Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Les recuerdo que el fic consta de diez capítulos en total, por lo que ya falta poco para que termine. Zoro seguirá extraviándose un rato más para divertimento de todos. Esta entrega, en especial, creo que por momentos amerita una "doble" lectura, si es que me interpretan. Tratándose de estos dos, a veces no sé si es más fuerte la rivalidad o el amor XDD

Muchas gracias nn por seguir del otro lado. Creo que Robin tiene una personalidad muy especial, imaginé que no haría tanto drama para volver, quiere mucho a sus nakamas. Jajaja, es verdad eso de que lo de "nuevo" puede resultar confuso, y lo más probable es que me haya descuidado en más de una ocasión. Cuando uno edita su propio texto ese tipo de errores se deslizan con naturalidad. Muchas gracias de nuevo por tu compañía y tu apoyo n.n

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


VII

¡Sigues por la senda equivocada!

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Difícilmente encuentres a alguien por el olfato en un restaurante


Después de recoger a Chopper y a Robin pasaron mucho tiempo en el mar, debidamente aprovisionados en Drum. Previendo uno de los trayectos más largos del viaje, prefirieron omitir cualquier aventura, contratiempo o demora innecesaria en otras islas, pues saldrían del Grand Line para dirigirse al East Blue.

Tal y como Franky había prometido, las modificaciones en el Sunny fueron fundamentales para la travesía. Buena parte de los cuatro años pasados los dedicó a mejorarlo en diversos aspectos, pero sin duda el más relevante fue el revestimiento de kairoseki al mejor estilo de los barcos de la Marina. Podía resultar muy emocionante atravesar límites colgados de pulpos inflables o a través de ríos de montaña, pero nada ofrecía tanta eficacia y rapidez como una juiciosa navegación por el Calm Belt.

Desde luego, nunca podía estarse ciento por ciento seguros, los reyes marinos permanecían al acecho, pero se trataba del mejor trayecto disponible. Dado que en el presente la prioridad era reunir a la tripulación, los riesgos de un pez gigantesco hambriento o de un inoportuno convoy del gobierno no los disuadirían de la elección tomada.

Fue así que, en menos tiempo y con mayor facilidad que cuando navegaban con el alucinado de Luffy, lograron salir del Grand Line para encontrarse en pleno East Blue. La esperanza de reunirse pronto con los miembros faltantes les renovó el entusiasmo e hizo que toda debatible decisión hubiera valido la pena.

Para Wicka, el nuevo rumbo emprendido representó una gran aventura. Examinaba en el mapa la ruta recorrida y siempre se asombraba de lo lejos que se hallaba su hogar, de la inmensidad del mundo y la grandiosidad de ese mar inagotable. Todo lo contemplaba llena de maravillada sorpresa y pedía explicaciones constantemente acerca de cada detalle o irregularidad que notaba.

Los Mugiwara, que ya la adoraban, hacían lo posible para complacerla, al menos en su mayoría. Zoro, como de costumbre, prefería ignorarla, aunque nunca convencía a nadie con esa sequedad impostada. Todos allí habían percibido el vínculo especial que tenía con Wicka e incluso ella misma aceptaba su aparente desdén con la naturalidad con la que se acepta el de un hermano.

Así, los días transcurrieron apacibles, alegres y apenas salpicados de los eventuales sobresaltos que distinguían la cotidianidad de tan singular tripulación. Habiendo pasado tiempo de calidad juntos otra vez, pudieron reencontrarse con la familiaridad que los constituía y gradualmente dejaron atrás cualquier motivo de duda. Sólo faltaba que el fenómeno se repitiese con los tres que quedaban por recoger.

Y el próximo era nada menos que Sanji… Los últimos días, Robin se dedicó a contarle a Wicka algunos de los pormenores de la relación del espadachín con el cocinero, para prevenirla. La joven rió de sólo imaginarlo, pero también se preguntó cómo haría Zoro para manejar la situación si Sanji se negase a volver. O tal vez pudieran resolver el asunto sin problema, ¿quién podría saberlo? La cosa es que sería interesante verlos en la tesitura.

Las asperezas entre nakamas acontecían, era algo natural. Ahora, ¿podría Zoro, llegado el caso, hacer a un lado su orgullo para reconquistar a su compañero? ¿O lo sobrepasaría el encono y le "daría de baja" sin escrúpulo alguno? La más mínima provocación podría enviar la misión al diablo, y ninguno de ellos dos revería su conducta para evitarlo.

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El Baratie se anunciaba por sí mismo, no con publicidad superflua, sino con los aromas que lo caracterizaban. Sólo era cuestión de tiempo empezar a percibir en el aire las delicias que prometía, y cuando el momento llegó todos se deleitaron sonrientes con su proximidad.

El único que no mostraba ninguna expectativa era Zoro, concentrado en secretas cavilaciones. Desde que el aire empezó a anunciar la cercanía del restaurante se salió de su habitual letargo y simplemente se paró de brazos cruzados con la mirada fija en el horizonte. Viéndolo en ese trance cada uno de sus compañeros elaboró sus propias suposiciones, aunque en general coincidían en la dificultad de aquel encuentro inminente.

Zoro sabía bien que Sanji sería un hueso duro de roer, y no precisamente porque se hubiese desentendido de la tripulación. Si Luffy hubiese sido quien se ocupase de arrastrar su trasero hasta el barco, de seguro hubiera resuelto el asunto de forma sencilla, pero no era él quien se dirigía hacia el cocinero, sino su compañero/rival. No sería nada fácil de convencer, así como tampoco lo había sido cuando lo reclutaron. Y no sería muy digno de su parte utilizar a Robin como carnada.

Tendría que apañárselas con sus propios recursos, punto. A fin de cuentas, así había obrado con el resto de sus nakamas. Sin embargo, Zoro se sentía mucho más preocupado en la actualidad. Quién podría prever qué cosas tendría que decir o hacer para persuadirlo de volver.

Siempre fiel a su nefasta manía de extraviarse, no supo encauzar esas inquietudes a través de los meandros de su propia imaginación, ni siquiera cuando avistaron el Baratie. El barco-restaurante se mecía apaciblemente en las coordenadas de costumbre, invitando con su apetitosa silueta y sus tentadores aromas a todo aquel que navegase por la zona. Si una persona tenía hambre, allí encontraría un buen plato de comida para alimentarse.

Decidieron echar el ancla a cierta distancia para preservarse de miradas indiscretas o comensales inoportunos. No iban a buscar pelea sino a reunirse con un compañero, y querían atenerse a eso. El tiempo empezaba a urgirles y cualquier obstáculo que se presentase se convertiría en un incordio. Después de intercambiar brevemente con quienes permanecerían en el Sunny, Zoro y Wicka abordaron el mini-Merry y se dirigieron al restaurante.

Por fortuna, el recorrido era demasiado obvio incluso para alguien tan testarudamente propenso al desvío como el espadachín. Wicka suspiró con alivio al ver que al menos esa parte del viaje marcharía con bien. Algunos minutos después se detuvieron en el pequeño muelle-aparcadero, echaron amarras, descendieron y se dirigieron al local.

Estaba atestado de gente de toda laya, género, procedencia y dedicación más allá de las horas y los hábitos alimenticios. El Baratie y su personal jamás prestaba especial atención a ello o a los convencionalismos, sino que su objetivo principal era complacer al cliente. Por eso así lo hacían, sin importar los pormenores que no sean culinarios.

Wicka lo observaba todo con el asombro habitual. Nunca había estado en un restaurante flotante y cada detalle le generaba curiosidad.

-Vaya, este sí que es un sitio donde sentarse a comer, no se parece en nada al tugurio donde vives bebiendo como un condenado –comentó.

-Definitivamente no se trata de un tugurio –convino Zoro buscando con la mirada al cocinero-, así que puedes mudarte aquí y dejar de molestarme.

-No veo a tu compañero.

-Tampoco yo. Tendremos que buscarlo.

Ante la mera perspectiva, Wicka tragó saliva con dificultad.

-¿Tú crees? Tal vez si nos quedamos aquí y esperamos…

-No hay tiempo.

-Pero el lugar es muy grande y puede que…

-Habrá que hacer lo que sea necesario.

-Pero…

-¡Que no hay tiempo para discutirlo!

El espadachín dio un temerario paso hacia adelante. Wicka, en su hombro, sintió espanto de lo por venir y de inmediato tironeó de su oreja como una madre con el hijo descarriado.

-¿Puedes esperar al menos un minuto para planearlo? –lo regañó, irritada. Esta vez quería intentar, al menos intentar, pensar antes de echarse a rodar por la vida con ese demente.

Zoro gruñó. No tenía ganas de planear, sino de accionar de una buena vez.

-Qué planes ni qué planes, se trata de un maldito restaurante.

A Wicka la vida y la experiencia de su amistad la habían endurecido. Hacía tiempo que se había desecho de determinadas ingenuidades. Como muchos seres humanos en este ingrato valle de lágrimas, había tenido que madurar de golpe… o a los tumbos, para ser más exactos.

-Contigo nunca es tan simple, idiota.

-¡Pues contigo tampoco! –se enfadó él.

-Deja que por esta vez sea yo la que guíe.

-Jamás.

-¡Entonces nunca encontrarás a tu compañero!

-¿Quieres apostar?

E intercambiaron pueriles carantoñas de recriminación tratando de imponerse sobre el otro. Desde luego fue un enfrentamiento del todo infructuoso, pues al poco rato se hallaron vagando sin rumbo entre las instalaciones. Y vaya si ese lugar tenía recovecos que descubrir.

Qué engañosas podían ser las dimensiones de un sitio viéndolo desde afuera, sobre todo cuando se lo recorría con Zoro. Al poco de andar, para Wicka el Baratie dejó de ser un simple restaurante para convertirse de pronto en la ardiente y perpetua cocina del infierno. Y cada vez que se vieron obligados a descender por alguna escalera, ese desvío no hacía más que recrudecer la sensación.

Resultó que, como todos los barcos –que al fin y al cabo también lo era-, el Baratie constaba de varios niveles. Uno estaba destinado a la atención al público, otro a los camarotes del personal, otro a los almacenes, otro a los depósitos, otro a la cocina propiamente dicha, otro al cuarto de máquinas… El lugar no tenía fin y Zoro se ocupó de corroborarlo con sus vueltas.

Sin perder de vista el objetivo -encontrar a Sanji-, recorrieron el nivel de los camarotes revisando puerta por puerta sin atender a las esporádicas protestas e interrogantes de cada uno de sus ocupantes, los licenciados de turno. Zoro tampoco fue capaz de observar cuestiones de privacidad ni parámetros de procedencia, pues como era previsible, hasta que Wicka no se lo hizo notar con un coscorrón, se abocó a repetir la pesquisa una y otra vez, atascado en su retorcimiento habitual.

La misma rizomática búsqueda aconteció en el nivel de los almacenes, e iba tan embalado que ni siquiera el aroma de los encurtidos lo distrajo del extravío. Wicka, irritada porque casi llevaban una hora dando vueltas entre las latas de tomate, lo obligó a detenerse para intentar por millonésima vez hacerlo entrar en razón, o en el camino lógico de la misma.

-¿No te das cuenta de que desde hace rato estamos girando en círculos? –lo regañó-. ¡Hemos pasado junto a estas latas al menos unas ochenta y cinco veces!

-Sólo tú te fijas en esos detalles –masculló él, que de todas maneras se detuvo para reponerse-. Eres demasiado puntillosa.

-¡Y tú demasiado idiota!

-¡Tengo que encontrar a Sanji antes del anochecer!

-¡Pues qué bueno que te lo hayas propuesto! –retrucó ella, indignada con su estupidez.

-Nunca creí que el Baratie fuera así de grande y enrevesado.

Wicka puso los ojos en blanco.

-¿Tú crees? –ironizó.

-El pervertido no puede andar muy lejos –murmuró él, reflexivo.

La pequeña cuestionó concienzudamente tal afirmación, aunque se abstuvo de hacerlo en voz alta. De todos modos Zoro jamás entendería cuán inciertas podían llegar a ser esas coordenadas cuando salían de su boca.

-Tratemos de llegar a la cocina –sugirió, acopiando toda la paciencia posible.

Zoro asintió. De alguna misteriosa manera, supo adecuarse al interés manifestado por la joven y se esforzó en refrenar sus impulsos de despliegue. Por una condenada vez en la vida, antepuso la importancia de la meta a la temeridad esquizofrénica con la que se lanzaba al mundo.

Desde luego, por cada paso que dieron, retrocedieron otros dos. Zoro no podía consigo mismo, ¡no podía! Las circunvalaciones en la bodega de los vinos vinieron a corroborarlo una vez más. Dieron tantas y con tal meticulosidad que Wicka llegó a aprenderse de memoria marcas, cosechas y varietales, pudiendo recitarlos en perfecto orden en la medida en que Zoro repetía el recorrido. Esos nuevos conocimientos en enología fueron la única cosa productiva que le reportó aquel caprichoso acontecer espacial.

El prodigio de arribar por fin a la atareada cocina del Baratie se produjo aproximadamente tres horas después de su ingreso al barco, cuando Zoro se decidió a rescatarse de ese fatídico bucle dimensional. De pronto sus obtusas correrías los depositaron allí, en la entrada, chocando con los tentadores aromas de los platillos en preparación, con el espeso vapor de las cocciones y con el ruidoso trajinar de los cocineros al maniobrar con la vajilla. Wicka observó el panorama con gran maravilla y Zoro con un mohín.

De repente alguien vociferó:

-¡Salen coq au vin, una ensalada Caesar, patatas a la romana! ¡Siguiente orden! –Y una tanda de papeletas colgadas de un tendedero se deslizó hacia allí.

Zoro reconoció la voz. El tipo trabajaba en la otra punta y todavía no había notado su presencia. Maldito cocinero del demonio, él no estaba para apariciones teatrales. Bastante había tenido ya con los otros, aunque con ningún nakama le costaría tanto mostrarse interesado como con él.

La voz volvió a gritar:

-¡Salen pasta con frutos del mar, rognons a la creme y boeuf a la bourguignonne! ¡Siguiente!

Zoro sudó frío. ¿Cómo hacía el muy ladino para preparar tantos platillos a la vez? Siempre se lo había preguntado y nunca había desentrañado el misterio. Él y Franky daban miedo, a veces se le antojaba que eran la propia encarnación de Satanás.

-¡Gambas al ajillo, ensalada Dubarry, champignons a la creme! ¡Siguiente orden! ¡Y que alguien aparte al marimo de mierda del camino!

El espadachín gruñó, ofendido. Sería demasiado raro que no hubiese notado su llegada.

-¡Y tú trae aquí tu mugroso trasero! –demandó enfadado-. ¿Sabes cuánto llevo buscándote entre los malditos escondrijos de este lugar?

Sanji se lo pensó con seriedad durante una fracción de segundo mientras freía unas patatas.

-¿Cuatro días con sus noches? ¿Cuatro meses, tal vez? ¿O acaso cuatro años?

Esta vez Zoro tuvo que rumiar cualquier respuesta posible. Había supuesto que con Sanji la cosa sería complicada y ya había tenido que atajar la primera indirecta lanzada.

Pese a las diferencias de personalidad, podía decirse que en el fondo guardaban similitudes de carácter. Ambos eran testarudos a su manera, determinados e impositivos, por lo que no cualquier motivo los impelía a accionar. Aunque al final fuesen de lo más confiables, tenían que tener muy en claro la causa por la que se moverían.

Luffy era siempre una de sus más grandes motivaciones, aparte del desafío o la dama de turno, según le tocase a uno u otro intervenir en algún asunto. Sin embargo, en el presente, resultaba evidente que tendrían que rebuscárselas con otras razones para saltar el foso que se había abierto entre ambos a causa del tiempo y el desencanto.

-Pues si te sigues escondiendo entre las cacerolas, difícilmente lo sabrás –lo provocó Zoro.

Y la patada voladora le dio justo en la frente, donde quedaría una marca que duraría por días. Wicka de pronto perdió sustento a causa del empellón que incrustó al espadachín contra el muro de atrás, procuró aterrizar de la mejor manera y afortunadamente el daño fue sólo emocional, al menos para ella.

-Escondiéndome mis calzones –farfulló Sanji, mientras, disgustado, luchaba con el mechero para encender un cigarrillo, de pie junto al "cadáver" de Zoro-. ¿Y quién habla de esconderse? ¡Uno de los piratas-idiotas más escondidos de la actualidad!

Zoro se incorporó con esfuerzo, acusando recibo de esa nueva recriminación. Aunque sólo en su interior, desde luego, nunca jamás en la vida se mostraría consternado o comprensivo delante del cocinero. El golpe le provocó un incipiente dolor de cabeza y ya no supo si reprocharse el olvido de aquella fuerza bestial o agradecer por volver a vivirlo, esto también en su fuero más íntimo.

La pequeña Wicka se acercó lentamente, no muy confiada. Recordaba las advertencias de Robin, pero presenciar tal despliegue en vivo y en directo la abrumó sobremanera. Sólo cuando vio a Zoro de pie y a salvo se sintió realmente aliviada.

Sanji apenas le echó un vistazo. Tendría que haber medido al menos un metro sesenta de alto para llamar su atención de galán enamorado.

-¿Alguien con la paciencia suficiente para soportarte? –indagó refiriéndose a ella, y por fin pudo darle una buena pitada a su cigarrillo-. Mis condolencias, jovencita. De seguro merecía mucho más que acompañar a este marimo trasnochado.

Esta vez fue Zoro el que se irritó y lo encaró con enfado.

-Te rebanaré como a una maldita zanahoria si no dejas de decir estupideces, cocinero pervertido.

-Quiero ver que lo intentes –repuso el otro, embroncado también, y frente con frente gruñeron como animales a punto de embestir.

Wicka ya no supo si alarmarse o abochornarse por aquella extravagante conducta. Parecían dos bestias salvajes, pero en realidad se trataba de dos niños caprichosos y testarudos tratando de marcar territorio.

-¿Por qué no buscamos un lugar discreto donde poder conversar? –sugirió, y un par de ceñudas miradas se volvieron hacia ella lanzándole puñales psicológicos. Pero Wicka, al borde del hastío, en lugar de amilanarse se lanzó sobre ellos y le propinó un doloroso coscorrón en la sien a cada uno. Ella también poseía una fuerza bestial-. ¡Dejen de comportarse como patanes y hagan lo que digo!

Irónicamente, o quizá por acondicionamiento después de convivir con Nami tanto tiempo, una categórica orden femenina fue todo lo que necesitaron. Continuaron acribillándose con los ojos, pero al darse cuenta de que el resto del personal del Baratie hacía rato que los estaba observando con interrogación, Sanji optó por desistir de sus ansias homicidas, al menos por el momento.

-Síganme –pidió a regañadientes.

Bajaron por unas escalerillas hasta un entrepiso donde almacenaban los productos más frescos: carnes, pescados, pollo, cerdo… Todo debidamente conservado en neveras especiales. Más allá se acumulaban las frutas y las verduras, y hacia esa aromática zona se dirigieron.

Tomaron asiento en unos cajones de mercadería, vacíos y dados vuelta, no sin antes de que Sanji volviese a descargar sus emociones con un puñetazo en la cara de Zoro. Éste, furioso, lo encaró dispuesto a matar.

-¡Y ahora por qué! –vociferó.

-Para cortar la tensión del momento –respondió el otro tranquilamente.

El espadachín, resollando, hubiera querido devolverle al menos una parte de lo recibido, pero supo contenerse al entender la situación en la que se hallaban. Retribuyó los saludos con algunos insultos y con eso por el momento podría vivir.

Cuando se sentaron, con Wicka montada una vez más en el hombro, éste decidió ir al grano.

-Luffy apareció.

Sanji fumó largamente, exasperándolo con su silencio.

-¿Y cuál es su excusa?

Zoro le refirió brevemente lo sucedido y, en la medida en que avanzaba en su relato, el cocinero arrugaba el entrecejo, visiblemente disgustado.

-Ese idiota –murmuró al fin cuando aquél terminó.

-Así ha sido siempre nuestro capitán.

-Luffyland no es una persona normal –intentó Wicka.

-Ni que lo digas –farfulló Sanji, pisando cuidadosamente la colilla hasta que la brasa se extinguió-. Cuatro años y contando, maldita sea.

-¿Tienes algún problema con la idea de volver a la tripulación?

Zoro lanzó la pregunta sin ambages, no le importaba mucho ser sutil. Nunca había hecho falta recurrir a absurdos subterfugios de esa clase para intercambiar con él.

El interpelado le dirigió una mirada inescrutable.

-Ya tengo mi lugar aquí. El viejo se ha retirado y me ha dejado a cargo del Baratie.

-Entonces ya no podremos contar contigo.

Sanji se crispó.

-¡No he dicho eso!

-¿Y qué quieres que piense? No te rogaré, no lloraré ni suplicaré por ti. Que me aspen si llegase a caer tan bajo algún día.

Sanji gruñó y encendió otro cigarrillo. Se sentía nervioso, contrariado, aunque también previsiblemente entusiasmado con la llegada de uno de sus nakamas. Después de cuatro años, ¡después de cuatro malhadados años!

Durante todo ese tiempo, tal y como les había ocurrido al resto de sus compañeros, un cúmulo de variadas y meteóricas sensaciones lo había aguijoneado por dentro, sensaciones que lo fueron inclinando hacia distintas decisiones. Entrenó cuando quiso entrenar, descansó cuando quiso descansar, se hizo cargo del Baratie cuando Zeff se lo encomendó, y esperó, se esperanzó y se desilusionó sin solución de continuidad.

No hubo día de esa inacabable detención en que no se asomara al océano para contemplar el horizonte, por si al Sunny se le daba por aparecer. Y entre frustraciones y cigarrillos, terminaba maldiciéndolos a todos por haberse olvidado de continuar juntos.

¿Luffy se había quedado dormido? Vaya forma de explicar la demora, una excusa que por más natural que sonase, a esas alturas de la vida le resultaba un poco corta. Los había añorado tanto que la tardanza se le había antojado una condena. Y así como había esperado verlos llegar, seguía cocinando para ellos aunque hoy en día fuesen otros los comensales.

-Tengo una nueva vida aquí, marimo.

-Todos nos hemos visto en la necesidad de procurarnos una –repuso Zoro-. A fin de cuentas, no sólo se vive de aventuras.

-El viejo ha confiado en mí.

-Así se lo haré saber a Luffy, entonces.

-¡Yo soy el que está al mando de este barco! –siguió argumentando Sanji, tal vez más para sí mismo que para su nakama, debatiéndose en su interior-. Diablos, ¡hasta podría buscar el All Blue por mi cuenta!

Esta vez Zoro guardó silencio, prudente. Wicka lo miró de reojo, preguntándose por qué asumiría una actitud tan pasiva. Había creído que por tratarse de él se esforzaría en hacer algo más categórico… como molerlo a palos, por ejemplo.

Pero precisamente porque lo conocía, Zoro prefirió manejarse con cuidado. No era con discursos ni con trompadas como lo convencería de volver. Sanji estaba hecho de una madera muy parecida a la suya y las palabras nada tenían que hacer ante una disyuntiva tan delicada. En todo caso, sería paciente y esperaría a que él extrajera sus propias conclusiones.

-En buena hora reaparecen, cuando ya estaba acomodado –volvió a farfullar Sanji-. Mi agenda empezaba a llenarse de contactos femeninos.

-Pareces una vieja quejosa.

-¡Y tú pareces un aguacate podrido! –contraatacó el otro. Luego, desistiendo del desahogo, añadió con enfado-: ¿Dónde está el Sunny y a cuántos ha reunido? –Zoro se lo contó-. Diablos…

La idea de volver a ver a Robin le encendió el ánimo hasta lo indecible, pero el problema seguía siendo el mismo. Rumiando el dilema, volvió a enfocarse en la pequeña muchacha que aguardaba el desenlace de ese encuentro sentada en el hombro de Zoro.

-¿No eres una tontatta? –indagó.

La joven se enderezó al verse tan repentinamente interpelada.

-Lo soy.

-¿Por qué vienes con este estúpido?

-Luffyland así lo pidió.

-¿Luffy? –se extrañó el cocinero, y luego le echó un analítico vistazo a su compañero-. Entiendo. ¿Ha sido duro acarrearlo contigo?

-¿Duro?

-Por las vueltas.

-Ha sido un infierno.

Zoro se crispó al ver que hablaban de él en sus propias narices. Sanji, por su parte, asintió en silencio, imaginando la tortuosa ruta recorrida. Aunque llevaba años conociéndolo, aún le costaba entender qué diablos tenía Luffy en la cabeza para endilgarles semejantes misiones: lanzarse a buscar uno y tratar de orientar la otra. Siniestro.

Sólo pudo explicárselo tomando noción de la magnitud de su requerimiento. El chico todavía los necesitaba, a pesar del tiempo transcurrido y las nuevas realidades fundadas por cada uno de ellos durante la espera. A él lo único que le importaba era recuperar su tripulación, y seguir viajando, y seguir soñando.

Únicamente Luffy podía ejercer esa constancia de forma tan cabal, inmune a la contaminación de los cambios y las vicisitudes. Los demás podían permitirse ser un poco más humanos, dudar y darle vueltas. Luffy, por el contrario, seguía siendo la firme columna vertebral, con todo y cuatro años de negligente olvido.

Sanji tuvo que reconocer, en medio de su fastidio, que había añorado mucho esa constancia, esa fe en los demás. Por alguna clase de razón, el capitán descontaba que todos aceptarían volver, y con sólo imaginar esa confianza uno se inclinaba a su favor. Y hacía que, a su vez, confíe.

El cocinero encendió otro cigarrillo. Observó a Zoro, sentado de brazos cruzados frente a él, e imaginar la clase de suplicio que habría representado marchar en reverso por esos mares de locura un poco lo conmovió. Sólo un poco. Desde luego, jamás manifestaría esos sentimientos en voz alta.

Suspiró con resignación. Zoro, al verlo, intuyó el muro que se levantaba frente a sí, el muro con el que solía toparse en su camino.

-Están dementes por seguir confiando en él –dijo Sanji.

-De todas formas nunca fuimos muy inteligentes, ni por nuestra cuenta ni estando juntos –repuso el espadachín con aspereza-. Por eso ha sido divertido.

Por primera vez en ese rato, a Sanji se le dibujó una semisonrisa.

-Sí, lo ha sido –aceptó dejando que la nostalgia lo embargase. Ya no quería disimularlo más-. Los he echado de menos.

-A todos nos ha ocurrido.

Sanji le dio otra pitada al cigarrillo. Luego miró a Wicka con curiosidad.

-¿Qué harías tú en mi lugar, pequeña dama?

A Wicka le tomó por sorpresa semejante interpelación. Ninguno de los otros Mugiwara la había colocado en esa posición. Sin embargo, fue capaz de entrever el tipo de interés que el cocinero tenía al abordarla y se tomó algunos segundos antes de responder. De pronto se sintió parte de la tripulación, realmente parte y no una simple invitada.

Zoro también entrevió las intenciones del sujeto y se abstuvo de intervenir. Lo que tuviera que suceder, sucedería, y optó por dejárselo al acontecer natural de las cosas. Cerró el ojo y echó hacia atrás la cabeza para reposar contra la pared.

Al verlo reaccionar de esa forma, al principio a Wicka le disgustó, era como si le echase el fardo a ella, que sólo viajaba como guía y compañía. Después, entendiéndolo también, pudo percibir el grado de confianza depositado en ella una vez más. Sólo tenía que ser sincera, para bien o para mal, porque de otro modo ellos lo notarían. Sólo tenía que conducirse con el corazón en la mano.

-Aunque me hayan dado un papel tan importante, sé bien que no soy un Mugiwara –dijo por fin. Sanji la escuchó con atención y Zoro ni siquiera se removió, pero ella sabía que oía-. Me siento parte de ustedes, aún ignoro por qué. Supongo que tienen esa generosidad –añadió pensativa-. Sin duda me encantaría ser un Mugiwara, nunca me arrepentiría de serlo y ejercería ese rol con orgullo y felicidad.

El cocinero quedó visiblemente impresionado por su respuesta. Luffy siempre había elegido muy bien a sus nakamas y a la gente en la que podría confiar. Zoro, por su parte, pareció sonreír aún en su indiferente apostura. Con sus humildes palabras Wicka les había recordado quiénes eran y por qué seguían intentando permanecer juntos.

-Con orgullo y felicidad –suspiró Sanji, reflexivo-. Esas sí que son razones para hombres como nosotros, para piratas de nuestro calibre.

Ella sonrió con timidez. También se sentía de esa manera al haber podido colaborar.

-¿Entonces qué dices? –indagó Zoro por fin, irguiéndose en su asiento.

Sanji le dio una última pitada al cigarrillo antes de contestar.

-Digo que el diablo me lleve, porque no tengo idea de a quién ofrecerle mi lugar como encargado del Baratie.

Wicka rió y festejó la reincorporación dando palmas. Zoro, por su parte, asintió con severidad. Luego se incorporó, se desperezó, se acercó hasta su amigo y, sin previo aviso, le propinó un golpe de puño que lo despatarró por el suelo.

-¡Y eso por qué, marimo apestoso! –lo encaró el otro, furibundo, en cuanto pudo levantarse. Frente con frente una vez más, ambos echaban chispas por los ojos.

-Para cortar la tensión del momento –se burló Zoro impostando su voz, devolviéndole lo debido con la misma carga emocional.

Tironearon entre sí durante un buen rato, envalentonados, mientras Wicka los contemplaba con estupor. Sintió vergüenza ajena. Menuda forma tenían algunos hombres de retomar los cauces cotidianos de su relación.