CAPITULO 2:
"Un mono con la mano atrapada en un coco"
El resto de la velada transcurrió en silencio. El que calla otorga dicen, así que prefirió que él pensara de momento que estaba conforme. De todas formas, estaba demasiado anonadada para expresarse con claridad…
Le hubiera gustado escucharle decir: "Ocurre algo, Serena? Te has puesto pálida. ¿No estás feliz?
Aunque también habría sido incómodo. No habría podido explicarle por qué no se sentía feliz, si era una tremenda oportunidad que había que aprovechar sí, o sí.
Pero sus silencios actuales, parecían ser del agrado de él. Sólo una clarísima señal que estaba dejando de ser una niña ruidosa.
-Darien… comenzó tímidamente.
Él levantó la vista y la miró.
-Yo… Mis padres…
-Ah, claro, por supuesto. Es obvio que debes comentarles la noticia y discutirlo con ellos, agregó, mientras cerraba sus anteojos y los ponía cuidadosamente en un estuche impoluto en el bolsillo de la chaqueta.
Estaba agotada. Cuando llegó a su casa, apenas saludó a su familia y subió a su cuarto, arrastrando los pies en cada piso de la escalera, aquella tan malvada que a veces bajaba rodando o rebotando cuando pisaba mal, y que la primera vez que subía cuando era un bebé sus padres la miraron con una mezcla de temor y orgullo. A su habitación. Su reino. Hasta ahora.
Se lavó los dientes. Se puso la pijama. Mientras se cepillaba el cabello abrió las cortinas, y contempló el paisaje que se abría paso a través de la penumbra.
Una luna enorme, majestuosa, se enseñoreaba del horizonte. Suspiró.
Siempre había sido casera. La asustaba la idea de viajar fuera de su país. Marcharse a un lugar extraño, con gente extraña y un idioma extraño, con el que a duras penas podía lidiar y conocía los rudimentos más básicos (apenas había aprobado rasguñando el ramo de Inglés y con gran esfuerzo)
Contempló las estrellas titilantes.
¿Con quién podría hablarlo?
¿Mina? (La más benevolente) Se encontraba recorriendo Italia con Luna y Artemis.
¿Amy? (La más dulce e inteligente) Estaba en un Congreso de Medicina en Francia.
¿Lita? (La más comprensiva) Estaba preparando su tesis de Arquelogía. No quería importunarla.
Y Rei… bueno, Rei era Rei y se encontraba con Nicholas esquiando en Suiza…
¿Qué podía hacer? Además todas ellas adoraban a Darien y estarían de acuerdo con él.
La duda la persiguió aún mientras intentaba conciliar el sueño. ¿Por qué no se sentía feliz? ¿Por qué debía alegrarse de alejarse de su familia, su casa, sus amistades? Un sentimiento de escisión inminente le laceraba el alma. Recordó que el alivio estaba al alcance de la mano. Se dio permiso para buscarlo, al menos por esta vez.
Durmió pésimo. Tuvo pesadillas. En sueños, vislumbró una silueta que se alejaba. Le recordaba a alguien. Se parecía a Darien, pero no, llevaba una larga coleta. No podía recordar quien era. Sólo la sensación de que algo en su interior se rompería para siempre si lo perdía, la hacía estirar los brazos hacia él… Impotente porque sus labios no podían decir su nombre, sólo podía correr tras la silueta escurridiza que se desvanecía en cada recodo del callejón en tinieblas…
Despertó en medio de la noche. Empapada en sudor. El corazón le palpitaba furiosamente. Una angustia mortal le oprimía el pecho. En vano intentaba recordar la pesadilla.
Abrió la ventana. El aire frío de la noche se le caló hasta los huesos, pero aún se sentía como en trance. Un brillo celestial surcaba el aire. Era una estrella fugaz. Cerró los ojos y juntando las manos con reverencia, pidió un deseo. Nadie lo sabrá, se dijo. Pero al menos quisiera ver su sonrisa sólo una vez más… Porque había recordado. Había entendido que eso era lo que faltaba en su vida, y que sin ello, simplemente, nunca, nunca podría ser totalmente feliz…
A la mañana siguiente no recordaba nada de la noche pasada. Sólo sentía la cabeza abombada. Ni siquiera preguntó a sus padres sobre su inminente emigración a Estados Unidos.
Sentía adormecidos los sentidos.
Apenas escuchaba a su madre recordarle que estaba atrasada para su trabajo de medio tiempo… En una tienda de mascotas. Por las mañanas, vendía animalitos, irradiando su cálida sonrisa a los compradores, recomendaba alimentos, accesorios y ayudaba a otra chica con la limpieza de las jaulas. Por las tardes, se preparaba para su Ingreso a la Universidad. Ahora no sabía que ocurriría con todo eso. Suponía que sería el doble de difícil estudiar Veterinaria en otro país.
Las horas de la mañana se le pasaron insensiblemente por el lado.
Apenas Hana llegó para su turno, se sacó el delantal, se despidió de ella, le pasó las llaves y partió rumbo al Instituto Pre-Universitario Hamutaro Yamada.
Caminaba como zombie, en medio de la multitud, cundo tropezó con alguien y cayó redonda.
Se puso de pie rápidamente. Se agachó para disculparse.
-Lo siento mucho… ya nada faltaba para empeorar su ánimo, ahora debería tragarse los airados reproches de la persona que había atropellado.
-Deberías fijarte más por donde caminas, Bombón, podrías hacerte daño…
Esa voz… ¡No es posible! No puede ser… Levantó la vista…
-¿Seiya? Se sonrojó. Su corazón se desbocó, con pulsaciones enloquecidas que habrían sido dolorosas, si no hubiera habido en ellas el tañido gozoso de una alegría inesperada.
Levantó la vista. En serio. Era verdad. Allí estaba Él. Todo Él. Todo sonrisas burlonas. Con sus ojos azul brillante. Con su piel nacarada. Con su larga coleta de azabache, que siempre era agitada por la brisa.
Aunque distinto.
Más hombre.
Más seguro de sí.
Como un Seiya recargado, mejorado, crecido.
Estirando su diestra hacia ella, mientras Él la contemplaba a su vez.
Completamente.
Recorriéndola.
Su cuerpo se había redondeado, sus curvas ya anunciaban a la mujer que sería muy pronto. Parecía poder ver todo su cuerpo a través de la ropa, y un calor intenso la hizo sentir pegajosa.
Aún más.
Parecía ver hasta dentro de su alma.
Y voltear su mundo de cabeza.
Otra vez.
Por segunda vez.
Continuará!...
