Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Seguimos perdidos en el Grand Line, aunque nadie podrá acusarnos de falta de interés. Son tantas las cosas que nos gustaría conocer que, para asegurarnos, damos una o dos... o tres o cuatro vueltas más XP

Saludos para la querida nn, muchas gracias por tus palabras. Chopper es un personaje muy bonito a la hora de escribir, qué bueno que te haya gustado :)

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


VI

Persiguiendo el rumbo de una esquiva estrella

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Localizar a una arqueóloga puede convertirse en una verdadera misión imposible


Lo único que Chopper pidió antes de marcharse fueron unos días de tiempo para ocuparse de la niña enferma. Una vez asegurada su recuperación, podría irse sin problemas. Mientras tanto, Zoro, Wicka y los demás permanecerían en el barco.

Franky y Brook les dieron la bienvenida y recibieron con gran alegría la buena nueva del nakama recuperado. La tripulación iba conformándose lentamente, aunque a paso seguro. No todo dependía del penoso sentido de la orientación que Zoro detentaba, y ellos lo sabían.

El reno se apareció al anochecer de la tercera jornada llevando consigo un voluminoso equipaje. Sus estudios en medicina habían vuelto a incrementarse. Se abrazó a los compañeros que todavía no había visto como el náufrago a la balsa salvadora e intercambiaron lágrimas y mocos de algarabía en las abundantes dosis acostumbradas.

Pasado ese inevitable momento lacrimógeno, fue el propio médico quien detuvo el disparate y se interesó en el próximo nakama a localizar. Como el orden de recogida estaba establecido desde antes de partir, no hubo necesidad de deliberaciones.

-Ahora nos toca ir por el cocinero idiota –anunció Zoro, fastidiado con la sola idea-. Llegó la hora de afrontar la peor etapa de nuestro viaje –añadió con aspereza, pensando en el Calm Belt.

Chopper lo miró extrañado.

-¿Y Robin? –indagó.

-¿Qué hay con ella? –repuso Zoro-. Supongo que aparecerá en cualquier momento, es uno de los integrantes con paradero desconocido.

-¿Con paradero desconocido? Eso no es cierto –dijo Chopper, y los demás prestaron atención-. Ella está aquí, en Drum, en el siguiente pueblo navegando hacia el noroeste.

Los otros, durante algunos instantes, permanecieron mudos del asombro.

-¿Aquí? –logró articular Zoro por fin, y Chopper asintió categóricamente-. ¿Por qué diablos no lo dijiste antes?

-Porque no lo preguntaste –repuso él.

-Si Robiland está en esta isla entonces será más fácil localizarla –comentó Wicka. Acto seguido, tomando real conciencia de sus palabras, notó lo precipitado (o temerario) de tal aseveración-. Digo… Al menos no tendremos que navegar por los mares sin rumbo fijo –aclaró vacilante.

Franky sonrió porque entendió muy bien aquella zozobra. Con Zoro, toda distancia se volvía de vértigo. Sin embargo, una misión era una misión y no podían desentenderse.

-Habrá que ir por ella, entonces –estimó.

-¿A esta hora? –cuestionó Wicka.

-Mientras más rápido la hallemos, mejor –determinó Zoro.

-El Sunny está super listo para partir –informó Franky-. Pondremos rumbo hacia el noroeste y encontraremos a nuestra amiga.

-Pero a esta hora… –murmuró Wicka, y su voz fue apagándose ante la falta de repercusión.

Brook rió mientras se disponía a prepararlo todo para la partida. A falta de más tripulantes, las tareas recayeron en su totalidad sobre los pocos que había. Zoro hizo su parte y Wicka también ayudó con mucho empeño y concentración. Si continuaba pensando en el nuevo desafío que tenía por delante, o en los minúsculos detalles que a la tripulación jamás desalentaban, se desanimaría antes de empezar.

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Tal y como Chopper anticipara, el Sunny arribó en pocos minutos a una población cercana y más pequeña que las hasta entonces conocidas. De casas bajas, calles estrechas y prácticamente sin actividad, por lo bella y pintoresca parecía de cuento de hadas, y por lo silenciosa y oscura de película de terror. Vaya sitios adonde la vida los conducía.

El barco atracó en un muelle desierto y el viento sopló frío sobre sus cabezas. Zoro contempló el panorama de brazos cruzados y Wicka, pensativa, hacía otro tanto ya cómodamente instalada sobre su hombro.

-¿Crees que puedas con esto? –indagó ella.

El otro hizo una mueca de fastidio.

-¿Qué estás insinuando? Por supuesto que podré.

La joven ignoró su consabido acto de indignación y los demás rieron cómplices. Zoro chasqueó la lengua como si ninguna de esas reacciones le incumbiera en lo más mínimo.

A continuación Chopper les informó en dónde podrían encontrar a Robin y Wicka, al oírlo, meneó la cabeza con desaliento. Resultó que la arqueóloga pasaba la mayor parte del día recluida en la única biblioteca pública que había en la región y que se hallaba un kilómetro más allá del pueblo que veían. Les dio las señas con escrupulosidad, pero nada le aseguraba a nadie que eso fuera a resultar de ayuda. La única persona que tomó nota de ellas fue, lógicamente, la pequeña en quien recaía todo el peso de la misión.

Sin más preámbulos descendieron del barco y se enfrentaron una vez más con su destino. El frío apretaba y las pocas luces de las casas que todavía permanecían encendidas reforzaban poco y nada la iluminación del camino, por lo que improvisaron una antorcha con el primer leño que se toparon. Munidos del fuego y de la falsa sensación de seguridad que proveía, se dirigieron hasta el asentamiento que debían atravesar.

Tal vez fuese de noche cuando los sentidos de Zoro se despabilasen, porque no le costó llegar ni transitar por la calle principal, ni salir del otro lado, más del tiempo necesario. Wicka lo miró con cierto desconcierto, aunque con secreto orgullo también. Quizás aquella nación fuese pródiga en milagros, incluso tratándose de reparar un defecto proverbial.

Sin embargo, pronto comprendería que la ingenuidad que caracterizaba a su pueblo podía ser desesperante. Ni bien se adentraron en un abigarrado bosque de pinos, la ilusión se hizo añicos al estrellarse contra la cruda realidad. Al principio pareció que Zoro entendía bien por dónde iba, pero pronto empezaron a repetirse ciertas irregularidades de la floresta, especies muy conocidas por ella de haberlas visto en los libros, por no hablar de las huellas que habían dejado en la nieve y por sobre las que transitaron por tercera o cuarta vez.

La llama de la antorcha vaciló con una ligera aunque repentina ventisca, y Wicka ya no pudo soportar tanta incertidumbre.

-El reno nos dijo que siguiéramos el rumbo de la estrella más brillante, ¿por qué insistes en tomar la dirección que se te da la gana?

Zoro, que tampoco iba de muy buen humor debido a la temperatura y los extraños ruidos del bosque, fue incapaz de aceptar la recriminación.

-Si conoces tan bien el camino hasta Robin, ¿por qué no nos guías tú?

-¡Porque tú te empeñas en llevar el mando!

-¡Será porque sólo vienes de polizón!

-¡Vengo porque Luffyland me puso a cargo de ti!

-¡Pues tú y Luffyland pueden irse al infierno!

Wicka quedó tan indignada por la reyerta que ya no tuvo voluntad de prolongarla. ¿Que se vayan al infierno? ¿Y hacia dónde creía el muy cretino que la había llevado en las últimas semanas en cada isla que pisaron?

El espadachín, lejos de liberarse del enfado, terminó más irritado aún. Sabía que necesitaba de Wicka, muy en el fondo de su testarudo corazón lo sabía, pero todavía se negaba a admitir que esa necesidad tuviese que ver con algún tipo de incapacidad propia. ¿Acaso no era el segundo de los Mugiwara? ¿Qué podía estar mal con él?

Mascullando ese tipo de resentimientos, siguió dando vueltas de manera inconciente, por lo que nunca supo con certeza si estaba siguiendo el rumbo adecuado. Ese bosque era una molestia y al parecer sus pies se movían a su antojo, más pendientes del frío y la noche que de las tribulaciones de su dueño. ¿Por qué siempre tenía que aparecerse Robin en esos destemplados confines?

El mundo estaba contra él, el universo con sus largos corredores, sus recodos repentinos, sus bosques, sus mares, sus países, sus endemoniadas sendas repetidas… Para él era como moverse adentro de una eterna pesadilla, un malhadado sueño de nunca acabar porque ninguno de sus intentos y decisiones conseguían accionar de la manera deseada.

Ni siquiera podía salir de un maldito bosque de pinos… ¿Y dónde diablos estaba la condenada estrella? Si fuera de día, seguramente podría atravesarlo en un abrir y cerrar de ojos.

Fastidiado, por fin se detuvo brevemente con la excusa de tomar aliento.

-¿Y ahora por dónde? –se dignó a preguntar.

Wicka, que también rumiaba una creciente insatisfacción, permaneció muda cruzada de brazos. Los tontatta tenían su orgullo y el suyo había sido herido injusta y gratuitamente.

Al llevarla sobre su hombro, a Zoro le costaba poder fijarse en su carita, pero por la tensión que reinaba en el ambiente entendió la causa de su ofendido silencio. Lo único que le faltaba, ¡ahora también tenía que lidiar con una muchacha enojada!

-Pregunté por dónde –repitió con el mismo tono inconvenientemente agresivo de la vez anterior.

Pero Wicka permaneció en silencio, obstinada. Él no podía mirarla, pero ella clavaba su ceñuda mirada en el camino, o lo que sea que estuvieran recorriendo, concentrada en su disgusto. Zoro apretó las muelas y gruñó más irritado aún que antes.

-¿Qué diablos te pasa ahora? –le lanzó sin poder contenerse más.

Wicka apenas suspiró y persistió en su postura. Zoro comenzó a impacientarse. ¿Por qué siempre le tocaba alternar con esa clase de mujeres?

Sin embargo, en algún oscuro rincón de su obtuso carácter, una molesta vocecita le advertía que algo tenía que ver él con la reacción de la joven. Aunque de ahí a conocer con certeza la razón, mediaba un trecho bastante largo, y ya se sabe lo zigzagueante que puede volverse el camino para el espadachín.

Alrededor de ellos, en ese sombrío y frondoso bosque, el silencio se tornó más ominoso debido a la terquedad de Wicka. Poco a poco, no obstante, Zoro fue comprendiendo que eran ideas suyas, pues era imposible que la fauna de la región empatice con ella hasta el punto de empacarse de la misma forma, y empezó a distinguir los sonidos guturales correspondientes. Aun así, sintió un escalofrío. Lo que la pequeña estuviese haciendo, realmente funcionaba.

Muy bien, al parecer tendría que hacer una especie de… acto de contrición, o algo por el estilo. Incluso su dura cabeza de pirata desorientado podía acusar recibo de las señales. Él era la causa del enfado ajeno, de nada le serviría persistir en ignorarlo.

Gruñó para sus adentros. ¿Sería por las palabras dichas con anterioridad? Ella no podía enojarse tan fácilmente por algunas frases lanzadas al azar… ¿o sí? ¿Acaso no vivían intercambiando de esa manera desde la partida de Dressrosa?

Vaya hora y lugar para desplantes de esa índole.

-¿Al menos podemos seguir avanzando? –indagó con un tono parecido al de la amabilidad-. Se me están escarchando los dedos de los pies.

Wicka ni siquiera se mosqueó. Zoro volvió a apretar las muelas para contenerse. Sí que tenía orgullo la muchachita.

-Ya, dilo –accedió con indisimulable fastidio-. Dilo de una vez o nos congelaremos aquí.

Recién entonces Wicka lo miró de reojo. Calculó que estaban detenidos a medio camino del lugar donde residía Robin y, dado el grado de concesión ofrecido por Zoro, estimó que ya era tiempo de zanjar aquel asunto. Con él como guía, la mitad de cualquier camino podía convertirse en una odisea diabólica.

-Te comportas como un patán –lo acusó.

-¿Y cuál es la novedad?

-¡Que estoy dando lo mejor de mí para que siquiera puedas llegar con bien hasta alguno de tus compañeros, zopenco!

-¿Y yo no estoy haciendo lo mismo?

-Lo que quiero decir es que no lo valoras –barboteó ella, desahogándose por fin-. Estoy aquí para ayudarte, para evitar que el mundo se convierta en un atolladero para ti, y siempre lo agradeces enojándote, reclamándolo o insultándome. ¿Acaso piensas que nada de lo que dices me afecta?

-Sí, eso pensé exactamente dados los insultos que tú también me descargas.

-¡Pues porque eres un estúpido!

-¡Y tú una tirana!

-Si no fuera por mi tiranía, ¡todavía estarías dando vueltas en Sabaody!

Aquí Zoro volvió a hacer un esfuerzo para contenerse. ¿Por qué traer a colación situaciones vergonzosas pasadas? Las mujeres y sus reclamos retroactivos.

Porque parecía que de eso se trataba, Wicka de pronto se había transformado en una novia reclamándole. ¿Por qué acabaría vagando tan a menudo por sitios lúgubres en compañía de chicas presuntuosas, exigiendo de él cosas que nunca entendería y que de todas maneras se negaría rotundamente a ofrecer? Él era un espadachín, maldita sea, no el pretendiente de turno.

Pero de todas formas, tratándose de Wicka, tuvo que cuestionar la validez de tal razonamiento. Ella nunca había pretendido nada extraño de él, sino que, por el contrario, continuamente se esmeraba por asistirlo en sus pesquisas. Siempre se había comportado como una verdadera amiga soportando incluso su testaruda forma de ser.

Incluso soportando sus peores defectos… sean cuales sean.

Entonces, una chispa de luz amagó con encenderse en su conciencia. Tal vez lo que Wicka le reclamase en ese momento fuese lisa y llanamente un acto de consideración. Él no había pedido su compañía, pero ella tampoco lo había hecho, sino que simplemente lo había aceptado.

-Demonios –masculló, porque al fin se vio en el molesto intríngulis de disculparse y él no hacía ese tipo de cosas a menos que la situación lo requiriese con imperio.

Sin embargo, Wicka fue capaz de entrever sus inclinaciones.

-Eres un cabeza hueca –aseveró en el código que ya les resultaba más familiar pese a todas las protestas-, pero tienes la voluntad más férrea que haya conocido. Sólo deja que te ayude un poco sin rezongar ni mandarme al diablo, ¿de acuerdo?

El otro, después de algunos instantes de silenciosas cavilaciones, comenzó a caminar. Al menos se había salvado de prorrumpir en discursos trillados y revisiones de conciencia.

-Sólo dime por dónde –farfulló, y Wicka sonrió con satisfacción.

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Desde luego, por más que hubiesen hecho las paces y acordado tácitamente apoyarse entre sí, el resto del camino Zoro incurrió en sus rodeos habituales. Según su función, Wicka se lo recriminó una y otra vez gesticulando arduamente para retrotraerlo a la senda adecuada, y todo entre ellos siguió desenvolviéndose con la naturalidad acostumbrada.

Pero, al menos, Zoro la oía y ella, por su parte, aprendió a tomárselo con más filosofía. Ambos se propusieron interiormente redoblar sus esfuerzos, aunque ante la mirada del otro siguieran comportándose como dos quisquillosos.

La cuestión es que orientándose con la bendita estrella recomendada por Chopper lograron atravesar el bosque más extenso que hayan recorrido jamás. Esto, por supuesto, gracias a los fortuitos vericuetos que Zoro se empeñaba en explorar. Una vez que llegaron al borde contrario, una blanca llanura se expandió ante ellos y en el centro, apenas iluminada desde el interior, una solitaria cabaña auguraba la meta.

Zoro ya no tuvo excusas para perderse ni Wicka para exasperarse. En pocos minutos se detuvieron ante la puerta y llamaron con unos golpes. Al poco rato se oyeron pasos del otro lado y el ruido de la cerradura al destrabarse. La puerta se abrió y Robin se asomó para ver de quién se trataba, visiblemente maravillada al reconocerlos.

-Zoro –se asombró.

-Tiempo sin vernos –repuso él con la tosquedad que lo caracterizaba.

-¡Robiland! –exclamó Wicka, y se lanzó hacia su pecho para abarcarlo según sus posibilidades. Robin la estrechó con dulzura-. ¡Robiland! –repitió en un lacrimoso gemido, pues por fin se encontraba con una congénere después de tantos días rodeada de sudor, alcohol, ronquidos y demás exabruptos masculinos.

La arqueóloga los hizo pasar de inmediato y los recién llegados se escabulleron sin escrúpulos hasta la chimenea para restaurar sus ateridos cuerpos. Robin sonrió. Por un momento había creído que su imaginación y las horas de encierro y estudio le estaban jugando una mala pasada, pero en verdad sucedía lo que hacía mucho tiempo deseaba.

-Antes de que digas nada –articuló Zoro en medio de los naturales castañeteos-, Chopper fue el que nos dijo en dónde encontrarte.

-Lo imaginé –repuso ella, que se dispuso a prepararles té en la pequeña cocina.

-Llevamos mucho tiempo navegando y no quisimos esperar hasta mañana –informó Wicka, igual de tembleque que su amigo.

-Lo entiendo –afirmó Robin, sonriendo aún-. Y creo saber también por qué están aquí.

Zoro la miró de soslayo, algo más repuesto. Ella se distinguía por su inteligencia, por lo que no le sorprendió ni pizca que ya hubiese entrevisto los motivos de su repentina llegada. Quizá no habría que convencerla de nada, pero quién sabe entonces con qué clase de miramientos le saldría.

-Luffy ha aparecido –empezó ella, sirviendo el té en sendos tazones-, de otro modo no habría razón para que estén aquí. Han venido a buscarme, y si ya se toparon con Chopper es porque de seguro nuestro capitán los ha puesto al frente de la tarea de reunirnos. ¿Me equivoco?

Wicka asintió sonriente.

-Ya hemos reunido a tres y contigo serán cuatro –corroboró.

-Si es que quieres unírtenos –insinuó Zoro.

Ella les ofreció el té en la mesa y los convidó a sentarse. Allí se acomodaron. Aunque pequeña, la sala no sólo resultaba confortable por el calor de la chimenea, sino también por las estanterías atiborradas de libros. Habían olvidado que, aunque aislada, se trataba de una biblioteca. Aquéllas estaban empotradas contra las paredes y se veían aquí y allá las irregularidades propias de la manipulación constante entre los volúmenes.

A Zoro le bastó con echar un vistazo para entender en qué había invertido Robin su tiempo y de nuevo se preguntó a qué clase de aprensiones se enfrentaría esta vez. Esa mujer, para él, había sido siempre un hueso duro de roer.

-Veo que ha sido una misión difícil –comentó ella.

Zoro bebió un largo sorbo de té y la miró fijamente por encima del borde de la taza. Lo dicho, Robin era demasiado inteligente para andar con vaguedades.

-Así es –repuso-, pero sabes tan bien como yo que una orden del capitán es definitiva.

-¿Cómo está Luffy?

-Despierto, y ya es mucho decir.

Ella sonrió con entendimiento.

-¿A quiénes más has reunido?

-Además de Chopper, en el barco nos esperan Franky y Brook.

-Me alegrará mucho poder verlos por fin.

-¿Eso significa que te nos unes? –repitió Zoro, visiblemente interesado.

Wicka la miró con gran expectativa, casi implorante. Jamás podría aceptar que ella dudase.

-Desde luego –asintió la arqueóloga, sonriendo otra vez.

Lo dijo con tanta naturalidad que los otros dos exhalaron largamente con indisimulable alivio. Robin rió ante semejante reacción.

-Entonces en verdad ha sido duro –volvió a comentar, y luego bebió de su té.

-Ni te imaginas –gimoteó Wicka, quien se contuvo de lloriquearle la historia sólo porque se hacía tarde y quería regresar al barco cuanto antes. Luego, interrogativa, añadió-: ¿De veras no tienes ningún problema en volver con los Mugiwara? ¿Ningún asunto que te ate aquí?

-Y hablando de ello, ¿por qué estás aquí? –indagó Zoro.

Robin volvió a beber de su taza y se tomó algunos segundos antes de responder.

-En cuanto a lo primero, pequeña Wicka –comenzó-, debes saber que a diferencia de la mayoría de mis nakamas, el lugar donde nací ya no existe, ni tengo familia. Por lo tanto, jamás dudaría en regresar junto a ellos, que son mi verdadero hogar. En cuanto a lo segundo –dijo dirigiéndose a Zoro-, llegué hace dos años de casualidad y busqué a Chopper para saludarlo y verificar si tenía alguna novedad. Como la respuesta fue negativa y la nostalgia demasiado grande, accedí a su pedido de quedarme con él.

-Y veo que ha valido la pena –dijo Zoro, gesticulando hacia los libros.

-Así es –confirmó Robin, mirándolos también. De pronto, sabiendo que sería la última vez, el corazón flaqueó un poco-. Me he topado con una antigua y nutrida biblioteca provista de variados e interesantes saberes, además de haber conseguido algunas pistas de provecho –agregó con tono misterioso.

-Pues has decidido bien –dijo Zoro, poniéndose de pie-. Eras uno de los dos nakamas de difícil localización, y ya los hemos encontrado a ambos. Creo que es mejor que partamos cuanto antes.

-¿En verdad no podemos esperar hasta mañana?

-Lo siento pero no.

Tal determinación en algo contrarió a la mujer, pues no le daba espacio para despedirse, aunque supo reponerse pronto. Wicka atrajo su atención con ampulosos ademanes y tuvo que acercarse a ella para que pudiese susurrarle al oído:

-Sucede que ya hemos perdido demasiado tiempo. Zoroland se… se… se extravía con facilidad… Tú sabes.

Robin rió de buena gana y Zoro bufó, molesto, pues había escuchado cada palabra. Se cruzó de brazos y esperó a que las damas se decidieran a partir.

-Entiendo –afirmó la arqueóloga, quiñándole un ojo-. Necesitaré unos momentos para juntar mis cosas y podremos partir.

Y fue a su habitación. Wicka aprovechó la oportunidad para terminar de beber el té y echó un vistazo a su alrededor, visiblemente admirada. Percibía la sinceridad de Robin, pero también entendió lo difícil que sería para ella desprenderse de todo ese caudal. Sin embargo, así tenía que ser. Seguramente con el tiempo volvería a encontrarse con esos libros.

Cuando Robin estuvo lista, emprendieron el camino de regreso. Lo recorrieron con algunos sobresaltos, para qué negarlo, Zoro era muy diestro para hallar caminos insospechados, pero con el tiempo, el frío y la ancestral paciencia femenina lograron redireccionarlo sin consecuencias fatales.

Wicka había visto muy bien dentro de Robin. Una vez a bordo del Sunny, la arqueóloga se sintió más feliz que nunca al poder reencontrarse con sus nakamas, la única familia a la que amaba pertenecer. Sin embargo, pronto comenzó a echar de menos su sala de estudio, sus libros nuevos y el silencio que la había cobijado. Sólo cuando entró en su camarote y halló la mayor parte de sus pertenencias de antaño pudo sosegar aquel sentimiento.

Sí, ahí estaba su verdadero lugar en el mundo, el único en el que era feliz. Había podido cargar algunos libros que consideró fundamentales y ya vería el modo de recuperar el resto. En el Sunny, rodeada de la algarabía de sus amigos, podría recuperarse tanto de los cuatro años de separación como de la nueva sensación de desarraigo que experimentaba.

Y de algún modo los demás lo intuyeron, por lo que procuraron darle tiempo a solas y brindarle compañía cada vez que lo necesitase. Podía ser fuerte y decidida, pero eso no significaba que los años pasados no la hubiesen afectado. Hasta Zoro lo percibió, y se sintió muy agradecido con ella por haber hecho a un lado esa melancolía para priorizar el reencuentro con sus nakamas.

Seguramente todos y cada uno de ellos necesitaban ese tiempo aún a pesar de la alegría y del alivio de volver a comenzar, concluyó Zoro para sus adentros. Cuando el Sunny partió en busca de un nuevo Mugiwara, se quedó en cubierta para contemplar la noche que se cernía sobre ellos. Sin embargo, no debía faltar mucho para que amaneciera. El espadachín se aferró a esa idea y volvió a agradecer por estar con sus amigos.