CAPITULO 22:
"Las mujeres y la ilusión del vestido"
(Kinmoku, 5000 años en el pasado)
Palacio de Lúmino.
En un jardín interior que encontrara por accidente, rodeada de exuberante vegetación kinmokiana, Serena estaba sentada en un banco de piedra, masticando a dos carrillos los pasteles que le habían dado en la cocina, (luego que alabara zalameramente a las cocineras, claro está) cuando sintió una presencia. No se dio vuelta de inmediato, deseaba estudiar si era amigo o enemigo en un principio, como le habían enseñado Luna y Artemis, así que puso en práctica lo aprendido. El aura era cálida. Incluso se le hacía conocida. ¿Era…?
Pero no era la persona que había creído. Se decepcionó. Un guapo desconocido era quien la había estado espiando. Vestía una túnica mucho más adornada que las que había visto hasta ahora, la tela parecía muy fina, ribeteada y bordada con hilos de oro. Una delgada guirnalda de hojas doradas le ceñía la sien, conteniendo el largo cabello negro que le llegaba casi hasta las rodillas. Era más o menos de la altura de Seiya, aunque su contextura era aún más atlética. Tenía la piel muy clara y sus ojos azules le sonreían con curiosidad.
El joven aclaró su garganta, antes de preguntar:
-¿Eres la princesa de la Luna Terrestre, damisela?
Cuprimus, que venía llegando tras el desconocido, exhaló un gemido de consternación y palideció.¡No podía ser posible…! ¿Acaso ella era esa persona de la que el Príncipe...? Debía actuar rápido. Demasiadas cosas estaban en juego en este momento.
-Se equivoca, mi Señor, ella es Serena, una buena amiga que se está quedando en mi casa de campo, CON SU PROMETIDO, resaltó.
-Soy Serena Tsukino – Dijo la aludida extendiendo su mano pegajosa hacia el joven desconocido -¿Y Usted es…?
-¡Vaya! me parece muy extraño que no sepa quien soy- Manifestó él, con una gota de vergüenza ajena sobre su cabeza - ¿Es que acaso no conoces a Lúmino, Príncipe de Resplandor? Entonces mi fama es menor de lo que creía- Se dolió para sí.
-Señor – Ahora Cuprimus era quien parecía avergonzado – No le haga caso a la muchacha, es una palurda, jamás había venido a la capital.
-¿Cómo te atreves a llamarme palurda? – Se sulfuró la chica rubia con las mejillas encendidas.
-Como sea – zanjó el Príncipe con un gesto vago de la mano para zanjar la cuestión – Ordeno que asistas a mi baile de esta noche… ¡Secretario! – Un joven bajito de cabello color platino y continente malhumorado apareció tras él de inmediato, como por arte de magia – Dale unas invitaciones a la muchacha, no quiero que se pierda la fiesta, ¡Todo Resplandor Alto debe estar aquí en palacio hoy en la noche!
El joven le pasó dos invitaciones a Serena, que las miró deslumbrada, y luego el diligente secretario se fue a las volandas a la siga de su Señor Lúmino.
-¿Qué ha sucedido? – Le preguntó ella al sabio.
-¡Te dije que no debías decir nada de tu origen! -Cuprimus estaba tan nervioso que le tironeó un poco una coleta rubia - Ten siempre presente que los kinmokianos son supersticiosos… ¡Ahora estamos perdidos! - Suspiró resignado.
-¿Perdidos por qué?
-Estamos obligados a asistir esta noche a la fiesta de su majestad… - Sacó de su bolsillo sus propias invitaciones y se las mostró - Mañana será su coronación y nadie puede negarse a una orden Real. Conseguí que mis colegas consejeros se reúnan con nosotros después del almuerzo.
-Oh… - La perspectiva de la fiesta le había hecho olvidar por un momento el motivo de su venida al Palacio, pero ahora, un poco tarde, recordaba todo - ¿Pero vendremos de todas formas?
-Me temo que sí – Respondió preocupado – Pero en el caso de que pudiéramos activar los medallones sería mejor que se marcharan lo antes posible… -En su cabeza había una idea fija que daba vueltas y no se sentía de ánimo para comunicársela a sus amigos del futuro de momento, así que sólo se entretuvo rascándose la barba azulada – Yo podría inventar cualquier pretexto a mi Señor Lúmino sobre su ausencia.
-¿De qué hablan? – Seiya llegaba sin aliento tanto dar vueltas a la carrera, se puso las manos en las rodillas y se agachó un poco mientras se normalizaba su respiración.
-Serena acaba de conocer al Príncipe y él la ha invitado a la Celebración de su cumpleaños, esta noche – le dijo Cuprimus.
-¿Es eso cierto, bombón? – Seiya se sintió un poco intranquilo al verla asentir con entusiasmo y mostrarle las elegantes invitaciones, incluso se le olvidó que estaba enojado con ella por haber salido corriendo de esa forma – Y… - Musitó intentando parecer casual, mientras se encaminaban al coche - ¿Qué tal el Príncipe? ¿Cómo es?
-Bastante engreído, pero es guapo – le contestó la chica – Y viste como estatua de Museo – Agregó, pero parecía reconcentrada al decirlo, sin contemplar casi a los elegantes resplandentes que los miraban pasar en su carruaje dorado.
El cantante estaba un poco pálido. Había acusado recibo de la mordida de un áspid, y ahora el veneno yerto de unos nacientes celos rondaba su espíritu. Tal vez sólo fueran figuraciones suyas. Sacudió su destellante cabello negro para alejar esos pensamientos de su cabeza.
-Es obvio que si asisto al baile iremos juntos – se ofreció ella colgándose del brazo de su amado - ¿Y tú, Cuprimus, con quien irás?
-Eh… - El sabio se puso de todos colores. Él también tenía dos invitaciones, pero al ser tan retraído, no tenía muchas amistades del sexo opuesto – Aún no lo decido – respondió para evadir el bulto.
-Deberías traer a Lucero- insinuó Serena – Ella podría ayudarnos si algo se tuerce con nuestro plan de escape.
-¿A-a-a Lu- Lucero? ¿Qué has perdido la cordura, niña? ¿Cómo podría traer conmigo a alguien de la servidumbre? – A su pesar, enrojeció violentamente - ¡Y de una aldea, para rematarla! ¡No creo que sepa comportarse en la corte! Además – Agregó luego de rechazar, considerar y casi aprobar la idea – Las estrellas de sangre noble son muy sensibles, percibirían de inmediato que no posee poderes…
-Podrías poner sobre ella algún tipo de hechizo, además si está siempre cerca de nosotros, tal vez su aura se "contagie" de la nuestra – Aportó Seiya – De todas formas ¿Acaso Serena y yo no estamos sin nuestros poderes?
Su amigo de cabello azul cerró los ojos y se concentró.
-Aun así se percibe su aura estelar. Presumo que sus poderes no se han marchado, sólo han sido adormecidos. Tal vez por algo… o por alguien que no desee que se marchen de aquí.
Al ver la cara de preocupación de los visitantes del pasado, decidió cambiar de tema a algo más baladí:
-¿Y cómo le haríamos para hacer que Lucero parezca de la nobleza? A mí no se me ocurre nada.
-¡Es obvio! – A Serena le brillaron los ojos – ¡Con un bonito traje de ciudad!
-Está bien – El sabio se rindió finalmente – Vayamos por Lucero y luego enfilaremos a la más lujosa boutique de Resplandor.
-¡Bravo! – La rubia batió palmas.
Los hombres se miraron resignada y comprensivamente, era obvio que a Serena le entusiasmaba comprarse un traje de fiesta y que de seguro demorarían una eternidad en probarse y escoger sólo uno… La vieron casi bajar de un salto del carruaje y traer a rastras a una alelada Lucero que se dejaba traer sin entender aún cosa alguna de lo que su entusiasmada raptora le decía atropelladamente.
-¿Mi señor…?
Es verdad, Lucero, vamos a comprar vestidos – carraspeó en medio de un silencio incómodo – No te preocupes Lucero, considéralo un regalo por tu dedicación.
La entusiasta y regordeta muchacha palideció y luego se sonrojó. Sentía que era demasiado para una simple sirvienta, pero aceptó la dádiva complacida, haciendo una reverencia.
-Y aún no sabe que irá contigo a la fiesta – susurró Seiya en el oído del sabio, quien comenzó a temblar de nerviosismo.
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La tienda era magnífica. Plena de pulidos espejos, de marcos de metales y piedras preciosas talladas primorosamente. Los metales brillaban, el cristal centellaba y las pesadas colgaduras recogidas con arte, amén de algunas esculturas primorosas, hacían que el ambiente fuera lujoso y agradable a la vista. Había sitiales muy cómodos y mesillas con refrescos para los acompañantes, y ahí precisamente se encontraban Seiya y Cuprimus, que habían culminado muy rápido su tarea de elegir atuendos y ahora estaban enfrascados en una partida de "Varelié", un juego kinmokiano parecido al ajedrez o a las damas, donde se juega con estrellas en miniatura que se van extinguiendo al ser cobrada la pieza.
-¡Me has ganado por cuarta vez! – rezongó el cantante, poco acostumbrado a que las cosas no salían a su sabor, al ver que su última estrella se extinguía y le daba el triunfo a Cúprimus.
-Es obvio que estás algo oxidado – replicó el estudioso - ¿O es que algo te preocupa, mi joven amigo?
-No… - respondió Seiya, intentando evadir la pregunta –Taiki me gana todo el tiempo, eres tan insufrible como ella, por suerte no eres tan gruñón como Yaten.
-¿Los extrañas mucho, verdad?
El cantante se acercó un poco en forma confidencial, no quería que Serena lo oyera:
-Sí… Estar aquí con mi bombón, ha sido un sueño, pero… a pesar de que todos creen que no me tomo en serio mis responsabilidades, temo estar faltándole a mi misión de guardiana estelar del séquito de la Princesa… ¿Y si les hago falta?
-Tranquilo Seiya – Cuprimus palmoteó la manga del joven – Lo bueno del viaje temporal es que si todo sale bien, volverás al momento preciso de haberte marchado ¿Entiendes?
-¿Olvidaremos lo que sucedió aquí? – El joven palideció de sólo imaginar que su bombón olvidaría todo lo que había sucedido entre ellos, que habían tenido que estar a millones de kilómetros y a miles de años de su vida normal para que ella se rindiera a la evidencia de su amor y se entregara a él…
-¡Por supuesto que no, chico! – Lo tranquilizó el de cabello azul – (O al menos eso espero) Se dijo para sí - ¿Por qué no vamos a ver si ya están listas las damas? – agregó para cambiar de tema.
-¡Es cierto! Ya llevan una hora ahí adentro… ¡Ojalá están listas!
-Así sea… ¡Me estoy desmayando de hambre! – exclamó el erudito.
En eso estaban, cuando Serena y Lucero llegaron contentas y satisfechas, secretéandose como colegialas, con sus cajas de vestidos.
En un abrir y cerrar de ojos se fueron a almorzar al palacete, claro, todo después que Cuprimus aflojara un par de saquitos de Arabea de su cinturón y pagara las cuentas. Los otros tres lo miraron algo avergonzados, pero él minimizó la cuestión, recordándoles que jamás gastaba todo su sueldo de consejero y los excedentes estaban sepultados en una bóveda de seguridad.
-Además – Agregó con su cálida sonrisa que cada día se hacía menos tímida – Usar el dinero para ayudar a mis amigos siempre estará bien empleado.
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Horas más tarde, se encontraban de vuelta en el Palacio, no para la fiesta, como pudieran creer los guardias de la puerta al revisar sus invitaciones y anunciarlos, (Que hoy lucían más elegantes que antes con sus deslumbrantes túnicas doradas y cintas entrejidas de filigrana arabea en el cabello) , sino para su reunión secreta en la Cámara del Consejo, junto con los tres compañeros restantes de Cuprimus.
Serena comprimió su medallón nerviosismo. Una pequeña parte de ella no deseaba volver… o al menos no aún. Contempló a Seiya y le dirigió una mirada de alivio apenas los dejaron entrar. El cantante se veía tan guapo con su ropa cortesana que se sentía enamorada de solo verlo, enfundado en una túnica de fiesta roja bordada con hilos de goldilaquia, que era acompañada de un fajín del mismo metal y llevaba unas pequeñas hombreras que parecían alitas y ciñendo su frente bajo el flequillo, una especie de corona de hojas doradas.
Él le devolvió la sonrisa nerviosa. Serena se veía como una diosa de ensueño, envuelta en una volátil túnica rosa, hecha de varias capas de vaporosa tela cortadas a diferentes niveles y teñidas con sutiles diseños de mariposa. Una faja bordada más oscura ceñía su cintura y un par de alitas gráciles nacían de la parte de atrás para completar el efecto. Su cabello dorado había sido recogido con esmero a la usanza de Kinmoku. A pesar de lo bella que se veía, lo que más le hacía ilusión era, más adentrada la noche, irse deshaciendo de esas prendas lentamente como si fueran pétalos de una flor para dejarla desnuda y núbil sobre la cama… En cualquiera de los tiempos, presente, pasado o futuro, que tuviera a bien el destino trasladarlos. Comprimió su mano con afecto.
Delante de ellos marchaba Cuprimus, algo tenso en su túnica de gala color verde oscuro, bordada en platinada arabea, con un fajín del mismo color y una diadema plateada en su frente, que hacían resaltar el azul brillante de sus cabellos. En su mano empuñaba el bastón de Consejero Real, un trabajado báculo enteramente tallado en metal plateado, con la punta coronada por una bola de metal cobrizo, que emitía destellos y crujía de vez en cuando. Se suponía que sólo era un instrumento para canalizar su propio poder, contenido en su semilla estelar.
Sin poder creer su propia presencia allí y observándolo todo con timidez y en silencio, a su lado marchaba Lucero. Sabía que si se le escapaba algún dicho francote de campesina todo su plan se vendría al traste. Sabía perfectamente que Cuprimus la había elegido como su acompañante sólo y exclusivamente porque necesitaba alguien de su confianza, una persona extraña habría malogrado y puesto en peligro sus planes de ayudar a sus amigos "extranjeros". Suspiró. De todas formas… Era un gusto y un privilegio poder compartir con el sabio, aún a despecho de lo incómodo de la ropa formal. Pese a su figura rellenita, las doncellas de la boutique habían seleccionado para ella una bonita túnica de diferentes tonos de azul, que comprimía un poco su cintura mediante un fajín bordado en cúprimus, el metal de brillo cobrizo que daba nombre a su señor y del cual era el celoso guardián. Un leve sonrojo se esparció por su semblante de sólo pensarlo.
A pesar de ser muy temprano aún, muchos invitados ya habían llegado, algunos desde muy lejos, con miras a asistir a la Coronación del día siguiente, y aprovechaban de instalarse cómodamente en los salones para ser atendidos y ponerse al día con las noticias de los otros reinos.
Al ver la cantidad de nobles que pululaban por los pasillos, Cuprimus los guió nerviosamente al "Salón del Consejo", y respiró con alivio apenas cerró la pesada puerta recamada en los cuatro metales tras él.
-Iré a buscar a los otros tres consejeros, por favor, no hagan ruido e intenten no tocar nada. Sólo el Consejo y la Familia Real pueden entrar aquí, pero no me quedó más remedio que citarlo aquí para asegurarme que nadie entraría ni de equivocación – Sus invitados palidecieron un poco - ¡Volveré lo antes posible! – Agregó, desapareciendo de inmediato tras la decorada puerta.
Seiya, Serena y Lucero se miraron en total silencio. Pronto comenzaron a hablar con mímicas (No podían hacerlo mentalmente para no dejar fuera a la aldeana, que no poseía poderes) y los malentendidos trajeron consigo risitas ahogadas. Para distraerse contemplaron la bóveda del Salón. Estaba adornado con una pintura que abarcaba gran parte del sector de la Galaxia en la que se encontraban, con sus planetas y constelaciones, y Seiya les estuvo contando algunos detalles en voz baja.
Las paredes también contaban la Historia del temprano Kinmoku, con pinturas y retratos de batallas y personajes famosos. Como "Aldebarán", (También conocido como "Corazón de Toro") la primera estrella que cumplió la hazaña de recorrer completamente la galaxia de un extremo a otro, antes de volver a su tierra y desposar a su prometida, fundando la Primera Dinastía Estelar; "Altair", la estrella más hermosa, cuya belleza produjo el conflicto entre "Alcor y Mizar", los guapos gemelos estelares que compitieron por su amor, o la sabia Reina "Antares", la más hermosa y sabia Reina Estrella de la galaxia.
El joven se estremeció. Sí, era verdad, por mucho que le estuviera gustando estar aquí cómodamente galanteando a su bombón, sería bueno volver a ver a sus hermanas estrellas. Hasta echaba de menos las lecciones de Taiki ¿Sería posible?.
En eso estaban entretenidos cuando se sobresaltaron al escuchar que la puerta del Salón se abría tras ellos...
Continuará :D (Por cierto ¡Feliz Año 2016! Espero ponerle el hombro hasta terminarlo este año ;D)
