N/A: Ahhh, perdón, perdón, perdón :'C Sé que demoré esta vez muchísimo. Como les venía explicando a casi todas las personas que me siguen en mis redes, mi celular murió y tengo el tiempo sumamente reducido debido a la boda de mi madre (que será en un par de semanas). Así que pido de rodillas su compresión u.u 3 Les prometo que no abandonaré la historia. ¡También quiero darles muchísimas gracias por sus mensajes y apoyo! :'D Son lo máximo, no sé por cuanto tiempo más tenga la dicha de seguir escribiendo para ustedes, pero de lo que sí estoy segura, es que nunca olvidaré el apoyo que recibí de cada uno. ¡Están en mi mini-corazón :'3! Ahora sí... ¡Continuemos con la historia!

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SAY WHEN

Capítulo III: "Incomodidad"


" Don't Appear

to care "

Silencio incómodo. Adusta compañía. Desabrida calidez.

La jovencita de la gallina en la cabeza pestañeó múltiples veces, mientras marcaba un compás intangible, pausado y firme, con las yemas de sus dedos al contacto de la porcelana.

Clap, clap, clap.

Apenas si podía oírse un minúsculo eco.

Inmediatamente, supo que algo estaba mal, lo sentía en el aire, en la afonía; y fue cuando más apetecible comenzó a hacerse la idea de "romper el hielo", de una buena vez.

—Deberías probar un poco de té —sugirió al fin, aventurándose a darle un sorbo al hirviente líquido entre sus manos.

Pucca levantó la mirada, desconcertada, al escuchar cómo la boca de su amiga absorbía sonoramente el interior de la taza. Semejante pueril sonido acababa de turbarla en medio de sus cavilaciones.

—¿Todo bien? —Le cuestionó luego, con amabilidad, curvando ligeramente la comisura de sus labios.

Fueron necesarios unos cuantos segundos para que la azabache tomara, de precipitación, conciencia suficiente de su entorno, en especial de las atenciones recientes de su anfitriona. Por lo que, apenas lo hizo, procedió a enderezarse y mediante un pequeño gesto mostrar —con una sonrisa descomunal— la totalidad de su blanca y bien cuidada dentadura.

Ching asintió, divertida, indicándole comprender lo que con señas y mímicos movimientos trataba de decirle, después de todo, estaba acostumbrada a ello. Sin embargo, debía admitir también que, desde hace varios minutos, su sentido común le decía a gritos que algo extraño, hasta "escandalosamente extraño" podría atreverse a mencionar, ocurría con la silenciosa muchacha.

¡A quién engañaba! Un año entero había visto a su querida amiga cambiar, sin remedio alguno, ante sus ojos; sufrir inexplicablemente de la forma más taciturna posible.

Y no la entendía. De hecho, nadie podría hacerlo. Ni mucho menos ayudarla, no de la forma en la que ella lo necesitaba.

De pronto, la ventana se abrió con fuerza, aniquilando definitivamente la tensión restante en el ambiente, como si una mística criatura de colosal tamaño la hubiese empujado desde el exterior, para así, poder espantar o quizá, incluso, devorar al par de damiselas.

Pero, dejando de lado teorías que más parecían ser sacadas de un cuento infantil, las jóvenes atribuyeron, con certeza, el repentino suceso a una violenta ventisca, y lo corroboraron cuando luego de que la ventana quedara abierta de par a par, la nieve condensada con una imponente corriente de gélido aire comenzara a invadir la habitación.

Ambas se apresuraron a cerrarla. Suspiraron de alivio luego de colocar el seguro y cerciorarse de no volver a ser importunadas —y de paso, congeladas— por otro infortunio similar.

Casi al mismo tiempo, giraron sus rostros para encontrarse entre sí, mientras apoyaban su peso en la pared, respirando con agitación, y explotaron en carcajadas al percatarse de su estado, con los pelos revueltos de principio a fin, enlucidos copiosamente por motas de blancuzca nieve.

—¡Te ves terrible! —Se bufó Ching— ¡Y apuesto a que yo me veo peor!

Rieron hasta que las barrigas, ante tanta exultación, se les resintieran, hasta sentirse adoloridas. Sabían que valía la pena, pues cada vez eran menores los momentos que podían así compartir; momentos improvisados, fugaces, alocados, pero infinitamente dichosos y entrañables. ¡Cómo los añoraban!

Las cosas parecían ser mucho más sencillas en el pasado, cuando apenas eran unas niñas. A estas alturas, hasta solían pensar a menudo en lo mucho que darían por volver el tiempo atrás, por aprovechar cada segundo de aquellos días.

Por un segundo, inmersas en el frenesí de la remembranza, se sintieron nuevamente como dos pequeñas. Desearon tomar ese pedacito de tiempo y guardarlo para siempre, estirarlo si fuera posible. Mas no se esperaban que, en plena milésima de felicidad y sin opción a evitarlo, sean interrumpidas por segunda vez.

Alguien tocando a la puerta, el padre de Ching abriéndola, pasos acercándose a la habitación... todo fue tan rápido que apenas les dio la posibilidad de pensar al respecto.

—¡Lo olvidé, lo olvidé! —chilló la joven, mientras trataba esforzadamente de arreglar su cabello— ¡Rápido, Pucca, ponte linda!

Sin haber terminado de comprender la situación, Pucca se dispuso a obedecer las sugerencias —que más sonaban como a órdenes— de su compañera.

« Dijo que sólo estaríamos las dos »

Trató de llamar su atención un par de veces, tocando su hombro, haciéndole señas, buscando respuestas... pero sólo recibió indiferencia, expresada de forma afable y sutil, pero indiferencia al fin y al cabo.

¿Qué estaba tramando? ¿Acaso le había ocultado algo? ¿Por qué tanto misterio?

Y las respuestas llegaron, o mejor dicho, entraron por la puerta con abrigos de invierno y canastas de comida, sonrisas y abrazos afectuosos.

« ¿Garu...? »

—¡Al fin vinieron! —La de trenzas yacía ahora acurrucada entre los brazos de Abyo.

—¿Acaso perdías las esperanzas? Nos demoramos porque tuvimos que primero ir a entrenar, luego recoger la comida que tú me oblig... ¡Auch! —Un golpe en las costillas, propiciado por la chica, hizo que al instante reflexionara sobre lo dicho— Digo... que mi padre me encomendó —Y guiñó un ojo.

—Oh, ¡trajeron comida! —exclamó, con exorbitante (pero fingida) sorpresa.

Tanto Pucca como el ninja, al otro lado de la habitación, permanecían quietos, más silenciosos que de costumbre. Observaban el suelo, a sus amigos en plena expresión de afecto y alegría, a las ventanas, la puerta, y de nuevo al suelo. No eran capaces de cruzar una simple mirada.

No entendían nada. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

—¡Cierto, Pucca! —Se acercó a la citada, tomándola de las manos— Olvidé mencionártelo. Garu y Abyo se quedarán a almorzar. —Y viró la vista al varón— ¡Salúdala, Garu!

En verdad, parecían un par de muñecos, sin vida, sin gracia, siendo controlados a su antojo, y en contra de su voluntad, por un extraño y egoísta histrión. Garu caminó con pasos sinceramente "robóticos" hasta quedar delante la señorita y estrechar su mano por obligación, tratando, por supuesto, de ser lo más caballeroso posible.

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Sólo Dios sabe a dónde se fue la usual y conocida intemperancia de la de vestido rojo, durante cada minuto que tardaron en ordenar la mesa e instalarse, se mantuvo más quieta que una estatua y pereciese incluso que no pensaba moverse, o tan siquiera respirar, en lo que restaba del día.

Y eso no pasó desapercibido ante los ojos de aquellos presentes.

—¡Abyo, acompáñame a la cocina! —expresó Ching, halándolo.

—Espera, no se supone que...

—¡Apresúrate!

Con inhumana fuerza, las manos femeninas arrastraron al joven hasta la otra habitación. Dejando ahora solos a Garu y Pucca.

Ella seguía sin mover un solo músculo. Él lucía huraño, apenado, nervioso... todo menos cómodo con el escenario. Ambos seguían sin hacer el mínimo contacto.

Garu se aclaró la garganta y trató, sin ajetrearse en exceso, de buscar su acomodo en la silla. ¡Gran error! Al mover sólo un poco la pieza de madera, una de las patas de ésta se quebró, haciendo que cayera burda y estrepitosamente, desparramándose como un costal.

Quizá fue el hecho de que el mantel le cayese encima o la forma en la que se precipitó al suelo, tal vez el sonido estridente causado o el bisoño talante que se apoderó de él durante aquel momento de estupidez, pero, de una forma inexplicable, Pucca rió.

La chiquilla corrió donde el yacente Garu, tardó unos instantes pero al final lo hizo, y lo ayudó a ponerse de pie. Debido a la caída, su cabello era ahora una suerte de río prieto y fuliginoso. Las ganas de hacer algo al respecto se hicieron presentes y... un recuerdo, inexorablemente, llegó.

Las manos de Pucca recorrían la cabeza masculina, peinaban las brunas hebras como si de fina seda se tratase. Le hizo dos coletas altas. ¡Sí que se veían bien! Aunque para ella, siempre lucía perfecto. Al final, debido a la naturaleza rebelde de sus rizos, se terminó de peinar por sí mismo. Ella le dio un beso en la mejilla y él, así como en cada ocasión similar, se asustó y posiblemente asqueó. A ella no le importaba... "Algún día se dará cuenta",pensaba. Sonrió, agitando su cabeza, y rápidamente le dio un casto abrazo. Ella le quería, más de lo que él podría comprender.

El ver aquella sonrisa, cincelada delicadamente en su rostro, hizo que Garu perdiera los sentidos. ¡Estaba sonriendo, estaba feliz! Él la había hecho feliz... Y eso fue suficiente.

Y pensar que alguna vez la tuvo a su disposición; ciertamente, Pucca se había convertido en su segunda sombra. Al inicio era bastante incómodo, de hecho, nunca dejó de serlo; pero debía admitir también que, sin la muchacha a su lado, ¡quién sabe que hubiese sido de él en más de una ocasión!

Era linda, protectora, inteligente, cariñosa... entonces, ¿por qué no podía amarla? ¡Fácil! ¿A quién le agrada ser acosado las veintitantas horas del día? ¿A quién la agrada ver a otra persona humillarse por supuesto amor, que más tenía pinta de "obsesión"? ¡A nadie! Y Garu, que conocido fuese por su bestial e irritable temperamento, no era la excepción.

¡Le pedía peras al olmo si esperaba que se comportase como un tipo atiborrado de cursilerías! ¿Verdad? Pero... tal vez, y sólo tal vez, se le pasó lo mano al tratar de evidenciar su desagrado hacia el comportamiento de la muchacha. Y sólo se dio cuenta de eso el día en que, no sólo la perdió, sino que además, tanto su vida como la de ella se vieron en peligro debido al hechizo de... Tobe.

Su piel aún se erizaba y le crujían los dientes al traer a su memoria ese nombre; pero nada de eso importaba ahora, porque ella, justo delante suyo, sonreía y era feliz.

Entonces, ufano y con la más absoluta seguridad, engañado posiblemente por uno hermosa ensoñación creada en su magín, ciñó el espacio entre ambos... sin temor, sin vergüenzas, la rodeó suavemente con sus brazos; y la besó.

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—¡No te entiendo! —Se quejó Abyo— Cambias de plan cada cinco minutos, ¿qué pretendes ahora?

—¡Silencio, Abyo! —bramó Ching, cubriendo la boca del chico con sus manos— El plan sigue exactamente igual. Sólo que... les daremos un rato a solas.

—Es un chiste, ¿cierto? —Los ojos femeniles automáticamente lo fulminaron— ¡Ambos tienen un voto de silencio! ¿Qué esperas? ¿Que conversen telepáticamente de sus sentimientos y esas tonterías?

—¡Abyo! Tú no comprendes nada. Ellos necesitan tiempo para los dos, ya verás.

—Si hay algo que comprendo... es que no se puede pensar bien con el estómago vacío. Te aseguro que estarán de mucho mejor humor para esas cosas después de comer.

Omitiendo los quejidos de la contraria, Abyo tomó la cesta y los platos que había dejado listos previamente, y se aproximó a la habitación principal. Inmensa fue su sorpresa cuando, lo que encontró, fue a Garu, sentado en una de las sillas, cubriendo su rostro con ambas manos, entristecido, solo... Éste último detalle fue inmediatamente apreciado por Ching.

—Garu... —Y la menor notó que la puerta estaba abierta— ¿¡Dónde está Pucca!?

Se dirigió tan rápida como un rayo hasta la entrada, mas fue en vano; y por más que la llamó por su nombre en innumerables ocasiones, no hubo respuesta alguna. Se había marchado.

—Hey... No creo que valla lejos con esta tormenta, seguramente debe estar camino a casa de sus tíos.

Cuán equivocado estaba Abyo, Ching lo sabía a la perfección.

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N/F:

-Like por el final inesperado xD

- *La matan* Sorry c': Sé que odian cómo finalizo los capítulos, pero bueno... ¡Son drabbles, amigos! Les prometo que al final, todo tendrá sentido, por la garrita.

-De verdad, de verdad, de verdad, no saben cómo me animan sus comentarios, al igual que muchos, tengo problemas en mi vida personal, salud, etc., ustedes significan para mí bastante más de lo que se imaginan. ¡Los amodoro! *3*

-Nos vemos prontito.

¡Besitos de fresa! -Lady Strawberry Geek