SER TUYO
LIBRO 2º: INVASION.
Capítulo 42, El diario de la Princesa.
El día comenzaba como todos. Con Bernard levantándose temprano para irse al trabajo. Un rápido desayuno juntos y él se marchaba. Pero a pesar de estar tanto encerrada, Killarian tenía bastantes cosas que hacer. Leía, actualizaba su agenda, Veía algo de televisión, estudiaba sus lecciones de idiomas humanos… pronto no necesitaría del brazalete. Sonrió. Esta noche esperaba sorprender a su casero, dejando olvidado el artilugio y demostrándole en vivo y en directo sus progresos.
Algunos días daban un corto paseo nocturno, al abrigo de la oscuridad y con sólo las estrellas por testigos. Él le contaba como había estado su día, y tomada de su brazo, su llamativo cráneo azul tocado con una boina, ella escuchaba atentamente y disfrutaba todas esas pequeñas cosas… y también le relataba cuantas cosas había descubierto en su diario y sobre la humanidad.
Vivían un día a día sin sobresaltos… salvo cuando Derivann se distraía y por accidente se miraban a los ojos. Entonces, una súbita premura hambrienta y silenciosa les sacudía como una corriente eléctrica. Ofuscados, miraban para otro lado… y retomaban su conversación poquito a poco.
Esa tarde se sentía preparada para todo. Incluso para cocinar. Su sirviente gruñía. Le parecía indigno que su Ama se rebajara a preparar una cena para "ese humano".
-Somos huéspedes de Bernard, Derivann. Debemos demostrarle nuestro agradecimiento de algún modo.
Todo parecía estar en su punto y había seguido al pie de la letra las instrucciones de la sonriente anfitriona del programa de cocina… Miró sus manos ligeramente ásperas por el detergente, mientras lavaba todos los utensilios. La comida estaría lista justo cuando Bernard terminara de vestirse. Éste había llegado algo sudoroso y cansado, había tenido un largo día en el Museo… Las viejas armas e inventos que el héroe de la ciudad había donado habían sido más difíciles de instalar de lo que él había creído.
Mientras se ponía un bonito vestido que había sido de Roxanne, Killarian vislumbró un brillo inusitado en su tableta.
-Femhar, interfaz visual…, mientras manoteaba con el cierre del vestido.
La holoserva apareció en una ráfaga de brillantes puntitos.
-Princesa, tiene un mensaje de la Princesa de la Casta Émpata.
Killariann sonrió. Era la princesa con quien tenía mejores relaciones. La Princesa de la Casta Guerrera y la Princesa de la Casta Progenésica eran más extremistas en sus posturas. La primera era fría, calculadora y sin sentimientos. La segunda, era toda débil llorosa y blandengue, ¡se emocionaba por todo!.
-Pon el mensaje, Femhar, veamos que tiene que decir Erebiisia.
El rostro de la bella blunariana criada en el planeta 51 aparecía demudado y ensombrecido.
-De Erebiisia, residente en el planeta 51 a Killariann, residente temporal en el planeta Tierra, comunicado no oficial, secreto. La figura holográfica miró hacia atrás, por encima del hombro.
-Lo siento Killariann, debo ser breve, si soy descubierta seré acusada de alta traición al Alto Mando Blunariano…
Querrá decir a Vespassiaxx, maldito militar pomposo, cree que todavía existe el Alto Mando, si sólo hay ocho de nosotros… se dijo interesada, pero aún no preocupada Killariann.¡ Kasillaii lo confunda, a él y sus tontos juegos de guerra!
-El Alto Mando del Proyecto "Nueva Blunaria" ha decidido declarar que ya que tú y Lexterionn están en abierta rebeldía, deberán ser declarados traidores y tratados como tales, es decir, todo el consejo se trasladará a tu Subsector espacial para hacerles un Consejo de Guerra… y convertirlos en reos del Gobierno…
Lo siento, no debía decirte nada, pero creo que es una soberana tontería. ¿No deberíamos estar unidos?
Trataré de hablar con los otros elegidos, pero dudo que me escuchen, ya sabes la autoridad y el poder que le confirió el Proyecto a Vespasiaxx. Los humos se le han subido a la cabeza.
¿Porqué demorais tanto en concebir ese niño, por amor de Nervannia?
¡Adiós, salve Nueva Blunaria!
Amiga... cuídate…
La figura holográfica de Erebissia se había ido emocionando por momentos y terminó la comunicación con sus ojos enrojecidos pegados al holocomunicador, mientras estrujaba sus manos cargadas de dorados y finos brazaletes tintineantes con angustia.
Killariann meditó, ansustada, mientras se paseaba de un lado a otro del cuarto. Sabía que vendría este día. En vano había tratado de convencer a Lexterionn. Había ido apreciando el amor y a los humanos y había olvidado con su encarcelamiento que el pasado iba a alcanzarlos… por vergüenza no había comentado a las otras Princesas los verdaderos motivos por los cuales no sería posible su unión con Lexterionn.
En la cocina, Bernard la llamaba.
Al acercarse, vio una nube de humo.
¡Oh, Lunas de Namek! ¡Había olvidado el horno! La cena se había arruinado…
¿Qué seguía haciendo aquí? Pondría en peligro a este humano tan amable que había cuidado de ella… Con su mente confundida, sólo atinó a salir por la ventana y luego marcharse por la calle, corriendo.
Al rato, Bernard pudo escuchar a Derivann:
-¡La Princesssa! ¡La Princesssa ssse ha ido! Siseó con incredulidad la anguila. No podía creer que su ama se marchara sin él.
-¡Cálmate! Le dijo Bernard, Sé que no te agrado, pero deberemos trabajar en equipo. Vamos a dividirnos los lugares más cercanos y los alrededores que Killariann conoce. Si la encuentras, deberás mandarme un mensaje al celular.
Ojalá tuviera la mitad de la seguridad con la qué hablado… se dijo el bibliotecólogo. En este momento me siento más angustiado que esta anguila psicópata. Vio el brazalete olvidado de la Princesa. ¡La pobre ni siquiera podría pedir ayuda sin él!
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En un hospital de centro de Metrociudad, una adormilada muchacha de radiante cabello rubio velaba a un muchacho inconsciente.
-¡Por favor! Que no le suceda nada. ¡Yo no quise hacerle daño!
Al rato después de recriminaciones varias, el joven se movió, emitiendo algunos quejidos. Abrió los ojos con ademán teatral.
-Ah, ¡estabas preocupada por mí, mon cheriè! Dijo con voz débil el aportillado Lance.
Miró significativamente la mano de Melissa en la suya. Esta intentó retirarla con delicadeza.
-Veo que ya está bien, señor Lafontaine… tengo muchas cosas que hacer, vendré a más rato a hacerle compañía.
-Pero cheriè, me siento tán debil… No me basta con una promesa de volver, espero que esto al menos me valga una invitación a cenar y a bailar…
-Er… ¡Claro, por supuesto!, lo que quiera señor Lafontaine, dijo Mel, logrando por fin desasirse del persistente galán de pacotilla.
Unos ojos superopoderosos de metal azulado y unos superoídos registraban cada movimiento y sonido en el cuarto del hospital, no sin disgusto para el dueño de tan fantásticos poderes.
Cuando Melissa, llegaba a su departamento, el espía la abordó.
-¿Wayne? ¡Cielos!, estoy cansadísima…
-Solo tardaré unos minutos… Estuve averiguando algunas cosas sobre ese reportero, creo que deberías cuidarte de él… Alegó extendiéndole un abultado dossier de fotocopias.
La chica, agotada, se puso los brazos en jarras y miró a su enseñante con fastidio.
-¿Estuviste espiándome?
-No, no como crees, tengo que cuidarte, ¿acaso no soy tu mentor?
Su rostro sincero de cachorrillo, terminó por suavizarla. Es como un San Bernardo, se dijo, enorme como para comerte un brazo de un mordisco, pero tan dulce, que te derrites…
-Bueno, gracias por la ayuda, profesor, ahora, si me disculpa, debo darme un baño, cambiarme y dormir un rato, o mañana necesitaré tanto maquillaje como una capa de estuco…
-Mel…
-¿Sí, Wayne?
¿Como decirle que quería abrazarla en sus enormes brazos, pero temía lastimarla, como decirle que quería besarla como un poseso?
-… Cuídate.
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Charlie reposaba sobre el torso desnudo de Edile. Con su cabeza oscura apoyada sobre su corazón, podía oír los latidos fuertes y regulares que para ella eran como una música. Éste ya casi se rendía al embrujo de Morfeo, luego de una sesión frenética de sexo enardecido. ¡Oh, doctorcito! ¡Cuantos progresos en la Facultad Amatoria en tan poco tiempo! Se merecía un buen diploma… por el momento tenía acceso total a su corazón…
Ya le había contado todo lo que podía de su vida pasada, de sus miedos, de sus angustias, de los hombres que habían intentado seducirla o forzarla, de las pocas esperanzas que tenía de encontrar alguien sincero, honesto y sin pareja a su edad… pero no podía contarle el temor que sentía de que otra mujer "lo descubriera" y accediera a todo aquello que ahora podía considerar suyo, al concierto de jadeos, a la ternura, a las caricias posteriores al acto… Cada uno un tesoro en sí mismo, propiedad valiosa y rara de la que pocas mujeres podían hacer alarde de tener… El amor de su hombre era puro y sin dobleces, tímido y respetuoso, agradecido y sin par.
Tal vez era "el" momento de dejarse domesticar. Vivir juntos y dejar de jugar a las escondidas… ¿Pero como confesarle que no se animaba por temor al fracaso? ¿A quedar nuevamente herida, y esta vez con una herida tan profunda que no habría retorno? Ah, Edile, Edile…
Lo abarrotó de besos, enamorada y agradecida. Su guapo, delgado y lampiño Edile… todo suyo y hecho para su deleite y felicidad…
El científico se sobresaltó por la perdigonada y se restregó los ojos.
-¿Qué?, ¡Pero si no han pasado veinte minutos, aún no me recupero!
-¡Tontuelo…! Char lo besó con dulce ternura y se abrazó a él como una hiedra feliz. Que sea lo que Dios quiera, musitó para sus adentros.
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Mientras, Roxanne terminaba de cenar con Megamente. El delgado alienígena se había repetido dos veces y parecía fuera de combate.
¡Adiós diversión! Se dijo la reportera. Este polluelo se dormirá apenas ponga esa celeste cabecita en la almohada.
Pero las alarmas los sobresaltaron. Inmediatamente, sonó el teléfono que comunicaba en línea directa con la central de la Policía.
El extrarrestre llegó de un salto junto al aparato y conectó el altavoz.
-¡Chico Azul! ¡Aquí Smithson!
-Aquí Megamente, te copio Smithson.
-Un dos veinte en la Avenida Caine, con Hatcher.
-¿Dos veinte?
-¡Choque de vehículos de pasajeros con varios heridos! Acotó Servil, que acababa de saltar al exotraje.
Ambos héroes corrieron con una turba de Cerebots a la zaga, para abordar rápidamente el vehículo que permanecía disfrazado de furgón de carga frente al edificio.
-Y bueno… dijo Roxanne. Nos hemos quedado solas de nuevo, Marla, ¿Qué hacemos?
-¿Quieres jugar Uno?
-Lo dudo, paso, ¿qué gracia tiene si puedes adivinar mis cartas?
-¿Tele?
-Bueno, tele. Vamos a criticar a los reporteros que estarán en el sitio del suceso…
-¿Lo extrañas mucho, verdad?
-Era mi vida. Pero por el momento, se me hace más sano quedarme en casa que correr a los accidentes, asaltos e incendios… agregó la chica del cabello corto con una resignada sonrisa, mientras acariciaba el notorio abultamiento de su camiseta.
Los pequeños alevines dormitaban al fondo del estanque. Marla los miró con ternura. Mentalmente brindó por los pequeños milagros de la existencia.
-Y que lo digas, agregó Roxanne con una amplia sonrisa, cogiendo el control remoto.
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Un repentino chubasco llenó la calle de gente corriendo mojada, gritando llenos de sorpresa y confusión. Bernard avanzaba entre la gente, mirándoles silente. Sin poder pronunciar el nombre de la persona a quien buscaba entre el gentío.
Recordó que se encontraba cerca de una pequeña plaza. Un diminuto refugio donde estuviera varios crepúsculos con la Princesa, tomados ligeramente de la mano, contemplando el siempre sorprendente y bello espectáculo del paso del anaranjado al negro de la noche, viendo como poco a poco se dejaban caer las estrellas, como invitados rezagados a una fiesta.
Se sentó a secar sus lentes. Se sentía helado y empapado. Pero su ropa era gruesa… ¿cómo se las arreglaría la chica para no helarse con el delgado vestido que solía usar? Deseó fervorosamente que al menos se hubiera puesto su aislante y resistente traje espacial…
-Por favor Killariann, vuelve… Le dijo a la nada. Te extraño. Te necesito para sentirme vivo. Quiero tener el valor de decirte que me gustas. Quiero volver a besarte. Cómo quisiera tener el valor de decirte estas cosas sin tartamudear.
Oculta tras un árbol, Killariann sentía el latido desacompasado de su corazón. Una dulce y dolorosa angustia rayana en la alegría. ¡Sus sentimientos eran compartidos! Pero la amenaza que se cernía sobre ellos, sólo podría poner en peligro al hombre que estaba conquistando su alma. Intentó alejarse si ser oída, pero al estar empapada, no pudo reprimir un estornudo con el consecuente escalofrío…
-¿Princesa? Bernard vio su silueta demarcada por la prenda estilante. Su cráneo inconfundible y su agilidad mientras ella se alejaba a paso vivo… Corrió, lo mejor que podía, sintiéndose algo ridículo, pero sabiendo que no podía dejarla marchar así como así…
Logró, tras grandes esfuerzos, cogerla del brazo en medio de un chubasco torrencial que les apegaba la ropa al cuerpo y los hacía tiritar… Quitándose los lentes, totalmente inservibles, dejó que sus ojos se embargaran de esos ojos imposibles e inhumanos, pero llenos de sensualidad felina y ternura delicada…
Se besaron, como si fuera el primero y el último beso de la humanidad con el infinito, con los labio temblorosos y mojados, sintiendo como la tibieza reconfortante e incandescente de ese beso y ese abrazo les enardecía los cuerpos y les nublaba la mente de tal forma que ya no había calle, ni noche, ni chubascos, ni parque… mientras la naturaleza se vaciaba inclemente sobre sus cuerpos y la lluvia fluía sobre su ansiado momento…
La tomó, pese a sus protestas, en sus brazos… y la llevó de vuelta a su casa.
La desnudó y la metió en la bañera llena de agua tibia y luego la envolvió en una suave toalla, donde parecía una exótica flor venida de un mundo remoto.
Ya reconfortada, Killariann le ayudó a desvestirse, ambos presas de un delirio y una fiebre avasalladores, que consumían la razón y los peros.
Con dedos temblorosos le quitó el sweter, le ayudó a quitarse los pantalones y los calcetines… Y ya en ropa interior, siguieron el camino deslizante y sedoso de los besos… aterciopelados y lujuriosos.
Bernard introdujo sus dedos en la suave envoltura de la toalla. Acarició los pechos palpitantes de la Princesa, recreándose en su forma, su textura, su peso… sus dedos resbalaron por cada curva, bajaron por su torso, recorrieron su espalda, mientras su labios no tenían reposo. La sintió temblar y gimotear cuando se atrevió a relevar a sus manos con su boca…
Las manos de la ninfa azulada, poseídas de vida propia, recorrían a la par los terrenos virginales del catedrático… le quitó la camiseta y besó cada palmo de su tórax, mientras sus dedos deslizantes descubrieron el cambio de volumen y densidad que habían despertado todas estas fogosas manipulaciones. Sorprendida, le ayudó a quitarse la ropa interior. Frotó, palpó y acarició con su nariz y su lengua, hasta que sintió unos leves gruñidos de angustia provenientes del humano con quien compartía estos momentos únicos…
Se recostó suavemente, mientras Bernard se inclinaba sobre ella, guiando su órgano con suave delicadeza, lenta pero decididamente, hacia su interior… todo su ser se estremeció cuando sintió la plenitud total de ese vacío, llenándose por primera vez, primero con aterciopelada carne candente, con líquido sedoso e hirviente después…
Sus grititos de placer y los leves y graves gemidos del humano se entremezclaron en medio del silencio monacal de la madrugada de Metrociudad.
Una hora después, cansado y molesto, Derivann se deslizó al interior de la casa, reptando y entrando en su estanque. Dormiría un par de horas, antes de seguir buscando a la Princesa. Al menos su intuición infalible de Servo le decía que no corría peligro inmediato… Que él supiera.
