Prompt por AbyEvilRegal4Ever123: Una noche cae una gran tormenta, así que la familia Hood Mills decide que puede "acampar" en la sala y así estar juntos mientras pasa. Esa noche es el aniversario de Robin y Regina, pero por la tormenta todos los planes de Robin para su aniversario se ven frustrados, aunque consigue hacer algo pequeño en compañía de sus hijos Henry y Roland y le da una sorpresa a Regina. Pero ella igual tiene una sorpresa preparada para él… ¡Está embarazada! ¿Quién de los dos resultará más sorprendido?
Cinco grados en Boston
Esa fría mañana, Robin intuyó que sería un mal día cuando recibió la llamada de Marian: Roland tenía varicela. Ella debía tomar un avión a Vancouver esa misma noche y no podía aplazar ni mucho menos cancelar su compromiso, se trataba de una contratación seria para una agencia fotográfica. "¿Podrías hacerte cargo unos días?", preguntó la voz de su ex al teléfono. Robin suspiró, por supuesto que se haría cargo.
Marian apareció al mediodía en la puerta de la nueva residencia Locksley-Mills con un Roland muy malhumorado en brazos, todavía en pijama, con visibles marcas del sarpullido en su tierno rostro. Según las indicaciones de su madre, el pequeño había tenido febrícula la noche anterior y por ello se notaba fastidiado.
"Gracias, eres el mejor", dijo Marian despidiéndose, mientras abordaba apresuradamente el mismo taxi que la había llevado hasta allí. Robin sacudió una mano mientras con la otra cargaba a Roland, quien se había abrazado a su padre con fervor. Robin colocó la maleta de Roland cerca de la escalera y luego cerró la puerta tras de sí.
—¿Cómo se encuentra mi pequeño muchacho guapo? —preguntó de pronto la voz de Regina, acercándose al niño que no dejaba de abrazar a su padre.
—Parece que alguien no tiene muchas ganas de hablar —respondió Robin por su hijo, mientras acariciaba la espalda del pequeño para hacerlo sentir mejor.
—Creo que tengo la solución perfecta —sonrió Regina.
Minutos después, Regina acostó a Roland en el sofá de la sala, con mantas y almohadas acojinadas, encendió la televisión y puso Wall-E para él. Robin sirvió a su hijo un emparedado de mantequilla de maní. Pongo y Perdi se arremolinaron alrededor del niño y se echaron a sus pies, como unos verdaderos guardianes.
En pocos minutos, Roland se quedó dormido con la boca ligeramente abierta. Robin suspiró cruzado de brazos mirándolo desde la cocina. Regina se servía un té justo detrás de él.
—Va a estar bien, la varicela es poca cosa con los niños —dijo ella para tranquilizarlo—. Henry se contagió a los tres, en la guardería, y en una semana ya estaba brincando y haciendo diabluras.
—Lo sé —asintió Robin con pesar—. Pero hoy es nuestro aniversario, amor. En verdad lo siento.
—Oh, no tienes porqué —dijo Regina con una sonrisa franca—. Estas cosas no pueden predecirse.
Robin se quedó pensativo unos segundos, luego se acercó a ella y la rodeó con los brazos, besándola en la frente.
—Sí, pero es nuestro primer aniversario de matrimonio, es una ocasión especial. Yo tengo una sorpresa preparada para ti.
—Robin, no es necesario… —intentaba decir Regina, abrazada a él.
—Lo es. Planeé esta noche para ti, así que la haremos especial —sonrió Robin.
—¿Ah, sí?, ¿cómo?
—Es una sorpresa. Pero quizá debas llamar a Belle para que cuide a los niños.
—Oh, vaya, suena como un verdadero plan.
—Así es, milady.
—¿Qué pasará con Roland?
—Estará bien. En cuanto Henry llegue a casa verás que se levantará de ese sofá.
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Pero cuando Henry regresó de la escuela, Roland no quiso siquiera ponerse de pie. El pequeño se encontraba verdaderamente enfermo. Regina acariciaba su sedoso y rizado cabello con un poco de preocupación.
—Oye, mamá, ¿cuándo estará Roland mejor para poder jugar videojuegos? —preguntó Henry recargado sobre el respaldo del sofá, mientras observaba a su hermanastro dormir.
—Esperemos que pronto, cariño. Sólo necesita descansar.
—¿A los perros puede darles varicela?
—No, amor.
—¿Estás segura?
—¡Oh, mierda! —exclamó la voz de Robin al fondo.
—¡Robin! —riñó Regina a su marido con una mirada desaprobatoria, a ella no le gustaba que los niños escucharan esas palabras.
Robin estaba parado frente a la ventana, observando hacia fuera. Henry se acercó a él con curiosidad y, contrario a su padrastro, el chico sonrió de oreja a oreja y exclamó con entusiasmo.
—¡Nieve! ¡Está cayendo nieve!
Regina se levantó del sofá donde Roland dormía y se acercó con paso rápido, incrédula, hacia la ventana donde su marido e hijo estaban. Era cierto: los primeros copos de nieve de la temporada habían comenzado a caer.
—¡Voy por mis botas! —exclamó Henry entusiasmado.
—¿A dónde crees que vas, jovencito? —inquirió Regina, sujetando a su hijo por la manga de la sudadera.
—Oh, quiero salir a hacer ángeles de nieve, ¿puedo?, ¿sí? —preguntó Henry haciendo una cara angelical y rogando con las manos.
—Por ahora no, Henry. No mientras tu hermano esté enfermo.
Henry hizo una mueca de decepción, la misma que tenía Robin en ese momento, pero parecía entender el punto de su madre.
—¿Qué te parece si preparamos chocolate caliente y malvaviscos? —preguntó Regina, con tono de convencimiento.
—¡Sí! —exclamó Henry, quien parecía igual de entusiasmado.
—Anda, ve a lavarte las manos —indicó Regina.
Henry echó a correr por el pasillo.
—Llamaré a Belle, le diré que no es necesario que venga esta noche. Nos quedamos con los niños —añadió Regina, tomando su teléfono.
—Sí… está bien —respondió Robin con un suspiro.
Regina pudo notar una expresión de desilusión en el rostro de Robin.
—¿Sucede algo?
—Realmente tenía ganas de celebrar nuestro aniversario.
—Lo sé, cariño. Lamento que todo haya cambiado.
—Quiero decir… yo… no quiero ser un terrible padre, pero… hubiese deseado tener la noche sólo para nosotros dos.
Regina esbozó una sonrisa, acarició la incipiente barba de Robin y le dio un suave beso.
—Podemos festejar otra noche.
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Pero Robin no quería otra noche, él quería esa noche, su noche, su aniversario. Tal vez estaba siendo un terrible e incomprensivo padre, pero detestaba un poco más a Marian por haberlo puesto en esa situación. ¿Cuántas veces él no había tenido que cancelar compromisos sólo porque su hijo lo necesitaba?
Sin embargo, la varicela no era lo único que impedía que Robin pudiese salir a cenar con su esposa, sino que en pocas horas la mágica y suave nevada del 1 de diciembre se convirtió en una tormenta que inmovilizó a toda la ciudad, bajando repentinamente la temperatura a cinco grados Celsius.
Robin volvió a suspirar con resignación mientras colocaba una mano sobre la frente de su hijo dormido. Parecía que la fiebre estaba cediendo. De pronto, Regina anunció que las galletas estaban listas. Robin se acercó a la cocina donde ella y Henry habían estado preparando algunas cosas.
—¿Galletas? —preguntó Robin tomando una.
Regina lo detuvo con un suave manotazo.
—Espera que se enfríen, si no te dolerá la barriga —advirtió ella, deslizando las galletas en un bol.
—Créeme, ella tiene razón —dijo Henry alzando las cejas.
Robin esbozó una sonrisa.
—¿Qué es todo esto? —preguntó él un poco sorprendido.
—La cena —respondió Regina con naturalidad—. Bueno, parte de ella. La pizza todavía está en el horno de microondas.
—¿Pizza? —preguntó Robin confundido.
—Y chocolate —añadió Henry sirviéndose en su propia taza y colocando unos malvaviscos en la superficie de la bebida.
—Lleva una taza para Roland también, cariño —indicó Regina a su hijo.
Henry asintió y se dirigió a la sala de estar con una taza en cada mano.
—¿Acaso Willy Wonka vendrá a cenar con nosotros hoy?, ¿a qué se debe esta apetitosa pero nada dietética cena? —preguntó Robin extrañado.
—Bueno, sé que tu plan era llevarme a cenar a algún sitio romántico —respondió Regina—, pero que estemos atrapados en una tormenta y con un niño enfermo no quiere decir que no podamos disfrutar de una buena cena.
—Vaya, eres maravillosa —sonrió Robin dándole un beso.
—Y todavía no has visto el resto de mi plan —dijo ella guiñándole un ojo.
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Regina sacó del armario la casa de campaña. La colocaron justo al centro de la sala, procurando no hacer demasiado ruido y no arruinar el árbol de Navidad que habían colocado los cuatro desde el Día de Acción de Gracias. Sin embargo, fue inevitable que Roland despertara, un poco confundido, y mirara con asombro el pequeño y casero campamento que su familia había improvisado.
—¡Wow! —exclamó Roland incorporándose del sofá.
—Cuidado, pequeño, no te levantes tan rápido —sonrió Robin.
—Oye, Roland, hicimos galletas y chocolate —dijo Henry, entusiasmado.
—¿Con malvavisco? —preguntó Roland abriendo muy grande sus ojos marrones.
—Con malvavisco —asintió Regina acercándose a él—. ¿Cómo te sientes, cariño?
—Bien —asintió Roland con una sonrisa marcada por sus hoyuelos—. Tengo hambre.
—Me gusta escuchar eso —añadió Robin.
Rodearon el campamento con cojines y almohadas. Regina colocó una manta alrededor de Roland y Henry y sirvió la cena en la mesa de centro: pizza instantánea, galletas, chocolate caliente con malvaviscos y un paquete de Oreo. Pongo y Perdi dormitaban cerca de ellos, con las cabezas recargadas en los mullidos cojines. Robin sonrió, no necesitaba nada más que eso. No necesitaba nada más que una noche así, perfecta, con su familia.
Por fortuna, el Tylenol había hecho efecto en Roland, quien se encontraba fresco y con mucho apetito. Lograron ver Ratatouille de principio a fin y en cuanto la película se terminó, los niños se encontraban adormilados. Regina apagó la televisión y leyó un capítulo de Harry Potter y la piedra filosofal para Roland. Henry ya había leído todos los libros y conocía la historia de principio a fin, pero lo disfrutaba igual; ni siquiera llegaron al capítulo dos cuando ambos niños estaban ya profundamente dormidos.
Robin y Regina acomodaron a sus hijos entre las sábanas, dentro de la casa de campaña, y luego ellos se acurrucaron en el sofá, abrazados, terminándose las galletas que habían sobrado. Robin suspiró, pero esta vez fue un suspiro de tranquilidad. Regina lo miró con una sonrisa.
—Y dime, ¿cuál era tu plan para ir a cenar? —preguntó ella mientras terminaba de comer una galleta.
—Bueno, había planeado una cena en Top of the Hub y luego un paseo en góndola por el río Charles —respondió Robin con una sonrisa traviesa—. Lo demás consistía en traerte a casa y hacer el amor como unos salvajes en nuestra habitación.
—Vaya, sí que se trataba de un grandioso plan —sonrió Regina complacida—. Pero te apuesto a que esta pizza congelada tenía mejor sabor que cualquier platillo de Top of the Hub.
—Apuesto que sí —asintió Robin—. Además, habríamos tenido que vestirnos para la ocasión… y luego desvestirnos…
Robin besó a Regina jugueteando un poco. Ella soltó una risa y miró de reojo a los niños que dormían profundamente y a la pareja de dálmatas que hacía lo mismo muy cerca de ellos.
—Yo también tengo una sorpresa para ti —dijo ella de pronto, interrumpiendo los besos de Robin.
—¿Ah, sí?, ¿de qué se trata? —preguntó él con una sonrisa abierta.
—En realidad, quería darte esta sorpresa en Navidad, pero creo que esta noche de tormenta de nieve es perfecta… con nosotros cinco juntos.
—¿Cinco? —preguntó Robin, con curiosidad.
Regina asintió mordiéndose un labio y esperando a que él procesara lo que acababa de escuchar. Robin dejó de sonreír, parecía que apenas si había reparado en las palabras de ella y luego abrió la boca sólo para balbucear.
—¿C-cómo dices?
—Vamos a tener un bebé —afirmó Regina con una mirada cristalina.
Robin abrió los ojos de par en par, estaba absolutamente sorprendido. Regina sonrió, tenía algunas lágrimas en los ojos.
—¿Es cierto?, ¿estás segura? —preguntó él con el ánimo emocionado.
—Sí, hice dos pruebas… en días distintos… —asintió ella—. Lo estoy. Estoy embarazada.
Robin la estrechó entre sus brazos y la llenó de besos. Regina reía ante el gesto.
—Vaya… otro bebé —dijo Robin emocionado, palpando el vientre de ella.
—Uno tuyo y mío —dijo ella con visible entusiasmo.
Robin asintió sonriendo y volvió a besarla frenéticamente.
—Los niños se volverán locos —dijo él mirándolos de reojo.
—Estuve pensando en decírselos hasta Navidad.
—Será el mejor regalo —dijo Robin acariciando el rostro de su mujer.
Regina se abrazó a él y estuvieron así unos minutos, en los que sólo eran ellos dos y las luces del árbol de Navidad. Se escuchaba el sonido del viento que corría afuera, regando los copos de nieve por todas partes. La primera nevada del año, en el primer día de diciembre, el mismo en el que se habían casado.
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Gracias AbyEvilRegal4Ever123 por tu prompt.Espero que te guste el resultado.Me tomé la libertad de adaptarlo a uno de mis fanfictions: 101 días, el cual es un Outlaw Queen AU en el que Regina y Robin se conocieron en un parque, por accidente, gracias a sus perros dálmatas. Me encantó la idea de poder mezclar ambas historias en un relato corto. Si no han leído el fanfic aún pueden hacerlo y también dejarme comentarios. Ya saben: ustedes piden, yo escribo. ¡Hasta el siguiente prompt!
