Prompt por jossedith1: Esta vez, Regina es la mejor estudiante del instituto, además de la más popular y, por una apuesta, tiene que seducir al nuevo profesor. Robin desde un principio se siente atraído por la belleza de la joven y decide seguir el juego, pero lo que empieza como un juego de apuestas, termina siendo amor verdadero, amor que da sus frutos y ello le trae grandes problemas por ambas partes.

~OQ~

Self control

—No, no, no, por favor… —decía Regina con voz desesperada, mientras agitaba vigorosamente la prueba de embarazo que había dado positivo hacía un minuto— esto no puede sucederme a mí.

Apoyó su espalda sobre la fría pared del baño y se dejó resbalar lentamente hasta sentarse sobre la baldosa del suelo. Se cubrió el rostro con las manos, mientras se escuchaban algunos golpecitos en la puerta.

—¿Regina?, ¿qué sucedió? ¡Dios, estás matándome! —dijo la voz de Emma, su mejor amiga, del otro lado del cuarto de baño.

¿Qué se suponía que debía decir?, ¿cómo debía decirlo? La prueba lo evidenciaba todo, parecía que se reía, que gritaba justo frente a su cara: "¡estás embarazada, idiota!".

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En el otoño de 1988, Robin debió buscar un empleo en Brooklyn Heights, luego de que su matrimonio fracasara rotundamente. Sólo había estado casado un año con Marian y fue suficiente como para darse cuenta de que no estaba hecho para las relaciones amorosas.

La ruptura significó muchas cosas, entre ellas mudarse al departamento de John, el cual era un sitio agradable y lindo, aunque muy pequeño y con una renta muy costosa. Sin embargo, Robin agradeció el gesto de su amigo y se propuso buscar un empleo lo más pronto posible. Su profesión como músico no dejaba mucho, así que debía conseguir algo que costeara su vida.

Una mañana, mientras hojeaba el periódico a mitad de un cargado café, encontró el anuncio:

SE BUSCA PROFESOR DE MÚSICA DE TIEMPO COMPLETO

Robin, emocionado, leyó rápidamente los datos de la escuela: Saint Ann's School. Recortó con los dedos el anuncio, miró el reloj de la cocina, si se daba prisa podía ir a entrevistarse con el director. Apresuró el café, corrió hacia la ducha y en menos de diez minutos estaba listo para salir.

¿Qué haces despierto a esta hora? —preguntó su corpulento y barbudo amigo John con voz rasposa cuando lo vio listo para salir.

Tengo una cita de trabajo —respondió Robin con una sonrisa.

¿Dónde?

Una escuela… Saint Ann's, algo así.

John, quien apenas se espabilaba, lanzó una risa grave.

¿Y piensas ir vestido así?

¿Cuál es el problema? —inquirió Robin mirándose los jeans de mezclilla y la sencilla camisa de franela a cuadros.

¡Es un colegio católico! —rió John—. Mejor cámbiate por un traje y una corbata.

¿Hablas en serio?

Muy en serio, colega —asintió John acercándose a la cafetera que hervía.

Rayos.

Robin corrió de nuevo a su habitación, revolvió un poco el armario y por fin encontró el traje gris que había usado el día de su boda. Se quedó unos segundos mirándolo y luego pensó que no había tiempo para pensar en sentimentalismos, mucho menos en las estúpidas decisiones que había tomado en su vida.

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—Mierda, Regina, tu madre va a hacerte pedazos —decía la voz de Emma, casi como en un monólogo—. ¿Por qué no usaste condón?, ¿acaso no tomaste clase de Higiene con la señora Lucas?

—Emma, cállate —dijo Regina, tajantemente—. Sí usé condón.

—¿Qué?, ¿entonces qué pasó? —preguntó la rubia, incrédula.

—Se rompió… —respondió Regina, ligeramente avergonzada.

—¿Qué?, ¿y cómo es que lo hicieron de todas formas? —inquirió Emma sin dar crédito.

—¡No lo sé! Ninguno de los dos quiso parar, supongo —dijo Regina, bastante irritada—. ¿Quieres dejar de preguntar idioteces?

—Está bien, está bien… Cielos, las hormonas sí que te ponen muy gruñona —se quejó la rubia sentándose al lado de su amiga sobre la baldosa del baño.

—Sólo… guarda silencio, necesito pensar —decía Regina concentrada en un punto fijo.

—Está bien.

El silencio duró sólo diez segundos, cuando Emma volvió a abrir la boca.

—¿Vas a decírselo?

—¿A quién?

—A Robin.

Regina se quedó fría.

—No lo sé.

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La entrevista de Robin fue muy rápida, mucho más de lo que creyó. El director había hojeado el currículum y finalmente lo había dejado sobre su escritorio, dirigiéndose a Robin cara a cara.

¿Cuántos años tiene, profesor Locksley?

Ehm… tengo veintitrés años —asintió Robin un poco incómodo con la pregunta.

Quiere decir que no tiene experiencia impartiendo clases.

En realidad… no, pero puedo aprender —respondió Robin un poco ingenuo.

El director no dijo nada, sólo suspiró y se recargó sobre su silla de piel que rechinaba igual que si alguien se hubiese tirado un pedo, a Robin le hacía mucha gracia.

Acaso… ¿está casado? —agregó el director de pronto.

La pregunta tomó a Robin por sorpresa, sin embargo se dio cuenta de que el director señalaba con la mirada la alianza que él llevaba en el dedo anular. No, ya no lo estaba, pero seguía llevando ese pedazo de metal en su piel por descuido. Sin embargo, la mirada del director era de sorpresa y al mismo tiempo expectativa. Así que Robin respondió lo que aquel hombre deseaba escuchar.

Sí, lo estoy.

Vaya, no lo creí. Usted es tan joven.

En Irlanda tenemos un dicho: Ní mar a shíltear a bhítear —dijo Robin en un perfecto acento irlandés que usaba para impresionar—. Lo que quiere decir: las cosas no son lo que parecen.

Robin salió de la oficina del director, con la frente en alto y un contrato por un año como el nuevo profesor de música.

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Regina no sabía qué era peor: darle la noticia a su madre o a Robin. Estaba sumamente asustada, además su cuerpo no ayudaba mucho: las náuseas y los mareos no le dejaban en paz, ni le permitían pensar con sensatez. Lo mismo que sus extremos cambios de humor; una noche había llorado viendo E.T. con Emma y otro día se enfureció sólo porque su padre había olvidado comprar los Cheerios.

La rubia no hacía otra cosa más que insistir en que Regina tenía que decírselo a alguien más. A ella no se le daba muy bien eso de guardar secretos. Cada vez que Cora aparecía en la sala, Emma tenía miedo de gritar: "¡Regina está embarazada del profesor de música del colegio!".

—¿Qué vas a hacer cuando se comience a notar? —preguntó Emma una tarde mientras ambas recorrían las calles de Nueva York buscando el vestido perfecto para el baile de graduación.

—No lo sé —dijo Regina, encogiéndose de hombros—. Pero alguna vez leí en una revista que eso sucede hasta los cuatro o cinco meses. Hay tiempo antes de eso.

—¿Tiempo para qué?

—Para decírselo a Robin.

—¿Por fin has decidido decírselo?

—Creo que sí. Es justo —asintió Regina, con la vista perdida.

—¡Oh, mira eso! —exclamó Emma señalando con el dedo una tienda de ropa de bebé—. Tal vez deberías comprar algo.

—¿Estás loca? —inquirió Regina con la voz grave—. No pienso comprar nada de eso.

—¿Por qué no? —preguntó Emma bastante decepcionada—. ¡Oh! No te preocupes, siempre puedes comprar ropa amarilla si aún no sabes qué es.

—No seas tonta —increpó Regina, un poco seria—. No pienso comprar nada porque no voy a quedarme con este bebé.

—¿Qué? —exclamó Emma, parándose en seco—. Oh, no, Regina, tú eres todo menos una asesina.

—¡No, no pienso hacer eso!

—¿Entonces?

—Voy a darlo en adopción.

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Robin se rió de sí mismo. Durante el año que duró casado con Marian, no se había quitado la alianza de bodas sólo porque ésta se había ajustado a su dedo. Una vez que estuvo divorciado intentó hacerlo, pero fue inútil. Sin embargo, quién iba a decir que aquel detalle le había conseguido el puesto de profesor en ese colegio de élite.

"Al menos pagan bien" pensó Robin cuando tuvo que levantarse muy temprano el lunes siguiente y llevar su trasero hasta aquel edificio blanco en la esquina de una fastuosa calle.

Los primeros días no fueron tan malos. Dio clases a décimo y onceavo grado y descubrió que eso de ser profesor era algo sencillo. La mayoría de los chicos estaban tan estresados y preocupados por sacar buena nota para la universidad que no causaban muchos problemas. "Las bondades de la educación privada" decía John entre risas.

Sin embargo, Robin miró a la suerte cara a cara el día miércoles, cuando le tocó dar clases al último grado, el doceavo. El director había dicho que se trataba de un grupo pequeño pero un poco conflictivo, la mayoría de ellos no tenían muchas aspiraciones universitarias. Robin no tardó en descubrirlo, pues en cuanto abrió la puerta del salón de músico, se encontró con la primera escena de lo que le esperaría con ese grupo en particular.

Uno de los chicos bailaba sobre una de las mesas de trabajo, mientras se quitaba la camisa y otros dos chicos tocaban unos bombos. Las chicas gritaban emocionadas y aplaudían escandalosamente.

En cuanto Robin entró en el salón, todos guardaron silencio. El chico se bajó rápidamente de la mesa y se sentó al lado de sus dos amigos monigotes. Robin carraspeó un poco y fue hasta su escritorio.

Bueno, eso no me lo esperaba, sinceramente —comenzó a decir Robin, un poco irónico, pero nadie dijo nada—. Así que… último año, ¿cierto?

De nuevo, nadie dijo nada. Robin miró los rostros: todos apáticos y desafiantes. Una chica, con extensiones de colores, se limaba las uñas cínicamente, mientras otra rubia mascaba un chicle y hacía bombas gigantescas.

Ehm… mi nombre es el profesor Locksley —dijo Robin escribiendo su apellido con tiza sobre el pizarrón, lo cual siempre había odiado en sus años como estudiante y ahora él replicaba invariablemente—. Robin Locksley.

Como Robin Hood —dijo la voz de una chica.

Robin giró, en el umbral de la puerta del salón estaba de pie una chica: cabello azabache, ojos marrones y una bonita sonrisa.

Así es —respondió Robin, divertido—. ¿Se le ofrece algo, señorita…?

Mills —añadió la chica—. Regina Mills.

Robin asintió levemente, sin saber por qué se había puesto un poco nervioso.

¿Y bien? —preguntó Robin, torpemente.

¿Estoy en esta clase? —dijo Regina, alzando las cejas como para demostrar algo.

Oh, lo siento —respondió Robin rápidamente, quitándose de en medio y limpiándose unas cuantas gotas del sudor que había aparecido en sus sienes.

Regina sonrió de nuevo y fue a sentarse en su sitio. En cuanto lo hizo, el chico que antes había estado bailando sobre la mesa, se dirigió a ella con un susurro.

Te perdiste mi actuación, Regina.

Estoy segura que no me perdí nada digno de ver, Graham.

Los amigos de éste hicieron sonidos de burla. Graham sonrió sólo para no parecer un idiota y luego regresó su atención hacia donde el profesor Locksley intentaba explicar el programa de estudios.

Regina miró de reojo a Emma, la rubia que mascaba chicle, ésta le devolvió una sonrisa de complicidad.

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Regina había estado mirando la carta de Princeton durante media hora. Hacía un mes que había llegado. Esa maldita carta lo cambió todo. Sus sueños, sus más profundos deseos, se habían concretado en esa simple hoja. Pero estaba embarazada. Esperaba un bebé y sabía que eso arruinaría cualquier intento por ir a la universidad.

¿Cómo se supondría que se presentaría al primer día de clases con una barriga de más de seis meses?, ¿cómo tomaría los exámenes a mitad de un parto?, ¿preparando biberones y cambiando pañales al mismo tiempo? No podría trabajar y estudiar al mismo tiempo, no sin la ayuda de nadie.

Ella había deseado tanto ir a Princeton, había sido su sueño desde que era niña, desde que había sacado un primer diez en el jardín de niños. Regina Mills, la chica lista, la chica popular y bien portada que no rompía un solo plato, estaba embarazada. Y, para el colmo, de un profesor.

Soltó un suspiro, debía afrontarlo: estaba sola.

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Ese grupo, ese maldito grupo. El doceavo. Robin odiaba los días miércoles, cuando debía enfrentarse a una sarta de holgazanes primitivos que no hacían otra cosa más que reírse como bobalicones y hacer referencias a sus partes íntimas cada dos segundos. Estaba cansado, fastidiado y asqueado de esa clase. A fin de mes, cuando cobraba su cheque, gozaba el olor de los billetes, se ganaba cada centavo.

Soportar a un montón de adolescentes sin propósitos en la vida era todo un desafío. No recordaba haber sido así a esa edad, aunque eso había sucedido sólo cinco años atrás. Él tenía la firme convicción de que había sido un poco más maduro, después de todo se había casado, ¿no?

Aquel grupo era una verdadera pena, era cierto que no todos los estudiantes tenían aspiraciones para ir a la universidad. Excepto Regina Mills. La chica sí que era toda una pieza. Según lo que había comprobado Robin, era la mejor de su clase, de todas las clases en realidad. El mejor promedio de su generación. Era directora del periódico escolar, organizaba dos actos de beneficencia cada año y también era buena tocando el piano. Por lo que decía su expediente escolar, la chica sumaba puntos y todo lo extra necesario para ir a Princeton.

A Robin aquello le parecía muy loable, tomando en cuenta que era una chica brillante, lista, carismática, guapa y con buenos modales, lo cual, aparentemente, era muy extraño en su generación.

Regina iba a todos lados con su amiga, la rubia, Emma Nolan. Eran inseparables, aunque Emma tenía fama de buscar problemas o encontrarlos fácilmente. Aunque, por lo que Robin había notado, era una buena chica también. Sin embargo, Robin también se había dado cuenta que a las buenas chicas las perseguían los canallas y sinvergüenzas, como Graham Humbert, aquel muchacho que creía ser el centro del universo. Robin lo detestaba, le parecía un patético imbécil sin oficio. Lo único que hacía en el colegio era pasearse por ahí, con su grupo de amigos que no eran mejores que él, provocando disturbios o molestando a Regina. Robin no sabía bien por qué, pero no había podido pasar inadvertido aquello.

Los fines de semana eran verdaderamente un respiro. Robin podía olvidarse de que tenía un trabajo y que debía lidiar con ello. Así que, un sábado, decidió ir a ver una película a solas. Por fin podía disfrutar de una propuesta nueva y diferente, pues a Marian nunca le había gustado ese tipo de cine.

Cuando la película terminó, Robin se levantó de su asiento, estaba por salir de la fila cuando casi tropezó con una chica.

Oh, lo siento, disculpa —se apresuró a decir Robin, alzando la vista.

No, la culpa fue mía —respondió Regina.

¿Regina?

¿Robin? —preguntó la chica, fascinada—. Quiero decir: profesor Locksley.

Robin sonrió con aquello.

¿Qué haces aquí?, quiero decir… no sabía que veías este tipo de cine.

Oh, sí —asintió Regina un poco confundida—. Me gusta, aunque usted no lo crea.

Robin entendió el tono. Ella se había sentido un poco ofendida.

Oh, no, no… no me malinterpretes —siguió Robin, torpemente—. Sólo ha sido una sorpresa encontrarte aquí.

¡Profesor Locksley! —exclamó la voz de Emma Nolan—. ¿Qué hace aquí? ¡Oh! No me diga que le gusta este tipo de cine pretencioso y aburrido.

Regina soltó una risa y Robin no pudo evitar hacerlo también. Los tres salieron de la sala y del cine, mientras intercambiaban opiniones sobre la película que acababan de ver. Emma parecía realmente aburrida, pero Regina estaba muy entusiasmada, aunque aparentemente la función no le había gustado del todo.

Quiero decir, ¿cómo es posible que se venda esto como una nueva propuesta fílmica?¡Jean Luc Gordard ya lo hacía en los años cincuenta! —decía Regina velozmente.

Bueno, pero la fotografía valía la pena, ¿no crees? —preguntó Robin, divertido con la reacción colérica de la chica.

Sólo si te gusta el cine de serie B —respondió Regina, burlona.

Robin soltó una risa, luego miró su reloj de pulsera.

Ha sido un placer verlas, chicas —dijo a modo de despedida y luego dirigió su mirada a Regina, sólo a ella—. Quizá, luego podríamos ver una película de autor de mejor calidad y discutirla, ¿qué te parece?

Emma, quien sorbía aparatosamente una soda, paró en seco. Regina sonrió, tenía la mirada fija en los profundos ojos azules de Robin, en el profesor Locksley, estaba a punto de decir algo cuando reparó en la mano de él, en el anillo de bodas.

Hasta luego, profesor —dijo Regina, haciendo una seña a Emma para irse.

Robin tardó unos segundos en comprender qué había sucedido. En primer lugar, él había invitado a una alumna a salir y en segundo lugar, ella había visto el anillo, el maldito anillo.

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Después de una semana terrible, Regina decidió que Robin debía saberlo. Él era el padre y era su derecho, aun cuando ella decidiera dar en adopción al bebé.

Regina sabía que Robin tocaba en una banda todos los sábados por la noche en un bar, en el centro de Manhattan, llamado Rabbit Hole. Decidió ir a buscarlo y contarle toda la verdad. Quiso ir sola, después de todo Emma sólo complicaba las cosas algunas veces.

Durante el viaje, Regina pensó en todos los modos que existían para decirle a un chico: "oye, estoy esperando un hijo tuyo", pero ninguno le parecía algo que sonara como ella, además Robin no era un chico cualquiera. Era su profesor. En su mente, Robin se convertía en un atroz y terrible hombre que huía en cuanto ella le daba la noticia.

Regina se bajó en la estación del metro y caminó unas cuantas cuadras. No podía entrar al bar, no era mayor de edad aún. Pensó en lo curiosa y estúpida que resultaba su situación: sin edad para beber, pero con edad para embarazarse. Así que decidió que esperaría afuera, en la esquina de enfrente.

Aún no llevaba cinco minutos ahí cuando lo vio, Regina vio a Robin: éste llevaba la funda de su guitarra sobre el hombro y caminaba con sus pantalones vaqueros desgastados hacia el bar. Así, lucía como un chico cualquiera, no como el profesor Locksley.

Regina pensó que aquella era su oportunidad. Si atravesaba la calle en ese momento podrían hablar antes de que todo se volviera un caos, fuera de la escuela, fuera de las miradas de todo mundo. Sin embargo, ella no pudo ni cruzar la calle.

Robin empujó la puerta del bar y cedió el paso a una chica. Una castaña que sonreía feliz mientras iba tomada del brazo de él.

Regina sintió cómo sus entrañas hervían. ¿Cómo había sido tan estúpida? Por supuesto, él tenía novia. Una novia formal y seria, que no sería menor de edad, que tampoco sería su alumna. ¿En qué estaba pensando? Regina salió corriendo, volvió a tomar el metro de regreso. Lloró durante todo el camino y finalmente se dirigió a casa de su mejor amiga.

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Robin quiso disculparse con Regina. En el colegio él era su profesor, así que no había modo de que pudiesen hablar a solas, pero él quería decirle que sentía mucho haberse malinterpretado. Él no había querido invitarla a salir… Bueno, quizá sí, pero no de la forma en la que ella se imaginaba. ¿Y cuál era esa forma? Robin estaba confundido en sus propios pensamientos cuando la vio: Regina cruzaba el pasillo a pasos largos y acelerados. Robin se acercó a ella, con sutileza.

Hola, Regina —saludó Robin imitando su paso.

Ah, hola, profesor —sonrió Regina, sin mucho caso.

¿Vas tarde?

Sí, tengo clase de Higiene con la señora Lucas —dijo Regina, apresurada.

Oh, vaya. Buena suerte con eso.

Regina sonrió y se paró en seco. Robin también.

¿Hay algo en lo que pueda ayudarle, profesor? —preguntó ella con curiosidad.

Oh, no, nada en realidad —dijo Robin, con el aliento entrecortado, ella sí que caminaba rápido—. Sólo quería… yo… no sé si me malinterpretaste la otra noche en el cine. Lo que quise decir es que algún día, quizá, en alguna salida escolar o algo así… habría oportunidad de ver una película de esas pretenciosas y aburridas, como las llamó tu amiga.

Regina parpadeó muy rápido, casi sin comprender y luego, cuando por fin entendió, asintió.

Oh, vaya. No hay problema, profesor —asintió Regina, con tranquilidad—. De hecho, me gustaría mucho si puede recomendarme otras películas más. Estoy interesada en el cine de autor. Quiero estudiar Historia del Arte en Princeton.

Eso es maravilloso —sonrió Robin, llevándose las manos a los bolsillos—. Por supuesto, te recomendaré algunas cosas que he visto.

Bien.

Bien.

Ambos se quedaron en silencio, sólo mirándose. El timbre de la campana sonó de pronto, haciéndolos saltar.

Bueno, debo ir a clase.

Yo también. Un placer saludarte, Regina.

Lo mismo digo, profesor.

Robin dio media vuelta y regresó a su habitual salón de clases donde debía hablar de teoría musical, vocalización y esa sarta de tonterías mientras no haría otra cosa más que pensar en los poderosos ojos marrones de Regina Mills.

Por supuesto, él estaba asustado de sus pensamientos. Cuando llegó a casa esa noche, quiso contarle a John todo. "Creo que me siento atraído por una estudiante", iba a decir. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta del departamento, una chica castaña se arrojó a sus brazos, estrechándolo con fuerza.

¡Belle! —exclamó Robin feliz—. ¿Qué haces aquí?

¿Acaso no puedo visitar a mi hermano favorito? —saludó la chica, despegándose de su abrazo.

Bueno, tomando en cuenta que soy tu único hermano…

Ven acá, tonto —dijo Belle estrechando a Robin nuevamente en sus brazos.

¡Oye, Locksley! Tu hermana trajo pizza para cenar. Deberías aprender de ella —dijo la voz grave John desde la cocina.

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—Ese idiota —decía Emma entre dientes—. ¿Cómo pudo hacerte esto?, ¿cuándo fue la última vez que salieron? Oh, vaya sí… cuando te embarazó.

—No lo digas así, suena terrible, más de lo que es —se quejó Regina, todavía limpiándose las lágrimas.

Ambas amigas conversaban sobre la cama de Emma. Regina le había contado con lujo y detalle lo que había visto.

—No lo sé, Regina. Creo que lo mejor que se merece ese cretino es un golpe en la cara.

—¿Y quién va a dárselo?

—¡Yo, por supuesto!

Regina sonrió ante las buenas intenciones de su amiga, pero negó con la cabeza, casi con tristeza.

—Creo que lo mejor es que él no sepa nada —añadió la morena.

—¡Pero debe saberlo, Regina! —exclamó Emma, indignada—. Tiene que saber que vas a traer un hijo suyo al mundo y que no puede hacer como si nada pasara, mucho menos pasearse con una mujerzuela por la calle.

—Emma, no, nadie puede enterarse de esto. Mucho menos ahora.

La rubia se quedó pensativa y luego hizo un pacto con el dedo meñique con Regina.

—Está bien, prometido.

Sin embargo, ninguna de las dos chicas sabía que la madre de Emma, Mary Margaret Nolan, había escuchado todo a través de la puerta de la habitación.

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Antes de Acción de Gracias, en el colegio hubo un importante partido de futbol. Robin no estaba absolutamente interesado en asistir, aunque ver a un montón de trogloditas que eran sus estudiantes partirse la cara en el campo resultaba interesante. Además, tuvo que estar allí, pues eran reglas del colegio.

Si Graham Humbert era insoportable en los pasillos de la escuela, en el campo era mucho peor. Al ser el capitán del equipo y líder casi moral de éste, se creía invencible. Le gustaba pavonearse por el campo, atraer las miradas de las chicas, especialmente la de Regina Mills. Pero ella no parecía prestarle mucha atención.

Al final de la noche, el equipo del colegio ganó ante el equipo visitante. Robin se lamentaba de no haber encontrado una mejor manera de desperdiciar un viernes por la noche. Estaba a punto de subirse al auto cuando escuchó una voz familiar que le hacía sentirse extasiado.

¿No irá a la fiesta de festejo, profesor Locksley?

Regina Mills caminaba hacia el estacionamiento, mientras escondía sus manos del frío dentro de la chaqueta azul y oro del colegio.

Oh, no, sinceramente prefiero emborracharme solo en casa —respondió Robin con una risa.

Luego, reparó en que eso no había estado demasiado bien. Sin embargo, Regina sonrió divertida.

Apuesto que no eres de esos.

Ella lo había tuteado. Robin se sentía cómodo con eso.

¿Y tú?, ¿tampoco vas a la fiesta? A mi edad es comprensible, pero tú…

Regina sonrió de nuevo, luego miró hacia el campo donde estaba todo el barullo.

A veces me siento como si no fuera de este mundo —dijo la chica—. Nunca estoy con demasiado ánimo para festejar.

Robin asintió, jugando con las llaves del auto. Alzó la mirada y notó que la chica tenía los ojos irritados, parecía haber estado llorando.

¿Quieres cenar algo? —preguntó Robin, casualmente.

Regina meditó su respuesta, pero no demasiado.

Sí, me gustaría.

Robin manejó hasta una de sus pizzerías favoritas. Regina no la conocía, así que estuvo encantada de que él le mostrara algo nuevo. Además, ahí no había ningún estudiante del colegio ni lo habría, pues era un local más maduro de lo que los chicos de Saint Anne's School podían permitirse.

Se sentaron en una de las mesas de la esquina, quizá por inercia o quizá porque en el fondo Robin temía estar haciendo algo indebido. Pero ahí, uno frente al otro, sólo parecían un chico y una chica, normales, en una cita regular.

Hablaron durante una hora. Robin le contó que recién se había mudado a vivir con su amigo John e, inevitablemente, contó también que estaba divorciado. Regina recibió esa noticia con un poco de sorpresa.

A ver si entendí —comenzó a decir la chica, colocándose un mechón de cabello detrás de la oreja—: tienes veintitrés años, ¿y estás divorciado?, ¿por qué llevas el anillo, entonces?

Ya verás —dijo Robin con burla e intentó sacarse la alianza sin éxito.

¡No te creo! —exclamó Regina, divertida, entre risas—. ¿Está atascada?

Desde hace un año —dijo Robin encogiéndose de hombros—. Iré a que me la quiten, lo prometo.

Eso… ¿no puede matarte? —preguntó Regina, jugando con su último pedazo de pizza.

Espero que no. Pero si el matrimonio no lo hizo, pues…

Regina se rió con el comentario. Luego se puso seria y preguntó con una voz grave, un poco más adulta:

¿Y qué fue lo que sucedió?

Ella quería saberlo, en verdad. Robin suspiró, dio un trago largo a la Coca Cola y agregó:

Fue mi novia durante nueve años, desde que estábamos en la escuela secundaria. Creí que era el amor de mi vida, pero… el matrimonio es algo complicado. Ambos cambiamos demasiado una vez que decidimos estar juntos para siempre. Así que, no hubo más, todo se terminó.

¿Definitivamente?

Yo diría que sí.

¿Tuvieron hijos?

No, afortunadamente —sonrió Robin—. Soy pésimo con los niños.

No lo creo, eres el mejor profesor de ese estúpido colegio —dijo Regina—. Y no lo digo porque estés invitándome la cena.

Me alegra saber eso —sonrió Robin.

Él la llevó a casa. Regina vivía en un acomodado suburbio de Brooklyn Heights. Antes de bajar el auto, ella quiso decirle algo, pero se quedó callada unos segundos.

¿Qué sucede? —preguntó Robin con curiosidad.

Tengo que hacer algo… —respondió Regina, mordiéndose un labio— pero antes, prométeme que quedará sólo entre tú y yo.

Oh… —dijo Robin con sorpresa— está bien.

Regina lo miró a los ojos. De pronto, con un impulso, se acercó a él y lo besó, justo en los labios. Robin recibió el beso con calidez. Hacía tanto que nadie lo besaba así. Los labios de Regina eran suaves y confortantes.

Ella se separó de él en un arrebato y bajó del auto, dirigiéndole una sonrisa cómplice. Robin tardó unos segundos en volver a poner el auto en marcha. Estaba sobre la luna.

Jamás se imaginó que, minutos después, Regina telefonearía a Emma para contarle todo y decirle: "lo besé, he ganado la apuesta".

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Luego de haber visto a Robin con aquella chica, Regina no quiso entrar a su clase el día miércoles. Fue directo a la enfermería y dijo que se sentía indispuesta, así que la mandaron a casa.

Cuando Regina llegó a la residencia Mills, se encontró con la terrible mirada de su madre esperándola en la sala. Su padre estaba allí también, con un gesto de preocupación.

—Nos han llamado de la escuela, ¿qué es lo que tienes? —preguntó Cora, sin siquiera saludar a su hija.

—Un poco de dolor de cabeza… voy a recostarme y pasará —respondió Regina con cautela.

Cora se levantó de su asiento y se acercó a ella.

—Claro. Después de todo, un embarazo no es cualquier cosa.

Regina casi no podía creer lo que escuchaba, abrió los ojos de par en par y no tuvo tiempo de reaccionar cuando su madre le asestó una bofetada.

—¡Cora! —exclamó su padre, acercándose rápidamente para sostener a Regina, quien temblaba de furia, vergüenza y humillación—. ¡Por Dios! ¿Qué haces mujer? Este no es el modo.

—¡Exacto, Henry! ¡Este no es el modo! ¡Se suponía que ella sería una buena chica! —exclamaba Cora, fuera de sí—. Se graduaría con honores, iría a la universidad, obtendría un título y sería una mujer exitosa.

—¡Aún puedo serlo, mamá! —lloraba Regina, tocándose la mejilla que su madre había golpeado—. ¡Este bebé no significa nada para mí!

—¿Ah, no? Pero el padre sí, ¿cierto? —inquirió Cora, furiosa—. ¿Quién es Regina? Dímelo ahora.

Aun cuando su mejilla dolía y ardía como el infierno, Regina no podía decir nada. No podía delatar a Robin. Todavía no era el momento.

—Es de ese noviecito tuyo, ¿cierto? El muchacho aquel —sentenció Cora, indignada.

—Mamá, yo…

—Tendremos que hablar con sus padres, Henry —siguió Cora, hablando más para sí misma—. Hay que hacer planes, preparar la boda, tratar de ocultar esto a nuestros amigos.

—Mamá, yo no voy a quedarme este bebé.

—¿De qué hablas, Regina? No seas estúpida, por favor —riñó Cora.

—Graham no es el padre —negó Regina, temerosa de que su madre volviese a golpearla.

Cora parecía no dar crédito a lo que escuchaba.

—Hija, ¿quién es? —preguntó su padre, con un tono más comprensivo que interrogatorio.

—Sólo… sé que quiero darlo en adopción —dijo Regina, con lágrimas en su rostro.

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Robin todavía llevaba el recuerdo de ese beso en sus labios. Había sido algo dulce pero al mismo tiempo tremendamente confuso. No había duda de que Regina era una chica mucho más adulta de lo que parecía. A sus dieciocho años era más madura de lo que incluso era Marian, quien había decidido divorciarse de Robin, sin más, sólo porque él pasaba mucho tiempo con su banda.

Los días siguientes, después del beso en el auto, fueron un poco difíciles para Robin. Debía fingir, fingir todo el tiempo, una absoluta indiferencia. Allí, en el colegio, Regina era sólo una estudiante más y debía tratarla como tal. Pero el miércoles, cuando se miraron frente a frente en la clase, ella le sonrió de un modo especial.

Y así fueron todos los demás días que siguieron. Regina, de algún modo, encontraba la forma de hacerse notar por Robin. Él, aunque intentaba no darle demasiada importancia, no podía dejar de preguntarse qué sucedía con ese beso y con los pequeños detalles de coquetería.

Un día, Robin tuvo la genial idea de comenzar a dejar mensajes secretos en el casillero de Regina. Era la única forma que tenían para comunicarse. Sorpresivamente, ella comenzó a dejar sus propios mensajes también en los trabajos escolares o libros que intercambiaban.

Luego de las vacaciones de Navidad, Robin recibió una nota de Regina dentro de un libro de Julio Verne: "Quiero salir contigo", decía el mensaje. Y así fue. Comenzaron a salir. Primero fue un fin de semana, luego se repitió el siguiente. Robin siempre sugería lugares maravillosos: el cine, parques, alguna plaza, donde los estudiantes del colegio no pudiesen verlos. A Robin le tomó un par de semanas darse cuenta de que salía con una de sus estudiantes. Pero cuando reparaba en el hecho, no parecía sentirse demasiado avergonzado. Después de todo era Regina.

Ella pasaba las tardes enteras tomada de su mano, sonriéndose, riéndose a carcajada suelta; conversaban mucho, sobre casi todo. Así fue como Robin se enteró de que Regina había tenido algo que ver con Graham en onceavo grado, pero ella lo había dejado cuando se enteró que usaba algunas drogas. "Cuando se es joven uno puede ser un poco idiota, ¿no? Pero parece que él nunca dejará de serlo", decía Regina con un poco de sorna.

Si mi madre se enterara de que salgo con un hombre mayor que yo… —se reía Regina una vez que Robin la besaba.

Para ser justos, no soy tan mayor —replicó Robin—. Sólo soy cinco años mayor que tú.

Cuatro, en realidad —agregó Regina.

¿Acaso no tienes dieciocho años? —preguntó Robin, confundido.

Sí, pero dentro de un mes, en febrero, cumpliré diecinueve —explicó Regina—. Es algo que nadie más sabe. Todo mundo cree que cumpliré dieciocho. Perdí un año cuando estaba en el jardín de niños, la primera vez que mis padres se separaron.

¿Se han separado más de una vez?

Dos veces. Y creo que van por una tercera.

Regina solía hablar mucho de su familia. Robin se enteró de que sus padres no tenían una buena relación. Así como se enteró de que la chica quería ir a Princeton, pero su madre la presionaba para ir a Yale.

Es un maldito infierno todos los días —decía Regina, mientras ponía los ojos en blanco.

Un viernes por la tarde, Robin se relajaba en casa jugando con el nuevo Nintendo de John. Éste y su hermana habían tenido la genial idea de salir juntos al teatro, mientras lo dejaban a él en casa. Robin sospechaba que algo sucedía allí, entre ellos, pero en lugar de disgustarse le alegraba.

Alrededor de las seis de la tarde, tocaron a la puerta. Robin abrió y se encontró con Regina, con el rostro bañado en lágrimas. En cuanto ella lo vio se echó a sus brazos.

¿Qué sucede? —preguntó Robin, preocupado y confundido.

Mi madre… —decía Regina entre sollozos— ella… Princeton…

Regina no podía hablar claramente, así que extendió a Robin una carta que llevaba en manos. Era la carta de aceptación de Princeton.

Oh, vaya, Regina… esto es maravilloso —sonrió Robin feliz por ella.

No lo es —negó Regina—. Mi madre ha dicho que no me permitirá ir, que hará todo lo posible porque vaya a Yale.

Robin no sabía qué decir. Él creía que Regina podía ir a cualquier buena universidad, era una chica increíble; lo había pensado tanto: el año siguiente ya no la vería más en clase y tendría que aceptar que ella iría a otro sitio, que estaría lejos y que ese affair que tenían se iba a acabar en cuanto el verano llegara.

Ven aquí —dijo Robin, abrazándola de nuevo.

Robin… quiero… —decía Regina entre sollozos, limpiándose las lágrimas— quiero hacer el amor contigo.

Robin recibió eso con un poco de sorpresa. Sin embargo, Regina parecía firme, lo miraba fijamente, más decidida que nunca.

Regina, ¿estás segura? No sé si este es buen momento.

Es el mejor —respondió ella, besándolo frenéticamente.

En pocos minutos estaban ya sobre la cama. Robin no estaba seguro de si esa sería la primera vez de ella, no quería preguntar. Pero Regina mostró habilidad, demasiada habilidad, para despojarlo de su ropa.

¿Quién era, después de todo, Robin Locksley como para pensar en la buena moral? No cuando la chica más hermosa que había conocido jamás estaba allí con él, en su cama. En su mente muchas frases pasaron a toda velocidad: "no lo hagas", "esto está mal, en muchas maneras", "Dios, ella es impresionante".

Tuvieron sexo en la casi oscura habitación de Robin. Por supuesto, sin ningún preservativo de por medio.

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Regina estaba castigada de por vida. Tuvo que ocultar la marca que había dejado la bofetada de su madre con un poco de maquillaje. Ir al colegio fue un infierno, sobre todo cuando alcanzaba a ver a Robin de lejos, de vez en cuando.

Cora había sido clara: si no había matrimonio el niño se daría en adopción. Regina estaba de acuerdo, después de todo aquello había sido un error. Sin embargo, conforme pasaban los días pensaba mucho en el "error", más de las veces que eran necesarias. Pensaba en cómo se vería, en si sería chico o chica, si tendría la sonrisa de Robin y sus ojos.

En la escuela, Regina no pudo evitar actuar un poco extraño. Estaba más callada de lo normal. Parecía que Robin se había dado cuenta. Intentó acercarse a ella en más de una ocasión, pero Regina escapó rápidamente.

Lo mismo pasó días después. Robin parecía confundido y la buscaba constantemente, pero Regina no quería tener contacto con él. Una tarde, hacia el final de las clases, Robin vio a Emma por los pasillos, sola, sin Regina. Quiso acercarse para preguntar qué sucedía con su amiga; después de todo, la rubia estaba enterada, era obvio. Sin embargo, no bien había llegado al pasillo cuando escuchó unas risotadas de una voz conocida.

—¿La han visto? —se burlaba la voz de Graham Humbert—. Se ha puesto gorda. Por eso terminé con ella. Regina nunca quería hacer otra cosa más que hablar de su tonta universidad. ¿Qué debe hacer un buen chico para sólo tener sexo?

Los amigos le hicieron segunda, comenzaron a reírse. Robin escuchó todo eso. Estaba cansado, muy cansado, ya no podía soportar todo aquello: los pasillos, los estudiantes idiotas, los profesores con caras largas y la indiferencia de Regina en cada rincón de aquel estúpido colegio.

—Oye, Humbert —llamó Robin de pronto.

—¿Qué? —inquirió Graham, dándose vuelta, indiferentemente, hacia el profesor.

—Creo que tengo algo para ti, algo que todo mundo quisiera darte —dijo Robin con una sonrisa complacida.

Graham no tuvo tiempo de responder cuando Robin le soltó un puñetazo en la cara que lo hizo caer al suelo. Los amigotes se quedaron pasmados, mientras ayudaban al chico a levantarse. Otros estudiantes habían visto la escena. Robin caminó como si nada por el pasillo, se topó con la mirada escandalizada del director al final del pasillo, quien parecía lívido, como un muerto.

—Renuncio —sentenció Robin y salió con paso digno y firme hacia el pórtico del colegio.

Ya estaba. Lo había hecho. Había renunciado a esa porquería de escuela. Antes de que llegara al estacionamiento escuchó unos gritos que lo llamaban:

—¡Profesor Locksley! —decía Emma Nolan, corriendo tras de él.

—¿Qué? —preguntó Robin de malagana.

—Yo sé por qué Regina ha estado evitándolo todo este tiempo —confesó la rubia finalmente.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Robin, con un poco más de amabilidad.

—Regina no quiere que sepa que… —Emma hizo una pausa y luego suspiró sin remedio— ella está embarazada. Está esperando un hijo tuyo, Robin.

Robin no pudo siquiera parpadear, tuvo que sujetarse de la portezuela de su auto. Emma esbozó una leve sonrisa y agregó:

—Buen golpe, por cierto. Ese cretino se lo merecía.

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Sí, Regina estaba enamorada. No podía negarlo. Todo el tiempo se le iba en pensar en Robin. Aquello que había comenzado como una apuesta se le había salido de las manos. Emma lo sabía, pero se mantenía al margen. Desde que había comenzado a salir con el profesor de música, en el radio de Regina no se dejaba de escuchar Self control de Laura Branigan. Estaba estúpidamente enamorada.

Regina pensaba que Robin estaba enamorado de ella también. Tenía razones de sobra y suficientes para creerlo. Él no era como cualquier chico, no como de ésos que una vez que han tenido sexo la deja para siempre.

Luego de esa tarde en la que habían hecho el amor, sexy y románticamente, a Robin le costaba cada vez más fingir que nada sucedía. En el colegio sus miradas eran menos sutiles, se sonreían y alguna vez Regina le robó un beso a escondidas, en el rellano de las escaleras.

Pero el enamoramiento, esa sensación de andar por las nubes, se vio abruptamente interrumpido aquella mañana de abril cuando Regina se dio cuenta de que su periodo no había llegado. Y no llegó nunca.

Emma había dicho: "seguro estás estresada, por los exámenes, por la graduación, por la universidad…". Regina no estaba segura, tuvo pensamientos terribles y uno de ellos la condujo a tomar la decisión de comprar una prueba de embarazo.

Aquello sonaba muy absurdo. No podía ser cierto. Después de todo sólo habían estado juntos una vez. Una sola vez.

Pero cuando las dos líneas positivas aparecieron en la prueba, Regina supo que aquel juego, "conquistar a un profesor", había llegado demasiado lejos.

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Robin compró una botella de whisky en la tienda y se fue a casa. Estaba desempleado y, además, había embarazado a una de sus estudiantes. Menos mal que en el departamento no había nadie, pues así pudo destapar la botella y beber de ella directamente, sin ningún tipo de cortesías ni delicadezas.

Bebió toda la tarde. Solo. Se sentía culpable y al mismo tiempo profundamente arrepentido. No por lo que había hecho, sino por la forma en que lo había hecho. Había arruinado la vida de Regina, estaba seguro. La chica soñadora que quería ir a la universidad, la que había confiado en él.

Por la noche, cuando John y Belle llegaron a casa, encontraron a Robin completamente borracho tirado sobre el sofá. Entre ambos lo ayudaron a irse a la cama. Robin recuperó un poco la consciencia y entonces lo dijo:

—Voy a tener un hijo, con una chica.

John y Belle escucharon aquello con sorpresa pero también con gracia.

—Dios mío, ¿cuánto bebiste, Robin? —preguntó Belle, confundida.

—Belle… no… es verdad —decía Robin entre balbuceos—. Regina va a tener un hijo mío.

Sólo John sabía lo de Regina. Robin no paraba de hablar de ella. Él se lo había advertido, le había dicho que no era buena idea salir con una estudiante. Ahora todo estaba jodido.

—¿Quién es Regina? —preguntó Belle con el ceño fruncido.

—Diablos, Robin, sí que eres estúpido —dijo John dirigiéndose al baño donde abrió el grifo del agua fría.

—¿Qué haces, John? —preguntó Belle, aún más confundida.

—Tenemos que bajarle la borrachera. Tiene asuntos que arreglar.

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Regina lo dijo, por fin lo dijo. "Él es mi profesor en el colegio", confesó Regina, pero sólo lo hizo con su padre, a quien más quería en el mundo y en quien más confiaba. Él se había mostrado decepcionado, pero no furioso como lo habría hecho Cora.

—Hija, ¿estás consciente de lo que vas a hacer? —preguntó Henry Mills con una mirada grave—. Dar un niño en adopción no es cualquier cosa.

—Lo sé.

—¿Acaso este… Robin… lo sabe? —preguntó su padre, con curiosidad.

—No lo sabe —negó Regina, cabizbaja.

—Creo que debería saberlo, después de todo es el padre. Aún si darás en adopción a este niño él debe estar enterado.

Regina miró a su padre con mucha culpa, se abrazó a él con fuerza y finalmente pudo llorar todo lo que había estado reservando.

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A la mañana siguiente, Robin recuperó la consciencia, con un gran dolor de cabeza y una resaca de mil demonios. Sin embargo, eso no fue impedimento para que John y Belle lo sermonearan. La conversación ya no fue sobre lo que estaba bien o lo que estaba mal, sino de algo más.

—¿La amas? —preguntó Belle, tajante.

—Sí, la amo —asintió Robin completamente convencido.

—Entonces, ¿qué haces aquí? —cuestionó Belle, cruzada de brazos—. Ve con ella, dile que todo estará bien.

—¿Cómo puedo decirle eso si ni siquiera yo estoy convencido de ello? —preguntó Robin, cabizbajo—. La amo profundamente, pero no estoy seguro de ser un buen padre.

—Eso es algo que ambos deben conversar, amigo —añadió John con su voz grave.

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Robin decidió ir a casa de los Mills, enfrentaría sus consecuencias. Al mediodía, luego de que la resaca era un poco más soportable, se encaminó hacia Brooklyn Heights, con la firme convicción de aclarar todo con Regina.

Sin embargo, en la segunda estación del metro la vio: Regina esperaba del otro lado de la vía. Robin tuvo que saltar un torniquete y un par de policías furiosos para encontrarse con ella. Regina tenía una expresión de sorpresa y susto a la vez.

—Robin, ¿qué…?

—Estoy enterado de todo… ¿podemos hablar? —dijo Robin de repente.

Regina, atónita, asintió.

—¿Aquí? —preguntó la chica, confundida.

—Aquí mismo —respondió Robin convencido.

—¿A qué te refieres con que lo sabes todo? —preguntó Regina, con curiosidad.

—Sé lo del bebé.

—Oh, Dios mío —musitó Regina, incrédula—. ¿Cómo lo sabes?

—Emma me lo dijo.

Regina puso los ojos en blanco. Su amiga sí que podía ser una boquifloja.

—Pero eso no importa ahora —siguió Robin—. ¿Por qué no quisiste decírmelo tú?

—Robin, tenía miedo… aún lo tengo —confesó Regina con la voz quebrada—. No sé qué va a suceder con mi vida. Esto no estaba en mis planes. Yo… —se tomó unos segundos para meditar lo que iba a decir— Emma y yo hicimos una ridícula apuesta. Creímos que sería divertido que yo te coqueteara un poco y lograra besarte. Pero todo se salió de control. Me enamoré de ti.

Robin escuchó todo eso con atención, los ojos marrones de Regina lo miraban fijamente. De pronto, Robin tomó las manos de Regina y añadió con una sonrisa:

—Yo también me enamoré de ti.

Regina parecía muy sorprendida con eso.

—Pero Robin, tú no puedes. Tú tienes una chica nueva ahora y yo…

—¿Una chica nueva?, ¿qué quieres decir con eso? —preguntó Robin confundido.

—Hace unas semanas quería contarte lo del bebé y fui hasta el bar donde tocas con la banda y te vi entrar del brazo con una chica castaña —añadió Regina, casi con furia.

—¿Belle? —replicó Robin con una sonrisa—. Belle es mi hermana, Regina. Recuerdo haberte dicho que estaba de visita en casa. Bueno, ahora parece que vive con nosotros, ha comenzado a salir con John y…

—¿Tu hermana? —preguntó Regina todavía sin poder creer lo que escuchaba.

—Sí —asintió Robin—, no hay ninguna otra chica.

Pareció que el alma regresó al cuerpo de Regina. Ella abrazó a Robin con fuerza y comenzó a llorar más. En el metro algunas personas los miraban con curiosidad.

—Robin, tengo miedo —confesó Regina entre sollozos—. Mis padres lo saben. Cora me ha amenazado con darlo en adopción… yo quería eso al inicio… pero… no estoy segura ahora. Ya lo quiero Robin. Quiero a nuestro hijo y no pienso renunciar a él.

Robin escuchó eso conmovido, no podía evitar que algunas lágrimas salieran de sus ojos también. Estrechó muy fuerte a Regina, acariciando su espalda y luego dijo a su oído:

—Si tú quieres continuar, yo continuaré contigo.

Regina lo miró a los ojos, completamente incrédula.

—¿Qué quieres decir?

—Resolveremos esto juntos.

Robin la besó. Parecía que no había nadie más en el mundo aparte de ellos dos.

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En el verano de 1992, Regina se graduó con honores de Princeton. Fue el mejor promedio de su generación. La recién graduada recibió el diploma y las felicitaciones de todos los directivos mientras se escuchaban los aplausos y vítores de su padre, Emma, John, Belle, Robin y Roland, su pequeño hijo de tres años, desde sus lugares.

Regina se unió a su familia una vez que la ceremonia terminó. Robin la recibió con un beso y Roland con otro en la mejilla.

—¡Mami! —exclamó Roland en cuanto vio a su madre.

—Ven aquí, pequeño travieso —sonrió Regina, felizmente, ataviada en su túnica de graduación. Roland quiso quitarle el birrete juguetonamente.

—Felicidades, hija mía —dijo Henry Mills mientras abrazaba a Regina—. No puedo estar más feliz por ti. Lo conseguiste.

—Gracias, papi.

Regina casi lamentaba que allí no estuviese su madre, pero ella sabía bien: Cora nunca dejaría su orgullo a un lado. No lo había hecho ni siquiera cuando nació su pequeño nieto, el cual había sacado los ojos marrones, el cabello oscuro de Regina y los hoyuelos de Robin.

—¡Vaya, Regina! Nunca dejarás de ser una nerd —dijo Emma, burlonamente, dándole también un abrazo.

—Ya sabes lo que dicen: las apariencias engañan —dijo Regina, guiñando un ojo.

—Estoy muy orgulloso de ti, amor —dijo Robin, acercándose a ella, también con una sonrisa.

—No lo habría logrado sin ti —respondió Regina besándolo y mirando a Roland de reojo—. Sin ustedes.

John llamó a todos para una fotografía. Inmediatamente, se arremolinaron en torno a Regina, quien sonreía ampliamente con el diploma en sus manos.

~OQ~

N.A. Gracias por el prompt, jossedith1. Tus disparadores siempre son todo un reto y termino escribiendo casi un libro entero. ¡Me encantan! Espero que a ti también te guste. El final es cursi y feliz, como debería ser todo. Ya saben: ustedes piden, yo escribo.