ETERNAMENTE A TU LADO.

CAPÍTULO II. CONOCIENDO MÁS LA HISTORIA

Las princesas Candice y Annie se encontraban tomando el té en una de las terrazas del castillo, que daba una maravillosa vista a las fuentes y jardines del mismo.

- Hermana ¿Por qué no hablaste con mi padre de nuestro acuerdo?

- Se va a enojar, Annie. Además, jamás nos daría el permiso de salir solas.

- Solas no, pero sí con Dorothy.

Las chicas siguieron discutiendo sobre sus planes. Ambas tenían enormes anhelos de salir a conocer la ciudad de Nápoles. Por increíble que parezca, jamás en sus vidas habían puesto un pie fuera del castillo. Según su padre, no hacía falta. El castillo era lo suficientemente grande para que ellas gocen de una vida plena.

Sin embargo, las queridas hermanas escuchaban muchos rumores entre los sirvientes sobre lo hermoso que es el reino de Nápoles, sus estrechas calles, los edificios con sus preciosas fachadas, la naturaleza que rodeaba todo. Tenían infinita curiosidad de ver cómo la gente vendía cosas, ver cómo socializan, darse cuenta si era verdad que las casas todas son distintas.

Pero tenían que ser completamente objetivas y realistas y darse cuenta que el rey jamás iba a permitir que sus dos adoraciones salieran a enfrentarse a los peligros que representan las calles. Gente extraña, mendigos, delincuentes, estafadores, de todo podía encontrarse en las calles.

Faltaban pocos días para que se llevase a cabo la fiesta de presentación de la princesa Candice, justamente el día en que cumplirá 18 años de edad. El rey acostumbraba a hacer fiestas realmente espectaculares para el medio de la realeza. A la fiesta, los invitados eran desde los familiares, las amistades más cercanas, hasta los representantes políticos de otros reinos u otros países. La ocasión era perfecta para estrechar relaciones con otros reinos, pero también para dar un paso muy importante en lo que es el futuro de su hija Candice: encontrar el prospecto perfecto para su futuro marido.

El rey Fernando no se conformaría jamás con cualquier mentecato, que no sepa lo que es ganarse la vida, cualquier jovenzuelo inmaduro de esos que presumen el dinero de papi y lo gastan sin límites. El futuro marido de la princesa Candice debía ser forzosamente alguien con el mismo rango que ella. Un príncipe. Pero no cualquier príncipe. Debía formar parte de uno de los reinos más potentes de Europa, pertenecer a un linaje específico, y por supuesto, contar con una vasta dote que ofrecerle.

Pero la princesa Candice, a sus tiernos 17 años de edad, estaba muy lejos de querer desear casarse, y menos con cualquier desconocido. Aunque, interiormente, ya sabía lo que le deparaba el destino, y lo aceptaba, aunque decidía no atormentarse pensando en ello por ahora.

El rey tenía un importante compromiso ese día, como sucedía regularmente. Todo su trabajo consistía en dar órdenes sobre las cuestiones más importantes de su reino, pero no decidía nada sin analizarlo extenuantemente.

Terminando su labor del día, se dirigió a los barrios bajos de Nápoles para encargarse personalmente de varios asuntos.

El rey Fernando se caracterizaba por ser una persona muy atenta y preocupada por sus súbditos. Personalmente, acudía a los vecindarios, aldeas y colonias para supervisar que todo se encontrara en orden. Desde observar con sus propios ojos a gente delinquiendo y mandar a encerrarlos, hasta ver familias muy pobres y darles trabajo.

Aunque eso sí, siempre manteniéndose a distancia. Como buen gobernante, deseaba ver con sus propios ojos lo sucedido a su alrededor, sin embargo, eran sus lacayos y su gente cercana quien se encargaba de todo, a través de sus órdenes.

Paseaba por donde se encontraba su carpintería predilecta y no dudó en entrar a saludar.

- Espérame aquí, Augustino – le dijo a su principal chofer – tengo que hacer algo aquí.

- Como usted ordene, su alteza

- Buenas tardes – entró saludando el rey, dejando ver su imponente estatura y gran porte

-Su majestad – saludó Richard, haciendo la respectiva reverencia

- Mi estimado Richard ¿Cómo estás?

- Muy bien, gracias por preguntar su majestad ¿Ha venido por su encargo?

- En realidad no – mencionaba mientras accedía a sentarse en la silla que le ofrecía Richard – vine a ver si todo estaba bien por aquí, ya sabes, no confío en la palabra de cualquiera

- Todo en orden, su alteza. No hay ahora suceso que deba ser objeto de su preocupación.

- Me alegra, Richard. Verás… he venido también por otra razón. En próximas fechas será la presentación de mi hija primogénita. Deseo pedirte que te encargues de buscarla…

- Entiendo, su majestad – respondía con seguridad, al ya saber de quién estaba hablando el rey.

- Sé que han sucedido muchas cosas desde aquella última vez que la vi. Si no hemos estado en contacto bien sabes que ha sido por mis responsabilidades. Quiero que por favor, le externes mi invitación para la presentación de Candice, y sobre todo, la convenzas de venir.

- Trataré, pero no le aseguro nada. Ella se ha convertido en Duquesa del reino de Inglaterra, bajo mucha polémica entre la aristocracia, usted mismo lo sabe.

- Así es, y quizás por ello Elizabeth no ha deseado verme desde hace años.

- Su majestad, haré todo lo posible para que mi hermana no se rehúse. Le doy mi palabra.

El rey se levantó y se despidió formalmente.

Volviendo al castillo, ya cerca de las seis de la tarde, encontró a sus dos tiernas princesas durante su hora habitual de lectura. Las chicas lo saludaron con efusividad, como siempre, pero Candice aún no se sentía con la confianza de pedirle a su padre el permiso que anhelaba ella tanto como su hermana.

- Candice, si nunca le dices, viviremos toda nuestra vida bajo este encierro – exclamaba la princesa Annie con un dejo de enfado.

- Si tanto te molesta, díselo tú.

- ¡Eres una insolente! Pero sí, se lo diré yo. Sólo que en unos cuantos años más, cuando sea mi cumpleaños número 18, y así, obtener dicho regalo ¡Sólo para mí! – le mostró la lengua en un gracioso ademán y se retiró.

Se acercaba la habitual hora de irse a la cama, para así, al día siguiente seguir con la misma rutina de siempre.

Continuará…