Disclaimer: Los personajes le pertenecen exclusivamente a Hiro Mashima. Solo la historia es completamente mía.

Pese a lo tarde que me acosté el día anterior me levanté temprano. Habría dormido como mucho seis horas pero yo no me sentía cansada en absoluto. Me asomé a la canasta para ver como estaba mi pequeño compañero.

- Vaya, vaya, vaya-. Lo había colocado recto antes de acostarme pero ahora se hallaba inclinado a la derecha, quedando casi en horizontal. Para que realizara esos movimientos significaba que no le quedaba mucho por nacer, o por lo menos que seguía vivo.

Me levanté y vestí con mi atuendo habitual, arreglé el cuarto dejando las sábanas bien estiradas como era habitual, me había vuelto algo maniática con el orden. Limpié mis dientes y me eché solo la máscara de pestañas para dar volumen a mis ojos.

Con el traductor en mano salí al pasillo sin ningún objetivo en mente, aún no había amanecido y no tenía la suficiente hambre para desayunar. Lancé un suspiro mientras caminaba por los pasillos buscando algo con lo que entretenerme. Curiosamente, no se escuchaban mis pisadas aún llevando tacones, las blandas piedras del suelo absorbían el sonido impidiendo que resonara en las paredes. Era de agradecer ya que no quería que nadie se despertara de su descanso por mi culpa.

Anduve durante bastante tiempo por aquellos lares.

- No me he perdido, no me he perdido, no me he perdido, no me he perdido..-. Intentaba convencerme mientras buscaba algo que me indicara el camino de vuelta. Sabía que estaba en la cuarta planta por un cartel que había en una escalera pero no había ningún mapa que me ayudara a volver a mi cuarto.

Gimotee mientras me tiraba de mis cabellos, estresada. Todos los pasillos y cruces de caminos eran iguales sin excepción, ni un mínimo cambió de color o decoración, nada.

Maldita curiosidad, maldito aburrimiento. No podía quedarme en el salón como una invitada normal, tenía que irme de safari y perderme como inútil que era.

Llegué al final de un pasillo con una enorme puerta de madera con barrotes de hierro. No había ningún candado o cadenas, solo unas runas en la parte más alta. Abrí el libro buscando el idioma entre sus páginas, me puse las gafas mágicas para acelerar el proceso, no quería llevarme todo el día intentando averiguar que era lo que ponía en la dichosa puerta.

- Una runa de protección, ¿eh?-. Mascullé cuando encontré el capítulo. Era un idioma muy antiguo, usado por una aldea especializada en la magia de defensa situada más allá de Waas Forest. Abrí la boca para invocar el hechizo que levantaría el escudo pero la cerré rápidamente.- ¿Qué demonios estoy haciendo?, intentando abrir una puerta que puede contener dios sabe qué. Quizás sea una sala con instrumentos de tortura o tenga un guardián que me ataque en cuanto asome la cabeza-. Me pellizqué la mejilla a modo de reprimenda por mi insolencia.- ¿Desde cuándo eres tan maleducada , Lucy?. Ni siquiera estás en tu casa...-. Me reproché a mi misma.

- Realmente… eres una chica extraña-. Mi cuello crujió cuando lo giré súbitamente hacia atrás. Rogue me miraba curioso con los brazos cruzados a unos metros de mí.- ¿Qué haces aquí?.

Salí a dar una vuelta para matar el tiempo y acabé perdida. Discúlpame-. Me incliné sintiendo un fuerte calor en las mejillas. Dios mío que vergüenza.

No hay ningún perro guardián tras esta puerta, ni tampoco una sala de tortura-. Lo último lo dijo conteniendo la risa mientras levantaba las runas. La puertas se abrieron mostrando una oscuridad absoluta.

Entramos en la sala que se iluminó con nuestra presencia. En el centro había una redonda mesa que contenía unas rocas de poco grosor con forma rectangular, poseía unas letras en su superficie de color azul celeste que brillaban intensamente.

- ¿Esas son las piedras que tengo que traducir?-. Cuestioné mientras me acercaba.

- Ajá.

Pasé el dedo por uno de los bordes, era completamente liso sin rastro de erosión en él. Algo muy extraño sabiendo que tenía siglos de edad y habían estado bajo tierra

- ¿Trabajaré aquí?.

- Podemos cambiar la sala si ves que va a ser mucho problema el llegar hasta aquí.

- Es buena idea-. Y tanto que lo era. Da igual cuantas veces realizará el recorrido, jamás conseguiría memorizarlo correctamente.

- Ven. Usaremos esto para moverlas, en la segunda planta hay una habitación idéntica a esta-. Señaló un carrito con forma de vagoneta que estaba pegada a la pared.

Tras colocar el material de trabajo fuimos a nuestro destino, el Dragon Slayer se movía con una facilidad propia de alguien que se conocía el lugar como la palma de su mano. Con algo de esfuerzo bajamos entre los dos el pesado contenedor por las escaleras.

La nueva sala en la que estábamos estaba mucha más cerca del salón que la primera, para mi felicidad y suerte llegar a ella no era ni de lejos tan complicado como la de la cuarta planta.

- Bien, comencemos-. Dije con determinación.

- ¿Tienes lápiz y papel dónde apuntar?-. Me quedé callada varios segundos, pensando si había traído algo de ese estilo. A los pocos segundos mi mano golpeó mi cara enojada por tal despiste.- Supongo que no. Por aquí debe de haber algo…-. Rogue rebuscó entre unos cajones de un amplio escritorio.

Realmente tenía un cuaderno, pero era el que usaba para apuntar mis ideas de escritor. Ese cuaderno, no se toca.

- Toma-. El joven de ojos carmesí me tendió lo necesario para empezar la labor.

- Gracias, Rogue-. Le sonreí agradecida mientras me inclinaba. El chico miró hacia otro lado con un suave rubor en las mejillas diciendo que no era nada.

- Te avisaré cuando ya sea la hora del desayuno-. Salió a toda pastilla de la habitación, como si tuviera un cohete pegado al pantalón.

Solté una risita mientras me sentaba y comenzaba a inspeccionar las piedras. Las letras eran realmente extrañas, no parecía ser descendiente de ninguna otra lengua o que tuviera relación con las modernas.

Pasé un buen rato buscando una mínima pista, pero la complejidad de los caracteres dificultaba el trabajo. Una hora más tarde, cuando había perdido la esperanza, la respuesta se visualizó ante mis ojos.

- ¡Aquí estas!-. Bramé al encontrar el capítulo que resultó ser el último- El idioma de Auznia es una lengua muerta con una antigüedad superior a los trescientos años. Se piensa que fue una de las primeras lenguas de la civilización y que es cuna de grandes hechizos que, debido a su peligrosidad ya no se permiten usarlos. Cada letra representa un fonema diferente, algunos caracteres son tan parecidos que una mínima variación puede cambiar la lógica de la frase, por ello, se debe precisar el cuidado a la hora de escribir cualquier palabra o texto. Usado generalmente para realizar magia negra-. Leí completamente concentrada en la lectura.

- ¡Oye, rubia¡. ¡Baja a desayunar!-. Gritó el escandaloso rubio golpeando fuertemente la puerta. Tan sumergida estaba en leyendo que no me había dado cuenta del alboroto de la planta baja.

- ¡Voy!-. Respondí al ver que seguía insistiendo. Giré el pomo y salí disparada, no esperaba que Sting siguiera detrás por lo que no me dio tiempo a evitar que chocara contra su cuerpo. Lancé un quejido sujetándome la frente a la vez que apoyaba una mano en el marco.

- Joder rubia, menuda cabeza dura tienes-. Musitó masajeándose el pecho.

- ¿Qué tienes el torso hecho de piedra o qué?-. Gruñí con los entrecerrados. El susodicho formó una amplia sonrisa en su cara.

- ¿Ya estamos con las sonrisas engreídas?-. Le comenté mientras caminaba hacia el salón.

- Ahora y siempre, rubia-. Alegó detrás de mí. Suspiré resignada observando el jaleo de la estancia.

La gente se dirigía sus asientos o a la barra a pedir la comida. Las camareras entraban y salían de la cocina con bandejas llenas de comida y bebida.

- Nee Milly-chan, tráeme una jarra de cerveza-. Gritó un hombre de no muy agradable aspecto físico.

- ¿Ya estás bebiendo?. Maldito borracho-. Musitó su compañero bebiendo un cántaro de vino.

- ¡Pero si él está haciendo lo mismo!-. Exclamé en voz baja incrédula. Escuché la risa divertida de Sting a mi espalda, su aliento cálido rozó mi oreja dándome escalofríos.

- ¿Tienes que estar siempre tan cerca?-. Le cuestioné parándome en medio de la sala.

- ¿Por qué?, ¿incómoda?-. Si antes estaba próximo ahora lo estaba más. Su nariz rozó mi lóbulo haciéndome cosquillas.

- Bastante. Me gusta que me respeten el espacio personal.

- Oh, creía que éramos amigos-. Replicó con un tono falso herido.

- No por ello significa que me guste que te pegues tanto a mí-. Giré levemente mi rostro, quedando nuestros labios cerca. El rubor se extendió por mi cara.

- ¿Con esa timidez no pretenderás encontrar novio, no?-. Aquellas palabras me trasladaron al pasado, a aquellos días donde Aquarius me hacía esa mismas pregunta o se burlaba de mí por no tener pareja.

- Quizás no quiera tener pareja-. Contesté seca caminando hacia la mesa. De repente sentí un tirón el brazo que me hizo volver sobre mis pasos.

- ¿Estás enfadada?-. Lo miré vacía, todavía perdida en el interior de mi memoria.- Era solo una broma, Lucy.

- Solo hazme el favor de no hacer esas bromas, me traen recuerdos desagradables-. Con una leve sacudida me deshice del agarre. Llegué finalmente a la mesa sentándome al lado de Minerva.

- Lucy-san, ¿le apetece ir ahora a comprar ropa?-. Me preguntó Yukino en frente de mí dándome un cazo con cereales y fruta.

- Yukino tengo que traducir las piedras, otro día ¿vale?. Tengo que ir a comprar también un libro-. Respondí empezando a comer.

- ¿De qué exactamente?. Quizás lo tengamos en la biblioteca, hemos comprado casi todos los ejemplares de la librería de Iwa-. Alegó Rufus sirviendo leche caliente.

- Mmm, busco algo que hable de los monstruos que puedes encontrar en todo el reino-. El rubio empezó se atoró con la bebida.

- ¿De todo el reino?. Hay miles y miles de criaturas, ¿no tienes una ligera pista o la zona donde se localiza?-. Se limpió los rastros de leche de las comisuras de los labios.

- Eto... ¿las características de un huevo vale?.

- ¡Por supuesto!.

- Ahora vengo-. Declaré mientras me levantaba e iba a mi cuarto, dejándolos confusos. Saqué la canasta oculta bajo mi cama, el huevo se había vuelto a mover pero ahora estaba inclinado a la izquierda.

- Que inquieto eres-. Cogí la cesta entre mis brazos y volví al salón-comedor levantando miradas curiosas a cada paso que daba.

Apoyé la cuna de mimbre en la mesa, poniendo los cuencos en la silla. El salón estaba en silencio y las miradas todas puestas en la cestilla.

- ¿Qué es lo que hay ahí?-. Preguntó Sting irguiéndose de su asiento.

Sin mediar palabra metí las manos entre las toallas y saqué el motivo de la conversación. La superficie azulada del huevo brilló con los rayos de luz que se colaban por la ventana.

- ¿Es un huevo?.

- ¡Es enorme!.

- De gallina no es...

- ¡Que color tan increíble!.

- ¿A qué animal pertenece?-. Interrogó Dobengal

- Eso intento averiguar-. Respondí a la última pregunta acunando con cariño el huevo.- A la luz de la luna la superficie se transparenta pero el embrión se ve borroso, parece una especie de serpiente o lagarto.

- Extraordinario-. Musitó Rufus rozando con sus dedos la superficie.- Que suave es al tacto.

Pronto todo el mundo estaba tocando el huevo. Las exclamaciones y suspiros de admiración salían continuamente de la boca de los tigres.

- Que cosa más chula-. Habló Frosch en brazos de Rogue mientras palpaba la azulada extensión.

- ¡A lo mejor es el huevo de un dragón!-. Exclamó Lector emocionado.

- ¿Pero no estaban extinguidos?.

- Lo veo muy pequeño para un dragón.

- Seguro que pertenece a un cocodrilo tan grande como un caballo. Os va a comer a todos-. Bromeó Minerva poniendo las manos en forma de garras y asustando a Frosch que gimió asustado.

- Minerva, no te pases-. Advirtió Rogue.

- Amargado.

- Sting estiró sus brazos en una silenciosa petición para que le pasara el huevo.

- Vivo está, puedo escuchar los latidos, son fuertes aunque algo arrítmicos.

- A lo mejor está asustado con tantas manos tocándolo, ¿eh pequeño?-. Le dije con dulzura inclinándome hacia él.

- Le gustas, se ha relajado-. Sting volvió a posar el huevo en mis brazos.

- ¿Has pensado un nombre?-. Intervino Lector sentándose a mi hombro.

- Tengo que esperar a que nazca para ver si es macho o hembra. ¿Me ayudaréis a ponérselo?.

- ¡Siiii!-. Respondieron los dos exceeds emocionados.

- Aquí tienes-. Me dijo Rufus tendiéndome un libro negro. Deposité el huevo en su cesto y cogí el pesado ejemplar de tapa dura.

- ¿En qué momento has ido a la biblioteca?-. Pregunté anonada.

- Cuando se trata de libros, a Rufus le falta tiempo para ir a por ellos-. Bromeó Minerva tomando una taza de té.

- Bueno, después lo examinaré-. Me giré a los dos pequeños exceeds que asomaban la cabeza en la canasta.- ¿Me ayudáis a llevarlo al estudio?.

Las peludas criaturas asintieron energéticamente, desplegando las alas elevaron con delicadeza en el aire el huevo tirando de las asas.

Pasamos el resto del día en el estudio. Yo conseguí traducir algunas palabras que escribí en una carta dirigida al rey, me había pedido que lo mantuviera al día sobre lo que consiguiera descifrar. Frosch y Lector estaban tirados en el suelo leyendo el libro de monstruos y comparando las descripciones que salían con las características del huevo.

- Hay muchos-. Se quejó Lector estirándose.

- Fro piensa igual.

- Ánimo, chicos-. Les sonreí mientras limpiaba la mesa de restos de goma.

A la hora del almuerzo y la cena Yukino se pasó para dejarnos comida y algo para picar entre horas.

Sobre las once de la noche decidí dejar de traducir. Los ojos me pesaban y mi cuerpo estaba entumecido, apenas me había levantado y solo para ir al baño y estirar mis piernas.

Los exceeds se habían quedado dormidos apoyados en sus propias espaldas. Los coloqué en la cesta de tal forma que quedara el huevo en el centro, quedaron encajados perfectamente como un puzzle, cabiendo los tres sin problemas. Cogí el canasto por debajo ya que no creía que las asas fueran a aguantar el peso.

El gremio estaba en completo silencio, dudaba de que Rogue y Sting siguieran despiertos. Me dirigí hacia mi cuarto dispuesta a ir a dormir en mi cómoda cama con los dos felinos.

- ¿Lucy-san?-. Al pie de las escaleras estaba Rogue, llevaba ya su pijama puesto que consistía en un simple simple pantalón azul marino.

- Hola, Rogue.

- Disculpa por el peso extra-. Señaló a los gatos que dormían pacíficamente.

- No te preocupes no es nada-. Sonreí levemente. Rogue recogió a los durmientes entre sus brazos.

- Yo llevaré a Lector a su cama. Espero que Sting no tarde mucho.

- ¿Aún no se ha dormido?.

- Tiene que hacer papeleo. Estoy harto de decirle que debería de hacerlo durante el día, pero, estamos hablando de Sting. Cuando quiere es demasiado terco.

- Rogue tengo que enviar un par de cartas, ¿en dónde hay una oficina de correos?-. En cuanto llegué a Iwa no me había detenido si quiera a pillar un mapa de la ciudad.

- Hay una cerca del ayuntamiento pero no te lo aconsejo, tarda mucho en enviar la carga. Mejor déjalas en el estudio de Sting, todos los días viene un cartero a recogerlas.

- ¿Y dónde está?.

- En la quinta planta-. Palidecí inmediatamente lo que hizo que el pelinegro se riera.- Toma esto-. Me tendió un papel doblado. Al abrirlo una sonrisa de agradecimiento se extendió por mi rostro.

- ¡Oh, gracias Rogue!-. Exclamé viendo el amplio y detallado mapa. El solo asintió y caminó desapareciendo de mi campo de visión.

Dejé el huevo en mi cuarto y escribí rápidamente una carta para Amaia. Con los dos sobres y mapa en mano atravesé pasillos y subí escaleras hasta llegar a la quinta planta.

Me planté delante de la puerta de la oficina. Se encontraba un poco abierta dejando salir la luz que había dentro, estaba claro que había alguien dentro. Había un letrero en la parte superior.

- Oficina del maestro-. Leí en un susurro.

- ¿Lucy?-. Llamó una voz adentro.

Maldita sea. Había olvidado por un momento la enorme capacidad auditiva que tenían los Dragons Slayers.

- ¿Se puede?-. Asomé la cabeza encontrándome la azulada mirada. Había enormes pilas de papeles en su escritorio. El lugar estaba bastante desordenado con objetos como sillas, pinceles, o sellos desperdigados por todos lados.

- Claro, pasa. ¿Qué necesitas?.

- Tengo que enviar dos cartas. Rogue me dijo que la oficina de correos de Iwa es muy lenta, que usara al cartero que viene aquí para enviarlas.

- Déjalas en esa caja. Pronto repararemos el buzón del salón para que no halla que darse estos paseos-. Había algo de vergüenza en su voz, quizás porque no contaban con algo tan básico como era un simple cajón para meter las cartas.

- ¿Te queda mucho trabajo?-. Miré la enorme columna de la que estaba cogiendo los papeles, la otra que había eran los que ya estaban vistos y firmados.

- Que va-. Noté la mentira enseguida por lo que lo reproché con la mirada.

- Deberías de hacerle caso a Rogue..

- ¿Tú también?-. Replicó molesto.- Me gusta pasar el día en el salón con mi gente, ¿qué problema hay?.

- Que llega la noche y tú tienes que estar hasta las tantas haciendo trabajo. Si no duermes bien no podrás disfrutar de estar en el comedor con tus amigos.

- No es para tanto-. Masculló arisco.

- Haz lo que te dé la gana-. Dejé las cartas en la caja y me fui flechada por los pasillos hasta llegar a mi cuarto.

Cerré la puerta de un portazo mosqueada pero me arrepentí inmediatamente, quizás había despertado a alguien.

- Ts-. Chasqueé la lengua mientras me dirigía a mi bolsa. Saqué la cartera para ver cuanto dinero me quedaba, necesitaba ir a comprar otro pijama que no me hiciera sentir tan incómoda ante las miradas. Uno de los libros se cayó al suelo, al recogerlo una foto se deslizó entre mis dedos.

La foto de cuando ganamos los juegos.

Deslicé la yema con cariño por la superficie sintiendo mi estómago contraerse. Sus sonrisas parecían iluminar con vida propia. Estaba al lado de Natsu, con la felicidad plasmada en mi rostro. Inevitablemente me hallé cuestionándome a mi misma nuevamente como estarían todos, como estaría él, si había conocido a alguna chica y se había enamorado..

Quién me iba a decir que el muchacho que me ayudó a unirme a Fairy Tail acabaría ocupando mis pensamientos más de lo deseado, en una manera que habría sorprendido a la yo del pasado. Recordé la conversación con las chicas cuando estuvimos en las aguas termales, poco después acabamos completamente borrachas y con resaca al día siguiente. Recordé con gracia como en aquellos tiempos negaba que me gustaba el pelirosa. Lo quería, realmente lo quería, tanto como lo quiero ahora.

Quizás si le hubiera dicho a Natsu acerca de mis sentimientos en su momento no se habría marchado, o al menos, puede que me hubiera llevado con él. Todo era una masa de probabilidades, quizás esto, quizás aquello...

Que más daba, lo hecho, hecho estaba. Nada iba a cambiar.

Yo seguía preguntándome como habíamos llegado a esta situación. Las cosas parecían estar bien antes de la batalla con Tártaros. Puede el maestro estaba cansando. Cansado de luchar por una familia que quizás, estaba destinada a desmoronarse. El ataque de Phantom, los siete años de sueño en Tenrou, Eclipse... no hacía falta nombrar ninguno más para apoyar mi teoría.

Que fracaso.

Mis ojos se irritaron y las lágrimas cayeron sin que pudiera evitarlo. La respiración se volvió irregular con mis sollozos y mi cuerpo temblaba sin control.

No sabía ni por qué lloraba exactamente, rabia, melancolía, pena, impotencia… aunque el maestro se hubiera rendido nosotros podríamos haber seguido luchando, seguir intentándolo. Pero decidimos callar y aceptar.

Yo decidí no luchar, yo fui la primera en rendirme. Y cuanto me arrepentía ahora.

Unos golpes en la puerta cortaron mi aliento.

- ¿Lucy?, ¿estás despierta?.

- Ajá-. Murmuré en voz baja.

- Yo...lo siento por haber sido tan borde. No es tu culpa que yo sea un desorganizado.

Tragué con fuerza esperando que no se me notara la voz débil.

- No te preocupes-. Respondí chirriando los dientes.

- ¿Estás bien?. Huele a sal..-. Entró en mi cuarto sin esperar a que yo dijera nada. Estaba de espaldas a él, con las manos apoyada en el alféizar de la ventana y la cabeza gacha.

- No es nada-. Esta vez inevitablemente la voz salió ahogada. Me mordí el labio inferior controlando los gemidos que estaban a punto de salir de mi boca.

Sentí que se posicionaba detrás de mía. Era lo suficientemente alto para ver lo que tenía en las manos sin quitármelo. Repentinamente, sus brazos me estrecharon contra su cuerpo en un abrazo reconfortante. Me di la vuelta escondiendo mi rostro en su pecho, y con ello, empapando su camisa.

- Gracias, Sting-. Susurré con la cara oculta.

- Soy yo quién debería de darlas.

- ¿Eh?-. Alcé la vista confusa topándome con sus ojos serios.

- Es gracias a ti que estamos aquí, que seguimos vivos. Desde lo de Tártaros he aprovechado cada momento para estar con mi gente, mis amigos, a malos modos he aprendido lo efímero que la vida. En un segundo puedes pasar de tenerlo todo, a quedarte sin nada. No fue gracias a Natsu, ni a Erza, ni a Gray, ni siquiera al maestro que aún podamos seguir contando los días. Fue gracias a ti...y a Aquarius-. Su nombre salió con delicadeza de sus labios, como si no quisiera hacerme daño.

Que tontería, yo ya estaba rota.

No hubo problema en demostrar lo mucho que me afectaron sus palabras. Caí de rodillas al suelo con una mano en el pecho debido al dolor que se había formado allí, por un momento temí de que me fuera a dar un infarto.

Sting me cargó cuidadosamente entre sus brazos y me dejó en la cama. Se tumbó a mi lado y volvió a estrujarme contra su torso.

No iba a preguntarle como lo sabía, algo me decía que había sido Yukino que a su vez se había enterado por alguno de sus espíritus. Era un corre ve y dile.

- ¿Lo saben ellos?-. Preguntó en un murmullo.

- No-. Me costó la misma vida poder pronunciar dos simples letras.

- ¿Por qué?.

- Todos estaban tristes, tenían sus propios problemas como para molestar con los míos.

- Que estupidez. Lo único que necesitabas de ellos era consuelo, nada más.

- …..Ya da igual. No va a cambiar nada.

El joven de cabellos rubios se quedó en silencio, mirando al techo. Alzó su mano, invocando su magia y esta se concentró en su palma. La luz adquiría la forma de pequeños copos de nieve que se elevaron y dispersaron por todo el cuarto. Aquello parecía un cielo estrellado, demasiado bonito para ser real.

Con las lágrimas aún bajando por mi semblante imité su gesto, dejando que la cascada dorada se deslizara por mis yemas y se moviera como finos hilos por el lugar

Y así pasamos las horas, en silencio, liberando la magia, formando cuadros en el aire que sería sin duda alguna la envidia del pintor más habilidoso.

Para mi sorpresa, me sentí bien, llena, completa. Un extraño sentimiento idéntico al que tenía cuando estaba en Fairy Tail.

- No tengas miedo Lucy-. Escuché su voz en la distancia. Me estaba quedando dormida. Si dijo algo más desgraciadamente no pude escucharlo ya que caí grogui.

Acudí gustosa a los brazos de Morfeo que me recibieron con calidez y parsimonia. Me sumergí en un sueño sin color, sin rostros conocidos, solo vacío.