Es insensato lamentarse,
aunque estemos condenados a partir:
lo único sensato es recibir
el recuerdo de alguien en el corazón.
Se puede habitar en los pensamientos
que nosotros mismos hemos cultivado,
y rugir con desprecio y coraje ultrajado
que el mundo haga su peor parte.
No dejaremos que sus locuras nos atribulen,
como de quien viene los tomaremos;
y al final de cada día encontraremos
una risa alegre como hogar.
[...]
Podemos quemar las obligaciones que nos encadenan,
urdidas por frías manos humanas,
allí donde nadie se atreve a desafiarnos.
Podemos, en el pensamiento, encontrarnos.
Por eso el llanto es insensato,
sostén como puedas un espíritu alegre;
y nunca dudes que el Destino ofrece
un futuro grato por el dolor presente.
Partida, Charlotte Bronte [Fragmento]
Uno simplemente debe olvidar y dejar que el viento se lleve lo innecesario.
El polvo debe ser soplado y volverse uno con el aire.
No existe prohibición.
O sí.
Habrá que esperar al futuro siguiente.
Y esperar por nuestras cadenas bañadas en oro.
Pero...
puede que seamos libres.
...
Finales de Mayo
Prácticamente Satsuki Shishio llevaba —casi— dos meses saliendo con su actual pareja, Kyoko Samejima. Casi, porque el día siguiente se cumpliría exactamente ese segundo mes. Y el profesor de Historia se encontraba precisamente golpeando su cabeza contra el kotatsu, que debería haber guardado desde que el invierno finalizó y el último copo de nieve se derritió; aunque —recordando— eso de ser ordenado no era una virtud de la cual pudiera ir presumiendo a cualquier ser humano que se le cruce enfrente. Su apartamento sería un completo desastre si su novia no estuviera ahí para ayudarle.
Novia...
Eran incontables las veces que Shishio se negó a que ella le ofreciese su ayuda para limpiar toda la casa pero —número uno— él tenía poca voluntad contra una mujer muy dominante y autoritaria, —número dos— él, por su propia cuenta, dudaría tomar la escoba y emprender un aseo completo, quizás ni a medias sería capaz de; no por nada su habitación estaba repleta de libros sobre civilizaciones antiguas, el renacimiento, las tantas épocas del Japón antiguo, entre otros temas, más ropa interior y envoltorios de comida esparcidos por el suelo y estorbando cada vez que se encaminaba hacia su cama y se tropezaba con alguna de esa basura; incluso, una vez se partió el labio en una de sus caídas cuando atravesó algo ebrio ese barullo y sólo se limpió la sangre que brotó de la herida hasta el día siguiente, cuando despertó tendido en el suelo. Definitivamente, pulir esa actitud de holgazán fue producto de esfuerzo constante y años invertidos en la práctica. Satsuki Shishio era un profesional de los buenos.
Comprarle algo a su chica —todavía le sonaba irreal tener a alguien que fuera suyo, no en el sentido de posesión pero de una forma masculina de dar a entender que esa chica ya estaba comprometido con alguien y ese alguien era él ¿Cuántos años iban ya desde que no sentía esa emoción? Muchos— para conmemorar este mes especial. No era una tradición japonesa hacer regalos sin motivos o en fechas donde no se acostumbraba darlos; Shishio simplemente quería agradecerle el hecho de estar saliendo con él. Cual zopenco le había vuelto el amor, sin embargo, era aceptada su intención ya que después de tantos años con un corazón maltrecho y abandonando, estaba agradecido por encontrarse ya repicando con alegría. Seguía siendo un zopenco con orgullo de serlo.
Caminar por las calles transitadas y embotelladas de Shibuya, Tokio, revisando las opciones que le brindaban los escaparates de las tiendas en busca de algo que entre en el rango de las tres "B" —bueno, bonito y barato—, teniendo el persistente pensamiento sobre tampoco optar por algún presente ostentoso y recibir un rapapolvo por parte de Samejima a cambio. Temía, como cualquier hombre, ser regañado por su novia en su plan de ser considerado. La pelinegra resultó ser algo ahorrativa: todo lo contrario a él, usualmente. Al principio pensó en comprarle una bufanda o unos guantes, pero no tardó en desechar la idea cuando se percató que era muy tonto obsequiarle algo que produjera calor en una época donde había calor, quizás era algo mejor fresco... Luego pensó en darle algún libro, aunque esa opción sólo estuvo presente en su mente cinco segundos porque él no tenía idea si el libro que le regaló en Navidad fue de su agrado, o siquiera si ya lo había leído.
Entonces, al pasar por una cafetería y su anhelo de un buen café amargo que le entibiara la garganta despertase, el perfecto regaló se visualizó dentro de su cabeza. Una taza. ¿Y por qué no? Ella solía, y desde antes establecer relación amorosa con él, venir a pasar el rato cuando no se encontraban ambos trabajando y entonces bebían una buena taza de café mientras entablaban pláticas extensas —hostigamiento por parte de el hombre— sobre todo lo que Samejima hacía en su trabajo, los mangakas famosos que llegó a conocer y con los cuales compartía número de teléfono, y de los adelantos y manuscritos que guardaba en su bulto de la oficina y estaban prohibidos para el acecho de ese par de ojos silvestres curiosos. Era un obsequio simple, no lo negaría ¿Pero de las cosas simples no se podían obtener grandes recuerdos cuando uno está repleto de cosas deslumbrantes y costosas a su alrededor? Eran como el cielo oscuro, la Luna y las estrellas; la mayoría preferiría a las dos últimas por su resplandor y por brindar luz cuando el Sol no está destellando, incluso un calor silencioso, pero la minoría se complacería únicamente con la penumbra de la noche y el descanso profundo que se puede obtener de ella. Hasta de los momentos simples pueden fabricarse memorias valiosas, respiraciones inolvidables, un abrir de ojos especial, el primer latido al iniciar el día.
Algo único.
Al día siguiente —ya después de haber probado varias veces envolver el presente con papel y haberse decidido a último momento en ir por una bolsa de regalo por sus miles de intentos fallidos— no sabía cómo debería entregárselo y había olvidado también hacer planes con ella un día antes. Shishio era un tonto en todos los sentidos, con la cabeza perdida y los pies no bien plantados al suelo, tropezándose a pasos largos y siendo un torpe en ocasiones inoportunas, y todavía no comprendía cómo le resultaba atractivo para mujeres muy hermosas. Empero, el azabache desconocía e ignoraba que esa torpeza resultaba su punto fuerte, sumado a lo varonil que se transformaba cuando hablaba y trataba algún asunto con seriedad; eso era lo que dejaba a las mujeres intrigadas, la manera en cómo alguien así de descuidado y que sonríe todo el tiempo pudiera mostrar un semblante tan opaco en cuestión de un segundo. Finalmente, decidió por postrarse en frente de la puerta de la chica y llamar a la puerta a las nueve de la mañana, con una de sus manos detrás de la espalda ocultando lo que le brindaría.
—Shishio-san, ya le dije que si es usted no importa que entre sin llamar. Con un "soy yo" desde la entrada es suficiente —Samejima espetó mientras bostezaba y se restregaba sus ojos con el dorso de su izquierda y dejaba la otra encima de picaporte, una vez abierta la puerta. El chico se coló lentamente por la entrada, retiró sus zapatos de su atuendo, tratando de evitar el contacto visual con su novia porque estaba completamente sonrojado a causa de verla con un short algo corto y una blusa de tirantes como pijama, y además un poco irritado a causa de lo que dijo. ¿Cómo podía ella decir eso con tanta naturalidad y permitirlo con tanta ligereza? ¿Desde cuándo dejaba la puerta sin seguro, ofreciendo una oportunidad para que cualquier extraño entre y le haga daño, y más con ese atuendo? Bueno, eso era lo que le irritaba. Que otro hombre pudiera verla así... Vaya celos.
—Prefiero que no. Prefiero que Samejima-san me abra y lo primero que vea sea su rostro y no un par de muebles, esa es la razón por la que vengo: porque quiero verle —Tomando asiento dejó el paquete en su regazo. La mujer, escuchando atentamente las palabras que Shishio dijo e hicieron apenas chamuscar sus mejillas, se cuestionó dos cosas: el contenido de aquella bolsa, no obstante, se inclinó por la alternativa de esperar a que él hiciese un comentario al respecto. Y segunda fue la razón para que él tuviera la cara pintada de carmesí, como si estuviera por estallar por andar aguantándose.
Una mirada a su propio atuendo bastó para huir corriendo hacia su habitación y cambiarse la ropa.
En cuestión de segundos ella apareció con una ropa más decente y nada impúdica, luego se sentó a unos centímetros de distancia de Shishio.
Él tragó saliva decidido a sacar el tema que le trastornaba.
—Samejima-san ¿Puede prometerme ponerle seguro a su apartamento? Creo que no puedo dormir en paz sabiendo que deja la puerta así... Tampoco voy a entrar como si esta fuera mi residencia —Shishio hizo una ligera mueca, que le sabía algo amarga porque no se sentía en el derecho de solicitar aquéllo cuando no era su madre. O quizás sí, puesto que era su novio. Ahí estaban empezando los deseos egoístas del maestro...
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? Yo no dejaría la puerta de esa manera...—Su semblante serio quedó estupefacto ante tal insinuación, sin comprender cómo había llegado su novio a tal creencia—.
—Me refiero a que me dejes entrar a tu hogar como se me plazca, suponiendo que dejes abierto sólo por mí —Negó con la cabeza mientras se acomodaba los lentes que le caían por el puente de la nariz—. Hay muchos pervertidos rondando por la zona y es muy peligroso que...
— ¿Qué? —La chica lo interrumpió con la misma interrogante. Samejima no captaba el sentido de lo que decía, incluso dudaba si Shishio se encontraba en buen juicio, cabiendo también la posibilidad de que estuviera pasado de copas. ¿No era muy temprano? Soltó un suspiro y su expresión de confusión se desvaneció, creyendo que ya sabía lo que sucedía. Sí, se enamoró de otro tonto—. Estoy segura, al cien por ciento, que usted olvidó que le di una llave. Una llave que le presté para que guardase en caso de que yo olvidase o extraviase la mía y me la otorgara cuando la necesite. También le mencioné la opción de utilizarla cuando venga aquí y yo esté ocupada con otras cosas y no pueda abrirle yo misma.
Si el maestro hubiera tenido la posibilidad de darse un buen golpe contra la pared, no lo hubiera dudado. Y de nuevo, Satsuki "Fiestas locas", "El Celoso" y "El Posesivo" Shishio había hecho de las suyas. La vergüenza lo motivó a hundir la cabeza y chasquear la lengua por su estupidez.
—En todo caso, soy capaz de defenderme por mí misma porque en la Universidad tomé clases de...—Su oración fue cortada por el sonido de una carcajada estallar en la estancia. Satsuki alzó la cabeza y una enorme y resplandeciente sonrisa cegó la visión de Samejima.
—Lamento la confusión. Lo había olvidado... Supongo que nunca voy a cambiar, espero que no te importe tener un idiota como novio. Yo no me soportaría —Cada frase fue dicha con diversión mientras seguía el ritmo burlón de la intención de su emitir. La risa del azabache era parecida al sonido fresco de una canción clásica, y su sonrisa tenía el aspecto de una media luna, como si ésta hubiera decidido descender y mostrar su belleza en alguien que compartía ese mismo rasgo que ella. Samejima sintió su corazón arder, doler y repiquetear. Si él con sólo sonreír podía estrujar su corazón ¿Qué tanto daño sería capaz de hacerle con un beso, o cuando estuvieran haciendo el amor...? La pelinegra temía descubrir la verdad, pero no le importaba someterse y sucumbir ante ese miedo.
Pero lo primero: casi dos meses saliendo y no se habían besado. No porque ninguno lo quisiese, tal vez lo hubiesen pensado por su parte a solas, pero el momento indicado no se había dado. Y eso que Shishio se había contenido demasiado.
—Por cierto, Samejima-san... Compré algo para usted... Estos dos meses que hemos estado saliendo han sido muy divertidos y creo que quiero agradecérselo de alguna forma...
—¿Eh? ¿Por qué? No es necesario —La mujer ladeó la cabeza sin comprender y sólo observó cómo el hombre le tendía la bolsa y la colocaba encima del regazo de la fémina.
¿Qué demonios le pasa? ¿Ese estúpido se tropezó de nuevo con sus libros? Pensótratando de detener esa risa que estaba por escaparse de su boca y desarmar su personalidad. Bueno, al menos no parece tener muestras de cardenales en la cara... Idiota.
—Esto es para agradecerle que estemos...
—¿Agradecer qué? Shishio-san, no he hecho nada que merezca un obsequio y menos uno de su parte —Emitió un pequeño sonido que se parecía a una queja y también a uno de irritación. El pelinegro sabía que se tornaría en una molestia pero primero quería hablar y explicar sus razones infantiles; tomó aire y se arrimó a su costado, mientras que sus cachetes se bañaban en una esencia de frutos rojos. Juró que el pecho le estaba por colapsar.
—Por los últimos seis años no había podido sepultar los sentimientos que cargaba todos los días, unos sentimientos llenos de pesar, dolor y arrepentimiento. Hasta hace poco pude deshacerme de una buena carga de ellos pero todavía permanecían incrustados unos cuantos a mi espalda —Su puño izquierdo se hizo con la tela de su pantalón, la cual estaba apretando, pareciera tal vez que se encontraba estrujando algún órgano vital, un corazón o un cerebro. Ambos órganos habían sido los culpables y partícipes de su tormento, además de él mismo. Para maravilla suya, su mente ya no parecía cimbrar al recordar esa época, ni su tono quebrarse al hablar de ella. Estaba utilizando la seriedad que la situación meritaba—. Pero cuando usted entró por completo a mi vida, ese reloj que pensé que se hubo detenido para siempre, comenzó a correr. Y el tiempo iba más rápido de lo que se suponía... ¿Me explico?
Samejima bajó la cabeza y abrió la bolsa, suponiendo que era un buen momento para hacerlo. Lentamente retiró de ella una taza decorada de un estilo particular; tenía la figura característica de un titan. El tonto le regaló una taza de Shingeki no Kyojin.
Esta vez se permitió reír, y en el acto dejó su cabeza reposar en el hombro del otro sujeto.
Ella no se ruborizó, pero él sí.
—¿No le gusta? Creí que había elegido algo perfecto para usted... —Shishio abrió la boca por completo, perplejo porque temía haber cometido un gran error y haberle dado algo no tan femenino a su novia. No la culpaba por haberse burlado por tal patético presente, porque él si lo haría.
—¿Por qué la cara del titan colosal? ¿Por qué ese manga? —Las carcajadas de Samejima iban cesando hasta detenerse en un dos por tres. Rara vez podía reír tanto, y ésta era una ocasión especial.
—He visto que tiene varios tomos de ese manga apilados en su librero. Creí que era fanática de la serie...—Su cabeza la giró hacia la ventana a su derecha sin importarle que ella estuviera en su hombro. Pensó que era mejor escabullirse para que no notara su expresión de pena.
—¡Para nada!—Regresó a su posición normal, incómoda ante el gesto que hizo por impulso— El año pasado mi jefe me regaló los de su hijo porque éste se había vuelto un otaku compulsivo, y le aterraba la idea de que el mundo de su hijo sólo rodara entorno a su obsesión sobre el manga y el anime.
Shishio al escuchar su argumento se golpeó la frente con la palma de la mano y el sonido producido hizo que la chica diera un respingo.
Un idiota... Soy un gran, gran idiota...
—¿Por qué una taza? —La mujer dejó asentado su nuevo recipiente en la mesita pequeña frente a ellos. El maestro le dio la espalda pero seguía sentado en el suelo, muy avergonzado de encarar su hermoso rostro.
—Porque pensé que sería bueno que usted tuviera su propia taza en mi casa. Algo que sea suyo cuando viniera de visita y Samejima-san pudiera sentirse más en su hogar... Después de todo, quería que mi novia estuviera más cómoda cuando estuviera a mi lado y así fuéramos más cercanos...
Las comisuras de los labios de la chica se alzaron y, en un arranque, abrazó por detrás al hombre en su intento por darle las gracias, a pesar de no decir ni hacer nada más. Ella prometió ser más afectiva en su próxima relación. Diez años después estaba cumpliendo su promesa con el chico que le había enamorado con sus singulares deslices y su personalidad torpe.
Los brazos que se enrollaron en el abdomen de Shishio y el calor que le brindó el cuerpo diminuto de Samejima fueron el detonante para tomarle de los brazos y separar su unión, virarse, acercar su nariz a la contraria y dejar que sus labios hambrientos se pegaran a unos con sabor a cereza — los cuales le abrieron más el apetito—, percatándose que encajaban a la perfección o que estaban hechos el uno para el otro. Dos bocas que debían haberse entrelazado hace tanto tiempo pero que la vida unió hasta ahora.
Samejima sintió que ese beso la desmoronó.
Shishio se relamió los labios para volver a probar la cereza de ese brillo labial.
¿Ella se lo puso por él desde que empezaron a salir?
Ahora fue su turno de él para reír.
Y de ella para devolverle el beso.
.
.
.
El atardecer traía arrepentimientos.
El anochecer traía recuerdos.
El amanecer era la miel
que me hacía ver lo dulce
que era vivir.
El amanecer era la esperanza
de este amor
que batallaba por seguir.
El atardecer traía consecuencias.
El anochecer traía sentencias.
Pero este amor,
te juro que se convertirá
en un amanecer perpetuo.
