CAPITULO 9:
"Entre la bendita espada, y la molesta pared"

Ella despertó primero. Los primeros rayos de sol le cosquilleaban la mejilla.

Nadie le gritaba que era tarde y debía levantarse.

Estiró el brazo… se encontraba sola en la cama. Abrió los ojos. Al fin lo vio.

¡Pobrecillo! Se dijo.

Se acercó a contemplarlo de cerca.

Estaba todo doblado. Dormía sentado en el sillón, apenas cubierto con una manta. Una manta que se había resbalado y dejaba ver parte de su piel suave y satinada, etérea.

Lo tocó, deslizando sus dedos sobre la piel desnuda.

Estaba frío. Sintió el impulso de abrazarlo con fuerza y compartir todo el calor de su ser con esa hermosa criatura dormida.

-Despierta Seiya, le dijo, toda temblorosa.

El paso de cerrados a abiertos de esos ojos azul profundo fue todo un poema. Sus pestañas largas se batieron en retirada, para dejar entrar la luz.

-¡Ay… bombón! Se quejó, estirando los músculos anquilosados, que reclamaron con crujidos al estirarse y flextarlos de nuevo.

-Cuando duermes, le respondió, no eres tan fastidioso…

Una mirada de complicidad, cruzó intangiblemente entre los ojos azul cielo diurno y los ojos azul cielo nocturno.

-Creo que es hora de marcharse. Asumió, serio y con voz apenas perceptible.

-Es verdad, le respondió ella, perdida toda la alegría y energía del día anterior.

Intentaban salir discretamente, cuando el encargado los interceptó.

-¡Lo sabía! Dijo muy molesto, mesándose los cabellos ¡Sabía que no debía haberles entregado una cabaña a una pareja de jóvenes! Tuve varios reclamos porque hicieron demasiado escándalo anoche.

Pero me imagino, dijo el hombre con los ojos bajos y sobándose el mentón, que lo deben haber pasado muy bien...

Ellos se sonrojaron. Con una gota de vergüenza casi visible sobre la frente.

-Eh… creo que estamos un poco apurados, murmuró el cantante poniendo las llaves sobre el mesón. Disculpe las molestias, agregó con una breve reverencia de culpa y respeto.

-Juventud… se quedó pensativo el conserje, ¡como los envidio! Agregó cuando desaparecieron de vista. Espero que lo hayan pasado bien, se dijo con expresión maliciosa.

Desayunaron en un pequeño puesto que les quedaba en el camino. Un silencio lánguido y pesado se extendía entre ellos, como una pena tácita, inacordada, irresoluta e indisoluble.

Cuando volvían a la ruta, ella finalmente decidió romper el mutismo.

-Seiya…

Sin separar los ojos del camino:

-¿Dime, Bombón?

-Me ha gustado mucho pasar este fin de semana contigo, pero… ¿Por qué viniste?

En silencio, una serie de imágenes, increíblemente lejanas aunque eran de dos días atrás, se abrieron paso en su mente, durante un extenso lapso de tiempo…

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Fighter llevaba la túnica ceremonial diaria sobre su traje de Combate, sabía que le habían convocado en el Salón del Trono, pero no corría presurosamente, es más, si alguien le viera, le sorprendería verla casi arrastrando los pies, ensimismada, ella, antaño tan vivaracha y energética.

El reconstruido palacio brillaba en todo su esplendor. Los Kinmokianos sobrevivientes y algo de Magia habían hecho maravillas para ir de a poco retomando la "normalidad". "Su normalidad".

Una normalidad que le sabía ajena. Por algún motivo no podía olvidar la breve existencia terrícola, los modos, los sabores, las luces, la música, todo tan diferente… y único.

A veces, iba al Observatorio a escondidas. Miraba intensamente esa perla azul opaco, que la tenía fascinada, sabiendo que Ella estaba ahí.

Casi sintiendo, si se concentraba, su calor y su presencia, aún con los millones de kilómetros que los separaban.

Suspiró. ¿Siempre será así? ¿Nunca habrá paz ni olvido? Tal vez los años mermaran la herida, pero… En su interior sabía que algo no estaba bien. El dolor, aumentaba día con día y a veces, sencillamente, no podía respirar.

Cuando cantaban para la Corte, su voz se adelgazaba. Y veía el rostro amado de la Princesa, su dulzura, su amor por su pueblo, lo que tanto habían buscado… Sin saber cuánto perderían en el proceso.

Ah, por fin llegaba.

Una extraña sensación turbó su mente unos segundos. Un olor dulce, una calidez repentina que le recordaban a alguien, una presencia, se percibía disuelto en el aire del Gran Salón del Trono.

Hizo una genuflexión profunda.

-¿Me llamaba Princesa?

Kakkyu la miró conmiserativamente. Su cuerpo estaba tan esmirriado que se veía casi transparente y flotaba en la túnica. Movió la cabeza y disimuló su turbación y su pesar.

-Fighter…

-¿Sí, Princesa?

-Has trabajado demasiado últimamente, le dijo con una mano algo amenazadora, mientras con la otra, acomodaba la cola de su vestido de corte, de color damasco brillante con adornos ígneos.

-Mi Señora, se sonrojó ella, aún agachada, no es un crimen servir a mi Princesa y a mi pueblo.

-Es verdad. Kakkyu contempló el espacio y las miríadas de estrellas a través del techo abovedado y transparente de Salón. Para las personas-estrella, esa era la alegría máxima. Siempre poder contemplar el cielo y a sus luz guía. La arquitectura local era así, en consecuencia, y el palacio no era la excepción.

Buscó la estrella de Fighter. Sí ahí estaba. No había lugar a dudas. Sus peores temores se veían confirmados. Buscó apoyo en una de las columnas, ricamente ornadas de oro brillante del salón. El frío del metal, refrescó su frente, acalorada por la preocupación. Carraspeó.

-Deseo que tomes un breve descanso.

-¿No está conforme con mi desempeño, Princesa? Le prometo esforzarme más… Un velo húmedo temblequeaba al borde de sus pestañas.

-¡No es eso, Fighter! Es todo lo contrario. Voy a premiarte con un par de Semanas de Vacaciones. Tu podrás elegir el destino… dijo ella, ruborizada y sonriendo con picardía.

Su corazón comenzó a latir de forma tan intensa, que temió que lo iba a ver salir del pecho. Se sujetó el adornado corpiño, con la mano empuñada sobre el órgano desbocado, conteniéndolo.

No puede ser…

¿Es una prueba? ¿Una broma? Ponerle en jaque así, sabiendo que lo primero que vendría a su mente… ¡NO! Ella no sabe nada. Posee poderes ultraterrenos y fabulosos, pero no puede leer mi alma, se tranquilizó.

Además… elegir ese destino, sólo traería sal a la vieja herida. Sería un acto voluntario de MASOQUISMO a NIVEL CÓSMICO en mayúsculas.

No podía decirle a la Princesa que aún cuando pasaran mil años, nunca podría olvidar a una mortal. Porque Él/Ella no se había enamorado de la efímera envoltura de la Princesa Lunar de la Tierra.

Que fuera una Entidad Cósmica, una de las cuatro que sostenía en pie el Universo… Bueno, eso sólo había complicado las cosas.

Más aún cuando los cuentos de viejas dijeran que tendría un futuro fabuloso, mágico y esplendoroso que NO se podía ya cambiar. Una meta prefijada. Una impostura irrefrenable de hechos concatenados que darían como fruto Paz y Armonía Universal.

Suspiró.

¡Qué demonios! De sólo imaginar la remota posibilidad de pasar por su lado sin hablarle… Su alma ya estaba dando más brincos que un cachorrillo ante una galleta.

Su dormida y oculta parte masculina, se había llenado de inquieta algazara, y pugnaba por llamar su atención.

La culpa era de haberse hecho carne en la figura de un hombre. Sólo un disfraz, habían dicho sus hermanos, con displicencia, pero Él...

Había sentido aquello que nunca había conocido hasta entonces. Un sentimiento tan profundo que nunca había sentido por ningún Kinmokiano. Un deseo desesperado de fundirse en esa alma gemela y no separarse nunca más. ¿Habría sentido lo mismo de ser sólo Fighter? Lamentablemente, sus esperanzas de pobre consuelo eran vanas.

A pesar de las mil sensaciones como agudas agujas de cristal con que su cuerpo le arrojaba en brazos de Ella, era su alma la verdadera propulsora de su amor, de su deseo, de su desgarradora nostalgia… y el alma no tiene género, tiempo, ni color.

-Si no hay remedio… Dijo restándole la menor importancia al asunto, ¿En verdad puedo elegir el planeta que yo desee?

La Princesa asintió en silencio, mordiéndose el labio, toda ojos y disimulada excitación.

-Bueno…

-No me molestaría visitar la Tierra, dijo despectiva y orgullosamente Fighter. Quiero saber en qué líos e han metido esos simios subdesarrollados, que viven en esa canica minúscula.

-Bien, expresó la Princesa, avergonzada de la forma de expresarse de su séquito, tú los conoces mejor, supongo que no será un lugar tan malo para que te distraigas y descanses unos días.

Le entregó un sobre lacrado con el Sello Real.

-Llévale este salvoconducto al Portero del "Propulsor de Luz" Puedes partir de inmediato si es tu deseo.

Deseaba volar. Pero se alejó inclinada y caminando de espaldas, haciendo reverencias.

Cuando salía, de nuevo, la extraña presencia la hizo volverse con curiosidad.

Kakkyu la miró con impaciencia. Sus ojos parecían decir. ¡Ve! ¿A qué esperas?

Prefirió marcharse, antes de que su Princesa adorada cambiara de parecer.

Una sombra, oculta detrás de una columna, asintió complacida.

-Así ha de ser… dijo con voz apenas perceptible, en un susurro. La Princesa de Kinmoku mostró su concordancia, asintiéndole a su vez.

Cuando llegó a la espaciosa vivienda que compartía con Yaten y Taiki, éstas no parecieron para nada sorprendidas ni molestas. La abrazaron con gran cariño y le desearon buena suerte. Ahora, si lo pensaba con calma, parecían saber más de lo que aparentaban…

Entre el cuarto de Healer, que siempre parecía un desastre a punto de desplomarse y el de Maker, un desolado desierto de orden y minimalismo, el suyo era el más normal. Entró y se sentó unos minutos sobre la cama para calmar su corazón desbocado. Se quitó la túnica y la dejó doblada sobre la cama, junto con el báculo de Consejera Real.

Marchó como alma que lleva el diablo hacia el Portal de Viaje Estelar. Como luz, apenas si podía llevar su uniforme, ¡no necesitaba equipaje, sólo el deseo profundo de volar!

El Portero recibió la carta con la firma de la Princesa, abrió la Puerta de plata, tachonada de estrellas de oro rojizo… y una explosión de cálida luz la envolvió por completo.

El querido y recordado cosquilleo de pequeñas estrellitas tibias deslizándose sobre la piel la envolvió. Suponía que debía ser apenas la mitad de lo delicioso de abrazar contra tu corazón a tu persona amada… tu otra mitad.

-¡Prepárate Bombón! ¡Aquí voy!

Una alucinada ráfaga de optimismo la propulsaba hacia su destino, y ella sólo se dejaba llevar por los hilos invisibles e irrompibles que la unían a ese otro corazón.

Un corazón que sintió helado y desencantado, tanto, que le costó reconocer su Aura cuando por fin, la buscó.

Lo primero que hizo el primer día fue procurarse alojamiento, vestuario, dinero… Todo rápidamente, en medio de una febril actividad. Es increíble, como las fuerzas parecían haber regresado a Él apenas había pisado suelo terrícola y asumido la forma masculina.

El segundo día fue de silente observación. Como un avezado militar, sabía que había que buscar el momento preciso para el ataque. Con dolor vio la indiferente rutina que parecía ir minando y opacando la luz interior de la amiga que tanto había extrañado… entonces, decidió aparecerse y actuar…

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-Yo… vine un par de días de vacaciones… musitó.

-Así son las estrellas fugaces, supongo… dijo ella, vienen y se van.

Seiya se sorprendió de la amargura de su tono, desconocida para él.

-Bombón… ya estamos llegando a tu casa, ¿ves?

-Está bien. Serena cogió su mochila en completo mutismo y se bajó.

-Espera Bombón, no te vayas así… ¡hablemos!

Corrió tras ella hacia el dintel.

-¿Y de qué se supone que tendrían que hablar? Una voz agriadamente molesta los detuvo en seco.

Vio a su amiga ponerse blanca como el papel. La sintió tragar saliva ruidosamente.

La alegre mochila color de rosa con un conejo en volumen, resbaló de sus manos y cayó al suelo, como desinflada.

-¿D…D-Da-Darien?

Continuará D: