Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.

Capítulo 14

Sesshomaru supo que ella estaba llorando. A través de los latidos de su propio corazón, sintió más que oyó cada pequeño suspiro antes del sollozo. También percibió el olor de las lágrimas. La había lastimado.

La vergüenza y la pasión se apoderaron de él. Mentalmente, se puso en pie y se marchó, poniendo fin al ultraje; ya que no podía cambiarlo, acababa con él. Pero su cuerpo se limitó a ceñirse al de ella, sus brazos a rodearla, deseoso ya de penetrarla de nuevo.

En lugar de hacerlo la besó y le habló, tratando de consolarla, cuando no sabía ni lo que le decía. Le besó los ojos y las lágrimas que había en sus mejillas; le besó el hombro desnudo. Dijo su nombre, y trató de explicarle que lo sentía, aunque no lo sentía. No podía controlarse; no era capaz.

Ella le resultaba… deliciosa. Pura lujuria y erotismo bajo su cuerpo. Por las lágrimas que derramaba, sabía que le había hecho daño, y le llenaba de desconcierto sentir un placer tan intenso.

— ¡Ay! —murmuró Rin, como si se hubiese sorprendido cuando él volvió a hundirse en ella.

Sesshomaru se elevó sobre los codos y le recorrió las mejillas con los labios, mientras enjugaba con la lengua sus lágrimas saladas con la lengua. Rin cerró los ojos mientras él le besaba las pestañas y las cejas.

Al verla con el cuello desnudo, la piel pálida y el pelo desordenado sobre la almohada… lujuriosa, erótica, excitante…y tan... tan suya un fuego renovado le recorrió las venas. Trató de consolarla, pero su consuelo se volvió sensual, sus besos se fueron haciendo más apasionados y profundos, en lugares que él añoraba probar.

Colocó la mano bajo el seno de la joven y lo levantó, mientras doblaba la cabeza para saborear la suave redondez. El recuerdo vivido del sabor en su lengua unas horas antes le hizo abrir la boca de nuevo y lamer la piel de ella.

Rin emitió un leve sonido, una media protesta suave, y se movió bajo él. Sesshomaru sintió que parte de la rigidez abandonaba el cuerpo de la joven, y que una tensión nueva y grácil la reemplazaba.

Buscó con la lengua el pezón de aquel pecho y trazó círculos en torno a él, humedeciéndolo. Ella hizo un movimiento más brusco bajo él, hubo un sollozo repentino y un temblor. El camisón se abrió por completo, dejando al descubierto el otro pezón ante él: redondo y precioso, de un rosa oscuro que contrastaba con el blanco de la piel.

Las brasas ardientes de su interior prendieron. Apretó los labios contra el pecho de la joven mientras la penetraba con más fuerza. Abrió la boca y deslizó la lengua por la carnosa protuberancia. La asió con la boca y, en ese momento, ella emitió el sonido más dulce que había oído en la vida: un ruido entrecortado en el que no había nada de dolor.

Con la mano rodeó el otro pecho, para acariciar y saborear los dos, mientras Rin mantenía los ojos cerrados y seguía haciendo aquellos suaves ruiditos.

Sabía lo que le había producido dolor; había sido la invasión de su cuerpo, y, en algún lugar corrompido y profundo de su ser, supo que aquellas otras caricias suavizarían ese dolor.

Rin se arqueaba bajo su cuerpo, tan preciosa en su rosada calidez que la vergüenza y la ira que había en él se consumieron, se convirtieron en polvo frente a la realidad que ella representaba bajo la luz plateada. La abrazó y la penetró de nuevo en profundidad, sintiendo aquellas oleadas de placer y deseo brotar en él y arrastrarlo hasta el punto crítico.

Empezó a moverse con más fuerza, con los ojos cerrados, atrapado por aquella sensación cada vez más intensa. Esta vez duró más, adquirió más intensidad; cada impulso añadía intensidad al ardor, hasta que se olvidó de respirar… Se olvidó de pensar, de oír, de ver… se olvidó de todo menos de aquella pasión que lo dominaba y estallaba dentro de ella con la intensidad de la pólvora al prenderle fuego.

Cuando terminó, los olores y las sensaciones parecieron sumirlo en un extraño letargo. Descubrió que Rin lo miraba con aquellos ojos preciosos oscuros, como si las palabras la hubiesen abandonado.

Una confusa emoción se adueñó del interior de Sesshomaru, alivio y placer, cercanía y cosas imposibles de describir. Los pensamientos racionales lo habían abandonado. No quería otra cosa que dormir entre aquellos brazos.

Pero no por mucho tiempo. No podía demorarse allí. Un breve recuerdo de Inojuye le cruzó la mente, pero ni siquiera pudo asirse a él. Se sentía embriagado por la felicidad, por la consumación.

— ¿Estás bien?

Las palabras brotaron perezosamente cuando inclinó la cabeza sobre la de ella, con los labios casi rozando los de la joven.

—No lo sé —dijo ella, que sonó quejosa como un niño.

Sesshomaru trató de pensar en qué podía hacer para consolarla, y supo que tenía que deshacerse de aquella especie de encantamiento. Se apartó de ella, que hizo un gesto de dolor cuando su cuerpo todavía firme se deslizó de su interior.

Descubrió que no sabía cómo consolarla. Pero no podía quitarle las manos de encima. La besó con dulzura, pasó del gozo al remordimiento y volvió al principio. Sintió la necesidad urgente de dormir y de estrecharla contra sí. La manta que antes ella había apretado contra su cuerpo estaba enredada en torno a sus piernas; mientras se hacía a un lado, la cubrió con ella. Pero no estuvo satisfecho. Así que la envolvió en su estola.

Se puso de costado y la abrazó, rodeándole la cintura con un brazo, la mano entre los senos y el otro brazo bajo la almohada. Rin se quedó quieta en aquel abrazo por un momento y, a continuación, le cogió la mano.

—Querido señor —dijo y se detuvo.

Eso fue todo. Aquella sensación de sopor descendió lentamente sobre él. Se hundió en la oscuridad aterciopelada sin responder, sin saber si aquellas palabras eran de cariño o contenían una acusación.

Sesshomaru escucho una exclamación.

Abrió los ojos.

La habitación estaba inundada por la luz del día, que lo iluminaba todo: la cama, a Rin, su mata de pelo de color castaño intenso.

Más allá de la desordenada cabellera de Rin, Sesshomaru distinguió el hueco de la puerta. Percibió un olor desagradable que no pertenecía a Rin. En la puerta distinguió a aquella mujer Kagome, la sacerdotisa.

Una sacudida tardía lo atravesó, desde el vientre hasta las yemas de los dedos, una impresión silenciosa y paralizadora controlada por siglos de disciplina. No hizo un solo movimiento. Sobre el cuerpo dormido de Rin, sus ojos tropezaron con los de la mujer.

Kagome permaneció un instante inmóvil, con la mano en la puerta a medio abrir. Desde algún lugar en las profundidades del pasillo llegó el eco de unas voces.

Kagome bajó la mirada y la elevó de nuevo hasta él.

Se mordió el labio, se ruborizó como una muchacha inocente y salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta tras de sí.