Capítulo 35: EL SIGUIENTE PASO
Irlanda era un país hermoso, lo decía todo el mundo; desde sus verdosas montañas, sus multicolores campos, hasta sus lagos turquesas, resplandecía en su esplendor cada rincón. Y sus habitantes estaban más que orgullosos de ser reconocidos como tales… Incluso los que no habían vivido ahí durante varios años. Tal cual era el caso de William Reeves.
Su país lo había recibido con los brazos abiertos… Dándole la bienvenida a su hogar.
Quince días habían pasado desde que William estaba en Irlanda, o al menos eran los que había contado desde su Aparición. 15 días en los que sus cosas fueron colocadas de nuevo en su antigua casa; 360 horas en las que convivió con sus abuelos igual que antes; 21,600 minutos en los que conoció a su equipo de trabajo y su nueva oficina… Y 1,296,000 segundos en los que no se comunicó a Inglaterra ni abrió alguna carta procedente de allá.
No era que no quisiera abrir la correspondencia recibida, ¡en realidad lo ansiaba y anhelaba!, pero sabiendo que todas y cada una de las cartas eran de Hermione, lo mejor era mantener la distancia… Al menos por un tiempo. El que le tomara a su corazón sanar, pensaba apesadumbrado.
Por lo pronto sólo le quedaba adaptarse. Y esperar…
Flash Back
— ¡Hijo mío!, ¡William, llegaste!… — exclamó radiantemente el abuelo de Will apenas lo vio aparecer en la puerta de su casa aquel mediodía. El ojiazul le sonrió, siendo envuelto de inmediato por los delgados brazos de su abuelo.
— ¡Hola, papá! — lo saludó su nieto con una alegre sonrisa.
— Por un momento pensé que eso de regresar era sólo una pesada broma tuya, pero ya veo que no… — le dijo tomándolo de los hombros, dándole una leve palmada en la mejilla — No sabes cuánto me alegro que estés al fin en casa, hijo… — lo volvió a abrazar. Will le palmeó la espalda — Y espero que ésta vez ya no regreses a Inglaterra. Dios, ¡cuánta falta nos hiciste! — se secó unas rebeldes lágrimas que se mostraron en sus azules ojos.
— Oye, ya estoy aquí papá. No iré a ningún lado — lo reconfortó.
— Muchacho sinvergüenza… — le dijo sonriendo con tranquilidad. Aquel mote que siempre le decía con cariño — Sigues siendo el mismo… — le decía mientras ingresaban al recibidor — Aunque, ¿estás más alto?… — se preguntó comparando su estatura con la suya propia. Will negó con la cabeza — Oh, bueno. Entonces ¿engordaste?… — le dio un suave golpe en el estómago con gesto juguetón — Tendremos que ponerte a dieta a la antigua eh. Necesito de alguien que me ayude con los animales — bromeó.
— Ni hablar. ¡En la vida intentaré bañar a un cerdo nunca más! — soltó con rapidez. Su abuelo soltó una carcajada.
— Aun no puedo creer que cayeras en ésa. Y eso que ya tenías 16 años — se reía con humor, al recordarlo.
— Y tú 55 — le recordó con un dejo de burla.
— ¡Ja!, nunca se es demasiado viejo para hacer inocentes bromitas — lo miró con brillo pícaro. Will sonrió para sí. Definitivamente lo bromista no lo había sacado de su abuela, pensó con gracia.
— Además, no estoy gordo. Figuraciones tuyas, papá — contradijo Will arrugando el entrecejo.
— Mmm… — meditó — ¿Qué será entonces?… — se preguntó. Su nieto se encogió de hombros — Bueno, no importa. Ya lo averiguaré después. Pero noto algo diferente en ti — lo observó con ojos escudriñadores.
William se volvió a encoger de hombros, restándole importancia.
— ¿Y mamá? — le preguntó dejando el tema e inspeccionando a su alrededor.
— Ah, en la cocina… — contestó algo distraído — preparando tu tarta favorita — le susurró cual secreto.
— No debió — rebatió Will, relamiéndose los labios inconscientemente y dirigiéndose de inmediato hacia donde estaba su abuela.
Su abuelo lo siguió sonriendo gustoso.
— Catherine, adivina quién llego al fin — canturreó su abuelo apenas atravesaron las puertas plegables de madera de la cocina. Will sonrió con anticipación cuando vio cómo su abuela se limpiaba distraídamente las manos en un secador antes de girarse hacia ellos, sólo para dejar escapar un chillido emocionado que bien pudo escucharse hasta Escocia.
— ¡William! — chilló con energía, corriendo a abrazarlo.
— ¡Hola, mamá! — exclamó tomándola en brazos y haciéndola girar en el aire. Su abuela lo reprendió entre risas mientras su esposo los observaba sonriente a un costado de la mesa.
— William Reeves III… — volvía a decir su abuela llamándolo por su nombre completo — ponme en el suelo en éste instante — le riñó con una gran sonrisa. Will la obedeció, bajándola.
Su abuelo reía.
— Niño ingrato, ¿tienes idea de lo mucho que te he extrañado? — le dijo con lágrimas en los ojos, la sonrisa brillando en todo su rostro.
— No más que yo a ustedes, ¡créeme!… — le aseguró Will envolviéndolos entre sus brazos al mismo tiempo. Sólo Catherine quedó varios centímetros abajo, Will y su abuelo William quedaron a la misma estatura, el azul de sus ojos era de la misma tonalidad, quizás los del abuelo un poco más claros por los años recorridos, pero igual de brillantes y vivaces — No volveré a alejarme de ustedes — les prometió, mirándolos alternativamente. Su abuela sollozó y su esposo se limitó a asentir con tranquilidad.
Fin Flash Black
Aguardar los cambios…
Flash Back
— ¿Listo? — le preguntó el señor Rickman a Will el primer día de trabajo.
El señor Rickman era un hombre moreno, algo fornido, de no más de 36 años, y muy amable; con el cual había tenido el gusto de trabajar con anterioridad cuando cursaba la Universidad mágica y los enviaron a practicar al Ministerio. Recordaba que él fue uno de los primeros que le dieron la bienvenida, y del cual aprendió muchas cosas. Interiormente se alegró cuando su amigo Kevin le notificó que en Irlanda él sería su nuevo jefe.
Habían pasado toda la mañana en la oficina de éste, poniéndose al corriente. Y ahora estaban fuera de la sala de reuniones del Departamento. Todo el personal de éste se encontraba ya adentro aguardando por conocerlo. Y él no podía estar más nervioso.
William soltó el aire que había estado reteniendo desde que puso un pie en el edificio y brindándole una corta mirada a su jefe, asintió solemne.
— Andando entonces… — abrió la puerta — Oh, y William, deja ése gesto angustiado, no muerden, te lo aseguro — le comentó por lo bajo cuando le indicó entrara primero.
El ojiazul sonrió un tanto nervioso.
— ¡Buenos días a todos! — saludó Will con voz demasiado profunda, producto de los nervios.
— Buenos días — se escuchó a coro. Un variado grupo de personas estaban en el lugar, unas cinco o seis, según pudo contar el ojiazul rápidamente.
— Señores, señoritas… — entró tras él el señor Rickman. Hubo un murmullo general de bienvenida — como ustedes saben, el vicemandatario del departamento, el señor Griffin, por motivos de salud tuvo que retirarse del trabajo hace alrededor de un mes, y no habíamos podido conseguir un reemplazo decente… — empezó a decir mirándolos a cada uno — Pues bien, en unión con el Ministerio Ingles, me complace presentarles hoy a su nuevo compañero de trabajo, William Reeves; quien acaba de ser transferido desde Inglaterra ésta semana…
— ¿Temporalmente? — se atrevió a preguntar uno.
— Planeo hacerlo permanente si ustedes me aceptan — contestó Will, ganándose toda la atención.
— Pero, ¿es de Inglaterra no? — le preguntó ésta vez una mujer al señor Rickman con expresión confundida.
— Es irlandés. Por motivos personales vivió un tiempo en Londres, Inglaterra… — especificó su jefe. Se escuchó un murmullo de comprensión — Continuando: desde hoy, el señor Reeves ocupará el antiguo puesto del señor Griffin — finalizó.
— ¿O sea que éste será nuestro jefe? — le preguntó en un murmullo un castaño ojiverde de unos 19 años a una pelinegra ojigris no mayor de unos veinticuatro años.
— Si Andrew, el señor Reeves será tu jefe — le respondió el señor Rickman mirándolo con cierta severidad. Unos cuantos rieron por su impertinencia. Su compañera enrojeció tenuemente y desvió la mirada cuando se encontró con los ojos azules de Will mirándola. El joven Andrew se removió con incomodidad donde estaba parado.
— Perdón — musitó avergonzado.
— No hay problema — le restó importancia Will.
— Ése es Andrew Spencer, es novato, apenas está haciendo las prácticas de la Universidad mágica… — le dijo otro a Will acercándose y tendiéndole una mano, saludándolo — Y yo soy Jonathan Douglas, — se presentó — algo así como tu mano derecha, consejero, vocero, compañero de parrandas, lo que quieras — le sonrió pasándose una mano por su largo cabello rubio y atorándolo tras su oreja. Will pudo notar un pendiente colgando del lóbulo de su oído.
— Un placer — lo miró vacilante.
— Ah, pero no soy gay eh — añadió de inmediato al captar su mirada recelosa.
— No, si con ése pelo y arete ¿quién lo piensa, John?… — se burló una guapísima morena tras él. Andrew, junto a otros dos, rieron — Bienvenido William, soy Nicole Bennet; yo seré tu asistente, o sea que manejaré tu agenda y te pondré al tanto de todo… — le sonrió — Ah, y olvida lo de John, él sólo se encarga de algunos papeleos, es con quien tendrás que acudir cuando necesites algún trámite en cualquier departamento vecino. Algo así como la vieja chismosa de vecindad — comentó con gracia. El aludido la miró ceñudo, mas no hizo comentario alguno. El señor Rickman permaneció inmutable, al parecer estaba más que acostumbrado a ése comportamiento de ambos.
— Mucho gusto Nicole — le respondió Will sonriéndole de vuelta.
— Es Nikki… — le corrigió John antes que ningún otro — A menos que no quieras perder un miembro, dile Nikki… Créeme, una vez la llamé Nicole… ¡Fue horrible! — añadió por lo bajo.
— ¿Me llamaste "Nicole", Johnny? — inquirió su compañera con la voz escalofriantemente dulce, mirándolo con peligrosidad.
— ¡No, no!, ¿cómo crees?… — refutó en el acto el rubio, caminando hacia la salida sutilmente — ¿Nicole?, para nada. Además ¿qué hago yo diciendo ése nombre?, ¡si es horrible!… — Nikki lo fulminó con la mirada. Los otros dos hombres hasta ahora desconocidos, que eran los que estaban más cerca de ella, se alejaron al menos un metro de su alcance — ¡Digo!, es… es bonito, — trató de corregirse John — sí, pero es… ¡Es decir!… ¡Ay Morgana, ayúdame! — y terminó saliendo, corriendo despavorido.
— ¡Ven acá Jonathan!… — salió en pos de él, Nikki — ¡YA TE ENSEÑARÉ YO LO QUE ES HORRIBLE! — se escucharon sus gritos.
Will esperó escuchar una que otra risa, como la vez anterior, por parte de sus compañeros; pero se sorprendió cuando el silencio asaltó la sala. Aunque pudo oír algo como: "A ver si alcanza a meterse al ascensor y no lo pesca como la otra vez." Y otro mucho más dramático: "Pobre, me caía bien".
— Nikki tiene sangre de veela, no sé si lo hayas notado — le comentó su jefe.
— Eso lo explica — murmuró aturdido.
— ¡EN EL ROSTRO NO!, ¡EN EL ROSTRO NO!, ¡HOY TENGO UNA CITA CON LA CHICA DE REGISTRO MÁGICO!, ¡NIKKIIIIII! — se escucharon los alaridos despavoridos de Jonathan.
— REGISTRADO VAS A QUEDAR, IDIOTA, ¡PERO EN LA MORGUE! — le respondió la morena.
— Mejor voy a ver que no lo mate, sería una lástima que habiendo encontrado al fin un suplente para Griffin, necesitará otro para Douglas. Nos vemos, suerte — se despidió el señor Rickman, dándole una palmada en el hombro y saliendo por la puerta a paso veloz.
Will miró con un dejo de incomodidad a los cuatro que aún quedaban en la sala, sin saber que decir.
— No se preocupe, señor, esto pasa todos los días — le señaló Andrew con aburrimiento.
— Díganme William, no me digan señor, o algo por el estilo — les pidió.
— ¿Seguro?, porque una vez el señor Griffin no encontró muy gracioso que lo llamara Sally — volvió a decir el joven.
— Será por eso que no lo encontró gracioso, Andrew, al pobre le pusieron nombre de mujer… — se rio otro hombre del grupo. Su compañero al lado también rio. Hasta ése entonces Will se percató de algo muy singular en ellos. Eran gemelos. De piel algo bronceada, cabello castaño ondulado de largo hasta el lóbulo de la oreja y ojos claros — Por cierto, yo soy Bobbie, y éste es…
— Cole… Butler — se presentó su hermano.
— El antiguo jefe nos llamaba Butler para ahorrarse equivocaciones… — le contó Bobbie.
— Aunque creemos que nunca se aprendió nuestros nombres… — se encogió de hombros Cole.
— Cómo sea, nosotros estamos a cargo de las misiones "riesgosas". Ya sabes, comunicaciones, distribución, localización, etc., etc. Lo que se dice trabajo de campo.
— Tú dices: "Necesito que vayan a tal lugar", y nosotros ya estamos ahí. No hay nadie más rápido en toda Irlanda…
— ¡Puedes apostarlo! — finalizaron al unísono.
— ¿Algo así como "en más de 30 minutos la orden es gratis" …? — bromeó Will.
Los hermanos se regresaron a ver entre ellos, arqueando las cejas. El ojiazul contuvo el aliento. Pero después soltaron sonoras carcajadas, aligerando la tensión del ambiente.
— Nos agradas jefe… — le sonrieron con afecto — Estaremos por ahí si necesitas algo — y salieron.
— Oigan chicos, ¿recuerdan que me iban a ayudar con eso de localizar…? — salió Andrew corriendo tras ellos.
Will soltó un suspiro creyendo que ahí había terminado ése martirio de presentaciones. No obstante, se dio cuenta que aún había otra persona en la sala, la cual, por cierto, estuvo en completo silencio durante toda la presentación. Aquella chica de ojos grises que había estado cuchicheando con el estudiante universitario. La miró con interés notando de inmediato, y sin esfuerzo alguno, lo hermosa que era. Y lo adorable que se veía al evadir su mirada con un notorio color carmín cubriéndole las mejillas.
— Y, todos se han presentado, menos tú — la llamó Will, acercándose dos pasos hacia ella.
La observó morderse el labio y no pudo más que sonreír con algo de melancolía; aquel gesto le ocasionó un vuelco al corazón al relacionarlo como algo tan distintivo en su amiga castaña. Mas su interés se transformó en desconcierto cuando se dio cuenta que aquel gesto le parecía aún más adorable y único en ella.
— ¿Tan rápido te olvidaste de mí?… — le preguntó la chica, levantando lentamente la mirada.
— ¿Cómo…? — la miró confundido, deteniéndose a tres pasos de ella.
Gris y azul se encontraron al instante. Un extraño, pero singular brillo se reflejó en sus miradas. Y Will perdió el aliento… Días de estudio, tardes de aventuras, noches en vela el uno junto al otro… Todo se reprodujo frente a sus ojos sin orden alguno. El corazón se le fue a la garganta…
— ¡Sam!… — musitó ahogadamente.
— Hola William — lo miró seria.
Sam Blackwood, completó tontamente para sus adentros William. Su ex novia. Su primer amor.
Fin Flash Back
Y comenzar de nuevo.
Flash Back
—… entonces la otra semana tengo exámenes y no podré venir… — le decía Andrew aquella tarde de jueves en su oficina. Will se pasó la mano por las sienes con algo de molestia — ¡Pero para la siguiente estaré aquí a primera hora! — le aseguró con rapidez, malinterpretando su gesto.
El primer pensamiento que cruzó la cabeza de Will fue la reunión que tenía con los jefes de los demás departamentos del piso para ésa semana. Ya había planeado las actividades de todos, incluyendo obviamente a Andrew. Pero por otra parte estaban los estudios del joven practicante. Suspiró sonoramente, masajeándose de nuevo las sienes.
Por otra parte, estaba también el hecho de su reencuentro con Sam, la tensión entre ambos. Literalmente, Andrew era el medio de comunicación entre ambos. ¿Y si él se iba ahora…?
Entonces Sam también, concluyó con pesadez.
Andrew permaneció parado frente a su escritorio estrujándose las manos con nerviosismo. Expectante a su respuesta. Casi pega un brinco cuando vio a Will ponerse de pie.
— Sam, ¿podrías venir? — llamó a la ojigris desde el marco de la puerta. Andrew se giró, mirando desconcertado a su jefe.
— ¿Si, William? — le preguntó Sam ingresando. Lanzándole una mirada desconcertada a Andrew sobre su hombro, notó el claro de gesto de éste como diciendo: "A mí ni me mires, sé menos que tú".
— La junta de la semana que viene con los jefes de los departamentos… — Sam asintió, siguiendo el hilo de sus palabras — ¿crees que podría cambiarse? — le preguntó cruzándose de brazos y mirándola con un dejo de esperanza.
— ¿La junta? — repitió a su vez la chica.
— Si, la junta. ¿Habría alguna manera para que se realice en quince días? — indagó.
— Bueno… — se pasó una mano por el cabello Sam, meditando — lo que pasa es que con la renuncia del señor Griffin y el tiempo que tomó encontrar a alguien más para su puesto, pues las juntas se pospusieron por varias semanas ya que ni a Jonathan, Nikki o a mi nos delegaban ésas funciones, así que… — le empezó a explicar.
— Entiendo, entiendo — la cortó con cortesía Will, regresando a su asiento.
Andrew no sabía que decir, sólo pasó su vista de uno a otra. Un sinfín de argumentos cruzaron por su cabeza; desde excusándose de nuevo por no poder acudir la siguiente semana, hasta buscando la manera de prolongar la fecha de exámenes en su escuela, algo aún más descabellado.
Sam observó a William masajearse las sienes con algo de frustración y aunque quiso parecer indiferente a sus sentimientos, no pudo.
— Aunque… — empezó a decir. Will y Andrew la regresaron a ver — si dos o más de los miembros de la junta decidieran, o no pudieran presentarse a la reunión… — el color le subió a las mejillas sin poderlo evitar al sentir su mirada azul fija en ella — Con el señor Rickman no hay problema; y bueno, el señor O'Connell es amigo de la familia hace años… — dejó abierta la posibilidad.
— ¿Harías eso?… — se le iluminó la mirada a Will. Sam asintió, reprochándose en silencio — ¿Por mí?
Andrew enarcó las cejas, mirándolos alternativa, y sintiendo que hacía mal tercio.
— En realidad sería por Andrew — volvió a sonar indiferente.
Eso no evitó que Will le diera un rápido abrazo en forma de agradecimiento, sin ella poder evitarlo.
— ¡Gracias Sam!, me has salvado de una grande… — le sonrió, aun manteniendo sus manos sobre los brazos de la pelinegra — Andrew, vete sin cuidado, pero quiero sólo las mejores calificaciones cuando regreses, ¡eh! — le dijo al chico sin siquiera mirarlo.
— ¡Gracias jefe! — le sonrió el castaño saliendo alegremente de la oficina antes de que se arrepintiera. O peor, que se olvidaran que él estaba ahí, pensó azorado.
— Éste chico… — se rio con gracia Will sin darse cuenta que aun sostenía a Sam entre sus brazos. Dirigió su mirada hacia ella notando al instante su incomodidad — Perdona — la soltó, alejándose de ella.
— No importa… — desvió la mirada Sam — Si eso era todo… — replicó, dirigiéndose a la salida.
Will la miró con impotencia. Los momentos vividos a su lado, las sonrisas compartidas, los besos y caricias que los unieron más allá de lo que podía explicar; eran simplemente como una lejana utopía ahora. Algo que, al parecer, para Sam ya estaba más que enterrado.
— ¡Sam…! — la llamó en un arranque de añoranza.
La manera de pronunciar su nombre, la urgencia de su llamado. Sam ya las conocía. Fue por eso que no lo regresó a ver.
— Tengo trabajo que realizar, si lo que necesita está entre ésas funciones, hágamelo saber — le rebatió fríamente.
Si, bien enterrado, concluyó Will con dolor. ¿Qué pudo haberlo cambiado todo entre ellos?… Apenas la pregunta se formuló en su interior, se llamó estúpido a gritos. Guardó silencio.
— Permiso — se escuchó Sam, ligeramente decepcionada.
Will suspiró cuando escuchó la puerta cerrarse. Sus ojos se dirigieron automáticamente a la foto que reposaba tras su escritorio. Luna, Terry y Hermione le sonrieron desde el marco.
Fin Flash Back
Sólo esperaba que, con tiempo y nuevas personas en su vida, todo volviera a la normalidad. Cómo seguramente estaban las vidas de sus amigos. Por lo pronto, a él sólo le tocaba ser paciente. Y que un milagro se apiadara de él para poder enmendar su error con Sam.
Pero William estaba completamente equivocado; la vida en Londres estaba más de cabeza que en cualquier otro lugar en la Tierra. En primera por el distanciamiento de Harry y Hermione, y en segunda por el claro rechazo de Luna hacia Terry.
Aunque en éste punto sólo el rubio tenía la culpa. ¿Quién lo mandaba enamorarse de una persona que ya amaba a otra?, se reprochaba el ex Ravenclaw.
¿Cómo es que había empezado todo con una amistad…?
Flash Back
La clase de Pociones de aquella tarde había sido realmente agotadora, pensaba Terry mientras iba en camino a su sala común. Y todo porque Snape aún estaba que explotaba de coraje por haber sido rechazado nuevamente como vacante para el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. ¿Qué no se lo podían dar y ya?, se quejó internamente. No, se lo tuvieron que dar a ésa vieja cara de sapo; también llamada Umbridge; que los limitaba de sobremanera en el uso de la magia. Ni siquiera los dejaba sacar la varita en clase; incluso podía jurar que hasta saltaba del susto cada vez que veía una fuera. Bufó.
Si hubiera sido Snape el profesor de la materia, éste al menos les hubiera enseñado las maldiciones Imperdonables; o algo de magia para variar; dedujo cruzando por el último pasillo.
Pero como había sido rechazado de nueva cuenta, se desquitaba con el primero que se topara enfrente. Para su mala fortuna, eran ellos los elegidos. Les había dejado tanta tarea y con un plazo tan breve. Merlín, ¿de dónde demonios iba a sacar tanta información si sus compañeros ya habían tomado los libros existentes de la Biblioteca?; maldijo su suerte.
Sólo a él le pasaban ésas cosas. Ingresó en la sala…
Las risas de sus compañeros lo trajeron de nuevo a la realidad; arremolinados en un grupito junto a las escaleras, una muchedumbre de chicas y un par de chicos reían a carcajadas y cuchicheaban entre si apuntando el suelo con suma diversión.
Intrigado por lo que pasaba, Terry se les acercó…
—… seguramente los nargles lo hicieron Luna, te lo juro, ¡yo los vi! — manifestó con sorna uno de los chicos. Terry lo reconoció como un chico de cuarto curso. Un tal Ethan.
— Sí, sí, yo también los vi — se sumó el otro chico; Malcom.
Terry se abrió paso entre el grupo de chicos empujándolos a los lados, aquello le daba mala espina.
— ¡Oye! — se quejó una. Marietta, pensó con fastidio Terry al verla de soslayo.
— Ay Luna, pero ni para qué preocuparse. Después de todo, ésa… "ropa" que tenías… Bueno, no será la gran pérdida ¿no? — se burló una chica, arrancando las risas del grupo de nuevo.
— ¿Y para que una mochila?, bien puedes cargar los libros en brazos. Sirve que tonificas los músculos — se carcajeó Ethan de nuevo.
— ¿Qué pasa aquí? — se hizo escuchar Terry, haciendo a un lado a las chicas que aún le estorbaban. En su mayoría eran de cuarto curso, con ninguno había hablado anteriormente.
— A Lunática se le rompió su morral — le respondió con gracia Malcom. Los chicos se rieron.
En el suelo, un montón de pergaminos, plumas, libros y una enorme mancha de tinta negra junto a un frasco roto le hacían compañía a Luna. Quien, con las manos manchadas de tinta, el pelo revuelto y las mejillas escarlatas, trataba sin éxito de sostener entre los brazos sus cosas al mismo tiempo. Una bolsa multicolor con un enorme hueco en el fondo estaba a unos pasos de ella, aunque obviamente no era una ruptura común y corriente, parecía haber sido golpeada con un hechizo: las puntas estaban ligeramente quemadas.
— ¿Y porque no la ayudan? — quiso saber, tratando de controlarse y permanecer impasible. Algo realmente difícil al ver lo inofensiva que se veía Luna Lovegood.
— ¿Tocar sus cosas?, ¡estás loco!, — saltó Marietta escandalizada — ¿qué tal si lo lunático es contagioso? — se estremeció retrocediendo un par de pasos con expresión horrorizada. Tres chicas se alejaron también de la rubia por precaución. Las otras dos restantes se fueron del grupo con disimulo, no queriendo meterse en problemas.
— Si, podrían mordernos los nargles — se rio Malcom.
— O peor, comernos el cerebro como lo hicieron con Luna — hizo onomatopeya Ethan.
Eso fue más de lo que pudo soportar Terry, girándose sobre sus talones les arremetió tal empujón a los dos chicos que éstos terminaron en el suelo. Las chicas soltaron chillidos aterrorizados y se alejaron corriendo del campo de batalla. Luna levantó la mirada por el escándalo.
— ¡Eres un…! — empezó a decir Ethan, parándose con dificultad del suelo ya que su compañero había caído prácticamente sobre sus piernas.
Terry tanteó la varita dentro de su túnica por si acaso. El otro chico también se puso de pie mirándolo desafiante, el que les llevara un año de ventaja les importaba muy poco.
Pero antes de que alguno pudiera regresarle el favor a Terry, un par de voces a sus espaldas los hicieron sudar frío.
— ¿Algún problema, chicos?
Anthony Goldstein y Padma Patil acababan de entrar. En sus túnicas las brillantes insignias de Prefectos resplandecían.
— ¿Todo bien Terry? — se puso a su lado Anthony, dedicándoles una mirada ceñuda a los otros.
— No, de hecho, no — replicó Terry con los puños crispados de enojo, mientras Padma se acercaba a ayudar a Luna.
— Es entre él y nosotros… Prefecto… — masticó las palabras Malcom. Ethan le lanzó una fría mirada al rubio.
Padma se arrodilló junto a Luna mientras tanto; hizo una mueca al ver el desastre en el que estaba su compañera. Sacó su varita y con un simple hechizo reparó la bolsa y guardó todas las cosas dentro. En el suelo sólo quedó el rastro de tinta fresca que tendría que reponerse después. Aunque interiormente, se prometió compensarle ésa pérdida a Luna en su próxima salida a Hogsmeade.
La rubia le dedicó una mirada agradecida con sus ojos siempre soñadores. Sus manos y parte de su túnica estaban manchadas de negro por la tinta.
— ¿Estás bien? — le susurró Padma con compasión.
Luna asintió distraída, poniéndose el cabello tras la oreja, manchándolo sin darse cuenta.
— Ven — la ayudó a ponerse de pie. Se colocó a su lado de forma protectora, regresando la atención a los chicos.
— ¿Qué pasa?
— ¿Quién pelea?
— ¿Ésos son Ethan y Malcom?
— ¿Se van a pelear?
— Alguien debería llamar al profesor Flitwick.
Empezó a llenarse la sala de murmullos. Abarrotándose rápidamente. En el centro, Terry junto a Anthony, miraban severamente a Ethan y Malcom. Mientras, tras los primeros, Padma y Luna observaban en silencio.
— Nadie va llamar a nadie… — levantó la voz el Prefecto. Callándolos — Terry, ¿quisieras…? — el rubio asintió muy apenas.
— Aquí éste par y aquellas… "señoritas" … — masculló entre dientes con la voz temblándole de ironía. Marietta fue de las primeras en fingir indiferencia cuando le apuntaron — estaban burlándose de Luna cuando entré, y según me di cuenta, rompieron su mochila, ocasionando que se manchara con tinta. En lo que a mí respecta, le deben una disculpa — sentenció, cruzándose de brazos.
— ¡Eso no es cierto!, ¡nosotros no le rompimos nada! — saltó Malcom rápidamente.
— ¡Fueron Ethan y Malcom los que empezaron!, ¡nosotras sólo nos acercamos a ver! — se hizo escuchar por entre los demás una chica de cuarto curso.
— ¡Cierra el pico, Lindsay! — le censuró Ethan.
— ¡Cállense YA!… — vociferó Anthony.
—… no entiendo como no la ayudaste, ¡sabes que ella es parte del grupo!… — se alcanzó a escuchar la reprimenda de Cho hacia Marietta en un rincón.
Terry, al igual que Padma y Anthony, compartieron miradas nerviosas.
— ¡Ni creas que nos disculparemos con Lunática! — saltaron Ethan y Malcom a la par.
— Nosotras no fuimos… — empezó a decir Marietta ante la mirada insistente de Cho Chang — Fueron ellos quienes le rompieron la bolsa y empezaron a burlarse de Luna. Los demás no le hicimos nada — sus amigas asintieron vigorosamente.
— Pero tampoco la defendiste ¿no? — atajó mordaz Terry sin poder contenerse. Las mejillas de Marietta se sonrojaron, pero actuó como si no lo hubiera escuchado.
— ¿Luna…? — la interrogó con la mirada Padma. Mas la rubia sólo soltó un suspiro y meneó la cabeza negando cansadamente.
— Sólo estábamos jugando — se limitó a decir con voz queda, sorprendiéndolos a todos.
— ¡¿Qué?!… — respingó Terry, girándose hacia ella con los ojos abiertos por la sorpresa. Los dos chicos de cuarto se miraron entre sí con desconcierto — ¡Pero si yo vi cómo te insultaban y se burlaban!; ¡No puedes…!
— Ya la oíste Boot, sólo jugábamos — señaló Ethan con una mirada de arrogancia. Malcom sonreía triunfal.
Anthony intercambió una mirada con Padma sin saber qué hacer. La morena suspiró frustrada. Obviamente, si Luna no decía nada, tampoco se podía hacer nada.
— Bien, ustedes no fueron… — asintió la joven Patil. Terry la miró como si le hubiera salido un tercer ojo justo entre las cejas — pero eso no les quita que tendremos una larga conversación con el profesor Flitwick… — se empezaron a quejar de inmediato — ¡Hace más de veinte minutos que el timbre sonó y no están en clases! — los calló, levantando la voz.
— ¿Y bien?, — les espetó Anthony al ver que no se movían — ¿esperan que los llevemos o qué? — ironizó.
Rechinando los dientes y gruñendo por lo bajo, la sala se despejó dejando sólo a Terry y Luna.
— ¿Por qué mentiste? — le preguntó directamente el rubio a Luna, con desconcierto y un dejo de enojo brillando en sus ojos.
— Supongo que si no los delato ya no me molestarán ¿no? — meditó la ojiazul acomodando la bolsa sobre su hombro; ella también estaba retrasada para ir a clases.
— Luna, pero eso es injusto. Debiste… — meneó la cabeza.
— ¿Te conozco? — lo interrumpió, mirándolo con interés.
— Soy Terry, Terry Boot, de quinto curso ¿recuerdas?, estamos juntos en el ED — le recordó con confusión.
Los ojos de Luna brillaron repentinamente.
— Entonces eres amigo de Harry Potter ¿verdad? — le preguntó con voz soñadora.
— Bueno, vamos a las mismas clases — contestó un tanto inseguro.
— ¡Entonces también eres mi amigo, Terry! — le sonrió Luna estrechando su mano con energía.
Terry meneó la cabeza con una sonrisa. Su comportamiento era tan desconcertante y a la vez tan… fresco.
— De acuerdo, — concedió. Luna le sonrió feliz — pero de ahora en adelante el que se meta contigo se las verá conmigo. ¡Nadie les hace daño a mis amigos! — declaró con firmeza.
Luna no pudo sonreír más ampliamente ante aquella declaración.
Fin Flash Back
¿… y había terminado cautivado por ella?
Flash Back
Terry no entendía que estaba haciendo en Hogsmeade. Mucho menos a mediados de agosto. El pueblo estaba prácticamente vacío a comparación de cómo se veía cuando lo visitaba en su época de estudiante. Algunas tiendas estaban incluso aun cerradas a pesar de que ya pasaban de las once del mediodía. La taberna de Madame Rosmerta era la única que se veía con clientes a ésas horas, la tabernera iniciaba su jornada de trabajo temprano. Pero, en fin, no estaba ahí para visitar las Tres Escobas. Estaba por… bueno, estaba por algo, es lo único que sabía.
La carta que había recibido de Luna hacia una semana no explicaba mucho. Sólo algo de que ya no podría comunicarse con él vía lechuza. Que fuera a Hogsmeade ése día y recorriera el pueblo como cuando eran adolescentes, para recordar los buenos tiempos.
¿Qué lógica tenía aquello?, lo único que le preocupaba era por qué no podría escribirle más. ¿Acaso ya no quería ser su amiga?, no, imposible… ¿verdad?
Suspiró con gravedad.
Tal vez una cerveza de mantequilla no le caería tan mal en ése momento, pensó dirigiendo sus pasos hacia Las Tres Escobas. Después de todo, llevaba años sin probar una de ahí.
Saludó cordialmente a Madame Rosmerta al ingresar y se enteró por su boca de algunas nuevas de Hogwarts, como que: Hagrid era el nuevo Jefe de Casa de Gryffindor; Slughorn había renunciado para viajar por el mundo con sus múltiples amigos famosos; Sprout era ahora, con colaboración de la señora Pomfrey, la profesora de Herbología y Pociones; Flitwick se había convertido en el subdirector; y la profesora McGonagall seguía dirigiendo el colegio además de impartir Transformaciones. Eso sin contar con lo mejor de todo: Remus había vuelto a su puesto como profesor de Defensa. De Snape ya no sabían nada, pues una semana después de que ellos egresaran, él presentó su renuncia; aunque sospechaban que se había marchado muy lejos, ya que, según sus últimas palabras, él ya no tenía nada más que hacer en Hogwarts, había pagado su deuda.
Luego se sentó en una de las mesas que estaban junto a la ventana, degustando de su cerveza y un par de bollos dulces, cortesía de la tabernera.
Todavía pensando en la extraña y corta carta de su amiga, se preguntó qué habría pasado para que tomara aquella decisión tan drástica. Quizás la distancia la había hecho olvidarlo, pensó abatido. Tres años sin verse era mucho, al fin y al cabo. Tal vez había conocido a alguien más. Hecho nuevos amigos.
Sus azules ojos se dirigieron por un par de segundos a la entrada del establecimiento al escuchar el repiquetear de las campanillas y se quedó sin aliento al notar de perfil a una hermosa rubia que entraba al establecimiento, mirando todo como si fuera la primera vez que estuviera ahí. A pesar de saberse caballero, su instinto natural de hombre lo llevaron a contemplarla de pies a cabeza sin poder evitarlo. Sus ojos se dirigieron como imanes hacia su curveado cuerpo y su hermoso rostro. Una sola interrogante cruzó por su cabeza: ¿Quién era aquella preciosura?
Internamente le agradeció a Luna por haberle pedido que fuera a ése lugar, de no haberlo hecho no hubiera conocido a… como sea que se llamara.
Desvió la mirada cuando se dio cuenta que aquella mujer se giraba hacia donde él estaba sentado. Sus mejillas no pudieron delatarlo más al ruborizarse. Fingió estar atento a lo que pasaba fuera del establecimiento y se empinó la cerveza sólo para hacer algo y no se descubriera más.
— ¿Me puedo sentar?
— Ésa voz… — murmuró en voz alta, sin darse cuenta. Se giró lentamente hacia su derecha sin poder creerlo. Levantó la mirada como en cámara lenta hasta que sus ojos azules se encontraron con unos igual de azules a los suyos, pero mucho más soñadores.
— Hola Terry — le sonrió la chica que anteriormente había estado espiando.
— Lu-Luna — se atragantó con su saliva. La cerveza se balanceaba precariamente en su mano. Sus ojos vidriosos.
Su mente se puso en blanco. No supo en qué momento se había puesto de pie, tirando sin querer la cerveza, y la encerraba en sus brazos, levantándola unos centímetros del suelo por la emoción de verla de nuevo. Su risa melodiosa en uno de sus oídos fue mucho más embriagante que la sensación de diez cervezas de mantequilla.
— No puedo escribirte más cartas, porque quiero que la única comunicación que tengamos de ahora en adelante sea frente a frente — le susurró al oído Luna, sin soltarlo.
— ¿Qué? — le preguntó de manera ahogada, apartándose un poco para mirarla a los ojos. Los ojos de su amiga estaban anegados de lágrimas.
Luna se limitó a mirarlo con inmenso cariño, con sus brazos aun entrelazados tras su cuello.
— Regresaste ¿entonces?, — su mejor amiga asintió — ¡estás aquí! — exclamó con la voz amortiguada por la emoción.
— Y no me pienso ir, nunca más — declaró con una sonrisa.
— ¿E-es en serio? — no cabía en sí de gusto.
— Te lo juro… — manifestó solemne, con una resplandeciente sonrisa — ¡Te extrañé tanto! — confesó con nostalgia.
— ¡Yo también te eché de menos, Lu!… — la encerró en sus brazos, sintiendo que el corazón le golpeaba con fuerza las costillas — Nunca más te vuelvas a ir — murmuró roncamente en su oído. Luna soltó un sonido semejante a un sollozo entrecortado antes de negar.
Fin Flash Back
Tan sencillo como era amarla. Así de simple siempre había sido todo con ella. Tan irremediable de ser.
Flash Back
— Cuándo me dijiste: "No Terry, no me volveré a ir". Ilusamente te creí ¿sabes? — le decía aquella tarde Terry a Luna, en la casa de la última. Apenas habían pasado escasas dos semanas desde su regreso y su amiga le acababa de comunicar que se marchaba de nuevo, ésta vez a una expedición por Suiza, en busca de los snorkack de cuerno torcido.
— Sólo serán un par de semanas… — le dijo reconfortante — Antes de que tenga que presentarme a trabajar en el Ministerio — añadió, guardando sin orden alguno varias mudas de ropa en una pequeña bolsa con un hechizo de extensión.
— Mmm… — refunfuñó el rubio.
— Lo prometo, Terry. Dos semanas. Sólo eso, y volveré. ¿De acuerdo? — lo regresó a ver sobre su hombro.
Terry suspiró cruzándose de brazos y desviando la mirada.
— ¿A dónde más irás? — quiso saber.
— Por lo pronto a Suiza. Me contaron de un mago que vive como ermitaño en una montaña, al cual le dijo una bruja que un día conoció, que su tatara-tatara abuelo había visto una vez a un auténtico snorkack de cuerno torcido. ¿Puedes creerlo? — musitó con emoción.
— Así que, según un viejo solitario, quien supuestamente conoció a una bruja, sabe de otro tipo que vivió hace decenas de años, y vio un snorkack ¿eh? — repitió con un dejo de burla.
— Pues si lo dices de eso modo… — se mostró ofendida Luna por su suspicacia.
— Es que… Luna, te arriesgas a no sé qué tanto, y encima vas, con un grupo del cual no confío en lo más mínimo, a un remoto lugar al que, por cierto, no tienes idea de donde vayas a parar, y peor, ¡con quien!… — le riñó.
— Son personas capaces y conscientes de lo que hacen, Terry — cerró la bolsa, girándose a verlo.
— ¿En serio?, ¿cuánto tiempo tienes que los conoces?, ¿una semana?, ¿o nueve años como a mí? — enarcó las cejas con reto.
Luna frunció los labios, quedándose sin argumentos.
— Ésta es una oportunidad que se te presenta una vez en la vida — fue lo único que dijo.
— Y es ésa vida la que yo quiero mantener a salvo — soltó Terry con enojo. Frustrado por no ser capaz de hacerla entender de los riesgos a los que se enfrentaría si hacía ésa estupidez de marcharse con unas personas a las que ni siquiera conocía.
— Terry… — lo miró exasperada.
— Y qué opina Hermione de esto, ¿eh? — la cortó con frialdad.
— No le he dicho — murmuró quedamente. "Además, seguramente reaccionaría muchísimo peor que tú", quiso añadir.
Terry bufó con sarcasmo. Era de esperarse, pensó con exasperación.
— Así que, haces planes con unos desconocidos para largarte de aquí sin saber en dónde terminarán, y encima no le comunicas nada a tu mejor amiga — resumió con humorística ironía. Mordió sus labios antes de soltar una estupidez.
— Le deje una nota… — señaló sobre su mesita de noche, donde reposaba un trozo de pergamino. Terry arqueó las cejas con sarcasmo — Y si los conozco. Uno de ellos es Rolf Scamander, ¡el nieto de Newt Scamander!, ¿te das cuenta? — sus ojos brillaron emocionados.
— ¡¿Y a mí que me importa que sea hijo, nieto, o lo que sea, de Newt Scamander?!… — saltó con exasperación, sin poder contenerse — ¡Bien podría ser el hijo perdido de Dumbledore, pero aun así no lo conoces en lo más mínimo a él!, podrás conocer a toda su familia, pero ¿a él?… — la miró con desaprobación — No actúes irracionalmente sólo porque sea nieto de un mago famoso.
— No se trata de que sea nieto de Newt Scamander, ¡me importa un bledo eso!… Tú mejor que nadie debería de saber porque hago esto — le espetó con un dejo de enojo.
— Entonces lo haces para borrar de alguna forma con todo lo que decían de ti en el colegio. ¿Es eso?… — respiró profundamente tratando de tranquilizarse — No necesitas probar nada a nadie Lu — la miró serio.
— El traslador está programado para dentro de tres horas. Debo irme — dijo sin más, colgándose la bolsa al hombro sin voltear a verlo una última vez.
Terry crispó los puños, impotente.
— Iré contigo… — declaró repentinamente. Luna lo regresó a ver sorprendida — ¿Dejarte ir sola con un montón de tipos desconocidos?, ¡ni hablar!, iré contigo — repitió solemne.
La ojiazul lo miró debatiéndose en abalanzarse sobre él y abrazarlo, o preguntarle por su repentina decisión. Finalmente se decidió por la primera.
— Nieto de Newt Scamander, ¡si cómo no! — lo escuchó mascullar entre su cabello, haciéndola sonreír y abrazarlo más estrechamente.
Fin Flash Back
Todo lo que Terry había sido capaz de hacer por Luna. Y no logró ganarse su corazón… simplemente porque su amiga lo había entregado hacia años y él no quiso aceptarlo.
Así que ahora estaba aquí, caminando por Hyde Park, acompañado de su mejor amiga y escuchando de sus propios labios lo que hacía tanto tiempo sabía y se negaba a admitir.
—… ojalá pudiera quererte como te mereces Terry, pero… — volvió a repetir Luna.
— Lo sé, no te preocupes — le sonrió ligeramente.
— Esto no significa que no podamos ser… — se apresuró a añadir.
— Amigos, también lo sé — se detuvo el rubio, apoyándose en una vieja valla, observando a un grupo de niños corriendo tras una pelota en el pasto.
Luna detuvo su caminata también y se posicionó tras él admirando el paisaje. Una suave brisa hacía ondular su cabello, y agitar su ropa.
— Siempre supe que eras especial Luna… — comentó de pronto Terry, rompiendo con el silencio. Su vista en el horizonte — Desde el momento en que te conocí y nos volvimos amigos, me di cuenta de eso… — se sonrió con un dejo de melancolía.
Su amiga no supo que decir a eso, sus labios mostraron un gesto de muda concentración.
— No te guardo rencor, si es lo que te preocupa — se giró a verla.
— Yo sólo… Lamento haberte herido. Nunca fue mi intención — lo miró apenada.
— Herido… — repitió Terry con cierta ironía, dirigiendo la mirada al cielo unos segundos — En realidad, no siento eso. Es… extraño ¿sabes?… — se trató de explicar. Regresó a verla — No sé, es como si sólo hubiera abierto los ojos al fin — se encogió de hombros.
— Tal vez los dos lo hicimos — comentó Luna, colocándose a su lado.
— ¿Por qué lo dices? — le preguntó desconcertado.
— Verás… — suspiró, pasándose una mano por su cabello — durante un tiempo pensé haberme enamorado de ti… — le confesó. Terry arrugó el entrecejo — No lo sé, todo el tiempo que convivíamos juntos, las cartas, los gestos… — se explicó — Y luego la forma en que te extrañaba cuando estuve lejos… — sonrió con cierta vergüenza — Herm siempre me cuestionó que era lo que en verdad sentía por ti ¿sabes? — lo miró de frente.
— ¿Qué le decías? — se interesó el rubio.
— Que te quería como amigo, nada más. Pero ni yo misma me creía del todo — regresó la mirada al frente.
— ¿Entonces estuviste…? — se le hizo un nudo en la boca del estómago.
— Tal vez si, tal vez no. Si el destino no quiso que lo supiera, creo que fue por algo ¿no lo crees?… — murmuró con la mirada perdida — Supongo que no fue nuestro tiempo — se encogió de hombros.
Terry guardó silencio. Aquella posibilidad se había materializado muchas veces frente a sus ojos: que Luna le correspondiera. Y ahora, sabiendo que tal vez fue así… era simplemente… desconcertante. Inquietante.
No dijeron nada por un largo tiempo, no necesitaban las palabras para entenderse. Tan sólo disfrutaron de ése momento de tranquilidad, juntos.
Luna suspiró de pronto, haciendo volar un mechón de cabello de su rostro. Terry sonrió ante aquel gesto que hacía en ocasiones su amiga.
— Cosas grandiosas nos esperan allá afuera, — señaló la ojiazul con voz soñadora — sólo hay que salir a buscarlas.
Grandiosas, se repitió Terry. Grandioso fue el momento en que Luna había entrado en su vida. Grandioso era cada instante a su lado. Él no necesitaba ir a buscar la grandeza. No cuándo, en cierta forma, estaba ya con él al tener ésos maravillosos amigos.
— Antes de ti mi vida era muy diferente — hablaron al mismo tiempo. Se sonrieron con complicidad.
— Era sólo estudio y más estudio — añadió Terry.
— Bromas pesadas y tontas burlas por parte de todo el mundo — refunfuñó Luna.
— Pero luego te conocí a ti — le sonrió el rubio.
— Y todo mejoró — completaron.
Guardaron silencio durante interminables minutos, sólo mirándose a los ojos. El "hubiera" siempre los seguiría, pero era algo irremediable en la vida del ser humano. El preguntarnos "¿Qué hubiera pasado si…?"
Pero al final del día la respuesta siempre viene a ti: Nada sería igual. Y el arriesgar todo lo que tenían en el presente, no era una cuestión factible.
— ¿Seremos los mismos algún día, Terry? — le preguntó Luna con un dejo de inquietud.
— ¿Qué dices?, siempre hemos sido sólo nosotros… — la reconfortó con una sonrisa — No veo porque cambie eso.
Luna asintió.
— Respecto a Ronald… — tanteó terreno — No quiero estar con uno sin el otro — Terry hizo una mueca.
— Supongo que podré hacer el intento — accedió al cabo de unos minutos.
— ¿De verdad? — le sonrió vacilante.
— De verdad… — asintió Terry, y luego se quedó meditándolo unos segundos — Aunque no me dan gracia sus chistes — agregó sin poder contenerse. Luna se rio.
— ¿Te confieso algo?… — lo miró con un brillo pícaro. El rubio asintió entusiasmado — A mí tampoco — declaró sin una pizca de vergüenza, volviendo a reír.
— ¡Pero si siempre te ríes como loca cuando lo escuchas! — le señaló con obviedad.
— Dos palabras: Amor ciego — enumeró con los dedos Luna. Terry sonrió con gracia, meneando la cabeza.
— No cabe duda que eres única, Lu — la miró con cariño.
— Lo sé — se encogió de hombros con desenvoltura, haciendo reír a su mejor amigo.
Quizás el "hubiera" era ése, pensó Terry. El tenerse el uno al otro. Pues el "hubiera" sólo nos marcaba el camino a lo sublime. Y definitivamente el estar juntos, ya era una maravillosa utopía.
Horas más tarde, mientras Hermione se dirigía al ascensor luego de haber estado en su oficina la mayor parte del día, se detuvo a medio camino al escuchar una conocida voz para ella, acompañada de una risueña voz femenina.
— Esto no puede ser — murmuró por lo bajo, emprendiendo su marcha rápidamente hacia el origen de dicha voz.
Sintiendo un nudo en el estómago al detenerse un par de metros más adelante, contempló incrédula como Harry, su novio, llamaba al ascensor mientras le sonreía a la mujer rubia y de despampanante figura que le ponía una mano en el brazo en ése momento mientras rompía a reír con una burbujeante risa.
— Ay Harry, como eres… — reía ella. Harry le sonrió de vuelta. Las puertas se abrieron y le cedió el paso, ganándose una coqueta sonrisa como recompensa.
Los ojos de Hermione se entrecerraron hasta convertirse en pequeñas rendijas que destellaban indignación. Ni siquiera lo pensó dos veces para casi correr al ascensor y poner una mano antes de que las puertas se cerraran completamente, delatando a Harry y su "acompañante", quienes la regresaban a ver con diferentes expresiones en el rostro. El primero: Indiferencia. La segunda: Decepción, y hasta cierto grado, molestia.
— Saliste temprano — le comentó al ojiverde, aun en el marco, sin abordar el ascensor, o permitir que éste se fuera.
— No tenía más trabajo — le contestó simplemente. Manteniéndole la mirada con reto.
— De eso me doy cuenta — replicó mordaz, lanzándole una sutil mirada a la rubia.
Harry se cruzó de brazos, demostrando cansancio, incluso fastidio.
— Soy Claire — se presentó la rubia, tendiéndole la mano.
Hermione la ignoró.
— ¿Se te ofrecía algo? — le preguntó Harry.
— No lo sé. No quiero hacerte perder el tiempo cuando al parecer ya estás invirtiéndolo en alguien más — comentó con ponzoña.
Claire la miró confundida.
— No te preocupes, puedo otorgarte unos minutos — rebatió Harry, consultando su reloj de bolsillo casi con arrogancia.
Hermione lo acribilló con la mirada.
— Pues que de interesante ha de ser tu compañía que no dudas en hacerme tiempo — ironizó.
— ¡Oye!, no te permito que te refieras a mí de ésa manera — intervino Claire.
— Y tú parece que no sabes con quien hablas… — la calló Hermione, fulminándola con la mirada. La rubia la regresó a ver dispuesta a defenderse, mas su boca se cerró en el acto al advertir la insignia del Winzegamot en la túnica de la castaña.
Jamás, en toda su vida, Hermione había alardeado respecto a su trabajo o puesto, pero Merlín… ver a Harry tan campante, y acompañado de ésa resbalosa mujer, era más de lo que una persona enamorada podía soportar. Finalmente, el corroyente sentimiento de los celos hacía mella en la castaña. Y como lo odiaba.
— No le hagas caso Claire. Esto no tiene nada que ver contigo. ¿Cierto, Hermione? — la regresó a ver con insolencia.
Hermione frunció los labios.
— Será mejor que abordes otro ascensor… Claire. El señor Potter y yo tenemos asuntos que atender — masticó las palabras. La rubia no pudo más que mirarla con molestia, antes de salir, ignorando el llamado de Harry.
Hermione entró, sintiendo como las puertas se cerraban a su espalda y comenzaban a subir.
— ¿Te divierte, no es así? — le espetó molesta.
— No sé de qué hablas — replicó Harry con fingida ignorancia.
— Sabes bien de que hablo, no intentes…
— ¿Intente qué?, ¿abusar de mi poder como lo acabas de hacer tú? — la cortó Harry, mirándola significativamente. Las mejillas de Hermione se sonrojaron.
— No lo hubiera hecho si tú no hubieras estado actuando al idiota con ésa tipa — le espetó molesta.
— Entonces lo que te molesta es que lo hayas tenido que hacer porque estabas celosa — apuntó con muy buen acierto Harry.
Hermione apretó los dientes.
— Yo no estoy celosa — zanjó obstinada.
— Bien. Si eso quieres creer tú, es tu problema. Ahora, si me disculpas… — le pasó un brazo por un costado, rozándole la cintura, cuando oprimió el botón que lo llevaría al Atrio.
Hermione se odió por haber sentido a su corazón dar un vuelco ante la momentánea cercanía.
— ¿Quién es ella? — inquirió, cruzándose de brazos.
— ¿No que no estabas celosa? — imitó su gesto.
Era como una especie de juego de tenis. Dónde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. Aunque el campo estaba completamente ganado por el ojiverde, y la castaña se rehusaba a admitirlo.
Estaba celosa, sí. Pero ¿darle la satisfacción de saberlo?, ¡jamás!
— Es increíble cómo puedes ser tan arrogante en ocasiones — fue lo único que dijo.
Harry arqueó las cejas con sarcasmo.
— Mira quien lo dice. Quien acaba de alardear de su poder como miembro del Wizengamot para correr a una de mis colegas apenas se sintió amenazada — se mofó.
— ¿Amenazada?, por favor. ¿Por qué tendría que sentirme amenazada?; ¿por su cabello?, a leguas se le ven las raíces. ¿El cuerpo?, ni siquiera dudaría en que ha visitado a más de un sanador o médico muggle para hacerse un "arreglito" — replicó con la voz casi temblándole de ironía, descruzando sus brazos.
Harry meneó la cabeza, sonriendo de medio lado.
— ¡¿Qué encuentras tan divertido, maldita sea?! — se exasperó Hermione.
— Tus celos. ¿Qué otra cosa? — la miró con satisfacción.
— Ya te dije que no estoy celosa. Además, no tendría por qué estarlo… tú me amas — replicó lo último con seguridad, casi arrogancia.
— Cierto… — asintió Harry, sonriendo de medio lado; haciéndola respirar aliviada por un segundo — Aunque eso no implica que no pueda ver a las demás mujeres — completó. Hermione frunció el entrecejo, molesta.
— Eres un cínico — le reprochó.
— Se siente bien, ¿no?… — le preguntó con ironía, sin abandonar la sonrisa — No tener ni siquiera la seguridad de los sentimientos de la otra persona cuando estás celosa. Sentir como hasta el más mínimo comentario de su parte te hace hervir la sangre. Odiar la forma en que todo tu mundo puede ser controlado por el mero hecho de un simple gesto… — se acercó a ella.
— Ya basta — le dijo, crispando los puños.
— ¿O qué?… — la retó, acorralándola entre su cuerpo y la pared. Hermione pasó saliva con nerviosismo.
— ¿Te gusta? — le preguntó en una débil acusación.
Harry la miró impasible. Cómo ansiaba decirle que sí, que se sentía atraído por ella, incluso que quizás en el pasado pudo haber algo entre ellos, o mejor aún, en el futuro esperaba poder invitarla a salir. Mas aquellas eran puras patrañas y él lo sabía muy bien. ¿Hacerla sufrir?, ¿seguirle el juego y verla muerta de celos?, ¿hacerla pasar por lo mismo que él había pasado antes por culpa de William?…
— No hay duda de que es una mujer muy atractiva… — dijo simplemente. Hermione lo miró con dolor por unos segundos antes de desviar la mirada. Harry sintió la garganta seca — pero no. No me gusta — añadió. Su novia lo regresó a ver insegura.
— Entonces ¿por qué…? — su pregunta quedó acallada cuando los labios de Harry aprisionaron los suyos con demanda, arrancándole un suspiro.
Soltó una pequeña exhalación de sorpresa cuando su cuerpo pegó por completo en la fría pared metálica y Harry le encerró el rostro con ambas manos, abriéndose paso entre sus labios, arrancándole otro suspiro.
Pero tan pronto como todo empezó, el ascensor se detuvo abruptamente, anunciando que habían llegado al Atrio; y Harry la dejó ir, dedicándole una mirada impasible, como si segundos atrás no se hubieran estado besando apasionadamente, como si nada hubiera pasado.
— Con permiso. Tengo cosas "importantes" que hacer… — remarcó, sacándole la vuelta una vez las puertas se abrieron. Hermione frunció el entrecejo con desconcierto y estuvo dispuesta a darse media vuelta para darle alcance, pero se quedó dónde estaba cuando sintió la respiración de Harry en su oído, haciéndola estremecerse nuevamente — Ahora sabes lo que se siente — fue lo único que le dijo el ojiverde, antes de dejarla ahí.
Hermione no pudo más que girarse a verlo, con los puños crispados, y furia brillando en sus ojos mieles al ver como Harry se alejaba entre la multitud, dejándola ahí plantada, rechinando los dientes. Indignada. Y celosa.
Mientras Harry retenía una sonrisa burlona al recordar la expresión de Hermione.
