Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi
Capítulo 15
Rin se tragó las lágrimas producidas por el pánico, y se sentó en la cama bruscamente cuando Jaken llamó a la puerta. Tiró de las sábanas para cubrirse hasta la barbilla. Apenas unos minutos antes, había retirado las sábanas y descubierto la oscura mancha carmesí que parecía haberlo cubierto todo: su propio cuerpo, el camisón y la ropa de cama.
¡Tanto! Ella no se sentía herida de gravedad. El dolor y el escozor habían desaparecido tan pronto como él…
No era siquiera capaz de pensar en aquello de forma coherente. A Rin la habían educado como a una muchachita virtuosa. No tenía palabras para definir lo que él había hecho.
Se había marchado, había desaparecido mientras ella dormía. Si no hubiera sido por las manchas, los olores misteriosos y la humedad, podría haber sido fruto de una alucinación.
Jaken entró sin que la invitase, un momento después de llamar a la puerta del modo acostumbrado. Ni siquiera alzó la mirada hasta Rin.
—Han llegado Inuyasha y su mujer Kagome. Fue ella quien me dijo no te encontrabas bien y te habías quedado dormida hasta tarde, que era probable que quisieras desayunar en la cama.
—Sí, por favor. —La voz de Rin era baja y entrecortada, como si llevase días sin hablar. No sabía cómo habían ido a parar sus amigos al palacio de Irasue pero hizo que le entrasen ganas de llorar.
¿Cómo Sabia Kagome que no se sentía bien?
Un pensamiento horrible se le pasó por la mente.
¿Y si la sacerdotisa había mirado en la habitación y visto…?
El olor comida de repente, le resultó nauseabundo. Seguro, seguro que el ruido de la puerta al abrirse la habría despertado como siempre lo hacía. Había pensado que jamás sería capaz de volver a dormir, aquella mañana, después de…
Cerró los ojos, todavía incapaz de encontrar la expresión adecuada para lo que había sucedido.
Jaken se retiró.
Rin intentó recordar si Jaken se había comportado diferente. ¿No solía regañarla y quejarse por lo que tenía que hacer por ella?
Se sentía desesperada. Le parecía que necesitaba un baño, pero estaba demasiado avergonzada para llamar y pedir que se lo preparasen. ¿Y qué iba a hacer con aquellas manchas que había por todas partes? ¿Qué podía decir? Pensó en poner una excusa y decir que se debían a su indisposición mensual, pero solo hacía una semana desde la última. Retiró la manta y atravesó descalza la habitación, se puso a buscar algo con lo que hacerse un corte
Oyó una suave llamada en la puerta y se quedó helada.
Kagome entró en la habitación y cerró la puerta tras ella.
El cuerpo de Rin reaccionó e hizo un amago de tirarse en la cama y esconderse; pero, cuando la dama levantó la vista, vio que era inútil.
La sacerdotisa estaba al corriente.
Rin se quedó petrificada en el medio de la habitación.
Lo sabe, lo sabe, lo sabe.
La mejor entre las damas, la más amable, la más generosa; la familia que le había proporcionado refugio a Rin, más que eso, la que le había ofrecido su amistad sin reservas, e incluso una especie de afecto…
La respiración de Rin empezó a entrecortarse. Cerró los ojos, juntó las manos y se cubrió la boca con ellas. Las rodillas le fallaron. Las lágrimas se desbordaron de sus ojos mientras se dejaba caer al suelo; eran lágrimas de angustia, de vergüenza y de terror por lo que ahora podría sucederle.
—Chis, chis. —Los brazos de Kagome la rodearon mientras ella estaba acurrucada sobre el suelo, temblando, y sacudida por los sollozos. Atrajo la cabeza de Rin hasta su seno, le acarició el pelo y la acunó entre sus brazos—. Silencio. No va a pasar nada. Todo va a estar bien.
—Estoy tan… —La voz de Rin quedó ahogada por otro desgarrador sollozo—.
—Calla, pequeña. —Kagome apretó la mejilla contra la cabeza de Rin—. No trates de contármelo ahora.
Rin se veía incapaz de alzar el rostro, de contener el tumultuoso llanto. Giró la cabeza hacia el pecho de Kagome y lloró. El apoyo callado, la suave mano que le retiró el pelo hacia atrás solo empeoraron las cosas; Rin no era capaz de entender cómo Kagome soportaba el contacto con ella.
— ¡Lo siento tanto! —logró decir para, a continuación, contraer de nuevo el rostro y volver a sollozar—. Nunca tuve la intención. Jamás lo habría hecho… ¡No lo entendía! —Sus palabras acabaron en un alarido.
—Ven conmigo. —Kagome la obligó a ponerse en pie—. He mandado que calienten agua. Vamos a quitarte esto.
Rin miró hacia su ropa, y no pudo evitar llorar una vez más.
—La cama. Todos se van a enterar, ¿verdad?
—No tiene importancia. Ya me ocuparé yo de eso.
Algo en la voz de la dama hizo que Rin levantase la vista asustada.
— ¿Ya se han enterado?
Kagome le tomó la mano y se la apretó.
Rin volvió a sentir que aquellas lágrimas horribles le inundaban los ojos.
— ¡Jaken! ¿El vino antes?-.
—Ya hablaremos de eso cuando estés vestida. —La voz de Kagome era tranquilizadora, como si le hablase a un niño nervioso.
Una sensación de aturdimiento absoluto se apoderó de Rin. Si todos estaban enterados… ni una señal en la espalda podría proclamar su vergüenza con más nitidez en aquella casa.
En una especie de inconsciencia, se dejó llevar por la sacerdotisa a una habitación con una bañera, permitió que le quitase la ropa, y por primera vez en la vida se quedó completamente desnuda delante de alguien. La prueba de lo sucedido marcaba sus muslos con feas manchas, pero Kagome pareció no prestarle atención: se limitó a derramarle agua caliente encima, como si fuese normal.
Todo lo que Rin quería era hundirse en aquel baño caliente y quedarse allí para siempre. Su deseo era ahogarse.
Pero no pudo hacerlo. Kagome tenía preparada ropa limpia para ella, y un paño para impedir que hubiese más manchas.
—Hoy no tienes por qué llevar nada apretado. —le dijo a Rin sin perder la compostura.
Aquellas muestras de consideración hicieron que Rin rompiese a llorar de nuevo. No podía parar; se quedó allí vestida sollozando. La sacerdotisa la rodeó con sus brazos mientras Rin se apoyaba en su hombro para llorar. Cuando las lágrimas se detuvieron, obligó a Rin a sentarse en su habitación.
—Ay, señora Kagome, no sé cómo… ¿cómo puede ser tan buena conmigo?
La mujer mayor sonrió con tristeza. No había ningún tono de censura. Rin se secó los ojos.
— ¿No me odia?
Kagome sonrió más abiertamente.
—Por supuesto que no, siento cariño hacia ti. Te he visto crecer.
Rin soltó una risilla que era casi un sollozo.
-Por cierto ¿Cómo es que estad usted aquí?-
La sonrisa de Kagome se congelo en ese momento.
-Rin, soñé contigo, que me llamabas, llorabas y me pedias ayuda.- tomo una de las manos de la joven- No pude quitarme el sentimiento que te había sucedió algo malo, llevaba semanas buscándote, este era el último lugar antes de darme por vencida…. Por cierto Inuyasha está conmigo.
—Si es así, el amo debe de estar furioso-.
—Quizá-.
—¿Lo ha visto?-
No respondió.
—Señora —dijo Rin con un temblor—, ¿fue… fue Jaken quien se lo dijo?
—Esta mañana cuando por fin llegue me dijeron que estabas durmiendo y no podía esperar un minuto más para verte. Por desgracia, no esperé a que contestases a mí llamada a la puerta.
A Rin le dio un vuelco el corazón.
—Ay, señora. Ay, señora.
—Fue una impresión muy grande.
Durante largo rato, Rin no dijo nada. Se sentía enferma. Cuando Kagome la ayudo a terminar de vestirse, Rin se puso el kimono con gesto rígido, moviéndose como una autómata.
Pese a la vergüenza que la embargaba, Rin no pudo evitar la nota de esperanza en la voz al preguntar:
— ¿Quiere eso decir que… solo lo sabe usted, señora?
—Ven y siéntate.
Rin cerró los ojos al comprender lo que aquella respuesta implicaba. Respiró hondo y fue a sentarse. Kagome sirvió una taza del té que había en la bandeja y se la llevó a Rin; se sirvió otra para ella y se sentó junto a ella.
—Me temo que esto no te va a resultar fácil, Rin. Tienes que saber que Jaken estaba buscando insistentemente a su señor, y siguió su olor hasta aquí. Estaba muy impresionado. El vino por lo menos, una hora antes de que lo hiciese yo. Ahora es casi mediodía.
La taza tembló un poco en la mano de Rin. La depositó sobre la mesa y unió las manos en el regazo.
—Todo el mundo lo sabe.
—La madre, esa demonio Irasue no ha dicho nada, pero la otra, Inojuye pregunto si Sesshomaru y tu tienen algún hibrido escondido en algún lugar secreto.
Rin se puso en pie.
— ¡Señora!
—Rin, eso ya había se comentado antes, y yo hasta ahora ni lo había pensado, lo extraño que era que Sesshomaru se preocupara así por ti…-
— ¡Se lo juro! No es verdad
Kagome, con una ligera sonrisa, torció el rostro para indicar la mancha de sangre que estaba sobre la cama.
—Ya lo sé. Estoy completamente segura de que anoche fue la primera vez que has estado con un hombre.-
Rin la miró llena de embarazo, con los ojos abiertos de par en par, y luego apartó la mirada.
—Querrán que me vaya. No sé en qué he estado pensando… Debería haber partido ya.- se sorbió la nariz- ¿cree que dejaran que Ah-un me lleve hasta alguna aldea?
—Nadie desea que te vayas.
— ¡Ay, señora! Está lady Inojuye, y lady Irasue. No puedo imponerles mi presencia aquí. No… en mis actuales circunstancias.
—Ah… ¿Porque podrías manchar su inocencia juvenil? Supongo que, en tal caso, también tendrían que decirle a Sesshomaru que se vaya…-
— ¡Señora! —Pese a todo, Rin se sintió escandalizada.
—Si lo que decides es irte de este lugar, puedes volver con Inuyasha y conmigo. —Miró a Rin de forma muy directa, con una mirada intensa de sus ojos, enmarcados por el oscuro cabello—. Si quieres saber lo que deseo… deseo que seas valiente, Rin, pequeña, que te quedes aquí y te enfrentes a él.
¿Enfrentarse a él. A ellos. A todos… a lady Inojuye?
—No creo que… sea capaz. Y no puedo volver con ustedes.
La voz casi le falló. Apretó las manos.
Kagome acarició con los dedos el medallón de Jade, admirando el poder que del emanaba. Levantó la vista de nuevo.
—Si te vas, ¿adónde irás?
Rin vio su propio reflejo en el largo espejo de cristal. Temió que hasta su aspecto fuera distinto; el pelo en desorden le caía sobre los hombros, aún sin peinar, tenía la piel hinchada a causa de las lágrimas, los ojos enormes en el pálido rostro. ¿Tenía aspecto de mujerzuela? ¿Podría alguien adivinar que no era casta?
Abrió las manos y estiró los dedos, y volvió el rostro para no ver aquella imagen.
—Yo quería ser artesana, hacer hermosos kimonos. Si me respaldara con su nombre….
Kagome no respondió a la súplica escondida en aquellas palabras.
— ¿Crees que Sesshomaru no te debe nada más? —preguntó con suavidad.
Para frustración suya, Rin sintió que las ardientes lágrimas se agolpaban de nuevo en sus ojos. Se mordió el labio, tratando de evitar que se derramasen una vez más.
—No, señora —dijo con un susurro.
Kagome retiro los dedos del medallón.
— ¿De verdad? ¿Sabes las consecuencias que te traerá lo que hicieron?
—Yo no soy… responsabilidad suya-
—Ay, Rin, Rin-
—Va a casarse con lady Inojuye. —Lo dijo con rapidez, porque de otra manera no habría sido capaz de hacerlo.
Kagome hizo girar la taza de té.
—Yo no tengo noticia alguna de que se haya anunciado ese compromiso-
Rin empezó a respirar más hondo.
—Señora… sería una auténtica locura… Nadie puede obligar a mi amo Sesshomaru… ¡Él no querrá casarse conmigo!-
—Me temo que eso sea verdad. Y tienes libertad para marcharte si eso es lo que decides, cariño mío, porque va a ser muy difícil para ti si te quedas. No va a doblegarse fácilmente.-
—Usted quiere… ¿quiere que yo impida que ellos se casen?-
La mayor de las dos mujeres frunció el ceño y apartó la vista del espejo del tocador para mirar por la ventana.
—Aunque no lo creas deseo felicidad con fiereza para Sesshomaru. —La sonrisa elevó las comisuras de sus labios—. Aunque él se niegue a reconocernos como su familia, yo siento una especie de empatía hacia él.
Rin miro hacia el suelo.
—Señora —dijo Rin con timidez—, creo que debe de ser algo maravilloso tener una hermana como usted.
—Bueno. —Se enderezó con más brío—. Si me salgo con la mía, lo más probable es que Sesshomaru desee que me vaya al infierno, y tú conmigo. ¿Querrás quedarte y darle la oportunidad de que haga lo que debe hacer?-
El pensamiento de que el señor Sesshomaru llegase a desear verla en ese lugar aterrador —uno en el que ya había estado— no sirvió para tranquilizarla. Y la idea de que «hiciese lo que tenía que hacer» le parecía completamente imposible, y tan dolorosa y descorazonadora que los hombros de Rin se hundieron.
—Creo que debería marcharme, señora.-
—Rin… ¿es que él no te importa en absoluto?-
La joven se dio la vuelta para esconder el rostro.
—Él quiere para si una Youkai pura.
—Eso se ha terminado.
—Pero si hace poco tiempo… el collar…-
—Es obvio que a ella no le interesa- declaro la sacerdotisa- Además Sesshomaru debe cumplir con su deber.-
—Cumplir con su deber. —La voz de Rin sonó débil.
—Sí. Imagino que no es una forma muy bonita de decirlo —dijo Kagome con un suspiro—, pero este no es un mundo ideal, cariño. Por grande que fuese tu inocencia al hacerlo, lo que has hecho es real y tiene consecuencias reales. Podrías tener un bebe. ¿Has pensado en eso?-
Rin se quedó de una pieza, la vista clavada en la sacerdotisa. Un gemido de incredulidad se le escapó entre los labios.
—De ahí es de donde vienen los niños —dijo Kagome, haciendo un gesto de afirmación en dirección a la cama—. Siento decirte que las demás explicaciones pertenecen a la ficción.
Rin abrió las manos y las extendió, como si quisiese alejar la idea de ella.
— ¿Está segura?-
—Sí. —Sonrió brevemente—. Completamente segura. De si tú tendrás un bebé como resultado de la noche pasada, no, de eso no puedo estar segura. Solo es una posibilidad.-
—¡Ay, señora! —El mundo en torno a Rin se oscureció—. ¿Cómo lo sabré?
—Tendrán que pasar varias semanas. Si la menstruación no aparece, será una señal bastante clara.
Rin empezó a jadear. La oscuridad se adueñó de su vista.
— ¡Rin!-
La voz aguda de Kagome y la mano que apoyó en ella la detuvieron antes de que la oscura bruma se la tragase. Rin descubrió que estaba en el suelo, doblada sobre el regazo.
—Bueno, ya está… —le murmuraba la sacerdotisa al oído—. No te dejes llevar por el pánico, cariño. No te aterrorices. Chis, mi niña valiente… chis… no llores. Él se encargará de ti, Rin; no estás sola.-
