Llorar no sirve de nada, sólo demuestra que se posee una debilidad y que la gente puede utilizarla en tu contra, herirte con ella.

Llorar es abrir tu alma y dejar una oportunidad expedida en la atmósfera donde cualquiera puede aprovecharse y tirarse encima.

Llorar sólo ayuda a desahogar lo que uno no se permite mencionar, soltar las palabras al aire y dejar que éstas se consuman.

Llorar es silenciar.

Llorar es liberar.

Llorar es dejar en el olvido y no recordar más.

¡Al diablo las estúpidas contradicciones!

Mediados de Diciembre

Tokyo era una ciudad dotada de monstruosidades metálicas y por grandes pantallas planas, edificios que superaban los veinte pisos y los cincuenta metros de alto, y el asfalto de las aceras solía desprenderse cada tres segundos de las calles más transitadas y embotelladas. Los copos de nieve descendían de forma ondulatoria aquella noche, bailando una melodía que únicamente los soñadores y expertos eran capaces de imaginar e interpretar: Do, Re, Mi, La, Sol, Si, Mi, Sol, Do, Re, Mi, Si, Sol, hasta repetir de nuevo esa dulce armonía en un vaivén, cuya culminación se presentaba hasta que el último copo de nieve del día finalizaba su caída y el sonido del último metro anunciaba su llegada. La ciudad estaba vestida de blanco, como un ángel guardián luciendo su nueva túnica antes los serafines y arcángeles. La belleza del invierno traía impedimentos para muchos, pero uno no podía negar la alegría que dejaba en los corazones de los niños, un punto en contra y otro a favor.

Pero Satsuki Shishio odiaba el invierno porque, en primer lugar, su nariz se congestionaba. Y dos, porque le había fallado a ella en aquel entonces.

—No.

—¿Haruta Nana?

—No.

—¿Io Sakisaka?

—No.

—¿Sakuri...?

—No —Samejima, la chica con un cabello negro tan imponente y con un flequillo parejo que cubría la mitad de su frente, ojos oscuros, un temple inquebrantable, interrumpió la interrogante del otro azabache. Era el undécimo nombre que le habían preguntado desde que fue invitada a tomar té en la casa de al lado, mientras que el maestro tenía la finalidad de conocer para quién trabajaba su vecina. Mas bien, quería saber si la mangaka en cuestión resultaba ser su favorita y así él pudiera obtener algunos adelantos o la oportunidad de leer el capítulo siguiente, previo a la fecha de lanzamiento. Las ganas de enterarse sobre la última decisión de la protagonista, con respecto a sus dos prospectos amorosos, siempre le habían traído intriga y puesto los nervios de punta al pensar sobre las posibilidades de que no se quedase con su favorito; hasta un adulto, mayor de treinta años, lograba emocionarse al leer un manga shoujo y tener esas alteraciones momentáneas en sus estados emocionales cuando ocurriese algo "expectante" y que le robe el aliento en alguna parte del manga, por lo que Satsuki Shishio no era la excepción. Fue unas de las primeras cosas que la percepción de Samejima captó cuando le fue enseñada la colección privada de su extraño vecino.

—¿Samejima-san planea jamás decirme el nombre, verdad? —Shishio se limitó a sonreír tímidamente, rascándose detrás de la nuca y apartando la mirada, la que luego fue postrada en el suelo de madera. Sintió una ligera punzada en el pecho por haber creído que ya eran lo suficientemente cercanos para tales preguntas. Él no podía evitar hablar con total naturalidad frente a los demás, siempre se tomaba ciertas libertades.

—Ajá... Ella es...—La mujer hizo una breve pausa para darle a entender al otro sobre a quien se refería. El hombre alzó la cabeza y sus ojos verdes chocaron con los suyos almendrados, ella percibió unos ojos luminosos y colmados de ilusión y optimismo. Repentinamente un calor fue presente debajo de sus ojos—. Es una autora nueva, apenas nos encontramos en la planificación de la historia y en la búsqueda de un protagonista masculino interesante.

—¿En serio? —El tono que utilizó el profesor sonó demasiado agudo y con sobra de alegría—. ¡Eso es fantástico! Apuesto a que Samejima-san prefiere a los tipos serios, algo silenciosos y para nada problemáticos, tsunderes. Por cierto, ¿Samejima-san pasará la Navidad con su novio? —Arqueó la ceja. Intentó bromear para disipar ese bruma de seriedad.

Tsk, este tipo... Andar diciendo tales cosas sin tener idea y sacar esas conclusiones... Atravesó la mente de la mujer que se encontraba eludiendo tal suposición con un sorbo al contenido de la taza de porcelana.

Shishio leyó muy bien el ambiente y advirtió que había hablado de más o que se había excedido, provocando su repentino silencio y la imitación del gesto de su semejante. Sintió un calor abrasador proveniente del recipiente que se coló a través de sus palmas y que recorrió parte de su cuerpo.

—No tengo novio —Y de pronto, ese calor estuvo sobresaliendo en su rostro como una manzana roja flotando sobre la blancura de la leche, una gota de sangre sobre nieve. ¿Qué es esto? Levantó la taza, lo suficiente para cubrirse la cara, y dio un enorme trago que duró unos largos segundos—, tampoco tengo un modelo en particular que sirva para definir mis características favoritas en los hombres porque nunca me he enamorado.

El hombre estuvo a punto de estallar de la risa por la poca veracidad que le trajo escuchar tal confesión. ¿Realmente era posible vivir tanto tiempo sin conocer el amor? Sí, Satsuki desconocía ese concepto hasta que se enamoró de Tsubomi, la primera mujer que amó y cuya cicatriz había desaparecido desde hace ya muchos años atrás. Se compadeció por la mujer frente a él, pero igual había otro sentimiento oculto entre las marañas de su interior: ¿Lástima? ¿Curiosidad?

Lo último. Tal vez.

Recorrió la sala con los ojos hasta encontrarse con aquella corbata asentada en un mueble, en la otra esquina. Una punzada lo doblegó.

—Creo que comprendo el punto de Samejima-san —Sus dedos se entrelazaron fuertemente con el asa del recipiente, casi con la misma fuerza con la que uno pondría para evitar que todas las murallas construidas con su propio esfuerzo se derrumbasen en un instante y se convirtieran en simples partículas—. Yo... Desde hace seis años, sigo siendo incapaz de encontrar otro amor, sin hallar una mujer que supere a la última que...

Me rechazó. No.

Me abandonó. No.

Me cambió. No.

Que perdí tontamente. Sí.

Shishio tosió como un acto de reflejo y escupió un poco del té que recién había tomado. De nuevo un rubor comenzó a asomarse.

Duele. Arde. Repiquetea. Se vacía de recuerdos, de los momentos felices y de las sonrisas intercambiadas, la luminosidad de esas pocas promesas cumplidas, y permanece únicamente el polvo, lo malo, lo que inexplicablemente termina estorbando y provoca padecimientos, los perjuicios, los cometidos errores llevados sin intenciones. Se transforma en un páramo, en cristales que tiritan sobre adoquines de cemento, que pesan como el plomo y dañan por su necesidad de ser tocados, trémulos por la desconfianza y miedosos por continuar.

—El manga shoujo tiene la finalidad de servir como un suplemento para las chicas, donde obtienen un amor ficticio que no consiguen con facilidad en la vida real —Soltó Samejima con voz y expresión neutra, típica de ella. Para la sorpresa del mayor, ella no mostró ningún rostro que demostrase lástima por él o que le hubiese traído sorpresa alguna por la dirección en se tornó la anterior plática. Agradeció en silencio el cambio repentino de conversación—. Por lo que eso entra en tu caso, Shishio-san, aunque todavía no comprendo porque no estás leyendo josei o algo más para mayores.

—Es que... Es algo muy vergonzoso para decirlo... —Aquella risita nerviosa comenzó a resonar entre las comisuras de sus labios y se rascó la nuca, avergonzado por recordar el motivo—. Verás, no se lo he contando a nadie y tampoco planeo hacerlo.

Samejima hizo caso omiso de sus palabras y se aproximó hacia él, arrastrando su cuerpo por el tatami, y extendió sus manos por debajo de los brazos del mayor. Comenzó a infligirle cosquillas, convirtiéndose en algo cómico al ser Shishio el único que se encontraba riendo y ella seguía manteniendo su inescrutabilidad. Shishio comprendió que en el futuro tendría que estar más alerta, ya que era una mujer enigmática. Después de unos largos veinte segundos, sin que el mayor pudiese aguantar más ese infantil martirio, le tomó con fuerza las manos y, a causa de ese movimiento brusco, la chica terminó por perder el equilibrio y caer una parte de su cuerpo encima de él.

Era la tercera vez que se había ruborizado estando ella de visita ese día —o esas sólo habían sido las veces que Shishio pudo contar—, pero lo más sorprendente fue verla a ella perder la dureza y seriedad. Sus pómulos se pringaron de un color parecido al de las flores de cerezo en primavera. Otra punzada, aunque ésta resultó completamente diferente. El maestro se propuso ayudarla a recuperar la compostura, pero Samejima rechazó tal ofrecimiento con un alejamiento veloz de el cuerpo masculino, sumado a que le dio la espalda sin diplomacia. ¿Tanto asco podía traerle él a los demás? Quién sabe.

Se levantó y tomó las tazas vacías de la mesa. Detuvo su caminar en la entrada de la cocina.

—Yo solía leerle mangas shoujo a mi hermana menor cuando ella tenía ocho años. Siempre corría hacia mí y me enseñaba los tomos nuevos que madre le compraba y ella decía: "¡Satsuki-nii, léeme éste, éste y ese también!" —Acarició su labio inferior con el dedo índice y dejó los trastes en el lavabo. No tardó en regresar a la sala, donde la chica estaba sentada y con los ojos adheridos al suelo; desde el punto de vista de Shishio, había algo diferente en su mirada, ¿estaba vacía?— ¿Y qué harás en Navidad?

La chica se exaltó, pero no volteó.

—Etto... —Tardó ciertos segundos en contestar. Como si realmente lo estuviera meditando, pensó el dueño de la casa—. Me quedaré viendo esos especiales navideños en la televisión mientras ordeno una pizza o sushi.

—¿Qué? —El chico abrió los ojos y boca como platos, incapaz de creerse tales planes para esa celebración en familia.

—La mangaka no estará en Tokyo e irá de visita a Hokkaido con su marido, y la editorial está cerrada en esas épocas por lo que no tengo motivos para salir de casa —Ella comentó con total casualidad y sin atisbo de tristeza o alegría en su voz, precisamente una cruel seriedad; inmutable y serena su vecina persona era.¿Inquebrantable? No del todo—. De todas maneras, es uno de los pocos días libres que tengo en todo el año.

—Tú... No puedo permitirte, ni permitirme a mí mismo, que pases una Navidad fatalmente sola —Se llevó una mano a la frente y apretó quedamente su sien izquierda, totalmente incrédulo. Sin embargo, rió para sus adentros porque ella parecía tan ajena a este mundo y él no, era su opuesto. Qué linda...—El último par de Navidades me las he pasado de esa forma y no es para nada agradable ser el único bebiendo en este departam... Espera... ¿Y tu familia?

—Mis padres murieron hace unos años, y mi hermano estará con su novia en Okinawa, así que el sofá sigue siendo la mejor opción —Empezó con firmeza, pero flaqueó en la última oración. Shishio se percató. Samejima se talló los ojos con la manga de su suéter de lana negra y seguidamente se levantó, tomando sus llaves de la mesa. Un bostezo se le escapó para esconder algo en su semblante, algo que no le permitiría a otro ver—. Tengo sueño.

—Lamento...

—No, la gente no debe verse obligada a decir palabras cuando no las siente. Suenan falsas.

—Si las siento...

—No. Me voy, gracias por el té —Encaminó su paso hacia la entrada, no sin antes dar una reverencia como agradecimiento...

Satsuki sabía que el mencionar a sus padres resultó ser el detonante para aquello. Él comprendía que era el tener un familiar muerto, su padre lo estaba desde hace cuatros años, pero afortunadamente su hermana menor y su madre todavía se encontraban viviendo y en Kyoto, así que aún lograba gozar de un cálido amor familiar. Suspiró, este año tendría que sacrificar algo. Sus ojos verdes fueron absorbidos por ella, por la figura que obtenía donde se encontraba parado, por un frágil cuello y una diminuta espalda que intentaba colocarse sus zapatillas. Una punzada. Shishio, sin comprender el funcionamiento de su sistema nervioso y su cerebro, se vio a sí mismo dándole la vuelta al cuerpo de la chica y dejando que sus manos cayeran sobre los hombros ajenos, apretándolos suavemente para que ella lo encarase. No congeló sus facciones, sino que las restituyó por una gran confianza, convicción, seguridad y esperanza.

—Como dije, no te lo voy a permitir. El veinticinco al mediodía —De par en par, sus dedos fueron soltándola hasta caer a sus costados— Pasemos la Navidad juntos.

Después de unos segundos Samejima asintió. Quizás, algo nuevo estaba por ocurrir.