Capítulo 32: EMPACANDO RECUERDOS

— Así que es cierto: te vas — declaró con pesadumbre Terry desde la puerta. Will se giró a verlo tratando de armar una sonrisa.

— Me trasladan — le corrigió el pelinegro dejando la caja que sostenía en brazos a un lado del sofá de la sala.

— Porque así lo pediste — replicó el rubio arrugando el entrecejo.

Se acercó vacilante, dándose cuenta que el departamento de su amigo estaba muy cambiado. Si bien aún había adornos en las paredes, y unos que otros en los muebles; las cajas esparcidas por aquí y por allá no pudieron pasar desapercibidas para sus ojos.

— ¿Por qué? — le preguntó desconcertado.

— Es Irlanda, Terry; sabes que mi familia está allá. Mis abuelos. Tú sabes cuánto los quiero; además los pobres ya son muy grandes, pronto no podrán cuidar de sí mismos y prefiero acompañarlos, estar pendiente de ellos y velar porque nada les pase — conforme decía aquello tomaba unos cuantos retratos de la mesita de la esquina para limpiarles la inexistente suciedad y poder guardarlos. Evadiendo su mirada de incredulidad.

— No es necesario irte a Irlanda definitivamente para poder estar con ellos, — repuso Terry. Will no dijo nada, él también lo sabía muy bien — además los visitas muy seguido. Y no están solos, recuerda que siempre han estado acompañados por su elfo doméstico — le recordó con el entrecejo fruncido.

— Pues sí, — concedió distraídamente Will — pero la decisión está tomada. Quiero volver — ni siquiera se dignaba a verlo a la cara. ¿Para qué?, ¿para qué Terry le echara en cara que todo era por Hermione y su relación con Harry?, ¿para recriminar su falta de valentía?

No. Lo mejor era simplemente darle la espalda a todo. Hacer como si jamás hubiera pasado.

Miró la foto que sostenía en la mano y soltó un suspiro de melancolía cuando hondeó su varita y el rostro de sus amigos quedó envuelto en papel periódico.

— ¿Cómo te enteraste? — le preguntó de pronto al rubio.

— Kevin. Es nuestro amigo ¿recuerdas? — señaló con obviedad.

— Claro — musitó escuetamente, asintiendo.

— ¿Cuándo les dirás? — le cuestionó Terry dejándose caer en el sofá. No podía apartar la mirada de las cajas medio llenas que había en el piso. Era como si su amigo empacará toda una vida ahí.

— Pronto.

Terry suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás.

— No hay esperanza de que te quedes ¿verdad? — aquella pregunta y la manera en que la formuló, como resignado, hizo que algo pesado se alojara en la boca del estómago de Will.

Meneó casi imperceptiblemente la cabeza.

— Y tampoco le dirás a Hermione — afirmó, no preguntó el rubio.

— Yo… — se le secó la garganta.

— Tú, la abandonarás… — señaló regresando a verlo — Nos abandonarás a todos — replicó con aspereza.

Will apretó la mandíbula, aquello fue como un puñetazo por parte de su amigo. Se giró a verlo, cruzándose de brazos para que no se diera cuenta de sus manos temblorosas.

— Siempre estaré ahí cuando me necesiten — declaró con solemnidad.

— Entonces no te vayas… — soltó de inmediato, sin poder contenerse — Siempre te vamos a necesitar Will. Quédate. Habla con Hermione, dile cómo te sientes, que necesitas tiempo para asimilar todo. Pero no te vayas — le pidió de manera atropellada. Lo quería, y no se avergonzaba de declararlo. Se había convertido en su mejor amigo en el tiempo que lo conocía. Y ahora que lo estaba perdiendo… No, se rehusaba a quedarse de brazos cruzados viéndolo marchar.

— Ya te expliqué porque me voy, Terry. Jean no tiene… — intentó replicar.

— ¡Oh, vamos!, — exclamó exasperado — todo el mundo sabe porque te vas. Y sino pues se hacen una idea — soltó con obviedad.

— Necesito olvidarla — dejó salir en un murmullo, desviando la mirada.

— Bien; pon un poco de espacio, sal con chicas, diviértete. Verás que encuentras la indicada. Pero no te precipites a marcharte sin más — le aconsejó.

Will sonrió con tristeza.

— Eso es lo que haré… en Irlanda — remarcó.

Terry bufó ante la terquedad de su amigo.

— Estás cometiendo un error y lo sabes… — le espetó — Harás lo mismo que hizo ella hace seis años. Dime, ¿también te alejarás de nosotros por tanto tiempo y después volverás queriendo remediar las cosas? — inquirió con un dejo de enojo.

— Eso fue diferente y ambos lo sabemos — lo miró con reprimenda.

— ¡Es lo mismo!… — impugnó con vehemencia — Hermione huyó sin escuchar razones, y ¿qué ganó eh?, ¡sólo llevarse entre las patas a muchos, entre ellas a las personas que supuestamente amaba! — se incorporó.

Will apretó la mandíbula.

— Tú no entiendes Terry.

— No soy estúpido. Vi lo que hizo. Y después vi a Lu hacer lo mismo. Y ahora te veo a ti. ¿Y qué quieren que haga yo eh?, ¿quedarme viendo, igual que hace años, como todo lo que tenemos se desmorona sin poder hacer nada?, ¿ver cómo pierdo a mi mejor amigo sin dejarme luchar contra ello? — le espetó crispando los puños con impotencia.

— Yo… — apenas musitó el pelinegro.

— Yo sólo sé que estoy pasando por lo mismo con Luna; sin embargo, yo no corro a la primera oportunidad — le escupió con acritud.

William desvió la mirada. A veces le molestaba tanto ésa mente sagaz de Terry; como en éste momento. Pero no lo iba a doblegar. Todo estaba listo. Nada ni nadie lo harían cambiar de parecer.

— Me iré en dos semanas. Espero verte en ésos días — zanjó sin más. Le sonrió sinceramente cuando se acercó ofreciéndole la mano a forma de saludo; mas Terry sólo le dirigió una breve mirada a su mano extendida, después a su rostro, y le sacó la vuelta sin aceptar su gesto, dirigiéndose a la salida.

— Estás cometiendo el mismo error. Pero ésta vez te prometo que yo no estaré ahí para que me hieran… — le dijo abriendo la puerta — Buen viaje, amigo — replicó sarcástico, y salió cerrando con un cortante portazo.

— Buena suerte, Terry — murmuró Will minutos después, contemplando la puerta. Algo plano reposaba en su mano y al levantarla se dio cuenta de que era. La misma foto que contemplaba hacia unos minutos. La colocó en la caja que estaba marcada como "Sótano" y la selló con un hechizo.

Ojalá así fuera de sencillo sellar también sus emociones, deseó con amargura.


— ¿Cenamos el jueves? — le preguntó Harry a Hermione desde el umbral de la puerta; había pasado sólo un momento para saludarla, estaba colmado de trabajo en su propia oficina.

— No puedo Harry, — lo miró apenada — la firma de la P.E.D.D.O. con el Ministro Francés será allá, en Paris… — explicó con un suspiro cansado — Nos iremos éste miércoles y regresaremos hasta el lunes. Te lo iba a decir después — se justificó.

— ¿Trabajarás todo el fin de semana? — le preguntó incrédulo.

— No, sólo el jueves y mitad de viernes. ¿Por…? — arrugó el entrecejo.

— Bueno, ahora que lo pienso, ser Jefe de Aurores provoca mucho estrés, — se recargó en la puerta con aire despreocupado — no me vendrían mal un par de días ir a broncearme a Paris ¿no te parece? — sonrió con complicidad. Por respuesta recibió un emocionado beso de Hermione, luego de correr y abalanzarse sobre él.

— ¡Eres el mejor novio del mundo!… — declaró con firmeza mirándolo con adoración. Sus brazos rodeaban su cuello y los de Harry la tenían bien sujeta de la cintura — Imagínate: tú y yo, ¡juntos en Paris! — replicó radiante.

— La ciudad del amor — señaló el ojiverde con tonito meloso.

Las piernas de Hermione temblaron. Y el pelinegro rio al ver su reacción.

— Creo que vas a ser una gran distracción para mí — meditó Hermione.

— ¡Eso he sido desde hace casi quince años! — replicó Harry con una gran sonrisa. La castaña fingió indignarse chasqueando la lengua. Mas la sonrisa de alegría era inconfundible en sus labios.


"Me iré en dos semanas". Aquella frase atormentó a Will durante los siguientes cinco días. En los cuales Terry no fue a visitarlo y él no se atrevió a llamarlo. Quizás era mejor así, pensaba cuando terminaba otro día y observaba cada vez más cajas en el suelo, menos cosas adornando.

Le hubiera dicho la verdad; pero ¿qué caso tenía saber que en realidad se marcharía ése mismo lunes?; sólo ocasionaría más sufrimiento. Y era lo que menos quería.

Ya tenía el mismo con su propio sufrimiento.

Y luego estaba el hecho de no haberle dicho nada a Hermione. Era lo que más dolía. Aunque conociéndola como la conocía, sabía de antemano que se adjudicaría la culpa por su partida; eso era otra cosa que quería evitar. Ella era feliz ahora. Y así debía ser… a pesar de sí mismo.

— Jean… — suspiró con tristeza tirado en la sala. A su lado una botella casi vacía de whiskey reposaba sin gracia alguna junto a una copa de vidrio. Un montón de bolas de pergamino estaban esparcidas por todo el piso sin orden alguno. Una pluma y un tintero a un costado listos para redactar la que sería ¿la décima?, ¿quinceava carta?; ya había perdido la cuenta. De igual forma, todas habían parado a dar en un manojo de desagrado.

¿Cómo escribir una despedida?, se preguntó dándole otro trago a la botella.

— ¿Cómo decirte adiós si no estoy listo? — le preguntó a la nada Will, pasándose una mano por el cabello con gesto desesperado.

Lo único que se le apetecía era correr a la oficina de Kevin y pedirle cancelará su traslado a Irlanda, pero ya no era posible. Sus abuelos ya estaban enterados, no podría romperles el corazón de ésa manera. No cuando él era lo único que tenían. Y cuando ellos eran lo único que le quedaba en aquella maldita vida.

Los ojos se le llenaron de lágrimas de impotencia. De desesperación.

Merlín, ¿por qué tuvo que enamorarse de ella?, ¿por qué con ésa intensidad?; el mero recuerdo de su sonrisa le estrujaba de forma dolorosa el corazón; el eco de su risa era como una perforadora en sus oídos; y el tacto de su piel, la calidez de sus abrazos… lo que diera por uno solo. Sentir ésa calidez casi abrasante correr por sus venas; sentir que se te puede ir la vida si te sueltas de ella; sentirte vivo, como si respiraras por primera vez al aferrarte a su cuerpo, sintiendo su corazón tan pegado al tuyo, enseñándote cómo hacerlo latir. Sólo por ella. Y por ti… para luchar por Jean.

Sus ojos azules se dirigieron al teléfono reposado en la repisa de la chimenea. Una posibilidad frente a sí. ¿Y si…?

Un simple "Accio"; ocho números, unos segundos de espera… Y su dulce voz contestando:

"Hola, soy Hermione; no me encuentro en éste momento. Déjame un mensaje".

Will dejó salir un suspiro.

— Así es mejor — se dijo. Mas aquellas palabras sólo le causaron más daño.

Dejó caer el teléfono al suelo y el suave repique que causó su golpe contra el tintero le abrió una nueva posibilidad. Después de todo; sólo le quedaba ése fin de semana…

Dos días, antes de decirle adiós definitivamente. Pues si debía ser así, al menos haría las cosas bien. Aunque sea una vez realizaría lo que su corazón le dictara.

Ya después vería como armar los pedazos de su corazón de nuevo.

¿A quién quería engañar?, pensó en un exabrupto, aventando la botella de licor contra la pared, haciéndola añicos.

Lo único que deseaba es que Jean llegara y lo eligiera a él. Que le dijera que lo amaba a él y no al otro. Que se quedaría con él.

— Por favor ven Jean. ¡Por favor! — imploró, cerrando los ojos.


Mientras en Francia…

Si su madre la viera ahora, o al menos supiera lo que estaba haciendo, seguramente ya habría pegado el grito en el cielo. No obstante, a Hermione le importaba un cacahuate. ¡Era Paris, Dios santo!, y lo estaba viviendo con Harry. Además, eran novios ¿qué no?; no le encontraba nada de malo el compartir habitación con él. Es decir, viéndolo por el lado económico, gastarían menos.

Ay si, ni tú te la crees Hermione, sabes bien que todo va por cuenta del Ministerio. Tú en lo único que gastas es en condo… censuró de inmediato a aquella voz.

De acuerdo, de acuerdo. Pero era una mujer adulta. Independiente. Y capaz de cuidar de sí misma. De tomar sus propias decisiones; zanjó.

Además, ni habían… Es decir, había estado trabajado los pasados dos días, casi no le había prestado atención a Harry. Pero lo bueno es que era sábado y podría relajarse. Festejar…

Harry se encontraba en el baño tarareando una suave melodía, despreocupado del mundo mientras se ponía crema de afeitar en el rostro. Lo había pensado ésos últimos días, y la verdad es que ya estaba un poco fastidiado de cuidar tanto su barba y bigote, siempre revisando que estuvieran simétricos, que no se hubiera afeitado más de lo necesario; y era una completa pérdida de tiempo cada mañana.

Además; había descubierto que, a Hermione, en sí, lo que le gustaba no era su barba, sino el olor que dejaba su crema de afeitar; y eso era más que suficiente para él. Al igual que él, su novia no extrañaría su barba.

— ¿Qué haces? — le cuestionó Hermione desde la puerta, sacándolo de su ensoñación.

— Poniéndome más guapo para ti — le sonrió con galantería a través de espejo. Hermione sonrió para sí. Ése gesto que Harry hacia a veces le recordaba sus buenos días en Hogwarts, donde el juego de indirectas y besos inconclusos le alteraba cada nervio del cuerpo.

— ¿En serio?, ¿seguro no es para una de tus locas admiradoras?; mira que ayer nos topamos un par — bromeó en tono celoso.

— No sé, puede ser… — le siguió el juego, sacando su navaja de afeitar de un estuche — Porque si mi memoria no me falla, recuerdo muy bien que mi fan número uno siempre fuiste tú, — observó Harry con una sonrisa de suficiencia — jamás te perdiste un juego eh — le guiñó un ojo de forma juguetona.

— Bueno… — las mejillas de Hermione se sonrojaron. Se recargó en el marco de la puerta y apoyó la cabeza en ésta, sonriendo avergonzada.

— Además, ¿qué no lo sabes todo sobre mí?… — aquella declaración vino acompañada de una sonrisa de ternura por parte de Hermione — Y como sé que te encanta mi olor a menta — meneó el bote frente a sus ojos sonriendo travieso. La castaña sintió sus mejillas desprender vapor.

— Engreído… — acusó seria, viéndose descubierta. Harry se rio y se acercó a ella dejando el bote en el lavado. Sus ojos brillaban con malicia. Hermione lo advirtió — ¿Qué planeas?… — una sonrisa de su novio la hizo caer en cuenta — Harry, ni te atrevas o… — empezó a amenazarlo enderezándose por completo; aun así, la diferencia de estatura era palpable, Harry le sacaba poco más de una cabeza.

— ¿O que…? — la tomó de la cintura. Hermione hubiera reído por lo cómico de su aspecto, con aquella barba blanca en su rostro, simulando ser Santa Claus. Mas ése brillo malicioso en sus ojos no la dejó.

Y tomándola por sorpresa, Harry se inclinó sobre ella y se apoderó de su cuello pegándola a su cuerpo, manchándola con la espuma para afeitar. El efecto fue inmediato: las mejillas de Hermione se sonrojaron y estalló en carcajadas por el ataque de cosquillas.

— ¡Harry! — se quejó Hermione riendo, tratando inútilmente de apartarlo por el pecho.

— ¿No que te gustaba mi olor?, bueno, pues te convido — reía el ojiverde besándole el cuello juguetonamente, manchándola a propósito.

— Harry, ¡me estás ensuciando! — trató de aparentar indignación, mas su risa la delataba.

El pelinegro rio malicioso antes de tomar su rostro entre sus manos y bañarlo de besos, manchándole también la cara. Hermione se empezó a molestar porque no la dejaba respirar.

— ¡Harry James Potter, basta ya! — trató de soltarse.

— ¿James Potter?… — se separó de golpe mirándola atónito — Tú nunca… Es decir, ¿por qué…? — balbuceó.

Hermione lo miró con los ojos entrecerrados, disgustada.

— ¿Te enfadaste? — indagó burlón, olvidando el asunto de su nombre completo.

La respuesta: el bufido de Hermione, ahora de brazos cruzados.

— ¡Oh, vamos Herm, era un juego!… — la abrazó de la cintura. Hermione ni lo apartó ni se alejó, permaneció inmutable — ¿Seguirás enojada? — le sonrió inocentemente, dándole un beso en la mejilla.

— Me conozco todos tus trucos, así que no te funcionaran — zanjó.

— Mmm… — suspiró pensativo Harry mirándola con ojos escudriñadores — bueno, han pasado seis años, ahora sé otros trucos, y que puedo usar sin reservas por temor a que me golpes… — sonrió pícaro. La acercó más a él, haciendo que entrara en contacto con su piel desnuda. Hermione pasó saliva, sus alientos se mezclaban — ¿Nerviosa, quizás? — la miró con un dejo de suficiencia.

— Quisieras — apenas pudo murmurar. La verdad es que sentía las piernas de gelatina.

— Mejor, así no me lo pondrás tan difícil — y se inclinó a besarla. Hermione cerró los ojos, expectante… pero el beso no llegó.

Desconcertada, la castaña abrió los ojos. Enarcó una ceja de forma interrogante, sus rostros a escasos centímetros de distancia.

— Entonces, ¿sigues enojada?… — su aliento fresco impactando en sus labios resecos hizo que el corazón de Hermione se disparara como loco. Negó vehemente con la cabeza. Harry sonrió, y levantando una mano, la colocó a un lado de su rostro, quitándole una mota de espuma de la mejilla, antes de empezar a acortar la distancia de nuevo — ¡Te amo Hermione, no sabes cuánto!…

— ¡No tanto como te amo yo a ti!… — y se besaron. Disfrutando de su felicidad.


Aunque no todos lo eran…

Luna estaba a nada de jurar sobre la existencia de los snorkack de cuerno torcido, que, si Hermione no contestaba su estúpido celular ése mismo día, iba a ir por ella así sea hasta lo misma Torre Eiffel y traerla arrastrando de los cabellos si era preciso. En serio, hasta ella tenía un límite. Y su amiga ya lo había sobrepasado desde hacía un par de días.

En primera: ¿Por qué rayos no le dijo que iba irse a Francia por cinco días?

Segunda: ¿Por qué demonios apagaba su celular?

Y tercero: ¿Qué acaso existía una maldita tormenta eléctrica que les impedía encontrarla a las siete lechuzas que había mandado?

Oh, pero no sólo ella había colmado su paciencia. También Terry y William. Entre éstos no sabía quién más. Estaba terriblemente reñida la competencia.

Por un lado, William; no diciéndole que sería trasladado a Irlanda en una semana, preparando todo para su ida como si tan sólo fuera un tonto día de campo, actuando a sus espaldas.

Y después estaba Terry; primero viniéndole con el chisme, soltándole todo con tanta rapidez y tan atropelladamente que únicamente entendió lo esencial: "Will se va", "Me enoje con él". Bien, se iba, estaba claro que nada lo haría cambiar de opinión; pero es que ¿a su rubio amigo no se le ocurrió un momento menos oportuno para enojarse con él?

¡Serían hombres!; siempre complicando las cosas, pensaba con fastidio.

Un fastidio que se transformó en exasperación al ver aparecer a su lechuza por la ventana, con la carta.

— ¿Qué le pasa a todo el maldito mundo?, ¡¿qué sólo yo me preocupo por mantener estables todas las relaciones?! — preguntó levantando las manos al cielo como si allí esperara encontrar la respuesta.

La lechuza se acercó vacilante a ella buscando algo de comida, una sola mirada de parte de su dueña la hicieron desistir y emprendió el vuelo en busca de alimento.

— ¡ESO!, ¡TÚ TAMBIÉN VETE!, ¡OTRO QUE ME ABANDONA!… — se fue exclamando tras ella, sacando la cabeza por la ventana abierta y blandiendo el puño en forma amenazante a la mancha que se alejaba de su casa. El vecino, que en ése momento regaba las plantas del jardín, la regresó a ver como si ésta se hubiera escapado de un psiquiátrico — ¡¿Y usted que me mira?, póngase a regar sus tontas plantas!, si mi amigo Neville viera como las tiene, seguramente le… — le espetaba conforme cerraba la ventana de un golpe. El hombre ya no supo ni quien era ése tal Neville, y mucho menos que le haría.


Terry era otro que estaba desesperado, la fecha de partida de su amigo estaba prácticamente a la vuelta de la esquina y aun no podía formular un plan para retenerlo. Aunque sabía que ya era muy tarde…

Flash Back

— ¡Pero es que ¿cómo pudiste acceder a su petición, Kevin?! — le increpaba Terry aquella mañana a su amigo.

La secretaria ya se había asomado un par de veces al escuchar los gritos y preguntaba si estaba todo en orden, mas Kevin se limitaba a asentir pidiendo que los dejara solos de nuevo. Y ahora con la habitación insonorizada era como si el rubio hubiera agarrado cuerda y soltara todo lo que tenía dentro con más libertad.

— ¡Sabes bien que Will está pasando por un mal momento!, ¡¿para qué mandarlo lejos eh?! — golpeó el escritorio con el puño. El otro ni se inmutó.

— Es su decisión Terry, trata de…

— ¿Comprender?, ¡¿comprender qué?!… — inquirió con arrebato — ¡El muy idiota sólo está huyendo!; ¡A ver, dime, ¿qué pasará con el pasar de los días eh?!… ¡¿qué si no encuentra la paz que supuestamente busca?!… ¡Los malditos papeles que firmó tienen cláusula y sabes que ya no podrá regresar a aquí! — le echó en cara.

Kevin soltó un suspiro.

— El que lo haya querido él así, no significa que éste Ministerio también — replicó con seriedad.

— ¿Entonces él…? — parpadeó aturdido.

— Puede regresar cuando lo desee — afirmó Kevin.

— ¿Pero y si no es así? — apretó la mandíbula, retomando su enfado y frustración.

— Su contrato se volverá permanente en cinco años. Cinco años es lo que tiene de plazo — respondió el otro.

— Genial, ¡simplemente genial!, — ironizó el rubio pasándose una mano por el cabello — así que tengo una semana más antes de que se vaya para…

— ¿Una semana?, — lo miró confundido — pero si Will se va éste lunes.

Aquello fue como un balde de agua fría para Terry. Se giró a verlo de golpe.

— No, William dijo que la fecha del traslado era en dos semanas, o sea, ésta semana y otra más — repuso el rubio.

— Creo que te confundes Terry; Will pidió el traslado lo antes posible. Así que éste lunes se hará — dictaminó Kevin.

Fin Flash Back

Y ahora todo estaba en ver si Hermione sería capaz de llegar a tiempo… Si podría ser capaz de convencerlo para quedarse.


Las copas de champagne se repartían como pólvora entre los directivos y miembros importantes del Ministerio Francés e inglés; mientras en la mesa, el Ministro de Francia, August Anderson, y la jefa de la P.E.D.D.O., Hermione Granger; firmaban respectivamente todos los documentos que darían por cerrado el trato.

Hermione disimulaba como podía la sonrisa que jugaba en sus labios, pero no podía evitar dejarla salir de vez en cuándo; el Ministro, frente a ella, la observaba de reojo meneando la cabeza con gracia y satisfacción por su notoria alegría.

Lupin, en un rincón de la habitación no podía contener el brillo nostálgico y orgulloso de sus ojos; recordaba a aquella niña de 13 años que fue su alumna, aquella que mantuvo el secreto de su licantropía aun sin él ser consciente de eso; aquella chiquilla que junto a Harry y sus amigos habían derrotado al mago más terrible de todos los tiempos, enfrentando peligros que ni los más osados pudieran imaginarse siquiera. Suspiró nostálgico; había tanto de aquella niña aun en ella, mas los rasgos de madures eran palpables en su mirada miel. Él fue uno de los que jamás dudo de ella, que creyó que su destino era igual o quizás más grande que el de Harry… Ella podía cambiar el mundo. Y lo estaba haciendo ahora.

Bendito sea el día en que le dio aquella información a Percy sobre la escuela en Berlín; aquel lugar en donde la protegió desde las sombras.

— Bueno, creo que ése fue el último. Es todo — dictaminó el Ministro acomodando los papeles y dejando la pluma a un lado. Se levantó alineando su gorro.

Hermione se levantó sintiendo que las piernas le temblaban de la emoción.

— Buen trabajo, señorita Granger — le tendió la mano brindándole una cálida sonrisa.

— ¡Gracias, señor Ministro!… — le apretó con energía la mano, sus ojos resplandecían de lágrimas. Y sin previo aviso se lanzó sobre él en un abrazo, lo soltó casi al instante con las mejillas sonrojadas. Algunos soltaron una carcajada por el arrebato — No lo defraudaré, ¡se lo aseguro! — garantizó con solemnidad.

— No lo dudo señorita Granger, no lo dudo — la miró con calidez.

— ¿Entonces ya quedo todo? — preguntó en voz alta Ernie.

— Si, Ernie, ya has el brindis, todos sabemos que te mueres por hacerlo — rodó los ojos Hannah. Todos rieron. El susodicho ni se inmutó.

— ¡Por Hermione, Francia, Inglaterra, y la P.E.D.D.O.! — levantó la copa.

— ¡Por Hermione, Francia, Inglaterra, y la P.E.D.D.O.! — le siguieron los demás.

Una vez pudo deshacerse de todos los abrazos y felicitaciones de sus compañeros Hermione pudo llegar junto a su antiguo profesor de Defensa y no lo pensó para lanzarse a sus brazos dando brinquitos embriagada de felicidad.

— ¡Profesor Lupin, lo conseguí, lo conseguí! — repetía la ojimiel soltando chillidos emocionados. Remus sonrió ampliamente.

— No por nada dije que eras la mejor bruja de tu edad… — le repitió tomándola de los hombros para mirarla de frente — ¡Estoy tan orgulloso de ti, Hermione!; — le sonrió — ¡todos lo estamos!, y estoy completamente seguro que Albus y Sirius lo hubieran estado también.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Hermione. Sin saber que decir. Remus la limpió sonriéndole con cariño de padre.

— Así que, ¿qué país sigue ahora? — el abrazo de Harry la tomó por sorpresa. Se giró para verlo con una inmensa sonrisa. Remus se alejó sutilmente, dándoles espacio.

— No lo sé, pero he oído que en México toman muy en serio todo lo referente al trato digno de cada criatura mágica. En especial los elfos… — sonrió enigmática — quizás la Ministro de Magia, Camile Logarzo, esté interesada en escucharme.

Harry soltó una suave risa. Nada detendría a Hermione, quien estaba dispuesta a viajar al otro lado del mundo para hacer su sueño realidad.

— ¡Felicidades Herm! — la besó.

¿Por qué Harry tuvo que marcharse en aquel momento?, ¿por qué justo ahí?, ¿qué acaso no había visto a Cormac acercarse a ella apenas la vio?, se preguntaba desesperadamente Hermione mientras observaba sobre el hombro de su compañero de trabajo y fruncía la boca conforme avanzaba en su perorata sobre una posible relación.

—… no lo sé, Hermione, en el colegio nos llevábamos muy bien ¿recuerdas?; ¡hasta aceptaste ir conmigo al baile del club Slug!; bueno, no sé qué pasó muy bien ése día; de pronto desapareciste entre todas ésas personas… — hizo una mueca apesadumbrada McLaggen.

Si claro, "desaparecer", satirizó en su interior. ¿Dónde estás Harry?, volvió a mirar sobre el hombro de Cormac. Nada. Suspiró frustrada.

—… entiendo que tal vez pienses que no debas mezclar los negocios con el placer, pero…

¿Placer?, la perplejidad se mostró en su rostro sin poder ocultarlo. McLaggen lo tomó como si la hubiera descubierto, le sonrió con coquetería.

— Vamos Hermione; sé que te gusto. ¿Por qué no lo admites?; anda, iremos despacio. Una cena, ¿qué dices? — le sonrió sugerente.

— Yo no… — empezó a decir, incómoda y hastiada de la situación. Ahora observaba alrededor nerviosa, si Harry escuchaba aquello… Oh no, ni pensarlo.

— De acuerdo. Ya veo por donde vas, — se acercó a ella mirándola presuntuoso — te quieres saltar la cena ¿eh?; ya sabía yo que sólo estabas jugando conmigo, viendo hasta donde podía llegar… — se relamió los labios. Hermione se estremeció de puro desagrado. Y como siempre, el despistado de Cormac lo tomó como un gesto a su favor — Entonces, ¿qué te parece si…? — colocó una mano en su mejilla.

Una mano que fue removida de manera brusca por otra masculina. Hermione no tuvo que girarse para saber quién era.

— Olvídalo McLaggen — le espetó Harry llegando en aquel momento y rodeando la cintura de Hermione de forma protectora. El otro se alejó un par de pasos fulminándolo con la mirada.

Potter, ¡siempre, Potter!, pensó con fastidio crispando los puños.

— Tuviste tu oportunidad con Hermione y la desperdiciaste. Ahora te pido amablemente que la dejes en paz, Calamar Gigante…

— ¡¿Calamar que?! — inquirió enojado el otro. Las mejillas de Hermione se sonrojaron al recordar que así una vez ella lo había nombrado frente a Harry.

— Vete y deja de molestar a MI novia, McLaggen, si no quieres que te empiece a investigar por acoso — sentenció con frialdad.

Con el orgullo herido hasta lo más profundo, Cormac crispó los puños, le dirigió una mirada cargada de ira a Harry, una de desilusión a Hermione, dio media vuelta y se marchó con todos los músculos tensos.

Una vez se perdió de vista entre la multitud, Harry soltó una carcajada divertida al observar el sonrojo en Hermione.

— Se me salió lo de calamar, lo siento — soltó entre risas el pelinegro, sin sentirlo realmente.

Hermione chasqueó la lengua, reprendiéndolo.

— ¿Hace cuánto que escuchabas eh? — inquirió de brazos cruzados, liberándose de su agarre.

— ¿Tengo que contestar?… — le preguntó divertido — "No debas mezclar los negocios con el placer" — citó con voz profunda. Las mejillas de Hermione se tiñeron de escarlata.

— Vamos con el profesor Lupin; ya están los trasladores listos — suspiró con gesto resignado. Harry le dio un beso en la mejilla a modo de hacer las paces. Y con las manos entrelazadas, se marcharon de regreso a casa.


… En donde un pelinegro ojiazul veía desaparecer en el atardecer la última lechuza con sus pertenencias reducidas en un minúsculo paquete atado firmemente a la pata.

Ya todo estaba listo. Un par de horas y el traslador que lo llevaría a Irlanda también.