Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi
Sesshomaru mintió —«contestó con evasivas», en palabras de Rin— en lo referente a su partida, al decir que ese mismo día partían hacia el territorio del oeste porque quería llegar al día siguiente. Sin embargo, una vez que hubieron dejado el palacio de Irasue y se acercaron a una aldea, no consideró que hubiera necesidad de tanta prisa.
De hecho, no consideró que hubiera necesidad de hacer nada. A diferencia de todos sus viajes anteriores, esta vez llevaba consigo una esposa, Mi esposa, mi señora por tanto en lugar de retozar en un prado busco una posada donde pasar la noche, con sirvientes que cumplieran los deseos de su señora. No sin poco recelo encontró un lugar que parecía bastante adecuado. Su primera mañana de estancia la pasó en la cama. Era la primera vez en su vida que lo hacía sin estar herido.
Tampoco estaba precisamente durmiendo. El sonido apagado de los aldeanos tras las cortinas echadas se mezcló con el ligero tintineo de la plata cuando Leda entró de la sala de estar con una bandeja con el té. Llevaba un kimono color azul, el pelo recogido con una peineta, y su fina cintura rematada por sus lazos de seda. La observó a través de los ojos entrecerrados, como la había observado cuando se había levantado de la cama, pálida en la penumbra, y había recogido la bata de donde él la había tirado la noche anterior.
Rin puso la bandeja sobre una mesa. Sesshomaru vio que inclinaba un tanto la cabeza a un lado y lo miraba. A continuación, se dirigió a la ventana y abrió un poco las cortinas para que entrara un haz de tenue luz. Tras esperar unos instantes, abrió más las cortinas.
—Debe de ser hora de levantarse —dijo él.
Rin se apresuró a cerrarlas de nuevo.
—Perdón… no me había dado cuenta… He pensado que un poco de luz no estaría de más.
Sesshomaru se incorporó levemente en la cama. Todavía se le hacía extraño aquello de estar desprovisto de armas y de ropa, hundido entre mullidas almohadas y colchas, más vulnerable de lo que había permitido en muchísimo tiempo.
—Buenos días —dijo ella—. ¿Quiere té? Espero no haberle despertado. Estoy tan descansada que no puedo parar de moverme.
Sirvió el té mientras hablaba, y le llevó la taza como si esperase que él se sentara en la cama y se lo bebiera allí. Sesshomaru se dio cuenta de que no tenía mucha elección, agarro la taza con la intención de dejarla a un lado, una cosa era hospedarse en una posada y otra beber esos líquidos desagradables.
El intenso aroma del té se mezcló con el penetrante olor a su intimidad física que flotaba en el ambiente, una atmósfera que parecía apoderarse de la habitación y de todas las facultades de Sesshomaru. De repente el té ya no se le hizo tan repulsivo.
Rin le sonrió con expresión tímida y satisfecha, y luego se recogió las faldas y volvió a la mesa. Tras servirse una taza, se sentó y lo miró mientras tomaba un sorbo de té.
Sesshomaru se bebió de un trago el aromático té negro y dijo:
—Deberás comprar cosas.
Cosas?
Tazas de té o platos y cosas… de mujer. Puedes encargar las cosas aquí, o enviar a Jaken luego de que lleguemos.
— ¿Platos? —dijo ella dejando la taza en el platillo.
—No ha vivido una mujer en mi hogar.
— ¿Quieres que decore toda tu casa? —preguntó Rin con voz incrédula.
—Nuestra casa.
Ella se puso roja.
—Es muy generoso de tu parte.
Sesshomaru puso la taza vacía a un lado. Le sacaba de quicio que se mostrara tan agradecida y sumisa. Como si fuese una especie de desafío, retiró las sábanas y se levantó, aunque optó por salir de la cama por el lado que estaba más lejos de ella.
—No es ninguna generosidad por mi parte, maldita sea. Eres mi mujer.
Sesshomaru esperaba oír una protesta horrorizada por su desnudez; en su lugar, y en medio de un absoluto silencio, vio que sus ropas y armadura estaban esperándolo junto a la cama. Comenzó a vestirse.
—No maldiga, por favor —dijo ella al fin.
—No actúes como si fueras mi sirviente.
Cuando levantó la cabeza, vio que Rin tenía la suya inclinada y las manos juntas sobre el regazo. Por un instante creyó que…, pero no… Cuando ella le lanzó una mirada furtiva, Sesshomaru pudo comprobar que intentaba reprimir una sonrisa. Sintió una profunda satisfacción en su interior.
—Creía que a las esposas les gustaba comprar cosas —dijo con cierta aspereza.
—Sí, mucho.
Sesshomaru inclinó la cabeza.
—Problema resuelto.
— ¿Es muy grande nuestro hogar? —preguntó Rin.
Él meditó unos instantes mientras se ataba los pantalones.
—Más que el palacio de mi madre.
Rin se llevó una mano al pecho y se aclaró la garganta.
—Bueno, pues entonces eso va a requerir muchas cosas.
Mientras ella hacia una lista de lo que necesitaría Sesshomaru, solo vestido de cintura para abajo, se quedó mirando por la ventana.
Al volver la mirada, vio a Rin aun es su tarea. El reanudo su tarea de vestirse. Notando que poco a poco ella se iba animando.
—Voy a llamar para que traigan el desayuno, y podemos preparar la estrategia de compra mientras lo tomamos —dijo.
—Esta batalla te la dejo a ti —replicó él.
—Me temo que no puedo permitir semejante cobardía. Necesito tu fuerza.
¿Esperas que sea tu criado?
Ella rio con entusiasmo. Sesshomaru ardía en ganas de ver si le gustaba su nuevo hogar.
Durante tres días Sesshomaru participó en todas las compras desde encargar una cama enorme hasta minuciosos exámenes de vajillas. Se prestó a corregir la actitud de cualquier artesano que no tratara en un principio con la suficiente deferencia su señora.
Pese a su habitual estoicismo y el temor que inspiraba en la mayoría de las personas, Rin descubrió que le podía ser útil para varias cosas; principalmente para transportar pequeños paquetes, pero nunca para aconsejarla en cuestiones de gusto, ya que la mayoría de los muebles que veían le parecían dignos del infierno, así que por lo general optaba por no abrir la boca. Rin se detenía ante piezas oscuras y pesadas que a él le revolvían el estómago pero, al final, solo compraron las cosas que más gustaron a Sesshomaru: unas sábanas de seda muy suaves y un juego de platos con pájaros diferentes en cada uno de ellos. A Sesshomaru en realidad no le importaba lo que comprara, solo le pareció que a la Rin le gustaría ver todos esos pequeños pájaros cada vez que comiera.
No estaba seguro de cómo le hacía sentirse eso. Era una experiencia nueva para él. Nunca había compartido nada, nunca había tomado una decisión pensando en alguien más. Sesshomaru tampoco acababa de entender por qué a ella la importaba tanto lo que él opinara de las cosas.
No obstante, una parte de él parecía reaccionar muy favorablemente a ese interés por parte de ella, como si se tratara de una pequeña planta oculta que creciera bajo la superficie y que, abriéndose paso llena de anhelo, se dirigiera hacia la luz. No obstante, la misma intensidad de aquella sensación placentera le alarmaba. Era similar al ansia que sentía por el cuerpo de ella, y parecía que podría llegar a tener el mismo poder sobre él si consentía que siguiese creciendo.
Caminaba ensimismado, a mitad de camino entre la realidad y las fantasías que Rin provocaba en él. Solo lo sacaba de ese estupor la nítida y recta línea de la espalda de ella, que iba desde su recatado cuello hasta la curva de las caderas. El conocer la verdadera silueta que se escondía bajo aquella abundancia de tela lo estimulaba; cualquier atisbo de aroma compartido, o la mera visión de la curva encantadores pechos cuando se inclinaba, resultaban electrificantes.
Y ese profundo sopor sin sueños que le sobrevenía tras poseerla lo asustaba. En cierto modo era más fascinante y atractivo que el propio acto de hacerla suya. Le gustaba abrazarla y caer en aquel estado de modorra, mientras ella hablaba —porque hablaba y hablaba— con voz suave y animada de lo que habían hecho y comprado ese día; de como era su vida con esa anciana; de cosas que recordaba cuando de niña viajaba con el; le gustaba cuando el letargo lo invadía como una sombría manta y no podía contestar ni evitar sentirse totalmente relajado, vulnerable y feliz. Tenía que ser otro el que estuviera yaciendo ahí en esos momentos. No podía ser él.
Después de tres días juntos, habían llegado a una rutina común. Él se levantaba más tarde que Rin. Se vestía ante los ojos de ella, y solo estaba a solas los pocos ratos que pasaba en un claro cercano practicando sus rituales guerreros con gran destreza y concentración, los únicos momentos de verdadera concreción que le quedaban en medio de aquella niebla de cosas intangibles. A continuación, salían a comprar, lo cual suponía toda una incongruencia que le divertía y asustaba a la vez.
Tras conseguirle la cena —pues ya no era una opción que ella deambulara recogiendo hongos—, ella se retiró a la habitación, dejando solo a Sesshomaru. Este supuso que se esperaba de él que disfrutara en soledad pero, en vez de eso, camino entre las pequeñas calles de la aldea, donde era el blanco que las miradas de todos los pobladores. Una joven mujer, vestida de rosa pálido, salió de entre las sombras y cogió a un hombre del brazo:
—Ven conmigo, cariño —dijo—, y te hago una paja.
Ninguna de esas mujeres abordaba jamás a Sesshomaru, por más que este sabía que lo observaban cuando pasaba por delante de ellas. Lo exasperaban con su forma directa de mirar; su propia existencia lo repugnaba. Si alguna de ellas se atreviese a cogerlo del brazo de esa forma, a tocarlo, él sí que le haría algo: lanzarla directo al infierno, pensó con fiereza.
Esa sensación de incomodidad persistió hasta que encontró un especie de carromanto donde una anciana ofrecía cosas en venta, cosas de mujer, peinetas y cintas de seda. Con solo una rápida mirada supo que no encontraría nada allí que pudiera adornar la piel de Rin. Se sentía inquieto y acalorado, y sin poder dejar de pensar en Rin. Deseó estar con ella en la cama en esos momentos, pero era como si no se lo mereciera, como si fuese un impostor, como si lo que debiera hacer fuese seguir caminando hasta que la noche terminara por engullirlo.
Echo otro vistazo a las cintas de seda, había una verde que le trajo el recuerdo del día que la vio en aquel taller de costura donde querían entregarla a algún hombre asqueroso que quería tocarla. Antes la hubiera encerrado en una cueva pensó enardecido.
Observo el cielo ¿Era ya lo bastante tarde? La noche anterior había esperado hasta casi media noche. La había encontrado muy fresca, con el pelo algo húmedo. Sesshomaru había cerrado las cortinas y la había besado, luego los había desnudado a los dos, prenda a prenda, mientras permanecían de pie en la oscuridad…
Si seguía recordando esas cosas, terminaría por humillarse. Decidió que era demasiado temprano para acudir junto a ella. Lo mejor era que se quedara allí, o que siguiera caminando. Lo mejor era seguir caminando para siempre.
Estaba respirando de forma demasiado agitada. Volvió a observar las cintas, decidió que no quería volver a ver una cinta verde, luego se volvió y camino en sentido contrario.
Volvió a la posada.
Cuando llegó a la puerta de la pequeña habitación, vio por la rendija que había mucha luz dentro, luego oyó la voz de Rin diciendo su nombre adentro. Sesshomaru confirmó que era él y, a continuación, dudó si debía entrar o no. Pero Rin apareció en el umbral al momento, muy seductora con la bata verde jade y el pelo suelto.
—Hola —dijo ella.
La forma en que se quedó en la puerta con las manos juntas, sin acercarse ni alejarse, advirtió enseguida a Sesshomaru que algo pasaba esa noche. Sintió el deseo de abalanzarse sobre ella pero, en su lugar, se quedó dónde estaba observándola.
—Ha estado en el bosque, mi señor?
—En la aldea —explicó él.
— ¿Estaba observando algo?
—Hay una anciana, vende cintas de seda.
—Me gustan las cintas de seda —dijo Rin muy animada—, hacen que una se vea muy bonita, además sirven para recogerse el cabello. Claro que me imagino que debes saber para qué sirven las cintas.
—Mi misión en el mundo.
—Quería decir que… —Hizo una pausa y sonrió mientras miraba los pies de Sesshomaru—. Bueno, no sé lo que quería decir, pero me gustan mucho las cintas de seda.
Sesshomaru la miró y pensó: « ¿Es que nos vamos a poner a hablar de cintas?».
Rin juntó las manos y dio unos pasos. Al pasar por delante de Sesshomaru, este la cogió del brazo. Ella se puso muy rígida y se detuvo.
Él no sabía qué hacer ni decir. Toda la sumisión y dulce aceptación de Rin, que hacía que todo fuese soportable, parecía haber desaparecido, mientras que el deseo de Sesshomaru seguía ardiendo con la misma intensidad de siempre.
No tendría que haber vuelto. Tendría que haber seguido andando y andando hasta llegar al fin del mundo. La soltó. Fue hasta la ventana y, tras abrir las cortinas, cerró los ojos mientras apretaba con fuerza la tela de terciopelo y lana.
Rin dijo con voz muy triste:
—Tienes que saber… que estoy indispuesta.
Sesshomaru soltó la cortina y se dio la vuelta.
—No, mi querido señor, no pongas esa cara —dijo ella al tiempo que hacía un gesto con la mano para quitar hierro al asunto—. Es sólo… lo que pasa cada mes durante unos días.
Los truenos que retumbaban en los oídos de Sesshomaru comenzaron a desvanecerse.
El soltó un gruñido
—Lo siento —dijo Rin en voz baja—. No quería alarmarte.
Sesshomaru soltó una especia de suspiro. Tardó algún tiempo en sobreponerse al acceso de pánico que lo había invadido.
No tenía una mínima idea sobre esas cosas de mujeres. Tendría que enviar a Jaken a investigar, pero estaba claro que ella no quería que él la tocara mientras padeciese esa indisposición transitoria.
—En ese caso, dormiré fuera —dijo.
Rin emitió un quejido de sorpresa y pareció bastante contrariada.
—Entonces, ¿qué quieres que haga? —dijo él, ceñudo.
—No quiero que te sientas incómodo —explicó Rin con timidez.
Esa vacilación de ella lo estaba volviendo loco. Fue rápidamente a donde estaba y, cogiéndola de los hombros, la besó con fuerza. La tirantez de la espalda de ella desapareció. Echó la cabeza hacia atrás y se abrió a él mientras la rodeaba con sus brazos. El miedo de Sesshomaru de que ella no quisiera volver a dejarlo entrar en su cuerpo se esfumó por completo. Adoptó una actitud más suave mientras exploraba sus labios.
—Dime qué quieres —susurró.
—Bueno, había pensado que… tal vez no te importe solo acostarte. En nuestra cama, claro. Y yo podría, si te apetece, darte un masaje en la espalda.
—No —contestó él soltándola.
Rin agachó la cabeza.
—De acuerdo —dijo el intentando borrar la expresión de enfado de su rostro—. Si es lo que quieres, lo haré.
Aun así, sentía la misma agitación de siempre creciendo en su interior, pero intentó reprimirla con todas sus fuerzas.
Rin lo miró y lo cogió de las manos.
—Si tú no quieres, mi querido señor, yo tampoco.
Sesshomaru sintió un profundo alivio, así como el deseo irracional de darle las gracias. No estaba dispuesto a humillarse hasta el punto de acostarse totalmente vulnerable y dejar que se subiera en su espalda. Pero una voz dentro de él le decía que lo haría si ella se lo pedía.
—Solo deja que te abrace, eso es todo, que te abrace y me duerma —dijo mientras le acariciaba las manos con los pulgares—. Mientras, puedes contármelo todo sobre vajillas, cintas y demás.
Rin permaneció unos instantes en silencio contemplando sus manos entrelazadas.
—¿De qué prefieres que te hable, de tazas o de sedas? —inquirió al cabo.
—De sedas, por supuesto.
—Seguro que con eso te duermes. Me atrevería a decir que, cuando llegue a los lazos para el cabello, ya estarás roncando.
—Que.., ¿es que ronco?
—Desde luego anoche lo hiciste mientras disertaba sobre las características y adecuada disposición de los aparadores. Soy bastante experta en aparadores, pero comprendo que no todo el mundo comparta mi entusiasmo
El besándole la nariz mientras deslizaba una mano hacia su cintura—. ¿Seguro que estás indispuesta?
—Totalmente.
—Maldición—dijo Sesshomaru y, antes de que Rin pudiese abrir la boca para regañarlo, la cubrió con la suya.
