Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola, gracias por entrar n.n
Veremos cómo se las arreglan Zoro y Wicka para encontrar a Brook, aunque algo me dice que será bastante complicado.
Les cuento que el fic está casi terminado, así que tal vez pueda empezar a acelerar los tiempos de la actualización. Al menos espero poder hacerlo.
Saludos para nn, muchas gracias por continuar leyendo :D
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
IV
Hacia allá
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Porque el que busca a veces encuentra… incluso a un esqueleto
Contando con Franky y el Sunny para el resto de la travesía, Wicka se sintió mucho más confiada y tranquila. El nuevo destino la motivaba, Brook era uno de los nakamas de paradero desconocido al inicio de la aventura y ya iban a su encuentro. Se alegraba de haber ido con Zoro y de compartir con los piratas una pesquisa tan emocionante.
Buscó al espadachín con los ojos y lo halló dormitando en un rincón, según su costumbre. Ella meneó la cabeza con resignación. Nada de la emotividad del momento parecía afectarle. Qué cosas lo conmovían y cuáles lo movilizaban más allá de las órdenes del capitán o las exigencias de las circunstancias todavía constituían para ella un gran misterio.
Guardaba dentro de él, muy muy muy adentro, cierto grado de sensibilidad, Wicka lo sabía bien porque lo había visto en más de una ocasión. Sin embargo, a veces se volvía tan apático que le costaba conciliar su imagen de pirata comprometido con ese sujeto que roncaba a pierna suelta. En su esforzada inclinación por comprender al ser humano, la pequeña concluyó que seguramente cada uno de los hombres estaba conformado por innumerables aristas y que no siempre se llegaba a conocerlas todas, o a hacerlas congeniar.
Franky pasó a su lado llevando un gran rollo de cuerda y se detuvo al descubrir su ensimismada contemplación. Siguió el rumbo de su mirada y sonrió al comprender.
-Viéndolo en ese estado no parece el super espadachín que conocemos, ¿verdad?
Ella, sentada al pie del palo mayor, se volvió hacia el ciborg con la carita llena de curiosidad.
-¿Por qué duermen tanto los Mugiwara? –indagó, recordando los días posteriores a la victoria en Dressrosa-. En nuestro ejército, reducimos las horas de sueño a las meramente necesarias.
-Primero que nada, pequeña, nuestro grupo dista mucho de ser un ejército –repuso Franky-. Y la razón es muy sencilla: cada vez que luchamos, sea en el lugar que sea, contra quien sea y para defender la causa que sea, ponemos toda nuestra energía y nuestro corazón en ello. –Hizo una pausa y volvió a mirar a Zoro-. Cuando uno pone tanto de sí, es lógico que llegados al final de la batalla necesitemos dormir para reponer fuerzas.
-Pero Zoroland no viene precisamente de combatir –señaló ella en tono regañón. Demasiada explicación y escasa precisión para un interrogante de lo más simple.
El otro volvió a sonreír.
-Entonces duerme para recargarse y almacenar. Dormir es algo así como su bebida cola.
Y prosiguió su camino. Wicka hizo una mueca. Entendió la idea, pero, según su mentalidad "militar", le pareció que la disciplina de los Mugiwara dejaba mucho que desear.
Se levantó y fue hasta la baranda, donde se acomodó para contemplar el inmenso mar que los rodeaba. Esa parte del Grand Line no era muy distinta de lo que conocía del Nuevo Mundo, ambas extensiones compartían una complejidad tan asombrosa como intimidante. Sólo en su forma de manifestarse se notaba la variación.
Hubiera querido meditar en ello más profundamente, pero al poco rato se vio en la obligación de dejarlo atrás. Bordeada de neblina, a babor, asomó la isla hacia donde se dirigían.
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Sólo desembarcaron Zoro y Wicka en la aislada bahía donde Franky mantendría al Sunny a salvo de las miradas indiscretas. Desde cubierta el ciborg les deseó suerte, y vaya si la necesitarían. Era la primera vez que Zoro pisaba ese lugar y la corneja que pasó volando sobre su siniestra graznando de forma espeluznante auguraba ominosamente los reveses por los que transitarían, tal y como le había sucedido al célebre Campeador.
La zona urbana se alzaba del otro lado de una colina que tendrían que rodear. A Zoro le hubiera resultado más práctico e instructivo tajearla hasta reducirla a un montículo de tierra, pero Wicka lo llamó de inmediato a la sensatez con unos dolorosos coscorrones en la mollera. Nada de destrozar la geografía de un lugar al que apenas acababan de llegar, mucho menos si la isla carecía de villano.
El espadachín bufó, inconforme, pero con demasiadas magulladuras en su cabeza como para insistir. Hubiera sido una estupenda entrada en calor. Aunque debía reconocer que no estaba allí para entrenar, sino para buscar a su nakama.
Avanzaron entre la vegetación. Wicka iba acomodada en su hombro cual insigne vigía. La colina no era muy elevada y parecía fácil de sortear, tendrían que remontar la ladera y descender por el otro lado, cosa que a priori sería como un paseo más. Sólo que un "paseo" con Zoro terminaba por convertirse en una verdadera vuelta por el infierno con anonadante simplicidad.
Un explorador hubiera envidiado la minuciosidad con que la recorrieron, rodearon, atravesaron y vuelta a recorrerla, rodearla y atravesarla como si se tratase de un continente a descubrir. La colina adquirió de pronto dimensiones inconmensurables, una complejidad inconcebible, y todo gracias al voluntarismo descarriado que Zoro detentaba con ardor.
Tres horas después de haber llegado, atravesaron por decimoséptima vez un pequeño campo de florecillas silvestres y una desesperación sin nombre se adueñó de los aventureros. Wicka, a los gritos, lo conminó a mantenerse recto en la dirección, ya que a lo lejos se divisaban las cúpulas de los edificios de la urbe adonde se dirigían. Pero Zoro, riguroso como él solo, volvió a verse en la imperiosa necesidad de desviarse de su trayectoria.
¿Por qué tendría que ser tan simple? Ninguna maldita ruta de este maldito mundo podría ofrecer tanto aval de seguridad, pensaba él. No, la vida era demasiado incierta y demasiado complicada como para "seguir siempre derecho", su natural desconfianza hacia la linealidad del destino así se lo señalaba.
-¡Por qué siempre lo haces tan difícil! –reclamó Wicka, hastiada de aquel repetido paisaje.
-Yo no lo hago difícil, ¡es la condenada geografía! –gruñó Zoro, indeciso ante una encrucijada.
-¡Hacia la derecha! –gritó Wicka apresuradamente con la esperanza de anticiparse a lo que de seguro sería una decisión incorrecta. De pronto cayó en la cuenta de que era la primera vez que pasaban por allí y se llenó de infantil ilusión. Quizá por fin estuviesen comenzando a desenredar la intrincada madeja de su recorrido.
-Hacia la derecha –murmuró Zoro como dándose la orden, imponiéndose la obligación de atender al llamamiento. Aunque sus pies…
-¡Esa no es tu derecha!
El tipo viró automáticamente en la otra dirección, salvándose de un nuevo e innecesario desvío. Los chillidos de Wicka lo exasperaban, pero en algún punto de su entendimiento sabía que sería más honrado de su parte hacer lo que le decían. Y más saludable para su magullada cabezota.
-Ya lo sé, ¡ya lo sé! –bufó.
Wicka, ceñuda, se mantuvo atenta al camino como si la vida se le fuera en ello, pues al fin habían logrado salir del atolladero y por ningún motivo se permitiría relajarse. Cualquier error de cálculo, cualquier tropiezo en el nuevo camino transitado, podía ser fatal.
Zoro apretó el paso, en parte fastidiado y en parte urgido. No se explicaba por qué, pero ya se estaba hartando de aquel paisaje que por momentos variaba y por momentos era siempre el mismo. Demonios, ¡así nunca podría orientarse!
Benditos sean los que ignoran sus defectos, pues de ellos será el reino de la inconsciencia.
A pesar del enredo direccional, no obstante, consiguieron salir del bucle y llegar a los márgenes del pequeño asentamiento donde ya podían apreciarse algunos afiches publicitarios del show. Agitados por el trote, observaron el característico rostro de Brook dibujado en ellos con su singular simpatía cadavérica, y Wicka suspiró con demorado y merecido alivio.
-¿Tendremos que comprar entradas? –preguntó, considerando la cuestión. Era bueno ocuparse por fin de otro asunto.
-No las necesitamos –respondió Zoro, adusto.
-¿Estás seguro?
-Puedes apostarlo.
Desde luego, celebridad o lo que fuese, Brook seguía siendo un nakama y ni se le pasaba por la mente que pudiera resultar difícil acceder a él. Aunque, si lo fuera, tampoco importaría. Como en cada instancia de su vida sabría arreglárselas para resolver el problema, cortando por lo sano si fuese necesario. A fin de cuentas, se trataba de un espadachín.
Se adentraron en la población y recorrieron las calles con más curiosidad que atención. Wicka fue la primera en notar su esparcimiento y, apelando a la sensatez una vez más, hizo que Zoro consultase con un lugareño por la dirección del anfiteatro donde Brook se presentaría.
Lógicamente, fue ella la única que tomó debida nota mental de las indicaciones. De nuevo se sumergió en la funesta tarea de orientar a Zoro y de nuevo atravesó por el suplicio de los malos entendidos topográficos durante al menos una hora más de enrevesada caminata. Sin embargo el prodigio, transcurrido ese lapso, ocurrió por fin.
Llegaron al anfiteatro cuando estaba a medio llenar y varias filas de espectadores se extendían por las calles adyacentes esperando su turno para ingresar. Zoro nunca había visto antes la gran repercusión del músico y recién entonces cayó en la cuenta de la magnitud de su popularidad. Menuda broma la de ser famoso.
-¿Sigues creyendo que podrás entrar gratis? –ironizó Wicka.
El otro gruñó. Como que se llamaba Roronoa Zoro que ingresaría al anfiteatro y se entrevistaría con Brook pasando por alto toda esa caterva de fanáticos desquiciados. Él no haría semejante fila aunque le pagasen por hora, ni siquiera haría una para asistir a la batalla final de Luffy. Y en todo caso, que el cielo se lo demande.
Recorrió los alrededores escudriñando con atención. Sólo necesitaba una abertura. En cuanto divisó un pasaje en particular, sin importar cuán rigurosamente custodiado estuviera, se escabulló hábilmente entre los corredores interiores del auditorio. Wicka no podía creer tal osadía… o sí, sí que podía creerlo, y un poco se avergonzó. En definitiva, se habían colado.
Sin embargo, asuntos más urgentes reclamaron toda su atención, por ejemplo el hecho de que Zoro echase a andar por aquellos pasillos ignorando el rumbo correcto. De nuevo se vio en el intríngulis de hacerle entender la realidad del karma que lo caracterizaba, pero él iba demasiado irritado a causa de la creciente dificultad de hallar a su compañero como para prestar atención a sus sesudas observaciones.
Se perdió una infinidad de veces, remedando algunas de las clásicas escenas de las caricaturas. Entró por una puerta, recorrió un trecho, salió por otra puerta al mismo espacio anterior, volvió a ingresar, avanzó, retrocedió, bufó, corrió, rodeó, trepó y a lo último tajeó emitiendo un alarido de liberación. Wicka, desesperada, lo guió cuanto le fue posible, hasta que por fin el ruidoso ajetreo de sus tentativas expedicionarias terminó por articular el milagro.
-¿Zoro-san?
La cadavérica cabeza, coronada por un extravagante y colorido sombrero, se asomó por una puerta en la que nunca habían buscado. Zoro se detuvo en seco y volteó para encararse con el motivo de sus actuales incordios experienciales.
-¡Brook! –exclamó con alivio, como si hubiera hallado un valioso tesoro extraviado cuando era él el único despistado allí.
-¡Zoro-san! –exclamó con alegría el otro al comprobar que sus sentidos no lo habían engañado-. No puedo creer lo que estoy viendo… ¡aunque yo no tengo ojos! –concluyó según su habitual muletilla, y rió melodiosamente.
-También me alegra verte –admitió él, agotado por las vueltas y contento con el reencuentro.
Brook los invitó a pasar a su camerino no sin antes detener a los hombres de la seguridad, que ya se habían percatado de la intromisión.
-Está bien, muchachos, se trata de un buen amigo mío –les aclaró, y a continuación los despidió.
Una vez a solas, Zoro apenas prestó atención a la estrambótica decoración del lugar, en cambio Wicka no podía dejar de admirar los llamativos detalles: los espejos, las luces de colores, los aromatizadores, los tapices de caprichosos estampados y las láminas que colgaban de las paredes con el músico posando de maneras desusadas. De modo que eso era ser una estrella, pensó con ingenuidad.
-Ha pasado tiempo –comentó Brook con nostalgia mientras tomaba asiento en un sofá tapizado de leopardo y los invitaba a hacer lo mismo. Zoro permaneció de pie con los brazos cruzados, pero Wicka quiso experimentar aquella tentadora comodidad mientras los otros conversaban.
-Demasiado –convino Zoro.
-¿Una amiga? –preguntó el esqueleto refiriéndose a Wicka.
-Una condena –corrigió el interpelado, sarcástico.
-¿Para ti o para ella? –replicó el otro, y rió por lo bajo-. Debe haber sido muy difícil para ti llegar hasta aquí, Zoro-san.
-Eso es lo que menos importa –replicó el pirata, y Wicka le dirigió una solapada mirada irónica-. Ya te harás una idea del motivo de mi presencia. Es hora de regresar.
El músico guardó silencio durante algunos instantes. Entendiendo por dónde venía la cosa, lo asaltó un deja-vu, aunque la ocasión anterior le había tocado decidir por sí mismo y en soledad.
-Presumo que Luffy-san ha hecho su movimiento.
-Apareció hace un par de semanas –explicó Zoro-. Ahora nos está esperando en Dressrosa.
-¿Y te ha enviado a ti a recogernos?
-Así es.
-Entiendo –aseveró Brook. Tomó una copa de vino color rubí y bebió parsimoniosamente. Zoro comprendió aquel retraimiento, sabía a qué atenerse porque así había sucedido con Franky y consigo mismo también. Se habían oxidado-. Entiendo –volvió a decir Brook en un suspiro-. ¿Cómo me encontraste? ¿Acaso soy el primero?
-Franky ha sido el primero.
-Ah, ¡Franky-san! –profirió el músico con añoranza, aunque también con alegría.
-Nos está esperando en el Sunny al otro lado de la isla.
-Ya veo. Vienes de Water 7.
-Donde anunciaban tu futuro concierto con una muy bien difundida publicidad –observó Zoro, y luego se decidió a sentarse en un rincón. Dejó caer la cabeza contra la pared para descansar un poco y cerró los ojos mientras hablaba-. Comprendo que todo sea muy repentino, Brook, pero necesito una repuesta. Luffy me ha enviado por ustedes.
Su compañero rió por lo bajo y bebió otro trago, reflexivo. Desde luego que era muy repentino, se había habituado nuevamente al tren de vida de una celebridad, por eso se le hacía difícil hallar una respuesta adecuada en ese momento. Para él los Mugiwara eran mucho más que un grupo de pertenencia, constituían el aval de su vieja promesa y había sido muy duro sobrellevar esos cuatro años de separación.
Ahora que había comenzado a resignarse, a replantearse planes y objetivos, la presencia de Zoro y la promesa que conllevaba le sacudieron las ideas en las que se había resguardado. Se sentía sumamente feliz de haber recibido por fin una señal tanto tiempo anhelada, más de lo que había imaginado experimentar, sin embargo algunas dudas lo embargaron.
Zoro no tenía que abrir los ojos para advertirlo. El prolongado silencio del músico le permitió entrever el tipo de vida que había construido en la creencia de que tal vez, por alguna razón, los Mugiwara ya no volverían a reunirse. Hasta él llegó a tener ese pensamiento en más de una ocasión, sobre todo en los momentos de mayor nostalgia, por lo que no podía culparlo por vacilar ni por detenerse a pensarlo con cuidado.
Sí podía, en todo caso, brindarle algún estímulo, el estímulo que a él le hubiera gustado recibir.
-Ha venido mucha gente para verte.
Brook volvió a reír sonoramente.
-Mis fans son muy leales.
-Así parece. Tal vez seas más conocido como músico que como pirata.
-No es fama lo que busco, Zoro-san. Recuerda que la música es una gran parte de mi vida.
Él asintió.
-Son muchos los aspectos que nos constituyen.
-Exacto –repuso Brook mientras volvía a llenar la copa. Le ofreció una a su nakama y él se estiró un poco para alcanzarla-. Soy pirata, soy músico, soy espadachín, soy un amigo y soy una promesa que todavía sobrevuela en el tiempo. –Su voz sonaba profunda, melodiosa-. Y he podido serlo gracias a Luffy-san.
-Todos le debemos algo a Luffy, aunque el maldito se lo cobre quedándose dormido durante casi cuatro años.
-¿De modo que eso fue lo que sucedió? –Esta vez Brook rió alegre y sonoramente durante un buen rato, para nada extrañado de la novedad. Al contrario, saberlo le recordó en los huesos lo que era pertenecer a los Mugiwara-. ¡Se me retuercen las tripas de la risa! Aunque claro, ¡yo no tengo tripas!
La algarabía se extendió durante algunos instantes y Zoro dejó que se desahogara sin intervenir. Sí, así se sentía formar parte de aquella atolondrada tripulación.
Luego volvieron a ensimismarse, mientras Wicka continuaba su distraída exploración. Las cosas que hallaba en el camerino le resultaban tan estrafalarias que no podía contener la curiosidad y se perdió gran parte de la conversación de los piratas. Por el rabillo del ojo, Zoro la vio corretear entre los sillones. La muy ladina se entretenía mientras él sudaba la expectativa.
En un momento dado llamaron a la puerta y un sujeto avisó que faltaban diez minutos para iniciar el concierto. El espadachín suspiró. A continuación le echó un vistazo a su nakama, todavía concentrado en el contenido de su copa. Él había tomado de un trago la bebida y ya ni recordaba la particularidad del sabor. Tal vez a Brook le ocurriese otro tanto con las aventuras.
-Los amigos suelen hacer eso –señaló con pereza-, aparecen y desaparecen de nuestras vidas y en ocasiones ni siquiera nos avisan. Pero cuando nos reencontramos, cuando los vemos a la cara una vez más, es como si nada hubiera pasado.
Brook meditó también en esas palabras. Luego, pareció tomar una resolución. Dejó la copa y se puso de pie.
-Eso es verdad. Te has convertido en un gran filósofo, Zoro-san –dijo el músico en son de burla, y rió por lo bajo ante la mueca que le dirigieron.
-¿Vienes o no? –preguntó el otro de mala manera, poniéndose de pie también.
Sólo entonces Wicka notó el cambio, detuvo su pormenorizada requisa y prestó atención al clima generado entre los piratas. Estaban más pensativos que de costumbre. ¿Podría ser que el músico prefiriera seguir con su vida actual?
Sin embargo, las emociones de Brook se habían agitado profundamente. Para él no se trataba de elegir, sino de continuar. Era cierto, la llegada de Zoro le recordó la familiaridad que tanto había añorado, el lazo que lo unía a los Mugiwara más allá del tiempo y las vicisitudes. ¿Pero cuál sería esta vez el motivo de peso para proseguir cuando podría cumplir con su promesa por cualquier otro medio?
Nada había cambiado, y sin embargo las cosas se percibían diferentes. Así solía obrar el tiempo.
-¿Por qué sigues tú, Zoro-san?
El interpelado guardó silencio durante algunos instantes.
-Porque ustedes siguen también –contestó.
-Podrías convertirte en el mejor espadachín del mundo prescindiendo de los Mugiwara.
-Prefiero serlo con los Mugiwara.
-¿Entonces lo haces porque nos quieres? –se asombró el otro, y su espontánea alegría no tardó en manifestarse-. ¿Lo haces porque nos quieres mucho, Zoro-san?
Zoro gruñó, molesto con la innecesaria melosidad.
-¿Vienes o no? –lo increpó irritado.
Como toda respuesta, Brook tomó su violín, ensayó unas breves melodías y volvió a reír del amor nunca declarado del espadachín. Al reconocer esa clase de cariño, al palparlo una vez más después de tanta incertidumbre, se decidió a darle una nueva oportunidad.
Wicka rió junto con Brook al notar que ya se habían entendido. Nunca dejaba de maravillarle la curiosa manera que tenían de concordar esos piratas más allá de las palabras e incluso más allá de los silencios. Compartiendo semejante código y unidos hasta ese punto, ¿quién podría negarse a retomar las aventuras?
-¡Zoro-san nos quiere! –celebró Brook, riendo y danzando con la pequeña-. ¡Zoro-san nos quiere y nos ha echado de menos! ¡Tal manifestación de sentimientos merece una canción! –Y volvió a tomar el violín para improvisar algunos festivos acordes.
A Zoro le irritó todavía más esa burla a sus expensas. Los miró con amenaza, pero ninguno de los dos se dio por enterado. Hasta que llamaron a la puerta y avisaron del nuevo plazo para el inicio del concierto, no se molestaron en dejar de celebrar su supuesto rapto de emotividad. Una vez que tocaron, en cambio, los tres intercambiaron miradas de interrogación.
-Debemos escapar –señaló Brook como si nada.
-¿Y por qué diablos? –se impacientó el otro-. ¿Acaso no eres la estrella? ¿No puedes suspenderlo con cualquier excusa?
-Es verdad, ¡soy la estrella!
-Entonces simplemente suspéndelo, idiota.
-Pero mi manager se enfadará –consideró Brook-. Aunque no sea tan despótico como el anterior, también está muy interesado en recaudar dinero.
-Me importa un comino –repuso Zoro-. Vámonos y ya.
-Por eso digo que debemos escapar.
Entonces Wicka decidió intervenir.
-Tengo una idea –anunció, señalando con el dedo un desordenado montón de cojines.
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Cuando llegaron al Sunny, el recibimiento de Franky no podía ser más cálido y vivaz. Se abrazó con Brook y entre ambos derramaron el suficiente caudal de lágrimas para refundar el Grand Line.
Luego el ciborg felicitó al espadachín por la nueva reincorporación. También felicitó a Wicka, pues al parecer lo había tenido marchando en la dirección debida para lograrlo. Al escuchar esas palabras Zoro se ofuscó, pero estaba tan cansado que se limitó a echarse en su rincón predilecto para dormir una siesta.
Uno menos, pensó para sí mismo. O uno más.
Ni bien se acomodaron y dispusieron de lo necesario, el Sunny zarpó. Franky notó el apuro del esqueleto para hacerlo y tuvo que preguntar por tan repentino interés en fugarse.
-No estaba en los planes de nadie que me retire de la carrera musical otra vez –respondió él, y rió largamente-. Con Zoro-san y la pequeña Wicka tuvimos que apañarnos para marcharnos sin ser descubiertos. Mi manager debe estar furioso.
-¿Y cómo hicieron? –indagó Franky.
-Construimos una figura de Brookland con muchos cojines y con una de sus gigantografías –explicó Wicka, orgullosa de su inventiva-. ¡Parecía de verdad!
Franky sonrió al imaginarlo y los felicitó por el ardid.
-Siempre es bueno contar con un super nakama para salir de apuros –observó.
Brook miró en torno suyo y absorbió hasta la última imagen del barco que tanto había echado de menos, imaginando a sus nakamas ocupando los espacios habituales. No pudo menos que aceptar sin arrepentimientos la felicidad que la vida le ofrecía otra vez, pues estando allí recuperó hasta la última gota de familiaridad que Zoro le había prometido.
Podría seguir siendo Brook y lo haría con los Mugiwara. Ahí estaban Franky y también el Sunny para recordárselo.
-Es verdad, Franky-san –convino por lo bajo, agradecido por la nueva oportunidad-, no hay nada en este mundo como contar con tus nakamas.
