Prompt por lunediose: Camelot. El rey Arturo y Regina se han entendido muy bien. Robin está celoso.

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Cosas de reyes

Robin no podía sentirse más orgulloso de ella. Regina lo estaba manejando a la perfección. No sólo se había plantado allí, frente a todos, como La Salvadora, sino que también había vuelto a lo suyo, a lo que sabía hacer de antaño: ser la reina. Parecía ser un talento, algo que salía de ella muy natural. La gente de Camelot lo había notado, lo mismo que el rey Arturo, quien no había escatimado en regalarle algunas joyas como bienvenida, entre ellas un collar. Robin lo tomó con calma: era parte de ser La Salvadora.

En cuanto los foráneos de Storybrooke se asentaron en el reino, la gente de Camelot se portó muy amable y cálida. Sin embargo, no había duda de que existía un trato especial hacia Regina. Aquella mañana, mientras desayunaban en el gran comedor del castillo, ataviados ya con los ropajes propios de le Edad Media, uno de los guardias personales del rey se acercó a la mesa donde Regina, Robin, Henry y Roland desayunaban próximos a la mesa de los Charming, quienes estaban solos, sin Emma.

—Su majestad, el rey ha pedido verla ahora mismo —dijo el guardia haciendo una leve inclinación con la cabeza.

—¿A mí? —preguntó Regina un poco distraída, mientras intentaba convencer a Roland de que probara la avena.

El guardia asintió. Regina miró a Robin de reojo, como sorprendida.

—El rey cree necesario conversar sobre la próxima búsqueda del mago Merlín —agregó el guardia ante la mirada incrédula de ella.

Regina no sabía bien qué hacer. De pronto la voz de Snow la sacó de sus pensamientos.

—¿Regina?, ¿todo bien?

Rápidamente, Regina regresó a ser la de siempre. Asintió brevemente y se levantó de la silla.

—Robin, ¿podrías tú…?

—Por supuesto, amor —asintió Robin con una sonrisa—. Ve tranquila, yo me hago cargo.

Regina asintió y caminó hacia donde el guardia le indicó, seguida por otros dos más. Quizá ella ya había olvidado lo que era eso de ser seguida por una escolta real, pues sus pasos fueron cortos y nerviosos. La mirada de Snow siguió a Regina hasta que ésta se perdió en uno de los umbrales.

—Creo que por un momento a mamá se le olvidó que sigue siendo la reina —sonrió Henry, divertido, hacia Snow.

—Eso parece —respondió Snow un poco pensativa.

Robin miró su expresión. Sin embargo, él parecía tranquilo y confiado.

—No quiero avena, papi, quiero las galletas de Regina —se quedó de pronto la vocecilla de Roland.

—Creo que no habrá galletas por un tiempo, hijo —respondió Robin—. Anda, come la avena, solías comerla antes, ¿recuerdas?

Roland negó con la cabeza. Robin soltó un suspiro resignado.

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Terminado el desayuno, Snow y David se dirigieron a la habitación que compartían con Emma. Ésta seguía empeñada en no salir de allí. Robin prefirió pasear por los patios del castillo, con Roland de su mano. Henry se unió a ellos luego de un rato.

—Hola, Robin, ¿sabes algo de mamá? —preguntó el muchacho casi adolescente.

—Aún no, chico —respondió Robin, un poco serio—. Parece que esa reunión se ha alargado un poco más.

—¿Será que hay problemas? —siguió Henry un poco preocupado.

—Espero que no —dijo Robin con una falsa sonrisa que intentó tranquilizar al chico—. Y si los hay estoy seguro de que tu madre sabrá resolverlos.

—He pensado que quizá esto de La Salvadora no ha sido una buena idea —musitó Henry.

Robin miró de reojo a unos guardias que custodiaban los jardines a lo lejos, parecían ajenos a ellos. Roland continuaba jugando muy cerca de una de las fuentes.

—¿Qué quieres decir, Henry? —preguntó Robin con el ceño fruncido.

—Tal vez el rey ha llamado a mamá por el asunto de la magia, más que por ser la reina de lo que sea que signifique nuestro reino —respondió el chico.

Robin no supo qué decir, se quedó pensativo un rato, mientras vigilaba a Roland que seguía jugando despreocupadamente. Parecía que el chico decía algo serio. Henry también se quedó en silencio, haciéndole compañía.

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Antes de la cena, Regina regresó a los aposentos que compartía con Robin y sus hijos. En cuanto entró en la habitación Robin pudo notar que había algo distinto en ella. Tenía un aire diferente, como renovado.

—Hola, amor, ¿cómo estuvo la reunión? —preguntó Robin despegando la vista del recién dormido Roland. Henry apartó también la mirada de su libro de cuentos.

—Grandiosa —sonrió Regina, acercándose a ellos—. ¿Puedes creer que este castillo tiene una doble torre de homenaje? El rey vive en una sola, donde tiene pasadizos secretos, y en la otra viven los caballeros de la corte. ¡Y yo que creí que mi castillo estaba lo suficientemente reforzado! ¡Quién lo diría!

—Vaya, sí que debe ser difícil tanto poder —sonrió Robin, mordazmente—. Pero, ¿cómo fue la reunión?, ¿alguna pista sobre Merlín?

—Oh, no, aún nada —negó Regina, sentándose en el borde de la cama donde Roland dormía profundamente—. Parece que llevará tiempo.

—Así que… ¿fue una reunión de casi tres horas por nada? —inquirió Robin un poco incrédulo.

—Yo no diría que nada, pude conocer el castillo —respondió Regina, en su voz había un aire de solemnidad que Robin había visto hacía muchísimo tiempo en el Bosque Encantado—. Arturo fue muy amable al mostrarme su feudo, incluso pude recorrer las caballerizas.

—¿Arturo? —replicó Robin con burla—. ¿Ya no es el rey Arturo?, ¿ahora sólo… Arturo?

—Bueno, entre reyes está permitido tutearse —respondió Regina como si fuese lo más natural del mundo.

—Vaya, seguro es lo único que puede hacer ese rey de pacotilla —musitó Robin como queja.

—¿Cómo dices? —respondió Regina un poco irritada—. ¿Sucede algo contigo, Robin?

—Nada —negó Robin, apretó los labios y no pudo resistir continuar hablando—, sólo que no entiendo cuál fue el punto de una reunión entre "reyes" si no hicieron otra cosa más que pasearse por ahí, alabándose uno al otro.

—¿Qué quieres decir con eso? —escudriñó Regina, enfadada—. Yo no estuve alabando a nadie. Accedí a reunirme con el rey porque él lo pidió y lo creí importante. ¿Cuál es tu problema, ladrón?

—Creo que ése es exactamente el problema —respondió Robin intentando no alzar la voz para no despertar a su hijo—: yo soy sólo un ladrón. En este reino nadie de nosotros es quien dice ser. El rey Arturo… Arturo como tú lo llamas ahora… no sabe ni la mitad de la verdad de las cosas y por eso se comporta tan amable e indulgente. En cuanto sepa lo que yo hacía en el Bosque Encantado iré al calabozo y adivina qué pasará contigo.

Robin lo había dicho, no había querido, pero lo había dicho. Los ojos de Regina se inyectaron de furia. Había entendido muy bien lo que Robin insinuaba.

—Henry, ve con tus abuelos, por favor —dijo Regina con la voz áspera.

El muchacho, quien había presenciado el inicio de la pelea desde un rincón, se levantó y dejó su libro de cuentos sobre uno de los armarios. Luego salió de la habitación echando una mirada compasiva hacia Robin, como diciendo "pobre tonto, no sabes en lo que te has metido". En cuanto el chico cerró la puerta, la mirada de Regina se volvió contra el ladrón que permanecía al lado de su dormido hijo.

—¿Puedes aclarar eso último que dijiste? —preguntó Regina con un tono incierto, mucho más retórico que inquisitivo, el mismo que solía usar cuando era la reina—. ¿Acaso crees que no merezco un trato especial por parte de ningún rey sólo porque soy la Reina Malvada?

—Yo no dije eso, amor… —comenzó a decir Robin, casi como disculpa.

—¿Amor?, ¿ahora soy eso? Hace cinco minutos creí que dijiste que soy una impostora —siguió Regina cruzándose de brazos, sumamente molesta.

Roland se removió un poco entre las sábanas.

—Por favor, esta discusión no va a llevar a ninguna parte —dijo Robin, intentando tranquilizarla.

—Yo creo que sí.

Regina, decidida, se levantó de la cama y se dirigió hasta el balcón. Robin entendió lo que sucedía y la siguió, cerrando las puertas del balcón detrás de él.

—Regina, yo… lo siento, no quería… —dijo él con su voz suave.

—Robin, desde que llegamos a esta tierra no he dejado de pensar en ella.

—¿En quién?

—En la Reina Malvada.

Robin frunció el ceño, no comprendía.

—Sí, yo pienso en ella como si fuese otra persona. Hace tiempo que he dejado de asociarla a mí y creí que tú también lo harías —suspiró Regina, parecía decepcionada—. Pero veo que ganar la confianza de las personas conlleva más que compartir la cama, ¿cierto?

—Te equivocas —se apresuró Robin a negar—. Te conozco bien y soy el primero en poner las manos al fuego por ti. Aún si no estuviésemos juntos, aún si no fuésemos nada más que una reina y un ladrón, yo creería en ti.

—Entonces, ¿qué sucede con todo esto del rey? —preguntó Regina, confundida.

—Yo, quizá… estoy un poco celoso.

Robin dijo aquello con una mirada lastimera, como la de un cachorro. Regina lo miró atenta y luego soltó una risa incrédula.

—¿Celoso?, ¿tú?, ¿por qué? —preguntó ella, divertida.

—No lo sé —dijo Robin pasándose una mano por el cuello—, esto del rey y la reina me puso algo loco. Desde que llegamos aquí te ha hecho regalos, elogios, pide hablar contigo… No lo sé… Algunas veces todavía me pregunto cómo es que una reina como tú se ha fijado en un pobre diablo como yo.

—Yo también me lo pregunto, ladrón —añadió Regina con burla.

Robin la miró y sonrió aún avergonzado.

—Lo lamento tanto, amor, ¿podrías perdonarme y hacer como que nada de esto sucedió?

—Creo que voy a pensarlo —dijo Regina, poniéndose seria de repente—. Aunque, creo saber la respuesta a tu pregunta, de por qué me he enamorado de ti, quiero decir —añadió acercándose a él y rodeando su torso.

—¿Ah, sí? —dijo Robin acariciando el rostro de ella.

—Sí —asintió Regina mirando hacia sus labios—, debe ser por ese temperamento loco tuyo… y por lo que llevas debajo de tus pantalones.

Robin soltó una risa. Regina lo besó dulcemente.

—No deberías estar celoso, no podría fijarme en ningún otro pobre diablo —sonrió Regina, mordiéndose el labio inferior.

—Menos mal que Henry salió de la habitación —musitó Robin entre besos.

—¿Quién dice que debemos regresar a la habitación?

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N.A. ¡Gracias por el prompt lunediose! Hace tanto que te lo debía. Espero no decepcionarte. Sigo con más prompts a la espera, gracias por su paciencia.