Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

He aquí nosotros trantando de seguir los apoteósicos pasos de Zoro XP Les recuerdo que el fic consta de diez capítulos, por lo que después de este sólo quedan dos más. Ha sido muy grato para mí poder construir esta historia.

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias a todos aquellos que siguen leyendo :D


VIII

Perdido como gaucho en la neblina

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Razones por las cuales los mapas pueden convertirse en enemigos declarados


El reencuentro de Sanji con los demás integrantes de la tripulación fue todo lo emocionante y alegre que cabía esperar. Dos días después de decidirse a volver, por fin pudo dejar a uno de sus hombres de confianza a cargo del Baratie para poder marcharse con ellos.

La despedida fue tan emotiva como la primera vez, aunque por diferentes razones. Al igual que con el resto de sus compañeros, los años transcurridos habían conseguido que echase raíces allí de nuevo, ya que la incertidumbre de la separación prolongada no le había dejado otra opción. Aun así, también como aquella vez, partió decidido y satisfecho. Los Mugiwara podían haber cambiado, pero sus objetivos seguían siendo los mismos de siempre.

Una vez a bordo del Sunny, entonces, y después de algunas horas de intercambio y celebración –y del tratamiento médico acostumbrado debido a sus incontenibles reacciones pervertidas al ver a Robin nuevamente-, Sanji se manifestó feliz de regresar y cocinó para todos. Finalizado el banquete, levaron anclas y continuaron con su camino.

El próximo nakama a recuperar era Nami, y el cocinero no pudo estar más de acuerdo ni más cargoso con la idea. Los demás, en cambio, se sintieron algo inquietos, pues aún se acordaban con dolor de ciertas palizas de reconvención económica recibidas de su parte. Robin sonrió al verlos en esa tesitura y les recordó que se trataba de la mejor navegante que podían tener.

-Y la mejor de las bellezas del mar océano –aportó Sanji con impecable cursilería-. Sin despreciar de ningún modo la tuya, mi adorada Robin-chan, que conmueve de la misma manera –añadió, inclinándose ante ella con galantería.

-La mejor de las bellezas, sí, y la mejor en propinar correctivos –dijo Brook, y rió nerviosamente evocando determinados episodios. Jamás podría ver las bragas de esa mujer sin antes haber sido molido a palos.

-Y la mejor en mimarnos –añadió Chopper, que como reno tenía sus propias experiencias.

-Y la mejor en exprimirnos la billetera –agregó Zoro, fastidiado.

Al enunciar el conflicto fatal, un aura oscura descendió sobre ellos asombrando a la pequeña Wicka, que no entendía del todo a qué se referían. Quien más, quien menos, todos habían padecido esa clase de reprimendas y sabían perfectamente que las volverían a padecer. Aun así, tenían que ir por ella.

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El viaje transcurrió tranquilo y lo disfrutaron al máximo, pues faltaba poco para volver a navegar en las imprevisibles aguas del Grand Line con el equipo completo. Un océano tan común como aquél les deparó una infrecuente y confortable travesía, aunque tan acostumbrados estaban a las irrupciones meteorológicas apocalípticas que una parte de sus mentes se mantuvo recelosa. No lo podían evitar.

El barco, así, iba cada vez más animado. La creciente tripulación instaló la cotidianidad y el desatino habituales, incluso echaron de menos a Luffy y su característico aporte de insensatez. Pasaban la mayor parte del tiempo reunidos en cubierta conversando, comiendo, cantando o brindando, pues había mucho sobre lo cual ponerse al día y poderosas ganas de renovar los vínculos postergados. Aunque nunca podrían sentirse verdaderamente distanciados el uno del otro, de todos modos hubo que recuperar cierta dosis de familiaridad.

Y lo hicieron con éxito, siempre dispuestos a darse por entero al grupo que conformaban, porque la tripulación era una entidad en sí misma y la constituían todos ellos estando juntos. Ahora que sólo restaban dos nakamas por reincorporar, notaban con mayor claridad los vacíos y anhelaban profundamente completarlos con su presencia.

A Wicka no se le escapó nada de esas intenciones ni de esos sentimientos. Como muchos otros antes que ella, tuvo que reformular su concepto de "pirata" para entender la magnitud de los lazos que los mantenían unidos. Tratándose de los Mugiwara, la confianza y la lealtad hacia cada uno de ellos y hacia el conjunto resultaba fundamental. El término "camaradería" se quedaba corto a la hora de intentar explicar la naturaleza del vínculo que los conectaba.

Zoro se sentía interiormente gratificado. Había conseguido reunir a la mayoría de sus nakamas y prácticamente estaban listos para hacer su reaparición. Los cuatro años transcurridos los habían afectado en el aspecto anímico, los habían puesto a prueba, pero en aquello que les había dado fuerza, determinación, conquista y amigos seguían siendo los mismos de siempre, los mismos entusiastas perseguidores de una ilusión. A Luffy le gustaría saberlo.

Ahora debía enfocarse en Nami, y cuando Villa Kokoyashi asomó en el horizonte, una catarata de recuerdos se desencadenó en su interior. Ya no supo si calificar de dramático o de divertido lo sucedido con Arlog, pues había quedado muy atrás en comparación con la índole de las aventuras experimentadas con posterioridad. En todo caso, sí pudo evocarlo como una instancia fundante de la historia de la tripulación y de la navegante en particular.

Sentada en la baranda, a su lado, a Wicka le llamó la atención verlo tan abstraído.

-¿Sucede algo?

Zoro reaccionó restándole importancia al asunto.

-Algunos recuerdos.

-¿De los buenos o de los malos?

-Recuerdos –ratificó Zoro, adusto.

Ella también desestimó su acostumbrada parquedad.

-Falta poco para encontrarnos con tu navegante –comentó observando la isla, cada vez más próxima-. Tal vez deba cambiarme de calzado –consideró en un murmullo.

Él enarcó una ceja.

-Te oí –aseveró con reproche.

-¿No era que no entendías las indirectas?

El tipo chasqueó la lengua, confuso. Sanji irrumpió entre los dos en el momento preciso.

-Ni se te ocurra poner un pie fuera de este barco –le dijo a Zoro con gesto amenazante-. Cuando lleguemos al hogar de mi hermosa Nami-san, seré yo quien haga los honores de escoltarla.

Zoro lo encaró con la misma sobrecarga de bravuconería.

-Ni de coña –masculló-. Luffy me lo ha pedido a mí así que seré yo quien lo haga, y así será hasta el final.

-Espadachín mierdoso.

-Galán fracasado.

Frente con frente, gruñeron puerilmente durante un buen rato tratando de imponerse sobre el otro según su costumbre. Wicka puso los ojos en blanco y se limitó a seguir contemplando el mar.

-Nami-san espera ver a un caballero, no a un marimo trasnochado.

-Me importa un comino lo que espera tu Nami-san.

-¿Qué has dicho?

-Lo único que importa es la misión, y aunque tenga que colgar tu asqueroso trasero del palo mayor, la completaré por mí mismo, ¿me oyes?

Y volvieron a confrontar a puro gruñido envalentonado. Entonces intervino Franky para avisarles que estaban cerca y que deberían ayudar con los arreos. De mala gana y con un permanente intercambio de puñales psicológicos, ambos se dedicaron a hacer lo que se les pedía.

Una vez arribados al muelle, atracaron y echaron amarras. Ni Sanji ni Zoro se quitaron el ojo de encima, controlando los movimientos ajenos. ¿Quién sería el primero en descender? ¿Cuál de los dos se saldría con la suya? De eso dependía el resto de la empresa.

Al advertir la tensión y percibir las razones, Robin sonrió divertida. Esos dos no tenían remedio. Sin embargo, entendía bien cuáles eran los requerimientos actuales y quién estaba a cargo de cumplirlos. Con habilidad y un escote adecuadamente pronunciado, se ocupó de distraer a Sanji demandando todo tipo de atenciones y servicios gastronómicos.

El cocinero, previsiblemente seducido hasta los tuétanos, se olvidó incluso de la propia Nami al verse requerido de aquella manera. Así las cosas, no habría dios ni demonio capaz de disuadirlo de bajar del barco. Zoro, al verlo, meneó la cabeza con bochorno, pero le agradeció a su compañera a la distancia. Ella le guiñó un ojo deseándole suerte.

Wicka ya no supo qué pensar de Sanji, aunque a lo último consideró que era mejor no pensar. Entre la sequedad de uno y la desfachatez del otro, no lograban conformar un hombre decente. Se acomodó en el hombro de Zoro y procuró concentrarse en la ardua faena que tenía por delante.

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El lugar no había cambiado mucho y a esa hora de la tarde lucía demasiado silencioso, hasta que repararon que hacía un calor sofocante y de seguro los lugareños estarían durmiendo la siesta. Había, sí, más casas y construcciones que antes, algo apiñadas, y las callejuelas se habían vuelto más estrechas. Por lo demás, sólo se oía el rumor lejano del mar y el de sus propios pasos al andar.

Zoro se detuvo en un recodo para observar el panorama. Wicka esperó con paciencia a que finalizase su concienzudo –y del todo vano- examen de la situación geográfica. Cuando notó que se extendía más de lo debido, alcanzó a intuir por dónde venía la vacilación.

-No recuerdas en dónde vive, ¿verdad?

-No –admitió él redondamente.

Wicka le propinó el consabido correctivo en la sien.

-¡Si serás! –exclamó, mientras el otro gruñía de dolor-. Tendrías que haberlo mencionado desde el principio. Tú y tu preciado orgullo. ¡Algún día nos guiarás hasta las fauces del infierno!

-Puedo preguntarle a alguien, idiota.

-¿A quién? –preguntó ella, gesticulando con obviedad-. No hay nadie a quién preguntar.

Zoro chasqueó la lengua restándole importancia al asunto.

-Empecemos a recorrer la población, ya aparecerá algún viandante –determinó. Wicka apretó las muelas ante tal grado de improvisación-. Mientras tanto buscaremos a Nami.

-¡Cómo puedes decirlo tan campante! –gimoteó ella, superada con su desidia.

-En esta vida, jovencita, no existe el camino fácil –sentenció él-, así que no vale la pena alterarse.

Wicka se le quedó mirando, impávida. Quiso creer que esas palabras, precisamente esas palabras, jamás habían salido de su boca. Él hizo caso omiso de aquella suspicacia.

-Andando –resolvió, y comenzaron a recorrer el lugar.

El calor apretaba y el silencio los desalentaba un poco, pero prefirieron seguir adelante antes que esperar. Incluso Wicka creyó que sería bueno finiquitar el asunto lo más pronto posible. Si tenía que enfrentarse una vez más a los avatares del zigzagueante derrotero de Zoro, mejor sería hacerlo rápido.

A pesar del crecimiento urbano visto, la villa seguía siendo pequeña. Sin embargo, para alguien que se pierde después de dos pasos de marcha, lo pequeño puede adquirir dimensiones infaustas. Las pocas calles que la atravesaban de pronto se convirtieron en centenares, los escasos callejones sin salida en molestos e innumerables obstáculos y los breves recodos donde girar en gigantescas ruedas de la fortuna que podían conducirlos ora a la gloria de la ubicación, ora a las puertas de un universo alterno.

Wicka estimó que de seguir así romperían sus propios récords. Pasaron por la repostería del pueblo unas veinte veces, por la biblioteca pública unas treinta, por la cafetería unas quince y por la única despensa abierta a esa hora unas veintitrés, quizá porque Zoro no se decidía a entrar para preguntarle al dependiente por la casa de la navegante.

La calle principal constituyó otro tortuoso reto cósmico. Corría demasiado recta, demasiado clara en su dirección, y eso por fuerza tenía que desconcertarlo. Zoro se esforzó por atenerse al rumbo establecido, pero aun así reincidió en la imperiosa necesidad de desconfiar y virar en una esquina. Las sendas trazadas por otros, prefijadas y convencionales, no podían interesarle menos.

"Se hace camino al andar", decía un poeta, y Zoro lo demostraba con impecable exhaustividad.

Cuando una hora después llegaron al otro extremo de la calle, se toparon con que continuaba en forma de camino de tierra. Recién entonces el espadachín recordó que Nami vivía más allá del asentamiento. Así se lo comunicó a Wicka y ella sopesó mentalmente la anhelada meta prometida.

-Desde ahora harás exactamente lo que yo te diga –indicó al ver esa nueva línea recta tan temida en la actualidad. Se tomó la molestia de pedírselo porque la esperanza es lo último que se pierde… y de hecho se pierde menos que Zoro.

Él la miró ceñudo.

-Si dejaras de mandonear tanto seguramente avanzaríamos más rápido.

-¡Deja de decir estupideces! –vociferó Wicka en su oído, indignada.

-¡Y tú deja de fastidiarme!

-¡Entonces has lo que digo!

Continuaron riñendo mientras se adentraban en el sendero, y algo curioso aconteció: no se desviaron ni una sola vez. Iban tan distraídos reclamándose mutuamente, que ninguno de los dos fue capaz de percatarse del fenómeno, ni siquiera Wicka. Al parecer, caminar sin fijarse tenía sus ventajas, o al menos así le funcionaba al atrofiado e inexplicable mecanismo de posicionamiento de Zoro. Si Wicka lo hubiese notado, tal vez hubiese colapsado del estupor.

La cuestión es que, mientras discutían, en determinado momento arribaron al jardín delantero de una casa, bellamente florecido. Cuando observaron en torno y bajo sus pies, cayeron en la cuenta de que habían avanzado sin inconveniente, y eso un poco los contrarió. Quién sabe qué clase de deidades habrían operado esta vez para facilitarles la trayectoria.

Zoro estaba seguro de que era la casa de Nami y Wicka no pudo menos que sentirse confusa ante tanta suerte repentina. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para seguir cuestionándoselo. Una bella joven de cabellera azulada salió de la casa con una regadera y al verlos se detuvo en seco, reparando en el pirata como si se tratase de un espectro.

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Nojiko los hizo pasar de inmediato, dándoles la bienvenida. Por su creciente predisposición, Zoro intuyó que hasta ella había estado esperando a los Mugiwara, y por la expresión de sus ojos y las breves palabras intercambiadas entendió que estaba preocupada por Nami. Al parecer, había llegado en el momento ideal.

-Vive prácticamente encerrada, no sale de su cuarto ni siquiera para comer –le contó la joven-. Lo único que hace son mapas y más mapas.

-Es lo que a ella le ha interesado siempre –observó él.

-Pero no es lo único, y lo sabes –repuso Nojiko-. Su vida también es la navegación, y estar con ustedes. ¿Por qué tardaron tanto en aparecer?

-No quieres saberlo –murmuró el espadachín.

Reservándose su propia curiosidad, Nojiko los guió hasta la habitación de Nami y los dejó frente a la puerta cerrada. Zoro vaciló. Si la conocía, más que deprimida seguramente estaría tan furiosa por la demora como lo había estado Sanji, o quizá más aún. Tenía que prepararse mentalmente para enfrentarla. Lo que ningún enemigo declarado podía hacer con los Mugiwara, Nami lo ejercía con inapelable rigor, y él lo sabía de sobra.

Wicka, en su hombro, lo miró de soslayo. Intuyó algo de lo que sucedía, pues recordaba la plática a bordo del Sunny, y bufando con fastidio se encargó de tomar la iniciativa.

Zoro se alarmó al verla llamar a la puerta.

-¡Espera! –reclamó, pero ya era demasiado tarde.

Se escucharon pasos nerviosos y el característico sonido de los papeles al plegarse o al moverse de lugar. El espadachín creyó que le abrirían, pero al rato lo requirieron desde adentro.

-Adelante –indicó Nami.

Zoro masculló una maldición. Luego, envalentonado consigo mismo por sus recelos, se recordó quién era, asió el picaporte e ingresó con determinación.

Nami estaba inclinada sobre un gigantesco plano, en el que trabajaba con pulcritud. Cuando él entró, ni siquiera lo miró.

-Deja la bandeja por allí –pidió distraída.

El otro se cruzó de brazos, más sereno al verla en ese trance.

-Siempre dando órdenes –manifestó con aspereza.

A Nami la pluma se le partió de la sorpresa y cayó de su mano, dañando la hoja y arruinando con un inoportuno rayón el bello, exhaustivo y preciso plano de las primeras islas del Nuevo Mundo.

Se giró en redondo hacia él enfurruñada hasta el extremo, y Zoro comprendió que hasta allí duraría la calma.

-¡Idiota! –chilló ella, encarándolo con los brazos en jarra-. ¡Acabas de arruinar el quinto y mejor intento de mapa del Nuevo Mundo!

El tipo, lejos de recular, se indignó con aquel recibimiento.

-¡Yo no arruiné nada! ¡En todo caso fuiste tú con tu distracción!

Pero acusarla de esa manera empeoró la situación. A modo de respuesta, Nami le propinó la consabida andanada de golpes de puño sembrando cientos de moretones en su testaruda cabeza. Mientras tanto, le reclamó a voz en cuello por decirle distraída cuando él era capaz de perderse para siempre con sólo ir al baño.

El pirata tuvo que soportar aquella tropelía como el caballero que se suponía que era. Nami y sus arrebatos, ¡cómo olvidarlos! Cualquier intento de defensa hubiera agravado la pena. Por fortuna, Wicka había logrado escabullirse de su hombro a tiempo y observaba la escena con pavura desde el armario donde alcanzó a refugiarse.

La joven lo golpeó hasta el cansancio, por lo que además de indignación Zoro llegó a entrever una gran necesidad de desahogo. Nami no estaba cobrándose únicamente el mapa dañado, sino el extendido lapsus temporal que los había mantenido alejados. Aun en medio del disgusto lo vio claro como el agua y ya no pudo enojarse por eso.

Sin embargo, cuando la cosa se prolongó y adquirió visos de melodrama barato, creyó oportuno ponerle coto a la efusión. Entre golpe y golpe y queja y queja, fastidiado, alcanzó a interpelarla con creciente irritación:

-¿Piensas hacer esto durante mucho tiempo más? –reclamó-. Nos están esperando en el Sunny, maldita sea.

Recién entonces Nami se detuvo, agitada, apretando los puños con frustración. Acto seguido se volteó con gesto teatral, enfadada, y se fue a sentar en la mesa de dibujo en la que había estado trabajando para examinar el plano dañado.

Zoro puso los ojos en blanco. El melodrama continuaría.

-¿Quién es ella? –preguntó Nami luego de unos instantes, refiriéndose a Wicka. Ofuscado con el abrupto cambio de tema, el tipo las presentó y explicó su presencia entre gruñidos. La pequeña la saludó con gran admiración después de haber visto semejante despliegue de agresividad-. Ahora entiendo, y la compadezco –comentó la navegante.

El espadachín refunfuñó con esa repetida respuesta. ¿Por qué todo el mundo consideraba que necesitaba de una niñera?

-A lo nuestro –determinó en tono áspero, agotado y adolorido a causa de la paliza-. Luffy regresó y ya va siendo hora de que los Mugiwara hagan lo mismo.

Nami, terca, mantuvo los ojos fijos sobre el plano que trataba de componer.

-Sí, claro. Como coser y cantar.

-Comprendo la situación, pero tendrás que tomar una decisión.

-¡Como si fuera tan simple!

-Con Luffy nunca ha sido simple.

-¿Entonces qué esperas que diga? –se irritó ella, girándose hacia él por fin. Luego extendió los brazos señalando su propio cuarto-. Esta es mi vida ahora, Zoro, ¡estoy cumpliendo mi sueño sin moverme de mi casa! Y han pasado cuatro años… ¡Nada menos que cuatro años! No sé por dónde empezaría a golpearlo si tuviera a ese idiota delante de mí.

Zoro reparó finalmente en las paredes de la habitación. Había registrado antes, como de soslayo, los mapas que la decoraban, pero al tratarse de Nami no le había llamado particularmente la atención. En cambio ahora que se detenía a observar, le abrumó un poco aquel evidente desborde de pasión.

Las paredes estaban tapizadas de planos de todos los órdenes y tamaños, trazos cartográficos de numerosas y variadas latitudes recorridas con sus nakamas hasta el momento. Realmente se había dedicado a ello, casi con obsesión. Nami era espeluznante, aunque admirable también.

Nojiko se lo había advertido. Vaya forma de pasar el tiempo. Aun así, tal vez pudiera utilizar esa desbandada demostración de locura y de tedio a su favor.

-Es desprolijo, lo sé –admitió. Miró a Wicka de reojo y ella le hizo un gesto de ánimo-. Cada uno de nosotros ha tenido que esperar y sobrellevar la separación de la mejor manera posible.

-¿Quiénes están en el Sunny? –quiso saber ella, cambiando abruptamente el eje de la plática una vez más. No quería escuchar eso de él ni pretendía psicoanalizarse con el sujeto más desorientado del mundo.

Zoro, molesto con el nuevo viraje –aunque reservándose sus críticas al respecto-, los enumeró entre dientes con irritación contenida. Ella notó, pensativa, que todavía faltaba Usopp.

-¿Entonces te nos unes? –indagó él al percibir su preocupación.

-Sólo estoy sacando cuentas.

-Qué raro.

-¿Dijiste algo?

-Nada.

-El asunto es que Luffy hace lo que quiere cuando quiere –masculló Nami.

-Vaya novedad.

-¡Pero ahora es distinto!

-¿Por qué? –repuso Zoro, cruzándose de brazos-. Él no ha cambiado en nada y nunca lo hará. Somos nosotros lo que decidimos seguirlo.

-Eso está por verse –murmuró ella de nuevo, ceñuda.

-Pues por lo que veo –comentó Zoro, observando alevosamente alrededor-, añoras bastante lo que hay más allá de estas paredes.

La joven masculló frases ininteligibles, pero no replicó. Era una forma de reconocer la veracidad del enunciado y Zoro, más sereno, sonrió de lado con satisfacción. Tal vez hubiese ganado algo de terreno exponiendo las tribulaciones subyacentes.

Era cierto, ella se había recluido a completar su proclamado mapa del mundo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Sus nakamas se habían dispersado, el tiempo pasaba y no recibía señal alguna que anticipara un retorno al estado anterior. Si ya no podía recorrer el mundo en un barco con sus amigos, entonces adiós a las aventuras y en adelante dedicarse a dibujar sola en su cuarto.

Al igual que el resto de los Mugiwara, había atravesado por un sinfín de emociones. Se había sentido segura e irresoluta, triste y contenta, ilusionada y desencantada… y los había echado de menos, tanto que no podía socializar con nadie sin pensar en ellos con melancolía. Todo junto y a la vez, entremezclándose y retorciéndose.

Su vida se había convertido en un verdadero desastre, ella lo sabía. Pero aun así era una vida, era su vida. Que Monkey D. Luffy volviera a ponerla de cabeza la llenaba de expectativa, pero, a la vez, la sublevaba. Si quisiera, podría concretar su sueño por su cuenta prescindiendo de los aspectos demenciales de sus andanzas. De hecho, ya lo había comenzado a hacer.

Aunque le costase imaginarlo. Aunque le doliera imaginarlo.

-Y después de cuatro años sin noticias, de inmovilidad e incertidumbre, ¿qué podría desear aún?

Hasta Wicka percibió el nivel de súplica y pesar que yacía en esas palabras. Zoro, comprendiendo la magnitud de su demanda, trató de ponerse en sus zapatos para poder discernir lo que la joven estaba buscando en realidad.

-Completar tu mapa con nosotros, llevarnos a navegar, mantenernos unidos –respondió-. Aún desconoces los recovecos del Nuevo Mundo, cómo es Raftel y en qué punto de esta inmensa geografía se encuentra el All Blue. O dónde se iniciará la leyenda de Usopp, o dónde se consagrará Luffy como el Rey de los Piratas…

Nami se le quedó mirando con perplejidad. Vaya que los años pasados habían hecho mella en él. No sabía si conmoverse con su inesperado –y acertado- sentimentalismo o darle un palazo en la cabeza para corregir ese súbito desorden espiritual. Siendo un sujeto de su condición, había que tener valor para hablar de la "inmensidad geográfica" con tanta ligereza.

Por su parte, Wicka asintió con la cabeza, aprobadora. Seguía siendo el pirata más despistado del universo, pero había madurado bien.

-La sensibilidad no te queda –dijo Nami.

-Tampoco me interesa mostrarme sensible contigo –repuso él, irritado-. Todavía me duele la cabeza por tus golpes, debe ser por eso.

Entonces Nami sonrió por fin. Liberada del peso que más estorbaba en su corazón, aceptó con velada admiración el que Zoro, nada menos que Zoro, haya tenido la capacidad de reencausar sus sentimientos con aquellas palabras.

-Siempre has sido duro de mollera, así que no te quejes.

-Y tú deshazte de una vez del papel de heroína ofendida y ponte a empacar, o no zarparemos nunca, maldición.

Ella se levantó y le propinó un coscorrón más.

-Ahora sí que eres tú mismo.

Zoro se meció la zona agredida, venía recibiendo demasiados golpes en su noble afán de reunir a sus compañeros y eso se le antojaba injusto. La aventura le estaba resultando abrumadoramente dolorosa y en cuanto llegase a Dressrosa se lo debitaría a su capitán.

Nami se dirigió a Wicka.

-¿Te gustaría ayudarme a empacar? En estos años he comprado mucha ropa nueva que todavía no pude estrenar. Además, he adquirido nuevos instrumentos de cartografía para los mapas que me quedan por confeccionar y necesitaré de todas las manos disponibles.

Wicka, desde luego, accedió con entusiasmo, maravillada con ese despliegue de feminidad. Zoro, en cambio, sudó frío. Sólo él sabía bien cuántos pertrechos podía acumular esa infame mujer. Lamentó profundamente la inocencia de la pequeña, pero por su propia seguridad física prefirió abstenerse de ponerla sobre aviso.

Salió al corredor en cuanto ellas empezaron con la faena. Luego se les unió Nojiko. Se sentía aliviado de haber podido reconquistar la voluntad de Nami, pero que el diablo se lo lleve si pudiera predecir cuántos bártulos tendría que cargar hasta el Sunny. Por alguna misteriosa razón siempre se quejaban de él y sus demoras, pero vaya que una mujer podía hacer carrera de su equipaje.