Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi

Capítulo 17

La sacerdotisa Kagome le había pedido que aguardase a solas. Rin no podía estarse quieta; deambuló por el pequeño salón muy angustiada.

El señor Sesshomaru entró sin hacer ruido. Rin se quedó quieta, y lo vio de pie ante ella, frío y poderoso.

Rin había preparado un pequeño discurso, pero le fallaron las palabras. Le pareció imposible adoptar un aire de familiaridad con su amo, y más cuando habían hablado por última vez en su dormitorio, en su cama, mientras se abrazaban de forma tan indecorosa. Se sonrojó y permaneció callada, mirándolo, intentando hacerse a la idea de que lo que recordaba era cierto. Aquel demonio gélido y refulgente la había besado, la había cogido e invadido, la había rodeado con sus brazos mientras dormía.

—Rin —dijo él sin tampoco esforzarse mucho por guardar las formas—, vendrás conmigo, como mi señora, si es lo que quieres hacer.-

Rin apartó la vista, sorprendida y molesta por aquellas palabras tan impersonales. Juntó las manos y se sentó en la mecedora mirándose los dedos.

—Señor Sesshomaru, no se sienta obligado a tomar una decisión tan definitiva. Quizá quiera disponer de más tiempo para reflexionar.-

— ¿Y en qué tengo que reflexionar? —Replicó él con una frialdad que dejaba entrever su amargura—. La decisión se tomó anoche y es definitiva, Rin.-

—Pero lady Inojuye…-

—Olvídate de eso-

Rin se retorció las manos.

—Lo siento —susurró—. Lo siento mucho. Mi señor-

—Dime una cosa y no te atrevas a mentirme —dijo él mientras su rostro se ponía tenso—. ¿He sido el primero?-

Durante unos instantes Rin no entendió la pregunta pero, a continuación, sintió un intenso sofoco que se apoderaba de ella.

—Sí.-

Él la miró a los ojos con un destello de fuego que hizo que a Rin le ardiese el rostro. El primero. ¿Acaso se creía que podría haber otro, que podría soportar que alguien que no fuera él la tocara de aquella forma?

—No sabía a qué atenerme —dijo él volviéndose. Sus hoscas palabras parecían llenas de ira y disgusto—

Rin se plantó muy rígido ante él.

—Amo Sesshomaru, nunca mantendría con ningún hombre ese tipo de contacto tan íntimo y directo.-

— ¿Ah, no? —replicó el mirándola con expresión irónica.

Rin recordó intensa y repentinamente el cuerpo de él contra el suyo, sus manos recorriéndole el pelo, el contacto de su piel desnuda.

— ¡No debería haberlo hecho! —exclamó—. ¡Estuvo muy mal por mi parte!-

—Ojalá hubieras tenido esos escrúpulos anoche-

— ¡Pensé que usted se sentía muy solo! No se me ocurrió que pretendiera… lo que pretendía-

Él la miró con una intensidad casi desarmante. Rin apretó los puños.

—Le aseguro, amo, que ni siquiera se me habría ocurrido jamás que algo así fuese posible. Desde luego nadie me había hablado nunca de eso —afirmó levantando la barbilla, indignada—. Y, aunque lo hubieran hecho, no lo habría creído.-

Una extraña sonrisa se esbozó en la boca de él.

—Pensaba que te encontraría llorando, y muy pálida por la pérdida de sangre-

—Cualquiera se echaría a llorar, aunque solo fuera por la sorpresa. Fue la experiencia más insólita de toda mi vida-

—Sí —afirmó él.

—Y ahora todos creen… —dijo mordiéndose el labio—. ¡Es tan humillante! ¡Todo el mundo me mira! ¿Y nos tenemos que casar, cuando usted me va a odiar tanto por hacerlo? La señora Kagome dice que así es como… bueno, lo de los bebes. Y encima tengo que esperar varias semanas hasta estar segura. —Le dio la espalda mientras cerraba los ojos con fuerza y se rodeaba el cuerpo con los brazos—. Tengo mucho miedo.

Él no dijo nada. Cuando Rin abrió los ojos, estaba junto a ella con una proximidad alarmante, tanto que no pudo evitar soltar un gemido de sorpresa.

Él le sujetó la barbilla y la miró a los ojos.

—Vas a desmayarte-

—No, no lo hare. No me educaron para que me pusiera histérica. Pero, en caso contrario, seguro que el que la miren a una, murmuren sobre ella, la señalen y esperen que se case con su amo que la odiará, es razón más que suficiente para que me ponga histérica. Y no hace falta que me diga que no me desmaye. Estoy convencida de que le encantaría que no lo hiciese, y así se libraría de mí en un momento-

—No. Solo te pondrías azul, te desmayarías y, después, volverías a estar tan viva como siempre. Y yo seguiría obligado a casarme contigo.-

— ¡Pues no lo haga si no quiere! Es lo que intenté decirle a la señora Kagome. Si me ayudara a encontrar otro taller de costura…-

Él le apretó la barbilla con más fuerza.

—No—dijo—. Nos casamos. Yo cuidaré de ti.-

Rin tragó saliva.

—Eso es lo que dijo la sacerdotisa Kagome-

— ¿Ah, sí? —exclamó él mientras la soltaba—. Sí, ella cree que me conoce. —Una mueca volvió a aparecer en su boca.

Se unieron según la tradición de su clan. Según sus costumbres Sesshomaru debía entregarle un tesoro a Rin y declarar que en adelante seria su señora. Que sus hijos serían sus legítimos herederos y que él la protegería. Rin ya portaba el medallón de Jade así que Sesshomaru había decidido que la primera parte estaba hecha. Fue su madre quien decidió hacerlo de otro modo.

-Sesshomaru, acércate- Dijo Irasue con tono un tanto aburrido- Debo entregarte el presente para tu señora-

Le extendió la piedra Meiduo.

-Tu padre fue muy claro, dijo que esta piedra debía pasar a tu compañera. Pues esta piedra está vinculada a tu espada- lo miro fijamente- Eres muy extraño, al igual que el-

Todo parecía tan irreal.

Entro al salón vestida como una princesa.

Rin sabía que aquel no era su sitio.

El amo Sesshomaru, sin embargo, se veía estoico, permaneció inmóvil. Esta pensó que nunca nadie real o imaginario podría haber dado mejor aquella imagen de perfección fría, resplandeciente y firme.

Entonces, vio a la sacerdotisa Kagome derramar lágrimas conmovidas. Inuyasha estaba completamente sonrojado. Creían que todo aquello era real. Sus amigos habían venido porque estaban preocupados por ella, aun sabiendo que no serían bien recibidos.

Inojuye también estaba allí, pero no dio muestras de emoción alguna. Y entonces ya no le quedó más remedio que volverse y mirarlo a la cara.

A través del velo de sus ojos llenos de lágrimas, Rin solo alcanzó a ver su silueta, oscura y plateada. Oyó su voz, firme y sin rastro alguno de emoción o amor. Riqueza, honor. ¿Cómo podía él decir todas esas cosas? Ella no se sentía capaz de emitir el menor sonido.

Y, sin embargo, cuando fue su turno, las palabras salieron, claras y decididas. Lo amaba. Claro que lo amaba. Fue el único momento verdadero en todo aquel ritual de pantomima.

«Fidelidad, obediencia, darle herederos, hasta el último de mis días.»

Vio que él se percataba de sus lágrimas. La mandíbula de Sesshomaru se contrajo levemente. Entonces inclinó la cabeza y sus labios tocaron la mejilla húmeda de Rin.

Kagome iba de un lado a otro de la habitación. Abrió la cama, arregló las almohadas y alisó la ligera prenda que había preparado para Rin.

Estaba consiguiendo que Rin se pusiese aún más nerviosa de lo que ya estaba.

—Esto es de Sesshomaru. Me ha pedido que te lo dé-

Rin aceptó aquel regalo desprovisto de envoltorio. Vaciló un instante, pero la señora Kagome la observaba expectante, por lo que se sentó y levantó la tapa. Dentro, sobre un fondo de seda rosa, había un cepillo y un espejo que le eran muy queridos y familiares, tanto que enseguida vio las pequeñas motas a un lado del marco que Rin siempre había pensado que parecían el diminuto rostro de un elfo asomándose por un borde del cristal.

— ¿El señor Sesshomaru ha encontrado esto? —dijo mientras se le formaba un nudo en la garganta.

— ¡Rin! —Exclamó Kagome enojada—. Te ruego que no te pongas a llorar otra vez.-

—Está bien, señora. —Absorbió el líquido que se le acumulaba en la nariz y agachó la cabeza. Enseguida la levantó y emitió una risita entrecortada—. Eso es justo lo que me habría dicho la abuela Kaede —dijo mientras tocaba el espejo y recorría con el dedo el dibujo del marco de plata—. No creía que volviera a verlo.

— ¿Quieres que te cepille el pelo?-

Y, sin esperar a que le diera permiso, Kagome cogió el cepillo y comenzó a desarmar el peinado de Rin. El cabello cayó sobre sus hombros y la mujer mayor se dedicó a peinarla rápidamente —y sin demasiada suavidad— durante unos instantes, mientras Rin intentaba no hacer ninguna mueca.

—Bueno, me voy a entrometer en tus asuntos otra vez —dijo Kagome con ese ligero tono de exasperación que Rin estaba comenzando a aprender que significaba que estaba molesta o insegura—. Yo tampoco tenía madre conmigo cuando me casé, aunque sabes que yo vengo de otra época, donde las mujeres tenemos posibilidad de saber más cosas. ¿Te importa que me siente y te explique algunas cosas que creo que debes saber?

—No, señora, por supuesto que no-

—Kagome, por favor.- y añadió con picardía- Ahora somos hermanas-

—Ay, señora, es que me cuesta mucho, lo siento. Me parece muy descarado por mi parte.-

Kagome se sentó junto a ella, mientras seguía sosteniendo el cepillo de la anciana Kaede.

—Bueno, Sesshomaru tampoco ha conseguido acostumbrarse a ello, así que supongo que da igual-

Rin se volvió rápidamente y la miró.

—Estaría honrada de llamarla hermana-

—Gracias—dijo la otra inclinando un poco la cabeza—. Bien, pues te voy a explicar, pero no debes asustarte. —Hizo una pausa y sonrió—. Bueno, puedes asustarte si quieres. Supongo que es mucho pedir que no te asustes de lo que te voy a decir, pero prométeme que te olvidarás de la anciana Kaede y del decoro y todo eso, y que pensarás en lo que te voy a decir-

Rin sintió que se sonrojaba.

— ¿Es sobre…? —preguntó.

—Sí, es sobre eso. Sobre Sesshomaru y tú. No pasa nada, Rin, no apartes la vista. Ahora eres una mujer casada. Ahora puedes dar placer a tu marido o hacerlo infeliz. La decisión es tuya, pero no quiero que la que tomes sea producto de la ignorancia-

—No, señora, digo… Kagome-.

—Los hombres son algo distintos, pero considero que una mujer necesita mucha relajación para hacer bien el amor. —Entornó los ojos con expresión burlona—. ¿Ves?, ya te he vuelto a asustar, y ni siquiera hemos empezado aún. ¿Le tienes miedo a Sesshomaru, Rin?-

La pregunta fue tan repentina que esta solo pudo parpadear atónita.

— ¿Te hizo daño? —le preguntó Kagome con dulzura.

Rin agachó la cabeza mientras frotaba el pulgar contra el asa de plata del espejo.

—Sí.-

—Créeme, créeme de verdad cuando te digo que solo es algo temporal. Al cabo de poco tiempo ya no te dolerá. Si duele, es que hay algo mal, no lo olvides. Y no dejes (no dejes, ¿me oyes?) que el piense lo contrario, porque me temo que eso es lo que hará. En esa cuestión tengo toda la razón. Soy vieja y sabia, soy una sacerdotisa, y sé más de eso que vosotros dos. El cuerpo de una chica tarda un poco en acostumbrarse, pero ese es todo el dolor y el sangrado que hay. ¿Me entiendes?-

Rin tragó saliva y asintió.

—Sonríe. No es horrible, sino muy agradable. ¿Has metido alguna vez los dedos de los pies en arena caliente en el mar?-

—No, señora-

—Pues entonces piensa en algo cálido y agradable-

Rin miró hacia la cama. Al ver que Kagome se daba cuenta al instante de lo que pasaba por su mente en esos instantes, se sonrojó profundamente.

— ¿Estás pensando en Sesshomaru? —preguntó la dama mientras se movía como si fuese una niña contenta por algo y se inclinaba hacia delante—. Excelente. Bien, te voy a contar todo lo que se sobre los hombres. Y te puedo asegurar que es todo cierto.-

Cuando Kagome terminó, Rin había aprendido cosas que nunca había imaginado que existieran, y de partes del cuerpo en las que solo había pensado vagamente como «eso».

—Ya te he vuelto a asustar. No empieces con la risita, por favor. Suena mucho más tonto de lo que es en realidad-

Rin cubriéndose la boca con las manos—. Con que solo sea la mitad de absurdo de lo que parece, no sé cómo se las puede apañar nadie-.

—Te apañarás. Y no empieces con las risitas en el momento más inoportuno o herirás sus sentimientos. Los hombres son muy sensibles para esas cosas. Y Sesshomaru… —Kagome adoptó una expresión meditabunda mientras hacía girar el cepillo en su mano—. También te tengo que hablar de él, Rin. No sé si el querría que lo hiciera pero… —Apretó los labios con decisión—. Pero soy una anciana metomentodo que está convencida de que sabe las cosas mejor que nadie.

Hubo algo en la forma en que, a continuación, dejó el cepillo con cuidado sobre la cama, que hizo que el corazón de Rin latiese más rápido.

—Todo esto que te he contado —prosiguió Kagome— es bueno para las personas que se quieren dentro del matrimonio.

Rin estaba expectante.

—No quiero alterarte con todo esto, Rin. Solo quiero que entiendas su forma de ser. Dices que esa primera vez te hizo daño, y supongo que también te asustó. Pero él no es un hombre, no es humano, ellos no piensan y no sienten como nosotros, así que no debes tomar como ofensa personal todo lo que diga sobre los humanos o sobre la unión de ustedes dos. Estoy segura que le tomara tiempo entender lo feliz que lo haces.

Rin abrazo sus piernas y apoyó la cabeza sobre las rodillas. Pensó en todos los pequeños regalos llenos de afecto que él le había hecho, tan meticulosamente elegidos; en la moneda ensartada en una cinta que colgaba en su ropa; en el cepillo y el espejo de plata.

—Lo conseguiremos—dijo Rin con la boca pegada a su rodilla.

— ¿De verdad te lo parece? —preguntó Kagome con un tono de esperanza en la voz.

Rin asintió sobre sus rodillas.

Con un largo y profundo suspiro la sacerdotisa se le acerco—. Me daba mucho miedo esta conversación. Sabía que tenía que hacerlo, pero me daba mucho miedo que no comprendieras.-

—Siempre lo he querido —confesó Rin sin levantar la cabeza—. Pero me temo que él no.

—Pues se ha casado contigo.

Rin estrujó el camisón entre los dedos.

—Porque no tenía otra opción.

— ¿Que no tenía otra opción? —Repitió Kagome con una nota de incredulidad en la voz—. Bueno, eso ya es compadecerlo más de lo que se merece. Nadie lo obligó a hacerte el amor. Nadie lo coaccionó para que se quedara contigo. Nadie lo convenció de que aquello no tendría ninguna consecuencia. Ya es grandecito; tenía perfecta libertad para reprimirse de hacer lo que hizo.

Rin permaneció con la cabeza inclinada.

—Todavía tengo miedo —murmuró.

Kagome se acercó a ella y le tocó el pelo.

—Pues claro, y es normal que lo tengas, querida mía. Cualquiera lo tiene cuando ha de mirar hacia el futuro y preguntarse qué va a pasar. Pero hay algo que me llena de esperanza. Dices que es un hombre excepcional. Si le preguntara a Inojuye, a ella no se lo parecería-.

Kagome tomo a Rin de las manos—. Bueno, ya me he inmiscuido bastante en tu vida. Hasta las ancianas entrometidas tenemos que tener un límite. Me voy a retirar para que Sesshomaru pueda entrar. Que seas muy feliz, Rin —dijo apretándole las manos, tras lo cual se dirigió a la puerta. Una vez allí, se volvió y, mirándola, añadió—: Tú también eres una mujer excepcional… Por cierto esos demonios perro pueden llegar a ser bastante bestia… te preparare un ungüento para tus rodillas.

Cerró la puerta tras ella. Rin se abrazó las rodillas. A continuación, cogió el espejo de la anciana Kaede y se miró en él. El pelo se le rizaba sobre los hombros y las mejillas. Pensó que era una cara muy poco excepcional, sin rastro alguno de sabiduría, seguridad o inteligencia… ¿

Sesshomaru representó cumplió con su deber. Incluso tolero la presencia de ese desagradable medio hermano y permitió que su entrometida mujer rondara a Rin como si fuera de su propiedad.

Por su puesto que se marcharían. No tenía intención de continuar viendo el recordatorio de su debilidad. Inojuye parecía aun preocupada por la falta de la divertida humana.

Era como si inesperadamente se hubiera abierto un abismo a sus pies, y la conmoción lo hubiera dejado paralizado.

Aunque, por supuesto, él había nacido marcado. Tal como había terminado por demostrarlo al rendirse finalmente a la oscuridad. Su maldito padre solo le lego lo peor de sí.

Cuando Kagome tomo a Rin y se la llevo. Para infinito disgusto de Sesshomaru, Inuyasha hizo una mueca y le guiñó un ojo. Él se limitó a mirarlo con expresión austera. Todo el mundo siguió como si fuera lo más normal del mundo, pero el percibió la nueva nota de diversión que todos intentaban ocultar bajo su aparente indiferencia externa. Nadie más lo miró a la cara. Sonreían en otras direcciones, como si él los avergonzara por estar allí.

Se sintió atontado. ¿Tan claro estaba lo que quería? ¿Tan fácil era ver que incluso entonces, cuando aquello había causado su ruina, cuando lo había conducido a la situación en que se encontraba, seguía deseando yacer con ella y entregarse a aquel fuego secreto y seductor?

Hasta Jaken lo evitó, ¡Jaken!.

—Enhorabuena amo bonito.

Como si fuera una señal, todos los presentes comenzaron a retirarse.

«Mi mujer», pensó.

Hasta esas palabras le parecieron extrañas. Pero conocía muy bien ese ardor de deseo que iba creciendo lentamente en él. Era la sombra de su otro yo, del enemigo que moraba en su interior.