Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola, gracias por entrar n.n
Ya estamos promediando el fic, les recuerdo que constará de diez capítulos y estoy en condiciones de anunciarles que ya están escritos, por lo que sólo resta corregirlos y publicarlos de a poco. Espero que los que estén leyendo puedan seguir disfrutando de la historia.
Como siempre, aprovecho para saludar a nn, gracias por tomarte un ratito para leer y comentar. La verdad no se me ocurre qué pueda pasar con Zoro si no contase con sus katanas, ahí sí que lo perderíamos para siempre XD Abrazo grande y gracias otra vez por el apoyo n.n
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
V
Mejor por el otro lado
.
Los caminos de la vida son muy difíciles de andarlos… incluso guiados por un reno
Con un músico a bordo, las jornadas de navegación se hicieron más agradables y llevaderas. Brook les anunciaba el día con alegres melodías de violín y los despedía hacia el anochecer con acordes confortables y melancólicos, expresando así la añoranza que los unía. A veces Franky lo acompañaba con la guitarra, entusiasmado, y otras ansioso por impresionar a Wicka y por darle ánimos al huraño de Zoro.
Aprendieron que el viaje en reversa podía ser interesante. Las cosas ya conocidas aparecían de pronto con un cariz diferente, ciertamente distintas al recuerdo que se habían fabricado de ellas. Entonces se preguntaban qué había cambiado, cómo y con qué propósito, hasta llegar a la inevitable conclusión de que tal vez fuese la propia mirada la que se hubiese modificado. Cuatro años no pasaban en vano.
Sin embargo, cuando se reponían, sabían agradecer por la nueva oportunidad de un promisorio presente. Quien más, quien menos, todos allí habían pasado por un momento de desencanto, preguntándose si sería posible volver a conformar el grupo o si debían resignarse a una suspensión indeterminada. Sólo Luffy, una vez más, esgrimiría el poder para despabilarlos y recordarles con firmeza quiénes eran en realidad.
Pensando en ello, sentado en un rincón de la cubierta de cara al sol de la mañana, Zoro hizo una mueca, disconforme. Quedaban varios nakamas por recoger y varias voluntades que reconquistar. Hasta el momento había conseguido apañárselas bastante bien, pero nada podía asegurarle que encontraría el modo de alcanzar el espíritu de cada uno de los que faltaban. Por centésima vez en el viaje, lamentó que Luffy le hubiese endilgado semejante tarea.
Pero así estaban las cosas. Además, había razones de peso. Ya corrían mucho riesgo al poner al Sunny de vuelta en los mares bajo la insignia que los distinguía, por lo que si arriesgasen también la vida del capitán pondrían en peligro el plan de reunirlos y nada habría valido la pena.
En este punto terminó por sonreírse de forma socarrona. Vaya que estaba haciéndose viejo si las precauciones tomadas tenían prioridad sobre los riesgos y las aventuras. Pero así era mejor, lo tomó como uno de los escasos triunfos morales sobre su alocado capitán que la tripulación podría adjudicarse.
Por su parte, para Wicka el viaje se había convertido en mucho más que una manera de conocer el mundo, e incluso en mucho más que una aventura. Sabía que el Green Bit constituía tan sólo una pequeñísima parte de aquella vastedad inabarcable que era el océano y sus innumerables países, pero con Zoro a su lado podía convertirse además en una continua espiral de repeticiones. Con él el mundo no se terminaba nunca, y le fascinaba, abrumaba y hartaba por partes iguales.
Según los comentarios, actualmente se dirigían a una isla de invierno, tal vez la única que vería jamás. Se moría de ganas por arribar allí, pero también ya podía imaginarse la clase de trastornos direccionales que le depararía la visita. En un momento dado lo conversó con Brook, esperanzada de que el músico se apiadase de ella y quisiese acompañarlos.
-En verdad Zoro-san sabe hacer de los caminos un verdadero incordio –profirió él, riendo con su característica sonoridad-. Posee un sentido de la orientación francamente espeluznante.
-Y no hace caso cuando intento guiarlo –gimoteó la pequeña.
-Me temo que es un subversivo de las indicaciones –comentó el otro con solemnidad, y bebió un sorbo de té-. Las flechas orientadoras se han convertido en el verdadero archienemigo de nuestro compañero.
Wicka lo secundó afirmando concienzudamente con la cabeza. Depositó su taza en el plato y aguardó todavía algunos instantes por si el tipo se avenía a sus desesperados propósitos. Sin embargo, Brook se retrajo repentinamente.
-Sería más fácil si alguien más se ofreciera a venir con nosotros –insinuó, pues la desesperación desconoce el decoro.
Brook bebió el último sorbo de té.
-Tal vez –suspiró distraído.
Ahí estaba, él lo entendía. La joven, sentada en la baranda, bamboleó las piernas para contener la ansiedad y siguió a la espera de que sobreviniera el milagro. Los segundos corrieron en silencio mientras ella se ilusionaba con la bienaventurada proposición.
De pronto Brook volvió a suspirar y, acodado como estaba, dejó de observar el mar y se volvió hacia ella. Aunque su cadavérico semblante apenas hubiese variado, Wicka sabía que le diría algo y lo miró con expectativa, aguardando las palabras salvadoras.
Brook lo entendía, Brook no dejaría que siguiese padeciendo el descalabrado sistema posicional que Zoro detentaba.
-¿Podría ver tus bragas?
El esqueleto necesitaría beber mucha leche para restaurar la clase de daño que podían ocasionar los puños de una tontatta agraviada y terriblemente desilusionada.
.
.
Cuando llegaron a Drum, el blanco, frío y monótono panorama realmente impresionó a Wicka, tal y como se lo había imaginado. Los inviernos de Dressrosa también eran nevados, pero duraban el tiempo necesario y su tribu prefería permanecer al resguardo, por lo que casi nunca había tenido la oportunidad de experimentar uno prolongado. Esta vez podría disfrutar de la nieve a sus anchas, el paisaje así se lo prometía.
Desde luego, una vez en tierra con Zoro, abrigados ambos hasta el mentón y alejados ya del Sunny, comprendió que no podría jugar demasiado. El lastre de pelo verde y torva mirada que la llevaba sobre su hombro así se lo recordaría.
-Por fin un pueblo fácil de localizar –comentó él, pues las casas se veían desde donde estaban.
Ella lo miró con sorna. Prefirió pasar por alto su cinismo y en cambio preguntó:
-¿Chopperland estará allí?
-Quién sabe.
-¿Y si no lo está?
-Pues tendremos que seguir buscando.
Ante la sola perspectiva, a Wicka le corrió un escalofrío por la espalda que muy poco tenía que ver con la estación climática.
-Tengamos confianza –determinó, más para sí misma que para el otro.
Al poco andar, enfilaron por la calle principal del pueblo y las personas que transitaban los miraron con interrogación primero y con asombro después. Hacía mucho tiempo que no lo veían, pero supieron reconocer al famoso espadachín de los Mugiwara. Empezaron a murmurar entre ellos e hicieron correr la voz de su inesperada visita.
Tanto Wicka como Zoro percibieron la conmoción general suscitada por su presencia y siguieron caminando sin atender a los cada vez menos discretos gestos que los señalaban. Zoro, en particular, pensó que de todas formas sería la manera más rápida de hallar información sobre su nakama, o de que él se entere de su llegada, por lo que procuró dejarlo pasar.
Por fortuna no percibía hostilidad, pero al parecer tampoco se alegraban mucho de verlo de nuevo por allí. Se preguntó qué motivo existiría en el presente para mostrarse así de recelosos con uno de los que ayudaron a liberar a la Nación de una malhadada tiranía. ¿Habría pasado algo malo relacionado con Chopper?
La única forma de averiguarlo sería buscándolo, y nada mejor que la ayuda de Dalton para saber adónde ir. Éste pronto le salió al encuentro y, según su amabilidad característica, fue el único que lo recibió con una amistosa sonrisa. Se cruzaron en plena calle, los rumores se habían esparcido con rapidez y se había apresurado a salir de su casa para encontrarse con el espadachín.
No tuvo más que palabras de bienvenida y le aseguró que la aparente hostilidad de los lugareños no se debía a otra cosa más que a la certeza de que venían para llevarse al médico número uno de la nación. Recién entonces Zoro comprendió y trocó sus recelos por orgullo. Al parecer Chopper había estado bastante ocupado en esos años y se había ganado con todo derecho la confianza y el aprecio de la gente de Drum.
No obstante, anoticiándose de ello, se hizo patente antes siquiera de entrevistarse con él la clase de dificultad que tendría por delante. Si Chopper por fin se había convertido en el "profeta de su tierra", se vería en serios problemas a la hora de convocarlo.
Conversó con Dalton durante algunos instantes, lo suficiente para actualizarse un poco sobre el presente del país e informarse de que el reno a esa hora del día seguramente se hallase en la localidad vecina, ocupándose de los enfermos o sumergido en sus labores de investigación. Ahora era una personalidad ilustre y todos contaban con él para paliar los eventuales problemas de salud que los acechaban.
Zoro hizo una mueca al entrever con mayor claridad aún la tarea que le esperaba. Wicka hizo otro tanto, no precisamente por pensar en Chopper. Cada uno de ellos por su parte tendría que lidiar con sendos y arduos desafíos espirituales y direccionales, un viaje como aquel jamás les daría tregua, ni respiro ni oportunidad.
Así que iniciaron el camino al pueblo vecino. Afortunadamente distaba muy pocos kilómetros de allí, pero las condiciones climatológicas dificultaban el traslado a pie. Dalton, entonces, les había ofrecido su propio trineo. Wicka se lo agradeció con una sonrisa y con la ilusa esperanza de que el trayecto hasta el médico al menos por esta vez se desarrollaría con cierta facilidad, aunque bien pronto su ingenuidad se abatiría en el desengaño.
El vehículo era ligero y fácil de manejar para el pirata, aunque el camino trazado por la constante circulación de gente entre una y otra localidad terminó por entorpecer y alargar lo que podría haber sido sencillo, recto, positivo y corto. Porque los caminos de los espadachines no están para ser vistos y recorridos sin pensar, sino para ser revolucionados con afán.
Por eso, por más que Wicka lo instara a seguir la senda fijada, ni siquiera a bordo de un trineo Zoro fue capaz de conducirse según la lógica corriente. Obligó a los pobres renos, adiestrados a avanzar por aquel camino a fuerza de hábito, a transgredir su propia naturaleza en función de sus oscilaciones situacionales. Los forzó al extravío, los conminó a la duda y los instigó a introducirse en los caprichosos vericuetos de su enroscado criterio de orientación.
Los pinos nevados se convirtieron en una estampa perpetua. Los recodos del sendero los guiaron a inhóspitos escondrijos con salida a la nada misma. Las blancas colinas parecían inabarcables, interminables, y por más que las rodeasen una, otra y una última vez, cualquier indicio de escape o de liberación parecía haber sido despiadadamente eliminado de la naturaleza. Habían caído en las fauces del extravío una vez más.
Y hacía tanto frío… Wicka le gritó un par de cosas al oído, aunque de sobra conocía la futilidad de sus esfuerzos. La cabeza de Zoro era más dura que el kairoseki. Al final pudieron llegar al pueblo vecino, pero sólo después de largas y agotadoras horas de rodeos, desvíos, retrocesos, protestas, muestras de intolerancia y muchas vistas panorámicas repetidas y vueltas a contemplar.
Sería inútil prolongar la descripción de tan nefasto y recargado viaje, baste con señalar que la presencia de los visitantes fue notada de inmediato por los lugareños y la identidad del espadachín debidamente registrada. Cuando quisieron acordarse, un hombre les señaló a regañadientes una última dirección, y esta vez Wicka encabezó la marcha después de dejar el trineo atrás. Zoro, acorde a su carácter, la siguió bufando con disgusto.
-Siempre creyéndose la más lista –refunfuñó por lo bajo.
-Y tú siempre creyéndote el más ducho en orientación –lo regañó ella, que lo había escuchado.
-¡Yo no tengo problemas de orientación! –creyó necesario aclarar el otro, herido en su vanidad.
-Desde luego que careces de tales problemas –retrucó Wicka con enfado-, sobre todo cuando eres incapaz de detectarlos.
-¿Qué tratas de decir?
-¿Tú qué crees?
Sólo porque ya estaban a dos pasos de la casa señalada Zoro se abstuvo de continuar con la reyerta. Lo único que le faltaba, ¡una criatura no más grande de tamaño que su propio puño intentaba psicopatearlo! ¡Lo torcidos que andaban los tiempos!
Así de molestos se detuvieron frente a la puerta, intercambiaron ceñudas miradas y golpearon al unísono. Ambos sabían que más importante aún que intentar resolver por millonésima vez la quijotesca escisión entre la realidad como era y la realidad que interpretaba Zoro era encontrar a Chopper para reincorporarlo a la tripulación.
Después de algunos instantes, la puerta se abrió. Un niño desconfiado se asomó por el angosto resquicio y los abordó con escrutadora mirada.
-¿Quiénes son?
Pero antes de que los recién llegados pudieran responder, una segunda y conocida presencia se asomó tras él.
-¿Quién llama, Lin?
Al ver el rostro de Zoro, Chopper se detuvo en seco con un termómetro en la mano. Sus ojos se abrieron más y a los pocos segundos se llenaron de abundantes lágrimas.
-Zoro –gimoteó.
-¿Los conoces, doctor? –indagó el niño al verlo así de turulato.
El pirata sonrió de lado y sin pedir permiso abrió más la puerta.
-Tiempo sin vernos, Chopper –saludó con naturalidad.
Fue demasiado para el reno, durante un rato no pudo emitir vocablo debido a la emoción que lo embargaba. Era la última persona que esperaba ver ese día, aunque hubiese fantaseado con ello en innumerables ocasiones. Zoro estaba allí, ¡al fin habían venido por él!
Acomodados después en la sala de estar, el espadachín se dedicó a darle tiempo mientras Wicka contemplaba su comprensible reacción con rostro sonriente. Un nuevo nakama había reaparecido, señal de que la misión progresaba por más que Zoro se perdiera.
El niño, de nombre Lin, les sirvió té y les explicó que tenía una hermana enferma, y que Chopper se había hecho cargo de la situación desde hacía tres días. Su madre había muerto y su padre estaba trabajando en el mar, por lo que sólo gracias al médico habían podido sobrellevar el problema.
-Te has convertido en todo un referente, ¿verdad, Chopper? –le preguntó Zoro después de haber oído la explicación.
El reno se mordió el labio en un nuevo esfuerzo por contener el llanto y afirmó con severidad.
-¡Pero aunque me digas esas cosas no me harás sentir feliz! –le lanzó luego, reconfortado, y acto seguido empezó a lloriquear otra vez.
La llegada de su nakama lo había desbordado, ni en sus sueños más auspiciosos se había permitido seguir imaginando el reencuentro después de tantos años de distanciamiento. Con el tiempo y el nuevo trabajo había reorientado sus objetivos, de modo tal que, incluso a pesar de sus sentimientos, en su mente había empezado a relegar su vida como Mugiwara.
Sin embargo, la tripulación resurgía por fin. El tan ansiado y a la vez temido reencuentro se estaba concretando y pronto tornaría a modificarle la vida, como a cada uno de sus compañeros. Volvió a enjugarse las lágrimas y consiguió articular las palabras que hacía tanto quería decir.
-Los eché mucho de menos, Zoro –gimoteó-, realmente los añoré demasiado. ¿Por qué tardaron tanto en venir?
El interpelado entendió su zozobra.
-Puedes reclamárselo a Luffy cuando volvamos a Dressrosa –contestó. Wicka le dirigió una mirada recriminadora debido a su sequedad, pero Zoro se desentendió-. Ya lo conoces, se quedó dormido y no pudo venir por nosotros durante todo este tiempo. El muy idiota.
Ahora Chopper sorbió por el hocico, visiblemente asombrado.
-¿Dormido?
-Dormido.
Y procedió a resumirle la historia. En cuanto Chopper oyó todo aquel desopilante argumento ya no supo cómo reaccionar. Conocía bien a Luffy y sabía en qué clase de tripulación estaba, pero ciertos aconteceres todavía lo descolocaban un poco. Vaya forma de pasar los años la de su capitán. Y él creyendo que por fin se había topado con la horma de su zapato y que eso le impedía salir a reunirlos otra vez.
Cuán ingenuo podía seguir siendo a veces pese a tantas experiencias. Pero, de algún modo, al saber la verdad se sintió aliviado. No era que Luffy estuviera al borde de la muerte, sino que simplemente se había sentido agotado.
-Entonces sólo se trataba de eso –expresó con tono infantil, sonriendo ahora al imaginarlo-. Luffy siempre será Luffy.
-Así parece –convino Zoro, satisfecho al notarlo más repuesto-. Me ha enviado por ustedes.
Chopper sonrió más ampliamente, ilusionándose con la perspectiva. Sin embargo, al ver la carita de Lin asomándose desde la puerta del cuarto de su hermana, en algo se empañó su felicidad.
Zoro lo percibió al instante. La fisonomía de Chopper, por lo general alegre, se cubrió de pronto de una sombra que conocía bien por haberla visto en sus otros nakamas al momento de convocarlos. He ahí el obstáculo, el verdadero escollo con el que tendría que lidiar.
-¿Algún problema? –indagó adrede.
Wicka lo miró con interrogación y luego se posó en el médico al notar las señales de lo que debía suceder. Ya había presenciado esa clase de escenas y optó por permanecer apartada, pues sólo un Mugiwara podía abordar el corazón de otro Mugiwara.
Chopper se ruborizó ligeramente. Demasiadas emociones se agitaban dentro de sí, tironeando una vez más entre sus raíces y el destino de pirata que tanto había ansiado recuperar. Sólo que en esta oportunidad ninguna de las dos perspectivas parecía menos prometedora que la otra.
Le había costado mucho ganarse la confianza de la gente del pueblo, había dedicado muchas horas al contacto, al vínculo, a la sanación de cuanto mal se le pusiera por delante. Había tenido que vencer los miedos y prejuicios de costumbre, las miradas recelosas, los mohines adustos. Y lo había conseguido.
Ni siquiera había necesitado la ayuda de Doctorine. Sus propios méritos, su constancia y su evidente honestidad lograron abrirse paso en el corazón de las personas hasta sentirse parte de su comunidad sin escrúpulos ni aprensiones. Lo habían aceptado y ahora confiaban en él, tanto como lo habían hecho los Mugiwara.
-Zoro –murmuró apenado, encogiéndose en su asiento y no muy seguro de cómo responder al planteo-. Zoro, yo...
Pero el espadachín no precisó más que eso para entender. Se cruzó de brazos y se volteó para mirar por la ventana, y el silencio que siguió fue más elocuente que cualquier tipo de explicación. Wicka respetó ese bache en el acontecer y sintió la magnitud de tan patente desasosiego en cada fibra de su ser.
No era que Chopper no quisiese volver, desde luego, a Zoro le bastó con verle la cara iluminada al recibirlo para comprender que el reno se moría por tener noticias de sus nakamas. Pero, al igual que con Franky y con Brook, y al igual que consigo mismo, sucedía que los cuatro años de ausencia pesaban y se resignificaban en el interior.
-Me alegra que toda esta gente comprenda por fin tu verdadero valor, Chopper –dijo después de unos minutos con la vista fija en la lejanía-. No esperaba menos de ti.
El susodicho, como de costumbre, empezó a menearse con satisfacción al oír semejante halago.
-¡Que no me harás sentir feliz, estúpido! –profirió. Luego volvió a tomar asiento con melancólico gesto, pensando en todo aquello-. Me ha costado mucho ganarme la confianza de las personas, es verdad, pero he tenido tiempo de sobra para dedicarme a ello. Y estudié, y mejoré, porque siempre he creído que así debía obrar para estar a la altura de mis nakamas –agregó convencido-. Sin embargo…
-Sin embargo el tiempo pasa y los intereses sufren algunos reveses –completó Zoro. Luego volvió la vista hacia él desprovista de cualquier tipo de reproche-. Los años no transcurren en vano y no podemos permanecer ajenos a las modificaciones que acontecen a nuestro alrededor.
Chopper asintió.
-De repente me convertí en el doctor de mi país y deseé compartir mi felicidad con ustedes, mis amigos –dijo en un murmullo-. Cuando quise acordarme, estaba solo y nadie venía por mí. Fue duro en un comienzo, pero luego, sin darme cuenta, me fui acostumbrando.
-No hay nada de malo en ello.
El otro lo miró con cierta desconfianza primero y con infantil ilusión después.
-¿De veras? –replicó. Para el reno Zoro siempre había sido una especie de modelo a seguir y esas palabras podían conferirle el alivio que necesitaba-. ¿De veras lo crees así? ¿De veras no hay nada de malo en sentirme bien en mi tierra aunque haya tenido que dejar la tripulación atrás?
Zoro se reclinó contra la pared para poder mirarlo de frente.
-No hay nada de malo, en absoluto –reiteró.
Para Chopper fue como sacarse un gran y culposo peso de encima. Sonrió de nuevo y Zoro quiso distraerlo de esas emociones contándole los pormenores de su misión.
-Ahora entiendo por qué Wicka viene contigo –dijo él cuando terminó su intrincado relato-. Eres una integrante de la tribu de los tontatta, ¿verdad? –le preguntó a la joven.
-Así es –respondió ella.
-Franky me habló mucho de ustedes antes de separarnos.
-Fraland siempre ha tenido mucha confianza en nosotros, aunque a la hora de la verdad no he sido de mucha ayuda –se apenó Wicka, cabizbaja.
Chopper entendió muy bien a qué se refería y se apiadó de sus tribulaciones.
-Zoro no puede mover los pies en la dirección debida, ¿cierto?
-¿Qué dices? –se ofendió el aludido.
-Es algo que hemos aprendido a padecer en silencio –continuó el reno con gravedad, ignorando su zaherido talante-. Es como una condena que sobrellevamos tácitamente, el precio que el cielo ha fijado por nuestras aventuras.
-Entiendo. La procesión va por dentro –convino Wicka en el mismo tono.
Chopper asintió con rostro severo y ella hizo otro tanto, como si sellaran un pacto trascendental.
-Pequeñas sabandijas… –farfulló Zoro, ofendido por alguna clase de razón que se le escapaba, pero ofendido al fin.
Que hablasen de él en sus propias narices le despertó el ansia de rebanar, pero supo contenerse a tiempo. Optó por darle prioridad a la misión, ya habría tiempo para desquitarse con ese par de lenguaraces más tarde.
-Y entonces qué –interpeló al médico, ceñudo-: ¿prefieres quedarte curando resfríos en esta isla, o volverás a la tripulación para tratar nuestras heridas de batalla?
A Chopper le molestó esa forma descuidada de establecer el dilema.
-¡No son sólo resfríos, Zoro! –replicó enfadado.
-Ya lo sé, diablos.
-¡Entonces no hagas las cosas más difíciles!
-Lo siento, pero así ha de ser –repuso el espadachín con severidad. A Wicka le hubiera gustado que se manejase con un poco más de tacto, pero esperar que Zoro se orientase también en lo afectivo constituía ya un ideal con el que sólo se podría soñar en noches de luna llena-. Si las cosas fueran fáciles entonces nada valdría la pena –continuó él-. Ninguno de nosotros lo está teniendo cómodo, a decir verdad esta vez Luffy nos dejó en una maldita encrucijada.
Que justamente él lo dijera daba todavía más miedo al pensarlo.
-Pues si lo sabes… si lo sabes…
El médico titubeó nuevamente y Zoro volvió a empatizar con su zozobra. Chopper seguía siendo el más joven y aun así debía enfrentarse a esa clase de conflicto, y resolverlo de la mejor manera. Aunque hubiera dado la vida por él, no podía tomar la decisión en su lugar. Sólo podía tratar de orientarlo… con todos los riesgos existenciales que eso implicaba.
-Sé que han transcurrido varios años, que ha sido duro, que hemos tenido tiempo de sobra para dudar. Incluso todos hemos llegado a creer que había llegado el final –dijo Zoro-. De todas formas no he perdido la fe, Chopper, así como tú nunca te has rendido ante el prejuicio de los demás.
Ahí estaba, ahí asomaba por fin la luz que podía ubicarlo en las tinieblas. El médico recordó de pronto la verdadera fuerza que los constituía, la clase de voluntad que los guiaba. No se trataba del tiempo, ni de la distancia ni de los conflictos, sino del lugar que habían formado todos juntos para vivir conforme a sus metas. ¿En dónde más encontraría esa clase de camaradería?
Muchas cosas habían cambiado, era cierto, pero en la mirada de Zoro entrevió que aquello que los había unido permanecía inalterable. Cuatro años podían transformarse en más experiencia, en vivencias que los llevarían a reunirse otra vez para seguir el viaje con el equipaje renovado y con la convicción reforzada. Ya no tendría que dejar nada atrás, sino que podría llevar mucho consigo.
Miró a Zoro con nuevas lágrimas en los ojos, entendiendo que los sueños de todos continuaban en juego. Y se decidió. El espadachín, al percibirlo, agradeció en su fuero interno esa perdurable determinación, las renacidas ganas de salir a buscar lo que les aguardaba por delante.
Cuando el reno rompió en llanto, su nakama sonrió con complicidad. Wicka, presenciando el tácito intercambio, también sonrió y aplaudió con entusiasmo, pues habían reconquistado a un nuevo Mugiwara.
