Cuando los suaves pétalos coloridos de la Primavera comienzan a marchitarse, perdiendo su vivo color con lentitud, destiñéndose y opacándose, preparándose para despedirse mientras las hojas se vuelven olivos, luego unas con el tronco que las vio crecer hasta volverse hojarasca, emerge la sensación de que todo debe llegar a su fin.
Para bien, o para mal.
Pero deben desprenderse y dejarse caer.
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La base de la preocupación de ambos fue que ninguno pensó —se atrevió— sacar aquel tema sobre la peculiar corbata que seguía adornando la estancia.
Y era el momento de él para hablar sobre su pasado amoroso.
—Shishio-san, agradecería que no se esfuerce en cocinar algo por mí cuando uno sabe que su mayor virtud no es la culinaria... —La chica comentó cambiando el canal de la televisión mientras diversos dibujos animados salían al ir de un programa a otro. El olor de la yakisoba comenzaba a esparcirse por toda la estancia, haciéndole rugir el estómago a la muchacha que apenas notaba el nacimiento de su apetito.
Una carcajada masculina de una duración de dos segundos fue emitida desde la cocina como respuesta a ese tonto intento de bajarle su dignidad como al hombre que pretendía cocinarle a la mujer que le robó el corazón, o que se lo arrebató sin haberlo planeado, con el fin de lucirse y recibir cumplidos por ello. Tan bajo había caído para añorar ser elogiado por su novia.
—La comida estará pronto, Kyoko-chan —La burla de la voz de Shishio fue evaporándose lentamente en el aire, pero ella la había inhalado muy bien y le molestaba que se le refieren así.
Samejima apagó la televisión y asentó el control en la pequeña mesa, apoyó sus codos en ella y acomodó su rostro entre sus palmas. Se quedó mirando hacia la pared, y por lo consiguiente, hacia ese mueble que hospedaba ciertas cosas.
Y ahí se encontraba reposando esa peculiar corbata con estampado de sushi.
Al principio Samejima pretendía saber más sobre aquel pedazo de tela, sobre cuán importante era aquéllo para su novio y quién se lo había dado. La historia que ese objeto traía detrás habría sido algo inolvidable para el maestro como para no dejarlo guardado en un lugar no visible y permitir que se empolve, tanto como si verlo ahí asentado fuera su fuente de energía matutina; eso pensaba la chica pelinegra cada ocasión que se encontraba en la casa del ajeno y se quedaba mirando esa prenda masculina que únicamente le traía intriga, curiosidad y un poco de ¿Celos?
—Espero que no le haya faltado sal o más salsa de shoyu...—Cortó la oración larga que iba a decir. Una ligera mueca se mostró en el rostro del maestro ante tal imagen que deseaba no haber visto. De nuevo los ojos oscuros de Samejima se veían atraídos hacia el objeto que le había dado Suzume hace más de seis años atrás.
En ese momento supo que por fin tenía que tomar cartas en el asunto.
Shishio la había encontrado ya continuas veces observando la corbata que ella le obsequió. Sabía muy bien que tarde o temprano debería hablar sobre ello, guardarla y reemplazarla por la que Samejima le regaló en Diciembre; más que nada, él mismo quería demostrarse que había seguido adelante y ahora estaba surcando lo venturoso de su destino con pasos seguros y con alguien junto a él para asegurarse de que no volviese hacer un desastre colosal en su vida; sin embargo, por algún motivo se rehusaba a guardarla y mucho menos pensaba arrojarla al bote de la basura. Ese objeto pertenecía a un fragmento importante que vivió y que jamás estaría dispuesto a olvidar. No iba a desechar fácilmente las buenas memorias que tuvo con su segundo amor, así como tampoco lo haría con los años que le dedicó al primero: ambas mujeres le ofrecieron felicidad en su momento y sentimientos que nunca serán reemplazados ni brindados por alguien más. Sonrojos, sonrisas, abrazos que sólo le pertenecerían exclusivamente a cada una.
Pero ahora había alguien más a quien atesoraba y con quien tendría la oportunidad de hacer más memorias, esperando que nunca cupiese la posibilidad de un fin. Por lo mismo, él se forzaba así mismo a mostrarse poco afectivo cuando ella no estaba de humor a causa del trabajo, aunque siempre buscaba las ocasiones menos esperadas para enredar ese delgado cuerpo entre sus brazos y plantarle besos donde comenzaba su cuero cabelludo. Hace tanto que no amaba como lo hacía ahora y ya era tiempo para liberar todo ese amor que se había acumulado con los años.
Satsuki dejó ambos platos con fideos de yakisoba de manera ruidosa sobre la mesa para llamar la atención de su vecina, sin importarle que el líquido en los vasos pudiera saltar. El pequeño estrépito sacó de su embelesamiento a la pelinegra haciéndole erguir los hombros, el hombre se disculpó en un murmullo. Shishio se sentó silenciosamente en su lugar sin atreverse todavía a sujetar sus palillos para comer porque temía mirarle a los ojos.
Después de diez segundos mudos él abrió la boca.
—Samejima-san, creo que hay algo que debo hablar con usted y quiero que me escuche hasta el final. Es algo que sucedió tiempo atrás y he dudado en decirle porque... No es una situación bien vista por la sociedad... —El adulto parecía tener miedo porque sabía que después de contarle esa historia de su pasado era propenso a perderla y no estaría dispuesto a que eso ocurriese de nuevo cuando dejó escapar antes a dos mujeres que amó tanto, así que evitaría que ella osase irse de su lado. Ya había aprendido la lección después de varios años.
La mujer entrecerró la mirada cuando escuchó lo que le decían, dejando sus palillos todavía recostados junto al plato. Lentamente sus ojos regresaron a su posición habitual y buscaron los ojos verdes del otro. Para él era difícil determinar qué tipo de emoción demostraba ella cuando su rostro no parecía enseñar reacción alguna.
Tragó una pequeña cantidad de saliva antes de comenzar a hablar.
—Esa corbata que está ahí —Señaló la prenda de vestir que yacía frente a ellos en un buró de madera, en la parte central del mismo. Por algún motivo hablar sobre ello siempre le produciría el dolor del recuerdo imborrable— me la regaló una de mis alumnas hace más de seis años. Es un artículo muy preciado para mí porque... Bueno —Relamió sus labios antes de proceder, tratando de que sus palabras no estuvieran a punto de salir más débiles de lo que deberían ser—, me llegué a enamorar de ella...
En esta ocasión Samejima, en vez de entrecerrar la mirada, la abrió por completo y lo implacable de su expresión se convirtió en algo que el pobre profesor no lograba comprender. ¿Asco tal vez?
No buscó su aprobación para continuar.
—Su tío era un buen amigo mío, y su sobrina y yo también lo fuimos, pero de un momento a otro, nuestra relación comenzó a cambiar y se fue transformando en algo más irreal que la amistad entre un alumno y un profesor. Simplemente, ella comenzó a gustarme porque siempre la consideré como a una mujer... —Se detuvo por un momento buscando una manera para acortar su anécdota y no regresar a ese calvario que era recordar algo que nunca pudo suceder—. Cuando su tío se enteró de lo nuestro me vi obligado a romper toda relación con ella haciendo una gran estupidez... Le mentí diciendo que no la amaba. Y al final, ella encontró a alguien que recogió y unió los añicos que hice con su corazón.
Shishio sonrió torcidamente, tratando de ocultar esa tristeza que quería asomarse después de tantos meses.
—A pesar de eso, ahora fue mi turno de encontrar a quien reparó el mío, Samejima-san, y no creo que exista necesidad de mencionar el nombre cuando es algo obvio.
Cierto era que la chica tardó en digerir lo que el hombre le contó. Ella no era alguien para juzgar las formas en que se manifiesta el amor, ni la diferencia de edad que pueden separar a los implicados, ni tampoco podía afirmar que consideraba repulsivo a Shishio por haberse enamorado de su alumna cuando ella misma solía leer mangas sobre esa temática y le encantaban; sería un pensamiento hipócrita.
Tal vez ella se mantuvo en silencio porque se encontraba relativamente envidiosa de un amor que nunca ocurrió y que, al parecer, seguía siendo importante para el hombre.
Lo más cercano a una respuesta que ella utilizó para replicar fue un asentimiento de cabeza más un silencio de su parte. No estaba molesta —eso creía—pero un sentimiento nuevo parecía brotar en lo profundo de su pecho. Ella sintió la necesidad ignorar a Shishio por unos minutos y así lo fue durante toda la cena.
Shishio no quiso forzarla a hablar pero, al menos, esperó que no se molestase con él por haberle ocultado ese pequeño secreto que le costó confesar.
—Samejima-san.
—Shishio-san —Dijeron al mismo instante. Él le cedió la oportunidad de hablar primero—. Gracias por contarme sobre esa experiencia dolorosa de su pasado y lamento quedarme callada durante todo el relato, es que simplemente... Supongo que es la primera vez que siento celos en mi vida y no sé cómo manejarlo... Pero me gustaría que me hablara más sobre ello para conocer al usted de aquella época...—La chica confesó con un hilo de voz sigiloso—.Quiero saber que tan idiota fue en su juventud —La chica lentamente fue alzando las comisuras de sus labios.
El maestro sintió su corazón acelerarse y su rostro comenzó a ruborizarse.
—De ahora en adelante, la corbata que Samejima-san me regaló será la más importante para mí y sólo a ella le procuraré el lugar más cercano a mi corazón, justo donde se encuentra ahora.
Fue el momento de la editora de mangas para perder la compostura y estrechar a su novio en un abrazo, procurándole cuanto beso se atrevió a iniciar.
Finalmente las hojas habían caído, los colores pasteles se perdieron y la Primavera había acabado, pero era tiempo de demostrar que en Otoño la gente vuela y avanza con alas valientes, sin titubear contra la fuerza del viento que las obliga a quebrarse, pero antes deben aguardar y retenerse hasta que haya culminado el Verano naciente.
