Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi

Le habría gustado enseñar a Rin cosas que sabía que le gustarían, cosas coloridas y ruidosas, cosas que no pudo mostrarle cuando era una niña, pero, en su lugar, lo que ella vio fundamentalmente fue mucha vastedad y poco color, por lo que Sesshomaru supuso que todo el territorio le habría parecido a su mujer un lugar inconmensurable dominado por la lluvia, la nieve y aún más lluvia. Carámbanos de hielo a medio descongelar goteaban de los árboles en los bosques, cuyos únicos habitantes parecían ser dos caballos y un perro viejo y feo.

Ni siquiera habían podido acostarla y yacer con ella. No le parecía que el cuerpo de Rin estuviera echo para estar tendido entre la nieve fría y su cuerpo caliente. La otra opción era esperar en alguna aldea hasta que se derritiera la nieve. Así pues, envió a Jaken a buscar lo que sea que ella necesitara para el viaje y, en secreto, se sintió muy orgulloso de ella cuando esta se negó a admitir ni una sola vez que el frio la afectaba. Rin tuvo la suerte de no llegar a congelarse, e hizo todo lo posible para parecer serena, pero hizo tan mal tiempo que, finalmente, Sesshomaru le aconsejó que no se despegara de Ah-Uh para caminar al lado de él.

En consecuencia, la toco mucho. Hasta que llegando a un bosque muy denso donde había una serie de cuevas en cuyo interior podía tenderse con ella y darle de su propio calor.

A Sesshomaru no le costó mucho recordar cómo era esa parte de su vida; lo sorprendente era la facilidad con la que se sentía más ligero cuando escuchaba una vocecilla bromista y el gruñido de exasperación de Jaken. Rin hablaba bastante, al menos a él, había notado que estaba recuperando esa efusión con la que hacia todo cuando era una niña. Parecía que también empezaba a recordar cómo era la vida cuando no había aprendido todas esas ridiculeces con esa anciana rígida. Era una voz muy buena para dormirse oyéndola.

De noche, escuchaba todo lo que Rin tenía que contarle sobre los vulgares objetos que un artesano le había ofrecido, con incrustaciones de jade, falso por supuesto, todo un horror, enormes baúles donde cabria un mostro, ¿para que necesitaría algo asi?. Los artesanos eran muy amables, pero era una pena ver que no distinguieran el jade de verdad del falso, aunque desde luego tenía que admitir que en todo era muy bonito. Seguro que el dueño de la posada donde dormían gastaría mucho dinero para hacer que todo oliera a jazmín, además de esas cortinas tan distinguidas. ¡Y siempre tenían agua caliente!

Pero aunque tenía coas buenas no podía olvidar—¿cómo las llamaban?— las escupideras. Qué palabra más desagradable; deberían emplear alguna más críptica. Rin esperaba que a Sesshomaru nunca se le ocurriera adoptar un hábito así. El tabaco era inaceptable en una persona verdaderamente refinada, y de lo más desagradable cuando se consumía de esa forma.

Fue en el interior de una cueva donde mencionó las escupideras. Giró la cabeza en las pieles que hacían las veces de cama y miró a Sesshomaru con algo de inquietud. Él enroscó un mechón de su pelo en un dedo y le prometió que nunca masticaría tabaco. No era la promesa más difícil que habría de hacer en la vida pero, a su modo, le agradó hacerla. Después de apretarla mucho contra si, Sesshomaru durmió muy profundamente esa noche.

Siguiendo un impulso repentino, se desvió de su camino y la llevó a una aldea donde sabia habría feria. Era el año nuevo. No le advirtió de nada, y valió la pena no hacerlo solo por ver la expresión de Rin cuando entraron en aquel territorio de luces rojas y doradas. Caminaba junto a él atónita, le envolvió la punta de los dedos con su pequeña mano y pegando un saltito cada vez que estallaba un petardo, mientras se abrían paso entre las multitudes de personas vestidos con trajes de rica seda.

Revoloteaban papeles rojos y naranjas por todas partes, y había un intenso olor a incienso y comida. Hileras de espléndidos farolillos colgaban sobre sus cabezas. Todas las tiendas exhibían altos carteles de vivo terciopelo, con caracteres pintados en oro en ellos y rematados con tela carmesí.

Sesshomaru se detuvo ante un puesto cubierto de cintas y ramos de narcisos en flor, rodeados por cestas de fruta. El tendero, que llevaba un casquete negro y tenía una coleta que le llegaba hasta la cintura, los atendió solícito. Al observar a Sesshomaru, comprendió que se trataba de un demonio y su amante lo cual hizo que el interés del comerciante se transformara en entusiasmo. Con movimientos rápidos y enérgicos, se subió a un taburete y bajó los dos pergaminos de colores. Sesshomaru los acepto sin decir nada.

— Deben ponerlos en la puerta de su hogar—explicó él mientras los sostenía a la luz azafrán de un farolillo y señalaba los caracteres escritos en uno de ellos—. Son las cinco bendiciones. Salud, riqueza, longevidad, amor a la virtud y una muerte natural.

—¿Sabes que significa todo eso? —preguntó ella mirándolo con admiración.

El comerciante dio una naranja a Rin.

Kun hee fat choy!

Sesshomaru observó la expresión confusa de ella.

—Es un regalo de año nuevo —le explicó—. La naranja significa buena fortuna.

Con una sonrisa de gran satisfacción, Rin dio las gracias al tendero, el cual le entregó entonces un ramo de narcisos, tras lo cual juntó las manos e hizo una profunda reverencia. Rin, cargada con la naranja y las flores, se la devolvió con una leve inclinación.

—Gracias —dijo—. Muchas gracias y feliz año nuevo, señor.

El tendero mostró a Sesshomaru una ristra de paquetitos rojos.

—¿Petardos, señor?.

El otro negó con la cabeza.

—No. Vamos Rin.

—¡Ah! Hay muchas cosas aquí, que le gustaran a su señora.

—¿Y qué pone en el otro? —preguntó Rin señalando el segundo pergamino.

Sesshomaru sintió el repentino deseo de no mostrárselo, por lo que vaciló unos instantes. Rin aspiró el aroma de las flores y lo miró expectante, con la boca entreabierta y formando un atisbo de sonrisa. El comerciante asentía con la cabeza. Sesshomaru conoció otro sentimiento, vergüenza. No le gusto. Le daba vergüenza decirlo en voz alta lo que decía el pergamino. Habría preferido colgarlo donde solo él pudiera verlo, y que siguiera siendo un misterio para Rin.

—¿Qué dice? —preguntó ella.

—Una frase de año nuevo.

Rin contempló el contorno del pergamino, con sus adornos pintados en dorado y ébano.

—Es bonito. Es una pena no saber lo que pone.

Samuel lo enrolló.

—Dice «amaos el uno al otro».

Rin abrió los ojos.

—Solo es un dicho —dijo Sesshomaru al tiempo que miraba hacia arriba a otras pancartas y leía unas cuantas—. «Longevidad, dicha, alegría y recompensas oficiales.». Ese tipo de cosas.

Rin volvió a hundir la nariz entre los narcisos y lo miró con ojos brillantes.

—Ya veo.

Sesshomaru se sintió como si caminara sobre un abismo con los ojos vendados. Como si traspasara el borde de un acantilado pero, aun así, siguiera andando sobre el aire mientras se abría un vacío infinito a sus pies.