que lo deseabas. Y después…
Sesshomaru exhaló aire con fuerza.
Rin se ruborizó ante aquella mención tan directa a lo sucedido la noche anterior. Las manos de él en su cuerpo, su boca. Debería haberse sentido avergonzada, pero en lugar de ello se sentía… gratificada. Excitada.
Ah, ¿así que era esto ser una descarriada, una mujer deshonrada? ¿Sentir una alegría egoísta por el hecho de que, cuando se encontraba solo, había ido a buscarla a ella y no a lady Inojuye?
No era capaz de expresarse con tanta vulgaridad y franqueza, aunque ahora se la considerase una perdida. De verdad que no podía pensar así de ella misma: como una de aquellas mujeres innombrables que le guiñaban el ojo a los hombres y gritaban: «¿No tienes un beso para mí, encanto?»
No le parecía que eso fuese lo mismo que desear que el señor Sesshomaru volviese a besarla.
El helor de la habitación traspasó la ropa de Rin, ahora que ya no tenía el refugio de la cercanía de su amo. Cambió de postura, se cubrió los hombros con una manta y lo miró esperanzada.
— ¿No cree que hace muchísimo frío?
Subió la manta hasta la boca, y lo espió por encima de él, para ver si había captado la insinuación.
Él seguía inmóvil, apoyado en la mano. Pero no hizo intento alguno de alejarse.
Ante aquel gesto mínimo de ánimo, Rin se envalentonó y se sintió de lo más aventurera. Con cautela, alargó la mano y le acarició el pelo. Dejó que los dedos recorriesen las mejillas de él, fascinada por la sutil aridez del vello que las cubría. La noche anterior… ¿había sentido lo mismo la noche anterior? Qué increíble, qué exótico y atractivo podía resultar su amo.
Sentía una inmensa ternura hacia su amo, que no respondía a sus tímidas caricias, cuya única respuesta era un profundo estremecimiento, un movimiento en medio de la quietud.
Acercó la cabeza a la de él, y le rozó la comisura de los labios con los suyos, como él había hecho con ella. Su lengua lo encontró suave y rasposo, con un aroma ardiente y agrio. Abrió la boca para saborearlo mejor y subió las manos para explorar sus cabellos.
El temblor que lo recorría se transformó en dura rigidez. La agarró por los hombros con un sonido brusco. Volvió el rostro hacia el de ella y se adueñó de su boca.
Durante un instante, Rin no sintió otra cosa que el despertar de la excitación en él. Después, la fuerza del hombre tomó la iniciativa; la empujó hacia atrás hasta tumbarla. Entre el remolino de la ropa de cama la buscó, la arrastró con él; enredó la mano entre sus cabellos y la mantuvo quieta mientras le besaba el rostro, todo el rostro y el cuello hasta donde le permitió el escote.
Rin se sintió desbordada, pero no alcanzó a protestar porque él la aplastó con todo el peso de su cuerpo, hundiéndola en el futón. La pierna de él se abrió camino entre las piernas de la joven, su cuerpo se aplastó contra los muslos y el vientre de Rin, su mano asió el tejido que se interponía entre ellos y lo apartó de un tirón. Solo quedó el calor de la piel contra la piel desnuda en el sitio más íntimo imaginable… y algo, algo más, ¿el qué?
Él se movía como si con su cuerpo quisiese arrollarla; su respiración sonaba resollante y acelerada en el oído de la joven, y sus movimientos despertaban oleadas de deseo en el punto tan vergonzoso en el que la presionaba. Una especie de descarga eléctrica la recorrió invadiéndola con su calor: un placer creciente, que iba tomando cuerpo, que tensaba todos sus músculos y hacía que su cuerpo se arquease buscando el de él, en lugar de alejarse.
Él se elevó sobre las manos. Por un momento Rin lo miró, con los labios abiertos en gesto de enfado, pero lo que él hizo a continuación la dejó sorprendida. Aquella presión placentera empezó a dolerle. Trató de hundir el cuerpo instintivamente para evitarlo, pero él no pareció darse cuenta; tenía los ojos cerrados y presionó contra ella — ¡hasta su interior!— con un poderoso empujón en un lugar de su cuerpo que ella no podía ni nombrar.
Y le dolió. Les produjo dolor a ambos, porque cuando ella dejó escapar un grito ahogado, él echó la cabeza hacia atrás y todo su cuerpo se retorció entre estremecimientos. Un sonido similar a un gemido angustioso vibró en la garganta del demonio. Estaba sobre ella, empujando en su interior con fuerza, los músculos de sus hombros, brazos y torso en tensión por el esfuerzo.
Rin se dio cuenta de que cada vez que respiraba emitía quejidos de terror que ahogaban la sorpresa y el pánico. Aquel momento de violencia parecía durar una eternidad.
Él soltó el aliento de golpe. Su cuerpo perdió la rigidez y la tensión. Tragó aire como si hubiese estado corriendo a toda velocidad, y se dejó caer sobre ella. Rin sintió las sacudidas que le recorrían los brazos y se convertían en rítmicos estremecimientos que ella notó dentro de sí como pequeñas convulsiones.
Seguía doliéndole. Era muy incómoda aquella sensación ardiente en su lugar secreto, unida a él. El demonio no la miró a la cara ni la liberó de su peso. Apoyó la cabeza al lado de la suya y le acarició el pelo una y otra vez.
—Rin —susurró—. Rin.
Y ella pensó, presa de la histeria: « ¿Cómo he podido ser tan tonta?»
«Esto era. Esto.»
«Ahora… ahora sí que soy una mujer deshonrada.»
