Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi
Capítulo 18
Fue a su encuentro porque habría sido una derrota no hacerlo. Habría sido como admitir que no tenía control sobre sí mismo.
Cuando entró, Rin estaba acurrucada abrazada a sus rodillas. Tenía el pelo suelto y jugaba con las cintas de su ropa. Ella levantó inmediatamente la cabeza y, al verlo, se puso en pie al tiempo que cogía la bata.
Sus pies desnudos, el balanceo de su cabello cuando se lo echó hacia atrás, la curva de su mejilla al girar tímidamente la cabeza a un lado… Sesshomaru se quedó inmóvil, dominado por la pasión. No pudo decir lo que pretendía. Quería jurarle que no la tocaría, pero fue incapaz. En esos momentos no podía.
Rin dirigió una mirada furtiva a Sesshomaru. Se oyó el frufrú de su bata de color verde jade al deslizarse sobre la alfombra. Cuando Rin se volvió, nerviosa, concentró la mirada en algún punto cerca del codo de él—. ¡Son ropas tan maravillosas!... Cuando llegó todo me quedé atónita. No sé cómo podré agradecérselo nunca.
— ¿Te gusta?
Rin respiró profundamente mientras seguía sin mirarlo.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida.
—Pues con eso basta —dijo él—. No tienes que dar las gracias a nadie.
Sesshomaru vio en la expresión de Rin cómo esta caía en la cuenta.
—Entonces, ¿ha sido usted? —preguntó mirándolo a los ojos.
Él se llevó las manos a la espalda.
—Jaken me informó de que necesitarías un vestuario de grandes proporciones. Tienes mucha riqueza a tu disposición. Solo debes ordenarle a Jaken lo que desees.
— ¡Mucha Riqueza! —exclamó ella boquiabierta—. ¡Es una locura!
—Tampoco tienes que gastarlo todo de golpe.
— ¡No podría gastar mucho ni en toda la vida! Es usted demasiado bueno conmigo.
—Ahora eres mi esposa —contestó él dando inicio al discurso que había preparado—. Tienes perfecto derecho a que te mantenga. Todo lo que poseo es tuyo.
Ella no dijo nada, sino que dio unos cuantos pasos mientras pasaba los dedos sobre el tocador con cara de asombro, para finalmente dejarse caer frente a este.
—Vaya, hace que me sienta muy mal. —Dijo mientras se cerraba más la bata. —Usted me ha encontrado el espejo y el cepillo, ha tenido la amabilidad de asignarme recursos, me ha dado este medallón de jade… Yo no tengo absolutamente nada que darle.
Sesshomaru intentó no mirar cómo el cuerpo de ella se marcaba bajo la tela de seda.
—No importa.
Rin se frotó los pulgares una y otra vez mientras se contemplaba las manos.
—Había pensado en un peine, pero no estaba segura. Tengo entendido que los caballeros son muy especiales para esas cosas.
—No lo necesito —dijo él.
—Podría hacerle yo misma nuevas vestiduras.
—Tampoco lo necesito.
Rin se miró el regazo y pasó la palma de la mano sobre la brillante tela de la bata.
— ¿Quiere que le dé un masaje en la espalda? —dijo al fin en voz muy baja.
Sesshomaru se apoyó con más fuerza contra la puerta y contempló la cabeza inclinada de ella. Sintió cómo aquella imagen se apoderaba de él con una sensación parecida a caer desde las alturas.
—No es que tenga mucha práctica en lo de dar masajes —explicó ella—. De hecho, nunca lo he tenido que hacer. Aunque, cuando tenía doce años, cogí la gripe y, como me dolía mucho, la anciana Kaede me dio friegas con unas plantas que fueron un gran alivio. Kagome dice que a los caballeros casados les gustan mucho los masajes, claro que sin plantas. Si quiere, será un honor para mí intentarlo.
—No —dijo él descargando todo su peso sobre la puerta y haciendo fuerza contra ella—. No creo que sea muy buena idea.
— ¿Es que no le gusta? —preguntó ella levantando la cabeza para mirarlo.
Sesshomaru ya sentía la excitación que estaba apoderándose de todo su cuerpo. Adoraba su rostro erguido, su acento de provincia, su bata de color verde jade, los dedos de sus pies que asomaban bajo los pliegues del camisón blanco. Era bella, virginal. Su frescura lo excitaba, invocando al demonio que moraba en su interior.
Se apartó de la puerta y se volvió para ocultar los claros indicios de excitación que revelaba su cuerpo.
—Quería hablar contigo de esta unión. Quiero que tengas claro que me lo tomo en serio.
Volvió a oír el frufrú de la bata de ella al ponerse en pie.
—Gracias. Yo también quería aprovechar la ocasión para decirle que, el matrimonio es algo muy solemne que no se debe tomar a la ligera, y como me encuentro… no diré que perpleja sobre lo que debo hacer en general, pero sí que algo insegura sobre lo que quiere y prefiere, ya que no estoy muy familiarizada con los señores, a excepción de usted, claro está, al que he de añadir que no me gustaría… aunque ya sé que un hombre debe mandar en su casa… —Rin hizo una pausa en medio de aquella maraña de frases entrecortadas y tomó aliento—. Bueno, pues que no quiero que crea que me siento infeliz por ser su esposa.
Sesshomaru en la pared. «Mi esposa —pensó—. Mi esposa, mi esposa.»
De pronto se encontró avanzando hacia ella en lugar de alejarse, y cogiéndola con fuerza de las muñecas. Al ver su expresión de sorpresa, y aquellos ojos oscuros, abiertos y vulnerables, se dio cuenta de lo grande que era en comparación con ella, del daño que podía hacerle, de cómo podría aplastarla con un simple movimiento, y en ese preciso instante quiso protegerla, complacerla y adorarla con todo su cuerpo.
Quería decirle algo, pero no sabía qué. Aunque estaba cediendo en esos mismos momentos, quería prometerle que nunca sucumbiría a lo que le ardía en el corazón y por todo el cuerpo. Lentamente juntó las manos de Rin a la espalda de esta, como si la empujara lejos de él pero, a la vez, la acercara aún más.
El movimiento hizo que los pechos de ella se arquearan contra él. No podía sentirlos con la armadura puesta; tan solo vio cómo la bata se abría y el camisón blanco se tensaba, marcando con toda claridad aquellas formas turgentes. Sesshomaru notó una opresión en el pecho.
La mantuvo así, cautiva contra él, con las dos manos atrapadas por una de las suyas. No era eso lo que pretendía en un principio. Su intención original era ir a verla, decirle que estaba a salvo de cualquier imposición por su parte, ya fuera entonces o en el futuro, y marcharse.
Pero pensó: «Tan solo déjame…».
Ella no opuso ninguna resistencia. Bajó la mirada pudorosamente y la posó en el cuello de él. Sesshomaru observó sus pestañas y el suave contorno de su rostro. Sintió cómo ella aceptaba que la retuviera de aquel modo, y entonces comprendió que estaba perdido.
—Rin—susurró. Inclinó la cabeza y, lenta y suavemente, comenzó a besarle la oreja, tras apartarle el cabello con la mano que tenía libre—. No voy a hacerte daño. Nunca te lo haría.
Quería demostrarle cómo se sentía, pero era difícil, difícil hasta la tortura, controlar la pasión que lo desbordaba. El cuerpo de ella seguía arqueado, como entregándose a él. Sesshomaru deslizó los dedos por la curva de su garganta, sorprendido por su delicadeza, y se impregnó de su piel. Sus dedos sabían cómo hacerlo; era como la caligrafía. Se movían ávidos de la vida que había en ella para transmitírsela a él y después devolvérsela.
Rin desprendía la misma fragancia que él recordaba, aquel maravilloso ardor femenino, aún más excitante que la primera vez, aunque ya no tan casto e inocente. Una oleada de pura lujuria lo hizo agitarse cuando se dio cuenta de que estaba percibiendo la respuesta corporal de ella.
Solo quería demostrarle que no tenía intención de hacerle daño, que lo único que sentía era una intensa ternura llena de fervor; solo quería tocar cada parte de su cuerpo, degustar aquella vida radiante y encantadora que perfumaba su piel dotándola de un brillo sensual. Le rodeó un pecho con la mano y le acarició el pezón con el pulgar.
Ella emitió un ligero gemido mientras hacía fuerza para soltarse de su mano.
—No, no me detengas—dijo él con voz extremadamente suave y temblorosa. Le acarició el pecho con absoluta reverencia. Quiero que veas lo hermosa que eres para mí.- No te voy a hacer daño, te lo juro.
—No tengo miedo, mi querido señor —susurró ella—. Es solo que… me siento como si hubiese bebido licor de cerezas.
Sesshomaru sintió la vibración de aquel murmullo bajo sus labios. Rin, aún sujeta por las muñecas, temblaba con las caderas arqueadas hacia él mientras notaba el miembro erecto de Sesshomaru contra ella. Entonces él bajó la mano y la deslizó por el arco de su espalda, palpando la suave realidad de una figura femenina sin distorsiones; tan solo la fina capa formada por el camisón y la bata separaba su mano del cuerpo desnudo de Rin.
Le soltó las muñecas para quitarse rápidamente su indumentaria. Solo tuvo tiempo de quitarse la armadura, y la abrazó durante un momento, apenas un momento, que fue todo lo que pudo aguantar al tocar las nalgas de ella y rozar su pene erecto contra su cuerpo. Resoplando con violencia, la apoyó contra la pared y abrió las piernas para controlarla mejor.
La acarició, mimó, abrazó y besó en todas las partes a su alcance, en las mejillas y pestañas, en los hombros, en los pechos. Ella emitía leves gemidos mientras mantenía la cabeza echada hacia atrás. Sus pezones sufrieron un cambio y se irguieron; Sesshomaru podía sentirlos bajo el camisón.
—Déjame que te vea, Rin—dijo él, que acercó más su boca a la de ella y la lamió mientras le cogía los pezones con los dedos—. Tengo que verte.
Ella abrió los ojos. Él no esperó a recibir respuesta, sino que bajó una mano y, despacio y con mucho cuidado, abrió sus vestiduras. La blanca piel de Rin, su seductora silueta, brilló entre las sombras.
Él le quitó el camisón con suma delicadeza. Sus pechos desnudos, redondos y pálidos, se mostraron en todo su esplendor, rematados por los pezones de un intenso color rosáceo que se elevaban y bajaban al ritmo de su respiración. El demonio le retiró el camisón y la bata de los hombros y dejó que cayeran a la altura de las caderas de ella.
Rin lo miró, inmersa en la sensación de estar en un sueño. Ya no era ella, la señorita Rin, sino otra persona, desnuda con total indecencia ante su amo. Era una doncella de alguna leyenda, la mujer con un dios por amante, la protagonista de la historia que la anciana Kaede nunca había querido contarle, que ella había leído en secreto, pero que sabía que era un misterio prohibido.
Un amante. Que la contemplaba como si fuese una diosa y admiraba su cuerpo como si de una joya preciosa se tratase.
Él le acarició los pechos con suavidad, con tanta suavidad y dulzura que Rin cerró los ojos, arrobada de vergüenza y placer. Sesshomaru se acercó aún más a ella; se deslizó hacia abajo y se arrodilló con las piernas abiertas mientras con su cuerpo aprisionaba el de ella contra la dura pared. Le volvió a acariciar los pezones con los pulgares, haciendo que ella echara de nuevo la cabeza hacia atrás. Entonces, cuando la tocó con la boca, Rin sintió una explosión de vida y luz en su interior. El aliento de su señor era cálido mientras con labios, dientes y lengua jugaba con sus pechos, provocando una oleada de sensaciones en su estómago.
Rin lanzó un gemido y, haciendo fuerza con los brazos, se elevó más hacia él. Este siguió lamiéndola con mayor intensidad y, mientras ella movía las caderas, tiró del camisón bajándoselo por debajo de la cintura. A continuación, apoyó la mejilla contra ella y le recorrió todo el torso con las manos.
Toda tú eres encantadora —pensó a la vez que soltaba una risa sosegada y llena de estupor que hizo que su aliento acariciara la piel de Rin—. Tus pechos son encantadores, tu figura es maravillosa y tu piel es muy hermosa
Rin le rodeó la cabeza con los brazos y lo acunó, avergonzada y excitada por el roce de terciopelo del pelo de él contra su piel desnuda y por el contacto de su pómulo y su sien, que se hundían en ella. Sesshomaru la volvió a coger por las muñecas y le extendió los brazos, atrapándolos contra la pared. Tras lamerla entre los pechos, siguió acariciándola con la lengua mientras se movía hacia abajo. Quería demostrarle lo deliciosa que era; quería besarla por todas partes. Consciente del placer que estaba provocando en ella, saboreó su intenso aroma femenino al llegar a su vientre. Las pantorrillas de Rin se agitaban entre los muslos abiertos de él.
Ella lanzó un suave gemido. Él acarició con la boca su rosáceo montículo cubierto de pelo mientras aspiraba profundamente para llenarse de ella. Rin intentó soltarse, con un esfuerzo que la hizo temblar, pero Sesshomaru se lo impidió. Nunca había sentido algo así, esa fuerza que lo obligaba a continuar. Ella apretó las piernas contra él justo allí donde se concentraban todas sus sensaciones. La fragancia de Rin encendió aún más la llama de la pasión del demonio.
La besó con delicadeza, con mucha delicadeza. Abrió la boca sobre aquel lugar secreto y sedoso e introdujo la lengua en él. Ella se agitó emitiendo un sonido inarticulado de protesta, pero él la apaciguó con un susurro. No iba a parar. No había poder en la tierra capaz de impedir que gozara del deleite de acariciarla. La besó allí donde su piel desaparecía bajo deliciosos rizos. Agachó más la cabeza y la lamió de abajo arriba, así como la suave piel de alrededor. Todo el cuerpo de Rin temblaba; cada vez que la lengua de él subía, ella se agitaba y gemía mientras lo agarraba con más fuerza.
Sesshomaru disfrutaba oyendo su agitación. Encontró el punto que más la encendía y lo disfrutó con la lengua, una y otra vez, hasta que Rin comenzó a moverse bajo su boca del modo en que él quería moverse dentro de ella.
De pronto él le liberó las manos al tiempo que se incorporaba y le besaba los muslos, el vientre y los pechos. Cuando terminó de erguirse, Rin le rodeó los hombros con los brazos y apoyó la cabeza contra su pecho.
— ¡Ay, mi señor, mi señor!
Su voz sonó débil, y su respiración parecía consumirse entre gemidos. Se encogió abrazada a él, con la mejilla apretada contra su corazón. Sesshomaru la sostuvo mientras todo su cuerpo vibraba; sentía la espalda desnuda de ella bajo sus manos y su frágil silueta entre los brazos.
Al cabo de unos instantes, el demonio deslizó una mano más abajo de su cadera. Extendió los dedos y tocó el lugar que antes había besado. Estaba resbaladizo, jugoso, húmedo. Agachó la cabeza y mordió el cuello de Rin mientras le introducía los dedos.
Ella volvió a gemir mientras se tensaba ante aquella súbita invasión. Él retiró los dedos y se abrió su ropa. Los eróticos y provocadores rizos entre las piernas de Rin rozaron su miembro. Sesshomaru cerró los ojos muy excitado y se introdujo lentamente en ella.
Fue recibido por la abundante humedad del sexo de Rin. Esta abrió más las piernas al tiempo que se aferraba a él, exquisita, caliente, suave, pero también tensa. Echó la cabeza hacia atrás. El abrió los ojos y contempló sus pechos elevándose con cada flexión y su pelo cayendo sobre sus hombros desnudos.
La sostuvo con una mano y le pellizcó un pezón. Rin soltó un grito, un grito muy femenino, lleno de vergüenza y sorpresa, a la vez que sus caderas se movían con fuerza contra él, sus dedos se aferraban a su espalda y, finalmente, su cuerpo se unía al suyo con un largo y desesperado escalofrío que, a continuación, dio paso a una serie de rápidos y voluptuosos espasmos. Todo aquello hizo que él se derramara sin tan siquiera moverse. Sus sentidos respondieron a aquel estímulo y explotaron; sus músculos se contrajeron; un placer insoportable lo recorrió mientras la mantenía unida a él, temblorosa, sin aliento y aplastada contra su pecho.
Nada de lo que le había dicho Kagome la había preparado para aquello. Rin estaba totalmente rodeada por el cuerpo y los brazos de él. Solo le dolía allí donde estaba apoyada contra la dura pared, además de sentir un ligero escozor y estiramiento en su interior que tampoco era gran cosa, tan solo como si se hubiera puesto una prenda de niña que no le viniera.
Había supuesto que sería «agradable», quizá como meter un ladrillo caliente en la cama para acondicionarla; eso era lo que había deducido de las palabras de la sacerdotisa. Pero no recordaba ni una sola palabra de advertencia en ellas, ni una mención a la euforia desenfrenada que la había poseído.
Pero sí que recordaba los ojos burlones de la mujer, y pensó: «Sabía que iba a pasar esto».
Sin embargo, no había intentado describírselo. Al fin y al cabo, nadie podría. Nadie podría explicar qué se sentía al estar sujeta como lo estaba en esos momentos, con su piel desnuda contra la seda blanca del traje de él, avergonzada pero desinhibida a la vez, mientras aún notaba en él los temblores de la pasión.
Sesshomaru respiró profundamente y soltó un brusco suspiro, como si el aire hubiese quedado retenido hasta al fin conseguir salir. Apoyó la cabeza contra la de ella.
—No lo puedo evitar —murmuró con voz ronca—. No me puedo controlar.
Rin se mordió el labio inferior y escondió la cara en su pecho.
—Mi querido señor —dijo—, no es nada malo. Ahora no.
De pronto él se estremeció con violencia. Su respiración se hizo más profunda y lenta. Inclinó la cabeza hacia el cuello de ella, pero al instante se enderezó con una sacudida, como si estuviese quedándose dormido de pie.
Rin no tenía el menor sueño. Tras aplacarse los latidos de su corazón, se sentía ligera y despejada por primera vez en muchas semanas.
—Vamos a acostarlo —dijo tirándole de la ropa.
Él abrió los ojos. Rin contempló su expresión somnolienta y sonrió mientras le daba unas palmaditas en el hombro.
—Tan solo retírese un poco, señor, si es tan amable, y déjeme a mí.
Pero él no lo hizo enseguida, sino que apoyó los brazos en la pared y la besó en la boca. El demonio sabía a algo que Rin no había probado nunca, como a tierra en un día lluvioso o a la marea, un sabor fuerte y salado pero sin resultar desagradable. En cierto modo hasta era muy atrayente, por lo que Rin sintió el deseo de acercar lo más posible la nariz a su piel para absorber todo lo que pudiera de aquel olor penetrante.
De pronto él se movió, levantándola con una sola mano. Rin ahogó una exclamación cuando él retiró su miembro del interior de ella y la puso de pie. Al mirar hacia abajo volvió a lanzar una exclamación. Aparte de eso, no había mucho más que decir. Rin sintió una abundante humedad entre las piernas, pero en esa ocasión no se trataba de sangre. Y él… Pero Sesshomaru se llevó la mano a su ropa y se dio la vuelta, para disgusto de Rin. La sacerdotisa se lo había explicado todo con palabras, pero no habría estado mal comprobar de primera mano si lo que le había dicho era verdaderamente posible.
Rin se arrodilló y, tras recoger la bata, se cubrió con ella. Estando así, más o menos vestida, se sentía dueña de la situación, capaz de dar las órdenes debidas.
—Mi querido señor, si se para a pensarlo, se dará cuenta de que ha sido un día agotador. Yo no estoy cansada; de hecho, me siento muy fresca. Así que, con su permiso, voy a ayudarlo a quitarse la ropa.
El permaneció inmóvil. Con los pies desnudos sobre la alfombra, Rin se acercó a él y buscó el nudo de su ropa para desatarlo.
—No hace falta que lo hagas —dijo él.
— ¿Y quién si no lo va a hacer?—Hizo una pausa, tras la cual añadió—: Pero no sé muy bien cómo quitarle la ropa yo sola.
Durante unos instantes no supo si Sesshomaru iba a cooperar, pero finalmente este se la quitó con un movimiento ágil y rápido.
Rin se detuvo un momento para admirarlo. Ciertamente era el hombre más atractivo que conocía, no solo en lo que respectaba a su rostro, sino también en la gracilidad con que se movía y en la armoniosa proporción de sus hombros y extremidades.
Él no se dio cuenta de que Rin lo observaba. El miró por encima del hombro y la vio. Rin trato de inventar rápidamente un motivo para estar observándolo. No lo logro.
Se produjo entonces un momento de confusión, en el que ninguno de los dos supo qué decir. Sesshomaru estaba de pie vestido tan solo con la parte inferir de su atuendo. Rin no vio por ningún lado que hubiesen dejado una bata para él. ¿No tendría que haberse encargado alguien de eso? ¿O era que no tenía? No, seguro que los caballeros usaban bata.
— ¿Prefieres que me vaya a otra parte? —preguntó él de repente. Fue hasta una puerta lateral y, tras abrirla, miró al interior de la otra estancia—. Ahí hay otra habitación.
Pues claro que la había. Probablemente habían dejado la bata y el resto de la ropa de él en esa habitación. Rin recordó que, cuando una vez entro en la casa del terrateniente y esa horrible mujer, noto que habitaban alas diferentes de la casa.
A partir de ese recuerdo, Rin llegó a un montón de conclusiones lógicas. Quizá era que a los caballeros casados no les gustaba dormir en alas diferentes de la misma casa. Quizá dichos infelices maridos tenían que pasar por el calvario de pedir cada noche a su esposa que les concediese permiso para dormir en su cómoda cama, pero habían de retirarse si no obtenían dicha autorización.
—No, no quiero que se vaya a ningún otro sitio —dijo Rin con una luminosa y magnánima sonrisa—. Es libre de dormir en esta habitación. Y no hace falta que me lo pida ninguna noche, amo.
—Sesshomaru —replicó él con voz enojada mientras cogía un apagavelas de plata—. Estamos casados. Tú eres mi señora. Me llamo Sesshomaru.
Ella se sintió regañada.
Guiada por un espíritu conciliador, Rin sonrió y dijo:
—Me siento muy honrada de que prefiera dirigirse a mí de forma más familiar
Él apagó el fuego. La estancia quedó en penumbra, solo iluminada por la luna.
Rin se cubrió bien con la bata y fue hasta la cama. El cuello de la bata le dio un tirón cuando intentó acostarse, pero no tenía intención alguna de quitársela. Subió la ropa de cama y, tras mullirla y arreglarla, yació muy quieta cerca del borde. Miró hacia arriba y cerró los ojos.
Pareció pasar mucho tiempo antes de que él fuera a la cama. El movimiento cogió a Rin de improviso, y el contacto de su amo la sorprendió aún más. La cogió entre sus brazos y apretó todo su cuerpo contra el de ella. No llevaba nada puesto. Rin apartó rápidamente la mano, pero tampoco tenía dónde ponerla.
Sesshomaru acurrucó la cara en la curva que formaban el cuello y el hombro de Rin. Esta abrió los ojos y se quedó mirando al techo.
—Buenas noches, mi querido señor —dijo en un susurro casi inaudible.
—Rin —murmuró él, enredando los dedos en su pelo.
Tenía el brazo por encima de ella; al principio estaba tenso pero, poco a poco, se fue relajando. Rin percibió hasta la menor señal de distensión de su cuerpo y de su respiración mientras se quedaba dormido.
—Mi querido señor —susurró de nuevo poniendo la mano en el antebrazo de él—. Que tengas felices sueños.-
