SER TUYO
LIBRO 2º: INVASION.

Capítulo 11,
Una tarde en el Museo.

Charlie ordenaba su despacho como era su costumbre. No es que no tuviera quien hiciera el trabajo por ella. Tres veces por semana una dama venía a dejar impoluto y quitar el polvo casi inexistente. Pero reordenar las cosas le ayudaba a ordenar sus ideas. Mover unos centímetros el búcaro de porcelana china, probar otro ángulo para el portalápices y el portaclips…

Pero el día presene, definitivamente, no iba a funcionar con tanta facilidad. Un ruido casi imperceptible, distrajo su atención. Un Megamente contrito e impecablemente vestido le sonreía con timidez desde el otro lado de la habitación.

-¿Dónde está? ¿Puedo saberlo? Le dio el esquinazo a los cerebots y a mí dejando el collar en el departamento.

La psicóloga lo observó con ojo experto. Las ojeras y rojeces en los ojos. Las arrugas de preocupación tensando la comisura del labio. ¡Ah! Era excitante tenerlo en vilo y saborear por primera vez cierto dominio sobre el individuo que había tenido en orden ascendente, riendo, aterrada y luego fascinada a toda una ciudad. Pestañeó un par de veces con lentitud…

-Me gustaría seguir ahondando sobre los incidentes de su juventud antes de decidir si decirte donde se encuentra. Has llevado su vida en un columpio desde que era pequeña. Debes demostrarme que realmente es en su beneficio seguir a tu lado. Eres un imán para los problemas. Amén de para algunas mujeres de carácter débil.

-Pero…

-Sí, admito que ella siente algo especial por ti… Pero, ¿Puedes acaso asegurarle algún tipo de estabilidad? ¿Alguna clase de futuro donde no corra constante peligro? Sé bien cuanto disfruta esas cosas, pero no toda la vida tendrá la misma suerte. Algún día puede salir lastimada. En más de un sentido.

A medida que discurría el discurso, él fue bajando su cabeza y negando con suave lentitud. Cuando Charlie volvió los ojos hacia él, se había marchado.

¡No! Pensó. Quería que lo intentaras. Quería que prometieras que ibas a cuidarla. No que escaparas antes de dar la pelea… ¿Acaso tampoco crees posible una vida más normal a su lado?

Con pesar recordó las palabras de su amiga.

…"Había quedado de juntarme para una entrevista con Metroboy. Quería sacar a colación su conducta preescolar. Echarle en cara las humillaciones del niño azul. Aún temblaban mis labios cuando recordaba aquél tonto y sentimental primer beso. El fuego cerúleo y candente que había abrasado mi boca. Hablamos. Me engatusó un poco, Quedamos de continuar conversando más tarde… Era un gran orador, su ropa era estilosa y olía condenadamente bien. Sus palabras me encandilaron. Sentí su brazo sobre mi hombro, y por unos momentos no me importó demasiado, ni siquiera que toda la escuela lo viera… Aún barruntaba los ideales plasmados en su discurso, cuando de improviso…
Ahí estaba él. Me quedé sin aliento. No sé que había ido a hacer a nuestra secundaria, pero una parte de mi corazón latía dichosa y feliz de verlo de nuevo. Pero el no se veía para nada feliz… para nada.

-¿Cómo pudiste? ¿Cómo puedes ser precisamente la novia de él?
Había dolor y amargura en sus ojos. Dagas en sus palabras…

-Eres una idiota. Caíste como todos entre sus redes, me dijo. Su voz sonaba quebrada. Creí que eras diferente… Dijo arrojando a mis pies un número del diario escolar.
Era precisamente el artículo que había escrito a la sazón por nuestro encuentro, sobre los adolescentes que tienen que trabajar para sobrevivir.

Me dio un empujón, no uno fuerte, sólo me rozó al salir corriendo. Se volvió por un segundo y sus ojos parecían fundirse mágicamente en menta líquida… me quedé sentada en el lodo. Aturdida. No había hecho nada, no le había hecho ningún daño, pero me sentía culpable. Era la causa de su dolor… Yo, que quería ayudarle y remediarlo.

Dolió. Pero era lo suficientemente responsable para saber que esa entrevista debía hacerse, con extraterrestre herido o sin él"…

-¿Qué debería hacer? Se dijo Char, pesarosa. ¿Ayudarlos, o ser abogada del Diablo o separarlos por su propio bien? Ahora debo considerar a la criatura en la ecuación, se
recordó.

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-Sabes que debo marcharme… le había dicho que seguramente se llamaba Melanie o algo por el estilo, ya que había recordado que su madre solía llamarla Mel. Evocó la silueta, bella, fría, elegante… con ojos crueles de criminal sin corazón… manipuladora.

"- Llora, cariño, llora con ganas para que el guardia se distraiga. Estaban en una joyería. ¿Porqué no podía recordar cosas bonitas de su infancia? ¿Es que nunca comió helados en el parque, subió a un columpio… flirteó con un chico guapo?".
Los recuerdos salían a flote, iban y venían. La vergüenza le daba determinación.

-Mel… degustó Wayne. La palabra sonaba dulce y deliciosa en sus labios gruesos y rotundos. Me gusta, le dijo. Anais era el nombre de mi gata…

-¿Me llamaste como a tu gata? Por un momento breve sus ojos se volvieron azules y fríos como los de su madre…

-Pero la quería mucho, se disculpó él compungido. No había sido suficientemente rápido esa vez, sus poderes estaban aún aflorando y la duda de un segundo había sido la causa de que Anais muriera atropellada. Había pensado en si sería castigado por dañar el vehículo o si podía hasta volcarlo y en lo que le diría su padre cuando supiera lo que había hecho por salvar un maldito gato… mamá lo había consolado esa vez:

-No conviene encariñarse demasiado con nadie ni con ningún animalito, Wayne, nunca se sabe cuado van a morir y a dejarte con el corazón destrozado.

-Lo siento… su rabia se disolvió. Miró al gigantón y sólo vio dos ojos dulces de cachorro desvalido. Había cogido un candelabro sin querer y su mano sin pensarlo empezó a apretar de manera espasmódica.
Él desvió sus ojos hacia el objeto con curiosidad.

-¡Vaya! ¡Sí que nos estafaron bien en Túnez! Definitivamente eso no es plata maciza, era vulgar lata sobredorada… Cogió el estrujado objeto de sus manos.

-¿Qué? Oh, lo siento, perdóname, dije ella compungida…

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Killariann había descubierto casi sin querer el gusto por la ropa. Ahora estaba tarareando una de las melodías que había bailado en la fiesta, mientras se vestía.
¿Qué te pones para visitar a un literato en su lugar de trabajo? No tenía la más remota idea, y no quería molestar a la esposa del alcalde porque ésta haría una gran alharaca de ello e insistiría en comprarle ropa nueva…

Se puso una minifalda color ciruela y una blusa plisada y vaporosa de color blanco lechoso, con unos coquetos zapatos con correa al tobillo.
Le habían perforado las orejas, así que se puso un par de argollas gitanas con un pequeño gemido de de dolor.

-¿Qué tal me veo, Derivann?

-Una princesa siempre es una princesa, dijo la anguila con una reverencia, pero ¿Porqué debe vestirse de manera tan plebeya para i ra consultar al señor Summers?

-Eh… ni yo lo sé, pero me gusta, dijo sacado un brillo labial color guinda seca y aplicándolo en sus finos labios mora suave.

Cuando llegó a su destino, todo el mundo se paralizó. No por que fuera extraterreste, No porque fuera la novia alienígena de Megamente, sino porque resplandecía. Había alegría, vitalidad, dulzura femenina y inexperiencia amorosa en la gracia de sus movimientos. Cuando llegó a la sala donde trabajaba Bernard, los encargados se quedaron mudos y ciegos. Éste sencillamente sintió cortado su flujo de elocuencia sapiente.

-S-se-señorita Killariann, no creí que tomaría en serio mi invitación, dijo poniéndose color tomate.

Pronto, al ver el genuino deseo de conocimiento en ella, su cortedad dio paso a una verborrea deslumbrante. Le mostró cada dependencia del museo, le explicó cada ponencia y gráfico.

Ella escuchaba en perfecto silencio y sólo le interrumpía cuando era presa de alguna duda.

A la hora de almuerzo bajaron al casino del Museo.

-Oh, ¿En serio puedo quedarme? No quisiera abusar, me ha dedicado Ud. la mañana completa…

Compartieron unos bocadillos de atún, palta y lechuga y unas Coca-Cola light. Bernard estaba nervioso de nuevo. La chica lo observaba con sus enormes ojos y sin querer había desviado la vista hacia sus adorables piernas color cielo, que culminaban en esos provocativos zapatos de charol. ¿Serían así de suaves como se veían al tacto? Ése súbito pensamiento, y compararlas con un núbil durazno tempranero, le produjo un escalofrío. No era, obviamente, el tipo de pensamiento que habitualmente moraba en su cabeza…

-¿Señor Summers? Inquirió Killariann. Si gusta, podemos empezar con las clases de idiomas humanos… dijo retirando su brazalete.

Él tomó sus dedos con delicadeza. Era una excelente idea empezar con una clase de anatomía. Empezó a nominar las partes de su cuerpo y ella trataba de repetirlas, con un mínimo margen de error.

-Dedos, mano, brazo, cabeza, torso…piernas, pies…

Ella apuntó a la parte superior del torso.

-Pecho… dijo él tras una breve vacilación. Unas gotitas de sudor bajaban por su frente. Le había echado un buen vistazo a la zona antes de decidir como llamarla.
Para no comprometerse, le siguió indicando los objetos que poblaban el Casino. La alienígena repetía con entusiasmo cada palabra y cobraba seguridad y precisión por momentos. Derivann,que los seguía con una exoarmadura de forma aracnoide reducida, también rumiaba la información de manera silente. No quería, si a su ama se le metía entre ceja y ceja hablarle el humano, quedarse colgado.

-Bueno, parece algo cansada, creo que sería divertido si me señala las mismas cosas en blunariano, dijo Bernard sacando su pequeña cámara.
El juego no resultó tan fácil en esta modalidad. Muchos de los objetos y alimentos eran diferentes en su planeta nativo. Después de dos horas de aprendizaje, volvió a ponerse el brazalete.

La condujo a las salas de lectura, donde estuvo mostrándole libros y enciclopedias en DVD. Era impresionante como el conocimiento era una verdadera sed para esta raza, se dijo él. Es una pena que sólo queden tan pocos. Estaba pensando eso, cuando vio que Killariann se aventuraba más de la cuenta sobre una escalera, tratando de coger un enorme libro que reposaba en la parte más alta de la estantería. Olvidando la gracia natural que la caracterizaba, trató de acercarse a sujetarla para impedir que cayera, con tan mala suerte que tropezó…

-Señorita…

Y su mano terminó apoyada en el derrière de la Princesa.
Enrojeció violentamente por un segundo, antes de sentir un dolor agudísimo en la cara anterior del muslo derecho. Rápido como el rayo, Derivann había desplazado parte de su cuerpo serpenteante y lo había impulsado hacia delante para morderlo en esa delicada zona.

-¡Como ssse atreve a tocar a la Princesssa!
-¡Derivann! La chica estaba escandalizada y enfurecida. ¿Cómo pudiste? ¿No ves que fue un accidente? Pateó a su sirviente hasta alejarlo del malherido catedrático.

-Oh, lo siento tanto, Señor Summers, había empalidecido hasta un fantasmal azul claro, pero sus mejillas y orejas lucían como las moras maduras… Derivann es un Servil Guerrero, me protege hasta de mi sombra.

A pesar de que se sentía desmayar, pudo ponderar lo hermosa que se veía así. Luego todo fue sobresaltos…

-Bájese los pantalones, por favor, dijo ella compungida.
¿Estaré alucinando?, se musitó a sí mismo Bernard.
-Tengo que quitarle el veneno…
-¿V-v-ve-veneno?

Ya que él no reaccionaba, Killariann se aventuró a bajarle los pantalones ella misma. Le ayudó a sentarse en una silla, y, procedió a succionar algo de sangre de la herida y la depositó delicadamente en un pañuelo.

Un ayudante que pasaba, se quedó de piedra. Luego salió hecho un Concorde. Segundo después, eran varios los encargados curiosos que comentaban y reían de la escena.
-Es lo más cerca que estará Bernie de tener acción con una chica… musitó una mujer, malignamente.
-Tienes toda la razón, afirmaron los otros. Para ellos, Bernard era un gruñón imposible y sólo sonreía cuando estaba enterrado y perdido entre los libros y las ponencias del Museo.

El jefe, algo repuesto, miró furibundo al público, que se disolvió como almas que lleva el diablo.

-Creo que ya está… dijo Kill limpiándose los labios con una servilleta. Derivann aún gruñía molesto en un rincón. "Bonitos calzoncillos" dijo la princesa, para hacer enojar más a su sirviente, mientras echaba un vistazo a los bóxers de popelina cuadrillé del infortunado encargado del museo.

-Er, gracias, dijo el literato cubriendo sus vergüenzas.

-Y tú, ven y discúlpate.

-lo siento mucho, cometí un error, dijo el servo entre dientes, sin gana alguna de retractarse.

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En el intertanto, Roxanne llegaba a su destino. La casa de su madre se hallaba a un par de horas del centro de la ciudad, pero había demorado un poco más porque había dormido en el departamento de Char.
Aún cojeaba un poco, con trabajo, sacó las llaves y entró. Su esperanza era que Madeline se encontrara muy ocupada para hacer preguntas, pero esta se desvaneció nada más entrar. Su madre estaba sentada en un sillón y la observaba con serena y seria curiosidad.

-Hola Mamá, disculpa por no venir el día de las madres, estaba algo ocupada, musitó con vergüenza.

-Si, he visto por televisión lo agitada que ha estado tu vida últimamente.
Su madre tenía el don de percibir las cosas con tanta facilidad, que siempre se sentía terriblemente incómoda cuando escondía algún secreto, por inocente que fuera.

-Has estado saliendo con el chico azul, ¿cierto? Y de seguro las cosas no han sido como esperabas, han peleado y aquí estás… lastimada, confundida…

-¡NO quiero hablar de eso ahora! Por favor Mamá, déjame en paz…

-Roxanne…

-Oh, mamá… lo siento, lo siento tanto…. Cayó de rodillas mientras su madre se agachaba y la abrazaba. Ya no podía contenerse más y dejó manar las lágrimas que la embargaban.