Los siguientes días transcurrieron rápido. Satsuki Shishio estaría por comenzar el nuevo ciclo escolar el lunes y preocuparse por su trabajo sería lo menos importante en este preciso momento estando justamente en viernes, a dos días de lejanía de la supuesta fecha.

Un viernes donde tendría una cita, sin ser una cita en todo el sentido de la palabra. Una cita a medias porque, tal vez, sólo Shishio la consideraba como tal y para Samejima era una simple reunión entre dos personas —como siempre se sugestionaba—. El caso era que, esta vez, pasarían toda la tarde juntos como una pareja de... ¿Enamorados? No. Para nada, puesto que todavía permanecía la incógnita si todo era una cita.

—Demonios... Estoy pensando demasiado las cosas, yo no suelo ponerme así cuando... —El adulto balbuceó sin evitar sentir un cosquilleo alrededor de su nuca; tampoco evitó reírse un poco por lo patético que se sentía al encontrarse nervioso por salir con una chica, que era su amiga, porque ya no era un chico de instituto para andarse preocupando por esos asuntos y estar comportándose como un precoz. Pero si se permitió estar feliz por salir con la chica que le...

El sonido de la segunda alarma retumbó en toda la estancia como recordatorio de que ya debía levantarse y no perder más tiempo holgazaneando en la cama. Tenía la nariz rojiza; a veces se le volvía de esa forma cuando era un día lluvioso y la humedad le hacía malas jugadas, o porque había pescado un incipiente resfriado. Definitivamente nada de qué preocuparse. Nada arruinaría su día.

Diez de la mañana y el profesor se encontraba debatiéndose sobre cómo debería ir vestido a esa cita —pasar el rato con una amiga— mientras tenía un pan tostado, con mermelada encima, en la boca y unas cuantas migajas, que le regalaban una pequeña barba falsa a su aspecto, en la barbilla. Ambos habían acordado verse a las cuatro en la estación de siempre; Samejima fue la dueña de la idea de encontrarse ahí y Shishio no tuvo otro remedio más que aceptar, pero se sintió extrañado por esa repentina propuesta ya que los dos vivían el uno al lado del otro.

Ni que hacerle.

Decidir entre llevar una yukata ya que era un "festival" o llevar ropa casual como cualquier hombre en la actualidad fue lo que siguió perturbando su mente, pero eso ya había sido un avance porque se estaba aproximando a su motivo. Su madre se estaría riendo de él en ese momento si llegara a enterarse que su hijo sufría de los problemas comunes de una chica adolescente al no saber cuál atuendo llevaría para ver a su novio, y su hermana menor estaría grabando toda la escena y a él, principalmente, para luego compartirla con sus familiares. Shishio se preguntó cómo pudo haber caído tan bajo y haber perdido su hombría en algo tan trivial que usualmente nunca le había importado.

Al final optó por un pantalón negro de vestir y una camisa clara de manga corta para no complicarse la existencia, pero pensando si había tomado una decisión acertada. Por donde se viera, seguía utilizando atuendos para gente más joven pero ya no tan excéntricos como antes. Hace un par de años atrás desechó todos sus gorros extraños, calcetines y corbatas extravagantes porque debía adoptar un porte más profesional y formal; excepto una peculiar corbata.

Después se dedicó a hacer la limpieza de su departamento que, desde hace más de una semana, no había tenido contacto con el cepillo de la escoba y con el agua alterada químicamente.

Era un desordenado, pero también era responsable.

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La espalda la tenía tendida sobre un poste, en cuya punta se encontraba un reloj para finalizar con el adorno, sus brazos estaban cruzados por sobre su pecho y sus lentes se le resbalaban lentamente por el puente de la nariz; tenía en la boca su último pocky. Una voz le rompió aquel ensimismamiento —conocido como limerencia— , el cual consistió en atinar a la expresión que haría ella cuando lo viese.

No le sorprendió para nada la cara que utilizó al verlo: tal rostro inexpresivo le saludó. Pero fuera de eso, todo lo demás lo dejó completamente perplejo.

Las mejillas del profesor se parecían a dos brillantes esferas rojas colgando sobre una tez clara, sus palmas comenzaron a sudar y su boca se distorsionó en una sonrisa mal lograda. Satsuki ya había visto a su vecina arreglada en Navidad, pero el atuendo que hoy engalanaba no tenía comparación a ese. Hoy sus ojos la captaban con notoria diferencia a lo usual.

Samejima llevaba una falda de vuelo de encaje rojo y una blusa blanca con botones dorados, más unas medias negras y unos tacones de menos de diez centímetros. El maquillaje realzaba la belleza de sus facciones y le otorgaban a sus circulares noches una penumbra digna de ellas, pero seguía permaneciendo debajo lo adorable de sus rasgos naturales.

—Lamento la demora —El chico le dio la espalda sin querer, dándole la cara a las escaleras de la estación. No se atrevía a observarla más o empezaría a padecer taquicardia por tener a su corazón latiendo con anormalidad y desmesura.

—No estuve esperando tanto, Samejima-san.

—Supongo que es bueno oír eso. Ah, espero que no esté tan lleno o podremos separarnos —Los pies de ambos se encontraban ya en el andén y el estruendo metálico era persistente. Era inevitable no percibir la contaminación en la atmósfera y dejar que ésta ensuciase los pulmones de la multitud. Tokyo no se caracterizaba mucho por poseer un medio ambiente pulcro y puro.

—Te tomaré la mano si es necesario.

Chsst... Este tipo... Samejima pensó y luego se mordió el interior de su labio.

—Espero que no sea necesario —Samejima rascó su nuca como si le molestara, siquiera, imaginarse semejante acto y que la tocasen sin su consentimiento, o porque él le sujetase la mano. Aunque simplemente ella nunca aprendió a cambiar los tonos severos de su timbre de voz.

Los dedos del joven maestro le temblaron al escucharla. La chica se percató pero supuso que ese comentario no era la causa.

—A veces, Samejima-san, sus comentarios pueden herir a la gente... Lo último que dijo me dolió un poco e hizo que algo, dentro de mí, se sintiera muy inseguro de tan sólo pensar que encuentra mi compañía un hastío y que me considera tan petulante para no tocar su mano.

Samejima abrió los ojos sin creerse lo que escuchó. Volvió a morderse el interior de su labio para no soltar una estruendosa carcajada.

Realmente un tonto...

Shishio-san, usted es un idiota, no me refería a eso. Utilicé esas palabras porque no quería apartarme de su lado, baka —La primera vocal de la última palabra fue alargada para resaltar el despectivo.

Shishio quedó anonadado, luego de dos segundos para procesarlo todo, empezó a reírse nerviosamente y un diminuto rubor se presentó debajo de sus ojos. La incredulidad mermó por un momento.

—¡Gracias, Dios mío! Samejima-san creí que me encontrabas asqueroso, o peor, que me odiabas... Siento como si mi corazón volviera a latir después de la muerte, así de irreal —Le tomó de ambas manos para mostrarle lo feliz que estaba, aunque tal vez lo hizo porque ya tenía el permiso para hacerlo y ya no se sentía retenido. Tiene unas manos muy suaves y pequeñas, sólo ocupan tres cuartos de las mías...— Bueno, es tiempo de pasar el rato con el espectacular Satsuki "Rey de las Fiestas" Shishio-sama, acompañado por Samejima... Un momento ¿Cuál es tu nombre? Nunca me lo dijiste...

La mujer no dejaba de observar la unión entre ellos, preguntándose si el hombre tenía algún fetiche secreto con las manos de las otras personas. Él estaba viendo ilusionado sus ojos esperando por una respuesta, y por un instante creyó ver su reflejo en ellos.

—Kyoko Samejina.

—Kyo... Kyoko... —Aclaró su garganta y bajó ambas manos, pero procurando que una se mantuviera firme y sujetando la mano izquierda de la chica. Dio un ligero tirón de ella— Kyoko Samejima-san es tiempo de irnos.

Sí. Definitivamente el nombre de la chica pronunciado por la voz de su vecino sonaba diferente; aunque eso tenía un significado literal y uno metafórico.

Antes de abordar el metro, Shishio estornudó.

Samejima dijo lo que el hombre pensó un segundo antes.

—Huele a lluvia.

Por suerte trajo un paraguas dentro de su mochila.

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El Hanami no era considerado un festival en toda la extensión del concepto, sino que era más como una celebración, o una tradición, dentro de la cultura japonesa. Las familias y parejas asistían a los parques y avenidas donde las sakuras (flores de cerezo) vestían el entorno de un rosa pálido, como algodones de azúcar, para admirar aquel único panorama y tener un plácido almuerzo bajo las maravillas de la naturaleza. También se encontraban unos cuantos puestos con comidas típicas del país y otros donde habían juegos para los pequeños en los alrededores. Un evento abierto para cualquiera que quiera sentirse relajado.

—Vaya, ya son las seis de la tarde, el sol ya se está poniendo y no hemos podido contemplar las sakuras todavía por culpa de haber esperado a que reparasen el metro

...

—Mmh... Sí, supongo —Samejima encogió los hombros y cruzó la calle sin esperar a que el otro la siguiera, ya que estaban muy cerca y estaban tardando mucho. Pensó que el hombre estaba desperdiciando tiempo refunfuñando por algo inevitable y de imprevisto.

Los árboles de cerezo estaban a una calle de lejanía.

—¿Eh? Samejima-san... ¡Espere! —Sus piernas salieron corriendo detrás de ella.

Se escuchó el claxon prolongado de un automóvil. El ruido de los truenos acompañó aquel sonido. La chica detuvo su andar a punto de sentir sus piernas flaquear.

—¡Idiota! —Gritó el conductor del auto desde lo lejos.

—Sí, sí... Lo siento... —Los pies de Satsuki ya se encontraban encima de la vereda. Tenía una sonrisa cómplice en el rostro y la zurda en la parte trasera de su cuello. Escrutó con la mirada el lugar frente a su nariz hasta enfocarse en ella, a un metro de distancia de él.

Tragó saliva. Dejó la sonrisa de lado.

—Lamento casi haber sufrido un accidente y arruinar más este día... —Hablar rasposamente no era lo suyo, pero eso fue lo que sucedió. Por un momento se sintió diminuto en el mundo, siendo ella ese mismo mundo.

—Realmente, realmente eres un idiota, Shishio-san —La nariz arrugada de la chica y sus mejillas sonrojadas sólo demostraban que estaba enojada con la imprudencia de su vecino. Le dio un pequeño golpe en la frente con el dedo a modo de reprimenda—. No vuelvas a darme un susto como ese.

El corazón de Satsuki Shishio se hizo añicos en ese momento.

Ya no podía negarlo ni huir más.

—Samejima-san...

—¿Qué? —La chica con los brazos cruzados estaba buscando calmar su furia mientras disfrutaba de las ráfagas de viento palmear su rostro y observaba el árbol encima de su cabeza.

Una diosa japonesa debajo de los cerezos, deleitándose de la ventisca primaveral y esperando el acecho de una nueva oportunidad para la humanidad.

La escena hubiera sido una perfecta pintura para un museo de arte.


Duele.

Arde.

Repiquetea.

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Dentro de este cuerpo que vive,

hay un depredador.

Dentro de este cuerpo que existe,

hay una alma enjaulada.

Dentro de este cuerpo que es,

hay un amor que espera aprobación.


—Samejima-san... Creo que...

—¿Qué sucede? Si es por eso, ya no estoy enfadada, aunque tampoco debes ponerte pálido. Ya se me pasó...

Satsuki Shishio estaba a punto de desmayarse porque su presión descendió. Apretó los puños e inclinó la espalda. Inhaló.

—Creo que me he... Me he enamorado de usted. Así que, si usted se siente de una forma similar, por favor no dude en salir conmigo.

Y entonces comenzó a llover y el ruido del agua cayendo ahogó la respuesta de la chica.

Exhaló.


Dentro de este cuerpo soy un depredador.

Dentro de este cuerpo soy un alma enjaulada.

Dentro de mí hay un amor que espera pertenecer a un corazón.

Un corazón que nunca llegó.

Pero ahora ya nadie más se encuentra dentro de esta celda.