Prompt por autumnevil5 como continuación del prompt de lunediose: Después de romperse el hechizo, Regina y Robin conversan sobre lo sucedido brevemente y se disculpan, pero se sienten muy avergonzados, en especial Regina, y piensan que quizá al otro no les gustó su encuentro sexual salvaje, continúan su relación intentando estar los dos en su mejor comportamiento incluso en la cama. A las tres semanas Regina se da cuenta que tiene un retraso, toma una prueba de embarazo casera, durante la espera ella y Robin se dan cuenta que fue a raíz de su encuentro del día del hechizo. La prueba sale positiva. (Se puede obviar la poción de infertilidad que tomó Regina)
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Lo que viene después de lo peor
En cuanto Regina abrazó a su hijo de nuevo, estuvo convencida de que la maldición de la Reina de las Nieves se había roto en verdad. Volvía a ser ella misma, se sentía como ella misma. Henry estaba a salvo y eso la aliviaba.
La lluvia de nieve cubría a todo Storybrooke. Mientras los Charming, Emma, Elsa, su irritante hermana y el resto celebraban, Regina intentaba recordar lo que había sucedido horas antes. De algún modo, estaba consciente de que no había lastimado a nadie. La pelea con Mary Margaret sólo le había dejado un terrible dolor de espalda, pero por lo demás ambas estaban enteras.
Sin embargo, de pronto su mente se aclaró: antes de llegar a la estación del sheriff, ella había estado con Robin. Sus mejillas se encendieron al rojo vivo cuando recordó cada detalle de lo que sucedió en el bosque, específicamente contra el árbol del bosque.
Estaba, por demás, avergonzada. Debía dar una explicación a Robin. No fue ella, fue la Reina Malvada, pero lo cierto era que ésta vivía en una parte de sí. ¿Por qué no se había quedado en la cripta?, ¿por qué Emma creyó que era buena idea dejarla salir? Estaba a punto de reclamar a la rubia sobre su estúpida decisión, cuando una voz familiar la sacó de sus pensamientos.
—Regina.
Era Robin, el Robin de siempre. Regina lo miró, un poco boquiabierta, sin saber qué decir. Sus mejillas estaban encendidas y estaba segura de que él podía notarlo. Él siempre la descifraba, ella no podía ocultarle nada.
—Robin… —musitó ella, acercándose a él.
Afortunadamente, los demás estaban demasiado ocupados en sus propios asuntos como para notar a la ex Reina Malvada más nerviosa que nunca en su vida. En cuanto vio a Robin, las piernas le temblaron. En el pasado, la Reina Malvada había hecho cosas de las que Regina, por supuesto, se avergonzaba, pero nunca le había importado tanto disculparse con alguien como entonces.
—¿Estás bien? —preguntó Robin, repentinamente.
—¿Yo? —replicó Regina, un poco confundida—. Sí, claro… ¿tú estás bien?
Robin asintió, luego esbozó una sonrisa tímida y abrazó a Regina con fuerza. Ella recibió el gesto con un poco de reserva, pero finalmente correspondió al abrazo, aspirando el sutil olor del bosque de Robin.
—¿Dónde está Roland? —preguntó ella en cuanto se separaron.
—Dormido, al parecer no se dio cuenta de nada de lo que pasó —sonrió Robin.
Regina miró sus espléndidos ojos azules, pero no fue capaz de sostener su mirada por mucho más tiempo. Ella asintió, sintiéndose aliviada de que el pequeño Roland estuviese bien. La escarcha comenzó a cubrirles el cabello.
—Regina, yo… —dijo Robin, asegurándose de que nadie más los escuchara— lamento mi comportamiento de anoche. No sé qué sucedió conmigo, perdí la cabeza y…
—Robin, no, no lo hagas —se apresuró a decir Regina—. Fue la maldición, no fuimos nosotros, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo Robin, ligeramente avergonzado—. Pero, por favor, discúlpame, no me comporte a tu altura.
—¿A la altura de quién?, ¿de la Reina Malvada? —preguntó Regina con una sonrisa incrédula.
Robin también sonrió, Regina tomó su mano y luego suspiró.
—Vamos a despertar a Marian.
Él asintió, pese a todos sus temores.
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Robin no podía negar que la situación con Marian fue ríspida al principio. En cuanto Regina le devolvió su corazón y finalmente estuvo despierta, descongelada, Robin y su ex mujer debieron hablar por muchas largas horas. Era claro que todo había cambiado, ahora Robin estaba con Regina, siempre lo había estado, él no podía seguir engañándose a sí mismo. Marian lo comprendió, pero iba a necesitar más tiempo para asimilarlo. Así que acordaron que ella viviría en el hostal de la abuelita, en lo que su vida se volvía más estable. Roland viviría con su padre, mientras tanto.
Sin embargo, Robin ya no acamparía más en el bosque, Regina sugirió que no era un sitio apropiado para un niño de cuatro años, así que invitó a Robin y Roland a vivir con ella y Henry. Robin aceptó, aunque en un principio un poco nervioso, pues no estaba acostumbrado a nada del nuevo mundo. Curiosamente, Roland parecía estar mucho mejor adaptado que su padre.
Regina intentaba mostrarles poco a poco las maravillas de la tecnología y las pequeñas comodidades que había en su hogar. Henry aceptó, sin ningún problema, la nueva compañía en casa, incluso disfrutaba de las ocurrencias del pequeño Roland, le gustaba tener un hermano pequeño. Su madre estaba siendo feliz y eso era lo que más importaba.
La primera noche en casa, Robin y Regina volvieron a estar juntos. Hicieron el amor en la habitación de ella, debajo y por encima de las suaves sábanas. Robin era gentil y delicado, sus caricias eran placenteras y, al mismo tiempo, tiernas. Regina disfrutó cuando él la penetró y la hizo explotar de placer más de una vez. Sin embargo, había algo en ella que se contenía, no quería que Robin volviese a ver a la Reina Malvada. La sola idea la avergonzaba hasta tal punto que creía que si eso pasaba él no querría volver a tener sexo con ella nunca más. Lo que ignoraba es que él tenía sus propios pensamientos también, y cada vez que tocaba la piel de ella, cada vez que se hundía en sus entrañas, sentía un profundo remordimiento por lo de la noche de la maldición. No es que no hubiese sido placentero, porque lo fue, sino que él se comportó como un salvaje y la había lastimado, estaba seguro de que lo había hecho; aunque ella no se había quejado, tenía visibles marcas de mordidas en el cuello y un par de moretones en los brazos, donde él la había sujetado. Incluso recordaba algunas palabras sucias y poco apropiadas que le había dicho.
—¿Robin? —preguntó Regina, con el ceño plegado, mientras se movía encima de él.
—¿Sí, amor?
—¿Estás bien?
—Sí… ¿por qué?
—Pareces distraído.
Robin parpadeó rápidamente y luego fingió que nada sucedía.
—Pensaba en tu belleza.
Regina esbozó una sonrisa, agradeciendo que él no pudiese leer sus pensamientos.
Algunas noches después, cuando los niños ya dormían, Regina y Robin tenían sexo silencioso en la penumbra de la habitación. Ella intentaba ahogar sus gemidos contra el cuello de Robin, mientras que éste jadeaba penetrándola, sosteniéndola por las caderas. De pronto, las uñas de Regina se clavaron en su espalda.
—Más rápido —pidió ella al oído de él.
Robin apuró su movimiento y comenzó a empujar su miembro aún más fuerte contra las paredes de su vagina.
—Oh… Robin… más fuerte.
—¿Qué tan fuerte lo quieres, amor? —preguntó él, mientras mordía el lóbulo de su oreja.
—Cógeme… sólo… como quieras —intentó decir ella entrecortadamente.
La erección de Robin pesaba, era dura y palpitante. Desde hacía unos minutos luchaba contra sí mismo para no correrse inoportunamente. Sin embargo, ella lo pedía y eso lo excitaba aún más. Pero antes de que cualquier cosa pasara, con un rápido y repentino movimiento, Robin salió de Regina, quien dejó escapar un quejido incómodo.
—¿Qué…? —musitó ella.
—Necesito saber algo —dijo Robin de pronto, en la oscuridad parcial de la habitación—. Necesito saber si puedo hacer algo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Regina, confundida.
—Me siento muy culpable por lo que sucedió la noche de la maldición —comenzó a decir Robin, con la respiración entrecortada—, pero me siento aún más culpable de que lo disfruté muchísimo.
Regina lo miraba con los labios ligeramente entreabiertos, a la expectativa y luego de unos segundos, esbozó una sonrisa.
—Yo también —admitió ella.
Ambos se quedaron absortos, ensimismados y, en unos cuantos segundos, volvieron a besarse con arrebato.
—¿Qué esperas, ladrón? Cógeme.
Entonces, Robin giró las caderas de Regina y la colocó en cuatro para penetrarla. Ella gimió de placer, aferrándose a la cabecera de la cama, cuando él se introdujo de nuevo en su vagina y sus manos apretaron la firmeza de sus nalgas.
—Oh, Dios… cuánto te amo —musitó Robin, empujando a través de ella, detrás de ella.
Regina escondió el rostro en la almohada, mientras el orgasmo le recorría hasta el más ínfimo centímetro de su tibio cuerpo.
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Una semana después, Robin cruzó el pórtico de la mansión Mills a toda velocidad.
—¡Ya estoy aquí! —exclamó, entrando apresuradamente a casa, con una bolsa de la droguería en la mano.
Regina bajó las escaleras casi corriendo, pese a los altos tacones, arrebató la bolsa de la mano de Robin y luego volvió a subir hasta el cuarto de baño.
—Tranquila, vas a lastimarte —dijo Robin, siguiéndola a paso veloz.
—Esto no puede ser posible —murmuraba ella, mientras abría la bolsa que Robin había llevado y sacaba una prueba de embarazo.
—¿Ya puedes decirme qué es eso? —preguntó Robin, muy confundido.
Regina no respondió, entró en el cuarto de baño y cerró la puerta tras de sí, rápidamente. Robin esperó un minuto y enseguida se escuchó el grifo del lavamanos y luego Regina salió del cuarto con un semblante nervioso.
—Sólo debemos esperar un par de minutos —dijo ella recargándose sobre la puerta.
—¿Para qué? —preguntó Robin, confundido—. ¿Qué sucede?
—Robin, eso que compraste en la droguería para mí es una prueba de embarazo casera —dijo Regina, finalmente.
Robin escuchó lo que ella dijo y pareció que no podía hacer nada más que intentar abrir la boca muchas veces sin decir una sola palabra. Regina lo miraba con un poco de temor.
—Pero no te preocupes, aún es incierto, usamos protección —dijo ella rápidamente como convenciéndose a sí misma.
—¿Ah, sí? —preguntó Robin, todavía aturdido.
—Yo usé protección —aclaró Regina—. En la bóveda.
Robin quiso decir algo, pero lo cierto era que no entendía nada de lo que Regina decía. Esa mañana ella había despertado con náuseas, como en los últimos días, y de pronto lo había enviado a la droguería a comprar una prueba Clearblue de la que él no tenía la menor idea de qué era. Entonces comprendió por qué el farmaceútico lo había visto con cara de sospecha.
—Oh —fue lo único que Robin pudo decir, sentándose en el borde de la cama, sin pestañear.
—Y hemos estado juntos después de eso, pero todas las veces he usado protección —seguía diciendo Regina, como en un monólogo que sólo ella podía comprender—. Además, me he asegurado de que no haya accidentes, ¿cierto? ¡Qué lento pasa un minuto!
Robin intentaba hacerse una idea de lo que Regina decía, pero muchas cosas desfilaban por su mente en ese medio minuto.
—Y si no fue hace un par de días… fue… —Regina detuvo su frase, abriendo los ojos de par en par.
—Fue aquella noche —musitó Robin, alzando la mirada hacia ella.
Ambos se miraron brevemente. La alarma del teléfono celular de Regina los sobresaltó. Ella apagó el sonido con un dedo nervioso. La prueba estaba lista. ¿Cómo había pasado eso?, ¿cómo? Justo cuando ambos habían perdido la consciencia sobre sí mismos, cuando habían sido presas de sus bajas pasiones y habían follado como un par de animales en la oscuridad del bosque.
Regina abrió lentamente la puerta del cuarto de baño. La prueba de embarazo estaba sobre el lavabo. Ella lo tomó con el pulso tembloroso.
—¿Eso te lo dice? —preguntó Robin, detrás de ella, nervioso—. ¿Puedes saberlo ahora?
—Sí —musitó Regina, con la mirada fija en la prueba.
—¿Sí?, ¿sí a qué? ¿Regina?
—Sí… sí, Robin.
Ella lo miró a los ojos, sin poder dar crédito a lo que iba a decir.
—Estoy embarazada.
Robin la miró, boquiabierto. Habían estado malditos, sólo fue una noche, no habían sido ellos mismos. Pero no importaba, ya nada importaba.
—Su majestad, no se confunda… no significa que he acabado con usted.
Dijo Robin con una sonrisa, estrechó a Regina entre sus brazos, ambos riéndose como un par de locos y luego se echaron sobre la cama, para hacer el amor una y otra vez.
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N.A. autumnevil5 y lunediose, muchas gracias, hermosas, por sus prompts. Siempre me divierto mucho escribiéndolos. Gracias por sus comentarios. Envíen sus propuestas, yo las escribo.
