Prompt por jossedith1: me he imaginado a Regina y a Robin teniendo hijos (Henry y Roland o bien podría ser una niña) pero que luego de un tiempo las cosas no hayan sido como ellos esperaban y después del nacimiento del más pequeño de sus hijos, Regina decidiera terminar las cosas con Robin. Con el paso del tiempo, y al ver que los sentimientos del uno por el otro no han cambiado, y con la ayuda del Henry y Emma (su madrina), terminen lo que empezó como un juego siendo el cierre de un amor verdadero.
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Operación: Salvemos a la reina y el ladrón
Sucedía de nuevo, como casi todos los días. Otra vez los gritos del otro lado de la pared. Henry no quería escuchar, no esa noche, no de nuevo. Ya había empacado el sleeping bag, la linterna y algunos cómics en la mochila. Papá lo llevaría al día siguiente de campamento y debía tener todo listo antes de irse a dormir pues partirían muy temprano por la mañana. Sin embargo, en cuanto escuchó la gran pelea que sus padres estaban teniendo de nuevo, se sentó sobre el suelo de su habitación, con las piernas encogidas, cubriéndose los oídos.
De pronto, la puerta se entreabrió y la carita de Roland pudo distinguirse.
—Henry… tengo miedo —dijo la vocecilla del pequeño.
—Ven aquí —señaló Henry, quien a sus diez años, y siendo el hermano mayor, solía proteger a Roland de las cosas que lo asustaban.
El pequeño de rizos alborotados se acercó a Henry y se sentó a su lado, tapándose los oídos también.
—Pronto pasará, ya sabes que es así —intentaba explicar Henry, aunque en el fondo él también estaba temeroso.
Pero aquello distaba mucho de terminar. Repentinamente la voz de Robin se escuchó aún más fuerte, parecía que éste caminaba por el pasillo con paso rápido y se dirigía hacia las escaleras. La voz de Regina le siguió. Ambos sonaban muy alterados.
—¡Estoy cansada de ti! —exclamó Regina encolerizada hacia su marido—. ¡De tus malditas promesas que nunca cumples!
—¡Yo estoy cansado de escucharte! —respondió Robin, furioso—. Debo salir de aquí…
—¡Sí, haz lo que siempre haces! —gritó Regina—. ¡Huye de los problemas!
—Huyo de tus reclamos —dijo Robin con fastidio.
—Si sales por esa puerta, Robin… es mejor que no vuelvas nunca.
La voz de Regina fue determinante. Robin se detuvo de pronto, casi sin poder creer lo que ella decía. Sin embargo, ¿no sería esa la solución al desastre? Sí, todo era un desastre: su matrimonio, su hogar, aquello que alguna vez habían soñado construir juntos estaba por desmoronarse frente a sus ojos.
—Bien, si así lo quieres —dijo la voz gruesa de Robin.
Él salió del departamento dando un portazo que despertó a la pequeña Hope, quien se soltó en llanto. Regina, con lágrimas en los ojos, no tuvo oportunidad para pensar en lo que había dicho y en lo que acababa de ocurrir, se dirigió rápidamente a la habitación donde su pequeña hija de nueve meses lloraba.
Robin, furioso, salió del edificio, cruzó la calle a zancadas, dirigiéndose a su automóvil que se encontraba estacionado frente a la acera, subió a éste y arrancó rápidamente, alejándose en segundos, sin darse cuenta de que Henry y Roland observaban todo desde la ventana.
De pronto, Roland saltó asustado y salió corriendo también para alcanzar a su padre. Iba descalzo, con sólo el pijama puesto.
—¡Papi! ¡Papi! —gritaba Roland, saliendo del departamento también.
Si no hubiese sido por Henry, quien detuvo a su pequeño hermano antes de que éste pudiese incluso bajar las escaleras del edificio, Roland habría salido corriendo a la calle, detrás del auto de Robin.
—Papi… —decía ahora Roland, abatido, con el rostro cubierto de lágrimas.
Henry hizo acopio de fuerzas por no llorar. En cuanto Regina escuchó los gritos de Roland salió corriendo también, con Hope en sus brazos.
—¿Henry?, ¿Roland?, ¿qué hacen aquí? —preguntó ella con la voz cortada.
Roland corrió a abrazarse de la cintura de su madre, sollozando. Sin embargo, Henry le lanzó una mirada de desprecio a Regina.
—¡Él iba a llevarnos de campamento! —exclamó el niño, encolerizado, con las mejillas rojas y ojos lastimosos—. ¡No es justo!
—Henry…
Henry se echó a correr hacia su habitación. Él también dio un portazo. Regina no sabía qué hacer. Abrazó a Roland y a Hope tanto como pudo. No estaba segura de lo que había pasado. No entendía absolutamente nada. Robin se había ido, ella lo había echado. Besó la punta de la cabeza de rizos alborotados de Roland para que dejara de llorar.
—Papá va a regresar, cariño. No llores más, por favor —pidió Regina a su pequeño hijo.
—Pero tú dijiste…
—No lo dije en serio, Roland… no lo dije en serio —musitó ella, mientras una lágrima recorría su rostro.
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En octubre, Robin y Regina, cumplirían doce años de casados. Su matrimonio tuvo tres niños como resultado: Henry de diez, Roland de siete y Hope de apenas nueve meses.
Se conocieron en el último año de la universidad, en Columbia; Robin cursaba Literatura y Regina estudiaba Arquitectura. Nunca coincidieron en el campus, hasta que ambos se encontraron en la misma fiesta de disfraces que Emma, la mejor amiga de Regina, organizó en Halloween. El flechazo sucedió inmediatamente, cuando Regina apareció vestida de la Reina Malvada de Blancanieves y Robin, quien iba ataviado en un grandioso disfraz de Robin Hood, la vio llegar. Desde ese momento, él hizo todo por conocerla. Esa misma noche se besaron en el balcón, rodeado de un montón de personas desconocidas con los disfraces más extraños.
Luego de un año de perfecto noviazgo, se casaron en una hermosa ceremonia íntima, con sólo amigos y familia (únicamente los padres de Regina, quienes cuestionaron mucho la relación en un inicio, pero finalmente accedieron), en los jardines de Central Park. Decidieron casarse el día de Halloween, igual que cuando se conocieron.
Ambos eran jóvenes, locos y enamorados. No tenían un solo centavo para vivir. Así que Robin aceptó un empleo como redactor de notas deportivas en un periódico menor, el cual pagaba poco, pero al menos costeaba el alquiler, mientras Regina consiguió una pasantía en un despacho de arquitectos.
Todo parecía ir bien para ellos, poco a poco comenzaron a amueblar su pequeño departamento en Brooklyn y Robin tenía tiempo para trabajar en sus propias historias. Sin embargo, la existencia de Henry, como una pequeña bolita de células en el vientre de Regina, los sorprendió unos meses después de haberse casado. Henry nació justo cuando ellos celebraban su primer aniversario de bodas, el día de Halloween también.
Pero, aunque tomados por sorpresa, Robin y Regina estaban felices con su regordete bebé que parecía ser una interesante combinación de ambos: cabello castaño, piel clara y ojos esmeraldas. Robin obtuvo un ascenso y Regina finalmente fue contratada de tiempo completo, por lo que alimentar y criar a su hijo ya no representó un problema.
Dos años y medio después, llegó Roland. Regina sonrió cuando lo tuvo en brazos: éste era completamente de ella. Los ojos marrones, el cabello rizado y alborotado, y únicamente los hoyuelos de su padre.
Los primeros dos niños fueron, hasta cierto punto planeados o al menos esperados, pero Hope… ella fue un accidente causado por unas vacaciones en Florida y un DIU fallido. Sin embargo, cuando la pequeña nació la familia estuvo finalmente completa: una niña hacía falta para perfeccionar el cuadro.
Sin embargo, los problemas, los verdaderos problemas, comenzaron. Por supuesto que, en once años de matrimonio, hubo toda clase de discusiones, pero poco a poco, las pequeñas peleas o disgustos comenzaron a hacerse más grandes, sobre todo cuando Robin regresaba a casa muy irritable, alterado por el trabajo, por el doble turno que muchas veces debía cubrir en el periódico, y Regina tampoco estaba en el mejor humor para soportarlo. Los había alcanzado la rutina, la indiferencia y el cansancio de criar a tres niños, que si bien eran maravillosos, no eran fáciles tampoco.
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Robin regresó a casa muy temprano a la mañana siguiente. Entró sigilosamente al departamento, intentando no hacer demasiado ruido, con una maleta vacía en la mano. Luego se dirigió al cuarto de lavado: la noche anterior, en medio de la pelea, no había tenido oportunidad de tomar su ropa del armario. Así que rebuscó entre la sucia, necesitaba prendas para el resto de la semana, pero no quería entrar en la habitación compartida y encontrarse con Regina. No, aún no, estaba demasiado enojado. Prefería tomar la ropa sucia y llevársela a lavar a casa de John, donde estaba alojándose desde la noche anterior.
—¿Papá?
Robin giró un poco sobresaltado cuando la voz adormilada de Henry se escuchó de pronto. El niño observaba a su padre desde la puerta, con el cabello muy revuelto y el pijama puesto.
—Henry… ¿qué haces aquí? —preguntó Robin un poco desconcertado.
Henry no respondió nada, sólo se abalanzó sobre su padre, abrazándolo con fuerza. Robin correspondió al apretón y se puso de cuclillas hasta estar a la altura del niño.
—Vuelve a la cama, lamento haberte despertado —susurró Robin.
—No —negó Henry con los ojos lagrimosos—, no quiero que te vayas. Iríamos de campamento, ¿lo recuerdas? Sólo tú y yo, lo prometiste.
Era cierto. Robin prometió llevar a Henry a acampar el fin de semana, le enseñaría algunas cosas básicas para la supervivencia en el bosque. Irían sólo los dos, pues Roland era todavía un poco pequeño para soportar una noche fuera de casa, lejos de mamá.
—Creo que no podrá ser este fin de semana, hijo —comenzó a decir Robin con cautela—. Temo que los planes han cambiado un poco.
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Regina despertó un poco confundida, tenía la esperanza de que la noche anterior sólo hubiese sido una pesadilla; sin embargo, cuando abrió bien los ojos y giró hacia un costado de la cama, no vio a Robin. Lo recordó: él no había dormido allí. Se incorporó con un poco de pesar, estaba hecha polvo por llorar toda la noche. Pero debía levantarse y dar buena cara, por los niños.
Se dirigió a la habitación de Hope, donde la bebé dormía aún, luego fue donde los chicos y encontró a Roland también en un sueño profundo, en la parte inferior de la litera, con un pie fuera de la sábana, como era su costumbre (y también la de ella), pero Henry no estaba ahí.
Regina recordó lo enfadado y triste que estaba Henry la noche anterior y pensó lo peor: había escapado, seguramente para buscar a Robin.
Bajó apresuradamente las escaleras, no pensaba cambiarse de ropa, ni siquiera pensó que los otros dos niños se quedarían solos, sólo tomaría las llaves de su camioneta e iría a buscar a su hijo, donde quiera que estuviese, sin embargo, eso no iba a ser muy lejos, pues de pronto escuchó su conocida vocecita en el cuarto de lavado.
—Pero tú dijiste que lo haríamos —seguía quejándose Henry—. Tengo mi mochila lista.
Robin hizo un gesto de dolor, se sentía muy miserable. Rompió una promesa con su hijo y no podía perdonárselo.
—Hijo, escucha…
Robin quería explicarle que, más allá de su pelea con Regina, no podrían ir de campamento porque él debía volar a Washington por la noche para cubrir una nota para el periódico. De hecho, eso había desatado el enfado de su esposa y por ello habían peleado en primer lugar.
—¿Henry? —preguntó la voz de su madre.
Robin alzó la mirada y se encontró con la de Regina. El niño miró a sus dos padres sin saber qué hacer.
—Henry, ve a tu habitación, enseguida subiré —indicó Robin.
Henry no quería hacerlo, quería quedarse, quería que ambos arreglaran sus estúpidos problemas y entonces él pudiese ir al bosque con su padre. Quería que todo volviera a ser como antes. Pero aceptó y subió corriendo las escaleras hasta su habitación.
Robin desvió la mirada de Regina y continuó rebuscando entre la ropa, seleccionando las prendas que se llevaría.
—Tienes ropa limpia arriba —dijo de pronto ella en un tono poco amable.
—Con esto será suficiente —respondió Robin, tajante, cerrando la maleta.
Regina no sabía qué decir. Estaba enfadada y dolida, él se había ido, como si nada, sin pensar en sus hijos; de hecho, Robin ni siquiera se había dado cuenta de que Roland había corrido para seguirlo y Henry había explotado contra ella, como si fuese la única culpable.
—Sabes que a Henry le hacía mucha ilusión ese campamento —comenzó a decir Regina.
Robin no lo soportó. Arrojó la maleta al suelo de un arrebato, puso ambas manos sobre su cintura, intentando calmarse, y miró a Regina con verdadero enojo.
—Por supuesto que lo sé, maldita sea —gruñó él, intentando no alzar la voz—. ¿Qué es lo que quieres de mí? Anoche te dije que lo sentía y que haría todo por llevarlo el siguiente fin de semana.
Sí, Regina había escuchado eso, pero estaba cansada. Siempre era lo mismo con Robin: prometía cosas que no podía cumplir. En los últimos meses, ella había tenido que reducir las horas de su propio trabajo para llegar temprano y atender a los niños, incluso algunas veces llevaba a Hope con ella cuando la niñera no podía hacerse cargo, y él no se había tomado la molestia de agradecerle, de decirle que valoraba su esfuerzo.
—¿Sabes, Robin?, no voy a volver a preocuparme por enmendar tus errores —dijo de pronto Regina, enfadándose nuevamente—. Tal vez tus hijos no son importantes para ti, pero…
—¿No son importantes para mí? —replicó Robin, molesto y ofendido—. Ellos han sido el único motivo por el cual sigo aquí.
Regina no pudo evitar sentirse dolida por esas palabras. Algo pesado y horrible se apelmazaba en su pecho. Robin se apretó el puente de la nariz y cerró los ojos, no había querido decir eso. No estaba seguro de lo que quería decir, en realidad.
—Regina, quizá sólo necesitamos un tiempo, no sé… —comenzó a decir él, a modo de disculpa.
—Robin, quiero el divorcio.
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Los meses que siguieron fueron terribles, para todos. Robin se había ido de casa, definitivamente, mientras tanto se quedaba donde John, su amigo y compañero de trabajo. Bastó una tarde para llevarse todas sus pertenencias: ropa y algunos libros.
Henry y Roland no entendían por qué su padre, de pronto, tenía que irse. Robin intentó explicarles que las cosas no estaban bien entre él y su madre, y debían separarse.
—¡Te odio! —gritó Henry, furioso—. ¡Los odio a los dos!
El niño corrió hacia su habitación y se encerró allí lo que restó del día, sin comer. Regina rogó porque probara algo, pero Henry nunca abrió la puerta. Roland tuvo que dormir con ella esa noche y las que le siguieron...
Regina intentó que lo poco que quedaba de su hogar no se derrumbara. No quería que sus hijos fuesen infelices, pero inevitablemente ya lo eran. Hope era la única que no parecía darse cuenta, pero incluso ella había llorado cuando Robin le dio un beso antes de llevarse sus cosas y despedirse de su casa para siempre.
La casa era un caos: un lujoso departamento en Manhattan con dos niños y una bebé incontrolables. Henry de pronto se transformó del niño dulce y amable a un niño siempre enojado y grosero. Lo peor era que Roland le seguía el juego, y ambos podían convertirse en una verdadera pesadilla. Además, Cora, la madre de Regina, no dejaba de telefonear cada dos o tres días para conversar con su hija y repetirle, muchas veces, que ella sabía que ese matrimonio, tarde o temprano, no funcionaría. "Se casaron demasiado jóvenes, demasiado inexpertos…", decía Cora cada vez que tenía oportunidad.
Robin pidió ver a los niños los fines de semana y así fue: llegaba el sábado muy temprano por ellos, por los tres, los subía al auto y no los devolvía sino hasta que el cielo estaba oscuro. Mientras tanto, Regina se quedaba sola en casa, intentando resolver cosas del trabajo, pero lo cierto era que muchas veces sólo lloraba.
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Cuando el otoño llegó, las cosas estaban más o menos normales, o quizá menos caóticas. Henry había mejorado su humor, incluso algunas noches pedía a Regina dormir con ella. Regina aceptaba pues no le gustaba dormir sola ni despertar sola. En los últimos dos meses eso había sido insoportable. Le dolía tanto no ver a Robin, le dolía extrañarlo y al mismo tiempo seguir enojada con él. Ni siquiera habían comenzado a tramitar el divorcio, no se hablaban; cuando él iba por los niños sólo le dirigía un gesto de saludo. Regina sabía que ya no podían estar juntos, las peleas constantes, delante de los niños, no era algo sano.
Tampoco era fácil para Robin. Odiaba tener que dormir en el incómodo y mullido sofá de John. Extrañaba su casa, su hogar, el ruido constante que había allí: la risa de los niños, los balbuceos de Hope y la dulce voz de Regina llamándolo para cualquier cosa. Extrañaba, incluso, el olor del aromatizante de manzana que ella solía poner en los rincones. Sí, la extrañaba, echaba de menos el calor de su cuerpo junto al suyo, algunas veces desnudo, otras con nada más que una vieja camiseta suya. Extrañaba a la Regina con la que había materializado tantos sueños. Quizá tres niños fue mucho más de lo que podían manejar, quizá debieron ser más pacientes el uno con el otro, quizá si él no tuviese ese horrible trabajo, quizá… Robin algunas veces soñaba con aquel baile en el que conoció a Regina y despertaba con el deseo de verla, de regresar a casa, pero ella había sido clara: quería el divorcio.
Una noche, luego del trabajo, mientras compartía una cerveza con John, el teléfono de Robin sonó, era Regina.
—¿Sí? —contestó Robin.
—Dime que está contigo —dijo la voz apresurada de Regina.
—¿Cómo dices? —preguntó Robin confundido, dejando la cerveza sobre la mesa, John lo miró de reojo.
—¡Henry! Dime que está contigo —insistió Regina, parecía asustada.
—Regina, ¿por qué estaría Henry conmigo? —respondió Robin, aturdido—. ¿No está contigo?
—No… —dijo la voz cortada de Regina.
—Voy para allá.
Robin no supo cómo fue que alcanzó las llaves de su auto y condujo hasta su antiguo departamento, donde Regina se encontraba desconsolada, caminando de un lado a otro, sin saber qué hacer. Henry había llegado a casa luego de la escuela, como todos los días, y de pronto desapareció. Roland no sabía nada, Robin lo interrogó de todas las formas posibles, pero parecía que realmente el pequeño ignoraba dónde estaba su hermano.
Regina estaba a punto de llamar a la policía, cuando de pronto sonó el teléfono de casa. Ella corrió a contestar.
—Diga.
—Regina, soy yo: Emma. Henry está aquí.
La voz de Emma alivió los peores pensamientos de Regina. Ésta se tocó la frente y soltó un suspiro aliviada. Robin la miraba, atento.
—Voy a llevarlo a tu casa, no te preocupes —dijo la voz de la rubia antes de colgar.
—Gracias, Emma…
Regina colgó y se dirigió a Robin, un poco más tranquila.
—Está con Emma.
Robin también suspiró aliviado.
—¿Qué sucede con ese chico? —preguntó él de pronto.
Regina, cruzada de brazos, no respondió nada. Robin pudo ver lo asustada que había estado. Se acercó a ella, ignorando que estaban separados, que aquello ya no estaba permitido.
—Tranquila, ya viene a casa —musitó Robin estrechándola entre sus brazos.
Ella había intentado contenerse todo ese tiempo; sin embargo, en cuanto sintió el contacto con Robin, cuando volvió a oler su aroma, se abrazó a él con fuerza.
Estuvieron así unos minutos. Regina lloraba, pero no era sólo por Henry. Era todo. Robin la atraía a sí mismo, como si no la quisiera dejar ir nunca.
—Papi, ¿quieres jugar? —preguntó de pronto la vocecilla de Roland, quien extendía su camión de bomberos a Robin.
—Claro que sí, hijo —sonrió Robin, despegándose de Regina, no sin antes besarla en la frente, como solía hacer siempre que la reconfortada.
Regina observó a Robin mientras él jugaba en la sala con Roland. Ella no pudo hacer otra cosa más que mecer a Hope en el portabebé, con muchas preguntas en su cabeza.
Una hora después, el interfono se escuchó. Regina corrió a abrir y en segundos Emma apareció en la puerta con Henry. Éste tenía los ojos muy irritados y llevaba su mochila sobre la espalda, en cuanto vio a sus padres esperando por él se echó a correr hacia su habitación.
—Muchas gracias por traerlo, Emma —dijo Robin.
—No fue problema —respondió la rubia, luego se dirigió a su amiga—. Dijo que tú sabías que estaba conmigo, pero por la hora imaginé que no.
—¿Recorrió la ciudad él solo? —preguntó Regina, asustada con la sola idea.
—Eso parece —asintió Emma.
Robin resopló, parecía molesto.
—Yo tengo que irme —dijo él—. Gracias de nuevo por traerlo a casa.
Emma asintió. Robin se despidió de Roland y Hope con un beso y luego salió del departamento, despidiéndose de Regina con la mirada.
—¿Estás bien? —preguntó Emma un poco conmovida.
—Eso creo —asintió Regina, esbozando una sonrisa triste y enjugándose una lágrima que se le había escapado.
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Regina acostó a Roland en su habitación, pues Henry estaba encerrado de nuevo bajo llave y luego a Hope. En cuanto Emma y Regina se quedaron a solas, pudieron conversar.
—¿Qué diablos sucedió con ustedes? —preguntó la rubia muy confundida.
—Estamos separados… —respondió Regina, casi sin poder creer en sus propias palabras.
—No puede ser —dijo Emma, no sólo sorprendida, también asustada.
—¿Qué quieres decir? —replicó la morena, extrañada.
—Robin y tú eran el ejemplo de una pareja perfecta —comenzó a decir Emma—. Eran la esperanza para el resto de nosotros que cenamos comida instantánea frente al televisor. Yo estaba feliz de que dos almas gemelas tuvieran tantos niños para poblar al mundo con gente hermosa y buena.
Regina esbozó una sonrisa triste.
—Las cosas no siempre salen como uno quiere —dijo la morena, un poco decepcionada—. Robin y yo ya no podíamos estar juntos.
—¿Estás segura? —preguntó Emma sentándose en uno de los banquitos de la cocina—. Yo acabo de ver a un hombre desecho. No creo que él sea muy feliz con esta situación.
—La verdad es que ya no sé qué es lo que lo hace feliz —dijo Regina, preparando café para ambas—. Desde que Hope nació las cosas se pusieron raras entre nosotros. Fue como si de pronto hubiésemos dejado de vernos. Nos convertimos en dos extraños que criaban a tres niños juntos, nada más que eso.
—Me cuesta creerlo, Regina —dijo Emma, pensativa—. Aún recuerdo cómo Robin te veía cuando estábamos en la universidad. Siempre pensé que ustedes dos envejecerían juntos.
—Creo que no será así —suspiró Regina.
—¿Están divorciándose?
—Sí, pero no hemos firmado los papeles aún…
—Ajajá.
Emma tenía una sonrisita burlona la cual molestó a Regina. Por suerte el café estaba listo.
—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó Emma, un poco ofendida—. Somos amigas, ¿no?
—Emma… yo… no sé… si te lo decía, si se lo decía a cualquiera, se hacía real —admitió Regina con dolor—. Mis padres al final se enteraron… por Henry.
—Entiendo —asintió la rubia—. Henry apareció en mi departamento pues dijo que no quería vivir más aquí.
El gesto de Emma fue de temor; sin embargo, Regina esbozó una sonrisa amarga y asintió.
—Creo que ninguno de nosotros lo quiere.
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A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, Henry, con cara desganada, aplastaba los cheerios de su plato con la cuchara, mientras que Roland masticaba con la boca abierta, lo cual exasperaba a Regina.
—Roland, cariño, por favor: mastica bien o vas a ahogarte —decía ella, mientras iba de un lado a otro, poniéndose los tacones, ajustando su portafolio, preparando los biberones de Hope, entre muchas cosas más.
—Psst… psst… Henry… —susurró Roland cuando Regina desapareció de la cocina.
—¿Qué quieres? —preguntó Henry, de malagana.
—¿Por qué escapaste anoche? —preguntó el peño de rizos alborotados.
—Porque no quiero vivir más con mamá ni con papá, quiero vivir con Emma —respondió Henry arrastrando las palabras.
—Oh —dijo Roland, sin tener nada más qué decir.
—Emma es divertida —siguió Henry, apesadumbrado—. Con ella no tendríamos que elegir si dormir en un lugar o en otro.
Roland no parecía comprender nada de lo que Henry decía.
—Pero Emma no es mamá —dijo Roland, con la boca aún llena.
—Pero ella es la mejor amiga de mamá —siguió Henry.
—Yo también tengo un mejor amigo, se llama Derek y…
De pronto, Henry tuvo una idea. Abrió los ojos muy grandes, en un gesto muy parecido al de Regina.
—Roland, distrae a mamá —pidió el chico a su hermano menor.
—¿Qué? —preguntó Roland con una visible marca de bigotes de leche.
—Sólo… haz lo que siempre haces antes de salir de casa —dijo Henry apresurado dirigiéndose al portafolio de Regina que yacía sobre la barrita de la cocina.
—Oh, sí —asintió Roland, bajándose de la silla del comedor y yendo hacia la habitación donde estaba Regina—. ¡Mami, necesito ir al baño!
—¡Dios mío, Roland, date prisa! —exclamó Regina desde adentro, apresurada—. Te dije que fueras hace cinco minutos.
—Pero hace cinco minutos no tenía ganas… —decía Roland, llamando la atención de su madre.
Las voces de Regina y Roland se escuchaban de fondo, mientras tanto, Henry encontró el celular de su madre y envió un mensaje con destino a Emma: "Tengo algo urgente qué decirte hoy, después de la escuela, pasa por mí. Mamá no sabe nada. Henry". En cuanto el niño envió el mensaje, lo borró para que no quedara evidencia.
De nuevo, las voces de Regina y Roland se escucharon al fondo, aún en el asunto de todas las mañanas.
—Roland, ¿no ibas al baño?
—No, ya no me andaba.
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Al final del día, Henry y Roland no subieron al autobús con el resto de los chicos de su clase, en lugar se quedaron afuera de la escuela. En cuanto vieron aparecer el Volkswagen amarillo se les iluminaron las caras.
—¡Emma! —exclamaron ambos, entusiasmado, subiéndose al auto.
—Hola, pequeños monstruos —saludó Emma con una sonrisa—. Ahora, ¿quieren decirme qué se traen entre manos?
Henry y Roland sonrieron al mismo tiempo.
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Henry continuó ignorando a su madre los siguientes días. Ella había querido reprenderlo por haberse fugado aquella noche, pero pensó que eso empeoraría las cosas. Lo cierto era que su separación con Robin estaba causando mucho dolor en sus pequeños y se sentía terriblemente culpable.
En la última semana de octubre, miró el calendario: faltaban un par de días para Halloween, sería su decimotercer aniversario y el cumpleaños de Henry. Y esto último era lo que en verdad Regina quería celebrar. Sin embargo, ahora Henry tendría dos fiestas, una con ella y otra con su padre. Así que una mañana, desde la oficina, telefoneó a Robin al teléfono celular.
—¿Diga? —respondió Robin.
—Robin… ¿estás ocupado?
—No, dime.
—Creo que tenemos que hablar del cumpleaños de Henry.
Había querido decir: nuestro aniversario, nuestro día especial… pero se quedó callada, espero a que él dijera algo.
—Es en dos días —afirmó la voz de él.
—Sí, me preguntaba: ¿tienes pensado algo especial?
Robin hizo un silencio, se escuchaba el sonido de muchos autos de fondo.
—En realidad, Regina… parece que no podré estar. Tengo un viaje de negocios.
Era el colmo. Parecía que Robin se burlaba de ella. Regina no soportó aquello; sin embargo, ya no le quedaban más cosas qué decir. Colgó el teléfono inmediatamente.
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Aquella misma noche, Emma telefoneó a Regina para invitarla a una fiesta de Halloween que organizaría en su departamento en Queens. Al inicio, Regina se negó rotundamente: era el cumpleaños de Henry. Sin embargo, Emma dijo que la fiesta estaba pensada también para celebrar a su querido ahijado. Regina sabía que Emma adoraba a Henry, no escatimaría en la celebración. Sin embargo, seguía muy enojada con Robin. ¿Cómo era posible que se perdiera del cumpleaños de su hijo?
—Está bien, allí estaremos —dijo finalmente Regina al teléfono.
—¡Genial! —exclamó Emma—. Ah, por cierto, Regina: debes venir disfrazada.
Regina estaba en apuros: ¿dónde conseguiría un disfraz dos días antes de Halloween? Se quedó pensativa por unos minutos, cuando Henry llamó su atención.
—Mamá, ¿por qué no usas tu disfraz de Reina Malvada? Siempre ha sido tu favorito —sonrió el niño.
—Qué cosas dices, Henry —rio Regina, divertida—. Ese disfraz es muy viejo.
—Nadie lo notará, mamá. ¡Es Halloween!
Regina sonrió con el gesto de su hijo, pero quizá sonrió aún más porque él estaba dirigiéndole la palabra después de muchos días.
—Bien, pero tienes que ayudarme a desempolvarlo.
—¡Sí!
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La noche de Halloween, en la puerta del departamento de Emma Swan, apareció la Reina Malvada… con una bebé calabaza en brazos.
—¡Oh, vaya! —exclamó Emma, sorprendida—. Mírate nada más, Regina Mills.
Regina iba ataviada en un elaborado vestido negro con tonos morados y una gran capa que descendía de su cuello. Su exagerado maquillaje y peinado exótico arrancó una sonrisa en Emma.
—Nada ha cambiado, ¿eh?
Regina se rio, de pronto aparecieron Henry y Roland, vestidos como un pirata y Batman, respectivamente.
—Yo creo que sí —afirmó Regina, divertida.
—¡Feliz cumpleaños, chico! —exclamó Emma, abrazando a Henry.
—Gracias, Emma —sonrió Henry.
—¿Qué se supone que eres, Swan? —preguntó Regina con una ceja levantada—. ¿Por qué el traje negro y el maquillaje tan… dramático?
Emma estaba vestida con un traje negro de cuero entallado y tacones puntiagudos, llevaba el cabello recogido sobre la cabeza y se había maquillado las cejas con polvo blanco.
—Soy "La Oscura", Regina —explicó Emma, como si fuese lo más obvio del mundo.
—¿La qué?
—Agh, olvídalo.
Regina se encogió de hombros y luego se dirigió con Roland y Hope hacia la mesa de dulces. Había algunas cuantas personas allí, todos conocidos de Emma.
—La operación está en marcha —susurró la rubia a Henry en cuanto Regina se alejó.
—¿Dónde está? —preguntó el pequeño mirando hacia todas partes.
—En el balcón, le dije que esperara allí —respondió la rubia.
—Bien, trataré de llevar a mamá —dijo Henry y corrió hacia donde estaba su madre.
Emma se acercó también y extendió los brazos hacia Regina.
—Dame a la pequeña calabaza, iremos a pedir algunos dulces —dijo Emma, tomando a la bebé.
—¡Sí, dulces! —exclamó Roland emocionado.
—¿Estás segura?, ¿podrás sola con todo este ejército? —preguntó Regina dubitativa.
—Absolutamente.
Emma salió del departamento con los tres niños. Regina se quedó sola, bebiendo un Martini de manzana. De pronto, se dio cuenta de que no conocía a nadie. ¿Por qué Emma hacía una fiesta en la que todos eran unos desconocidos?, ¿qué había sucedido con los amigos con los que solía salir?
—¿Cómo es que una reina está sola? —preguntó de pronto una voz familiar.
Regina dio media vuelta y se encontró con Robin, su Robin, pero esta vez ataviado en el disfraz de Robin Hood.
—¿Robin?, ¿qué haces aquí? —preguntó Regina desconcertada—. Creí que estarías en un avión camino a alguna parte…
—No podía perderme esta fiesta, milady —sonrió Robin, acercándose a ella—. En realidad, no tenía ningún viaje... Era parte del plan. Además, renuncié a ese trabajo horrible.
—¿Qué?, ¿pero…?
—Voy a escribir, Regina —dijo Robin, convencido—. Regresaré a hacer lo que siempre quise: contigo y los niños.
Regina sonrió, de pronto lo entendía todo: el comportamiento extraño de Henry, el de Emma también y, por supuesto, la negativa de Robin de hacer algo en el cumpleaños de Henry.
—Sabes lo que intentan que suceda aquí, ¿cierto? —preguntó Regina.
—Creo que sí —respondió Robin, mirando a los ojos marrones de Regina—. Así nos conocimos, ¿recuerdas?
—Por supuesto que lo recuerdo —dijo Regina, terciando una sonrisa—. Dijiste que yo…
—Eras la más hermosa de todas las mujeres —intervino Robin—. Aún lo creo.
Ambos se quedaron en silencio. Robin se acercó un poco más y acarició el rostro de Regina.
—¿Qué nos sucedió? —preguntó ella, con los ojos cristalinos.
—No lo sé —admitió Robin, también conmovido—. Creo que ambos fuimos muy estúpidos. Todo este tiempo sólo he pensado en si algún día podrás perdonarme.
—Te he extrañado tanto, Robin.
Él sonrió y se acercó a ella. Fue como hacía trece años: sus labios se tocaron como si fuese la primera vez. Regina rodeó el cuello de Robin con sus brazos, él la estrechó hacia sí.
—¿Nos conocimos antes? —preguntó ella, con una sonrisa.
—Dudo que hubiese olvidado haberte conocido —respondió él, igual que lo había hecho trece años antes, cuando ella había le preguntado lo mismo.
Se besaron de nuevo.
—Feliz aniversario, amor —musitó él a su oído.
—Feliz aniversario, ladrón.
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Henry nunca imaginó que las estrellas se vieran aún más radiantes en el bosque. Miraba muy atento a través del pequeño telescopio, con Roland a su lado pidiéndole constantemente que le dejara ver también. Regina y Robin observaban a sus pequeños sentados en una manta, acurrucados uno cerca del otro, con Hope dormida en el regazo de su padre.
Robin besó la frente de Regina, ella se abrazó a él y respiró su aroma: olía a bosque.
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N.A. Creo que ahora sí me pasé… ¡fue un prompt largo! Espero que sea de tu agrado, jossedith1. Espero tus comentarios y los de todo mundo. Tengo dos prompts más en lista de espera. Prometo escribirlos pronto. ¡Gracias por sus reviews!
